Crónica de una visita a San Germán


A Luis Lopez Nieves y Vibeke Betances, amigos…

  • Mario R. Cancel
  • Escritor y profesor universitario

Era la noche del 16 de noviembre de 2009. Había llovido toda la semana en San Juan y, en San Germán, apenas caían las primeras gotas de uno chubascos impertinentes que animaron las calles desiertas de la aldea fundada hace 499 años en un lugar llamado Guainía. La vieja historia de las “dos ciudades” se repetía como una letanía simbólica.

Yo estaba conciente de que aquella noche ocurriría algo extraordinario, espectacular y espantoso, como en los cuentos de Edgar Allan Poe o lo de Pedro Cabiya. Se lo había dicho a mi mujer:

-Maribel, cuando se arriba al día 15 del que será tu cincuentenario, cualquier cosa puede suceder…me consta. El problema es que esas fecha solo acontecen una vez en la vida. Mi única evidencia era mi intuición y eso me parecía suficiente.

Ella me miró con sus ojos pequeños y amorosos de siempre, llenos de bondad y tiempo. Me necesitaba al otro día para cumplir con ciertas tareas que consideraba impostergables: fotografiar a ciertos amigos, llevarle un cargamento de flores frescas procedentes de una funeraria a un lugar específico de la universidad, pagar la gasolina de la guagua y descargar un programa electrónico en una procesadora conectada a una pantalla gigante que me atemorizaba.

Fue como la ocasión en que tuvimos que ir al Cuartel de Ballajá y yo estaba muy enfermo. Por esos días Nietzsche apareció por casa y nunca más se ha ido. Aquella noche remota tuve que arrestar a una terrorista enmascarada que jugaba insistentemente con las partes de un reloj gigante con intenciones de alterar la estabilidad de Cronos. Entonces yo era agente de efebeí, un oscuro hombre de negro clandestino que merodeaba entre la multitud que miraba aquello con asombro.

¿Por qué me llegaba aquella imagen del 2004 a la memoria en una noche húmeda y fría de San Germán aquel 16 de noviembre de 2009? No podía explicarlo con precisión. Solamente se me ocurrió que aquello le sucedía a quienes arribaban al día 15 del año que habría de ser su cincuentenario.

Evadí la mirada de Maribel cuando comencé a percibir su angustia agreste. A mi espalda estaba el Convento Porta Coeli y al frente y al fondo, los mancharones que dibujaban una vieja iglesia colonial abandonada. Pensé: del mismo modo que “hablar con mujer en plaza, es cosa muy descubierta”, también “pueblo que tiene dos plazas, me entristece y desconcierta”.

La plaza pública desierta era un deja vú de la otra igualmente abandonada, que habíamos dejado atrás hacía apenas una milésima de segundo. Los espacios se multiplicaban y distorsionaban ante mis ojos como si se tratara de un modelo para armar manipulado por un niño imprudente. Pero esa noche no habíamos descorchado ninguna botella de vino ni nada por el estilo

Entonces Maribel me preguntó:

-¿A qué te refieres Mario? Dímelo por piedad?-, bajé el rostro con el fin de evadir sus pómulos asintomáticos y rebeldes y le aseguré:

-A que en pueblos como este y en noches como la que acontece, puedes encontrar un Betances sentado en la base de un poste de la acera, o a un novelista tratando de huir mientras observa la paloma de un nuevo diluvio.

Galileo afirmó mi aseveración desde el extremo de un telescopio minúsculo que le permitía otear las simplezas del alma humana. “¡También Voltaire puede reír a carcajadas como a veces lo hizo Baudelaire…!”

Cuando volvía a alzar la mirada, allí estaban todos reclamándome una explicación… Maribel les hacía el coro. Entonces me desvanecí.

***

La aventura del día siguiente transcurrió sin mayores disturbios. Era el 17 de noviembre, el día 16 de mi primer cincuentenario. Me sentía mejor, había dejado de llover y el sol había salido por donde siempre acostumbraba a hacerlo, como en una novela realista-mágica envejecida y disoluta. En San Juan seguía n los aguaceros pero ya a nadie le importaba el asunto. La paloma del otro diluvio aconteció esta vez inadvertida e invisible.

