La escritura entre siglos según Mario R. Cancel


  • Ángel M. Encarnación
  • Narrador puertorriqueño

Literatura y narrativa puertorriqueña, la escritura entre siglos, de Mario R Cancel, fue publicado por la editorial Pasadizo, Panamericana, Formas e Impresos, Colombia, 2007, 235 p. Cancel es narrador, historiador y poeta puertorriqueño nacido en Hormigueros. Es Catedrático Asociado de la Universidad de Puerto Rico en Mayagüez y Profesor Conferenciante en la Universidad del Sagrado Corazón, Santurce, Puerto Rico.

Los trabajos reunidos en este libro son el producto de reflexiones personales, de discusiones y de diálogos compartidos por el autor con escritores de todas las edades. El libro pretende convertirse en un texto dialógico, a la vez que diferenciarse de una historia literaria tradicional. Su tratamiento es de gran significado actual e inmediato, por lo que logra llenar un vacío dentro de la producción literaria puertorriqueña. La densidad de su tratamiento de lo “intratado” lo sitúa como uno esos textos únicos y disímiles que raramente se publican en el mundo. Estas cualidades lo convierten en un paso de avance y en un trabajo de gran riesgo.

Es un paso de avance porque casi nunca se estudian las letras más inmediatas, las llamadas novísimas o recientes, con detenimiento y detalle. La persona que se interese en conocer sobre el estado actual del proceso creativo de cualquier país del mundo debe internarse en un mar de publicaciones limitadas, casi siempre, por razones económicas, de difícil acceso y de rápido consumo. El texto nos orienta ofreciendo nombres, portales y direcciones de la Red, junto a nombres de publicaciones periódicas, lo que nos hace más fácil la consulta y la investigación. Sin textos como el suyo las búsquedas actuales se nos vuelven muy limitadas porque los novísimos nombres se desconocen y el tiempo, el uso y la costumbre tiende a ignorarlos. Gracias a esta exposición reflexiva y detallada, el acopio, la selección y el juicio futuro se podrán realizar con mayor efectividad.

Cancel_Literatura_NarrativaEs riesgoso exponer datos, nombres y productos de lo inmediato. El tiempo se encarga de ir borrando muchos de estos expositores porque abandonan la producción, se dedican a otras disciplinas, destruyen las obras al renegar de ellas y se olvidan. Con el tiempo también desaparecen las obras en tablilleros de bibliotecas públicas y privadas, engavetadas y archivadas por la desidia, el prejuicio, la mala fe y la ignorancia. Por eso, cuando no existen obras que articulan la producción actual, la mayoría de estos nombres recientes se vuelven crasa información de volúmenes que sólo conocen  los estudiosos y los curiosos de la historia literaria. El texto intenta romper con aquellos patrones.

Cancel tiene argumentos válidos para ganar nuestra atención, también cuenta con un bagaje cultural que le da autoridad para opinar sobre las obras y su posición en el espacio de las letras. Demuestra que ha buscado con interés, que ha vivido experiencias enriquecedoras, tanto con las obras, como observador, y como crítico y conocedor de los intereses de los autores. También ha reflexionado sobre los procesos históricos en que se han producido las obras.

El volumen comienza con lo que llama “Una aclaración (in)necesaria.” Nos aclara que la universidad no es un foro que propicie la discusión de las obras recientes, por lo tanto entiende que su texto ayuda a rellenar esta vacío, aunque reconoce que la universidad no es el único foro válido con el que se deba contar para este propósito. Su examen, necesita aclarar, no es uno de tipo autoritario, para el cual una ausencia es un juicio de valor. También prefiere abordar obras que no están escritas por las personalidades más discutidas en los medios académicos. Esta preferencia es de gran relevancia porque muchos de los textos con nombres tan inclusivos como Literatura o Narrativa puertorriqueña solamente incluyen dos o tres figuras, las que ya todo el mundo conoce, e ignoran el resto de la producción, la que muchísimas veces merece tan siquiera el reconocimiento del esfuerzo realizado.

