Eugenio María de Hostos literato: la novela


  • Mario Cancel Sepúlveda
  • Historiador y escritor

Los especialistas señalan la existencia de un título inicial que algunos dan por perdido y otros explican como un proyecto novelístico inconcluso. Se trata de La novela de la vida, obra de juventud redactada hacia el año 1859. Hostos Bonilla apenas contaba con 20 años. Lo que hoy se juzgaría como el atrevimiento de un joven inexperto, para muchos críticos la novela es un género de la madurez, parece haber sido moneda común en el siglo 19. Alejandro Tapia y Rivera escribió antes de los 22 años sus dos obras iniciales, a saber, la novela El heliotropo y el drama Roberto D’Evreux.

Los estudiosos del universo hostosiano han adelantado la hipótesis de que el breve texto titulado “La última carta de un jugador”, clasificado por su extensión y naturaleza como cuento, puede ser leído como el primer capítulo de aquel ambicioso proyecto. El título mismo de la novela sugería la elaboración de una reflexión profunda sobre el misterio de la existencia en una era de grandes transiciones y conflictos. El fragmento de la novela, si lo fue realmente, posee estructura epistolar y está redactado en un tono confesional apasionado matizado con numerosos elementos autobiográficos. Los lectores asiduos y cuidadosos de la producción de Hostos Bonilla reconocerán en “La última carta de un jugador” la inflexión que domina la retórica de este autor en las entradas del diario íntimo y en algunas crónicas periodísticas reflexivas e intensas como, por ejemplo, “En la tumba de Segundo Ruiz Belvis” redactada 1873 o “Recuerdos de Betances”  que corresponde al 1898. En todas ellas la muerte se convierte en epicentro de una reflexión filosófica penetrante. En estos últimos dos textos, la emocionalidad y la voluntad de transformar al objeto de la elegía en un modelo trágico, a la manera de la búsqueda de una “facultad maestra” que elaboraba Hippolyte Taine en su historiografía que tanto influyó en la reflexión biográfica puertorriqueña durante el siglo 19, se impone.

“La última carta de un jugador” es la confesión de un joven pupilo a su madre de la culpabilidad que siente por haber echado a perder en juegos y apuestas la asignación que le dispensaba su familia para su formación profesional. Los nudos del conflicto, propios de una cultura de la culpa como la cristiana, exceden los límites de lo puramente religioso hasta secularizarse casi por completo. El personaje central se halla atenazado por la seducción del suicidio, un tema común de la discursividad romántica que también se manifiesta en el relato de Betances Alacán que gira alrededor de su prometida muerta, “La virgen de Borinquen” escrito en 1859. Los críticos que afirman el carácter autobiográfico de este angustioso relato se amparan en la peculiar e incómoda relación que tuvo Hostos Bonilla con su madre Hilaria y en el hecho de que el joven educando puertorriqueño mientras estuvo en Bilbao y Madrid, en efecto, echó a perder una parte significativa del estipendio familiar a lo largo de su atropellada vida de estudiante. La relevancia de este breve y emotivo texto es que en el mismo se establecen unas tendencias propias de la personalidad y la cultura romántica que se reiterarían a lo largo de la vida civil y literaria de Hostos Bonilla y que imprimirían originalidad a su producción literaria.

El otro texto narrativo novelesco del intelectual mayagüezano posee preocupaciones análogas. Se trata de La tela de araña escrita en 1863 a los 24 años, manuscrito perdido y reencontrado en 1991 en los archivos de la Real Academia de la Lengua Española por el investigador Argimiro Ruano quien, luego de transcribirla y anotarla, la dio a la luz pública en 1992 en una edición local un tanto descuidada en la ciudad de Mayagüez. La obra volvió a ser transcrita y anotada por un equipo de trabajo encabezado por Vivian Quiles-Calderín, y en 1997 volvió a publicarse como parte de la obra completa con un comentario del profesor Ernesto Álvarez quien, junto al poeta Julio César López, también había participado en la revisión del complejo manuscrito. Un conjunto de debates que, en última instancia, carecen de relevancia obscurecieron este hallazgo de relevancia extraordinaria para la comprensión de la obra literaria del pensador de Mayagüez.

