La Universidad: un manuscrito hallado


  • Mario R. Cancel
  • Escritor

Borrador de un discurso anotado en un papel que se encontraba en el estómago de un ratón diminuto que me dejó mi gato Pablo Picasso esta mañana, Día de los Presidentes, en el balcón de mi casa de clase media cuando me disponía  a salir anormalmente a trabajar en el Recinto Universitario de Mayagüez a pesar de que vivo en una colonia americana de las Antillas que adora e ignora la razón de ser de la mayor parte de los días feriados del Imperio que se los ha impuesto durante más de 100 años de relaciones.

La Universidad que todos queremos se puede avizorar en los intersticios de la que ahora  agoniza. Las crisis no son siempre la frontera de una caída. También pueden representar la semilla de un nuevo comienzo.

La Universidad que todos queremos es una en que los empleados de mantenimiento no hagan tertulias a todo pulmón sobre asuntos sensitivos a la política actual del país en la cercanía de las oficinas de los profesores que se encierran en su cubículos llenos de polvo con el propósito de reflexionar en torno a temas altamente intelectuales y complejos, y batallan durante horas centre el sueño y la vigilia con el apoyo del trago de café o la bebida energizante en la medida en que intentan seguir sirviendo bien a los estudiantes que con derechos de matrícula y sus cuotas pagana una parte sustanciosa de sus salarios…

Profesor

Una Universidad en la cual los servicios sanitarios se abren por turnos que nadie conoce porque no hay suficientes conserjes para darles mantenimiento, y los usuarios no tienen puntería a la hora de orinar, se niegan a descargar el sanitario y han convertido las paredes de los mismos en tablón de expresión política, social, sexual y bitácora de citas, en una nueva versión de una red social de bajo costo que bien podría denominarse Bathbook o Urinatter

Una Universidad en que los empleados no docentes se observan raras veces, como puñalada de pícaro, porque buena parte de ellos han decidido tomar los días por enfermedad que no les devolverán antes de la fecha de pago de contribuciones sobre ingresos, justificando la dicha decisión con el argumento de la aguda crisis económica que nos aqueja, o que resultan invisibles porque han preferido el retiro temprano a la posibilidad de ser testigos de la forma en que los que fue una Universidad se transforma en una universidad…

Una Universidad de verdaderas puertas abiertas porque, una vez se daña una, permanecerá inútil y de par en par  mientras la queja se convierte en informe, el informe en pesquisa, la pesquisa recomendación, la recomendación en cotización y la cotización en acción concreta para conseguir que la misma pueda volver a cerrar…

Una Universidad en que se cierran programas académicos y no se crean programas académicos, porque crear un solo curso nuevo, original y bien pensado puede tomarle a un profesional experto de 5 a 6 años, periodo en el cual otros profesionales expertos en asunto totalmente diferentes a la materia de curso que quiere crear, insistirán en darle recomendaciones sobre cómo debe diseñar, apropiar y difundir un tema que le es totalmente extraño y sibilino…

Una Universidad en que la “mano secreta” del mercado se ha convertido en criterio de calidad académica, y la eficiencia educativa se mide en términos de cuanto estudiantes gradúa un programa por año. Una Universidad en que pensar al margen de “mano secreta”, a hurtadillas de los grandes intereses, a contrapelo del fin de la ganancia, puede conceptuarse como un pecado de lesa economía y no de lesa humanidad

Una Universidad que aquellos que ya no pueden hacer nada por ella, exgobernador@s en particular en ceremonias pretenciosas que conmemoran los heroísmo de los viejos patriarcas desdibujados por el tiempo, exgobernador@s que casualmente cuando pudieron hacer algo por ella, resultaron pusilánimes e inoperantes como si el compromiso con la institución fuese más asequible cuando ya no tienen poder para ello y están en posición de manipular la institución como un balón político para animar sus oscuras aspiraciones pesadillescas que a nadie en verdad interesan…

Una Universidad capaz de espantar a los estudiantes que sueñan estudiar en ella porque es la mejor y la más barata, una Universidad con poder para amedrentar a sus trabajadores diciéndoles que deben trabajar más y que no se revisarán sus acuerdos sindicales ni sus salarios, una Universidad que ha conseguido que los profesores, que siempre se han considerado a si mismos pensadores e intelectuales respetables que caminan como levitando por el mar de un mundo que presumen comprender pero que no pueden cambiar ni dirigir, una Universidad que ha  convertido a esos profesores en lo que ellos se han resistido siempre a ser, meros trabajadores del Estado relativamente bien pagados, sin que ello lacere la calidad académica de su discursos…

La Universidad que todos no solo se avizora, se siente, se huele, se palpa, se sabe. Esa es la Universidad que todos queremos.

La firma está ilegible. Se presume que se trata de un alto funcionario de la Junta de Síndicos o de otro Gobernador.

Narradores 2010: Correr tras el viento ¿qué papel cumple la literatura?


