Una reflexión sobre la Lingüística Boricua de Luis Hernández Aquino


  • Mario R. Cancel-Sepúlveda
  • Historiador y escritor

Comentario en torno al libro: Juan E. Hernández Cruz, editor. Luis Hernández Aquino y el estudio de las voces taínas en Puerto Rico (Lingüística boricua). San Germán: Editorial Xagüey, 2012. 429 páginas. Presentado en el Museo de los Próceres de Cabo Rojo el 11 de octubre de 2012

El volumen que hoy comento, recoge buena parte de las columnas redactadas por Luis Hernández Aquino entre los años 1970 y 1974, en torno a la herencia lingüística de los taínos presentes en el Puerto Rico de su tiempo. Los textos fueron difundidos en forma de columnas periodísticas, la mayoría de las cuales fueron publicados en el diario El mundo. El mundo fue un periódico hispanófilo y políticamente moderado fundado en 1919  que marcó una época en la historia del periodismo puertorriqueño. Otras columnas se difundieron en diversos periódicos y revistas de Puerto Rico y España. Cuando “Lingüística Boricua” se publicaba en El mundo, la empresa atravesaba por una crisis financiera que la condujo a su cierre definitivo en 1987.

 

Hernández Aquino y su tiempo

“Lingüística Boricua” es el testimonio de un momento de inflexión en la historia intelectual y cultural de Puerto Rico. La genealogía del interés de Hernández Aquino por los temas indígenas tenía un origen remoto. Debo recordar que la búsqueda de los “orígenes” constituyó algo así como un vicio para los autores que produjeron su obra en las décadas posteriores a la del 1940. La asociación de los años cuarenta al desarrollo del Puerto Rico moderno, urbano e industrial, y al populismo militante, resulta inevitable. Hernández Aquino es uno de los intelectuales más emblemáticos de aquel momento. El bagaje intelectual con el cual enfrentó aquellos tiempos difíciles poseía unas características peculiares que vale la pena mencionar.

Primero, llamo la atención sobre la vinculación de este escritor a tres de las propuestas literarias más influyentes del siglo 20. Hernández Aquino fue una voz clave para el Atalayismo,  el Integralismo y el Trascendentalismo, tres vanguardias literarias tardías, comprometidas con el análisis y reinvención de la Identidad Nacional con una voluntad que, por aquel entonces, resultada novedosa y retadora. El hecho de que Hernández Aquino fuese a la vez historiador del Modernismo y de las Vanguardias, ratifica su condición de figura protagónica de la historia cultural del país.

El Atalayismo, como se sabe, apareció durante el periodo que va del 1929 al 1935. En aquel entonces la Gran Depresión, el Nacionalismo Político y el Liberalismo Independentista con Antonio Barceló a la cabeza, tenían por tema central el problema político y cultural de Puerto Rico. En aquel contexto, hizo su aparición el Nuevo Trato. El carácter moderador de la política rooseveltiana y el papel de intermediario que cumplió Luis Muñoz Marín,  favoreció la implosión de las fuerzas independentistas y estadoístas. Ambas entraron en un proceso de fragmentación que hizo posible la hegemonía del Partido Popular Democrático tras las elecciones de 1940.

El Integralismo y el Trascendentalismo tuvieron su mejor momento entre 1941 y 1948,  años dominados por el fantasma de la escasez consecuencia de la Segunda Guerra Mundial y los inicios de la Guerra Fría. En 1945, Puerto Rico parecía encaminado a un cambio político radical de la mano de un líder carismático producto de la Depresión: Muñoz Marín.

Las vanguardias en las que militó Hernández Aquino reflexionaron sobre la Nacionalidad Puertorriqueña, su pasado y su futuro, tanto como lo había hecho la generación del 1930 de la cual era un heredero. La afirmación de la  Identidad Puertorriqueña ante la cultura estadounidense, fue una de las claves de la obra de Hernández Aquino. En aquella coyuntura, el autor hizo suyo el asunto de la figuración del indio y se dedicó a la revisión de aquella  cultura. Con ello se confirmaba la relevancia del pasado indígena en la definición de un Yo Colectivo moderno. Una de las pruebas más significativas de ello, fue su libro Diccionario de voces indígenas de Puerto Rico, publicado en 1970.

Es cierto que la integración de los valores del pasado indígena a la  Identidad Puertorriqueña no representó una novedad en la década del 1970. La recuperación del indio podría trazarse hasta el Romanticismo del siglo 19 y las figuras de Alejandro Tapia y Rivera, Ramón E. Betances, Daniel de Rivera y, en cierto modo, Eugenio María de Hostos. En ese sentido, nuestro autor daba continuidad a una aspiración en la cual se había invertido mucho trabajo desde antes de 1850. Hernández Aquino fue una figura esencial  en aquel proceso de recuperación del pasado indígena durante el siglo 20 y esa es una gloria que nadie puede escamotearle.

Hernández Aquino y su papel en  la historia intelectual reciente

Las columnas que incluye “Lingüística Boricua”, pueden apropiarse como una continuación o un complemento del Diccionario… de 1970. Desde mi punto de vista, tienen el valor de que aquí se documentan los debates y los pormenores de una indagación que el lexicón, por su diseño de registro de palabras,  no le había permitido presentar. El Diccionario…. (1970)  y la Lingüística Boricua (1970 a 1974), por su naturaleza y su contenido, representan un momento interesante de la historia cultural e intelectual de Puerto Rico en el siglo 20. Pero el potencial político de este tipo de reflexiones, todavía está por esclarecerse.

El Mundo, 4 de febrero de1966. De izquierda a derecha, sentados Luis Hernández Aquino, Antonio Coll Vidal, Obdulio Bauzá, Samuel Lugo; de pie Guillermo Bauzá, Gaspar Gerena Brás, Francisco Matos Paoli.

La década del 1970 fue un polvorín ideológico fértil para el surgimiento de planteamientos provocadores de todo tipo. En ese aspecto, el 1970 sólo es  equiparable a la década de 1930. El decenio del 1960 había sido testigo de la erosión y deterioro de la confianza de la gente en el proyecto defendido por el Partido Popular Democrático para Puerto Rico. El plebiscito del 1967 y el triunfo del Partido Nuevo Progresista en 1968, son el mejor ejemplo de ello. El 1968 vio la conmemoración del Centenario de la Insurrección de Lares, evento que sirvió de base para una revisión del pasado nacional que marcó la historia intelectual del país hasta el 1990. El interés por el tema del Grito y por la figura de Betances, renació con extraordinarios bríos. Hernández Aquino, lareño e independentista, aportó a aquel proceso no solo su Diccionario… y su Lingüística Boricua: en 1986 publicó en su editorial Sarobei, el volumen Betances, poeta, obra que me remitió con una nota personal en octubre de aquel mismo año a mi casa desde Bayamón.

Las razones profundas para el polvorín cultural que fue la década del 1970 y para la explosión de creatividad de aquel momento, hay que buscarlas más allá de la literatura y la historiografía. La década estuvo marcada por una crisis económica de proporciones gigantescas, análoga a la de 1929, y a la que inició en 2007 y todavía arropa al país. La Recesión de 1971, puso en entredicho los valores del libre mercado, y promovió numerosos proyectos de cambio, algunos radicales, a nivel global.

En Puerto Rico, la situación exacerbó la crítica al pasado populista, a la vez que estimuló el crecimiento de las fuerzas que defendían el estadoísmo como una acción legítima. Desde 1972 al presente, la historia política de Puerto Rico camina por una ruta distinta, alejándose cada vez más del panorama de la segunda posguerra. Hernández Aquino y sus libros son una expresión de aquel momento de cambio.

