Cuento en Puerto Rico: Recorrido desde el canon hasta su paroxismo y ruptura (Parte 1)


  • Sonia Galindo
  • Estudiante Graduada
  • Pontificia Universidad Católica de Ponce

Luego de la década del 30, en Puerto Rico surge un severo establecimiento de lo que es literatura y lo que no, de cómo se debe escribir en la Isla y quiénes podían caer dentro de lo que se mistificó como canon. Para escribir en Puerto Rico se debían llevar a cabo ciertos rigores temáticos, lingüísticos y estructurales que provocaron una suerte de cedazo en lo que era leíble y lo que no. Visto ya dentro del paternalismo que plantea Juan Gelpí en su libro Literatura y paternalismo en Puerto Rico, los temas de la casa, el padre, las tríadas familiares y la infantilización fueron los íconos representativos de la nación, el orden patriarcal, la exaltación a la patria, la necesidad de libertad o de un dirigente totalitario que salvara al país de la debacle. El mar, la calle, el transeúnte, el afuera, el extranjero poseían valores negativos para la fusión salvadora del país. Estos temas se manipularon a mansalva dentro de la narrativa puertorriqueña, en su mayoría textos del canon. Insularismo, el libro guía de la escritura en Puerto Rico que superpone la hispanofilia blanca, fue el marco en que se ubicaba la “buena literatura”; fue un “discurso patrio” de la cultura y la política en Puerto Rico en el siglo XX. Igualmente, el discurso de Pedreira expondrá un desprecio por lo popular y el plebeyismo. La mirada que provocaba este tipo de literatura del canon iba directamente enfocada al pasado, al realismo, a la tierra y sus hacendados. Negaba ver el futuro, la industrialización y la globalización como entes positivos. Esto, como bien explica Luis Felipe Díaz en La na(rra)ción en la literatura puertorriqueña, demandará una transformación en el orden colonial agrario y señorial. Inevitablemente dicha transformación que algunos verían con pesimismo, trajo asimismo una narrativa carente de lazos con el sentido nacionalista y paternalista del canon e impondría una nueva postura ante los hechos.

Antonio S. Pedreira

Ciudadano insano de Juan Duchesne Winter

A través de la ironía, el desplazamiento, la exploración sexual, la intertextualidad, la burla y la indiferencia de lo que otrora fuese venerado; los escritores de los últimos años han provocado una ruptura del establishment cultural. Lo que busca con esto la nueva propuesta literaria es destruir los sistemas de poder como lo sugiere Juan Duchesne Winter en Ciudadano insano. A esto Duchesne suma que no necesariamente quiere su total destrucción sino más bien un estado de firme y permanente paroxismo. La transgresión provoca a su vez un individuo representándose a sí mismo y nunca al colectivo ni al ente social. Sin embargo, dicho proceso requerirá una evolución paulatina que será ya visible en los textos de la tardomodernidad, más adelante, será reconocido como posmodernidad. Desde René Marqués, Emilio Díaz Valcárcel, Pedro Juan Soto, José Luis González, Gustavo Agrait hasta Francisco Font Acevedo, Pedro Cabiya, Javier Bosco, Manuel Ramos Otero, entre otros conformarán parte de este recorrido por las posturas canónicas y anticanónicas de la narrativa puertorriqueña.

Comenzando por la delimitación y explicación de las lindes canónicas debemos observar en primer lugar el elemento de la casa. La casa representa la isla, el lugar predilecto para ejercer el orden sobre los más débiles o inferiores. Es también una metáfora de la totalización y lo totalizante; es la tierra, la nostalgia, el “discurso sedentario” según Gelpí, es a su vez la identidad nacional. Dentro de sus márgenes hay estabilidad, orden total, fuerza unificadora que se rige a través del padre. En las paredes del hogar el padre impondrá la ley, la norma de vida, el gran orgullo por la tierra y la patria.

Siendo el padre el segundo aspecto canónico vale aclarar su simbolismo en la literatura puertorriqueña. Él es dirigente, unificador, caudillo, impone con su presencia un orden jerárquico en el cual él ocupa la cima, el poder. Dentro de su metáfora no permite multiplicidad, sólo habrá un padre, por esto condenará la multiplicidad y la diferencia. Los otros dentro de la casa toman papeles inferiores. Sin la figura paterna serán ubicados dentro de los marcos de la infelicidad, la desgracia, la soledad, la muerte, etc. Son seres minusválidos que necesitan de un guía para poder sobrevivir y para poder cumplir sus propósitos en la vida. Cuando el padre está ausente o no cumple con su postura jerárquica impera la desolación y la enfermedad.