  • Mario R. Cancel
  • Escritor e historiador

Uno de los aspectos más interesantes de Correr tras el viento, novela más reciente de Elidio la Torre Lagares, radica precisamente en los elementos de continuidad que muestra con su novelística anterior. No se trata solo de los ambientes sociales que frecuenta y la forma en que manufactura las tramas, o maneja el suspenso o recurre de una manera sado-cómica a la violencia gráfica. Eso de por sí tiene una gran relevancia.

La forma en que La Torre Lagares apela al Puerto Rico del presente me trae a la memoria la gracia cínica con que Emilio S. Belaval retrataba al país en sus Cuentos para fomentar el turismo (1946). El hecho notable de que se trate de dos fronteras bien definidas entre un mundo que se deja atrás y otro que se adelanta, no debe ser pasado por alto. Belaval veía morir el orden tradicional rural ante la modernización y la urbanización. La Torre Lagares ve languidecer el mundo moderno y urbano ante el avance de la postmodernidad y el orden posturbano dominado por la mano invisible del hipermercado. Pero en La Torre Lagares la situación es más extrema: el siglo 21  representa un espacio preciado para cierto tipo de  violencia popular refinada que raya la frontera de lo cinematográfico y el efecto especial: la violencia es espectáculo mediático del mismo modo que lo es un deporte o un reality show. Ante ella el observador se siente tal y como si asistiera a la representación de un gran circo romano que nunca termina. El único signo que suaviza la brusquedad y la aspereza del lenguaje de esta novela es la comicidad natural y bien conseguida de Dolo Morales, como si se tratara del tonto de un filme clásico.

Lo que más me llama la atención, sin embargo, es la sensación de desesperanza y juego que insufla estos textos. La Torres Lagares es un scriptor ludens, no me cabe la menor duda. Las opciones que deja al receptor son pocas: o este se convierte en un lector ludens o no apropiará el tráfico imparable de textos, no podrá dialogar con el texto. Correr tras el viento reitera la incapacidad de la literatura como tabla de salvación, convicción que fue una de las banderas más poderosas y confiables de la Era de las Vanguardias y de la Crisis de la Modernidad a fines del siglo 19 y principios del siglo 20.

No debo pasar por alto que, en sus narraciones anteriores, Gracia (2004) e Historia de un dios pequeño (2000), Abel Pesares y Jabí también son seres frustrados, escritores mutilados que se han visto precisados a  instrumentalizar la capacidad de crear realidades alternas  con las palabras, hasta convertirlas en mero medio de sobrevivencia en una sociedad literariamente castrada. La sugerencia es que el escritor se ha transformado en un fantasma: lo que subsiste es el mero redactor mecánico que todavía puede preciarse de su alfabetismo.  Abel y Jabí son dos metáforas de la incapacidad del Logos para enfrentar ciertos giros del presente. La novedad de Correr tras el viento es que la Torre Lagares conscientemente se aleja del leguaje hierático y la apelación a la sacralidad que dominó el discurso de Gracia.

El Brad Molloy de Correr tras el viento completa una trilogía que argumenta alrededor del hecho de que la salvación por la literatura es una ilusión o una parodia. La sugerencia beckettiana del nombre del personaje no está demás. Brad se literaturiza vagamente cuando recuerda la vieja pasión que le unió a la mujer que ahora es de otro. Pero literaturizarse significa hacerse más irreal, absurdo y ridículo. Reducida a un gesto, la literatura no es más que una máscara endeble que llama la atención sobre ciertos asuntos, entretiene poco o mucho, pero no resuelve nada, como si se tratara de un personaje extra invisible para todos que pulula por el plató de una película serie B que nunca termina. El aspecto más radical de ese asunto son las interrogantes que plantea. La mayor es para qué o de qué querría la humanidad salvarse. Después de todo, ¿qué significa la salvación en el marco del Neoliberalismo y la Era Global?

Lo nuevo de Correr tras el viento es la vinculación entre las drogas, las armas y el mercado cultural: el refinamiento y el buen gusto terminan al servicio de la ilegalidad y del dinero sucio. No está mal para una época en que se puede robar un bastón que perteneció a Betances para venderlo en el mercado libre, o arrancar una estatua del mismo prócer de su pedestal en Cabo Rojo para fundirla y transferirla a un traficante de metales. Me tienta la idea de que muchas de las percepciones que La Torre Lagares codifica y expresa en su narrativa, dominan la expresión literaria actual. Nada más distante de la escritura amarga pero esperanzada de la Generación del 70. En su momento habrá que volver sobre asunto.