Hice todo lo que Maribel me ordenó: fotografié a todos los conocidos y desconocidos que encontré en el camino, llevé un inmensa cantidad de flores frescas de la funeraria a un salón grande y alto de la universidad, y descargué un programa electrónico en una pantalla gigante que ya no me atemorizaba.

Luis López Nieves disertó sobre lo que sabe disertar: historia trocada y ficciones apabullantes que se confunden con la realidad. Luis mintió varias veces sobre las cosas que esperaba hacer en el futuro mientras pensaba en los clásico que estaba acostumbrado a leer. Víctor Cabañas, lo vi, se ocultaba entre los estudiantes para que no lo reconocieran. Ya se había retirado y no quería responder preguntas de nadie.

Galileo pasó inadvertido oculto detrás de las flores que yo había cargado y que ahora cubrían la mesa. Voltaire pululaba por los pasillos mirando de cerca e interpretando racionalmente a las muchachas. Cuando Betances llegó, nadie supo que se trata de él. Lo reconocí por el cabello largo y la mirada vieja y clandestina. Me escabullí por unos segundos y lo intercepté en el umbral y fuimos juntos hasta donde estaba Luis para que se conocieran después de tanto tiempo. Al cabo de un rato todos desaparecieron.

Me dicen que Luis se fue para Holanda pero no estoy seguro de ello. A lo mejor está buscando la pista de Pepe Díaz para inventarle una épica. Mañana, mañana que es 18 de noviembre, volveré a buscarlo en la plaza pública de San Germán, a ver si dejó una huella inscrita en las baldosas…

Narradores 2000 : La parodia de la modernidad en El silencio de Galileo


  • Mario R. Cancel
  • Escritor e historiador

El silencio de Galileo (Norma, 2009) del novelista puertorriqueño Luis López Nieves, cuenta la historia de otra indagación apasionante. Si en El corazón de Voltaire (2006) el problema era la autenticidad de una reliquia. Ahora se trata de la paternidad de un invento: el telescopio. Lo cierto es que el lector se encuentra ante dos iconos de la modernidad engastados en un par de arquetipos de la rebeldía de la razón.

L_Lopez_Nieves

Esos signos, uno surgido en el siglo 17 y otro en el 18, enfrentaron con las armas de la ciencia y la razón el autoritarismo neoprovidencialista y los prejuicios cristiano-medievales, respectivamente. El papel de la duda en torno al poder de la autoridad y la tradición, fue consustancial en ambos casos. Se trata de actitudes propias de la retadora cultura burguesa, asunto del cual López Nieves está muy consciente tanto como cualquier otro lector de historia.  Estas novelas, sin duda, pueden leerse como una celebración del mundo moderno pero, desde mi punto de vista, representan mucho más que eso.

Ambas búsquedas noveladas inciden en el hecho de que el icono se reduce a una sombra sugerida que transita entre la selva digital que se construyen Ysabeau de Vassy,  Roland de Luziers y sus corresponsales a través del correo electrónico. El asunto teórico central pierde su protagonismo ante las acciones del investigador y sus aliados. La novela está en otra parte, el trasfondo histórico es un pretexto locuaz.

Del mismo modo, los personajes se reducen a una voz que viaja en el cibermundo, entre hipextextos invisibles pero concretos cuyo aspecto apenas se sugiere en los juicios casuales del interlocutor también casual, como si se tratara de un mero boceto. La Internet es un mundo paralelo real en donde todo ocurre sin ocurrir. Más que ningunos otros, estos personajes son puro texto. La belleza tentadora de Ysabeau se sostiene sobre el exagerado lenguaje seductor de Luigi Nolfo, un caballero trasnochado y ridículo, y las sugerencias lésbicas de  Pauline Taillardat.

Lo cierto es que un nuevo tipo de hiper-irrealismo virtual se consolida a través de estas dos interesantes narraciones. La rareza y el atractivo de los personajes de López Nieves, radica en que nunca están allí físicamente. Se trata de figuras etéreas, inciertas y desdibujadas. Los rostros, los cuerpos son accesorios que el lector inventa, si así lo desea, acorde con su prejuicios e interpretaciones. Mi imagen de Ysabeau es, por demás, muy tropical, vulgar y juguetona.