Realizada la aclaración, discurre sobre el contexto en que se manifestó originalmente la Generación del 80, sus diferencias y deudas con la del 70. Afirma que esta Generación del 80 se creó en medio de una crisis similar a la sufrida por las generaciones del 60 y del 70. Su producción se da en una época post industrial que ocupa la mitad de la siguiente, la del 90. Los creadores del 80 pasaron por una etapa de transición que los hizo producir, de forma similar a los intereses de la anterior generación, una literatura testimonial, de ataque contra el capitalismo deformante y cosificador, de radicalización de procedimientos escriturales, de ataque a los medios y a la sociedad de consumo. Entre los nombres más destacados de tales cruces  generacionales se destacaron Edgardo Rodríguez Juliá y Luis López Nieves, los que desarrollaron “una querella contra los procedimientos interpretativos del pasado”, (p.12).

mario_cancel_lectorHacia 1985 hubo un retorno a la cultura “iconocéntrica” o de dominio de la imagen, resultado de la filosofía cuántica y relativista que desarrolló la inteligencia artificial. Esta etapa es de hiperconsumo extremo, que afectó toda producción inteligente en la época de la globalización (p.24-35). Tales interpretaciones se desarrollan en el apartado “De la tardomodernidad a la postmodernidad: una etapa de teoría cultural. Los autores se transforman con la revolución de la Internet, circunstancia que reforzó la identidad generacional.

Lo acaecido luego de los 80 se interpreta en otros apartados como: “Leer y escribir después del 1980,” “Del 1990 acá, ¿qué hay?, los que se complementan con apéndices sobre las publicaciones en revistas, sobre la tecnociencia y sobre algunas antologías que le permiten avizorar lo que se espera en el siglo XXI: “La literatura puertorriqueña ante el siglo XXI: mito y promesa.  No deja de ser muy interesante y acertada su interpretación sobre la negritud de esta  misma sección. Para él mucha de esta literatura se realizó de acuerdo a la visión del “darkest Africa cimentada en las preconcepciones del continente bárbaro, cargado de una sexualidad natural y de primitivismo,” de exotismo turístico que supone una “sexualidad innata de la raza negra,” p. 171. Esta sección está conformada por conferencias diversas, la que incluye: “Enrique Laguerre: Una reflexión desde los ochenta,” (p.220).

Cancel trata de agotar el panorama buceando por temas y tratamientos, con nombres de obras y de autores de una manera que merece encomio. Muchos de estos nombres ya son significativos en el panorama. Son los antologistas, los poetas, los novelistas, los prosistas, los que se han lanzado a la Internet, los grupos universitarios en todas las áreas cardinales, hasta las de menos difusión. Ante este panorama enorme Cancel nos revela las razones que explican, según él, cierto gusto por lo irracional, por la violencia, la preferencia neopopulista, las asociaciones con el dadaísmo, el cubismo, el expresionismo y el surrealismo, mostrándonos una total heterogeneidad que amerita nuestro cuidado.

Las particularidades de estas argumentaciones de Cancel  se dan dentro de una meditación relajada y seria sobre la genealogía del proceso literario, el que percibe como uno de resultados socioeconómicos más que unilateralmente culturales. Y con esta visión coloca el proceso actual de nuestras letras dentro del proceso global, no dentro de un insularismo tardo e imitador.

Narradores 2000 : La parodia de la modernidad en El silencio de Galileo


  • Mario R. Cancel
  • Escritor e historiador

El silencio de Galileo (Norma, 2009) del novelista puertorriqueño Luis López Nieves, cuenta la historia de otra indagación apasionante. Si en El corazón de Voltaire (2006) el problema era la autenticidad de una reliquia. Ahora se trata de la paternidad de un invento: el telescopio. Lo cierto es que el lector se encuentra ante dos iconos de la modernidad engastados en un par de arquetipos de la rebeldía de la razón.

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Esos signos, uno surgido en el siglo 17 y otro en el 18, enfrentaron con las armas de la ciencia y la razón el autoritarismo neoprovidencialista y los prejuicios cristiano-medievales, respectivamente. El papel de la duda en torno al poder de la autoridad y la tradición, fue consustancial en ambos casos. Se trata de actitudes propias de la retadora cultura burguesa, asunto del cual López Nieves está muy consciente tanto como cualquier otro lector de historia.  Estas novelas, sin duda, pueden leerse como una celebración del mundo moderno pero, desde mi punto de vista, representan mucho más que eso.

Ambas búsquedas noveladas inciden en el hecho de que el icono se reduce a una sombra sugerida que transita entre la selva digital que se construyen Ysabeau de Vassy,  Roland de Luziers y sus corresponsales a través del correo electrónico. El asunto teórico central pierde su protagonismo ante las acciones del investigador y sus aliados. La novela está en otra parte, el trasfondo histórico es un pretexto locuaz.

Del mismo modo, los personajes se reducen a una voz que viaja en el cibermundo, entre hipextextos invisibles pero concretos cuyo aspecto apenas se sugiere en los juicios casuales del interlocutor también casual, como si se tratara de un mero boceto. La Internet es un mundo paralelo real en donde todo ocurre sin ocurrir. Más que ningunos otros, estos personajes son puro texto. La belleza tentadora de Ysabeau se sostiene sobre el exagerado lenguaje seductor de Luigi Nolfo, un caballero trasnochado y ridículo, y las sugerencias lésbicas de  Pauline Taillardat.