Porto Rico: hecho en Estados Unidos


Editora Educación Emergente acaba de anunciar el lanzamiento del libro Porto Rico: Hecho en Estados Unidos, una colección de ensayos de interpretación del  Dr. José Anazagasty Rodríguez, sociólogo especialista en Estudios Americanos, y el Prof. Mario R. Cancel, historiador, especialista en Estudios Puertorriqueños y escritor. El volumen recoge seis ensayos   y dos reflexiones elaboradas desde la perspectiva de la sociología ambiental, la teoría social, la historiografía cultural y la interpretación literaria, en torno a la imagen de Puerto Rico elaborada por un grupo de escritores estadounidenses a raíz de la invasión de 1898.

Porto Rico: Hecho en Estados Unidos se apoya en el andamiaje del “nuevo sentido común,” un acercamiento anti-fundacionalista que, una vez asume la lingüisticidad del ser, aplica el modelo hermenéutico de los textos literarios al ámbito ontológico. Los autores argumentan que la imagen americana del Otro, el Puertorriqueño,  se sostiene sobre una “economía de la alegoría maniquea” que inventa a Puerto Rico no solo como un opuesto, sino como un opuesto inferior. La reevaluación de la invasión de 1898 a 13 años del Centenario de su conmemoración, es una invitación no sólo a la reescritura de las teorías en torno a las relaciones entre Puerto Rico y Estados Unidos, sino de todo el pasado colonial con España y de las relaciones simbólicas del país con El Caribe, Hispanoamérica y el mundo en la Era Global.

El libro está dividido en tres partes: Posicionamientos, Artificios Históricos y Artificios Maniqueos. En Posicionamientos, Cancel realiza un esfuerzo por ubicar los textos americanos en su conjunto en el contexto de la Historiografía Puertorriqueña, y Anazagasty Rodríguez contextualiza lo que denomina los “textos ignotos” en el marco teórico del libro. En Artificios Históricos Cancel pone a dialogar las dircursividades de tres iconos de la historiografía del cambio de siglo 19 al 20 en dos ensayos: se trata de Rudolph Adams Van Middeldyck, Salvador Brau y Paul G. Miller. En Artificios Maniqueos Anazagasty Rodríguez profundiza en el uso de una  Economía Maniquea en un volumen de George Milton Fowles, y reflexiona sobre la condición de Texto Simbólico de la obra de Edward S. Wilson. El volumen abre con un prólogo donde los autores explican su propuesta teórica, y cierra con un póslogo en el cual Cancel evalúa la situación de los estudios históricos a la luz de la producción del este libro.

La Editora Educación Emergente (EEE) es una iniciativa sin fines de lucro encabezada por la Dra. Lissette Rolón Collazo que aspira consolidarse en el marco de la publicación digital e impresa de materiales alternos para la educación escolar y universitaria. Su meta es además estimular la discusión de temas polémicos desde una perspectiva renovadora por medio de  materiales accesibles a todo tipo de profesionales de la educación y la libre discusión de las ideas.

Porto Rico: hecho en Estados Unidos adelanta la discusión en torno a  la retórica imperialista estadounidense y la producción capitalista de la naturaleza en Puerto Rico, a la vez que profundiza de una manera original en la discusión en torno a la invención y reconstitución de una Identidad Puertorriqueña en los márgenes del siglo 20 y el  21.Para obtener más información sobre este proyecto puede escribir a eeemergente@gmail.com

Poesía Puertorriqueña: una reflexión (5)


Quinto de una serie de seis basada en la charla “La tradición poética puertorriqueña” dictada en  Apertura cultural. Departamento de Humanidades. Universidad Interamericana de Puerto Rico. Recinto de Aguadilla, 16 de noviembre de 1995.

 

La entrada de Puerto Rico a la Modernidad ha sido fijada de la manera más conservadora al periodo histórico que inicia en  1750. Con ello se paga una deuda simbólica con la Ilustración y el Racionalismo que tuvieron su expresión más madura en el periodo del Despotismo Ilustrado. En Puerto Rico el fenómeno iniciático se ha asociado al Reformismo Ilustrado, praxis que por reformista e ilustrada no resultó menos autoritaria. La modernización de la colonia en el siglo 18 fue una interesante imposición. La utilidad de esa presunción radica en que e facilita la inserción de nuestro país en el Relato Liberal Hegeliano dominante con cierta seguridad, a la vez que marca el triunfo de una imagen en la cual la cultura formal y académica, el papel de la gestión oficial acorde con los modelos europeos, cumplirá una función protagónica en la respuesta de la gran cuestión del siglo 19: qué somos, cómo somos y por qué somos los puertorriqueños globalmente con­siderados.

Manuel Alonso Pacheco

Desde mediados del siglo del siglo 18 hasta mediados del siglo 20, la poesía puertorriqueña se transformó en el espejo para la invención de una expresión legítima del Yo. Apoyada en el comentario o apostilla de las tradiciones locales, siempre dentro de los moldes estéticos impuestos por la tradición europea. En cierto momento, nacionalidad y europeísmo se confunden. Después de todo, la Nacionalidad es, como sugirió Pelai Pages en un comentario sobre el asunto, es el artefacto ideológico más acabado de la intelectualidad europea, equivalente al “Dios de la Modernidad”. La tradición poética puertorriqueña sólo será concebible como un gesto de la expresión europea y occidental.

