Policíacas: comentarios sobre el subgénero en Puerto Rico (I)


  • Mario R. Cancel
  • Historiador y escritor

¿Es posible que la novela policíaca represente la plenitud de la conciencia política en tiempos de disolución del compromiso social?  Eso me sugirió en una ocasión  un novelista al que admiro y respeto mucho: Elidio La Torre Lagares. Ni siquiera recuerdo en qué momento ocurrió  el evento. Fue en medio de una de esas largas conversaciones que entablamos como resultado de  la casualidad de un encuentro o al cabo de la presentación de alguno de sus libros. La idea me dado vueltas en la cabeza desde aquel remoto entonces.

Cuando me correspondió prologar políticamente la antología de poesía que publiqué con Alberto Martínez Márquez, El límite volcado (2000), me vi forzado a evaluar el compromiso social en lo que entonces veía como nuevos poetas con nuevos lenguajes literarios. Hablé, recuerdo, de un “callado compromiso”, que contrastaba con los alardes triunfalistas y el reclamo a todo pulmón que dominó, por ejemplo, a la Generación del 1960 y que tantos equívocos produjo en su momento. En verdad lo que veía en el año 2000, era que la nueva generación resultaba menos pretenciosa e idealista, pontificaba menos y aceptaba una posición menos protagónica en el orden y el proceso de cambio social.  Si esa actitud desembocaba en conservadurismo o en la renuncia a la vida heroica, era otra cosa.

Todavía a la altura de 2011, estoy convencido de que el problema no radica en la disyuntiva de estar comprometidos o no con la humanidad, sino en la actitud que se adopta cuando el escritor, por medio de su obra, reinventa la vida social y la poetiza (re)fundándola en la palabra. La sensibilidad del escritor, enmascarada a veces en el cinismo o apoyada en la piedad más irrisoria, siempre es el resultado de una transacción con la vida ridícula que le rodea. Una vida en la  que el poder y sus ejecutores se pavonean en la inmundicia o con los problemas de la escasez, la violencia o la crueldad rampante. En cierto modo, la evaluación de esa crisis, me ha forzado a volver a la Novela Policíaca con tanta avidez en los últimos meses.

Después de todo, algunas de la piezas claves en el derrumbe de la Novela tal y como la inventó la Modernidad desde los nichos del Romanticismo, el Realismo Social y el Naturalismo, son narraciones policiales que sembraron la semilla de la incertidumbre en el seno de la imago mundi dominante. La Novela Policíaca de corte Existencialista Fenomenológico, y aquellos ejercicios que se  ubicaron en la frontera de la Anti-Novela, fueron claves para el desenvolvimiento de  la Cultura Literaria Postmoderna.

El asunto despierta mi interés precisamente porque la trama policial es el producto racional por excelencia, poseedor de una arquitectura dominado por una lógica inflexible que, teóricamente, existe para plantear un misterio y debe conducir a su resolución definitiva y final –el hallazgo de la Verdad– del mismo modo que lo pretendía la Ciencia de raíz newtoniana. El desencaje más abrupto ocurre cuando se ejecuta todo ese ejercicio y se decide que la Verdad no aparecerá, por lo que la Racionalidad y la Ciencia, resultan traicionadas por el imperio de lo incierto.

Dos casos narrativos llamaron siempre mi atención en esta dirección. Ambos son de 1956 y producto de dos distinguidos narradores de cultura francesa. Primero, La doble muerte del Profesor Dupont de Alain Robbe Grillet, vuelta a publicar posteriormente con el título de Las gomas. Wallas es policía o asesino, Dupont podría estar o no muerto, la verdad se reduce a la volubilidad de la hipótesis y, en el proceso, la narración se descoyunta, es demolida e inorgánica. La novela ¿deja de ser novela por ello? ¿el carácter policial se diluye por la ausencia de una verdad?

La otra es  Retrato de un desconocido de Nathalie Sarraute en la cual Jean-Paul Sartre leía una parodia de las “novelas de indagación” que es casi como decir una burla de la búsqueda de la Verdad. El personaje, aficionado a las técnicas detectivescas, y cercano al voyeurismo, inventa misterios tras  la vida trivial y aburrida de un padre y una hija bastante adultos y gastados que a nadie llaman la atención. La búsqueda del personaje, en fin, no conduce a ninguna parte porque más allá de aquella ordinariez no hay nada, solo las fantasías del mirón furtivo. ¿No habrá detrás de ese aserto una parodia dura de las presunciones de toda ciencia o de toda filosofía?

