Cartas Bizantinas: El sexto género literario


 

Luis López Nieves

 

El príncipe Constantino, embajador de Bizancio en el Caribe, le escribe a la princesa Eudocia, su hermana menor, quien reside en la capital bizantina.

Querida Eudocia:

¿Qué es la historia?

l_lopez_nieves_uscCristóbal Colón llegó a América en el 1492. Pero ¿qué significa este dato? La historia no debe ser una simple enumeración de datos, también debe explicar lo que significan.

Algunos historiadores interpretan la llegada de Colón como un acto de honor, valentía, hombría, hidalguía… y de otras idioteces parecidas. Otros historiadores, en cambio, interpretan el mismo acto como el comienzo de una campaña de genocidio como nunca se había visto en el mundo. Es decir, como el inicio de una empresa criminal, sin honor, sin valentía, sin hombría, etc.

De hecho, ahora mismo tenemos un ejemplo muy parecido. En Irak “un ejército extranjero derribó al gobierno existente en el 2003”. Este es un dato indiscutible. Al interpretarlo, miles de historiadores dirían lo siguiente: “El ejército norteamericano llegó a Irak para liberarlo de la tiranía”. Otros miles dirían lo contrario: “El ejército norteamericano invadió Irak con fines imperialistas”. Por un lado, liberación; por el otro, dominación.

¿Cuál es la verdad histórica?

De aquí a 30 años, en el 2038, algunos libros de “historia” hablarán de la “liberación” de Irak en el 2003 y otros hablarán de la “invasión” en el 2003. ¿Cuál de estos dos libros contendrá la verdadera historia de Irak? ¿Cuál estará delirando? ¿Es posible que ambos digan la verdad?

Por eso pienso, querida Eudocia, que la historia realmente no existe. Lo que existe es la literatura. Dentro de la literatura, como ya sabes, hay cinco géneros clásicos: poesía, drama, ensayo, cuento y novela. Añado que también se debe incluir la historia como un sexto género literario.

Hay escritores que cuentan historias basadas en la imaginación o inspiradas en datos históricos: las llaman novelas o cuentos. Hay escritores que redactan narraciones partiendo de datos concretos y con todo un aparato erudito o seudocientífico… y luego llaman “historia” a las páginas que producen. Pero discrepo: en realidad han creado literatura, dentro del género llamado “historia”.

Ha llegado el momento de llamar a la historia por su verdadero nombre. Y no hay que avergonzarse. No está mal que la historia sea un género literario porque cada país tiene derecho a construir su propia imagen.

Observa la imagen de sí mismos que han fabricado los norteamericanos: alegan que el primer presidente (un político) jamás dijo una mentira. En Francia la heroína nacional es una virgen de diecinueve años, Juana de Arco, que recibía asesoría militar directamente de Dios. Y en España convirtieron en héroe nacional cristiano a El Cid, un mercenario de tercera categoría que se vendía al mejor postor, ya fuera cristiano o musulmán. Como éstos, hay muchos otros ejemplos en el mundo.

Antes era más fácil crear una leyenda o un mito. Ahora es más difícil porque falta un ingrediente importante: la distancia. Si le decimos a una persona normal, en la calle, que san Francisco de Asís conversaba con su burro, pues es posible que acepte este dato como una verdad incuestionable y hasta digna de elogio. Pero si le decimos a la misma persona que nuestro vecino dialoga todas las mañanas con un burro, la reacción probablemente sea diferente: pensará que nuestro vecino necesita ayuda siquiátrica. La distancia es la gran aliada de los mitos.

¿Qué es la historia? Al lado de las sillas de los novelistas y cuentistas, ha llegado la hora de colocar un sillón grandote para los historiadores. Que tomen asiento con la frente muy en alto. Ya es tiempo de que salgan del clóset literario.

Te besa tu hermano,

Constantino

Nota: Tomado con permiso del autor de Ciudad Seva Publicado originalmente en El nuevo día, 14 de diciembre de 2008.

El Informe Cabrera: erratas de lectura


 

  • Mario R. Cancel
  • Escritor y profesor universitario

 

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Querido Pepe:

Cuando me dijiste por correo electrónico hace un par de años que estabas haciendo una investigación sobre la ciencia de la embriología y las deformaciones de la familia Cabrera, no me imaginé que lo ibas a convertir en una novela. Tampoco se me ocurrió que quien acabaría publicando el volumen sería ese señor tan extraño, Aravind Enrique Adyanthaya, en una Serie de Culto.

La cuestión de la embriología y las deformaciones -teratología en general- así como la revisión de los monstruos y los fenómenos, siempre ha sido una de mis pasiones. Por eso me hice historiador y me gusta tanto la literatura. La historiografía se ha convertido para mí en algo tan queer que, a veces, cuando hablo del Grito de Lares me parece que parlo en torno a un viejo filme de Hollywood titulado Freaks o que los locos acabarán invadiendo mi cuarto como en el relato de Manuel Alonso. 

