Historia, literatura y ensayo: problemas de un entrecruzamiento


  • Mario R. Cancel
  • Escritor y profesor universitario

 

La colección de ensayos de Miguel A. Fornerín vuelve sobre un debate que ya ha madurado bastante en el país. En vista de ello, me limitaré a bosquejar una reflexión sobre el mismo a la luz de mi experiencia como historiador y escritor, y sobre todo, como lector. El entrecruzamiento entre la historia y la literatura es un lugar común en el debate sobre la modernidad. En el Puerto Rico del siglo 20, el entrecruzamiento o la invasión, ha sido en las dos direcciones y se ha mostrado en una variedad de formas que valdría  la pena apuntar. La legitimidad del entrecruzamiento ha radicado en la concepción de que el ser, la identidad o lo que somos, solo puede organizarse en el contexto de lo que denominamos historia.  Dado el papel relevante del relato y la narración en ambos territorios, la narratología y el análisis del discurso se han convertido en instrumentos idóneos para enfrentar el asunto.

La literatura puertorriqueña ofrece interesantes pistas sobre el asunto. El papel protagónico que cumplió el ensayo en la Generación de 1930 es comparable con el de la narrativa, en especial la breve, en la Generación del 1970. El punto de convergencia más notable entre ambos ciclos discursivos, fue la preocupación por el lugar que ocupaba la idea de Puerto Rico en el tiempo-espacio. Se trataba de una cuestión políticamente polémica que había marcado el camino de la nación hacia la modernidad desde el siglo 18. La solución más común al asunto ha sido reconocer que la nación no fue lo que debía ser. La metáfora de origen hegeliano del destino inconcluso, se ha manifestado lo mismo por medio de la muchedumbre de Rosendo Matienzo Cintrón, o a través de la nave al garete de Antonio S. Pedreira. En ambos casos se enfrentó el asunto como si fuera una tragedia.

Miguel_FornerinMe parece que de allí proviene la teoría del trauma, que solo ha servido para justificar  la puesta en escena de una versión tragicómica del pasado puertorriqueño. La historia nacional se percibe como una evolución accidentada que no se ajusta a un modelo consagrado. Quienes así piensan olvidan que los modelos historiográficos son solo marcos de referencia crítica. Esa percepción explica porqué los intelectuales y literatos del 30 y del 70, cultivaron el entrecruzamiento desde sus peculiares trincheras sesgadas.

Ni la Generación del 30 ni la del 70 enfrentaron la historia como lo hubiera hecho un historiógrafo. Ambas se apropiaron de la historia historizante, como la llamaba Federico Nietzsche, como si fuera literatura. Con la liberalidad propia de los escritores,   resemantizaron las imágenes del pasado. La relación de ambas generaciones con la historia fue diferente, sin embargo. La mirada del 30 respondía a una crisis,  pero terminó siendo la sustancia de un canon literario y sirvió para legitimar la versión oficial de la historia en la Era del populismo. Aquel canon se levantó contra el orden colonial del 1900.

La mirada del 70 respondió a otra crisis, pero cuestionaba el orden de posguerra. El revuelo internacional del 1968 fue esencial en su diseño. Su objetivo fue erosionar el canon literario y la versión oficial construida en la Era del Populismo. La implosión de aquella estructura se realizó desde un lugar de saber-poder común a ambas: la Universidad. La propuesta de la conversión de la Casa de Estudios en una Casa para el Cambio fue parte de ello.  La meta de potenciar el estreno de un nuevo pasado que sirviera de base para un nuevo futuro, también. Aunque ninguna de las aquellas metas se consiguió, la relación del 70 con el 30 siempre fue contradictoria.

La intelectualidad oficial de la Era del populismo, se atribuyó haber posibilitado la entrada en escena del pueblo. En la década del 1940, civilizar a la jibarada era un fin atractivo. Nadie pensaba que su civilización significaría su desaparición social. La noción de pueblo defendida por los populistas, me recuerda el lenguaje de los revolucionarios franceses constitucionalistas para quienes el concepto era sinónimo de Tercer Estado. La idea del pueblo de los populistas  desembocó en el concepto abierto y cómodo de clases medias moderadas, igual que en la Era Postnapoleónica europea.