Lo cierto es que un nuevo tipo de hiper-irrealismo virtual se consolida a través de estas dos interesantes narraciones. La rareza y el atractivo de los personajes de López Nieves, radica en que nunca están allí físicamente. Se trata de figuras etéreas, inciertas y desdibujadas. Los rostros, los cuerpos son accesorios que el lector inventa, si así lo desea, acorde con su prejuicios e interpretaciones. Mi imagen de Ysabeau es, por demás, muy tropical, vulgar y juguetona.

La apelación constante a los avances de la revolución digital, un más allá imposible de imaginar siquiera aún desde adentro de la revolución tecnológica de posguerra, establece un contrapunto interesante. El silencio de Galileo desmantela un mito de la época del barroco en el escenario de los recursos de la Internet. Voltaire se reduce ante los avances del conocimiento del genoma humano. El patético final del mito de Galileo, deja teóricamente al genio y al idiota en una posición similar. El efecto es disyuntivo: la celebración de la modernidad se ha convertido en una burla atroz.

La otra parodia de la modernidad radica en el manejo de la imagen del historiador que elabora el novelista. El historiador moderno fue el sacerdote más respetable de la nación: después de todo él la inventa, la organiza y la formula. Pero los historiadores de López Nieves son otra cosa. La imparcialidad y la mesura, dos valores de la historiografía profesional burguesa, no están presentes en Ysabeau. Esta mujer ha perdido toda la mesura.

GalileoLas pasiones, las apetencias, las ambiciones, la voluntad de poder, pienso en los juicios sobre la historia  del ateniense Tucídides o del florentino Maquiavelo, anidan en y se posesionan de esta mujer virtual y la llenan de una humanidad incuestionable. La identidad de Ysabeau se conforma sobre la base de ese conjunto de absolutos pasionales que la conducen a darlo todo en nombre de la gloria del hallazgo inconmensurable. Ysabeau está más allá del bien y del mal, se encuentra fuera del marco de la ética ¿quién no lo está en la postmodernidad salvaje? La conquista de una presumida verdad así lo justifica.

El historiador en López Nieves es un documentador salvaje –un erudito rapaz-. Pero también funciona como un manipulador o un mentiroso compulsivo. Ysabeau es un caso sicológico que parece manifestar múltiples personalidades. Es una mujer impulsiva y vanidosa, una obsesiva contumaz que ve el pasado como una posesión posible que se toma como en medio de un abordaje. Pero ocasionalmente funciona como un detective o un criminólogo especializado en las prácticas desviadas de unos personajes que desaparecieron hace cientos de años; o un conspirador experto en desenredar entuertos o capaz de crear un triángulo de cuatro lados como planteaba uno de los problemas clásicos de la escolástica  medieval.

El silencio de Galileo parte de un engaño calculado e inteligentemente diseñado. Cuando Luis me habló por primera vez de este proyecto me imaginé un laberinto que él nunca trató: el silencio de Galileo antes de reafirmar “pero gira” ante el tribunal de la inquisición tras su juicio  y su retractación pública. Las posibilidades de filosofar sobre la duda y su contenido eran muy altas. Ahora celebro el engaño de la imaginación del maestro y amigo.

Narradores 2000 : El robo del pasado en la obra de Luis López Nieves


  • Mario R. Cancel
  • Historiador y escritor

“…lo que al principio parecía un rompecabezas (…)

ahora se ha transformado en la clarísima historia de un magno hurto histórico”

Ysabeau de Vassy

La relación del narrador Luis López Nieves con el pasado y sus figuraciones, parece ser una de las claves para comprender su narrativa. Tanto el cuento Seva (1984), como las novelas El corazón de Voltaire (2005) y El silencio de Galileo (2009), representan una propuesta común: se trata de narraciones que, si bien interpelan el pasado y sus prejuicios, en lo fundamental ficcionalizan el trabajo de los historiadores. El elemento común a las tres narraciones  es la teatralización del proceso a través del cual los historiadores elaboran hipótesis, investigan, argumentan y generan sus conclusiones. El hallazgo o la invención de la verdad histórica animan el conjunto de su obra desde 1980.

Galileo

Visto el conjunto, se trata de una apropiación de la Historia en su sentido más clásico. En tiempos de Herodoto de Turii, la encuesta, la indagación o el testimonio, era la fuente más confiable de conocer el pasado. La Historia era Memoria –directa o indirecta- en el sentido más llano del término. La producción del conocimiento histórico dependía de la mayéutica más transparente. En el caso de López Nieves,  los documentos, cartas, papeles sueltos o correos electrónicos en cada caso, representan la diversidad de interlocutores involucrados en la construcción de la memoria histórica consolidada en un relato. La interpelación de los mismos será una responsabilidad compartida por el autor y el lector en su momento.

