Poesía Puertorriqueña: una reflexión (3)


Tercero de una serie de seis basada en la charla “La tradición poética puertorriqueña” dictada en la Apertura cultural. Departamento de Humanidades. Universidad Interamericana de Puerto Rico. Recinto de Aguadilla, 16 de noviembre de 1995.

  • Mario R. Cancel
  • Escritor

Igual destino tuvo la expresión de ese otro mundo tan vinculado en su realidad cotidiana con la poesía como lo fue el exprtesión cultural negro-africano. Para aquellas etnias, igual que para los aruacos insulares, poesía, canto y magia eran inseparables. El reducto de supervivencia del discurso poético del conquistado, expresión que era inseparable de la vida diaria de los grupos etnoculturales que lo creaban, fue a la larga el que ofreció el escurridizo camino de la oralidad y el folclor.  A veces repuntan vestigios de cierto indigenismo enmascarado tras un curioso palimpsesto, o de una negritud amilanada por el poder que la arrancó de su mundo para servir a unos desconocidos.

Esclavos

La hicotea, el conejo y la araña, personajes de profunda raigam­bre africana, están presente en ese relato fronterizo con la poesía  que descubre en las zonas mulatas y negras de Puerto Rico la investigadora Julia Cristina Ortiz. La frontera es, como en el caso de Pané,  el estribillo rítmico que da carácter musical a una historia contada. La frontera entre ambos extremos es frágil y el oyente no define lo que escucha, sólo escucha. Piénsese en las coplas de amor de origen afroantillano con su reiterado “¡Ay! tibiri corona inguaco / ¡ay! tibiri, biri, qui ne…”  En ocasiones, algunas palabras aruacas insulares como conuco se enredan con algún americanismo cruel  como fuete para crear un collage cultural significativo por la selección del anónimo poeta. También ofrecen una lección de poder y dramatizan una forma de la lucha de clases. Son, es cierto, un canto al amor pero traducen una protesta por la explotación que se sufre, y una declaración de protesta ante del injusto sistema que somete y esclaviza. La tradición poética puertorriqueña, quiero decir, tiene sus raíces en esa expresión oral que se ha diluido a lo largo del tiempo por una diversidad de razones que no vale la pena comentar ahora.

La poesía era poderosa porque mantenía unidas a las comunidades marginadas por el colonialismo hispano-europeo. La expresión oral recogida por los folclorista representa una interesante forma de la resistencia al poder y al catolicismo institucional, uno de sus instrumentos más preciados. Pero la poesía también era un instrumento de poder para los conquistadores en la medida en que les servía de vehículo para codificar e imponer  esos mismos valores, sus visiones de mundo y su cultura a los grupos subalternos. Dos poemas, el Padrenuestro y el Ave María repetidos millones de veces, cambiaron un mundo en la medida en que respondieron de una manera distinta la pregunta del “cómo llegamos a ser” y justificaban la sumisión a un orden invisible que no hacía sentido ni a aruacos ni a afroantillanos

La poesía de la conquista, que es la poesía del conquistador, recrea la imagen del mundo bautizado por la fuerza como nuevo. Del mismo modo, el español en el orden intelectual, renombró todo lo físico y lo geográfico para crearse una imagen parecida a la que iba a dejar atrás. A pesar del esfuerzo por silenciar la naturaleza,  la toponimia e hidronimia insulares, siguieron  siendo un territorio mestizo a veces, mulato en otras, que persistía en recordar el pasado emborronado. Al lado de un San Germán, inventado en memoria de la otra mujer de Fernando el Católico Germana de Foix, sobrevivió el Coayuco. Al lado de Ponce, apellido patricio a la manera del patriciado de la vieja Roma, subsistió Guainía. Frente a San Blas de Illescas, Coamo mostró la fuerza de una tradición distinta y centenaria. Todo se matizó y mixtificó en la medida en que el sutani y el mengani se impusieron selectivamente  en la voz popular al usted y al otro.

Juan de Castellanos, poeta y cronista autor de aquella Elegía VI de Varones Ilustres de Indias dedicada a Juan Ponce de León muy al modo de Cornelio Nepote, creó una imagen de Boriquén que terminó transformándolo en la “isla fernandina”, adjetivación posesiva que utilizó para halagar los orgullos de los nuevos dueños del territorio insular del siglo 16. De paso construyó una imagen del aruaco insular  que resulta molestosa por lo maniquea. El indio dejó de ser el habitante  de todo aquel paraíso descrito por Colón  para transformarse en el “infiel”, el “bárbaro” y el “hereje”. Pero  cuando Castellanos cantó la valentía del indio, lo hizo con el fin de enaltecer la proeza de la victoria del conquistador cristiano. El poeta siempre pensó que el dios suyo y presumiblemente de todos, estaba del lado de la razón y que la razón era atributo del recién llegado cristiano. La transición del buen salvaje en bárbaro inmisericorde estaba completa. El mismo Pané, a pesar de todo el esfuerzo que realizó por valorar la cultura de los naturales, llegó a la conclusión de que los indios eran capaces de creerlo todo por su inocencia.

La confrontación entre dos visiones mundo dispares aparece con toda su viveza en los textos de la conquista. En México Bernal Díaz del Castillo, ante la grandeza de un templo azteca, lo designa como una “mezquita”. El tono de desprecio mezclado con asombro resulta evidente. Las comunidades naturales del Caribe, Centro y Sur América, fueron  catalogadas genéricamente  como indias que era lo que no eran. Igual experiencia sufrieron las comunidades africanas: los ashanti, los brama, los zapé, los biafara y los manicongo, dejaron de ser lo que eran para transformarse en negros bozales o ladinos o esclavos o piezas, de acuerdo con su condición.  La poesía que servía para sostener una identidad, también podía servir para destruirla.

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