La Generación del 70 apropió el concepto pueblo de un modo distinto. Es cierto que resulta exagerado entroncar su concepción de lo popular y de la historia, a las teorías socialistas o materialistas históricas. En aquellos narradores el socialismo fue un pretexto de época muchas veces mal comprendido.  A la altura del 70,  los escritores socialistas eran pocos –César Andréu Iglesias era uno de ellos- pero fueron voces marginales  invisibilizadas por el canon cultural. Afirmar que los escritores del 70 favorecían el socialismo es una aseveración comprensible solo en el contexto del discurso autoritario de la Guerra Fría dada la fertilidad del anticomunismo americano. Lo que sí mostraban aquellos escritores era un nacionalismo afirmativo esencialista.

Los escritores del 70 fueron los hijos del populismo, la Generación Carnation y representaban a un sector particular de la clase media acomodada. Aquellos sectores se radicalizaron o, como se decía en la época, evolucionaron al jacobinismo, porque se convencieron de que el proyecto desarrollista populista se había erosionado y no merecía la paciencia del independentismo. El jacobinismo de aquella promoción fue un esfuerzo por recuperar algo perdido: el populismo radical del 1938, una ideología comprometida con el pueblo y con la independencia. En los escritores del 70, aquel espíritu se tradujo en un neopopulismo tan paternalista e iluminista como del los 30 y los 40. La gran distinción fue su sabor urbano.

La mayor preocupación de aquellos autores fueron los olvidados del proceso de industrialización, los nuevos pobres y el lumpen. En entrecruzamiento de la historia y la literatura en el 70 estuvo marcado por el deseo de  implotar el canon heredado del 1930 y el 1950, en la medida en que actuaban como interlocutores de los marginados del desarrollo. Sin embargo cuando en 1968 esos sectores se expresaron, rechazaron el discurso del 70 y llevaron al  anexionismo al poder por primera vez desde 1936. El 70 compartió con el 30 y el 50 la idea de Puerto Rico como una nación tullida.  El país necesitaba una silla de ruedas que los escritores suplían en forma de textos. Pero la silla solo facilitaba su movilidad: la nación tullida seguía allí.

Los autores citados por Fornenín convirtieron la literatura en un diálogo con la historia. Pero como la escritura de la historia vacila entre el relato y el ensayo, la experiencia fue muy diversa. El diálogo de aquellos escritores se entabló con la nueva historia social, experiencia que había legitimado una serie de formas de la memoria que la tradición rechazaba.  La valorización de la oralidad, de la visión micro y de las miradas de y desde la marginalidad, hacía de los historiógrafos pensadores tan revisionistas y tan rebeldes como los escritores

EntrecruzamientoPero cualquier análisis de la historiografía del 70 demuestra que la misma fue el resultado de la integración a la historia de recursos de la antropología y la sociología. También las series estadísticas influyeron en el lenguaje de los historiadores. La economía de hacienda, las luchas de los sectores alternos, protagonizaron el drama del pasado. Para mi lo más curioso es que un proceso que estimuló el desarrollo de un lenguaje historiográfico cada vez menos literario, haya tenido tanto impacto en la inserción de los temas históricos en la narrativa ficcional. La transacción entre historia y literatura se dio en el campo de las ideas y las interpretaciones renovadoras solamente.

La impugnación del pasado en el caso de José Luis González y el  tema del 1898,  y el de Luis López Nieves y el siglo 16, no culminó en la refundación de uno nuevo. La historia trocada o alternativa se redujo al juego seductor, a la sugerencia. De manera paralela, revisitar el pasado por medio de la genealogía, y comparar a la nación con la familia, recursos con los que jugaron Magali García Ramis y Ana Lydia Vega, resultó  ineficaz en un ámbito en el cual el lector medio desconocía incluso los puntos neurálgicos de la versión canónica o liberal más insulsa del pasado de la nación. Con la excepción de Luis López Nieves y Edgardo Rodríguez Juliá, que miraron el siglo 16 y el 18 como ámbito semántico, para el resto de los autores la historia se circunscribió al momento de la modernidad historizable: el siglo 19 y la era de la industrialización dependiente fomentada por el populismo desde 1940.

A veces me da la impresión, en especial cuando releo las crónicas de Edgardo Rodríguez Juliá, de que a lo que me enfrento es al entrecruzamiento del ensayo con la narrativa. Allí está una de las claves para comprender lo que se ha denominado crónica que, como señala Fornerín, es una mirada del pasado en función del presente. Eso ha sido la crónica desde Herodoto, hasta Ramón Llull y Fernández de Oviedo. Pero ello no la hace diferente de la historia que es básicamente lo mismo. La diferencia radica en la voluntad de permanecer del saber histórico, y la conciencia de fugacidad que domina la crónica. En cuanto el historiador se da cuenta de la fugacidad del saber histórico, la diferencia queda anulada.