Me parece que la explicación para esta obsesión lopeznievana se encuentra en su pasión de y por la Historia. El entusiasmo no se circunscribe a la cuestión de cómo la disciplina maneja sus problemas. Los historiadores de López Nieves parodian muy bien ese ámbito pero, a la vez, llenan de humanidad una profesión que durante mucho tiempo aspiró ser tan antiséptica como las  ciencias naturales. La irracionalidad ocasional de Ysabeau de Vassy o las manipulaciones emocionales de Luigi Nolfo no son ajenas a la profesión. Pero la pasión de López Nieves va más allá de ese detalle. Se trata también de una inclinación extraordinaria por la forma en que ciertos historiadores construyen sus historias y articulan sus imaginarios del pasado: es también una nostalgia por la narración histórica.

Esa pasión se comprende, en gran medida, como una versión  revisada de una idea central de la Modernidad y la cultura burguesa del siglo 19: se trata de la concepción de que la Historia es el yunque de la identidad. No creo que tenga que recordar que una de las preocupaciones fundamentales del cuento y la novela puertorriqueñas hasta la década del 1980 fue precisamente esa. En el caso de López Nieves, como en buena parte de la narrativa del 1970, se trata de una percepción de la Historia y el pasado como un objeto robado.

Los tres textos citados están marcados por esta noción. El lugar denominado Seva, el corazón del intelectual ilustrado e irascible, y la paternidad del telescopio y su simbólico valor destructivo de un mundo obscenamente sumiso a un Dios autoritario, representan algo muy concreto. Son verdades de un pasado subsumido por la mentira. Son espacios de incertidumbre que materializan diversas expresiones concretas del saqueo de un pasado. El Historiador, con sus pasiones y sus técnicas, se convierte en el magus que tiene en sus manos los recursos para restituir las porciones de verdad sustraídas a tres momentos emblemáticos sobre las cuales ha caído un pesado velo de falsedad.

Voltaire

La idea del historiador que recupera un lector enterado al cabo de su lectura, es muy precisa. Los personajes de López Nieves insisten en que historiar significa separar un acto ficcional de un acto real. La responsabilidad es diferenciarlos de manera convincente y definitiva. El proceso de develación se convierte en un juego extraordinario y, dado que lo que se está tratando del resolver es un crimen simbólico, el historiador se mueve como cualquier otro conspirador a través de una madeja de trampas que vencerá, sin duda, en el camino de la apropiación de la verdad.

La verdad siempre implicará la recuperación del objeto robado –el pasado-. Pero el recate no disuelve el impacto malsano del fardo de mentiras que se han impuesto a través del tiempo sobre la primera mentira. Seva-Ceiba y Roosevelt Roads, Voltaire y su doble o Galileo y sus dos silencios, siempre serán realidades evanescentes y cuestionables. La conquista de una verdad no implica la derrota de las mentiras. La racionalidad del investigador puede resolver el conflicto semánticamente, pero no cambiará la realidad. Sin embargo, Luis o Ysabeau siguen afirmando esa obsesión radical por el pasado que en consustancial a los buenos historiadores de todos los tiempos.

En los tres casos, el asunto se ha planteado sobre la base de una estructura análoga. Seva (1984),  El corazón de Voltaire (2005) y El silencio de Galileo (2009), son narraciones montadas sobre una diversidad de dispositivos sueltos carentes de sentido si se les mira de manera aislada. En ocasiones se trata de dispositivos disyuntivos –un texto niega lo que el anterior acaba de afirmar- o sin relación alguna –el entrecruzamiento de varios interlocutores en el correo electrónico es un buen modelo de ello-. La metáfora del archivo inorgánico con el que se enfrenta el historiador me parece patente en este procedimiento.

Las pistas o trazas de sentido, sin embargo, están allí. Se trata del tópico del laberinto que el Historiador imagina ante el caos del pasado articulado en cada archivo. El trabajo del historiador consiste en recuperar las trazas y adjudicarles una estructura. En ese sentido, historiar equivale a producir un mapa. En el caso de la obra de López Nieves, el trabajo del lector es comprometerse o co-conspirar con el novelista, recuperar las trazas e inventar la novela. Leer un texto narrativo de López Nieves es como llegar a un lugar lleno de papeles, objetos y sombras preciadas, con el encargo de inventariarlo y darle un orden. Si al cabo de la última página, el “rompecabezas” se ha convertido en una “historia”, la tarea ha sido cumplida.

La censura literaria: ¿Cuándo eliminaremos los tabús?