La tela de araña se desarrolla en el Madrid de mediados del siglo 19 y es un estudio moral, entiéndase social, de las relaciones familiares en medio de un mundo corrupto y lleno de peligros para la integridad de la misma.  El texto articula una censura a las trampas o tentaciones que la sociedad, esa metafórica “tela de araña”, tiende al individuo esclavizándolo a las pasiones. El retrato crítico del orden burgués que se desenvuelve en la Europa decimonónica es clave. La impugnación de los valores burgueses que todo lo invaden, a fin de cuentas el ámbito en el cual madura el pensamiento sociológico moderno, anima toda la narración, objeción que se enuncia sobre la base de una moral secular exigente y austera. La novela señala como la más peligrosa de aquellas trampas la mutilación de la individualidad y la homogeneización del ser humano. La textualidad puede ser leída como un alegato individualista neto, uno de los valores centrales del pensamiento social y la sociología de Hostos Bonilla. De igual modo, puede apropiarse como una crítica a la inmoralidad que medra en la ciudad burguesa y como la propuesta de una moralidad racional alternativa. La primera y la segunda lectura no son excluyentes, por cierto.

En esta narración creativa larga, igual que en su narrativa creativa corta, la reflexión se impone sobre la narración por lo que la obra no encaja en el canon de la novela clásica. La trama se edifica alrededor de un triángulo amoroso y de un acto de infidelidad que no se consuma. El triángulo configurado entre Roberto, Consuelo y Palma, es un microcosmos o fractal del todo social por medio de cuyas eventualidades se proyectan las complejidades de la “tela de araña”. El estudio de la familia se elabora como el de una sociedad porque, después de todo, aquella es una de las estructuras naturales elementales de la otra.

El tono del discurso de la narración confirma la concepción propia de aquel siglo de lo femenino como sujeto de lo masculino. La arquitectura de la trama yuxtapone en Palma, esposo de Consuelo, la figura del esposo con la del padre y legitima su condición como la figura que domina la “vida privada” o la domesticidad amparado y legitimado por su racionalidad. La sugerencia de que ese valor proyecta una carencia en la figura del Consuelo está implícita pero la esperanza de que ella pueda adquirirla por medio de una educación científica bien articulada desde la masculinidad también. La asimetría hombre-mujer no se ponía en duda en aquel contexto.

Las palabras que el autor pone en boca de Palma manifiestan todo un arsenal reflexivo extraordinario. La racionalidad que presume el esposo-padre se certifica con argumentos organicistas. Palma es mucho mayor que Consuelo y la juventud de la esposa y, en última instancia, su virginidad, candidez o condición de tabula rasa, garantizan su fertilidad a la hora de sembrar la semilla de la racionalidad. La escuela en la cual esta educación se ejecuta es precisamente la “vida privada” o el “adentro” del hogar o el oikos: la habitación de la pareja, el cuarto de estar, el patio interior, siempre protegido del agresivo mundo exterior.

La “tela de araña” y sus peligros se significan en la “vida pública” o el “afuera”. Roberto, la otra parte del triángulo, entra en contacto con Consuelo cuando la ve muy niña corriendo hacia el balcón de su casa durante un día de fiesta, y expresa su pasión años después durante una fiesta callejera de máscaras en medio de un carnaval como los que se llevaban a cabo en la Gran Vía de Madrid. En ambas situaciones -la niña de 14 años que juega y la mujer casada en la calle- Consuelo se encontraba en una posición vulnerable que la ponía al alcance de Roberto.  La austeridad moral del discurso se transparenta. La sugerencia de que el carnaval es el escenario del instinto, de la liberación de la carne y los frenos morales y que representa una amenaza a la integridad de la mujer es obvia.