Las novelas policíacas puertorriqueñas que me ocuparán en las próximas páginas no albergan  ese tipo de  pretensiones. Más bien encajan en el marco de lo que fue la Novela Policíaca tradicional, tan vinculada al proyecto Racional y a la aspiración de Universalidad heredada de la Ilustración y del Siglo de la Ciencia. Por su lenguaje y su estructura, recuperan el artificio del engranaje del misterio y su resolución con maestría. Pero  la vez se insertan en el ideal del Romanticismo, el Realismo Social y el Naturalismo, en la medida en que cumplen con el deber moral del comentario social. Después de todo, esa ha sido la “naturaleza” pretendida de la novela, como género que mejor significa la Modernidad: la de ser un espejo o speculum del mundo económico, social y cultural que permite su producción.

El caso de Wilfredo Mattos Cintrón y sus Desamores (2001), y el de Francisco R. Velásquez y su relato El ángel del verso, escogidas muy al azar, me servirán de modelo para elaborar un comentario sobre la situación del subgénero en Puerto Rico y el papel que puede cumplir en la literatura presente y futura. Desterrado del nicho universitario, moviéndose como quien repta en círculos de heterodoxos elitistas que confían demasiado en su excepcionalidad, estas narraciones son piezas para leerse en una banca de La tertulia de Río Piedras o en un bar de la capital después de varios tragos. Pero también podrían ser leídas en otros espacios menos exclusivos. Me consta y espero que así sea.

Entrevista de Suzie Vieira a Mario R. Cancel


El texto que sigue es el manuscrito de una entrevista de la periodista francesa Suzie Vieira a Mario R. Cancel los días 26 y 27 de junio de 2010 para la revista cultural francesa de viajes Ulysse. El asunto discutido fue la imagen de Puerto Rico mirada desde adentro y desde afuera en el contexto del reciente Festival de la Palabra.

Cuándo un turista europeo se va a Puerto Rico, piensa encontrar una isla caribeña, un paraíso con palmeras, playas maravillosas, etc. Uno muchas veces tiene este cliché en la mente. Pero cuando se llega al aeropuerto ve a las autopistas, los grandes coches americanos, etc. En el taxi hacia San Juan, se ven los buildings. Y ahí uno se acuerda de que llegó a un territorio americano. Así que lo más sorprendente para el turista es este carácter híbrido que se nota en el Viejo San Juan: por un lado, las casas coloniales, los adoquines, la salsa tocando por la noche en la Plaza de Colón… y por el otro lado, las tiendas Ralph Lauren, Bank of America, Mc Donald’s, Wendy’s, etc. ¿Esta doble identidad, este carácter híbrido del Viejo San Juan cristaliza o materializa la esencia de este país, su identidad híbrida?

Me temo que es la nota distintiva de la Nación. También la más difundida en los medios: atrae turistas con dinero. Ello puede haber sido una clave en el proceso de distanciamiento -cultural, espiritual, político, económico y social- que caracteriza las relaciones de nuestro país con el orbe europeo o el iberoamericano. Puerto Rico es ex europeo y ex iberoamericano. Allí radica parte de la riqueza caótica que caracteriza eso que denominas nuestro carácter híbrido. Algunos pueden verlo como una tragedia pero cada vez son los menos.

Por otra parte, muchos de esos distintivos son signos y artefactos de mercado que se multiplican día a día como por la orden de un dios omnipotente: dios hizo la propiedad y la American Express y vio que eso era bueno. En ese sentido, la hibridación a la manera global, no garantiza ninguna exclusividad. Por el contrario, conduce a una homogeneidad que puede resultar aburrida. Nuestra única ventaja es que entramos en el sendero de la macdonalización, me gusta lo patético del concepto de George Ritzer, antes que otros pueblos Iberoamericanos. Me temo que también nos aburrirá más pronto que al resto de las economías en desarrollo.