Eso lo digo sin intención alguna de ofender a mi antepasado de apellido Cancela, cuya participación en el Grito de Lares fue lo que provocó la eliminación de la “a” al final de su apellido con el fin de ocultar la ignominia de la derrota y empezar una vida nueva. Cuando llegaron los americanos en el 1898 y pasaron por Hormigueros, creo que fue el 10 de agosto, ese antepasado mío estuvo allí hecho un viejo como testigo, igual que mi abuelo, de la ruta de los soldados de azul. Pero para ese entonces decir “cancel” significaba otra cosa. Cancel se había convertido en el sinónimo de un escatón que en este país tuvo mucho que ver con la soberanía, la cultura, la economía y todas esa convenciones que tanto preocupan a los de mi especie.

La importancia que le doy a El Informe Cabrera es doble. Cuando ya me había enterado de que iba a salir impreso, se me ocurrió la probabilidad de escribir varios libros iluminadores. Después de todo, soy un historiador y ello me autoriza a mentir con la misma confianza con que lo hizo Luis López Nieves en su famoso cuento Seva. Yo era estudiante del RUM cuando se publicó ese texto en Claridad, un periódico radical de entonces. Tomaba un curso con un profesor nacionalista muy sesudo que se llamaba Germán Delgado Pasapera, el cual era todo un caballero. Pero aquel día Delgado Pasapera estaba tan molesto con los americanos que, con gusto, hubiera aprovechado un cuento de José E. Santos, “El terminator boricua”, para viajar a través de una fisura en el tiempo-espacio al 1898 con el fin de convencer al bandido Águila Blanca de que resistiera a los invasores o dispuesto a resistirlos él mismo. Confieso que yo me hubiera ido con él sin titubear. Cuando se enteró de que la historia de Seva era una gran mentira, la mayor de toda la modernidad tardía, hubiera hecho un esfuerzo similar para matar a Luis. Se trataba de una mentira monstruosa.

Los libros que quería escribir a la luz del la lectura del tuyo eran varios: una historia de los desaparecidos sin explicación alguna en la evolución del país y su relación con los equinoccios y los solticios; una investigación sobre el odio inveterado que siempre sintió José Celso Barbosa contra los americanos porque nunca le impusieron la estadidad a Puerto Rico; una revisión de la relación amorosa de Lola Rodríguez Tió con su marido muerto gracias a los buenos auspicios de una espiritista de La Habana; un estudio de la relación de las pasiones pederastas, el aborto natural y el perro Nicolás propiedad de Ramón Emeterio betances con las posturas ideológicas adoptadas por la comunidad del Barrio Latino de Paris a la altura de 1895 a la luz de los textos apócrifos del Diplomático de la Manigua; una biografía de Pedro Albizu Campos y sus buenos años en el ROTC o una disquisición sobre el priapismo de José De Diego como justificación de la disolución de un matrimonio que se presume perpetuo a la luz de nuevo orden católico pos-invasión.

Discutí todas estos temas con un sociólogo, adepto a la escuela del “nuevo sentido común”, que se casó con una ex-discípula mía. Es cierto que el “sentido común” -sea nuevo o viejo- siempre puede ser una aporía en tiempos de intelectuales postmodernos, pero la idea no me resultó inapropiada. José Anazagasti Rodríguez, que así se llama ese sociólogo y quien también miente y escribe, me miraba con la sorpresa de quien se encuentra en la frontera de la iluminación. Hagamos una teratología boricua, me dijo, una tentativa de apropiación de las monstruosidades nacionales a lo largo del siglo. El vampiro de Moca, los Garadiabolos y Toño Bicileta se competían un turno para el texto imaginario junto a Salvador Freixedo, Carlos “La Sombra” y el caníbal de una leyenda de Cayetano Coll y Toste. Cha Cha Jiménez, el Chupacabras y el Monstruo de Utuado no se quedaron atrás. Las megatiendas y el mítico supertubo, pensé, deberían ser escenarios ideales para pensar aquel problema.

Estuvimos horas divagando sobre las posibilidades de la teratología histórico-social como expresión del fenómeno de la no modernidad en la que vive el país y la insistencia en que la demanda agregada en tiempos de recesión es la panacea de toda crisis económica y espiritual.

Cuando le hablé a José de tu libro y le dije que se trataba de una revisión desde el “universal sinsentido bizarro” de José Liboy Erba del megarrelato de la nación como el producto deformado de una disfunción histórico-genética iniciada en el 1898,José, con su proverbial inteligencia, simplemente me dijo: por allí debemos comenzar. Entonces nos tomamos una copas de ajenjo, nos despedimos con la intención de trabajar a la menor provocación y desde entonces mi amigo está desaparecido.

Pepe amigo, te agradezco la publicación de El Informe Cabrera. Aravind le ha hecho un favor a este país con ello. También nos benefició a José y a mí, sin duda. Pero si alguno de ustedes ha visto a José Anazagasti Rodríguez por allí, díganle que lo estoy buscando como a un punto específico en la inmensidad de una traducción del Corán. Los monstruos de nuestro futuro libro se siguen multiplicando y han invadido sin el menor respeto mi biblioteca y ya no sé que hacer con ellos…

Entrevista al escritor Mario R. Cancel


 

  • Melissa Pagán Acevedo
  • Estudiante Subgraduada de Historia (RUM)

 

melissa_paganEn 1995, la Asociación Puertorriqueña de Historiadores y la editorial Postdata, publicaron el volumen Historia y literatura. En el mismo participaron la narradora Ana Lydia Vega, el crítico Juan G. Gelpí y los historiadores Fernando Picó y Mario R. Cancel. El volumen contó con dos valiosos prólogos firmados por el escritor Rafael Acevedo y la historiadora Silvia Álvarez Curbelo.

