Narradoras 2000 : Fe en disfraz de Mayra Santos


  • Mario R. Cancel
  • Escritor y profesor universitario

El género, la etnicidad, el contenido de una caribeñidad que siempre se revisa con pasión, vuelve en la novela Fe en disfraz de Mayra Santos Febres. La identidad, un tema que no desaparece del panorama literario puertorriqueño, es planteada como un problema que encuentra su explicación, siempre tentativa, siempre contingente, en la intersección entre un pasado imaginario y un presente que se percibe como un latido apagado.

La opacidad del presente en esta novela se reitera por medio de las descripciones poéticas del ritual de Sam Hein o Halloween. El contrapunteo entre pasado y presente por medio del rito, cumple con la función de disolver las fronteras entre el uno y el otro. El tiempo sagrado teorizado por Mircea Eliade, funciona como un ácido que sugiere la miseria temporal que se ha derivado de la teoría de los cuantos. Uno de los elementos más originales de esta narración radica en que abre la discusión de la alteridad a estructuras que representan una novedad en la narrativa puertorriqueña: la paganía radical que niega muchos valores consustanciales con la civilización occidental.

El hilo conductor o vaso comunicante del relato se organiza por medio de la relación simbólica entre Fe Verdejo y Xica Da Silva, mujeres y negras ambas, a través de un traje creado con el propósito de que, al ser usado,  disfrazase el pasado. El traje de lujo que vistió a la liberta aspiraba cumplir la función de una máscara. El esfuerzo resulta en un completo fracaso: el pasado retorna imperturbable e invade a los personajes por el camino de los instintos más naturales, el eros. El proceso de enmascaramiento, vestirse o disfrazarse, siempre es doloroso. Lastima la piel de Fe como debió lastimar la de Xica y, con ello, expresa una tesis muy simple: el pasado es irrenunciable y se impone como un tatuaje al fuego. El diálogo que establece Santos Febres con los documentos del siglo 17 y 18, y el que establece con los papeles del 1985, equipara dos temporalidades que se conciben como distintas y hasta opuestas.

Ante ello Santos Febres construye un presente desdibujado, emborronado e irreal, subsumido por el hoyo negro del pretérito. El vigor de los signos que invaden  la atención de personajes como Fe, radica en su alteridad. El liberto y el manumiso, son condiciones civiles que siempre recuerdan la concesión, impía o piadosa, de un amo o de un poder sea la Iglesia o el Estado. Se obtiene por medio de la sumisión al otro. Pero la condición de objeto mercadeable sugerida por el concepto jurídico permenecía, era “sucio difícil” que ni un contrato ni el agua bendita bautismal borraban del todo.

El coartado significaba la victoria de la sumisión y el esfuerzo propio. Se trataba de comprarse a sí mismo en medio de un mercado inhumano y traidor. Al negro libre solo lo separaba de la comunidad simbólica su etnicidad. Pero en los coartados, libertos y manumisos, la sociedad nunca permitía que se olvidara su situación de ex esclavos. El lenguaje se encargaba de recordárselos siempre.

Santos Febres añade a esto otro elemento: la cuestión del género. Cuando se trata de mujeres, todo resulta doblemente atroz. A la etnicidad y la esclavitud, hay que añadir el patriarcalismo ante el género. Todo ello junto, las colocaba en un lugar muy inseguro en el esquema social. El papel que cumple la sexualidad en la manufactura de un proceso de liberación legítimo es muy importante en esta novela. La descripción ritualizada del acto sexual entre Fe y Martín, es un logro poético invaluable de este texto.

Fe en disfraz ha forzado a Santos Febres a  tocar uno de los espacios temáticos consagrados de la narrativa del 1970: la historia y, por medio de ellos, los historiadores. El discurso anticanónico parece ser uno de los soportes más importantes de esta narración. Pero los historiadores que vemos actuar en Fe en disfraz lo mismo navegan por la Internet como cualquier antihistoricista que escriba historia en la postmodernidad, como es el caso de Martín; o se rodean  de la mágica condición del misterio que reconocía la modernidad más convencional a la condición de ser un historiador, como sucede con el personaje de Fe. Para Fe, aprehender ese pasado recién descubierto significa dejarse penetrar por el mismo por medio del rito más irreal. Lo cierto es que en la novela de Santos Febres, los historiadores se llenan de carne a veces digital, a veces orgánica y se dejan absorber por la pasión que implica relacionarse con lo que ya no es ni puede ser. En ese sentido, nunca defraudan al historiador-lector que se acerca a ellos.

Comentario sobre Mayra Santos Febres. Fe en disfraz. Santillana, 2009. 118 págs.

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