Caroba: reflexiones de un lector y un testigo


  • Mario R. Cancel Sepúlveda
  • Historiador y escritor

 

carobaConocí a Juan de Matta García en el año 2005, durante el lanzamiento de un libro de cuentos que yo acababa de publicar, Intento dibujar una sonrisa, en la Universidad del Sagrado Corazón en Santurce. Creo que Luis López Nieves me lo había presentado antes de esa fecha pero no lo podría asegurar. En la sesión de preguntas y respuestas, la cual siempre aspiro a que se transforme en un diálogo rico para todas las partes interesadas, Juan de Matta protestó unos comentarios míos sobre la pertinencia en el presente de la obra, excelente sin duda, de Enrique Laguerre.

La breve discusión con Juan de Matta, una de las cosas más interesantes que recuerdo de aquella tarde, giró en torno al culto que se genera hacia las figuras de los clásicos, en especial los muertos, en el lenguaje cultural y aun en el académico. La condición de clásico huele a cadáveres, siempre me lo he dicho de ese modo. La recuerdo bien, con todo detalle porque cuando Juan de Matta salió con lo que presumí era su brigada de apoyo o grupo de choque, me di cuenta de que es la misma cara de Morgan Freeman, uno de mis actores favoritos. En realidad la base de la breve disputa tenía que ver con un choque en la percepción sobre el asunto que había entre Juan de Matta y yo.

Eso me trae a la memoria otra situación que viví con posterioridad. Fue cuando me hicieron la peligrosa pregunta que siempre había temido: ¿Por qué debemos leer los clásicos? Todo venía a cuento de una publicación que iba a hacerse en la desaparecida revista Letras nuevas. Desaparecida, no por falta de ímpetu o calidad que mucha tenía, sino por las desgracias de la crisis actual del capitalismo que envejece y se renueva siempre para bien de pocos y mal de muchos. La inquisición fue culpa de la escritora Mara Daisy Cruz. Después de darle muchas vueltas por varios minutos al asunto, escribí algo como lo que sigue y que ahora regalo al novelista que me ocupa:

Un clásico es una expresión única y personal que habla el lenguaje propio de una época. No se trata solo de eso. Al hablarlo comunica ideas a una diversidad de receptores distantes en el tiempo y en el espacio. La eficacia de su expresión y la de su recepción se presume. A la eficacia de ese proceso llamamos universalidad. Entre lo clásico y lo universal imaginamos una relación estrecha. La obra clásica y universal convertida en piedra, en gesto o en texto, demuele la diferencia entre París y Macondo, entre Nueva York y Comala. Cancela las fronteras entre El Cid y Toño Bicicleta, y entre Friné e Isabel La Negra. En eso radica su magia. Leo los llamados clásicos con la esperanza de encontrar una explicación a muchas de las aspiraciones colectivas y prejuicios de la humanidad. También para saber lo que no soy. De ese modo los aprendo con más fuerza y me libero de algunas pesadillas. Lo universal no es lo escrito, sino el hecho de escribir.

Juan y yo chocamos por la interpretación de lo que significaba Laguerre, un clásico puertorriqueño, y su obra para alguien  como yo. Elidio la Torre Lagares y  Marta Aponte Alsina, podrían atestiguar lo que he dicho porque vieron los hechos y es probable que lo recuerden mejor o peor que yo. Es parte de mi oficio, siempre le doy mucha importancia a ese tipo de evento que, para otros, podría pasar inadvertido: soy historiador y me fijo en los pequeños acontecimientos.

A la luz de la relectura de Caroba, vuelvo a reflexionar en torno a aquel hecho. A Juan de Matta quiero explicarle quién soy. Lo cierto es que, en el marco de la sociología de pop, yo soy un baby boomer nacido en aquella ruralía que iba camino a la desaparición en 1960. Recuerdo los retornos del anciano Luis Muñoz Marín a la isla para apoyar, como un fetiche, a los candidatos políticos de su partido en el momento de la pubertad del anexionismo. Crecí en un campo que no tenía nada de simple, la simpleza del campo es un prejuicio urbano muy estúpido, y mi primera ansiedad fue la de escapar de allí a como diera lugar como quien sale de la selva. La única localidad con aspiraciones ciudadanas en la zona era Mayagüez. Sólo más tarde me llamaron la atención Río Piedras, San Juan o la diversidad de ciudades que he disfrutado en cada uno de mis viajes.

 

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Juan de Matta García, escritor

Mi peculiar experiencia académica y creativa me ha demostrado que la ruralía y el campo que viví, y el que aprendí luego en el sistema escolar y revisité en el universitario, eran cosas distintas. La imagen de ambos en mi caso, nieto de Socialistas Amarillos, estaba  filtrada por el aura del Populismo del 1940 y el tesón de Obrerismo Rural y Urbano Moderados. Las herencias son cosas que se meten bajo la piel como una espina o un microchip con un complejo programa que semeja un virus. Fui configurado como un ser que ansiaba desprenderse del campo, a la vez que miraba el urbanismo a la distancia, como un espacio para el debate cultural y el reto y el crecimiento.