 Historia y literatura fue un intento de revisar los vasos comunicantes entre la narración y la invención historiográfica y las ficciones literarias. La rica experiencia de deslizamientos entre uno y otro campo que caracterizó a la llamada Generación del 1970 en nuestro país, fue un componente de un debate inacabado. En esta entrevista se vuelve sobre aquel problema y las circunstancias que favorecieron la discusión.

MPA: ¿Se le pidió que hiciera el análisis entre historia y literatura con propósito de la publicación del libro, o lo decidió hacer por su propia cuenta? ¿Qué lo motivó?

MRC: El Foro de 1994 sobre la relación de la historiografía y la literatura, fue parte de un proyecto de revisión de la relación entre ambas disciplinas que desarrolló la Asociación Puertorriqueña de Historiadores, organización que yo había ayudado a fundar. El tema había sido de mi interés desde 1985, año en que fundé la revista Islote con el novelista Carmelo Rodríguez Torres. Islote era una publicación dedicada a ambas disciplinas. En la década de 1990, cuando se generalizaba el debate sobre el postmodernismo en Puerto Rico, se hacía necesario abrir aquel tipo de discusiones. La propuesta de que la historiografía es un tipo de discurso narrativo análogo al literario y que puede ser interpretado como un discurso literario, siempre ha sido una de mis pasiones. Mi interés por la historiografía cultural, por la investigación histórica y por la escritura creativa, explican mi disposición a trabajar el asunto desde aquel momento.

MPA: ¿A qué cree se debe el que profesionales de los campos literario e histórico se sientan incómodos con la ‘invasión’ a su campo de parte del otro?

MRC: Creo que tiene que ver con una tradición muy remota que establece fronteras entre un discurso racional y otro que se presume que no lo es; o entre un discurso científico y otro que se cataloga como su opuesto. Es una herencia problemática de la Ilustración y la Modernidad o, si lo planteo desde una perspectiva historiográfica radical, de la cultura burguesa que dominó a Occidente desde el siglo 19. El hecho de que se denomine “invasión” al ejercicio interdisciplinario, es un indicador curioso. Presume que la discursividad es un mundo “privado” y “exclusivo”, le otorga características semejantes a las que da a la “propiedad” que la modernidad sacraliza. La “invasión” se interpreta como una “agresión” foránea amenazante. Entre la cultura científica y la humanista se estableció un muro. Una tercera cultura que apropie la relatividad del saber de una manera madura me parecía entonces una promesa excelente.

MPA: ¿Por qué dice usted que el carácter híbrido de los discursos, ya literarios o históricos, que se adentran en el otro campo es “fácilmente desdeñable”?

MRC: La Modernidad, la Ilustración y el pensamiento académico formal, valoran el saber por su pureza y su estructuración. La hibridez o la impureza es lo que la Modernidad, la Ilustración y el pensamiento académico formal, consideran la principal agresión a esa pureza. Es algo así como un catarismo radical aplicado al saber. En la medida en que se viola el canon clásico, que es la medida, modelo o paradigma de lo perfecto, desechar al que ejecuta la violación parece justificado. Pero esa hibridez, que no es una novedad, es una manera alternativa y sugerente de “saber las cosas” de maneras alternativas y de enriquecer la cultura colectiva. La idea es evitar una sola mirada y estar abiertos a la pluralidad de la s miradas.

MPA: ¿Qué relación hay entre la técnica de escritura y su percepción por el lector? Es decir, ¿Por qué cree usted que a los lectores les “está malo” un análisis histórico con tono de cuento y un cuento con tono de análisis histórico?

MRC: Me parece que en esto juegan un papel fundamental los sistemas educativos a los cuáles están acostumbrados los potenciales lectores. Ese planteamiento era crucial en 1994. Entonces estábamos en medio de una batalla contra unos estilos tradicionales de enfrentar el saber. El muro entre los saberes tenía todavía cierta legitimidad entre los consumidores de la cultura. Pero no estoy en posición de decir que todavía sucede lo mismo en 2009. Las formas y los contenidos de la discusión cultural han cambiado mucho desde entonces a esta parte. La lectura de la producción literaria e historiográfica reciente, me indica que la situación ya no es la misma.

MPA: ¿Qué, además de documentos, considera usted le da autoridad al discurso histórico?

MRC: Creo que valdría la pena definir con propiedad que es “documento”. También ese concepto sufrió una revolución extraordinaria desde el momento del positivismo hasta el presente.  “Documentarse” ya no significa lo mismo que en el siglo 19. Aclarado eso me parece que varias cosas son cruciales. Que se ocupe de asuntos que apelen al presente, que no divorcie el pasado del presente pero que acepte que el pasado es una invención que siempre se elabora desde un presente cambiante, que el historiógrafo acepte que su discursividad no es definitiva sino que posee la plasticidad de una interpretación más, y que sea un discurso bien articulado en el cual incluso el cabo suelto tenga su razón de ser. El pasado es como un verso polisémico de infinitas posibilidades. El presente también. Me parece crucial que el historiógrafo ofrezca una imagen del pasado que no sugiera que somos esclavos del mismo y, mucho menos, que ese conjunto de cosas nos ha conducido al “callejón sin salida del presente”. Verlo así sería como equiparar la “Historia” a “Dios” y ambas siempre me han parecido dos autoridades dictatoriales que mutilan la posibilidad del cambio y de la libertad del ser.

