El fantasma de las cosas: respuestas a una defensa


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  • Escritor

Querida Marta:

Primero que todo, recibe mis excusas por no haberte podido acompañar en la defensa de tu novela El fantasma de las cosas. Te agradezco que me enviaras el documento. Lo he disfrutado tanto como lo esperaba. El performance, la parodia y todo lo que signifique conmocionar una tradición institucionalizada, es algo que celebraré siempre.

La rebelión contra la tradición -sea cual sea- nunca termina. Estoy convencido de que toda propuesta revolucionaria corre el peligro de ser domesticada y deformada en la medida en se generaliza y se repite a sí misma. Por eso, lo que una vez produjo escándalo por su capacidad cuestionadora, termina transformado en una acción insulsa cuando se mercantiliza y se ritualiza.

Caciba, libros y Quijotes

Te lo digo en mi condición de sobreviviente de la década del 1980, de testigo del fin de la Guerra Fría y de la aparición del Mercado Global.  Pero también como intérprete de la conmoción que produjo en los escritores y la escritura el derrumbe de ciertos paradigmas por aquel entonces. Lo único que todavía me satisface un poco es la rebelión contra la rebelión, en particular porque me permite sentirme vivo  a pesar de todo. Dada esas condiciones no tengo más remedio que, una vez celebrada la novela, celebrar la defensa. Es casi como leer un póslogo o un postfacio arrancado con violencia a la nouvelle por cuestiones editoriales.

Después de reflexionar sobre El fantasma de las cosas y dar lectura a tu defensa, confirmo varios juicios. Primero, que no me equivoco cuando veo la escritura como un rito de paso divertido. Quien no se sienta bien escribiendo o sienta la literatura como una angustia, que se haga oficinista o profesor. A dónde conduce este rito…no lo sé, pero el destino se me antoja de un (des)orden tan notable como el que percibo en el presente: sin duda la diversión puede constituir una revolución. Tú lo dices de un modo muy original y sugerente: “escribir es cicatrizar”  o es una “cura”, lenguaje que me recuerda lo mismo algunos giros de mi querida Marguerite Duras,  que el sociolecto de los adictos.

Segundo, que no se puede sacrificar esa diversión de la escritura a la presión o prisión de unas reglas canónicas. Acepto que quien se somete a ellas puede divertirse tanto como yo. También existen adictos a las reglas y a las estructuras. Para ellos la obediencia representa la “cura”.  La capacidad de acomodo de la gente es tan sorprendente que asusta. Pero insisto en que no se puede pedir a todos que adopten una actitud igual por mor de la conservación y veneración de la tradición o de las exigencias del mercado.

Tercero, y aquí te amparas en una cita de Ana Lydia Vega, me agrada la forma en que indicas que “escribir es lo contrario de explicar”. Es una propuesta radical. Hubiese esperado que dijeras “escribir no es igual a explicar”. Yo he insistido en que la escritura creativa sea literaria o histórica, es una forma de teorizar. Teorizar no es explicar sino una forma de testimoniar. Es cuestión  de etimología: teorizar es especular, relacionar componentes que en apariencia están desconectados. ¿No es eso lo que has hecho en El fantasma de las cosas?  Dices en tu defensa, con una sonrisa en los labios, que de lo que se trata es de “conectar líneas o historias distantes”. El teórico es el espectador de un viaje. Por eso no me sorprende que te remitas a la figura del cronista que ha terminado por ser visto por algunos como el anti-novelista por excelencia. Te imagino novelista-cronista, teorizando el espectáculo de la vida y de la escritura y me animo otra vez a redactar ficciones.

Cuarto, reitero el valor del planteamiento de que “las historias están hechas de historias” y de que el acto de la escritura es una acumulación y un remiendo. La contingencia del final y el abrumador  intertexto en tu novela, garantizan en la praxis la sugerencia radical. Después de todo, como tú sugieres, esta escritura “se empeña en estar donde no la llaman” y ciertos escritores, incluso yo, se empecinan en entrometerse donde nada se les ha perdido.

Son las 4:25 de la tarde de un domingo cualquiera. A mi derecha está la colección de libros de mitos y religiones. A mi espalda, las disquisiciones de historia, y a mi derecha el muro de las lamentaciones: las novelas, los poemas y las literaturas. La gata casera, una sata que me persigue desde recién nacida, está a la sombra del Quijote. Mi trago está sobre la mesa de trabajo. Te escribo esta nota para descansar de una reflexión dura que me han solicitado para un periódico del país. Escribirte esta carta me devuelve la tranquilidad después de un día largo de viajar y teorizar.

Te imagino clavando tus tesis en la puerta de la catedral, como lo hizo una vez un agustiniano atrevido. Aunque es posible que esto no provoque una reforma ni una guerra, el solo hecho de hacerlo es memorable. Si estuviese en tu Comité de Tesis, solo quedaría por decir una cosa: aprobada, con distinción… Felicitaciones.

Mario R.

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