Sujetos y predicados: el Caribe de Eugenio García Cuevas


  • Mario R. Cancel
  • Escritor y profesor universitario

Sujetos y predicados, colección de relatos de Eugenio García Cuevas, sugiere una imagen enrarecida del mundo caribeño de manera eficaz. Se trata de un reino evanescente dominado por la violencia y las suspicacias. La voz narrativa se sitúa en ciertos nichos adecuados para la apropiación de lo fantástico, con el fin de elaborar la crónica de una realidad veteada de irrealidad. Los elementos que llamo “fantásticos”, aclaro,  nunca desbordan la realidad. En cierto modo, confirman su tragedia mientras se desatan dentro de ella con toda su fuerza. Las fantasmagorías surgen en la medida en que el autor consigue vertebrar la narración sobre la estructura de esos acontecimientos altamente cuestionables. La habilidad de García Cuevas para combinar esos relámpagos ficcionales sugerentes en una narración retadora y coherente es enorme.

Los textos de Sujetos y predicados están tratados con los procedimientos de un realismo mágico radical con evidente énfasis en los nudos existenciales que marcan la historia caribeña. Su lectura recuerda al Gabriel García Márquez que trabajó el Caribe Colombiano, o al Alejo Carpentier que penetró los misterios del Boi Caiman. Pero el Caribe de García Cuevas toca más de cerca al lector que enfrenta el tema desde esta parte del mundo. Se trata del Caribe Insular. El mismo posee elementos que lo distinguen del continental y el subcontinental. De hecho, la noción cultural Caribe se inventa y se formula en las islas y sus aguas y, solo más tarde, cuando se homogeneizaron las fuerzas sociales que sirvieron de base para explotar / crear lo caribeño, hallaron sus vasos comunicantes. El tránsito semántico de la Antilia a lo Carib es uno de los fenómenos más curiosos de la historia cultural de la región.

Detrás del conjunto de narraciones está la noción dominante del “viaje”. Se trata de una odisea etno-social única que sugiere más bien una “huida”. Aquí no se trata del viaje convencional ejecutado con el fin de explorar lo desconocido por la pasión de saber. De lo que se trata es de entrar a lo desconocido, con todos los riesgos que ello implica, con el fin de evadir lo que ya se conoce. “La luna en el canal de la Mona” no deja dudas respecto a la circunstancia en la tragedia de Piedad Pimentel. Pero el canal no acontece como un Leteo. Los viajantes no solo cruzan el cuerpo de agua. El viaje o la huida ha comenzado mucho antes de mirar la cara del mar. El personaje de “El hijo de la mujer”, si bien termina sus días en Puerto Rico, es un dominicano que pulula desde la frontera dominico-haitiana o el mítico Boi Caimán, hasta Valverde, de allí a Santiago y por último a La Vega. Desde esos lugares observa la historia de la nación enredarse en sus propios juncos.

La tesitura de los transeúntes que optan por el viaje, los fuerza a  tolerar un desplazamiento radical en el tiempo y el espacio –la historia, dirán otros-, condición que sugiere la naturaleza agridulce de todo tránsito. La huida a lo ignoto, sea emigración legal o ilegal, siempre está llena de vacilaciones. Al cabo, lo que le queda el lector es la sensación de que  transitar es el estado natural de estos seres y, una vez lo reconocen de ese modo, tratan de agarrarse a los restos de una memoria colectiva cubierta de vacíos. El manejo de la historia común, la historizante como la llamaría Nietzsche -que a la vez une y separa- me parece genial, muy adecuado como indicador de pistas interpretativas. Caamaño, Bosch, Trujillo, Balaguer, todos estas figuras históricas le dicen algo a cualquier emigrante y a cualquier caribeño.

Siempre he creído que toda mirada desde la historia es una forma de la biografía. El olor de lo autobiográfico es patente en estos textos. En los mismos hay un constante martilleo que inserta al lector en la década del 1980. La imaginación de la Globalización, y la de un Caribe Globalizado, aparecía como canto de sirena en el horizonte y echaba raíces en aquel instante crucial de la historia contemporánea. García Cuevas arribó a Puerto Rico en el 1979. Pero el Caribe Gobalizado que se nos vino encima, encontró a la gente con las mismas miserias del pasado.

Insisto en que no se trata de la biografía egoísta de un observador privilegiado, sino de una suerte de biografía colectiva e inclusiva que, en ocasiones, dispara al autor a los espacios de la parodia. Los mejores momentos del juego paródico antihistoricista, sea distópico o atópico, perciben en el contrapunteo futurista. “Cirilo” produce una falseada pos-sociología que se fija en los sastres tan puntillosamente como lo han hecho los medievalistas especializados en la historia de los gremios de artesanos. “El dominicano ese” es una joya narrativa que despersonaliza, deshumaniza y aplana al personaje. Pero la extensa nota al calce en torno a “ese” Cipriano Robles, no tiene nada que envidiarle a los procedimientos de una microbiografía académica profesional. En esa rica distopía futurista, todo recuerda al presente como quien ha resuelto que nada cambia realmente y contradice con ello las conclusiones de la filosofía y la física más clásicas.

La constante apostilla de la violencia y la sangre, la sugerencia de la hediondez y las infecciones más curiosas, marcan con una poderosa nota naturalista estos textos. No creo que deba insistir en que estos elementos son consustanciales a la historia del Caribe Insular desde su invención a fines del siglo 16. La impresión que me deja una primera lectura de este libro es la de un halón que comienza en Boi Caiman y la frontera, y no cesa hasta ovillarse en Puerto Nuevo, Río Piedras y Santurce, los barrios urbanos de esta otra isla caribeña que ha olvidado su filiación. El tirón no mutila el sueño de regresar al lugar de donde se huyó. Por el contrario, esos girones subsisten y animan el deseo de que, al tornar al punto de origen, se encontrará otra cosa distinta a la que se dejó atrás.

Comentario en torno al libro:  García Cuevas, Eugenio. Sujetos y predicados (El hijo de la mujer y diez cuentos más). Santo Domingo: San Juan: Editorial Isla Negra/ Editorial Último Arcano, 2008. 89 págs.

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