Divertimento: Reflexiones de un escritoriador (2)


  • Mario R. Cancel Sepúlveda
  • Historiador o escritor

En una ocasión me encontraba de viaje de incógnito fuera del país y unos aspirantes a historiador me preguntaron sobre sus homólogos de Puerto Rico. Los buenos historiadores puertorriqueños, les dije, son una especie anómala.  Los viejos historiadores imaginan que son la conciencia ínsita y preclara del país y que caminan sobre hombros de gigantes. Confían en que la edad les ha refinado la capacidad de ver no solo el pasado, sino también el presente y el futuro. Están seguros de que una diferencia de opinión con ellos siempre será un error interpretativo y suponen que cualquier apelación a su saber es un reconocimiento  de su superioridad o un acto de nostalgia sumisa de quien la pronuncia.

Algunos piensan que el tiempo histórico terminó con la colonización española, otro que inició en el siglo 18 y acabó con la invasión yanqui pero los más simpáticos y visibles están seguros de que todos se equivocan porque el alfa de las cosas comenzó después de la Segunda Guerra Mundial y piensan que la geopolítica es el oasis infalible de todos los saberes. A ese fenómeno, entre otras cosas, denominan especialización o escuela historiográfica. Los únicos que se resisten a ese criterio son los que afirman que todo empezó con la abolición de la esclavitud y el desenvolvimiento  de las modernas luchas de clases en el país y que esa es la quintaesencia o la piedra filosofal añorada.

"Melancolía" de Munch

“Melancolía” de Munch

Aquel historiador, viejo o no, que quiera hacer la historia de una idea, de una moda cultural o de un tema de los márgenes, será acusado de filósofo, antropólogo o sociólogo e insistirán en que tome un tratamiento intenso de archivos tradicionales -el General o el de Indias- para que mejore su estado espiritual. Los críticos más furiosos de ese tipo de libelo asegurarán que aprendió el oficio de historiador en la academia estadounidense o que se ha degradado a la condición inicua de postmoderno.

Los viejos historiadores están seguros de que si se es monje jesuita o pastor presbiteriano, habrá más posibilidades de convertirse en una vaca sagrada. Después de todo, los cristianos concibieron la historia tras reinventar la tiranía del dios de los judíos sobre su pueblo elegido y convertirla en la tiranía de la razón y la naturaleza sobre su civilización elegida. Todos están contestes en que los independentistas y los estadoístas no pueden ser buenos historiadores: el hecho de que ambos aspiren a un proyecto por hacer los transforma en activistas, pero la discusión de lo que ya está hecho -reconocidos sus defectos- se equipara con la imparcialidad.

Aseveran que ejercer la profesión de manera seria es un privilegio de la universidad porque el escenario burocrático intrincado y la cercanía a los focos de poder así lo posibilita: allí están los presidentes y sus becas, los espaldarazos, los apretones de mano y los candidatos perfectos para asesorar al gobierno fugaz que se imponga un proyecto administrativo fracasado cuatro años.  La circunspección los caracteriza. Insisten en que la adolescencia senescente y la alegría de vivir es un pecado de lesa humanidad impropio para un historiador y que ser parte de esta clase debe apropiarse como una profesión de depresión: la risa es pecado de novelistas, no de historiadores. Están convencidos de que la condición de historiador sesudo debe sazonarse con una dosis de seriedad senil y aristocratismo vacilante propia de jubilados achacosos. Para garantizar esos fines se reunirán en asociaciones y academias para discutir cuánto pagarán de cuota de membrecía, dónde será la próxima reunión y en quienes desplazarán la tarea de pensar libremente, capacidad que en general, perdieron debido a su avanzada edad.