 

Eso fue la forma en que viví el proceso de Modernización de Puerto Rico porque esos valores, en lo esencial anti-rurales, eran de crucial importancia en la formación de un chico como yo, nacido en el año 1960. Luego todo fue una vorágine que no es necesario contar. Pero cuando en la adultez fui a establecer un hogar donde refundar mi humanidad, volví a la Ruralía Postmodernista: la que está adornada con una megatienda a 15 minutos de distancia, y el acceso a la Internet y a la televisión por cable o satelital es cosa común. Lo que quedaba de la vieja sociedad rural en la casa en que me radiqué se reducía a las manías de algunos vecinos, y al hecho de que la urbanización estaba construida sobre lo que había sido una pieza de caña.

La forma en que Juan de Matta enfrenta la cuestión rural en Caroba es completamente distinta. Claro, entre él y yo hay una diferencia generacional que no debe ser pasada por alto: Juan de Matta es más viejo que yo, que conste. Además en él convergen con diafanidad, lo sé por lo que conozco de su trabajo creativo, la valoración de la cultura de la ruralía adjunto con la de la raza, como ocurrió en algunos de los grandes escritores del 1970, en especial el olvidado narrador viequense Carmelo Rodríguez Torres. Para Juan de Matta,  esos elementos representan el proyecto de una Nación Emergente que nos asedia desde hace siglos y que no parece encontrar el agujero de gusano que permita abrir el atajo que conduzca de la esclavitud colonial a la libertad.

Esta preocupación por lo rural y lo político como nicho identititario que domina la obra de Juan de Matta, puede parecer una anomalía cuando se le mira desde el territorio de una narrativa dominada por la temática urbana real o virtual, y que ha invisibilizado los trazos de un campo que imagina moribundo. Pero lo cierto es que un fenómeno análogo de ruralización del lenguaje ocurrió en la narrativa de la vieja y desmembrada Unión Soviética, luego de la muerte por mucho tiempo prescripta del Socialismo Real. En aquel contexto, la novela rusa de tema campesino se hizo de un espacio que el sueño del Comunismo industrial y urbanofílico, había reprimido. Claro, la diferencia radica en que en la Unión Soviética, a pesar del Bolchevismo Moscovita, el campesinado y sus tradiciones constituían una realidad más palpable que en el Puerto Rico de hoy. El Comunismo veía en aquel mundo adversario la meta de la disolución de la propiedad privada. Mientras en Puerto Rico, el campo y sus signos seguía siendo para muchos una esperanza de recuperación de la Identidad conculcada. Ahora me atrevo sostener que la obra de Juan de Matta no es una anomalía: es un esfuerzo político legítimo, que plantea un proyecto concreto.

En este prefacio no me propongo contar una novela que resultará una grata sorpresa para quien la tome en sus manos y la apropie. Solo pretendo resaltar algunos de los rasgos que me han llevado a reconocer que Juan de Matta es un narrador natural, como aquellos bardos que daban sentido  a la vida de una comunidad sobre la base de una narración que les servía de espejo. Juan de Matta posee una capacidad extraordinaria para narrar y tejer una trama bien articulada que nunca pierde su consistencia. Se trata, en ese sentido, de un narrador maduro con el cual no hay que discutir mucho la naturaleza de sus procedimientos narrativos.  Eso, para un asesor de tesis, es un fenómeno especial porque entonces uno puede, y así lo he hecho, sentarse con el escribiente a conversar sobre su imago mundi y la narración te atrapa por su fluidez y su coherencia o, por decirlo de otro modo, por su peculiar poética.

La otra característica de la escritura de Juan de Matta es el dominio de los diálogos, elaborados con un lenguaje mesurado, sugerentes cuando tienen que serlo e incluso de una comicidad natural y singular cuando el caso lo amerita y también capaces de transmitir la mayor de las amarguras. Poseen el sentido de la oralidad no calculada. Todo ello se consigue con un lenguaje coloquial, llano, muy humano que recuerda las destrezas de los autores del 1970 con el habla popular. El nicho narrativo de Juan no es, sin embargo, la ruralía imaginaria que inventó la cultura literaria del 1930 o la del Populismo. De lo que se trata es de una ruralía concreta y material, muy contemporánea, que todavía subsiste engastada en el Puerto Rico urbano del siglo 21. No se trata de un mito hasta el punto de que algunos de sus personajes han tomado de vez en cuando una cerveza o un café conmigo.

