Poesía Puertorriqueña: una reflexión (4)


Cuarto de una serie de seis basada en la charla “La tradición poética puertorriqueña” dictada en la Apertura cultural. Departamento de Humanidades. Universidad Interamericana de Puerto Rico. Recinto de Aguadilla, 16 de noviembre de 1995.

  • Mario R. Cancel
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La imagen que se recibe de la historia es torcida porque se trata de una concepción formada desde el poder, que celebra a los vencedores. Apenas acomoda al ser en el seno de un pasado ominoso. Sólo posee la función de un cosmético o una prótesis identitaria. A nadie debe sorprender que un grupo de intelectuales  del momento del hispanofilismo rabioso de principios del siglo 20, resentidos porque el país/nación no podía alardear de una “épica” o una “epopeya” nacional que definiese los remotos orígenes de la nacionalidad, trataron de hallarla en fuentes como esa Elegía VI de Varones Ilustres de Indias, negando de paso la validez histórica  del pasado boriquense remoto y, a la vez, silenciando la violencia de la inserción de la hispanidad. La fórmula maniquea del 1492-1493 como Origen,  y todo lo demás como Ab-origen se impuso.

Entre el 1550 y 1750, en Puerto Rico se recogen muestras de dos expresiones poéticas distintas y aisladas. Por un lado, la del conquistador transformado en el espécimen de una pequeña aristocracia blanca, católica, peninsular y pudiente que fue capaz de crear un imaginario acorde con sus modos de ver y cantar el mundo sintetizada en el españolismo y el integrismo. Pienso en el texto de un soneto que cierra una memoria pícara  y muy bien redactada sobre el Puerto Rico de San Juan, escrita por el recién llegado Obispo Damián López de Haro del año 1646. Un texto montado en perfectos endecasílabos, con un sabroso tono italianizante, de visibles resonancias petrarquianas, se burla la escasez y superficialidad de una sociedad con ínfulas de ciudad cuando dice:

Esta es señora una pequeña islilla,

falta de bastimentos y dineros,

andan los negros como en ésa en cueros,

y hay más gente en la cárcel de Sevilla…

La pequeñez geográfica y la pobreza de Puerto Rico eran ya parte de un discurso manido. Ambos argumentos  estaban en el núcleo de la idea que España se había hecho de su pequeña colonia perdida en el Caribe. Esa poesía ¿poesía social? no era un fenómeno aislado.

Luis Paret y Alcázar (1746-1799) autorretrato vestido de jíbaro

Por otro lado, los conquistados, los criollos pobres, los campesinos de tea y machete, como los designó el historiador Fernando Picó, los ganaderos y los monteros, la mulatería despreciada por una sociedad armada sobre los principios del discrimen y el racismo justificados por el honor y la nobleza de sangre, inventaba otro discurso poético. Amparada en la secretividad de una ruralía distante de las autorida­des capitali­nas y en la solidaridad sencilla de la oralidad y el folclor, nació otra expresión que en ocasiones experimentaba con las formas cultas para exponer contenidos originales. Pienso en la décima, en la copla popular y en el romancillo como formas de esa expresión puertorriqueña marginal representada por los sectores populares.

Ejemplo de ello son aquellas décimas sobre la infidelidad, difíciles sino imposibles de fechar, identificadas por el verso “Descose lo que has cosido”; o aquellas que comenzaban con el sugerente verso “Yo tuve una gran soruca”,  expresión popular que sintetizaba un decir mestizo en el cual la palabra castellana, en su camino al español insular, convivía con el aruaco insular: soruca o suruca es un indigenismo que vale por bulla. Y recuerdo, como su antítesis, las décimas anónimas de 1690 citadas por Josefina Rivera de Álvarez en su Diccionario de literatura puertorriqueña que, cantando la imagen de aquel enemigo del contrabando que fue el gobernador Gaspar Martínez de Andino, aparecían impresas en pasquines políticos en la capital de la colonia. Los aires populares y los aires cultos, la poesía de la capital y la de la isla, ya se distanciaban la una de la otra de una manera visible.

Un problema de la historiografía literaria, y de la historiografía puertorriqueña en general, es que cuando le corresponde definir el concepto de lo nacional y de lo puertorriqueño, la fiebre hispanófila y cultista le invade, y comienza a armar una nacionalidad en falsete apoyada en las conceptualizaciones aprendidas de la vieja Europa. Los ya clásicos trabajos de Marcelino Canino Salgado sobre la voz folclórica puertorriqueña, las investigaciones de Héctor Vega Drouet en el territorio de la música y la negritud, entre otros, son de un valor incalculable para rescatar esa tradición poética oral contestataria, por el cuidado con que indagan la expresión del ser humano corriente. Con esto no quiero negar la legitimidad del parentesco de la poesía popular puertorriqueña con el “Mester de Juglaría” y el “Romancero”.  Solo pretendo llamar la atención sobre el carácter original de la expresión insular y su condición de espejo cóncavo en el cual las fuentes se alteran y se rehacen a la manera nuestra.

El único elemento común de aquella tradición popular y aquella tradición culta -de la tradición del colonizador y la del colono- es el abarrocamiento y la obnubilación de la representación de la realidad. La expresión poética popular y culta, miran al mundo que las rodea con asombro. El campesino crea, critica y lucha con la palabra y, cuando define cómo vive, su palabra se torna en una forma atenuada de la protesta o en una queja. Esconde su lamento detrás de inflexiones y figuras que duelen. Un canto de amor afroantillano, distante de la tradición palesiana del siglo 20, se lamenta de lo difícil que es querer a una mujer porque, dice, “misuamo siempre ta bravo / y me garra por nan pasa…”  La violencia del mundo de la esclavitud no se atenúa a pesar del poema.

Castellanos (1589) inventa una visión perversa del aruaco insular frente a una heroica del peninsular; Oviedo (1535) perpetúa los mitos que todavía nutren una imagen en torno al pensamiento natural y complejo de aquella comunidad; López de Haro (1646) y Diego de Torres Vargas (1647) manifiestan sin habérselo propuesto el denuesto y el halago exagerados de la tierra. En ese sentido, al hablador que era el Obispo, recuerdo a Cervantes, y al promotor de turismo interno que resultaba el canónigo, se les debe mucho. Algunos han visto en ese inexistente cruce de argumentos la marca de la maduración de un criollismo atrapado en las márgenes del academicismo privado. La vida afortunada o infortunada de un Alonso Ramírez, carpintero de ribera, aventurero y pícaro, documenta desde 1690 la mentalidad de ese criollo de laboratorio que se ha usado de modelo para definir lo puertorriqueño porque encaja dentro de los moldes de lo que se admira de la picaresca española.

Yo me pregunto sin embargo ¿dónde están las voces populares en aquellos textos? ¿En dónde el espíritu de la tradición puertorriqueña en aquel Francisco Ayerra y Santa María gongorista y poeta que, entre Tetis, Marte, el Tajo, el Ganges y el Hymeto, llamaba Cesáreo Rosa-Nieves, “poeta puertorriqueño”? Voz popular y voz culta y oficial, se hallan en contradicción en ese período del 1550-1750 de una manera patente.

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