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100 % independiente

El tema de la censura de los libros para muchos podría parecer una nueva faceta en nuestra historia, mas ignoran que con la colonización americana nuestra literatura comenzó a perderse. Ahora, luego de un cambio de gobierno, nuestro nuevo Primer Mandatario se ha tomado la gentileza de proclamarse como padre en una situación que no necesita una opinión patriarcal, sino más bien alude al nuevo despotismo que busca regir a Puerto Rico. Los libros de José Luis González, Edgardo Rodríguez Juliá, Juan Antonio Ramos y José Luis Vega expresan una realidad cultural de la que no se escapa ningún puertorriqueño; no menciono a Carlos Fuentes, ya que es mejicano. Por ende, el Departamento de Educación (DE),

junto a su secretario Carlos Chardón, han quedado en total ridículo frente a literatos y maestros que consideran absurda la idea de limitar a los estudiantes en su aprendizaje por el simple hecho de querer dejar en tabú “palabras malas” o descripciones de “alto contenido sexual”.

Siempre he considerado que hay dos tipos de educación: la intelectual y la callejera. Aunque para los líderes elitistas esto no tiene ningún tipo de lógica nosotros lo jóvenes enfrentamos a diario situaciones peores, ya sea en los hogares o en las afueras de los mismos. Asimismo, el Pen Club de Puerto Rico ha adoptado una postura bastante sólida al expresar su rechazo a la medida política que pretende ejercer Luis Fortuño, el gobernador de nuestra Isla, y Chardón. En un comunicado de prensa, publicado en la página cibernética http://www.vidadigital.com (blog del profesor Mario Nuñez Molina, de la Universidad de Puerto Rico, Recinto de Mayagüez) el grupo de escritores avaló el que la medida es una acto en contra de nuestra constitución, la cual plantea la libertad de expresión; segundo, que las dictaduras buscan que la masa poblacional sea analfabeta, ignorante y pobre (más fácil el controlarlas); tercero, va en contra de lo que se define como democracia; y por último, en vez de avanzar nos estanca, pues no estaríamos creciendo a la par con la globalización. Todos los puntos deben ser analizados con cautela.

Luis Fortuño

El primero cae dentro del aspecto legal, que para ser Fortuño abogado licenciado debe conocerse a cabalidad. Éste precisamente es el que ha llevado a que los periodistas también entren en la discusión de la censura, ya que la libertad de expresión es la base de la profesión periodística y de un sistema democrático. El segundo aspecto no se aleja de la faceta política, pero esta vez alude a lo que nuestro Eugenio María de Hostos quiso enseñarnos. Según nuestro gran prócer la revolución era a través de la educación, pues un pueblo educado tiene las armas necesarias para defenderse; y hasta el revolucionario Ernesto “Che” Guevara pensaba que “el conocimiento nos hace responsables”. ¿Qué mejor para un Gobierno que tener bajo su dominio a una masa poblacional “zombie”? Continuando con el tercer punto, que sigue siendo político, la democracia es, según el diccionario de la Real Academia Española, “doctrina política favorable a la intervención del pueblo en el gobierno”. ¿Por qué se nos quiere negar el acceso a la información? ¿Qué ocultan o qué exponen estos textos que aterran al DE y al Gobierno? ¿Vivimos en una verdadera democracia? Para finalizar el pensamiento, si no nos informamos no evolucionamos; si de por sí la historia se repite es importante conocer el pasado. El mundo está desarrollándose extremadamente rápido en conjunto gracias a las nuevas tecnologías. Somos la gran aldea visualizada por muchos, tanto así que nuestra lucha local por la censura alcanzó publicarse en el New York Times y en páginas cibernéticas internacionales. Entonces, ¿creo que tendrá repercusiones en el DE? Púes ya las tuvo. El DE le pidió al Instituto de Cultura Puertorriqueña (ICP) que evaluara las lecturas, lo lamentable del caso es que la institución no quiera inmiscuirse en el asunto. ¿Qué si tuvo alguna consecuencia? Chardón declaró que su preocupación era más por los jóvenes del sistema de Educación Especial y agregó que sólo censurarán el texto “Aura” de Carlos Fuentes. También, en entrevista radial por WKAQ y Noti Uno el Secretario sostuvo que la medida sería temporera. ¡Qué muchas contradicciones en cuestión de segundos!