Después de todo, los primeros poetas insulares, criollos, puertorriqueños o nacionales, habían tenido una formación europea porque no les quedaba otra alternativa y, en el contexto de la cultura occiden­tal, aquel continente se había constituido en un canon y estaba a la vanguardia económica, política y culturalmente hablando. El primer poeta puertorriqueño de nombre conocido Francisco Ayerra Santamaría (1630–1708), se expresa como un poeta barroco mexicano que, a la vez, actúa como censor del Virreinato en la Ciudad Capital. El primer historiador criollo resultó ser Diego de Torres Vargas (1615-1688), un experto en cánones que escribió una historia eclesiástica por petición para Gil González Dávila, autor de una Teatro Eclesiástico de las Primitivas Iglesias de las Indias Occidentales (1649). La eficacia de ser escritor y puertorriqueño se medía por la capacidad de los autores para parecer que eran otra cosa: europeos.

El Romanticismo y el Nacionalismo cultural y político, caminarán de la mano para construir una idea que hoy puede considerarse fracasada respecto a cómo somos los puertorriqueños. En términos de su creación literaria y poética, Puerto Rico es más europeo durante el siglo 19, cuando su clase intelectual se preciará de sus esfuerzos por validar la concepción de que mientras más europeos parezcan ser,  más puertorriqueños se sentirán.

El Costumbrismo de El gíbaro (1849) de Manuel Alonso Pacheco y los de su generación, observaba las peculiaridades de lo insular / nacional pero, cito a Josefina Rivera de Álvarez, “los poetiza en expresión culta”, los desnaturaliza en la medida en que los acomoda. El fenómeno se reiterará en pleno siglo 20 cuando Luis Palés Matos trabaje el tema del negro y la expresión afroantillana, proceso por medio del cual será capaz de inventar negro novedoso pero inexistente. Es estos textos las costumbres a las que se alude parecen parte de un muestrario antropológico frío o un preciado objeto de museo que los poetas del nuevo siglo, aquel en que se entronizarán las Ciencias Naturales y las Sociales, otea con asombro como si hubiesen sido sustraídas de un Libro de las maravillas de un moderno John de Mandeville.

José Gautier Benítez

El colorismo de lo popular sorprende al poeta costumbrista porque él dejó atrás ese pintoresquismo hace tiempo en nombre de la Racionalidad: en realidad ya no le conmueve. Se trata de un costumbrismo correctivo y balsámico. Por eso las escenas son incapaces de integrarse al corazón o a la sensibilidad del hombre culto: el espécimen del puertorriqueño educado reconoce que no pertenece a aquella realidad. El es moderno y, por ello, su fin es transformar, reformar se dice en Puerto Rico, aquel orbe primitivo y elemental que inventó la poesía popular antes que la academia. La versión criollista es una máscara que se adopta, me parece, pero nada más que eso. Las versiones popula­res, que son las voces de los otros puertorriqueños, no están en ese criollismo de universitarios refinados sino en la forma de un reflejo deformado de ellas. La concepción criollista es una ficción.

José Gautier Benítez cantó y poetizó el mundo y al leer su poesía, el lector hallará en ella desde rasgos neoclasicis­tas, resonancias españolas e incluso, en lo que la crítica llama su segunda época, elementos parnasianos y pre-modernistas. La idea es que se le apropie como un adelantado siempre que se le piense desde el punto de vista de la retórica europea. El efecto se consigue a plenitud: lo que hace que Gautier sea el poeta por antonomasia de aquel momento, es la aceptación de que el escritor mira la realidad que le rodea con la óptica de un europeo. La nacionalidad, la puertorriqueñidad se crea a sí misma cuando acepta como definitivos los valores del continente que la ha conquistado y la ha civilizado; cuando está convencida de que es  un gesto maduro, muy a la manera del paternalismo de Pedreira,  del Occidente todopoderoso que ha dictado las pautas culturales del mundo. Entonces, de un modo equilibrado, puede plantearse el proyecto de separarse de su ­ma­dre/pa­dre España.

El lector está condenado: no puedo dejar de pensar en Dante o Goethe cuando lee La sataniada de Alejandro Tapia y Rivera. Tampoco puede desprenderse de Allan Kardec cuando rememora el ciclo de Póstumo. La Modernidad había convertido a la puetorriqueñidad en la figura de un hermafrodita que se mira en las aguas de una fuente y se sorprende de su presumible hermosura como un Narciso. La poesía ha estado en la base de la construcción de ese canon. No en balde el himno nacional rebelde nació de la voz de una poeta dura de San Germán: Lola Rodríguez de Tió. La tradición poética puertorriqueña decimonónica ha sido uno de los pilares en la construcción de esa idea de lo nacional que todavía  hoy se atesora como auténtica. Pero esa idea se estaba construyendo al margen de los sectores populares y desde una posición de poder que la facultaba para ello.

