Escribir en Puerto Rico: Reflexión sobre la(s) literatura(s) presente(s) (VI)


  • Mario R. Cancel
  • Escritor y profesor universitario

VI. ¿Qué distingue a los escritores del 1990 en este asunto? Ellos también han reflexionado sobre la escritura desde su historicidad. En primer lugar, los caracteriza una toma de distancia de la herencia canónica. Rechazar la tradición es un acto desacralizador. No se trata de volver a empezar desde cero. La impugnación de las tradiciones ha tenido una diversidad de grados. Luis López Nieves y Marta Aponte Alsina, miraron espacios específicos del relato del pasado con el fin de reescribir, entre la ficción histórica y la ficción sin más, episodios emblemáticos del imaginario nacional. El caso de Seva (1984) es bien conocido. La visita de Aponte Alsina a la figura de Alejandro Tapia y Rivera a través de su viuda Rosario en el cuento “La casa de la loca (1887),” trabajó el signo más importante de la casa letrada del siglo 19 de una manera provocadora. De hecho, el libro La casa de la loca y otros relatos (2001), es un viaje intenso que toca numerosos lugares alternativos a los que el relato convencional del pasado no mira. En ambos casos se impugna el metarrelato tradicional del pasado.

L_Lopez_NievesLa toma de distancia no es solo un reto al relato imaginario. También ha conducido a la refutación de la hispanofilia heredada de los modernistas. En general, la idea de la identidad centrada en el idioma y en la pureza o la transparencia impoluta de sus rasgos, no hace mucho sentido. El culto a la impureza se manifiesta por todas partes. La identidad ha adquirido otros rostros y donde antes se hallaba esa esencia rodeada de palabras, hay ahora un palimpsesto caótico. Sobre la vieja escritura se han montado otros códigos.

Lo interesante es que la celebración de la impureza ya había sido parte de la escritura del 1960 y el 1970. La impureza lingüística fue un recurso común que se usó para afirmar una idea alterna de la identidad que reconocía al pueblo en las masas urbanas que todavía tenían sus raíces en la ruralía del 1940. El modelo más relevante es La guaracha del Macho Camacho (1976) de Luis Rafael Sánchez. En ese texto, el lenguaje viciado de los nuevos pobres de la urbe, el dialecto de los medios masivos de comunicación y una canción que seduce a las masas, marcan la pauta. Se trata de una novela que no narra mucho: solo habla un sociolecto que gana validez en la medida en que atenta contra la formalidad y el canon.

Aquellos autores, sin embargo, jugaron con la impureza lingüística con la mentalidad de un intelectual moderno maduro. Para ellos explotar la impureza fue un modo político de llamar la atención sobre una situación injusta. En la práctica ese reto cumplía una función análoga a la que tuvo el uso del lenguaje jíbaro -también impuro- entre los modernistas costumbristas y los neocriollistas. La intención siempre fue llamar la atención sobre un tipo de puertorriqueño que consideraban más genuino y menos contaminado por la modernidad.

Sin embargo, después del 1990 de lo que se trata es de ser postmoderno y ello exige un esfuerzo consciente por dejar de ser moderno. La impureza lingüística no es un proyecto político aunque puede ser leído como tal. Tampoco es una carrera en busca de lo genuino. Es sólo un lugar común compartido por buena parte de la humanidad en la globalizada / americanizada era postindustrial. Equivale a pensar que tomar Diet Pepsi en lugar de maví no implica una traición al ser nacional. Solo un moderno contumaz concluiría que esa es una posición políticamente reaccionaria o retrógrada. Esa distancia, semántica y axiológica, explica porque muchas de las preocupaciones del 1960 y el 1970 no llaman la atención de los escritores del 1990.

M_Aponte_AlsinaEn segundo lugar, hay algo que llamaré vocación de espectáculo. El escritor de 1960 y el 1970 todavía se sentía parte de una aristocracia de intocables que trabajaban, como un anacoreta, en la intimidad. La experimentación con el lenguaje popular urbano nunca significó una integración real al populacho. La situación parece ser diferente ahora. Los ejercicios performativos cada vez más numerosos, el jamming o improvisación durante las lecturas, práctica que me sugiere un cierto jazz del logos, las lecturas colectivas y las conversaciones que cierran con el micrófono abierto para los neófitos, son un escenario interesante.  El papel que la Internet y los medios masivos de comunicación tienen en ese espacio es cada vez más relevante. Desde 1990 los escritores parecen estar en el proceso de salir de la reclusión que se imponían antaño.

La mediatización del oficio del escritor, el faranduleo, como lo denominó una autora del 1970, es un hecho cada vez más común. Pero lo cierto es que todavía la idea del escritor privado está ahí y que los esfuerzos por conectar al escritor con la gente, o el sueño de que el consumidor de mercancías en general se convierta en un consumidor de mercancías literarias, no se ha conseguido. Un escritor en el presente sigue siendo parte del hipotético conjunto de los raros.

¿Qué impacto puede tener la mediatización en la relación del escritor con la gente? La performatividad es una máscara dionisíaca. Lo cierto es que la figura del escritor se torna invisible cuando se le apropia a través de la lectura privada del libro. La oralidad hace que el escritor sea visto de otro modo. Lo que molesta a muchos es la preocupación de que la mediatización esté convirtiendo la producción literaria en una mercancía. Es como si no reconocieran que siempre lo ha sido.

El protagonismo del escritor, está siendo sustituido por el del editor. Pero en ese proceso, que apenas repunta y parece inevitable, lo que el producto literario pierde en reverencia aristocrática, lo gana como pieza de mercado. Escribir y publicar ya no es lo que era. La producción literaria ha dejado de ser un deber pesado y vuelve a ser una forma del goce. De ese modo, el producto literario es la expresión de una individualidad, no de un gremio presumido. La idea de la escritura como juego atenta contra ciertos paradigmas literarios tradicionales. El escritor ciudadano iluminado y original es una farsa. Rafael Acevedo inaugura Exquisito cadáver (2003) con un testimonio que afirma tanto la individualidad como la caducidad de la idea de lo nuevo: “Es ésta una obra de ficción. Un ejercicio de la lectura. Una acción con múltiples precedentes.”  Con ello acepta la inutilidad de una imagen caduca del autor. La idea de que el escritor es un lector, afirma el carácter privado y personal del acto y lo hace más libre.

3 comentarios

  1. Creo que después de 2008 de lo que se trata es de ocupar el mundo, empezando por el occupation of the self. En mi humilde opinión, claro.

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  2. Como ves, las respuestas tardan en llegar, pero llegan. Tres años, válgame. Aunque no sé de qué generación sale ni a qué generación llega esta. Besos.

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  3. Luis se ve más guapo que yo. Es que es más guapo que yo. ¿A qué generación pertenece el autor de este artículo? ¿Quién es la escritora de la generación del setenta que se atrevió a usar la palabra faranduleo? Tírala al medio, querido Mario.

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