Poesía Puertorriqueña: una reflexión (2)


Segundo de una serie de seis basada en la charla “La tradición poética puertorriqueña” dictada en la Apertura cultural. Departamento de Humanidades. Universidad Interamericana de Puerto Rico. Recinto de Aguadilla, 16 de noviembre de 1995.

 

  • Mario R. Cancel
  • Escritor

 

El mundo americano anterior al encuentro con los europeos fue rico en eso que denominamos poesía. Un breve paseo por la herencia continental y centro-americana ofrecerá una imagen de ello. Desde hace mucho tiempo se reconoce que la poesía del Popol-Vuh; del Chilam Balam, libro que la tiene a pesar de su profundo contenido histórico; y del teatro indígena, a la manera del Rabinal Achí y del Ollantay, no fue una experiencia aislada. El Caribe no fue la excepción a la regla y, en consecuencia, Puerto Rico tampoco.

Behique y poeta

Fray Ramón Pané, a fines del siglo 15, y José Juan Arrom y Fernando Ortiz en el 20, han sabido devolver parte de esa herencia de la que la isla de Boriquén participó por su vigorosa tradición aruaco insular, elemento que ha sido considerado como una de las bases la denominada puertorriqueñidad. La relación de la poesía y el mito, ciencia en el mejor sentido de la palabra, con la respuesta a la eterna pregunta del cómo llegaron a ser los seres humanos, es obvia en las respuestas que ofrecieron los encuestados al fraile y que este vertió en su Relación acerca de las antiguedades de los indios…, recogida en 1494. El sabio y pobre ermitaño, como él gustaba definirse, Ramón Pané, recoge en su texto ese peculiar lenguaje poético propio de la oralidad en el cual la repetición rítmica de las palabras, la ornamentación  de los argumentos y el abarrocamiento de los relatos, le daban musicalidad,  cadencia y personalidad al relato aruaco insular de los orígenes. El testimonio deja meridianamente claro que la mirada de la realidad y del tiempo que el peninsular percibió en el Otro, codificado ya como Indio sin más consideraciones, se organizaba dentro de una lógica distinta a la del europeo.  Por ello su reiterado argumento de que escribe lo que creyó comprender.

En aquello texto la poesía, el mito, la religión y el poder andaban de la mano. La poesía era un género que explicaba problemas y afirmaba valores colectivos. Pienso en los perdidos areitos aruacos insulares y en los versos rituales de los behíques mientras construían sus fórmulas mágicos o los nombres de sus deidades.  La palabra, poética o no, era poderosa porque definía y transformaba la realidad y porque daba valor al combatiente que, en 1511, intentó evadirse del invasor caucásico cristiano. Poesía y rito alucinatorio eran hechos sociales de un valor cultural fundamental para aquellas comunidades naturales. Pienso en la ceremonia en que cohoba, tabaco y otras yerbas, eran el camino para inventar una realidad alternativa y mágica, que presupone  los barrocos americanos del siglo 17, los neo-barrocos del siglo 20 y los realismos mágicos de un mundo americano que imagina que descubre, pero realmente hereda mucho, inventa un poco y olvida en demasía. La poesía era  el nicho de la identidad.

El decir poético era complejo, Pané lo indicó así y renunció a decir cosas porque contradecían su lógica de catalán católico o porque resultaban “confusas y de poca sustancia”. Mujeres de origen celeste, desvirgadas por el inriri cahubabayael o avepico doméstico, diluvios universales brotando de calabazos mágicos que culminaban en la formación del mar, e islas habitadas por mujeres solitarias confundidas casualmente con las amazonas de las Antillas, varones sensualizados y erotizados que se enfermaban de bubas y se transformaban en caracaracoles. Se trataba en efecto de cosas “confusas” pero no exentas de sustancia. Esa, me parece, fue una  forma de la poesía caribeña e insular que los académicos, salvo contadas excepciones, ha evadido porque no pueden interpretarla con los recursos que le ofrece una Europa de tradición distinta que enjuicia y condena desde el poder la palabra del “otro”, del inferior, del colonizado porque, como decía Mercedes López Baralt, “no soporta la otredad”.

El descubrimiento, conquista y colonización no significó para las culturas antillanas sino una terrible ruptura con los esquemas y valores que habían sido suyos durante siglos. En general aquellos procesos vedaron el decir mágico y la poesía de los naturales enmudeciéndolos para siempre. La regla de prohibir una expresión que no se ajustaba a los criterios ideológicos del conquistador, a la larga, arruinó una de las partes integrantes de la herencia de lo puertorriqueño que ha sido imposible rescatar a pesar de los esfuerzos de la antropología y la arqueología contemporáneas. Fue como si la poesía del conquistador destruyera de un plumazo la poesía del conquistado, del mismo modo que justa o injustamente, destruyó la sociedad y el mundo material de los mismos. Para anclarnos al pasado solo quedó la bitácora de viajes de un genovés y la carta ilusionada que le remitió a un secretario del Rey.

 

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