Los momentos del Realismo y el Naturalismo, sigo la línea evolutiva de las letras europeas porque es la predomina en la crítica desde el siglo 19, parecen un campo yermo e inhóspito para la poesía. La invectiva y la sátira del Romanticismo y el Costumbrismo dominaron entonces. El mundo de los géneros literarios se impuso. Narrativa, teatro y ensayo dominaron la expresión culta entre 1880 y 1900. El subterráneo poético, como un maltrecho y vencido Quijote, se abrazó a un romanticismo soso y trasnochado al que nunca arribó la rabia vital de los Malditos o los Parnasia­nos.  En Puerto rico no se podía ser Decadente. Todo condenaba a los intelectuales a la enfermedad del Progresismo. Apenas se precisan algunos modestos matices de Arthur Rimbaud, de Stephan Mallarmé o de Charles Baudelaire, en ciertos poetas que siguen mirando a Europa como modelo. Nadie parece recordar la creativi­dad llana y simple del jíbaro o del hombre común que seguía inventándose. Los jibaristas y los poetas eran entonces gente de librea y bastón, titulados con todas las formalidades. Habría que esperar al modernismo literario de principios del siglo 20 llamado a veces antirroman­ticismo, para que se pudiese reconocer que la tradición poética puertorriqueña no estaba muerta.

 

Poesía Puertorriqueña: una reflexión (4)


Cuarto de una serie de seis basada en la charla “La tradición poética puertorriqueña” dictada en la Apertura cultural. Departamento de Humanidades. Universidad Interamericana de Puerto Rico. Recinto de Aguadilla, 16 de noviembre de 1995.

  • Mario R. Cancel
  • Escritor

La imagen que se recibe de la historia es torcida porque se trata de una concepción formada desde el poder, que celebra a los vencedores. Apenas acomoda al ser en el seno de un pasado ominoso. Sólo posee la función de un cosmético o una prótesis identitaria. A nadie debe sorprender que un grupo de intelectuales  del momento del hispanofilismo rabioso de principios del siglo 20, resentidos porque el país/nación no podía alardear de una “épica” o una “epopeya” nacional que definiese los remotos orígenes de la nacionalidad, trataron de hallarla en fuentes como esa Elegía VI de Varones Ilustres de Indias, negando de paso la validez histórica  del pasado boriquense remoto y, a la vez, silenciando la violencia de la inserción de la hispanidad. La fórmula maniquea del 1492-1493 como Origen,  y todo lo demás como Ab-origen se impuso.

Entre el 1550 y 1750, en Puerto Rico se recogen muestras de dos expresiones poéticas distintas y aisladas. Por un lado, la del conquistador transformado en el espécimen de una pequeña aristocracia blanca, católica, peninsular y pudiente que fue capaz de crear un imaginario acorde con sus modos de ver y cantar el mundo sintetizada en el españolismo y el integrismo. Pienso en el texto de un soneto que cierra una memoria pícara  y muy bien redactada sobre el Puerto Rico de San Juan, escrita por el recién llegado Obispo Damián López de Haro del año 1646. Un texto montado en perfectos endecasílabos, con un sabroso tono italianizante, de visibles resonancias petrarquianas, se burla la escasez y superficialidad de una sociedad con ínfulas de ciudad cuando dice:

Esta es señora una pequeña islilla,

falta de bastimentos y dineros,

andan los negros como en ésa en cueros,

y hay más gente en la cárcel de Sevilla…

La pequeñez geográfica y la pobreza de Puerto Rico eran ya parte de un discurso manido. Ambos argumentos  estaban en el núcleo de la idea que España se había hecho de su pequeña colonia perdida en el Caribe. Esa poesía ¿poesía social? no era un fenómeno aislado.

Luis Paret y Alcázar (1746-1799) autorretrato vestido de jíbaro

Por otro lado, los conquistados, los criollos pobres, los campesinos de tea y machete, como los designó el historiador Fernando Picó, los ganaderos y los monteros, la mulatería despreciada por una sociedad armada sobre los principios del discrimen y el racismo justificados por el honor y la nobleza de sangre, inventaba otro discurso poético. Amparada en la secretividad de una ruralía distante de las autorida­des capitali­nas y en la solidaridad sencilla de la oralidad y el folclor, nació otra expresión que en ocasiones experimentaba con las formas cultas para exponer contenidos originales. Pienso en la décima, en la copla popular y en el romancillo como formas de esa expresión puertorriqueña marginal representada por los sectores populares.