La otra virtud del arte de narrar en Caroba es ese interesante juego con los tempos que Juan de Matta pone en práctica. La novela camina a un ritmo más o menos pausado en las partes I a la IX; se acelera, en especial al cabo de la parte X y en la parte XI, llegando al final. En ese sentido tiene la tesitura de la memoria y de la historia vivida. Esa asimetría me parece ahora un logro en un texto que, si se narra a una velocidad media, se vería en peligro de perder mucha de su eficacia.

Lo otro es la técnica del final  abierto, la irresolución que se respira al cabo de la lectura. Es como si el autor hubiese querido tan solo plantear el problema, y esperara con paciencia la reacción de los contertulios-lectores. En efecto, al lector no le cabrá la menor duda de que se encuentra ante una novela de tesis. Pero me parece que debo decir que aquel que piense que hacer una novela de tesis es un problema, que tire la primera piedra. Una novela sin tesis de ninguna índole, representa por sí misma la proposición de una tesis.

Lo más notorio de Caroba y donde el autor se presenta como un verdadero maestro, es en el manejo del lenguaje del mundo de los caballos y el deporte de los caballeros, del deporte del paso fino, tan emblemático de la Nacionalidad que en el texto se discute de una manera sesgada pero obvia. Me sorprendió que me dijera que se considera un novicio en ese aspecto. La selección de ese icono popular, no podía ser más acertada. La sola reflexión sobre ese orbe cultural y social implica una discusión profunda sobre la Identidad. Se trata, desde mi punto de vista, de un  discurso autónomo que no necesita recursos alternos manidos para conseguir el fin de articular con claridad las opiniones del autor.

La historicidad del caballo antillano y puertorriqueño es un valor colectivo que muchos, incluyéndome, desconocen. La lectura de la obra de Juan ha sido para mí un taller. A lo largo de la novela, Juan hace alarde del dominio de ese lenguaje, lo problematiza y lo transforma en un código legítimo para discurrir en torno al dilema de la Identidad y sus recovecos más íntimos. Cuatro indicios me vienen a la memoria cuando paso revista sobre la posición que ocupa la narrativa de Juan en ese caso. Esas cuatro pistas resultan en cuatro pilares mayores de Metarrelato Nacional que puntean el imaginario de una historia colectiva que siempre, siempre se reinventa: no hay historia colectiva fija.

La primera es el papel protagónico del caballo puertorriqueño en el siglo 16 en el proceso de consolidación del control sobre México y Perú, hecho documentado por las crónicas de la Conquista. El segundo es la imagen del caballo puertorriqueño y el contraste del mismo con el caballo inglés, presente en un documento de 1598 firmado por el cronista de guerra inglés el Reverendo John Layfield. La tercera, el comentario sobre el equino firmado en 1797 por el naturalista francés André Pierre Ledrú en visita científica a Puerto Rico. Y el cuarto, el personaje del caballo según lo dibujó en 1849 en un cuadro de costumbres Manuel Alonso Pacheco. Mi imaginación histórica es la única autora de este palimpsesto. Ella juega conmigo como la dama seductora que me visita de vez en cuando.

Aparte, voy a dejar los juegos que acometió Abelardo Díaz Alfaro en sus textos poéticos y simbólicos “El josco” y “Los perros”. El papel de la elementalidad de lo agrario y lo rural es variable en ambos textos, por lo que su lectura apela más a la posibilidad de un relato mítico existencialista que al Criollismo Trascendentalista al que ocasionalmente los había asociado. Confieso que cuando me enfrenté por primera vez a Caroba, pensaba que se trataba de un ejercicio de esa naturaleza. La apelación a la Identidad en los referidos relatos es exógena, quien la aporta es el lector consciente de la agonía de su contradicción.

En el caso de la obra de Juan de Matta eso no ocurre. La narración no ofrece oportunidades para la confusión. Cuando se invoca la década del 1950, el signo es la Insurrección Nacionalista. Cuando se buscan espacios concretos que, como un templo, sugieren la Identidad, allí aparece Lares. No se trata de decisiones simples. De lo que trata es de posturas con las cuales el autor no transige. En el mundo bipolar que se construye en la novela, las medias tintas se ahorran del todo. Caroba y Constantino, el puertorriqueño y el cubano, la Nación ante el Imperio, son códigos que no permiten una sola fisura. Esa aparente claridad da a la novela la transparencia que garantiza una fácil y sabrosa lectura y que hacen de Juan de Matta un excelente escritor. Invito a la lectura de Caroba a todos los interesados y sobre todo a aquellos que como el avestruz ocultan su cabeza para no enfrentar la realidad. La garantía de que la disfrutarán está allí. Escribir es pensar, y pensar es imaginar el mundo. Narrar es teorizar sobre el mundo desde un lugar muy específico. Yo acepté la convocatoria de Juan de Matta García. Espero que ustedes también.

En mi casa de Hormigueros, 26 de julio de 2011.

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