Por último, imaginan que todas las disciplinas sociales y humanísticas son auxiliares de la historia pero que la suya no tiene porqué auxiliar a ninguna de ellas y están contestes en que aquellos historiadores que se acercan a la literatura creativa han sido atacados por un virus letal que promueve la vacilación entre el esplín y la excitación. Recomiendan que aquellos que se sientan tentados a escribir poesía o cuento, lo hagan en secreto o lo dejen para después de su retiro y difundan su producto en los espacios más ominosos o invisibles que puedan encontrar. Nunca los detectarás en los medios cibernéticos a menos que sea citados por otros y ocultarán su incapacidad para manejar esos espacios detrás de la máscara elitista de que la Internet es un lugar que abre paso a la imbecilidad, condición sobre la cual ellos parecen reclamar la posesión de un monopolio.

Los jóvenes historiadores son más sumisos que los jóvenes aspirantes a escritor: la autoridad de un viejo historiador se presume más ponderada que la de un viejo escritor. Nacen con un microchip o un código genético activo que les conduce a convencerse de que los buenos historiadores son los que les antecedieron y escribieron los libros que les asignan un montón de maestros que fueron discípulos sumisos de aquellos. Por ello no son capaces sino de figurarse como simples acólitos, adláteres o repositorios. La familia patriarcal judía y cristiana es reproducida con precisión: papá historiador modela a hijo historiador aunque mamá historiadora no se encuentre en el panorama. Me parece que se trata de un fenómeno de generación espontánea pero ello sigue siendo un misterio.

Se pasarán la vida leyendo a la misma gente, tratando de pensar como la gente que leyeron y convertirán el inmovilismo y el estancamiento en una virtud. Hay sectores que tienen la esperanza de que algún día aprenderán a escribir y podrán aspirar a ser algo más que un maestro. Evitarán conversar sobre el presente inmediato por temor a que se les confunda con un activista o un escritor de ficción y, si se les cuestiona sobre ello, responderán con monosílabos y bisílabos agresivos: je, mierda, cabrón. La situación los ha conducido a suprimir sus curiosidades más dulces, padecen estreñimiento en el órgano de la originalidad y calambres en las extremidades del atrevimiento. Lo más interesante es que tanto los viejos como los jóvenes historiadores son invisibles para todos los casos porque siempre hablan de “lo que pasó” o “creen que pasó”. Por ello precisamente  son fáciles de diferenciar de los científicos políticos y de los economistas quienes siempre hablan de “lo que pasará” pero “nunca pasa”.

Con todo los admiro frenéticamente. Son más humanos  y menos obtusos que sus pocos ancestros del siglo 19 y de principios del siglo 20. Aquellos historiadores estaban hipotéticamente dispuestos a morir por la patria suya (España) o por la ajena (Estados Unidos)  o por una copa de vino tinto y, aunque muchas veces lo afirmaron con fervor, pocas lo hicieron. Estos del presente prefieren vivir hasta el último segundo y manifiestan la fina ironía de un gato callejero del Paseo de la Princesa cuando algún turista se les acerca a darles de comer.

¿Defectos? Tienen y muchos, como cualquier ser humano común o como los historiadores de cualquier parte del mundo. Lo digo porque soy uno de ellos, ni viejo ni joven eso sí,  o al menos eso intento muy de vez en cuando…

En Hormigueros, 15 de julio de 2016.

 

Divertimento: Reflexiones de un escritoriador (1)


  • Mario R. Cancel Sepúlveda
  • Escritor o historiador

En una ocasión me encontraba de viaje de incógnito fuera del país y unos aspirantes a escritor me preguntaron sobre sus homólogos de Puerto Rico. Los buenos escritores puertorriqueños, les dije, son una especie anómala. Los que son excelentes se comportan como extranjeros y los que están seguros de que nacieron allí se educaron en otros países. Los demás, que son centenares, caminan en jaurías en las cercanías de un macho o una hembra letrada alfa mientras, de paso, asperjan con tropos literarios las esquinas de cada salón que visitan en sus lecturas y performances para asegurar sus conquistas. Los más jóvenes miran a sus ídolos con reverencia y con la esperanza de ser un día iguales a ellos.