Ejemplo de ello son aquellas décimas sobre la infidelidad, difíciles sino imposibles de fechar, identificadas por el verso “Descose lo que has cosido”; o aquellas que comenzaban con el sugerente verso “Yo tuve una gran soruca”,  expresión popular que sintetizaba un decir mestizo en el cual la palabra castellana, en su camino al español insular, convivía con el aruaco insular: soruca o suruca es un indigenismo que vale por bulla. Y recuerdo, como su antítesis, las décimas anónimas de 1690 citadas por Josefina Rivera de Álvarez en su Diccionario de literatura puertorriqueña que, cantando la imagen de aquel enemigo del contrabando que fue el gobernador Gaspar Martínez de Andino, aparecían impresas en pasquines políticos en la capital de la colonia. Los aires populares y los aires cultos, la poesía de la capital y la de la isla, ya se distanciaban la una de la otra de una manera visible.

Un problema de la historiografía literaria, y de la historiografía puertorriqueña en general, es que cuando le corresponde definir el concepto de lo nacional y de lo puertorriqueño, la fiebre hispanófila y cultista le invade, y comienza a armar una nacionalidad en falsete apoyada en las conceptualizaciones aprendidas de la vieja Europa. Los ya clásicos trabajos de Marcelino Canino Salgado sobre la voz folclórica puertorriqueña, las investigaciones de Héctor Vega Drouet en el territorio de la música y la negritud, entre otros, son de un valor incalculable para rescatar esa tradición poética oral contestataria, por el cuidado con que indagan la expresión del ser humano corriente. Con esto no quiero negar la legitimidad del parentesco de la poesía popular puertorriqueña con el “Mester de Juglaría” y el “Romancero”.  Solo pretendo llamar la atención sobre el carácter original de la expresión insular y su condición de espejo cóncavo en el cual las fuentes se alteran y se rehacen a la manera nuestra.

El único elemento común de aquella tradición popular y aquella tradición culta -de la tradición del colonizador y la del colono- es el abarrocamiento y la obnubilación de la representación de la realidad. La expresión poética popular y culta, miran al mundo que las rodea con asombro. El campesino crea, critica y lucha con la palabra y, cuando define cómo vive, su palabra se torna en una forma atenuada de la protesta o en una queja. Esconde su lamento detrás de inflexiones y figuras que duelen. Un canto de amor afroantillano, distante de la tradición palesiana del siglo 20, se lamenta de lo difícil que es querer a una mujer porque, dice, “misuamo siempre ta bravo / y me garra por nan pasa…”  La violencia del mundo de la esclavitud no se atenúa a pesar del poema.

Castellanos (1589) inventa una visión perversa del aruaco insular frente a una heroica del peninsular; Oviedo (1535) perpetúa los mitos que todavía nutren una imagen en torno al pensamiento natural y complejo de aquella comunidad; López de Haro (1646) y Diego de Torres Vargas (1647) manifiestan sin habérselo propuesto el denuesto y el halago exagerados de la tierra. En ese sentido, al hablador que era el Obispo, recuerdo a Cervantes, y al promotor de turismo interno que resultaba el canónigo, se les debe mucho. Algunos han visto en ese inexistente cruce de argumentos la marca de la maduración de un criollismo atrapado en las márgenes del academicismo privado. La vida afortunada o infortunada de un Alonso Ramírez, carpintero de ribera, aventurero y pícaro, documenta desde 1690 la mentalidad de ese criollo de laboratorio que se ha usado de modelo para definir lo puertorriqueño porque encaja dentro de los moldes de lo que se admira de la picaresca española.

Yo me pregunto sin embargo ¿dónde están las voces populares en aquellos textos? ¿En dónde el espíritu de la tradición puertorriqueña en aquel Francisco Ayerra y Santa María gongorista y poeta que, entre Tetis, Marte, el Tajo, el Ganges y el Hymeto, llamaba Cesáreo Rosa-Nieves, “poeta puertorriqueño”? Voz popular y voz culta y oficial, se hallan en contradicción en ese período del 1550-1750 de una manera patente.

Poesía Puertorriqueña: una reflexión (3)


Tercero de una serie de seis basada en la charla “La tradición poética puertorriqueña” dictada en la Apertura cultural. Departamento de Humanidades. Universidad Interamericana de Puerto Rico. Recinto de Aguadilla, 16 de noviembre de 1995.

  • Mario R. Cancel
  • Escritor

Igual destino tuvo la expresión de ese otro mundo tan vinculado en su realidad cotidiana con la poesía como lo fue el exprtesión cultural negro-africano. Para aquellas etnias, igual que para los aruacos insulares, poesía, canto y magia eran inseparables. El reducto de supervivencia del discurso poético del conquistado, expresión que era inseparable de la vida diaria de los grupos etnoculturales que lo creaban, fue a la larga el que ofreció el escurridizo camino de la oralidad y el folclor.  A veces repuntan vestigios de cierto indigenismo enmascarado tras un curioso palimpsesto, o de una negritud amilanada por el poder que la arrancó de su mundo para servir a unos desconocidos.

