Poetas 2000: Alberto Martínez Márquez, Las formas del vértigo


  • Mario R. Cancel Sepúlveda
  • Catedrático de Historia y escritor

 

Martínez-Márquez, Alberto. Las formas del vértigo. San Juan / Santo Domingo: Isla Negra, 2001. 118 págs.

El tiempo y el espejo en Las formas del vértigo

¿Cuál es la aventura a la que invita Las formas del vértigo? Creo haberle dicho a Alberto Martínez-Márquez en un almuerzo casual en Aguadilla que se trata de una aventura de la “memoria”. ¿La memoria de quién? Si la personal es un laberinto, la ajena es en sí misma una carrera de grandes obstáculos. Lo evidente es que la memoria es siempre un ejercicio de reconstrucción y ordenamiento. Saber eso convierte este libro en uno especialmente difícil pero no lo condena a ser una obra inaccesible: ninguna lo es en verdad.

Las formas del vértigo es parte de la obra temprana de un autor de 1980 que es fundamentalmente un intelectual y un pensador. El volumen recoge parte del producto de los años 1986 y 1990: Las formas del vértigo (1986-1988) que justamente da título al libro, Aluvión (1989) y a A contraluz (1989-1990). Efectivamente los títulos de los poemarios ya dicen al lector algo sobre la poesía: hablan de su carácter evasivo. Este ejercicio de evasión no es una huida. Es una invitación a problematizar la palabra / realidad, ejercicio en el cual Martínez-Márquez, no puedo negarlo, es genial. Yo sé que nadie puede dominar totalmente las lecturas del otro, pero a veces las mismas saltan como agujas a los ojos y las pistas se pueden seguir a fin de convertir una lectura difícil en un placer.

Alberto Martínez Márquez

Alberto Martínez Márquez

Las construcciones, profundamente influidas por el lenguaje surrealista no dejan de mostrar efectos dadaístas en donde un aparente automatismo se manifiesta. La condición de pensador de Martínez-Márquez no me permite aceptar ese automatismo de buenas a primeras. Detrás del absurdo apariencial: “un cielo que llueve minotauros” (p. 27), “un jabalí mama / una sustancia ancestral” (p. 46) , “…un rinoceronte / cayendo / sobre una copa” (p. 56), hay todo un bestiario exótico muy bien pensado que recuerda el de Ramón Llull o el de Phillipe de Thaün. Y hay también una región donde el mundo de lo onírico se impone como en el caso de los transgresores suprarrealistas y neosurrealistas. A pesar de los parentescos que se puedan establecer los poemas no dejan de ser extremadamente originales. También en ese mundo atrevido de la rebelión contra la realidad las reiteraciones de motivos se manifestaron y llegaban a dar una imagen de monotonía notable. Durante la Gran Guerra (1914-1918) los “obuses” se convirtieron en un motivo usual. Después de la revolución picassiana, las “palomas”, que ya tenía un asiento en la mítica y la lírica tradicionales, tomaron vuelos inauditos. En Las formas del vértigo no hay nada que se manifieste monótono. El autor tiene mucho cuidado en que no sea así y lima las asperezas del poema hasta el máximo. Me consta lo enfermizamente cuidadoso que es Martínez-Márquez con buena parte de sus poemas.

Sus poemas breves, concisos, económicas no deja de recordar las pequeñas-grandes obras de Giusseppe Ungaretti o la inquietud de un haiku. En “Haiku” encuentro el modelo perfecto de esa capacidad de apuntar una impresión recogida al vuelo: “una flor circunspecta / cincela / el ocaso” (p. 64). En este tipo de texto los títulos son obviamente algo más que un cabo. Son partes integrantes del texto vivo. No se puede comprender el juego de los caracoles y las luciérnagas si no se les inserta dentro del título que las ampara, “Hora cero” (p. 42). El poema es una alegoría del tiempo y sus transacciones dialécticas donde la polaridad está representada por ese yan / yin de la humedad y el fuego obvio en el pretexto tomado del bestiario imaginado. Una cuestión de estilo, la ausencia de puntuación hace de esta una poesía profundamente retadora o interactiva: el lector se ve en la necesidad de capturar los ritmos del poeta y del poema o se perderá en un conjunto de palabras que pueden decir multiplicidad de cosas al compás de otras músicas. El resto del ejercicio, se lo dije a Martínez-Márquez durante el almuerzo, es potestad del lector. El texto transformado en libro pertenece al que lo lee desde el momento en que, transformado en libro, se abren las páginas. Nadie puede impedir que el lector lo mire desde su posición.

Formas_vertigoAparte de ese lugar volátil, de la presunta peligrosidad del lugar desde el cual se escribe y que tan bien sugieren los títulos –nada es seguro para el autor al momento de escribir- el poeta deja claro que mira todo desde adentro de sí, desde la “caída” (p. 18). En “Autorretrato” la afirmación es evidente cuando asegura “los ojos han dejado de mirar a lo lejos / porque miran dentro y escupen” (p. 21). La mirada es la puerta para una interioridad desde la cual se calibra el mundo. No hay otro juicio válido para un poeta que se sabe artífice en la medida en que es escritor.

El tiempo y el espejo se reiteran como tema y ámbito a través de estos poemas. No podía ser de otro modo. Nada más propicio para afirmar esa fluidez nietzscheana en la que Martínez-Márquez también está involucrado. En algunos textos ambos espacios se encuentran como cuando en “En busca del paisaje perdido” (¿tengo que recordar a Marcel Proust?) dice: “…quien recuerda el paisaje detrás del espejo?” (p. 19); o en “De los libros” que personalmente encuentro más borgeano que el anterior cuando asegura “igual que el espejo / el tiempo vuelve con dientes de tigre” (p. 20)

Yo sé que el tiempo del historiador y del recuerdo es espejo y que al mirarse, el vidente olvida el paisaje y lo reorganiza. Pero yo lo sé porque soy historiador. Martínez-Márquez me hace la demostración por otro camino: el de la poesía. Lo que sucede es que ambas cosas son imaginarias para el escritor: tiempo y espacio definido en el espejo se burlan. La acusación es abierta en “Otro poema sobre el tiempo”: “Tiempo / has trepanado mis ojos / con tu risa insolente” (p. 24)

Y por eso todo se reduce a cero cuando se abate sobre el espejo, incluso “Las cosas fuertes” (p. 41) ¿Se trata de la idea de que todo se reduce a signos o a una ficción? Es lo que me dice mi lectura de Las formas del vértigo, esa forma de dar vueltas y des-conocer y re-conocer las opciones de un entorno que se multiplica de posibilidades. Esta fascinación con la liquidación de la presunta realidad y su univocidad me parece un logro de este libro.

Más allá de lo meramente poético, debo decir que se trata de un libro bellamente hecho como objeto. Alberto Martínez-Márquez se consagra como poeta y consagra a su generación, la de 1980, de poetas.

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