Me tomare la libertad de felicitar a los escritores boricuas en este trabajo, pues su manera de protestar ha sido una muy efectiva. Cada cual ha expuesto su pensamiento independiente, mas todos entienden que es una estupidez la iniciativa que se ha ejercido. Dicha controversia lleva a estos artistas de las palabras a defender no sólo la profesión, sino también nuestras raíces. A ellos se han unido maestros, periodistas y estudiantes en actividades realizadas frente al DE, cuyo objetivo es leer los textos obscenos y soeces que “atentan” contra nuestra ética y moral. Es inaceptable que en menos de un año la clase artística de la Isla haya tenido que salir en defensa de su labor en un sin número de ocasiones y que el ICP se haya mantenido al margen de lo que pasa o pueda pasar con nuestra cultura, cuando se supone que ellos protejan nuestro patrimonio. ¡Tremenda labor que ejercen! Han convocado al pueblo a leer los libros, a crear un pensamiento crítico autónomo, a recordar que estamos hablando de la puertorriqueñidad y a simplemente canalizar que el sexo y las malas palabras son parte de la vida, por lo tanto, ya sea en un libro, en la calle, por la televisión, en la radio, por algún amigo o lo que fuese si se va a aprender, se aprende. Además, para qué están los educadores de por medio sino es para mantener una sana absorción de las situaciones que se plantean en las lecturas. ¿Quiénes más ignorantes, los estudiantes de undécimo grado o los líderes del País? Ello demuestra a su vez la falta de apoyo a los maestros, a quienes no se les está brindando ningún tipo de confianza, ni de suspicacia para dialogar los temas con los estudiante.

GobernadorEntrando ahora en la discusión de la opinión pública, antes de decir algo de los medios, por mi parte no he escuchado a muchas personas hablar del tema y será porque soy estudiante universitaria. No obstante, eso es preocupante, pues supone que no existe el interés del pueblo por la educación, ya que más se escucha sobre una pelea de boxeo que se dará en un fin de semana. La intervención de los escritores Ana Lydia Vega, Mayra Santos Febres, Luce López- Baralt, Mario R. Cancel, Marta Aponte Alsina, entre otros, ha sido la bomba que ha iniciado el gran debate. La literata Liliana Ramos Collado manifestó que “curiosamente, los libros suprimidos son obras dirigidas a la crítica social del presente histórico, y el uso de malas palabras es apenas indicador de ese interés en reflexionar sobre el aquí y el ahora.” Mientras que su colega Arturo Echevarría arremetió en contra del DE tras declarar que “la iniciativa tomada por el DE tiene consecuencias gravísimas, y, como tal, merece nuestro repudio más enérgico. Se trata no sólo de una intervención indebida que coarta el derecho que tiene el estudiante puertorriqueño a conocer su propia tradición literaria, sino que atenta contra la libertad en que se fundamenta toda expresión artística». Por consiguiente, la opinión pública se divide en dos grupos: uno compuesto por políticos y jefes de agencias gubernamentales que comprenden que los libros no son aptos para jóvenes de 16 y 17 años por su contenido sexual y uso de palabras soeces y otro conjunto por periodistas, maestros, estudiantes y literatos que defiende el derecho a la educación, a la libre expresión y a la cultura. Lo cómico del asunto es que su censura es pura fantasía, porque las razones que dan alimentan la curiosidad de cualquiera. ¿Qué muchacho o muchacha de esta generación no se motivaría a leer un libro que sea un poco más sencillo de entender por la semejanza que tienen sus descripciones a lo que ocurre a su alrededor? ¿Quién no se sentaría a leer un texto que te fue negado? Fácilmente la tortilla se vira, es una paradoja.
El tema lo he seguido por la Internet, en donde he podido conseguir noticias, grabaciones de entrevistas radiales y blogs. La censura en la opinión pública está más a favor de la educación que de la ignorancia. A estas alturas es ilógico eliminar textos que recaban la esencia del ser puertorriqueño para mantenernos ilusos culturalmente. De cambiar al otro lado de la moneda, entonces hay que tomar precauciones, pues si en Puerto Rico la política continúa inmiscuyéndose en asuntos que no debe terminaremos como un sistema comunista sin que haya ganado el tan temerario Partido Independentista. Lo importante es crear un criterio propio, pues al cuestionarles a los altos ejecutivos del DE su opinión de los libros, éstos constaron que no los habían leído. ¿Cómo se atreven entonces a censurarlos sin conocer su contenido? Por eso es imprescindible conocer todos los ángulos de una controversia tan debatible con ésta.

Culmino éste ensayo con un pensamiento propio: “No permitamos que el Gobierno mate nuestra identidad cultural plasmada en lecturas que sólo acentúan la realidad del ser puertorriqueño. No permitamos que nos conviertan en máquinas programadas a su antojo, haciendo del pueblo un grupo de ignorantes manipulables.” Esto va para largo, es una lucha compuesta de muchos elementos y ninguno está aislado del otro. Hoy es la educación y la cultura, mañana una sorpresa. Los escritores han planteado sus posiciones de manera contundente, entretanto Fortuño y Chardón se han limitado a utilizar aseveraciones que no caben en este momento de la vida boricua. Eduquémonos, esa es la única herramienta que tenemos para sustentarnos en donde sea, no es justo que los grandes intereses decidan qué lo que debemos aprender. No te dejes llevar por el punto intermedio de la información, el “conocimiento parcial de la realidad” como definió Platón.