El problema radica en que el Puerto Rico imaginario de los otros, se apoya en una fuerte dosis de desconocimiento y en algunas estampas que acaso tienen algún valor turístico o de mercado. El wikisaber puede ser tan tragicómico como la ignorancia, pero ambos suelen resultar creativos. El turista siempre es un Colón descubriendo su América, pero presumiendo que está en las Indias. Confieso que he aprendido a vivir en el “sueño americano tropical” y que no me produce mucha angustia. Todavía quedan algunas playas maravillosas con palmeras entre los hoteles para turistas.

¿Qué le inspira la ciudad de San Juan? ¿Cómo la definiría usted? ¿Cuál es su alma?

Primero, te aclaro que soy de la periferia, de las provincias, de la Isla Grande. Mi respuesta es la de un advenedizo y un transeúnte. Me inspira una sensación amarga de pasado-presente y viceversa. Se trata de un presente que ilusiona. En el proceso, trato de convencerme de que tiene un futuro promisorio. No cuestiono que tenga un futuro, el futuro es inevitable y hasta las piedras poseen uno. Lo que me atemoriza en el carácter que tendrá el mismo.

Me inspira la ilusión de poder o de capitas que expresa. Me emociona la gestualidad histriónica de su gente, sus pestes atemporales. Si encontrara un lugar en San Juan donde no estuviese nadie, me quedaría allí por algunos minutos. Una vez me pasó en el Callejón del Toro en la ciudad vieja y, poco después, escribí un cuento del asunto.  La defino como el objetivo de un atentado que hay que cometer. Puerto Rico es una metáfora de lo pequeño, pero si lo pequeño se reduce a una sola de sus partes, siempre seremos tuertos en país de tuertos.

San Juan es una equivocación y exabrupto. Tal vez sirva de algo la metáfora del tatuaje que sintetiza un discurso que te conecta con un grupo artificialmente constituido. Por eso me gusta, por sus contrastes. Allí están, en algún rincón, buena parte de mis conocidos. En esa ciudad me formé intelectualmente pero siempre con la sensación de la extranjería: el pasaporte que se pagaba para ingresar era barato. San Juan me inspira sensaciones incómodas: lo amo.

¿Cuál es el lugar de San Juan que mejor simboliza para usted esta ciudad? ¿Por qué?

Los callejones de la calle de la Fortaleza, la Luna o el Sol. El del Gambaro, el del Tamarindo el del Toro. Nacen y mueren en medio de  signos de poder, conducen por la sombra a unas calles llenas de comercios y turistas desde donde sientes el olor del mar. Esos predios poseen una larga historia de violencia y cultura que, por lo regular, resulta extraña para los transeúntes. Todo ocurre como en un cultivo de bacterias que se desborda.

El otro lugar que la simboliza son los jardines  de la Casa Blanca y su apoteosis, el rincón arábigo español donde algunos artistas van a ejercitarse dibujando detalles. Es como un agujero de gusano de los que habla Stephen Hawkings. Lo que me gusta es como allí se niega a la ciudad.

¿Cuál es para usted el más bello texto literario escrito sobre San Juan? ¿Puede citar unas o dos oraciones?

No recuerdo ninguno, no me fijo en esos detalles. Pero nunca olvidaré el siguiente que podría obrar en cualquier antología de micropoesía popular: “Sicópata es dios”, grafiti anónimo que encontré hace más de 10 años en un muro del cementerio de la ciudad vieja cerca del arrabal de La Perla. En el piso había varias agujas y algunas manchas secas de sangre.

¿Cómo definiría usted Puerto Rico si tuviera que hacerlo en una sola frase?

No podría hacerlo.

Para algunos extranjeros, San Juan aparece como una gran ciudad moderna sin alma, con todas las características del American way of life. El Viejo San Juan, Ocean Park e Isla Verde tienen mucho de algo como el “showcase” caribeño de Estados unidos. Pero unos pocos kilómetros más lejos, en el camino hacia Piñones, parece que entramos a otro Puerto Rico: más criollo, más mestizo, más negro… ¿En Piñones empieza el verdadero Puerto Rico?

Creo que los dos son igualmente falsos. No hay tal cosa como un verdadero Puerto Rico. Como tampoco hay una verdadera Francia o una verdadera Cuba, que se alcen ante otra que no lo es. La Nación es un concepto frágil, abierto, dúctil y maleable, como esos uniformes futuristas que se ajustan a la forma del cuerpo humano y su diversidad y sus volúmenes. Me puedes pedir un Puerto Rico particular y bizarro, y te aseguro que en algún lugar lo conseguiré. Pero también encontrarás alguien que lo niegue.