Pero si bien el relato confirma la concepción de que la sociedad o “tela de araña” está dañada o “enferma”, también se sugiere la capacidad racional de “sanarla” que Hostos Bonilla, el sociólogo, manifestaría con tanta confianza en su concepción de la “sociopatía”. En términos generales, el concepto no plantea muchas complicaciones: la “sociedad sana” es la que obedece a la “razón”. Después de todo, obedecer a la “razón” es actuar de acuerdo con las exacciones o reclamos de la “naturaleza”, lo que somos sin saberlo y sin poder controlarlo, que conduce de manera ineludible a la ansiada “armonía”. Hostos Bonilla como Immanuel Kant, apropiaba la “moral” o el “acto social” como un imperativo natural inescapable. No cabe la menor duda de que, en ocasiones, da la impresión de que posee la moral de un cuáquero por su carácter puntilloso e insistente. Sin embargo, la misma metáfora del cuáquero también ha sido aplicada a la persistencia de Betances Alacán para con su causa separatista independentista. El fundamentalismo moral, ideológico o religioso plantean problemas análogos, es cierto, pero también poseen enormes diferencias el uno del otro.

La crítica insiste en que esta novela contiene también un fuerte componente autobiográfico. Los paralelos con el escenario de “La última carta de un jugador” son visibles. La figura de la madre es crucial tanto para el estudiante irresponsable como para Consuelo. También lo son las tensiones que se desarrollan entre una y otra parte a la luz de la sensación de que se ha incumplido con ella. El hecho de que las discusiones morales, sociológicas o filosóficas se expresen en el marco de la “vida privada” y la familia y que, en ambos casos, la “vida pública” sea interpretada como un riesgo también. Las angustias existenciales que proyectan estos personajes ausentes de racionalidad o inseguros de ella como los “hombres/mujeres de poca fe”, son otro elemento común. Por último, igual que el estudiante dibuja un Hostos Bonilla que ya había sido, la Consuelo de 14 años prefigura la Belinda Ayala que Hostos Bonilla convertirá en esposa y que transformaría en uno de los personajes centrales de la narrativa creativa corta que discutiré más adelante.

Eugenio María de Hostos literato: apuntes generales


  • Mario Cancel Sepúlveda
  • Historiador y escritor

Eugenio María de Hostos Bonilla (1839-1903) no es sólo un Sociólogo Clásico embebido de las posturas Positivistas de Augusto Comte y que se alimenta ideológicamente de la síntesis Krausopositivista y uno de los fundadores de esa disciplina en Hispano América. También se interesa en la literatura, en especial en la narrativa creativa, durante la década de 1860. Las escuelas, tendencias o tradiciones que le impactan son el llamado Posromanticismo europeo que todavía se vuelca hacia las intuiciones y la invención de una visión edulcorada del pasado; y el Romanticismo Isabelino que, tras la pérdida de imperio español en Indias, cultiva la nostalgia a la vez que manifactura una interesante retrotopía que alimenta sus sueños de grandeza en el signo de los descubrimientos geográficos y la grandeza de la monarquía de los Habsburgo en el siglo 16. Aquella propuesta, que tanto resentían los intelectuales separatistas independentistas y anexionistas, pienso en la voluntad desespañolizadora y su concepción de España como una “madrastra” y no como una “madre” patria, había cumplido la función de motor ideológico de la “euforia de ultramar”, campaña que amenazó la soberanía de República Dominicana y Chile durante aquella inquieta década, a la vez que animó el orgullo rayano en la jactancia por el pasado de la “España descubridora” a la vez que consolidó la contradictoria imagen de “Madre Patria” que por tanto tiempo le acompañó.

Eugenio María de Hostos Bonilla

La relación de Hostos Bonilla con la narrativa creativa fue intensa hasta 1864. En algunos momentos su apasionamiento con aquel medio de expresión literaria daba la impresión de que había encontrado su norte intelectual. Su entusiasmo juvenil, apenas tenía 24 o 25 años, se cimentaba en el criterio de que veía en la novela un vehículo para adelantar sus metas personales, profesionales y sus proyectos ideológicos más reverenciados con el fin de influir de manera inteligente y creativa en el círculo social y de poder en el cual se movía en Madrid. El joven universitario era un simpatizante del liberalismo político clásico y se hallaba en medio de un proceso de radicalización en dirección de un republicanismo de aliento federalista que lo acercaba a las posturas de Ramón E. Betances Alacán aunque sin el componente separatista independentista que ya traducía el médico de Cabo Rojo. La evolución ideológica del joven mayagüezano se aceleró cuando, en septiembre de 1868, las circunstancias lo transformaron en uno de los activistas antillanos que apoyaron la llamada Revolución Gloriosa iniciada el 17 de septiembre acto político que, a la larga, dio al traste con el reinado de Isabel II.