La apelación constante a los avances de la revolución digital, un más allá imposible de imaginar siquiera aún desde adentro de la revolución tecnológica de posguerra, establece un contrapunto interesante. El silencio de Galileo desmantela un mito de la época del barroco en el escenario de los recursos de la Internet. Voltaire se reduce ante los avances del conocimiento del genoma humano. El patético final del mito de Galileo, deja teóricamente al genio y al idiota en una posición similar. El efecto es disyuntivo: la celebración de la modernidad se ha convertido en una burla atroz.

La otra parodia de la modernidad radica en el manejo de la imagen del historiador que elabora el novelista. El historiador moderno fue el sacerdote más respetable de la nación: después de todo él la inventa, la organiza y la formula. Pero los historiadores de López Nieves son otra cosa. La imparcialidad y la mesura, dos valores de la historiografía profesional burguesa, no están presentes en Ysabeau. Esta mujer ha perdido toda la mesura.

GalileoLas pasiones, las apetencias, las ambiciones, la voluntad de poder, pienso en los juicios sobre la historia  del ateniense Tucídides o del florentino Maquiavelo, anidan en y se posesionan de esta mujer virtual y la llenan de una humanidad incuestionable. La identidad de Ysabeau se conforma sobre la base de ese conjunto de absolutos pasionales que la conducen a darlo todo en nombre de la gloria del hallazgo inconmensurable. Ysabeau está más allá del bien y del mal, se encuentra fuera del marco de la ética ¿quién no lo está en la postmodernidad salvaje? La conquista de una presumida verdad así lo justifica.

El historiador en López Nieves es un documentador salvaje –un erudito rapaz-. Pero también funciona como un manipulador o un mentiroso compulsivo. Ysabeau es un caso sicológico que parece manifestar múltiples personalidades. Es una mujer impulsiva y vanidosa, una obsesiva contumaz que ve el pasado como una posesión posible que se toma como en medio de un abordaje. Pero ocasionalmente funciona como un detective o un criminólogo especializado en las prácticas desviadas de unos personajes que desaparecieron hace cientos de años; o un conspirador experto en desenredar entuertos o capaz de crear un triángulo de cuatro lados como planteaba uno de los problemas clásicos de la escolástica  medieval.

El silencio de Galileo parte de un engaño calculado e inteligentemente diseñado. Cuando Luis me habló por primera vez de este proyecto me imaginé un laberinto que él nunca trató: el silencio de Galileo antes de reafirmar “pero gira” ante el tribunal de la inquisición tras su juicio  y su retractación pública. Las posibilidades de filosofar sobre la duda y su contenido eran muy altas. Ahora celebro el engaño de la imaginación del maestro y amigo.

Narradores 2000 : El robo del pasado en la obra de Luis López Nieves


  • Mario R. Cancel
  • Historiador y escritor

“…lo que al principio parecía un rompecabezas (…)

ahora se ha transformado en la clarísima historia de un magno hurto histórico”

Ysabeau de Vassy

La relación del narrador Luis López Nieves con el pasado y sus figuraciones, parece ser una de las claves para comprender su narrativa. Tanto el cuento Seva (1984), como las novelas El corazón de Voltaire (2005) y El silencio de Galileo (2009), representan una propuesta común: se trata de narraciones que, si bien interpelan el pasado y sus prejuicios, en lo fundamental ficcionalizan el trabajo de los historiadores. El elemento común a las tres narraciones  es la teatralización del proceso a través del cual los historiadores elaboran hipótesis, investigan, argumentan y generan sus conclusiones. El hallazgo o la invención de la verdad histórica animan el conjunto de su obra desde 1980.

Galileo

Visto el conjunto, se trata de una apropiación de la Historia en su sentido más clásico. En tiempos de Herodoto de Turii, la encuesta, la indagación o el testimonio, era la fuente más confiable de conocer el pasado. La Historia era Memoria –directa o indirecta- en el sentido más llano del término. La producción del conocimiento histórico dependía de la mayéutica más transparente. En el caso de López Nieves,  los documentos, cartas, papeles sueltos o correos electrónicos en cada caso, representan la diversidad de interlocutores involucrados en la construcción de la memoria histórica consolidada en un relato. La interpelación de los mismos será una responsabilidad compartida por el autor y el lector en su momento.