Publicado con autorización de la autora.

Clásicos y censores


  • Marta Aponte Alsina
  • Narradora puertorriqueña

Italo Calvino no favorecía las ediciones críticas de los clásicos: “Nunca se recomendará bastante la lectura directa de los textos originales evitando en lo posible bibliografía crítica, comentarios, interpretaciones”. Este juicio no tiene hoy la misma validez que a mediados del siglo veinte, si es que la tuvo entonces. No basta el deseo de recuperar la vivencia de un texto cuyas intenciones y contextos no sólo han desaparecido, sino que se han extirpado de la memoria colectiva en la borradura de una modernización radical. La familiaridad entre un texto arcaico y un lector joven es acaso imposible de restablecer, pero al menos se pueden rescatar algunas claves. En estas circunstancias, una edición anotada puede compararse con las ofrendas que  acompañaban a las momias. El libro anotado contendrá en miniatura el universo del muerto, lo imprescindible para ayudarlo a renacer en el otro mundo.

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La publicación de una nueva edición escolar de La resaca,[1] a cargo de la Dra. Marithelma Costa, catedrática del Graduate Center de la City University of New York, coincide con otra resaca: el asunto de la lectura de los clásicos en función del currículo escolar. Hablar de “clásicos puertorriqueños” requiere hilar fino. La integración de ciertos títulos a los currículos escolares ha sido el medio casi único de marcar y distinguir unos textos y de solventar su supervivencia en el mercado. En ese sentido estrictamente ritual de los currículos escolares, no cabe duda de que las obras de Laguerre figuran entre las más difundidas. Sin embargo, siguen estando muy alejadas de esa otra prueba del clásico: su apropiación de manera amplia y entrañable.

Decía el infaltable Borges que las figuras del Quijote y Mickey Mouse son igualmente universales.[2] En ambos casos los escenarios reales de estas ficciones existen. Se pueden recorrer los campos de La Mancha y el Main Street de Disney, así como la Florencia de La divina comedia, o el México de Aura. En Puerto Rico, no se ha cumplido un siglo desde que la constitución de los currículos empezó a tomar en cuenta una cultura letrada propia, que en el siglo 19 había sido casi clandestina. Nuestros “clásicos” no han añejado, no traen consigo capas de lecturas críticas ni han generado una tradición sólida en la conciencia de los escritores. La relativa juventud de la cultura letrada, sumada al juego de las censuras políticas de autores que unos consideran peligrosos y otros extraños, así como a la poca discusión pública en torno a la difusión del libro y la manera enajenante de concebir la lectura, son datos objetivos. Quizás sólo algunos poetas han alcanzado cierta trascendencia, la suerte de desaparecer “escondidos en los pliegues de la memoria mimetizándose con el inconsciente colectivo o individual”.

En esta trama de clásicos no clásicos, de un canon desarraigado, entra una nueva edición crítica de La resaca, un libro publicado por primera vez en 1949, del cual se han hecho 19 ediciones. Laguerre, al igual que Ramón Frade, se propuso asumir el gesto del ángel de la historia, la mirada retrospectiva de quien contempla y describe las ruinas de un mundo. ¿Cómo leerlo?

Pido a una edición crítica que me permita ejercer mi soberanía de lectora en consulta con otros lectores igualmente soberanos. Esta edición cumple con el criterio. La concisa y útil presentación del contexto histórico, el hecho de que los cientos de notas al calce no estorben la lectura de la trama, el índice minucioso, el sumo cuidado, son detalles que confirman la nobleza del oficio editorial. Mi apoyo crítico favorito es la cronología, que enlaza datos de la vida del autor con acontecimientos de la historia política, literaria, artística y científica. Por ejemplo, me parece deslumbrante el hecho de que Laguerre naciera en 1905 el año en que Einstein publicó su teoría de la relatividad, y que la primera edición de La resaca coincidiera con las primeras ediciones de Hombres de maíz (Miguel Ángel Asturias) y El segundo sexo (Simone de Beauvoir). No hay espacio para más ejemplos, pero son muchos los nexos potenciales.

Laguerre fue uno de los productores del programa radial La escuela de aire. La impronta del minidrama radial está presente en los diálogos de La resaca. Los hay de corte ideológico, parientes de los abundantes debates en las novelas de Zeno Gandía, José Luis González e Iván Silén. También hay diálogos cervantinos, que retienen la chispa del narrador oral, el hambre de contar y de escuchar cuentos que persiste en las escenas novelescas de Roberto Bolaño, cuyos personajes narran historias que se desprenden al infinito de la acción central.