En Hostos Bonilla todo parece ocurrir de prisa: el contacto con el Positivismo, el Krausismo y la síntesis Krausopositivista; y el empeño literario y la pasión por la narrativa creativa se dieron de modo paralelo. El Hostos Bonilla del año 1860 era un estudiante de 21 años, integrista y liberal. El de 1869, ya se había transformado en un profesional de 30 años, separatista independentista y republicano federalista convencido. Por medio de la experimentación literaria y la reflexión filosófica, y al amparo de las exigencias de la praxis que cualquier proceso revolucionario reclama, formuló una interpretación de su situación en el mundo que lo alejó de la España de su tiempo y lo devolvió a las Antillas. En aquel complejo proceso, puso la literatura y la narrativa creativa al servicio del pensamiento social y la sociología con el propósito expreso, como cualquier intelectual moderno, de “cambiar el mundo”.

 

Sociología y narrativa creativa en Hostos Bonilla: una propuesta interpretativa

La visión de Hostos Bonilla sobre la narrativa creativa cambia durante la intensa década de 1859 al 1869 como resultado de diversas experiencias. Primero, su conexión con el Positivismo, el Krausismo y la síntesis del Krausopositivista. Segundo, su activismo en la crisis política de la Monarquía Española y, en particular, el giro que tomó la situación en septiembre de 1868 camino al Sexenio Liberal (1868-1874). Tercero, pero no menos importante, su radicalización ideológica hacia el republicanismo federal y el separatismo independentista confederacionista, decisión que lo convirtió en un agente activo en el proceso revolucionario antillano.

La articulación de su relación con aquel medio literario se da en dos fases concretas diferenciadas. Entre 1859 y 1864, Hostos Bonilla desarrolla una imagen precisa de lo que significa ser escritor y su narrativa creativa a la luz de que esa tarea tiene como fin principal educar y moralizar. El trabajo del escritor y el producto literario es un “acto público” que cumple una función laudable en la Sociedad que sus preceptos filosóficos le han ayudado a comprender y formular. En esa fase el pensador le reconoce a la narrativa creativa, como a toda otra forma de literatura, un margen de autonomía respecto a los reclamos de su Sociología. De hecho, Hostos Bonilla aspira ser reconocido como un igual a otros literatos de su tiempo tales como Mesoneros Romanos, Estébanez Calderón, Francisco Martínez de la Rosa, Mariano José de Larra en la narrativa, la poesía o en el periodismo. La condición de escritor es interpretada como un medio que le permitiría ser reconocido y hablar en nombre de su comunidad: las Antillas. En aquel momento el propósito de “entretener” y la “formar” conviven como propósitos legítimos en el ejercicio escritural.

Los criterios estéticos que manifiesta en sus textos son los del escritor Postromántico maduro. Su retórica exterioriza una buena dosis de emocionalidad y afirma el más radical individualismo. Sus textos y los personajes que inventan se mueven en los espacios de los instintos y las pasiones humanas, hecho que sugiere un peculiar interés por las manifestaciones de lo irracional en el ser racional. Varios estudiosos de la obra de Hostos Bonilla han sugerido que, con ese ejercicio, el mayagüezano enfrentaba el enigma de su propia individualidad y que, en cierto modo, lo que ejecutaba era un ejercicio de autorreflexión con el propósito de conocerse a sí mismo y enfrentar su intimidad indócil.