A mí en lo particular no me gustan todos los puerto ricos que conozco, pero esa diversidad es inevitable cuando se trata de un concepto al cual todos apelan desde diversas posturas y con variadas finalidades. La Nación de Emilio S. Belaval, la de Enrique Laguerre y la de Pedro Albizu Campos, cuentista el primero, novelista y maestro el segundo, abogado y activista el tercero, no es la misma. Depende de la mirada.

Identificar un verdadero Puerto Rico con el de la cultura popular significa ver a los otrora invisibilizados. Esa es una postura válida propia de una parte de la intelectualidad de fines del sesenta y principios del setenta del siglo pasado. En Puerto Rico la sintetizaron escritores desde Luis Rafael Sánchez hasta Edgardo Rodríguez Juliá. Pero cuando ello se toma a la ligera, puede justificar la invisibilización de los demás y la obnubilación  de una diversidad contenciosa que también posee su riqueza. En la Milla de Oro hay un cafetín pequeño que salta a la vista por su rusticidad. Como quien dice, la banca bebe allí: cosas veredes.

Creo en la diversidad y la pluralidad de puerto ricos en el sentido más preciso de la palabra. Hoy por hoy Piñones y la mulatería, las artesanías y los cuchifritos, son también parte del “showcase” o vitrina del capital americano en el país. Lo son en la medida en que venden un exotismo fácil que alimenta el aventurerismo y afirma la capacidad americana de apropiar la diversidad.

En una entrevista, Héctor Feliciano, para describir la invisibilidad internacional de Puerto Rico y reivindicar su posición de cruce insular, utiliza esta imagen: “En los atlas, Puerto Rico sale siempre en este lugar incómodo y cóncavo que queda entre dos páginas enfrentadas”. ¿Qué piensa usted?

Bueno, si se trata de mapamundis proyección Mercator en tamaño coffee table book, puede ser. Es una metáfora muy gráfica pero también muy superficial viniendo de un intelectual de un país invisible. Me suena a lamentación y encono. Mi respuesta es algo cínica pero para una metáfora superficial, una respuesta cínica. Cada vez que alguien dice algo como esto sobre nosotros produce un sobresalto. Julio Ortega desde una ubicación visible, lo hizo en el 2005 y provocó un interesante y curioso revuelo entre la intelectualidad joven.

El planteamiento de Feliciano dice algo que todos sabemos. Incluso tenemos una larga lista de respuestas y explicaciones-justificaciones para esa situación. Quizá lo más urgente sea la búsqueda de soluciones -si las hay-, y no sé si Feliciano, con sus luces, ideó alguna. Tal vez haya que preguntarse  qué significa la invisibilidad y qué ventajas reportaría el ser visible. Sobre todo, ¿visibles para quién y bajo qué circunstancias? ¿Qué nos aportará esa visibilidad? ¿Es la invisibilidad un hecho absoluto?

Ahora una broma de mal gusto. Según derivo de algunos libros de espiritualismo -es un tema que trabajo como historiador cultural-, los seres invisibles se ven a sí mismo en su incorporeidad. Vaya, los invisibles solo lo son para los visibles.

Suzie Vieira, Mario R. Cancel

He leído que la renta per capita de Puerto Rico es mayor que la de Chile, el vecino más rico del sur, pero menor que la de Mississippi, el estado más pobre del vecino del norte. Desde una perspectiva geopolítica y también económica, ¿será Puerto Rico la cola de león respecto a Estados Unidos y la cabeza de ratón respecto a la América hispana?

Te lo digo con una fórmula espontánea. Puerto Rico sintetiza las ensoñaciones de consumo conspicuo de buena parte de los iberoamericanos que nos desconocen tanto como nosotros a ellos. Estados Unidos  sintetiza las ensoñaciones de consumo conspicuo de buena parte de los puertorriqueños que desconocen ese país tanto como ellos a nosotros. Cola de león y cabeza de ratón parecen versos africanos ¿por qué no un jaguar y un mico tití? Broma aparte esto tiene que ver con nuestra condición de eslabón y vitrina entre el mundo sajón y latino, heredada del Populismo.