Desde la década del 90 los historiadores se dejaron invadir por la literatura tras el retorno de la narración y el giro lingüístico en su territorio de un modo distinto. El entrecruzamiento tomó otro cariz. Eso me demuestra que todos los procesos creativos, incluso los más fabulosos se agotan en algún momento. El tema de la nación y su destino inconcluso, la idea de la nación tullida, el pasado como genealogía y la metáfora de la nación con la familia, incluso la crónica urbana, están ausentes de la narrativa actual. Esa contingencia es sabrosísima, porque representa una nueva oportunidad para la creatividad. Este libro de Fornerín invita a la reflexión sobre el encuentro de estos los discursos del 30 y del 70, particularmente en un presente que los menosprecia a ambos.

 

Comentario en torno a Miguel A. Fornerín. Entrecruzamiento de la historia y la literatura en la Generación de 1970.  San Juan: Centro de Estudios Avanzados de Puerto Rico y El Caribe, 2009. 251 págs. Leído en la sala Manuel y Josefina Álvarez Nazario de la Biblioteca general del RUM.

Las vanguardias en Puerto Rico


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  • Escritor y profesor universitario

Comentario en torno a  la publicación de Amarilis Carrero Peña y Carmen M. Rivera Villegas, eds. Las vanguardias en Puerto Rico. Madrid: Ediciones La Discreta, 2009. 456 págs.

Amarilis Carrero Peña y Carmen M. Rivera Villegas, colegas del Departamento de Estudios Hispánicos del Recinto Universitario de Mayagüez, acaban de publicar el volumen Las vanguardias en Puerto Rico. Se trata de una valiosa colección de lecturas en torno al fenómeno de las vanguardias  literarias en Puerto Rico y su impacto. El centenario de las vanguardias tiene en este volumen su testimonio más maduro. Se trata de un libro que actualiza la discusión abierta por Luis Hernández Aquino en su clásico Nuestra aventura literaria de 1964.

vanguardiasUna de las novedades de esta colección es que no solo se revisa el papel de las vanguardias en el contexto literario. La escritura vanguardista, una actitud que marcó la praxis interpretativa antes y después de la Primera Guerra Mundial, entra en la sección “Otros contextos: crisis culturales en clave vanguardista”, en un rico diálogo con las discursividades políticas, sociales y culturales que marcaron el debate en el país hasta 1940. Del mismo modo, “Pretextos: El legado vanguardista en la creación contemporánea” propone una serie de procesos por medio de los cuales la actitud vanguardista se reformula en un presente cultural de cambio.

Esas búsquedas, atrevidas a veces, inusuales en otros casos, permiten mirar a las vanguardias como algo más que una protesta literaria contra el anquilosamiento de los valores sagrados de Occidente y la Modernidad. De hecho, conectan aquella creatividad lo mismo con la llamada Generación del 1930 por medio del ensayo de Carlos Gil; con la música popular puertorriqueña como es el caso del texto de Jaime L. Martell Morales; con la discusividad política preciosista y simbolista de Luis Muñoz Rivera como sucede en el trabajo de Aníbal J. Aponte Colón; con las teorías económicas del dólar que se insertaron en los primeros años del dominio americano en Puerto Rico como hace José Anazagasty Rodríguez; o con la danza como logra Marisa Franco en su trabajo sobre Viveca Vázquez.

Igualmente, los ensayos de crítica literaria penetran la escritura vanguardista con una óptica abierta que mira lo mismo hacia la obra de Juan Antonio Corretjer y Clara Lair; o se desvían hacia José de Diego Padró y Graciani Miranda Archilla. Las investigaciones de Magda Graniela, Jacqueline Girón, Alberto Ameal Pérez y Elidio la Torre Lagares, representan una aportación a la discusión de un tema muchas veces pospuesto en la critica nacional.

Por último, el valor mayor de este libro radica en su polifonía. Voces de una diversidad de disciplinas y formaciones –comparatistas, hispanistas, caribeñistas, historiadores culturales, sociólogos, filósofos, politólogos y lingüistas- se encuentran para enfrentar la palabra. Nada más enriquecedor que esa apertura y esa diversidad. Amarilis Carrero Peña y Carmen M. Rivera Villegas, las editoras, han elaborado un proyecto de debate original que debe servir de modelo para la academia.