Aquellas convenciones fueron revisadas después de 1864. La pregunta por responder es por qué sucedió así. Mi propuesta teórica o conjetural es que, según se intensifica la relación con el Krausopotivismo en el contexto de su activismo político y su radicalización ideológica sus prioridades cambiaron: la imagen del escritor y la relación con la narrativa creativa fueron reformuladas. La reflexión filosófica y el reclamo de la praxis tuvieron el efecto de poner en duda sus concepciones previas con el resultado neto de sosegar su producción narrativa.

Lo cierto es que, después de 1864, Hostos Bonilla abandonó la intensa relación que tenía con la narrativa larga y ya no produjo otra novela. Su vinculación con la narrativa no desapareció sino que fue reformulada: en adelante el pensador experimentará con la narrativa corta en la forma del cuento o la fábula de manera esporádica. El giro le condujo a revisar también la relación entre sociología y literatura haciendo que la segunda perdiese autonomía respecto a la primera. En adelante “entretener” sería siempre menos relevante que “formar”, actitud que transforma la narrativa en un instrumento netamente político y pedagógico al servicio del sociólogo y el activista. A partir de aquel momento, Hostos Bonilla desarrollaría una “escritura comprometida” sin que ello, desde mi punto de vista, afecte la calidad estética de la misma.

Entre 1878 y 1901 Hostos Bonilla “abandona”, por decirlo de algún modo, casi por completo la narrativa creativa y se aleja de la idea de que ello es un “acto público” pertinente. No abandona la literatura del todo: practica el ensayo crítico y el periodismo o la crónica pero, como se sabe, aquel era un siglo en el cual aquellos géneros no eran considerados propiamente literarios. La narrativa creativa hostosiana en aquel periodo fue manejada como “acto privado” que debía servir para modelar la familia que había fundado tras su matrimonio con Belinda Ayala en 1878. En ese sentido, aunque conserva el fin de educar y formar que le atribuía en la primera fase, devalúa su papel y limita su alcance al marco de la domesticidad. Hostos Bonilla sabe que el sociólogo requiere de un medio de expresión como “acto público” por lo que compensa la supresión de la narrativa creativa con el periodismo en el cual recurrirá a la narración o a la crónica de manera constante. En el contexto de su siglo, suplantaba un medio literario con otro que para muchos no lo era.

Como la Sociología hostosiana veía en la política o el gobierno y en la educación o la pedagogía los instrumentos idóneos para sanar o cambiar el mundo, la postura de la narrativa como “acto privado” de la segunda fase no traiciona la postura ante la narrativa como “acto público” de la primera fase. Desde cierto punto de vista la continuaba pero, ciertamente, limitaba su alcance probable. Dado que la familia era el colectivo o agregado base de la sociedad, se cumplía con el reclamo teórico de la Sociología. Después de todo, el escritor mayagüezano no había planeado hacer público aquellos ejercicios narrativos destinados a la domesticidad y, en efecto, tampoco podía saber que iban a ser impresos y difundidos por sus estudiosos alguna vez.

La narrativa creativa hostosiana: fuentes

La narrativa creativa hostosiana plantea problemas particulares. En primer lugar, cuando el investigador ubica su objeto de estudio con lo que se encuentra es con un registro de textos narrativos que no encajan en la preceptiva clásica o el canon decimonónico y que, por el carácter híbrido que manifiestan, han llamado poco la atención de la crítica convencional. Cuando hablo de hibridez me refiero a que, en la escritura de un género literario dado ya sea el cuento o la novela conviven con los reclamos propios del género, procedimientos de otros géneros literarios o de otros campos de reflexión intelectual que opacan a aquellos. La inversión de ese tipo de recursos, por sus efectos en la textualidad, incomoda a los puristas dado que choca con la preceptiva dominante. No olvidemos que para muchos analistas las estampas de Manuel Alonso Pacheco no encajan en la tradición del cuento puertorriqueño moderno. El problema no radica en el texto sino en la estrechez de la crítica.