Por un lado, el primer indicio de inutilidad radica en que la idea bolivariana de que Puerto Rico sea un problema para Iberoamérica, o la idea de Albizu Campos de que Puerto Rico sea una clave para el futuro de América me resulta hermosa y romántica, pero vacía.

Por otro lado, el(los)  problema(s) de Puerto Rico, cuando se reducen a estadísticas como esa resultan reduccionistas y no me dicen mucho de lo que ocurre aquí. Si se tratara de un problema de ingreso per capita y posibilidades de consumo, solo tendríamos que hacer un plan distinto para que la gente de cada orbe pudiera pagar sus tarjetas de crédito a un ritmo más acelerado o más lento, o con tasas más altas o más bajas de interés. Pero ya sabemos que la crisis financiera azotó a todos por igual. Lo que te digo es que el dato del ingreso per capita es solo eso, un dato.

La cuestión del estatus de “estado libre asociado” parece ser muy importante en el debate político de la isla como para los representantes de la cultura. Pero al pueblo parece que le conviene esta situación si consideremos los resultados del referéndum sobre el estatus en 1998. ¿Cómo los puerto-riqueños viven esta cuestión del estatus?

En la medida en que la situación  les permite acceso al sueño americano, lo toleran y hasta lo disfrutan. Eso es válido lo mismo para el pueblo que para los intelectuales. También lo hacían los caribeños e iberoamericanos que desembarcaban del Ferry que atracaba en el muelle de la Ciudad de Mayagüez, el viejo oeste, y peregrinaban hacia el Walmart que ubica en el Mall que está a unos kilómetros de mi casa. Hay que verlos en su camino sacrificado a ese nuevo Montserrat.

Pero me parece que reducir el “problema de Puerto Rico” al estatus como lo hizo la Generación del 1930 y el 1950, ya no es aceptable. Implica una imposibilidad y una utopía: que resolver el estatus y entrar en el derrotero del Metarelato Liberal y Progresista es la panacea. La impresión que tengo es que la preocupación de la gente y la de los intelectuales no convergen. Me temo que nunca han convergido del todo.

En alguna ocasión he dicho que, incluso, en las generaciones intelectuales más recientes, esa preocupación moral por el estatus se ha moderado de manera visible en la medida en que la relación de los representantes de la cultura con la gente ha ido cambiando en la postmodernidad. Una de las maneras de afirmar la revisión de la herencia del 1970 en las promociones de fines del siglo 20 fue precisamente esa. En el prólogo de la antología El límite volcado (2000) la denominé con la metáfora del “callado compromiso”. A la altura del 2010 me reafirmo en esa propuesta. No se trata de que los intelectuales sean menos sensitivos ante la cuestión colonial o la de la crisis social. Se trata de que son más reservados porque reconocen que el papel de la creación cultural e intelectual en el proceso de transformación social es relativamente menor en el presente.

Cuando yo estuve en San Juan para el Festival de la Palabra me dieron un papel reivindicando el uso del idioma español y reclamando su defensa. ¿Por qué este tema del idioma es tan importante para los puerto-riqueños?

Es importante para aquel sector intelectual que todavía tiene de la  Nación una concepción herderiana, genética y esencialista. Para los constructivistas y los relativistas culturales, su relevancia es menor. La percepción del inglés como una imposición de los invasores que era válida por lo menos hasta 1950, tiene mucho que ver con eso. En el presente, dado que quien impone el idioma es el mercado, los artefactos de la revolución informática, los medios masivos de comunicación controlados por el otro, la resistencia a la imposición se ha atenuado.

Yo creo que se puede ser puertorriqueño o bohemio en francés: Betances y Kundera lo fueron. No creo que el idioma siga teniendo la misma importancia en el discurso de la resistencia en tiempos del hipermercado global. Hablar buen o mal español, o buen o mal inglés, es un componente secundario a la hora de una Revolución o de una caricatura de la misma.

En un artículo de El País, Mayra Santos Febres hablaba de un “espíritu corsario” de los puerto-riqueños, heredado del pasado de la isla, para explicar la doble cara de esta nación: la de la legalidad, y la de la ilegalidad, de esta actividad subterránea muy común en todo Puerto Rico. ¿Puerto Rico tiene para usted una forma de espíritu “corsario”?

