Los Cantos de Josemilio González


  • Mario R. Cancel
  • Historiador y escritor

Josemilio González (1918-1990) se movió entre la interpretación social, la crítica y la creación  literaria y el periodismo con una fluidez extraordinaria. En ese sentido, el conjunto de su obra adelanta la posibilidad de una mirada con aspiraciones totalizadoras que se niega a circunscribirse a un mero campo de especialización. González fue un Humanista en el sentido más concreto de la palabra: su gran preocupación fue el Ser Humano y la diversidad de vínculos de este con el mundo.

Josemilio González en el Ateneo Puertorriqueño

Su condición de intelectual civil y su compromiso con una causa criminalizada en el país, la Independencia, lo convirtió en una figura emblemática del Puerto Rico que caminó la ruta de la modernización en la dependencia durante el periodo de la segunda pos-guerra y la Guerra Fría, y en el atascadero que generó el ascenso y debacle del populismo puertorriqueño. Su larga y fructífera vida le permitió ver y apropiar de un modo original incluso los inicios de la Pos-Guerra Fría y la crisis de los proyectos nacionalistas y socialistas que caracterizaron una época de la que todavía el país no ha salido.

Cantos de la patria armada es, por lo tanto, un laboratorio excelente para auscultar las rutas del  tipo de intelectual y creador que dominó el panorama cultural del país desde el siglo 19 y que, en la Postmodernidad, se encuentra en medio de un proceso de reajuste ante el cambio radical en las reglas de juego. Entre la dedicatoria –“A la juventud revolucionaria”-, y el poema “Tiempo de la colonia” que cierra el texto, se recorre un orbe que transita de la esperanza romántica que maduró a raíz del 1968, hasta “un  tiempo / sin oficio” (123) en que el poeta se ha convertido en una aporía o en un ser inviable. La imagen del “cielo / (que) se arroja sobre los edificios / desesperado” (124), sugiere un suicidio atroz. El espíritu que animó su vida, ya no es una opción. Ya no se vive, apenas se subsiste en medio del “tiempo de colonia”. Muchos de los que comenzamos a escribir en los 1980 compartimos esa sensación sin haber vivido el pasado de González.

La sección “Poemas del 23 de septiembre” representa la celebración de un mito fundacional. El pasado de González en el Partido Nacionalista lo justifica. Pedro Albizu Campos fue un místico y un político que se convenció de que la independencia por la que luchaba, era solo la recuperación de aquella que se había fundado en medio de la refriega del Grito de Lares: Lares grita, proclama o nombra una Libertad real. La Revolución insiste en que no hay independencia posible sin un bautismo de sangre y pólvora, como quien dice, el vino y el pan de toda propuesta revolucionaria.

En estos poemas se encuentra la clave de una concepción moderna de la Libertad comprendida como el Estado Natural de los Seres Humanos y las Naciones. Esa condición  se celebra en estos textos por medio de una discursividad propia de los grandes poetas nacionalistas Modernistas y Post-Modernistas o Vanguardistas. Hay algo del Neocriollismo de Corretjer, algo del Vanguardismo de Soto Vélez, del Misticismo de Matos Paoli o del Trascendentalismo de Hernández Aquino en estos versos. Pero González es cosa aparte: en verdad no se parece a nadie sino sólo a él mismo. Lo que afirman estos versos es que la Universalidad apolítica y antilibertaria que se cultivó en la Universidad del populismo, la de Jaime Benítez,  no hacía sentido al poeta. El ser humano es parte del Universo en la medida en que pertenece a un Sitio. Desde mi punto de vista, “Poemas del 23 de septiembre” representa el conjunto más logrado del volumen y hubiesen bastado para componer un libro.

La selección de Manuel Rosado “El leñero” como signo, afirma el populismo de bien de González. Manolo es vendedor de leña, padre del carbón, artífice del fuego: las metáforas sugieren elementos ubicados in illo tempore.  Este personaje representa el heroísmo sin ambages y sin libros. Detrás de “El leñero” está el sueño utópico romántico del “buen salvaje”, más cercano por ello a la Libertad natural que se ansía recuperar, como se sugiere en “El hijo de la esperanza” (28 ss.). La relación de Manuel con los nidos, la tierra, la noche y el alba lo transforman en un tipo de dios tutelar de los bosques que ocupan el corazón de la Nación material.

Cantos de la patria armada (2009)

No se trata de un romanticismo chato, por cierto. González es un gran poeta nostálgico sí, como todo Nacionalista, pero lo que manifiesta es una nostalgia rabiosa. La rabia / cólera / ira, se itera incontables veces. Una nostalgia sin furia lo hubiese colocado en la frontera del sentimentalismo hueco o en campo abierto del derrotismo y en la década del 1970 y a principios del 1980, la confianza en el cambio era una opción. Aquí la furia y los furiosos se arman con la herramienta del hombre común: el machete. Herramienta, arma pero también signo de honor que sustituye el sable. El machete del 1868 también fue un código protagónico de la violencia en el 1898 y durante buena parte del siglo 20, hasta la muerte de Filiberto Ojeda Ríos en Hormigueros.

Pero “El leñero”, el mito del héroe popular, no está nunca solo. Aparece rodeado de una corte encabezada por Ramón E. Betances. La pregunta que me hago es ¿quién legitima quién? ¿El médico al leñero o viceversa? La imagen de Betances se constituye con artefactos míticos de fuerte raigambre judío-cristiana: tiene “ademán de patriarca” (30), es engendrador (32), posee la  inmortalidad (34), va “ardiente de amor y ruego” (52) como el extático. En los poemas “Betances” (58) y “Oración a Betances” (59), es un signo mesiánico que cumple la promesa de la venida, o un ser milagroso que levanta de la tumba a una muerta, María del Carmen Henry (61). Aquí también hay una deuda con la imagen que el Partido Nacionalista inauguró de Betances en los años 1930.

En los “Otros poemas” destaca “A Don Pedro Albizu Campos” (99) es un soneto perfecto que marca una genealogía rebelde desde Guaybaná a través de Betances. “El día de cemí” (106) manipula una dialéctica interesante en que Jurikán y Yukiyú sintetizan el escenario del robo de la Nación ante la mirara escrutadora del cemí. Y “Hostos: el oficiante de la aurora” (114), completa un tríptico inigualable. Los poemas a Gilberto Concepción de Gracia y las décimas a Lolita Lebrón completan una colección que no necesitaba nada más para ser una obra maestra.

Un último comentario: el anticolonialismo de González rezuma un radicalismo vibrante: la animalización cruenta del imperialista es genial. Los españoles son insectos (42), traidores (44)  y sin honra. El estadounidense es asociado a la rata (111) o incluso se hunde más bajo que ella (122). El encono anticolonial en Josemilio González, distinto al de Nacionalismo Puertorriqueño de los años 1930, no perdonó el pasado hispánico ni se llamó a engaño con el mito de una gran familia hispánica rota por el meandro del 1898. En ello radica un peculiar valor de este libro que no debe ser pasado por alto.

Comentario en torno al libro González, Josemilio (2009) Cantos de la patria armada. San Juan: Editorial Tiempo Nuevo.

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