Clásicos y censores


  • Marta Aponte Alsina
  • Narradora puertorriqueña

Italo Calvino no favorecía las ediciones críticas de los clásicos: “Nunca se recomendará bastante la lectura directa de los textos originales evitando en lo posible bibliografía crítica, comentarios, interpretaciones”. Este juicio no tiene hoy la misma validez que a mediados del siglo veinte, si es que la tuvo entonces. No basta el deseo de recuperar la vivencia de un texto cuyas intenciones y contextos no sólo han desaparecido, sino que se han extirpado de la memoria colectiva en la borradura de una modernización radical. La familiaridad entre un texto arcaico y un lector joven es acaso imposible de restablecer, pero al menos se pueden rescatar algunas claves. En estas circunstancias, una edición anotada puede compararse con las ofrendas que  acompañaban a las momias. El libro anotado contendrá en miniatura el universo del muerto, lo imprescindible para ayudarlo a renacer en el otro mundo.

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La publicación de una nueva edición escolar de La resaca,[1] a cargo de la Dra. Marithelma Costa, catedrática del Graduate Center de la City University of New York, coincide con otra resaca: el asunto de la lectura de los clásicos en función del currículo escolar. Hablar de “clásicos puertorriqueños” requiere hilar fino. La integración de ciertos títulos a los currículos escolares ha sido el medio casi único de marcar y distinguir unos textos y de solventar su supervivencia en el mercado. En ese sentido estrictamente ritual de los currículos escolares, no cabe duda de que las obras de Laguerre figuran entre las más difundidas. Sin embargo, siguen estando muy alejadas de esa otra prueba del clásico: su apropiación de manera amplia y entrañable.

Decía el infaltable Borges que las figuras del Quijote y Mickey Mouse son igualmente universales.[2] En ambos casos los escenarios reales de estas ficciones existen. Se pueden recorrer los campos de La Mancha y el Main Street de Disney, así como la Florencia de La divina comedia, o el México de Aura. En Puerto Rico, no se ha cumplido un siglo desde que la constitución de los currículos empezó a tomar en cuenta una cultura letrada propia, que en el siglo 19 había sido casi clandestina. Nuestros “clásicos” no han añejado, no traen consigo capas de lecturas críticas ni han generado una tradición sólida en la conciencia de los escritores. La relativa juventud de la cultura letrada, sumada al juego de las censuras políticas de autores que unos consideran peligrosos y otros extraños, así como a la poca discusión pública en torno a la difusión del libro y la manera enajenante de concebir la lectura, son datos objetivos. Quizás sólo algunos poetas han alcanzado cierta trascendencia, la suerte de desaparecer “escondidos en los pliegues de la memoria mimetizándose con el inconsciente colectivo o individual”.

En esta trama de clásicos no clásicos, de un canon desarraigado, entra una nueva edición crítica de La resaca, un libro publicado por primera vez en 1949, del cual se han hecho 19 ediciones. Laguerre, al igual que Ramón Frade, se propuso asumir el gesto del ángel de la historia, la mirada retrospectiva de quien contempla y describe las ruinas de un mundo. ¿Cómo leerlo?

Pido a una edición crítica que me permita ejercer mi soberanía de lectora en consulta con otros lectores igualmente soberanos. Esta edición cumple con el criterio. La concisa y útil presentación del contexto histórico, el hecho de que los cientos de notas al calce no estorben la lectura de la trama, el índice minucioso, el sumo cuidado, son detalles que confirman la nobleza del oficio editorial. Mi apoyo crítico favorito es la cronología, que enlaza datos de la vida del autor con acontecimientos de la historia política, literaria, artística y científica. Por ejemplo, me parece deslumbrante el hecho de que Laguerre naciera en 1905 el año en que Einstein publicó su teoría de la relatividad, y que la primera edición de La resaca coincidiera con las primeras ediciones de Hombres de maíz (Miguel Ángel Asturias) y El segundo sexo (Simone de Beauvoir). No hay espacio para más ejemplos, pero son muchos los nexos potenciales.

Laguerre fue uno de los productores del programa radial La escuela de aire. La impronta del minidrama radial está presente en los diálogos de La resaca. Los hay de corte ideológico, parientes de los abundantes debates en las novelas de Zeno Gandía, José Luis González e Iván Silén. También hay diálogos cervantinos, que retienen la chispa del narrador oral, el hambre de contar y de escuchar cuentos que persiste en las escenas novelescas de Roberto Bolaño, cuyos personajes narran historias que se desprenden al infinito de la acción central.

El texto sigue planteando enigmas. Se despliega el maridaje muy latinoamericano entre los lenguajes del naturalismo y la vanguardia con el criollismo. Sorprende la arrogancia temeraria del autor cuando nos castiga con algún arcaísmo o neologismo insólitos. Pero hay más preguntas. Cómo recoge el autor las lecciones de la novela social, de la literatura obrera de entre siglos. Cómo concibe la novela histórica en un momento de transición política que parece radical, pero que no altera las relaciones de poder. Cómo retoma motivos que hasta hace poco fueron constantes en la literatura puertorriqueña: el abandono del deber por el padre; el emblema del jíbaro –frustración, anemia, degeneración– en su compleja relación con la figura heroica enarbolada en el campo político.

Marcas del auténtico escritor: El traje de tela de saco de la madre beata (y cómo a su muerte el viudo lo quema en la hoguera); el cangrejo que se cuela por el piso sin tablas de las casuchas; los manglares donde “se consumían las pasiones primitivas”. De paso, vi en este libro tantas alusiones eróticas como las que recuerdo en José Luis González, el  autor censurado por los lectores del Departamento de Educación de Puerto Rico.

A propósito de la censura de libros por los burócratas del Departamento de Educación, hay que aprovechar el momento para invitarlos a debatir y a descubrirse. Si como decía Benjamin para las clases proletarias toda educación ha sido tradicionalmente una humillación intelectual, esa humillación se refleja en la incultura del poder. Esos censores incultos son lectores frustrados. Claro, también hay censores ilustrados. ¿Recuerdan cuando el ilustrado profesor José Arsenio Torres, ex Secretario de Educación, censuró La segunda hija, novela de Olga Nolla? Y el crítico Mario Cancel ha dicho que si Laguerre ha permanecido en las listas de Educación es sobre los cadáveres censurados o invisibilizados de escritores contemporáneos suyos, como De Diego Padró.

Más allá de qué deben leer los jóvenes y quién debe escoger esas lecturas, está la cuestión de una literatura nacional: la estrecha relación entre los libros y la nación. El problema no es exclusivo de las colonias esquizofrénicas y olvidadizas. Es curiosa a propósito la queja de George Steiner sobre la “educación amnésica” que sacudió la estabilidad del canon de la cultura occidental a partir del 1968. Los excluidos por razones de género raza y opresión política han levantado sus cánones alternativos en campos discretos: literatura queer, literatura feminista, literatura post-colonial, para-literatura. Corren el peligro de constituirse en guetos igualmente excluyentes, y lo saben.

Mientras haya un lugar de enunciación marcado por la experiencia colectiva, se podrá hablar de literatura puertorriqueña, siempre que se conciba no como una imposición de autoridades imprescindibles y modos de lectura monolíticos sino como el cruce inagotable de lugares sociales e históricos marcados por las experiencias de género, sexualidad, clase, lenguaje, migraciones, raza, placer y pensamiento.

¿Cómo inducir a la lectura para que el enigma del texto nos impela al conocimiento de esos conflictos, más reales que los símbolos estables de una nacionalidad inmóvil? La experiencia de leer es movediza. Leer es improvisar a partir de reglas e ingredientes precisos. Se aprende a leer como se aprende una receta para hacer un plato que integrará el sello particular –nuestro invento– a las carnes propias. Como se aprende la lengua misma, que vincula el origen de la especie con la singularidad local y personal.

El placer de la lectura no es otra cosa que el placer del conocimiento, por más duros que sean sus procesos y horripilante la conciencia de nuestras circunstancias. Los lugares donde se concibieron los textos nuevos están presentes, nos movemos en esos contextos. Los contextos de los textos viejos son más enigmáticos, pero ese misterio puede abrir puertas, como un aperitivo, en vez de añadir con cada libro un ladrillo a la muralla. Quizás lo único que deba transmitir una maestra o un maestro es que antes de leer todos somos ignorantes, que la lectura debe ser una ceremonia cotidiana para enfrentarse a la propia estupidez y que los textos viejos no son mudos. Pueden andar acompañados de claves que les ayuden a hablar y a revelarnos el celaje de sus enigmas. En ese sentido de acompañante en el diálogo radica para mí la utilidad de una edición crítica, como esta de La resaca.

Publicado en Claridad-En Rojo el viernes 2 de octubre de 2009


[1] Editorial Plaza Mayor, 2009.

[2] López Labourdette, Adriana. El canon literario y Jorge Luis Borges. Zurich: Georg Olms Verlag, 2008.

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