Si me ubico en el imaginario de Pirates of the Caribbean, preferiría el espíritu pirata por su apelación a la anarquía y a la solidaridad que me recuerda el mito del Estado Natural rousseniano.  El pirata Cofresí me estimula más que el corsario Henríquez o, bien sea, que Pedro Vicente de la Torre, para escoger un corsario blanco como Cofresí. Recuerda que la duplicidad entre legalidad e ilegalidad del corsario dependía de la patente y la autorización de un poder: su amparo seguía siendo el Estado. Me pregunto, como si fuera una broma ¿quién expidió la patente del “espíritu corsario” puertorriqueño? ¿La Hispanidad o la Americanidad?

La mayor parte de la gente o del pueblo está ajena a lo que implica simbólicamente el corsariado pero eso solo lo digo para salvar mi responsabilidad como historiador. Creo que muchas de la metáforas que construyen nuestros escritores como un emblema de los somos colectivamente chocan con dos problemas. Primero, nos representan con un lenguaje que no le dice mucho a la gente. Segundo, apelan mejor al interés de otros intelectuales que al pueblo que quieren representar.

Por lo demás, el concepto me parece interesante en la medida en que muestra a Mayra como una continuadora de la tradición que identifica a un verdadero Puerto Rico con el de la cultura popular. Ya te dije lo que pienso de eso.

¿Se podrá resumir la historia de Puerto Rico en una serie de conquistas, anexiones y colonizaciones? ¿Un país que nunca fue independiente y no tiene muchas ganas de serlo?

Sería un procedimiento tan reduccionista como el de las estadísticas de ingreso o renta per capita. La primera parte, “país que nunca fue independiente”, es cierta. Supongo que por allí habrá otros países inexistentes con el mismo estreñimiento o incapacidad: Quebec, Vasconia, qué se yo. La segunda, que “no tiene muchas ganas de serlo” resultaría problemática para muchos intelectuales que podrías entrevistar en el futuro en este país. Los incomodaría pensar que ese presunto destino liberal está cancelado. A mí no.

Ya sabes: desde el siglo 18 los intelectuales están seguros de que son responsables del futuro de la Humanidad y de que la Razón les ha convertido en unos iluminados o Mesías guía de un pueblo.  Incluso aquellos que identifican el verdadero Puerto Rico con el de la cultura popular, los populistas y neopolulistas más radicales, son intelectuales que  se perciben de ese modo. Creo que si alguien puede argumentar bien ambas posturas podría asumir la historia del país de ese modo tan simple. Los riesgos son suyos. No míos.

Documento: Mayagüez y la llamada Generación del ’80


  • Mario R. Cancel
  • Escritor e historiador

Recientemente leímos, con sumo placer, los escritos donde se discutía la naturaleza de lo que ha comenzado a perfilarse como una nueva generación de poetas: la del ’80. En los escritos de Rafael Acevedo y Zoé Jiménez se nos habla de una manera de escribir propia de los jóvenes que empezaron a producir en los años ’80.

Las coordenadas del bagaje bibliográfico-teórico son conocidas para la mayoría de nosotros: Lima, Ché Meléndez, entre los mayores; Albaladejo, Nieves Mieles, Fontán, la revista Taravilla y el taller “Intemperie”, entre los más recientes y mejor logrados. Faltan, obviamente, muchos poetas y revistas en la nómina, pero completar la misma no es posible en un sólo artículo.

Lo que sí nos sorprendió fue la ausencia de la experiencia lírica de unos cuantos que alzamos la bandera de la poesía en el Recinto Universitario de Mayagüez precisamente en 1980. La presencia de los talleres de creación y del periodismo estudiantil en el colegio fue, en términos generales variada y valiosa.

Generación del 1980

No nos referimos tan sólo a los esfuerzos de Luis Cartañá a través de “El Árbol de Cristal”, o de la añorada tertulia de la librería “El Quijote” de Guillermo Martínez, o a los talleres de creación de Loreina Santos Silva tan cruciales, por otra parte, para el desarrollo del buen gusto literario y del espíritu crítico de los jóvenes autores.

El periodismo estudiantil también fue rico y publicaciones como El Chicharrón y Clarinada, ofrecieron sus páginas para la expresión de la joven lírica. Los mensuarios políticos Venceremos (FUPI) y Bandera Roja (UJS-MSP), fueron un valioso modelo y acogieron en sus páginas breves escritos en donde la sátira y el humor comprometido predominaron.