Me parece que la explicación para esta obsesión lopeznievana se encuentra en su pasión de y por la Historia. El entusiasmo no se circunscribe a la cuestión de cómo la disciplina maneja sus problemas. Los historiadores de López Nieves parodian muy bien ese ámbito pero, a la vez, llenan de humanidad una profesión que durante mucho tiempo aspiró ser tan antiséptica como las  ciencias naturales. La irracionalidad ocasional de Ysabeau de Vassy o las manipulaciones emocionales de Luigi Nolfo no son ajenas a la profesión. Pero la pasión de López Nieves va más allá de ese detalle. Se trata también de una inclinación extraordinaria por la forma en que ciertos historiadores construyen sus historias y articulan sus imaginarios del pasado: es también una nostalgia por la narración histórica.

Esa pasión se comprende, en gran medida, como una versión  revisada de una idea central de la Modernidad y la cultura burguesa del siglo 19: se trata de la concepción de que la Historia es el yunque de la identidad. No creo que tenga que recordar que una de las preocupaciones fundamentales del cuento y la novela puertorriqueñas hasta la década del 1980 fue precisamente esa. En el caso de López Nieves, como en buena parte de la narrativa del 1970, se trata de una percepción de la Historia y el pasado como un objeto robado.

Los tres textos citados están marcados por esta noción. El lugar denominado Seva, el corazón del intelectual ilustrado e irascible, y la paternidad del telescopio y su simbólico valor destructivo de un mundo obscenamente sumiso a un Dios autoritario, representan algo muy concreto. Son verdades de un pasado subsumido por la mentira. Son espacios de incertidumbre que materializan diversas expresiones concretas del saqueo de un pasado. El Historiador, con sus pasiones y sus técnicas, se convierte en el magus que tiene en sus manos los recursos para restituir las porciones de verdad sustraídas a tres momentos emblemáticos sobre las cuales ha caído un pesado velo de falsedad.

Voltaire

La idea del historiador que recupera un lector enterado al cabo de su lectura, es muy precisa. Los personajes de López Nieves insisten en que historiar significa separar un acto ficcional de un acto real. La responsabilidad es diferenciarlos de manera convincente y definitiva. El proceso de develación se convierte en un juego extraordinario y, dado que lo que se está tratando del resolver es un crimen simbólico, el historiador se mueve como cualquier otro conspirador a través de una madeja de trampas que vencerá, sin duda, en el camino de la apropiación de la verdad.

La verdad siempre implicará la recuperación del objeto robado –el pasado-. Pero el recate no disuelve el impacto malsano del fardo de mentiras que se han impuesto a través del tiempo sobre la primera mentira. Seva-Ceiba y Roosevelt Roads, Voltaire y su doble o Galileo y sus dos silencios, siempre serán realidades evanescentes y cuestionables. La conquista de una verdad no implica la derrota de las mentiras. La racionalidad del investigador puede resolver el conflicto semánticamente, pero no cambiará la realidad. Sin embargo, Luis o Ysabeau siguen afirmando esa obsesión radical por el pasado que en consustancial a los buenos historiadores de todos los tiempos.

En los tres casos, el asunto se ha planteado sobre la base de una estructura análoga. Seva (1984),  El corazón de Voltaire (2005) y El silencio de Galileo (2009), son narraciones montadas sobre una diversidad de dispositivos sueltos carentes de sentido si se les mira de manera aislada. En ocasiones se trata de dispositivos disyuntivos –un texto niega lo que el anterior acaba de afirmar- o sin relación alguna –el entrecruzamiento de varios interlocutores en el correo electrónico es un buen modelo de ello-. La metáfora del archivo inorgánico con el que se enfrenta el historiador me parece patente en este procedimiento.

Las pistas o trazas de sentido, sin embargo, están allí. Se trata del tópico del laberinto que el Historiador imagina ante el caos del pasado articulado en cada archivo. El trabajo del historiador consiste en recuperar las trazas y adjudicarles una estructura. En ese sentido, historiar equivale a producir un mapa. En el caso de la obra de López Nieves, el trabajo del lector es comprometerse o co-conspirar con el novelista, recuperar las trazas e inventar la novela. Leer un texto narrativo de López Nieves es como llegar a un lugar lleno de papeles, objetos y sombras preciadas, con el encargo de inventariarlo y darle un orden. Si al cabo de la última página, el “rompecabezas” se ha convertido en una “historia”, la tarea ha sido cumplida.

A %d blogueros les gusta esto: