Enrique Laguerre: Una reflexión desde los ochenta


  • Mario R. Cancel Sepúlveda
  • Historiador y escritor

 

Los lutos suelen convertirse en momentos de reflexión que exceden el asunto de la mera muerte. Mucho más cuando se trata de la desaparición de un icono de la representación de lo puertorriqueño. Instituciones que por lo regular permanecen impasibles ante la cultura nuestra de todos los días se “sensibilizan.” Es posible que incluso proclamen varios días de luto obligatorio. Ese espacio alucinante del luto oficial permite a los altos funcionarios poner al día su rostro cultural ante las masas impávidas de la videosfera.

Generación del 1980

Generación del 1980

El espectáculo del luto colectivo es, sin embargo muy selectivo. Laguerre sí, pero Díaz Alfaro, no. Cada año fallecen escritores, artistas, creadores y su fallecimiento no resulta en razón de estado. Pasa igual con las fechas monumentales. Se conmemoró en 1998 el centenario de la invasión (encuentro 2) con tanta euforia como el 1993 (encuentro 1) y todo terminó pareciendo los episodios de una saga en torno al tema de la guerra de las galaxias.

La desaparición de Enrique Laguerre es una invitación para la reflexión sobre la naturaleza de las percepciones colectivas compartidas por el establishment cultural en Puerto Rico y sobre la forma en que las mismas penetran a la gente. La pequeña fisura del gigantesco acto de compunción que se vive hoy ha sido precisamente la negativa de Laguerre a que sus restos reposen en el Instituto de Cultura Puertorriqueña cuando se conmemora el cincuentenario en la casa de la cultura nacional. No se trata de una disputa de fondo filosófico sino de una cuestión de honor y de maneras. Sin duda éste es un buen momento para reconocer la fragilidad de esa propuesta de la cultura como embeleso, y del pasado como redoma de la triple alma sintetizado en el pomo de un escudo racialista.

Laguerre me acompaña desde las primeras letras. La llamarada de 1935 y La resaca (Bionovela) de 1949, fueron lecturas que me insertaron un programa autoejecutable que contenía los parámetros de una puertorriqueñidad. El empeño de las autoridades educativas públicas para que se usara esas lecturas con ese propósito me resulta simpático al cabo del tiempo. Se trataba de saber un Laguerre que debía ser entendido como el portavoz de la generación del 1930 y que había sido el fundamento de la celebrada modernización del país al amparo del muñocismo.

En la interesante década del 1980 volví sobre Laguerre. Un distinguido escritor alternativo de los 1970, el poeta y narrador viequense Carmelo Rodríguez Torres, me ayudó a mirar a Laguerre de otro modo. Leer a Laguerre en 1984 significaba dialogar con él en un momento en que la mayor parte de las premisas sobre las cuales se cimentaba el discurso que sirvió para construir su mito se estaban viniendo abajo. Durante la década de 1980 se fueron demoliendo los artefactos representacionales heredados del 1930 de muchos modos. Por aquellos días la nacionalidad estaba en entredicho, el liberalismo era cuestionado por el artefacto de los neo, el populismo que sirvió de marco para el desarrollo de la figura pública que es Laguerre había perdido su dinamismo y atravesaba una crisis de la cual ya no saldría. El postpopulismo hacía su debut y dentro de aquel paisaje, el neoconservadurismo y neoliberalismo cruzaban herencias.

Muchos de los jóvenes de aquel momento, en los cuales me incluyo, quisieron aprender a desaprender aquella herencia. Todavía no me explico la precaria convivencia del proceso de deconstrucción de la ensayística de Antonio S. Pedreira (solamente ésa lamentablemente) desde la postmodernidad; y la voluntad de mantener la novelística de Laguerre intocada como una reliquia. Son tendencias altamente contradictorias que se deberían explicar. Desaprender a Laguerre y desmontar su culto es una manera de afirmar que la cultura puertorriqueña (lo que ésta sea y lo que no sea si es algo) no es un espécimen definitivo ni una conserva almacenada en un enorme refrigerador con el fin de mantenerle incólume ante las amenazas extranjeras. Esa versión de la cultura puertorriqueña espera una disección o una autopsia para determinar las causas de su muerte.

Enrique Laguerre

Enrique Laguerre

Es curioso que a pesar de la crítica negativa que tuvo La llamarada en 1935 se haya convertido en la novela del cañaveral más significativa a Puerto Rico. Dos críticas encomiables tuvo: la de Antonio S. Pedreira y la de Concha Meléndez. El peso de esas dos voces canónicas fue definitivo en el proceso de crear la fórmula oficial para su lectura. Es curioso cómo la historiografía literaria canónica produce una sensación de vacío en la narrativa desde la experiencia de Manuel Zeno Gandía hacia 1890 hasta la aparición de Laguerre el narrador. La impresión del desierto narrativo se produce sobreseyendo narrativas que no se ajustan al canon realista-naturalista- costumbrista, procedimiento que resulta esencial para vigorizar la imagen de Laguerre renovador y líder desde 1935.

Son curiosos los vasos comunicantes que conectan el discurso de Insularismo en 1934 y el de La llamarada. Y es mucho más curiosa la forma en que en su libro sobre la poesía modernista, Laguerre afirma el papel protagónico de la revista Índice en la superación del modernismo, y se olvida de la función vigorosa de las vanguardias diepálica, noísta, euforista y el Hospital de los Sensitivos o Atalaya de los Dioses en ese mismo proceso de revisión.

No todos los caminos abiertos en 1898 condujeron a la generación del 1930. La historia literaria interpretada de ese modo no pasa de ser simple panfleto. Hay una actitud que catalogo recuperación crítica. Recuperar a un autor no sólo implica esa clásica imposibilidad de “ponerse en su lugar” para comprender sus posturas. También tiene que significar comprender por qué emitió sus discursos, cómo modeló sus posturas, cómo se le leyó, cómo hubiese querido ser leído.

Laguerre representó a un Puerto Rico que ya no es. ¿Cómo lo interpretará este otro Puerto Rico? Los lutos oficiales pueden desembocar en cultos irrisorios que nada sirvan para el debate cultural por el cual estamos encaminados. Lamento el deceso de la persona, de Enrique Laguerre, el crítico, el ensayista, el novelista, el hombre de bien. Lamento el performance que puede conducir a actitudes estudiadas que ubiquen a quien las emite en una tradición que ya no hace sentido. Que viva Laguerre…

 

Tomado de Primera hora. La información exacta, 9 de julio de 2005: 40.

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