Historias que cuentan: Una metáfora y un juego (fragmento de un prólogo)


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El volumen Historias que cuentan: el Motín de Esquilache en Madrid y las mujeres dieciochescas según voces del siglo XVIII, XIX y XX me ha planteado una serie de retos. A través de sus páginas se pueden establecer los parámetros generales de un debate que, todavía hoy, inquieta a numerosos estudiosos. Se trata de la querella en torno a la cuestión de la interpretación, la cual, desde mi punto de vista, no se limita a los simples polos binarios de la era de la razón y la ciencia positiva. Las preguntas o pretextos de la discusión son otros. En el proceso hay que convocar la cuestión de la historicidad y su impacto en la generación de la gnosis. Y, desde que se establece la pregunta, resulta ineludible cuestionarse en torno a las tensiones del presente con el pasado y viceversa y el papel protagónico en todo este juego del intérprete.

Lissette_RolonSobre este libro

El sitio histórico al que mira el libro Historias que cuentan es el motín contra Leopoldo de Gregorio, Marqués de Esquilache, Ministro de Hacienda de Carlos III ocurrido entre el 23 a 26 de marzo de 1766. El motín mismo es un pre-texto. La aclaración historiográfica del acontecimiento no es la meta. La intención es comentar la construcción del acontecimiento y las complejidades de las miradas que se echan sobre el mismo desde una diversidad de locaciones.

Las locaciones, los puntos de vista móviles o la situación del intérprete y de la mirada, fluyen desde la contemporaneidad del motín hasta el presente. El hoy más inmediato, en última instancia, es la voz de Rolón Collazo. Desde cada una de ellas se narra la historia por lo que cada locación puede considerarse la metáfora de un meandro. Los elementos que median la narración no se limitan a la cuestión de la historicidad o a la conciencia de la ubicación en el tiempo-espacio. Se parte de la premisa de que esa no es más que una invención imaginaria incierta.

Los soportes narrativos de cada mirada resultan cruciales a la hora de elaborar el cuadro. La propuesta detrás de este texto parece simple. La narración o articulación del acontecimiento derivada directamente del registro documental, traducida al drama romántico y al de la segunda posguerra, a la novela, a la zarzuela y a la cinematografía afirman la pluralidad de la mirada. Los soportes y las locaciones, mediadas por el sujeto interpretativo inventan una y otra vez la imagen del pasado acorde con un presente apropiado en su fluidez.

El otro componente que completa la discursividad de Rolón Collazo es la mirada de los márgenes. No creo que sea necesario establecer que la fluidez del presente y la interpretación y la contingencia de la gnosis se traducen en la movilidad de los márgenes. No se trata de percibirlos como más o menos inclusivos o microscópicos. En el contexto del 1789 de la aristocracia liberal, los márgenes se buscaban en el Tercer Estado. Pero, abierto el camino del jacobinismo había que mirar hacia un oblicuo Cuarto Estado suprimido por la Era Napoleónica. Cuando se mira con cuidado otro interesante nudo revolucionario, el que se extiende desde 1905 a 1917 en el Imperio Ruso, la asociación de la noción clase a la de pueblo se profundizó. Las teorías políticas que privilegiaron al proletariado como redentores de un destino para el género humano, su identificación con el pueblo e incluso con la humanidad no alienada, se generalizó. Los modelos del uso y el abuso de la noción pueblo en los historiadores liberales francesas de la era de la Restauración, pienso en François Guizot, Jules Michelet o el Conde Alexis de Tocqueville, podrían resultar prolijos.

Rolón Collazo apropia el mundo de los márgenes sobre la base de los criterios del género. Por eso las miradas desde las diversas locaciones y soportes llaman la atención sobre las mujeres. El concepto toma distancia de la vacía noción de “la mujer” del humanismo tradicional, llenándolo de contenido y carnalidad. El cuadro para comprender las ausencias y los silencios en cada locación y soporte está preparado. El lector se encuentra listo para confrontar los nueve capítulos del volumen.

El acontecimiento del ministro reformista, ilustrado y extranjero del siglo 18, articulador de un proyecto ilustrado, entiéndase modernizador, para la monarquía hispana, se convierte en un fractal. El modelo elemental de 1766 ofrece pistas para comprender situaciones análogas a través del tiempo y el espacio.