Fuera de los talleres y las revistas estudiantiles, pero con un gran sentido de poeta distinto, hay que mencionar a Sabino Méndez, fino poeta y cuentista prácticamente desconocido. Y en el campo de la promoción de la literatura joven no se puede olvidar a Sotero Rivera Avilés que ha dado vida al concurso literario del Instituto Comercial de Puerto Rico durante ocho años. Muchos de los llamados poetas del ’80 han sido premiados en ese concurso, Albaladejo y Nieves Mieles, entre otros.

Revistas como Mairena de Manuel de la Puebla y Amaneceres de Ángel Gómez, ofrecieron sus páginas a los jóvenes escritores de esta década. Allí conocimos la poesía de Martínez Márquez, pero también vimos proyectarse la de Sabino Méndez.

En el campo de los talleres, el Recinto de Mayagüez fue cuna de uno que desplegó una amplia labor en materia de lecturas de poesía, conferencias y charlas de historia. Ese fue el Taller “Caramba”. La radio y la prensa local fueron utilizadas como vehículo para transmitir lo que se consideraba correcto. En el Taller “Caramba” se desarrollaron poetas que hoy hemos perdido de vista como Yolanda Rivera y otros que apenas publican, como Carmelo Medina Jiménez. Cerca de ese taller se desarrolló también el autor de estas líneas.

Esos jóvenes poetas se alzaron, o más bien, nos alzamos contra lo que llamábamos entonces “la traición del ’60”. Creíamos que la gente de Guajana y Mester había olvidado un compromiso histórico de lucha y así lo hicimos saber.

Hubo confrontaciones con los más recalcitrantes del ’60 y actuamos como esperábamos actuara la generación modelo. No queríamos publicar libros y realizamos lecturas en plazas, centros comunales, universidades, festivales de pueblo y actos políticos. En ningún momento nos sentimos preteridos porque la poesía era nuestra fe y la persistencia nuestra divisa.

Unos cuantos del ’60 se nos acercaron. Recuerdo a Loreina Santos Silva, Juan Torres Alonso, Germán Delgado Pasapera y Carmelo Rodríguez Torres. Nos parece que la animosidad que teníamos con los compañeros del ’60 fue un proceso natural de búsqueda de espacio en el mundo de la lírica. En 1988, ninguno de nosotros pensaría como hace ocho años.

De hecho, del panfleto de atmósfera urbana pasamos a experimentar con la metáfora, con la sinestesia, con la experiencia de la negritud y con la historia. En este momento, de cara a la década finisecular, debemos reconocer que en 1980 faltaba mucho por aprender. Asimismo, en 1988 falta mucho por aprender y la maduración de aquel puñado de poetas está por darse.

Muchos fueron los imperativos históricos que nos golpearon en aquellos años. El resquebrajamiento del “ela”, las nuevas luchas universitarias con su secuela de expulsiones, el romerismo, la incidencia del pensamiento neo-marxista, el debate en el seno de los sectores socialistas y una gran cantidad de lecturas y re-lecturas de viejos y nuevos maestros. Recuerdo la emoción y la rabia con la que leíamos a poetas tan dispares como Giusseppe Ungaretti y León Felipe; Juan Larrea y Pablo Neruda; Otto René Castillo y Jorge Luis Borges.

Nosotros somos hijos del “ela”, pero también somos los hijos de la generación revolucionaria por excelencia: el ’60. En nuestra evolución, aquellos que en el 1980 atacamos al ’60, nos hallamos ahora trabajando a su lado. Igual sucedió con las relaciones del ’60 con la gente del ’30 y el ’50. Es cuestión de conciencia histórica.

La gente del ’80 tiene que plantearse una revolución efectiva en la factura del verso y una revolución social real. Nos parece que el debate sobre este fenómeno es, más que saludable, pertinente y necesario.

La gente del ’80 tiene que plantearse una revolución efectiva en la factura del verso y una revolución social real. Nos parece que el debate sobre este fenómeno es, más que saludable, pertinente y necesario.

Nota: Este escrito data de 1988. Se publicó originalmente en el suplemento “También ocurre que el poema sale en su contra a tiempo: Sobre la poesía puertorriqueña de los ochenta” en ClaridadEn Rojo 12-18 de enero de 1989: 20. Fue reproducido en la columna “In-up” Visión 27 de febrero-6 de marzo de 1991: 12.

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