El texto sigue planteando enigmas. Se despliega el maridaje muy latinoamericano entre los lenguajes del naturalismo y la vanguardia con el criollismo. Sorprende la arrogancia temeraria del autor cuando nos castiga con algún arcaísmo o neologismo insólitos. Pero hay más preguntas. Cómo recoge el autor las lecciones de la novela social, de la literatura obrera de entre siglos. Cómo concibe la novela histórica en un momento de transición política que parece radical, pero que no altera las relaciones de poder. Cómo retoma motivos que hasta hace poco fueron constantes en la literatura puertorriqueña: el abandono del deber por el padre; el emblema del jíbaro –frustración, anemia, degeneración– en su compleja relación con la figura heroica enarbolada en el campo político.

Marcas del auténtico escritor: El traje de tela de saco de la madre beata (y cómo a su muerte el viudo lo quema en la hoguera); el cangrejo que se cuela por el piso sin tablas de las casuchas; los manglares donde “se consumían las pasiones primitivas”. De paso, vi en este libro tantas alusiones eróticas como las que recuerdo en José Luis González, el  autor censurado por los lectores del Departamento de Educación de Puerto Rico.

A propósito de la censura de libros por los burócratas del Departamento de Educación, hay que aprovechar el momento para invitarlos a debatir y a descubrirse. Si como decía Benjamin para las clases proletarias toda educación ha sido tradicionalmente una humillación intelectual, esa humillación se refleja en la incultura del poder. Esos censores incultos son lectores frustrados. Claro, también hay censores ilustrados. ¿Recuerdan cuando el ilustrado profesor José Arsenio Torres, ex Secretario de Educación, censuró La segunda hija, novela de Olga Nolla? Y el crítico Mario Cancel ha dicho que si Laguerre ha permanecido en las listas de Educación es sobre los cadáveres censurados o invisibilizados de escritores contemporáneos suyos, como De Diego Padró.

Más allá de qué deben leer los jóvenes y quién debe escoger esas lecturas, está la cuestión de una literatura nacional: la estrecha relación entre los libros y la nación. El problema no es exclusivo de las colonias esquizofrénicas y olvidadizas. Es curiosa a propósito la queja de George Steiner sobre la “educación amnésica” que sacudió la estabilidad del canon de la cultura occidental a partir del 1968. Los excluidos por razones de género raza y opresión política han levantado sus cánones alternativos en campos discretos: literatura queer, literatura feminista, literatura post-colonial, para-literatura. Corren el peligro de constituirse en guetos igualmente excluyentes, y lo saben.

Mientras haya un lugar de enunciación marcado por la experiencia colectiva, se podrá hablar de literatura puertorriqueña, siempre que se conciba no como una imposición de autoridades imprescindibles y modos de lectura monolíticos sino como el cruce inagotable de lugares sociales e históricos marcados por las experiencias de género, sexualidad, clase, lenguaje, migraciones, raza, placer y pensamiento.

¿Cómo inducir a la lectura para que el enigma del texto nos impela al conocimiento de esos conflictos, más reales que los símbolos estables de una nacionalidad inmóvil? La experiencia de leer es movediza. Leer es improvisar a partir de reglas e ingredientes precisos. Se aprende a leer como se aprende una receta para hacer un plato que integrará el sello particular –nuestro invento– a las carnes propias. Como se aprende la lengua misma, que vincula el origen de la especie con la singularidad local y personal.

El placer de la lectura no es otra cosa que el placer del conocimiento, por más duros que sean sus procesos y horripilante la conciencia de nuestras circunstancias. Los lugares donde se concibieron los textos nuevos están presentes, nos movemos en esos contextos. Los contextos de los textos viejos son más enigmáticos, pero ese misterio puede abrir puertas, como un aperitivo, en vez de añadir con cada libro un ladrillo a la muralla. Quizás lo único que deba transmitir una maestra o un maestro es que antes de leer todos somos ignorantes, que la lectura debe ser una ceremonia cotidiana para enfrentarse a la propia estupidez y que los textos viejos no son mudos. Pueden andar acompañados de claves que les ayuden a hablar y a revelarnos el celaje de sus enigmas. En ese sentido de acompañante en el diálogo radica para mí la utilidad de una edición crítica, como esta de La resaca.

Publicado en Claridad-En Rojo el viernes 2 de octubre de 2009


[1] Editorial Plaza Mayor, 2009.

[2] López Labourdette, Adriana. El canon literario y Jorge Luis Borges. Zurich: Georg Olms Verlag, 2008.

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