Narradores 2000 : El robo del pasado en la obra de Luis López Nieves


  • Mario R. Cancel
  • Historiador y escritor

“…lo que al principio parecía un rompecabezas (…)

ahora se ha transformado en la clarísima historia de un magno hurto histórico”

Ysabeau de Vassy

La relación del narrador Luis López Nieves con el pasado y sus figuraciones, parece ser una de las claves para comprender su narrativa. Tanto el cuento Seva (1984), como las novelas El corazón de Voltaire (2005) y El silencio de Galileo (2009), representan una propuesta común: se trata de narraciones que, si bien interpelan el pasado y sus prejuicios, en lo fundamental ficcionalizan el trabajo de los historiadores. El elemento común a las tres narraciones  es la teatralización del proceso a través del cual los historiadores elaboran hipótesis, investigan, argumentan y generan sus conclusiones. El hallazgo o la invención de la verdad histórica animan el conjunto de su obra desde 1980.

Galileo

Visto el conjunto, se trata de una apropiación de la Historia en su sentido más clásico. En tiempos de Herodoto de Turii, la encuesta, la indagación o el testimonio, era la fuente más confiable de conocer el pasado. La Historia era Memoria –directa o indirecta- en el sentido más llano del término. La producción del conocimiento histórico dependía de la mayéutica más transparente. En el caso de López Nieves,  los documentos, cartas, papeles sueltos o correos electrónicos en cada caso, representan la diversidad de interlocutores involucrados en la construcción de la memoria histórica consolidada en un relato. La interpelación de los mismos será una responsabilidad compartida por el autor y el lector en su momento.

Me parece que la explicación para esta obsesión lopeznievana se encuentra en su pasión de y por la Historia. El entusiasmo no se circunscribe a la cuestión de cómo la disciplina maneja sus problemas. Los historiadores de López Nieves parodian muy bien ese ámbito pero, a la vez, llenan de humanidad una profesión que durante mucho tiempo aspiró ser tan antiséptica como las  ciencias naturales. La irracionalidad ocasional de Ysabeau de Vassy o las manipulaciones emocionales de Luigi Nolfo no son ajenas a la profesión. Pero la pasión de López Nieves va más allá de ese detalle. Se trata también de una inclinación extraordinaria por la forma en que ciertos historiadores construyen sus historias y articulan sus imaginarios del pasado: es también una nostalgia por la narración histórica.

Esa pasión se comprende, en gran medida, como una versión  revisada de una idea central de la Modernidad y la cultura burguesa del siglo 19: se trata de la concepción de que la Historia es el yunque de la identidad. No creo que tenga que recordar que una de las preocupaciones fundamentales del cuento y la novela puertorriqueñas hasta la década del 1980 fue precisamente esa. En el caso de López Nieves, como en buena parte de la narrativa del 1970, se trata de una percepción de la Historia y el pasado como un objeto robado.

Los tres textos citados están marcados por esta noción. El lugar denominado Seva, el corazón del intelectual ilustrado e irascible, y la paternidad del telescopio y su simbólico valor destructivo de un mundo obscenamente sumiso a un Dios autoritario, representan algo muy concreto. Son verdades de un pasado subsumido por la mentira. Son espacios de incertidumbre que materializan diversas expresiones concretas del saqueo de un pasado. El Historiador, con sus pasiones y sus técnicas, se convierte en el magus que tiene en sus manos los recursos para restituir las porciones de verdad sustraídas a tres momentos emblemáticos sobre las cuales ha caído un pesado velo de falsedad.

Voltaire

La idea del historiador que recupera un lector enterado al cabo de su lectura, es muy precisa. Los personajes de López Nieves insisten en que historiar significa separar un acto ficcional de un acto real. La responsabilidad es diferenciarlos de manera convincente y definitiva. El proceso de develación se convierte en un juego extraordinario y, dado que lo que se está tratando del resolver es un crimen simbólico, el historiador se mueve como cualquier otro conspirador a través de una madeja de trampas que vencerá, sin duda, en el camino de la apropiación de la verdad.

La verdad siempre implicará la recuperación del objeto robado –el pasado-. Pero el recate no disuelve el impacto malsano del fardo de mentiras que se han impuesto a través del tiempo sobre la primera mentira. Seva-Ceiba y Roosevelt Roads, Voltaire y su doble o Galileo y sus dos silencios, siempre serán realidades evanescentes y cuestionables. La conquista de una verdad no implica la derrota de las mentiras. La racionalidad del investigador puede resolver el conflicto semánticamente, pero no cambiará la realidad. Sin embargo, Luis o Ysabeau siguen afirmando esa obsesión radical por el pasado que en consustancial a los buenos historiadores de todos los tiempos.

En los tres casos, el asunto se ha planteado sobre la base de una estructura análoga. Seva (1984),  El corazón de Voltaire (2005) y El silencio de Galileo (2009), son narraciones montadas sobre una diversidad de dispositivos sueltos carentes de sentido si se les mira de manera aislada. En ocasiones se trata de dispositivos disyuntivos –un texto niega lo que el anterior acaba de afirmar- o sin relación alguna –el entrecruzamiento de varios interlocutores en el correo electrónico es un buen modelo de ello-. La metáfora del archivo inorgánico con el que se enfrenta el historiador me parece patente en este procedimiento.

Las pistas o trazas de sentido, sin embargo, están allí. Se trata del tópico del laberinto que el Historiador imagina ante el caos del pasado articulado en cada archivo. El trabajo del historiador consiste en recuperar las trazas y adjudicarles una estructura. En ese sentido, historiar equivale a producir un mapa. En el caso de la obra de López Nieves, el trabajo del lector es comprometerse o co-conspirar con el novelista, recuperar las trazas e inventar la novela. Leer un texto narrativo de López Nieves es como llegar a un lugar lleno de papeles, objetos y sombras preciadas, con el encargo de inventariarlo y darle un orden. Si al cabo de la última página, el “rompecabezas” se ha convertido en una “historia”, la tarea ha sido cumplida.

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