Hernández Aquino, el tema del indio y este libro

El centenar de columnas incluidas en Lingüística boricua, según han sido organizadas, recuerdan los criterios que una vez usaron para fines similares los clásicos Cayetano Coll y Toste y Juan Augusto y Salvador Perea. La idea de organizar los términos en topónimos, hidrónimos, zoónimos y fitónimos, y el afán por determinar la presencia de los términos taínos en el utillaje y el lenguaje de la vida diaria, no fue una decisión del autor. Se trata de un recurso del editor con el propósito de facilitar acceso a un material que hoy es desconocido para muchos.

El valor de esta colección, aparte de lo que significa como traducción de un momento de la historia intelectual de Puerto Rico, se encuentra en otra parte. La mayor virtud tiene que ver con  el manejo que hizo Hernández Aquino de las fuentes primarias y secundarias. Se trata de una lección de metodología de carácter invaluable. Su curiosidad investigativa lo condujo a realizar una lectura cuidadosa de los Textos de Indias y de la Historiografía puertorriqueña clásica. Es cierto que ese recurso no representaba una novedad. Las Crónicas, Relaciones, Descripciones, Cartas, Memorias e Historias de la conquista y colonización, son una fuente que ha sido consultada desde el siglo 19.

La novedad estriba en la revisión de ciertos  manuscritos del Archivo de Indias que documentaban los trabajos de los indios encomendados y repartidos a los conquistadores y colonizadores. Se trata de nóminas laborales que destacan el papel de los Caciques y Nitaínos, como intermediarios en la entrega de Naborias a los cristianos para que estos ejecutaran una diversidad de labores en las minas y estancias coloniales o en las haciendas reales. Esos papeles documentaban el pago de la cacona a los obreros indios: una camisa de presilla, una caperuza, unos carahueles o calzones, unas alpargatas a cambio de labor eran suficientes.

La lectura de Hernández Aquino documenta también los nombres propios ancestrales de estos taínos quienes, una vez cristianizados, veían como se desplazaba su nombre ancestral a la condición de apellido: se trataba de un simbólico desplazamiento del Yo. El lector se enfrenta a los nombres de pila cristianos al uso que se imponía a los Naborías, Caciques y Nitaínos, por medio de un proceso de cristianización forzosa y abusiva en ocasiones, y aparentemente  voluntaria en otras. Así aparecen Catalina, Isabelica, Leonor, Luisa, Martina, Beatriz, García, María y Alonso,  entre otros muchos. Aquellos nombres de pila se juntaba con  Aracibo, Jamaica, Caguama, Aramaná, Caona, Carate, Cucana, Duey, Guacabo, Macanea, para producir un efecto imaginativo único: ayudar al lector a crea una imagen de carne y hueso del indio y el naboria común. El efecto es que el indio deja de ser una metáfora y se convierte en un hombre o una mujer que vivía una transición que le resultaba incomprensible. Yo los imagino reconociendo que los cristianos hispano-europeos, habían llegado a su mundo a rediseñarlo todo. La conciencia de que la comunidad, según la habían conocido, se encontraba en la frontera de su desaparición física debió ser común.

La publicación de Lingüística Boricua de Luis Hernández Aquino, su lectura cuidadosa, me ha resultado inspiradora. Tengo que confesar que me ha ofrecido un modo alternativo, menos etéreo y más material de apropiar al indio, al taíno, al arahuaco insular que habitaba este territorio antes de la llegada de los europeos. Mi reflexión va en un camino más complicado. La concepción de que la Conquista aspiró a ser un movimiento aplanador se confirma. La meta de los cristianos hispano-europeos era hacer de las tierras y las gentes descubiertas un espécimen hispano-europeo. Libros como este me demuestran las múltiples fisuras de aquella propuesta demoledora.

La Identidad se construye sobre las bases del trabajo y la palabra. Luis Hernández Aquino lo sabía. Purgando un lenguaje se encuentran múltiples trazas de lo que  fuimos o imaginamos haber sido. Recuperándolas se comienza a abocetar las posibilidades de lo que podernos ser.

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