En el caso específico de Hostos Bonilla, su narrativa creativa utilizaba operaciones del ensayo, la poesía y el periodismo que se revelaban en reflexiones sociológicas, históricas y filosóficas que daban una tesitura particular a la narración. El sociólogo y el educador se superponían al literato o al narrador.  Ese tipo de prácticas dejó en algún momento de representar un problema interpretativo, es cierto. De hecho, algunos de los más connotados narradores del siglo 20 llegaron a convertir esa técnica en una verdadera obra de arte. El autor checo Milan Kundera (1929), ha sido uno de los modelos más completos de ello.

Sin embargo, la aplicación de ese tipo de procedimientos no comenzó a generalizarse sino entre fines del siglo 19 y principios del siglo 20 cuando una ruptura con el realismo ortodoxo y los avances de un irrealismo agresivo, se manifestaron con fuerza en varios narradores de origen francés, alemán e italiano como fue el caso de André Gidé (1869-1951), Thomas Mann (1875-1955) o Luiggi Pirandello (1867-1936), por mencionar sólo algunos de los más relevantes.

Esto no debe interpretarse, desde mi punto de vista, para afirmar que Hostos Bonilla fuese un “adelantado” literario de las vanguardias ni nada por el estilo. Lo único que me autoriza a afirmar es que cuando enfrentó la narrativa creativa con aquella actitud de apertura era bien poco probable que se le comprendiera y que, lo que para él era una necesidad intelectual acorde con su formación filosófica, fuese interpretado como una impureza o un defecto de estilo. La crítica literaria, como la literatura misma, también es un reflejo parcial de los contextos históricos en los cuales se produce.

El efecto más visible de ese tipo de aproximación en la narrativa creativa hostosiana es que los textos se mueven entre la narración y la reflexión a favor de la segunda y, en muchas ocasiones, el relato, los acontecimientos, las descripciones, los escenarios, los personajes y los diálogos se ponen al servicio de la reflexión. La impresión de que la voluntad pedagógica se ha impuesto a la voluntad estética o de que se ha puesto el arte al servicio de una causa se impone. La situación es semejante a la que genera la lectura de las narraciones de Manuel Corchado y Juarbe, el intelectual isabelino del siglo 19. Para Hostos Bonilla ello no debía representar un problema porque, después de todo, el mayagüezano nunca hubiese puesto en duda que el fin último de la literatura seguía siendo la “formación” y no el “entretenimiento”. Dadas esas condiciones, la narrativa creativa de Hostos Bonilla ha requerido siempre una lectura y una crítica no-convencional.

En segundo lugar, en Hostos Bonilla como en Betances Alacán, la narrativa creativa breve y la escritura periodística, ya sea en la forma de la crónica o el artículo, siempre son difíciles de diferenciar. Los textos narrativos de Francisco Gonzalo Marín producen un efecto análogo. Las narraciones del guerrillero “Pachín” o las de “El Antillano”, a pesar de todo, podrían ser parte de la genealogía de una historia abierta de la narrativa puertorriqueña que, sin embargo, no ha madurado todavía por el estreñimiento que produce el canon. Cuando se trata de trabajar este tipo de escritores hay que partir de la premisa de que la narrativa creativa de uno y otro no termina con los cuentos o las novelas. Hostos Bonilla es un sociólogo que ve en la política o el activismo y en la educación o la formación, los instrumentos idóneos de la praxis revolucionaria. El periodismo era uno de los géneros más dinámicos del siglo 19 y el intelectual puertorriqueño lo cultivó con ímpetu en el marco de sus múltiples viajes por Hispanoamérica y de su compromiso político antillanista. Del mismo modo que el periodismo es puesto al servicio de la política, la narrativa creativa es puesta al servicio de la educación.

Hostos Bonilla trata ambos medios como instrumentos de un fin mayor y los elabora como la expresión de un “compromiso”. Las referencias de narrativa creativa utilizadas para esta reflexión provienen de la edición de la completa de 1992 preparada bajo la guía del profesor Julio César López y el Instituto de Estudios Hostosianos. El alcance de la misma incluye la narrativa creativa larga o las novelas, y breve o los cuentos. Por cuestiones de tiempo y espacio excluiré la narrativa periodística en la forma de crónicas o artículos para futuras indagaciones.

Publicado originalmente en 80 Grados-Historia

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