La enfermedad representa metafóricamente al colonialismo en la isla. Podrá verse en su mayoría en los niños o los inferiores, como la mujer. Para evitar el desbalance de poder, el canon ha impuesto en la narrativa el aspecto de las triadas. Este artilugio compuesto de tres se presenta con el padre y dos más, no necesariamente personajes fijos, puede ser de dos hijos o un hijo y una madre. La triada convoca la unión familiar y el poder de la figura paterna, pero esto tomará diversos matices en las propuestas de los últimos años.

Si en la casa está la ley, el espíritu y el poder, fuera de la casa dominará el caos. Esta idea que nace con el tema del mar en Insularismo provoca que las obras vean en el afuera, en la calle, en el mar; la muerte, lo extraño, la definición inestable. El erotismo también se explorará en la calle porque dentro de la casa el sexo equivaldrá a debilidad y muerte. Igualmente, posee los elementos del movimiento, el nomadismo, habitan en él dinamismo y amplitud de opciones, la multiplicidad y la diferencia que tanto detesta el padre. En la calle existe la renuncia a toda idea, deseo o nostalgia de la fijeza como explica Gelpí. Claramente el afuera (calle, mar, país extranjero) amenaza la casa y todo lo que ella representa.

Durante los años 30 al 50 las propuestas literarias tenían muy bien demarcadas estas características; sin embargo, para los 70 ocurre en las letras un cambio de mentalidad que mantendría al canon al filo de su desestabilización. En palabras de Luis Felipe Díaz ocurrió lo siguiente:

Emergen nuevos epistemes culturales que propician la desorganización y transición del tradicional mandato na(rra)cional. Estos procesos ubican a los emergentes escritores dentro de sorpresivas incertidumbres, distintos modos de reconocer la patria o la nación, e inaugurales formas de concebir la subjetividad dentro de semioferas ya definitivamente manipuladas por un capitalismo avanzado, por los medios masivos de comunicación y las sinuosidades y pragmatismos políticos… que desplazan la ética e historicismo social en que se fundamenta el independentismo desde el siglo XIX. (169)

Estos denominados tardomodernos tomarán la ciudad y el proletariado para sus nuevos argumentos literarios. Esto, no obstante, quedará superado en las décadas del 80 al presente por los que se le denominará como posmodernos.

Dentro de la posmodernidad veremos textos que como dirá Mayra Santos Febres en la antología que dirigió, Mal(h)ab(l)ar:

…no son colectivos y, si pertenecen a algún grupo (…) no se asumen como miembros de ninguna colectividad(…) La nueva literatura puertorriqueña no define nada, se libera de dicha tarea para describir y ejercitar ese otro dominio de la libertad que es la imaginación (…) propone un nuevo acercamiento del quehacer literario que se distancia del tradicional rol asignado a la literatura puertorriqueña como forjadora de la conciencia nacional-social. (19-20)

Esta imaginación liberadora se deshará del yugo canónico y en cambio canibalizará los textos de prestigio para llevarlos al juego a través de la ironía y el absurdo. Incluso se valdrán de la intertextualidad o pastiche para desacralizar las obras de más renombre. Sobre todo en el tema de la nacionalidad, demostrará una postura de indiferencia dolorosa para los lectores y creadores del canon. El resultado ha sido que muchos de los escritores y entidades del canon le han dado la espalda a esta nueva libertad creadora. Duchesne comenta que este nuevo ciudadano de las letras, al que llama ciudadano insano, se deleita en presentar lo asocial, no asume derecho moral, no desafía la realidad, se afianza en lo presente. A esto añade: “Ni siquiera es un sujeto de cambio social. Ni un sujeto. Ni un individuo…Se trata de una mancha patológica…” (221). Más adelante, asevera que este ciudadano insano depreda los márgenes de la sociedad del postrabajo, que conserva la ética de la reproducción patriarcal. Es por estas razones que nuestro estudio explorará la construcción y de(s)(cons)trucción de los elementos conformadores del canon en el cuento en Puerto Rico.

Nota: Tomado con permiso de la autora de Contra-dicciones

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