Reflexiones: escritura creativa y literatura actual


  • Mario R. Cancel
  • Escritor e historiador

 

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Pre-textos: el sesenta y el setenta

La literatura del 1960 y el 1970 centró una parte significativa de su discurso en la discusión del llamado problema nacional puertorriqueño. Los poetas del 1960 y los narradores del 1970 se constituyeron en una vanguardia letrada en la cual la noción del intelectual cívico y comprometido predominó. El tono del compromiso fue muy distinto al que imperó en las discursividad del 1930 y el 1950. Se trata de una transición de la complacencia con el populismo, a favor de una posición crítica en ocasiones fronteriza con el antipopulismo.

La narrativa del 1970 con sus grandes figuras fue un excelente momento para la experimentación dentro de los parámetros de un tipo peculiar de realismo urbano -incluso diaspórico- en la literatura. El juego con la cultura pop estimuló la apropiación y literaturización de una variedad de dialectos sociales que habían sido producto del proceso de fragmentación social derivada del industrialismo. El dialecto de la droga, de la salsa, entre otros, ocuparon espacios prominentes en la narrativa nacional. Esos interesantes juegos de lenguaje suavizaron la discursividad realista dándole un tono menos formal en la medida en que echaba mano de técnicas neovanguardistas en la frontera del juego más desfachatado.

Pero el proceso estimuló también el cuestionamiento de los grandes mitos que alimentaban el imaginario histórico nacional en particular aquello que aquí se llamó el mito de la gran familia, relato que corresponde a la preconcepción de un pasado colectivo orgánico, continuo y armonioso a la manera de la nación utópica del discurso público de Pedro Albizu Campos en la década de 1930. El desarrollo de narrativas alternativas que afirmaron la autonomía del mundo femenino como es el caso de Ana Lydia Vega,  y el mundo gay en el modelo de Manuel Ramos Otero, entre otros, es patente a partir de 1970. Hay que aclarar que la otra presencia poderosa de la modernización y la era industrial, el mundo mediático y de la imagen, se percibía como una amenaza o un atentado contra el ser humano sensible.

Entre los años 1976 y 1984 el discurso literario comenzó a dar un giro peculiar. El agotamiento del modelo de desarrollo económico de Puerto Rico y la crisis económica y social de 1973-1976, la afirmación del neoconservadurismo y la redefinición del papel del país en el mundo de la globalización, explica buena parte de la revisión de los discursos narrativos en aquel momento. Uno de los elementos más importantes en el proceso fue la revolución informática –su mercadeo y su consumo- que, a partir de 1990, invadió la vida diaria de muchos puertorriqueños.

Post-textos: el ochenta y el noventa

Después de la riqueza de la narrativa del 1970 se habló de estancamiento en el ámbito de la creatividad. La percepción de que la escritura creativa y literaria estaba atascada fue un lugar común en el nuevo tribunal de la estética: los medios masivos de comunicación de masas renovados por la revolución informática. Pero los que manufacturaron aquella observación miraban el panorama desde el 1970 hacia el presente. Es cierto que no hubo narradores en el 1980 que fueran capaces de difundir su obra internacionalmente como ya lo habían hecho Rosario Ferré, Edgardo Rodríguez Juliá o Luis López Nieves.

En la narrativa y en la poesía ocurría, sin embargo, un forcejeo entre la tradición y su continuidad, y lo novedoso y la voluntad de ruptura que solo podían percibir quienes participaron de la contienda. Esas fricciones fueron invisibles para los medios y resultaron invisibles para una historiografía literaria que, con Josefina Rivera de Álvarez, era un libro cerrado que terminaba en la década del 1970. Buena parte de las protestas generacionales, a-generacionales o anti-generacionales, se pueden comprender en aquel contexto

El proceso de diferenciación de los escritores del 1980 de sus antecesores del 1970 se inició en la poesía desde 1985. La antología El límite volcado (Isla Negra, 2000) que publiqué con Alberto Martínez-Márquez, afirmó una debatida generación de poetas del ochenta conocida también con el apelativo de los “nuevos.” Recientemente los autores más jóvenes o “novísimos” se han nucleado alrededor de la noción cronológica del noventa o generation X. Pero todo esto son préstamos semánticos de la cultura tardomoderna y postmoderna que tiene una gran utilidad para llamar la atención en los medios, pero que sirven muy poco para comprender el fenómeno de la creación reciente.

El estancamiento ha sido solo relativo. Desde 1990 se ha reiniciado una tradición narrativa muy rica y muy distinta de la del 1970 que tiene en, Pedro Cabiya, Mayra Santos Febres, Elidio La Torre Lagares, Eduardo Lalo, José E. Santos, Marta Aponte Alsina , entre otros, sus voces más significativas y persistentes. La lista no es exhaustiva. No se puede olvidar el trabajo de Zoé Jiménez Corretjer, Yolanda Arroyo Pizarro, Ana María Fuster, Rafael Franco, José Liboy Erba, Rafael Acevedo y Juan Carlos Quiñones, entre otros. El espacio común de estos escritores ha sido la reformulación de aquel realismo urbano del 1970 y una nueva relación con el mundo mediático y de la imagen en medio de la revolución informática.

Hiper-textos y ruina de lo real

A primera vista esta narrativa reciente representa una ruptura con la nociones centrales del 1970. En general la escritura de los 1980 y los 1990 muestra menos preocupación por el problema nacional puertorriqueño, principio que también se ha debilitado junto con la noción moderna del intelectual cívico. El colapso de los modelos heredados ha estimulado una notable discursividad neo fantástica que divaga entre la racionalidad y la irracionalidad.  En ocasiones ello desemboca en una obvia alusión kafkiana, borgiana o cortazariana. El espacio de todas estas narrativas es la ciudad postindustrial o las distopías imaginarias más subyugantes como la Urbania de Rafael Acevedo. Debo aclarar que no se trata, en general, del viejo clisé del “arte por el arte.” Las estructuras del compromiso del escritor con el orden social han sido revisadas pero no derruidas.

La revolución informática es parte de la hechura de estos escritores y se apropia y proyecta desde perspectivas contradictorias. No se ha resuelto del todo el problema de su percepción y no creo que se resuelva de un solo modo. Los intertextos por ejemplo del cine, que ya estaban presentes en muchos autores del 1970, se afirmaron después del 1980 en la era de la Internet. Pero otras hiperrealidades como la de los video juegos, nuevo tipo de novela gráfica en movimiento, también reclaman su espacio como ocurre en el caso de Pedro Cabiya. Creo que esta promoción de fin de siglo ha aprendido a vivir con la alta tecnología y las complejidades mediáticas y no las ve como una amenaza al ser humano sensitivo.

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