"El grito" de Munch, uno de ellos

“El grito” de Munch, uno de ellos

Los escritores sienten la tentación de ocupar los pocos espacios culturales que existen, acto que pronto se convierte en una obsesión. Se desviven por estar en las directivas de las asociaciones literarias que proliferan en las rústicas ciudades o por ocupar las vacantes de las sillas de los jurado de los certámenes literarios  con el  fin de planificar quién será el mejor de ellos o cuál turno les corresponderá a ellos para llegar a serlo pero, sobre todo, para ponerse de acuerdo respecto a quién van a excluir de la república de las letras.

No leen regularmente a sus colegas y, si lo hacen, evitarán fijarse en sus virtudes y llamarán con pertinacia la atención sobre todo aquello en lo que difieran sus colegas del estilo que consideran el mejor: el suyo. Siempre harán esa tarea en una conversación privada confiados en que el cotilleo generalizado y compulsivo llevará su mensaje sus víctimas. A eso llaman crítica literaria y a las reuniones en que frecuenta para compartir ese saber, tertulia intelectual.

Publican libros  a pares mediante el milagro de la autopublicación porque en el país el editor profesional es el cadáver de una especie que nunca nació. Las editoriales de las vanguardias literarias nacen por lo regular en las marquesinas de las casas o en un recodo de los apartamentos de los propios escritores. Eso sí, esta especie viaja mucho con sus libros debajo del brazo, feria tras feria, lectura tras lectura, taller tras taller difundiendo su obra como turistas culturales siempre con una brillante sonrisa en los labios. Todos viven a la expectativa de que el periódico de circulación general llene un espacio vacío con 50 palabras sobre sus actividades.

Los que son cuentistas y los poetas dicen que los historiadores no pertenecen al gremio porque el escritor redacta ficciones y el historiador no es capaz de ese privilegio. Los que escriben teatro dicen que los novelistas los envidian porque su voz circula más que la de los otros. Los novelistas quieren ser filósofos y los filósofos aspiran a que se les lea como poetas. Los que son narradores alegan que los poetas crecen  en los árboles y que caerán por  docenas con sólo sacudir los árboles de un parque. Los que residen en la capital quieren vivir en la isla y los de la isla ansían vivir en la capital. Los editores escriben poesía y los poetas terminan por ser editores. Todos viven orgullosos de lo magnífico de su trabajo y se lamentan de las vulgaridades que producen los demás y, como los políticos, pretenden poseer el derecho de decirle a los aspirantes a escritor que pululan alrededor de ellos quiénes deben ser sus amigos, qué es apropiado leer y cómo comportarse de acuerdo con la etiqueta del escritor que ellos asumen. Los que son un producto universitario lo son a todo trapo y lo que no lo son aducen un desprecio filosóficamente calculado a ese tipo de espacios artificiales de la cultura formal. Si te les acercas mucho te acusarán de que quieres robarles las ideas pero se llevarán las tuyas sin vergüenza alguna alegando que las mismas son  libres.

En su conjunto, aman la libertad que gozan y cada vez que veo una jauría de esa especie me invade la misma sensación que me produce el cuadro del grito de Edvard Munch y me cruzo al otro lado de la calle. Y son innumerables: la proporción de escritores respecto a la población probablemente equipara las estadísticas de desempleo de los sectores educados. Todo parece indicar que el país siempre está en el pórtico de un “siglo de oro” literario que nunca llega.

Con todo los admiro frenéticamente. Son más humanos  y menos obtusos que sus pocos ancestros del siglo 19 y de principios del siglo 20. Aquellos escritores estaban hipotéticamente dispuestos a morir por una causa o a suicidarse por el amor erótico de su vida y, aunque muchas veces lo afirmaron con fervor, pocas lo hicieron. Estos del presente prefieren vivir hasta el último segundo y manifiestan la fina ironía de un gato callejero del Paseo de la Princesa cuando algún turista se les acerca a darles de comer.

¿Defectos? Tienen y muchos, como cualquier ser humano común o como los escritores de cualquier parte del mundo. Lo digo porque soy uno de ellos o al menos eso intento muy de vez en cuando…

En Hormigueros, 23 de marzo de 2016

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