Esclavos

La hicotea, el conejo y la araña, personajes de profunda raigam­bre africana, están presente en ese relato fronterizo con la poesía  que descubre en las zonas mulatas y negras de Puerto Rico la investigadora Julia Cristina Ortiz. La frontera es, como en el caso de Pané,  el estribillo rítmico que da carácter musical a una historia contada. La frontera entre ambos extremos es frágil y el oyente no define lo que escucha, sólo escucha. Piénsese en las coplas de amor de origen afroantillano con su reiterado “¡Ay! tibiri corona inguaco / ¡ay! tibiri, biri, qui ne…”  En ocasiones, algunas palabras aruacas insulares como conuco se enredan con algún americanismo cruel  como fuete para crear un collage cultural significativo por la selección del anónimo poeta. También ofrecen una lección de poder y dramatizan una forma de la lucha de clases. Son, es cierto, un canto al amor pero traducen una protesta por la explotación que se sufre, y una declaración de protesta ante del injusto sistema que somete y esclaviza. La tradición poética puertorriqueña, quiero decir, tiene sus raíces en esa expresión oral que se ha diluido a lo largo del tiempo por una diversidad de razones que no vale la pena comentar ahora.

La poesía era poderosa porque mantenía unidas a las comunidades marginadas por el colonialismo hispano-europeo. La expresión oral recogida por los folclorista representa una interesante forma de la resistencia al poder y al catolicismo institucional, uno de sus instrumentos más preciados. Pero la poesía también era un instrumento de poder para los conquistadores en la medida en que les servía de vehículo para codificar e imponer  esos mismos valores, sus visiones de mundo y su cultura a los grupos subalternos. Dos poemas, el Padrenuestro y el Ave María repetidos millones de veces, cambiaron un mundo en la medida en que respondieron de una manera distinta la pregunta del “cómo llegamos a ser” y justificaban la sumisión a un orden invisible que no hacía sentido ni a aruacos ni a afroantillanos

La poesía de la conquista, que es la poesía del conquistador, recrea la imagen del mundo bautizado por la fuerza como nuevo. Del mismo modo, el español en el orden intelectual, renombró todo lo físico y lo geográfico para crearse una imagen parecida a la que iba a dejar atrás. A pesar del esfuerzo por silenciar la naturaleza,  la toponimia e hidronimia insulares, siguieron  siendo un territorio mestizo a veces, mulato en otras, que persistía en recordar el pasado emborronado. Al lado de un San Germán, inventado en memoria de la otra mujer de Fernando el Católico Germana de Foix, sobrevivió el Coayuco. Al lado de Ponce, apellido patricio a la manera del patriciado de la vieja Roma, subsistió Guainía. Frente a San Blas de Illescas, Coamo mostró la fuerza de una tradición distinta y centenaria. Todo se matizó y mixtificó en la medida en que el sutani y el mengani se impusieron selectivamente  en la voz popular al usted y al otro.

Juan de Castellanos, poeta y cronista autor de aquella Elegía VI de Varones Ilustres de Indias dedicada a Juan Ponce de León muy al modo de Cornelio Nepote, creó una imagen de Boriquén que terminó transformándolo en la “isla fernandina”, adjetivación posesiva que utilizó para halagar los orgullos de los nuevos dueños del territorio insular del siglo 16. De paso construyó una imagen del aruaco insular  que resulta molestosa por lo maniquea. El indio dejó de ser el habitante  de todo aquel paraíso descrito por Colón  para transformarse en el “infiel”, el “bárbaro” y el “hereje”. Pero  cuando Castellanos cantó la valentía del indio, lo hizo con el fin de enaltecer la proeza de la victoria del conquistador cristiano. El poeta siempre pensó que el dios suyo y presumiblemente de todos, estaba del lado de la razón y que la razón era atributo del recién llegado cristiano. La transición del buen salvaje en bárbaro inmisericorde estaba completa. El mismo Pané, a pesar de todo el esfuerzo que realizó por valorar la cultura de los naturales, llegó a la conclusión de que los indios eran capaces de creerlo todo por su inocencia.

La confrontación entre dos visiones mundo dispares aparece con toda su viveza en los textos de la conquista. En México Bernal Díaz del Castillo, ante la grandeza de un templo azteca, lo designa como una “mezquita”. El tono de desprecio mezclado con asombro resulta evidente. Las comunidades naturales del Caribe, Centro y Sur América, fueron  catalogadas genéricamente  como indias que era lo que no eran. Igual experiencia sufrieron las comunidades africanas: los ashanti, los brama, los zapé, los biafara y los manicongo, dejaron de ser lo que eran para transformarse en negros bozales o ladinos o esclavos o piezas, de acuerdo con su condición.  La poesía que servía para sostener una identidad, también podía servir para destruirla.