La lectura

La lectura de Historias que cuentan invita a reiniciar la reflexión sobre la experiencia puertorriqueña del reformismo ilustrado desde la postmodernidad, es decir, cuando aquel proceso no tiene que interpretarse como un antecedente legítimo y esencial del presente, sino como un asunto que debe deconstruirse con sospecha. Los casos emblemáticos de reverencia moderna en la historiografía y el análisis cultural puertorriqueño tiene también sus Esquilache: el investigador irlandés Alejandro O’Reilly y el administrador español Alejandro Ramírez.

Historias_que_cuentanLa mirada sobre el Motín de (o Contra) Esquilache despierta la tentación de reflexionar sobre la resistencia al cambio y a la modernización como una oposición al orden y a la estructura. El sueño de la modernidad se convirtió en la pesadilla de muchos. En el Puerto Rico de la transición del siglo 18 al 19, la administración racional del poder atentó, desde la Capital, contra la anarquía y la acracia que caracterizó el orden de la ruralía o la llamada Isla desde el siglo 16. La pregunta obvia es sobre cuál de aquellos dos orbes se manufacturó el imaginario nacional durante el siglo 19. Sobre cuál de aquellos dos orbes se reinventó en el siglo 20 americano y la modernidad populista. La pregunta no es difícil de responder: se cimentó sobre los valores determinados por el orden instituido desde la capital. La situación demuestra que, incluso las aspiraciones más radicales de la modernidad, pueden ser domesticadas y docilizadas.

¿Qué es un motín? El concepto proviene del francés mutin que significa insumiso, rebelde. El detalle sobre el origen galo del término no debe ser pasado por alto. El diccionario de la Real Academia Española lo define como un “movimiento desordenado de una muchedumbre, por lo común contra la autoridad constituida.” Los motines no se ajustan a la noción orgánica de un pueblo que lucha por una causa loable. Esto me conduce a preguntarme por los usos del concepto motín en la discursividad historiográfica puertorriqueña.

El “Grito de Lares” en 1868 fue codificado por la historiografía autonomista como una mera algarada. El concepto se asocia al tumulto y al motín. Una codificación de esta naturaleza tiene que ser tomada en cuenta porque, como se sabe, no existe tal cosa como un texto o juicio inocente. Los debates sobre esa percepción de Salvador Brau, historiógrafo autonomista, han sido motivo de discusión desde la discursividad nacionalista e incluso social. El fracaso militar del movimiento rebelde y su parcial fracaso simbólico hizo muy cuesta arriba devolverle su condición de revolución.

Lo curioso es que por aquel entonces el lenguaje codificador de las resistencias cambió y el concepto motín fue sustituido por la moderna noción de protesta. Ejemplo de ello es la “Protesta contra la Ley de Tarifas” ocurrida en 1892 la cual culminó con un piquete frente a la Fortaleza, el signo de poder y piedad más notable hasta el presente. La dispersión de la multitud correspondió otra vez a la Guardia Civil. La ley que produjo el conato, sin embargo, fue eliminada en 1893. Algo parecido ocurrió con la “Protesta de los fósforos y petróleo” en 1894. La venta de los monopolios sobre esos dos productos de consumo cotidiano a las compañías Bolívar, Arruza y Compañía y la Standard Oil Company, representada en la isla por Sobrinos de Esquiaga, generó un boicot a ambos. Las expresiones públicas se sucedieron y, con ellas, las presiones a la prensa y los arrestos.

Las protestas resultaban más racionales que los motines. Por definición expresaban la oposición a algo específico. Tenían un propósito definido y circunscrito y, además, esperaban una acción del poder que respondiera al reclamo. Su solución tenía también un efecto legitimador del orden. En el caso de Puerto Rico las protestas se asociaron de inmediato a las clases artesanales y obreras o a sectores particulares como las amas de casa. No sería errado decir que protestar era más moderno que amotinarse.

Al cabo el volumen Historias que cuentan: el Motín de Esquilache en Madrid y las mujeres dieciochescas según voces del siglo XVIII, XIX y XX de Lissette Rolón Collazo, es una velada invitación para reabrir la discusión sobre la agencia humana en los procesos de cambio y desmontar la discursividad heredada en torno a ese asunto en mi país. Los parámetros de la indagación son varios. Cuáles son los soportes legítimos de la resistencia. Cuánto es el alcance de la diversidad del discurso en el cual se apoyan. Cómo se entrelazan equívocamente la agencia intelectual y la popular en los procesos de cambio. Quién traduce a quién. Qué es el pueblo, dónde empieza y termina. En qué se diferencia el pueblo de una muchedumbre, de una simple e inorgánica masa.

Nota: Para más información sobre el volumen visite Aconcagua Publishing

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