MPA: ¿Qué tiene que decir sobre los relatos históricos a los cuales se les ha dado tanta validez y que luego resultan ser erróneos? ¿Qué efecto, si alguno, tiene esto en la noción del público de que la historia es infalible y concreta?

MRC: Si aseveró que todo relato historiográfico es una versión del pasado desde un presente, no hay tal cosa como “relatos erróneos” y “relatos correctos”. Solo quedan los relatos. Un Quijote del presente posiblemente enloquecería con la lectura de novelas de ciencia ficción cibernética y viajaría el país en bus o en motocicleta. Eso no hace incorrecto el Quijote de Cervantes. Solo invita a que se le entienda en su contexto. Lo mismo sucede con una versión de la historia que ha perdido su legitimidad. Ella no es más que una versión que traduce ciertas estructuras de poder concretas las cuáles ganaron una legitimidad que luego perdieron. Me parece que aceptar que la historiografía no es infalible es un logro tan importante como aceptar que no hay literatura de belleza perfecta que siempre deba ser imitada con el respeto que se le da a un clásico inconmovible.

MPA: ¿Qué opina usted sobre el comentario de Juan Manuel García Passalacqua de que “la historia siempre es escrita por los que ganaron”, y que esto le quita credibilidad a la misma?

MRC: Creo que se equivoca pero que su comentario acierta en alguna dirección. También los derrotados piensa, inventan y hasta escriben su historia. Lo que me parece que quiere decir Juan Manuel es que la historia que difunden las instituciones del poder es la de aquellos que vencieron. De eso no me queda la menor duda. Pero dado que yo no creo que haya “una historia” y prefiero hablar de “muchas historias” o “versiones”, el asunto no me parece medular.

MPA: ¿Cómo ve usted la relación entre historia y literatura a 14 años de haberla discutido en su ensayo? ¿Cree que los muros entre las disciplinas aún están allí?

MRC: He aprendido a vivir con ambas. La bigamia es sabrosa. Dije lo mismo sobre las dos seductoras amantes, lectura y escritura, que me habitan desde la adolescencia. Puedes ver ese comentario en Una reflexión sobre la escritura  texto que publique hace algún tiempo. Te aseguro que la situación ya no es la misma que en 1994. En Puerto Rico se estila otra literatura y otra historiografía que se miran mutuamente con otros ojos. Eso sí, me parece que la riqueza de la literatura es más notable que la de la historiográfica y que todavía hay que hacer mucho desde la zona de los que dicen que miran al pasado.

Reflexiones: escritura crítica y escritura creativa. Una respuesta.


  • Francisco Font Acevedo
  • Narrador puertorriqueño

 

cancel_manoHe leído tus apuntes sobre el primer encuentro en el CIPP. Hubo dos más que tuvieron un tenor algo diferente. En éstos se abandonó la antinomia literatura vs. crítica mediática, y se incorporaron otros pretextos para dialogar sobre literatura puertorriqueña y otros temas satélites. Diría que la primera que presenciaste fue la menos fructífera a pesar de que tuvo la mayor asistencia. El proyecto original de crear en el CIPP un espacio de interlocución con miras a compilar un libro que fuera un documento de época fracasó. Difícil que no fracasara, justamente por el carácter ritual que bien destacas al final de tu comentario. Ciertamente, como me sugieren los intersticios de tu texto, estructuralmente las cipadas pretendían la recuperación de una tradición muy empobrecida dondequiera y que en estos tiempos se le adscribe el sabor avinagrado de un modernismo que nunca cristalizó plenamente en La Mallorquina. Concurro con el espíritu de tu texto: la pretensión de discutir la situación actual de la literatura actual puertorriqueña no sólo resulta inabarcable en un contexto tan reducido, sino que se derrotó a sí misma porque pasaba por alto otras formas de interlocución más solventes en la actualidad.

Sobre lo que comentas de mi intervención me parece atinado. El texto que leí era maniqueo, una suerte de exabrupto cuyo único valor fue mostrar cierto hastío e incomodar a algunos asistentes. Las formulaciones precisaban mayor ponderación. Creo que están mejor logradas en mi ensayo El gueto kitsch, pero incluso a éste tengo varios reparos que no discutiré ahora. En el fondo, leo ambos textos como ritos de paso para cristalizar un proyecto en formación. Es el mayor valor que les adscribo. Es lo que con sagacidad Piglia llama la “lectura estratégica” que practica el escritor. Una lectura comprometida con una genealogía (en mi caso, una desafiliación genealógica) que se construye el escritor para la obra que ha escrito o proyecta escribir. Lo hizo René Marqués en su antología de cuentos, lo hiciste tú con tu texto sobre la narrativa de entre siglos, lo hizo el Che Melendes en Postemporáneos y lo he hecho yo con los textos aludidos. En mi caso –y que no pretendo que sea extensivo a nadie—se trata de discriminar entre lo que entiendo que es una escritura solvente de otra que es codependiente de una proliferación mediática (e iconográfica) que hace sobresalir la persona del escritor e invisibiliza considerablemente su obra escrita. No creo que mi posición deba entenderse como una abjuración de las nuevas técnicas ni de los medios; más bien pretende subrayar la preeminencia del texto y su valor simbólico sobre todo lo demás. En fin, practicar la discreción, abrir un margen de negociación con los medios para que la obra no pierda protagonismo.

Si he añadido estos matices no es en ánimo de “corregir” ni de disentir de tu memoria sobre la cipada. Creo que tu apreciación es muy atinada.  Lo que te he escrito es una forma de rescatar el valor pretendido (aunque mal ejecutado) de la cipada: el diálogo. Es un valor que aprecio y que tengo la intención de explorar de otras formas menos ritualizadas. Ésta es una.

Reflexiones: escritura crítica y escritura creativa


  • Mario R. Cancel
  • Escritor y profesor universitario

 

cancel_manoEn marzo de 2008 me formularon el problema sobre cuál era mi impresión de la de la literatura puertorriqueña del presente. La pregunta presentaba una enorme variedad de posibilidades. Siempre he creído que la escritura creativa no puede aislarse de la crítica que juega con ella. Ambos extremos son parte del mismo fenómeno. Pero la idea de la escritura crítica y la escritura creativa han disuelto las fronteras que la Ilustración y la Modernidad había interpuesto entre ambas también me resulta atractiva. En los últimos decenios se ha derrumbado numerosos Muros de Berlín y, para los escritores, este ha sido un derrumbe crucial. Mi impresión al cabo de un conversatorio entre colegas celebrado en el San Juan Antiguo es que es que el debate, si es posible uno en un ambiente que se opone al mismo, puede iniciarse sobre la base de varias propuestas simples.

La primera propuesta, sintetizada por Juan Carlos Quintero, está centrada en la cuestión de la configuración del lector y de la lectura en Puerto Rico. La invitación es a pensar la forma en que se construye el lector, instancia foucoultiana por excelencia, como producto de un juego de poder. La propuesta de Quintero tiene que ver con un tipo especial de lector: el lector de literatura. Leer y leer literatura son asuntos distintos que sintetizan procesos de selección y procedimientos de apropiación del objeto de lectura distintos. La preocupación de Quintero lo conduce hacia las dudas en cuanto a qué se lee y cómo se lee. Desde mi punto de vista, detrás del planteamiento se encuentra otro dilema muy concreto: se trata de la necesidad de determinar el papel que juegan los medios masivos de comunicación en la elección del lector de literatura. De este modo, el problema del lector de literatura se inserta en la discusión más amplia del papel de los medios masivos en la configuración del gusto literario a la hora del hipermercado irracional y el culto al consumo propios de la era global. La idea de que el lector de literatura es un consumidor más sujeto a la seducción de la mercancía es importante.

La segunda propuesta la organiza Juan Duchesne y tiene que ver con una esfera que, si bien es distinta, no está divorciada de la otra. Se trata de la explicación de la invisibilidad de la literatura puertorriqueña. El asunto no es simple. La invisibilidad de la literatura puertorriqueña puede afirmarse en diversas direcciones. Es invisible para el lector-potencial del país. También lo es para el lector-potencial internacional. En ambos casos, la invisibilidad tiene que ver con la exigüidad del consumo y con la incapacidad de la industria editorial para seducir al hipotético lector-potencial. La escritura creativa vuelve a reducirse a un problema de oferta y demanda o de producción y consumo. Digo esto a sabiendas de que igual que leer y leer literatura son cosas distintas, también consumir, consumir un libro y consumir literatura son procesos distintos en que las formas de la seducción de la mercancía varían.

La idea de Duchesne de que Puerto Rico representa el margen de un margen llamado España, inserto dentro de un centro de la Era Global llamado Estados Unidos, me parece apropiada para iniciar una discusión. La filiación con el margen hispánico y la desafiliación con el americano, fueron legitimadas sobre la base una vez confiable de la discursividad cultural de la nación. No creo que deba recordar que esa discursividad se encuentra en el punto más bajo de una curva al día de hoy. La crítica que hace Duchesne de lo que él llama la actitud de lamentación que predomina en un sector de la intelectualidad nacionalista o neo-nacionalista es valiosa.  Su invitación a la aceptación de la marginalidad como algo irremediable también. Pero la misma no toma en cuenta que la lamentación no es privativa de los marginados. También ha sido una táctica de los poderes del centro. La Era de la Guerra Fría y la de la Guerra Contra el Terrorismo y sus portavoces fueron muy eficaces en el aprovechamiento de lamento. La demagogia del discurso de la presunta inocencia americana con el fin de afirmar sus proyectos político-culturales, es un modelo de Lelo ay que ha sido ampliamente discutido  

Duchesne ha propuesto la reconversión de la literatura puertorriqueña en una literatura escrita en Puerto Rico. Me parece que esta es otra manera de sugerir una escritura desnacionalizada, es decir, vaciada de aquellos contenidos modernos que ya nos dicen poco. Se trata de una discusión típica de los intelectuales postmodernos a la hora de retar el metarelato de la Nación-Estado. Si se colocan bien estratégicamente los cartuchos la implosión de modernidad sin modernidad de Puerto Rico, será plausible.  Pero ese giro discursivo desnacionalizado no ofrece ninguna garantía de que la invisibilidad se transformará en visibilidad. El país podrá seguir siendo el margen de un margen porque la cultura como praxis cotidiana colectiva o exclusiva, no cambiará de la mañana a la noche. Su comentario cierra con la impresión de que la situación de la literatura puertorriqueña no es mala sino prometedora con la actitud confiada de un Gianni Vattimo ante la postmodernidad.

La tercera propuesta que a la vez que dio lugar a aquel encuentro fue la de Francisco Font. El centro del argumento de este narrador fue su argumento sobre el desgaste del canon y la aseveración de que la expresión literaria puertorriqueña actual está dominada por lo kitsch o el mal gusto. Aclaro que ambos conceptos presuponen lo no-kitsch o un buen gusto que nunca ha sido bien definido. Adjunto Font plantea la idea de que ser escritor en Puerto Rico se consigue sobre las estructuras de la complacencia mediática y técnica, ya sea por medio de espacios tradicionales o virtuales. La ruta del escritor se percibe como una llena de rituales que conducen a la ghettización del oficio y a la grafomanía e, incluso, autorizan a la fabricación de escritores sobre la base de lo que Font interpreta como un tallerismo extremo o la pedagogización de la escritura creativa en espacios universitarios y formales. Font parece opuesto a la idea de que la escritura creativa se interprete como un objeto de mercado o como el producto neto de un trabajo o de una línea de producción intelectual. Pero en la Era Global y del hipermercado, separar una cosa de la otra es imposible.

La cuarta propuesta, es un planteamiento de Eduardo Lalo que tiene que ver no tanto con la crtitica literaria sino con la literatura que está detrás de ese medio. El panorama de la literatura puertorriqueña como un campo sin interlocución o invisible, que no genera un debate ni una controversia, resulta devastador. La impresión que queda es la de un campo de guerra en el cual los productores culturales se atrincheran en sus posiciones y se enajenan de la posibilidad de una discursividad de movimientos. La invitación de Lalo a tratar de (re)inventar o (re)descubrir la escritura crítica es clara: se trata de descubrir y/o quitar un velo. La crítica del tipo a que él aspira está por allí dispersa en numerosos medios. La nueva situación dejaría una bien pertrechada crítica -no académica en el sentido de que sea una voz universitaria- sino más bien marginal a ese tipo de centro de poder- frente a la (pseudo)crítica de los medios masivos de comunicación en una lucha de poder para configurar el lector, qué se lee, y como lee.

El papel de los medios de comunicación y su relación con la literatura y su lectura es el centro de las propuestas de Quintero, Font y Lalo. Lo que varía es hacia donde mira cada uno: el primero hacia el fenómeno del lector, el segundo hacia el del escritor, el tercero hacia el crítico que es un escritor y un lector. Quintero y Font arguyen que los medios ritualizan o envenenan el espacio del lector y el escritor.

Pero me temo que esas tareas siempre han tenido y tendrán un profundo contenido ritual. En cierto modo se trata de una condición sine qua non de estos oficios. Qué significa que una veintena de escritores, críticos, periodistas y sociólogos se reúnan a discutir la situación de la literatura actual puertorriqueña a la altura del 2008 sino la celebración de un curioso ritual.

Memoria de un encuentro en el CIPP en San Juan, marzo de 2008.

Las Palabras Encontradas de Melanie Pérez Ortiz


  • Dr. José E. Santos
  • Escritor y profesor universitario


melanie_perezSe entrevista con varios propósitos y se entrevista de varias maneras. El entrevistador puede seleccionar una serie de preguntas cónsonas entre sí y darlas al entrevistado con el fin de que el mismo conteste sin presiones de tiempo y contexto. Más tradicionalmente, el entrevistador prepara unas preguntas y cita al entrevistado para que a modo de conversación e intercambio directo se sienten frente a una grabadora a construir el deseado texto. La tercera forma regular de entrevistar combina los dos métodos anteriores aunque de manera invertida. Se citan las partes, se presentan las preguntas y el entrevistador va anotando lo que se le vaya diciendo para luego tratar de recrear, por medio de la selección precisa un texto que dé fe de lo que se haya dicho en el encuentro. Todos estos métodos presentan ventajas y desventajas. Lo que es central, sin embargo, es el proceso previo de selección de preguntas. En este sentido, la entrevista es un ejercicio dirigido. Auscultar la vida y la opinión de una persona sobre varios asuntos medulares de su desarrollo como persona viene a ser la tarea de toda entrevista dirigida. Y esta búsqueda de información se ha de caracterizar entonces (o al menos lo intenta) por un hilo que enlaza y sostiene ese diálogo. Toda entrevista es un diálogo falso. El entrevistador va con su agenda, el entrevistado ha de contestar atento a sus propios intereses y cuidados. Lo que queda es una tercera realidad, un lado de la cara que se muestra, acaso matizado por sombras y luces que vienen de los contornos.

Palabras encontradas es una colección afortunada de tales falsedades incompletas, y por lo mismo, de rastros precisos de verdad. La entrevistadora, compiladora y precaria maestra de ceremonias se adentra al mundo representacional de trece escritores, cuya labor se traza desde la década del sesenta al momento presente, a través de entrevistas dirigidas de cuerpo presente ante las exigencias y trabas que impone la grabadora y la mutua presencia. Como toda colección de entrevistas ha de seguir una agenda específica que en ocasiones ha de ser violentada por el entrevistado. Melanie Pérez declara desde el título que se trata de una “antología personal”, es decir, que los entrevistados constituyen de cierta forma una microhistoria literaria, un imaginario dentro de una serie de imaginarios posibles que intenta plasmar de buena fe la realidad literaria del Puerto Rico de finales del siglo XX y principios del corriente. La secuencia escogida parece reflejar un criterio funcional. Comienza a presentar las entrevistas de quienes parecen ser los actores principales de esa microhistoria (Mayra Santos, Rafael Acevedo, José Liboy). Luego sigue con figuras que reflejan un desarrollo posterior (Eduardo Lalo, Ángel Lozada, Áravind Adyanthaya, Urayoán Noel, Noel Luna, Pedro Cabiya y Juan López Bauzá) y termina presentando dos ángulos divergentes de la periferia escritural: la visión crítica e histórica (Joserramón Melendes) y la visión empresarial y editorial (Carlos R. Gómez).

La selección de preguntas, es decir, la agenda de la entrevistadora se presenta de manera bastante clara. Repite el patrón de preguntas a cada entrevistado, si bien en ocasiones la necesidad hace que se desvíe y adentre por algún callejón imprevisto. La pregunta titular, por llamarla de alguna manera, trata el tema de las generaciones literarias en Puerto Rico, y sobre todo la definición generacional de los escritores que escriben a partir de 1980 y la subsiguiente generación de los años noventa. Pérez desea auscultar la opinión que tienen estos escritores de una definición precisa de estas generaciones frente a las ya existentes de generaciones anteriores. Destaca en varias ocasiones la opinión expresada por escritores adscritos a la vida cultural de la década del setenta en el sentido de que no hay tal núcleo generacional, de que estos escritores que escriben a partir de 1980 no cuajan un espacio propio y no proponen una visión particular de la literatura pues no “rompen” de manera visible con lo manifestado por los setentistas. Pérez se refiere más concretamente a las opiniones aleatorias de Mayra Montero expresadas en un diario local. Ante esta actitud aparentemente negativa, Pérez lanza la pregunta a manera de una exigencia vital que de igual manera provoca en los entrevistados una serie de reacciones que van desde la cautela hasta la denuncia.

Cardinal es la respuesta de Mayra Santos, quien da en el blanco preciso cuando reacciona directamente al comentario de Montero centrada en la noción de la invisibilidad de los escritores ochentistas, tildados épicamente de generación “soterrada”. Las manifestaciones de Montero sirven para reactivar los fueros de los escritores ochentistas, que en palabras de Mayra Santos comenzaron a reunirse más a menudo y a publicar nuevamente en los medios impresos (pp. 52-53). Más enfática es la reacción de Rafael Acevedo, quien felizmente despacha los quebrantos de Montero a partir del sentido común cuando indica que la propia Montero había confesado no haber leído a los autores ochentistas. Es decir, a qué preocuparse si ni siquiera se tiene conocimiento de lo que se denuncia (pp. 89-90). A modo de contraste, Joserramón Melendes, tan dado a la dialéctica y a tratar de precisar la naturaleza social y estética de las cosas, ensaya una definición interesante del núcleo ochentista a quienes denomina “degeneración de los ochenta” amparado en la visión de que su vínculo con la universidad era de naturaleza distinta a la que tuvieron las generaciones anteriores. Ahora bien, si ha de criticarse en alguna medida la labor de la entrevistadora, en el momento preciso en que Melendes va a dar en el clavo, Pérez lo interrumpe y el hilo de la conversación toma otro derrotero (p. 286). Más cautas son las respuestas de los escritores posteriores. Eduardo Lalo pondera de manera negativa el empleo liberal del concepto de generación, que adscribe a la tradición hispánica (p. 132). Ángel Lozada responde de manera más entusiasta a la pregunta, notando que el conjunto de escritores se proyectaba de manera más libre, sin ataduras a las agendas de los grupos anteriores (p. 158). Y Carlos Gómez declara con toda la tranquilidad del mundo que sí existe una generación del 80, si bien retoma el asunto de la presunta invisibilidad de estos escritores (p. 301).

Otra de las interrogantes importantes que presenta Pérez tiene que ver con la labor del escritor, la definición de su quehacer en el mundo y las siempre insatisfechas preguntas de por qué y para quién se escribe. López Bauzá destaca la búsqueda de espacios nuevos como labor fundamental (p. 271). Noel Luna es sumamente franco al indicar que simplemente le gusta escribir, que con el tiempo se vuelve una necesidad, una forma de mantener la cordura mental (p. 230). Urayoán Noel se declara incapaz de reducir a pocos elementos la contestación a la interrogante aunque indica que es muy fuerte el deseo de “agarrar el momento”, tanto el suyo como el de la cultura (p.205). José Liboy, siempre original en su visión del mundo, le contesta a Pérez que lo que él desea hacer es “precisar”, dar forma real y escrita al reguero oral de la tradición familiar y social (p.123). Rafael Acevedo, por su parte, señala el papel terapéutico de la escritura, que compara con los instantes y los actos súbitos de quien vive y repara en un detalle, en una cosa, en un sonido, y se siente feliz mientras está en contacto con ese descubrimiento (p. 98). Mayra Santos, se lava las manos como Pilatos cuando le contesta a Pérez que esas interrogantes serían mejor manejadas por los críticos, y tranquilamente le indica que le pasa a ella (a Pérez) la “papa caliente” (p. 60).

Dentro del conjunto de preguntas presentado por Pérez, es tal vez la referente al papel de la poesía dentro del desarrollo de los géneros en Puerto Rico la que produjo las contestaciones más elaboradas y significativas por parte de los entrevistados. En este sentido es notable la confesión honrada de Mayra Santos de que la poesía como medio de representación “se le estaba quedando chiquita”, amparada en la idea de que la poesía parte de un “yo” en todo momento, y ella sentía que debía ensayar voces distintas desde las cuales proyectar su creatividad (p. 63). Rafael Acevedo habla de la contaminación de géneros, e indica que la distinción entre narrativa y poesía radica sobre todo en la intensidad de lo que se expresa y la capacidad inherente para la experimentación que posee la segunda (p. 94). Urayoán Noel considera que la poesía se aparta de las exigencias de la normatividad editorial en Puerto Rico, por lo que trabajar desde la poesía implica “trabajar desde el anonimato” (p. 207). Es tal vez Noel Luna quien más elabora sobre la poesía entre los escritores recientes al declarar que su interés por el género radica en el cruce entre pensamiento y forma. Le interesa adentrarse en las posibilidades de la sonoridad, siempre y cuando la misma vaya de la mano con las ideas. Define así la poesía como una búsqueda, un intento por volver sobre los elementos primigenios de la expresión, adentrarse en los fundamentos de lo sensorial pero al servicio de la imaginación (pp. 222-223).

Finalmente comentamos lo expresado por varios de los escritores sobre la cuestión de las definiciones nacionales. Mayra Santos se centra en las construcciones del discurso de la negritud, tanto a nivel insular como a nivel pancaribeño. Le preocupa el diálogo intelectual y representacional de un Caribe que no desea reconocerse tal cual es y apunta en este sentido a la pervivencia de unas rupturas a partir de las varias tomas de conciencia posibles en nuestro rincón histórico de la realidad (pp. 76-77). Rafael Acevedo se fija en el debate sobre la nacionalidad extendida, y el asunto del Estado Libre Asociado como una “máquina de slogans” que lo acerca al juego discursivo que es reconocible en la ciencia-ficción (p. 96). Eduardo Lalo destaca la importancia de ser consciente del problema colonial de Puerto Rico a la hora de pensar en su propia definición y desarrollo personales por reconocerse como un caso particular por ser hijo de inmigrantes (p. 137). Pedro Cabiya confiesa que desea ver su escritura desde otro ámbito, que no le interesa recrear en su escritura los paradigmas de la discusión nacional y de la literatura puertorriqueña en general al ver su escritura como una reformulación total, un partir de cero nuevamente, un reinventar el todo (p. 250). Algo más cauto en su rechazo de la discusión política de lo nacional, López Bauzá indica que urge más que nada trabajar los temas sobre la justicia en el país y los efectos de la vida colonial en el día a día del puertorriqueño. Denuncia así la sensación de desidia, y la manipulación a la que nos vemos sometidos, elementos que sumergen nuestra sociedad en el letargo (pp. 265-266).

Amén de la muestra aquí esbozada, las entrevistas que componen Palabras encontradas se adentran en otros temas de suma importancia para entender el desarrollo de las letras en el Puerto Rico contemporáneo. Algunos de los otros asuntos discutidos de manera consistente en el corpus recolectado fueron: la representación del mundo social marginal, tanto en términos del modo de representación como de lo referente a la voz poética o la trama trabajada; el tema de la postmodernidad según definida por los escritores o según manejado en sus escritos; el tema del género novelístico, de su desarrollo histórico y de su manejo por parte de varios de los escritores; el tema del “performance” y su relación con la evolución de la poesía de las generaciones recientes y del teatro; el asunto del efecto de los medios de comunicación en esta escritura joven y en la recepción general de la literatura por parte de las masas; el tema de las políticas editoriales, de las revistas literarias y de las casas editoriales grandes y pequeñas; y, por supuesto, el tema de los orígenes personales de la inquietud literaria en cada uno de los escritores, su historia personal, y la evolución de la labor creativa en cada uno de ellos.

Palabras encontradas se presenta así como un texto sumamente revelador. Es a su vez un auxiliar de suma importancia para el estudio de la literatura insular contemporánea. Pérez Ortiz ha convertido su personal inquietud, sus gustos personales en la base de un texto que vuelca el peso del testimonio hablado sobre los marcos posibles de una definición de nuestras letras en este cambio de siglo. El investigador encontrará tierra fértil para desarrollar visiones críticas sobre estos autores y sobre la época en general. Otros escritores podemos deleitarnos al observar el modo en que nuestros colegas contestan a las mismas interrogantes que nos preocupan, además de disfrutar del modo en que evitan comprometer su palabra en los asuntos escabrosos, o en que anuncian su compromiso único consigo mismos. El lector a secas se ha de deleitar ocupando el puesto de un tercer personaje, el que escucha tranquilamente este diálogo entre la preocupación y la intensión que en esencia nos indica que las letras contemporáneas en nuestro país se encaminan por vertientes intensas que prometen retomar, a su modo, la auscultación estética que nos fuera legada por esa voz que nos subyace, la del doctor Zeno Gandía.

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