Poesía Puertorriqueña: una reflexión (2)


Segundo de una serie de seis basada en la charla “La tradición poética puertorriqueña” dictada en la Apertura cultural. Departamento de Humanidades. Universidad Interamericana de Puerto Rico. Recinto de Aguadilla, 16 de noviembre de 1995.

 

  • Mario R. Cancel
  • Escritor

 

El mundo americano anterior al encuentro con los europeos fue rico en eso que denominamos poesía. Un breve paseo por la herencia continental y centro-americana ofrecerá una imagen de ello. Desde hace mucho tiempo se reconoce que la poesía del Popol-Vuh; del Chilam Balam, libro que la tiene a pesar de su profundo contenido histórico; y del teatro indígena, a la manera del Rabinal Achí y del Ollantay, no fue una experiencia aislada. El Caribe no fue la excepción a la regla y, en consecuencia, Puerto Rico tampoco.

Behique y poeta

Fray Ramón Pané, a fines del siglo 15, y José Juan Arrom y Fernando Ortiz en el 20, han sabido devolver parte de esa herencia de la que la isla de Boriquén participó por su vigorosa tradición aruaco insular, elemento que ha sido considerado como una de las bases la denominada puertorriqueñidad. La relación de la poesía y el mito, ciencia en el mejor sentido de la palabra, con la respuesta a la eterna pregunta del cómo llegaron a ser los seres humanos, es obvia en las respuestas que ofrecieron los encuestados al fraile y que este vertió en su Relación acerca de las antiguedades de los indios…, recogida en 1494. El sabio y pobre ermitaño, como él gustaba definirse, Ramón Pané, recoge en su texto ese peculiar lenguaje poético propio de la oralidad en el cual la repetición rítmica de las palabras, la ornamentación  de los argumentos y el abarrocamiento de los relatos, le daban musicalidad,  cadencia y personalidad al relato aruaco insular de los orígenes. El testimonio deja meridianamente claro que la mirada de la realidad y del tiempo que el peninsular percibió en el Otro, codificado ya como Indio sin más consideraciones, se organizaba dentro de una lógica distinta a la del europeo.  Por ello su reiterado argumento de que escribe lo que creyó comprender.

En aquello texto la poesía, el mito, la religión y el poder andaban de la mano. La poesía era un género que explicaba problemas y afirmaba valores colectivos. Pienso en los perdidos areitos aruacos insulares y en los versos rituales de los behíques mientras construían sus fórmulas mágicos o los nombres de sus deidades.  La palabra, poética o no, era poderosa porque definía y transformaba la realidad y porque daba valor al combatiente que, en 1511, intentó evadirse del invasor caucásico cristiano. Poesía y rito alucinatorio eran hechos sociales de un valor cultural fundamental para aquellas comunidades naturales. Pienso en la ceremonia en que cohoba, tabaco y otras yerbas, eran el camino para inventar una realidad alternativa y mágica, que presupone  los barrocos americanos del siglo 17, los neo-barrocos del siglo 20 y los realismos mágicos de un mundo americano que imagina que descubre, pero realmente hereda mucho, inventa un poco y olvida en demasía. La poesía era  el nicho de la identidad.

El decir poético era complejo, Pané lo indicó así y renunció a decir cosas porque contradecían su lógica de catalán católico o porque resultaban “confusas y de poca sustancia”. Mujeres de origen celeste, desvirgadas por el inriri cahubabayael o avepico doméstico, diluvios universales brotando de calabazos mágicos que culminaban en la formación del mar, e islas habitadas por mujeres solitarias confundidas casualmente con las amazonas de las Antillas, varones sensualizados y erotizados que se enfermaban de bubas y se transformaban en caracaracoles. Se trataba en efecto de cosas “confusas” pero no exentas de sustancia. Esa, me parece, fue una  forma de la poesía caribeña e insular que los académicos, salvo contadas excepciones, ha evadido porque no pueden interpretarla con los recursos que le ofrece una Europa de tradición distinta que enjuicia y condena desde el poder la palabra del “otro”, del inferior, del colonizado porque, como decía Mercedes López Baralt, “no soporta la otredad”.

El descubrimiento, conquista y colonización no significó para las culturas antillanas sino una terrible ruptura con los esquemas y valores que habían sido suyos durante siglos. En general aquellos procesos vedaron el decir mágico y la poesía de los naturales enmudeciéndolos para siempre. La regla de prohibir una expresión que no se ajustaba a los criterios ideológicos del conquistador, a la larga, arruinó una de las partes integrantes de la herencia de lo puertorriqueño que ha sido imposible rescatar a pesar de los esfuerzos de la antropología y la arqueología contemporáneas. Fue como si la poesía del conquistador destruyera de un plumazo la poesía del conquistado, del mismo modo que justa o injustamente, destruyó la sociedad y el mundo material de los mismos. Para anclarnos al pasado solo quedó la bitácora de viajes de un genovés y la carta ilusionada que le remitió a un secretario del Rey.

 

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