Narradores 2010: José Muratti, La víbora del desierto de Kavir y otros cuentos


  • Mario R. Cancel Sepúlveda
  • Catedrático de Historia y escritor

 

José Muratti. La víbora del desierto de Kavir y otros cuentos. San Juan / Santo Domingo: Isla Negra, 2012. 92 págs. Premio del Instituto de Literatura.
José Muratti

José Muratti

La víbora del desierto de Kavir y otros cuentos es el primer libro de narrativa de José Muratti. No lo parece. A pesar de su condición de primerizo, el lector se encuentra ante un escritor maduro que carga mucha vida a cuestas y se expresa con una calma y una seguridad que sorprende. Me parece que su amplia formación intelectual tiene que ver con ello. Los estudios en educación, sociología e historia, suelen moldear la mirada del narrador en una diversidad de direcciones enigmáticas.

El título llama la atención sobre uno de los relatos que incluye el volumen: aquel que recibió un premio en el certamen de un periódico de circulación general en 2012. El conjunto bien podría haberse llamado, en un falso plagio a un distinguido narrador de la vieja escuela realista, Novísimos cuentos de amor, de locura y de muerte. “La víbora…” hubiese venido a culminar esa cuidadosa tendencia al morbo que domina las narraciones de Muratti. Lo cierto es que la morbosidad de la que hace gala el autor se mueve entre dos extremos.

Por un lado, se mueve por los márgenes de la imagen de la devastación física que produce la violencia.  El tajo en la cara de Elena, la Elena rediviva de la plena popular en “Se llamaba Elena”, es el mejor modelo de ello. Pero también participa de una penetración sicológica extraordinaria. En “Un cielo oscurecido de mariposas”, Alina encuentra seis imaginarias cabezas cercenadas que la conducen al suicidio. Lo gráfico y lo sugerente se combinan en un balance que me parece idóneo. Este es una de las marcas de distinción de una narrativa extraordinaria, bien difundida pero poco comentada por la crítica, que ha estado circulando en el país desde 1990 al presente.

Muratti por su formación y su cronología, nació en Mayagüez en 1950, se mueve entre diversas conformidades filosóficas con mucha seguridad. Su discurso manifiesta un poderoso entronque con la literatura social del 1970, tendencia  que se reanima en el presente en la nueva narrativa social pero con un conjunto de propuestas mucho más amplias y abiertas que en aquel entonces. La impresión que tengo es que el autor busca un punto de apoyo aceptable entre aquella tradición que carga, y un presente que juega al postmodernismo cultural mal interpretado y en el cual mucha gente celebra lo light y el chilling. Soy historiador por formación y todavía me parece aceptable argumentar que las crisis económico-sociales y sistémicas, son un hervidero de posibilidades para escritores inteligentes y sensitivos como Muratti que no están dispuestos a lanzarse al campo abierto del cinismo. Este escritor tiene memoria de la debacle del 1970, mejor que la mía, que conste. Por ello se trata de un testigo de primera para la del presente que es el momento en el cual reflexiona y escribe.

La construcción del personaje de Elena en el cuento que inicia la colección, es un buen ejemplo procesal de cómo se redactaría un relato social desde la (con)textualidad del 1970. Elena vive una odisea que empieza en Adjuntas, transita a la Isleta y culmina en Nueva York. Se trata de  una tripleta ganadora en cualquier narrativa social puertorriqueña. El fervor social del narrador  se afirma en “Un fuerte olor a agua maravilla” donde la nostalgia por el pasado nacionalista se significa en la protesta de una niña ante la posible ofensa del cadáver de su abuelo. En Puerto Rico tenemos el problema de que la “nostalgia” se ha convertido en una acusación fácil cuando alguien reflexiona sobre asuntos que presumiblemente “se han dejado atrás”. En  historiografía y en narrativa nunca se deja nada atrás, por el contrario, siempre se traen las cosas al presente y eso nada tiene que ver con la “nostalgia” llorona que muchos adjudican a los románticos.

La viboraLa (con)textualidad del siglo 21 que destilan estos cuentos es patente en “El primero es gratis” y el “Contrición”. La relación homoerótica de los militares veteranos de la guerra del Golfo Pérsico (1991) Daniel y David, dos nombres con un fuerte pasado judío, y la flagelación del Padre Anselmo, llaman la atención sobre dos ardientes debate del presente. Si a ello se añade el asesino serial de “Un bar llamado La Biblioteca”, se completa el cuadro que sugiero. El serial killer es la mejor matáfora del consumo conspicuo del acto de matar que conozco y otra de las marcas de distinción de la novísima narrativa puertorriqueña que tampoco se ha trabajado mucho críticamente.

El trasfondo de todas estas narraciones es esa tonalidad, acorde con el Muratti que conozco, que me recuerda la narrativa fenomenológica y existencialista en la que yo me formé hace 30 años. Se trata de un recurso que permite observar con alguna frialdad o control una realidad inyectada de fisuras. Pero Muratti no llega al cinismo que caracteriza a otros, no, mantiene la mesura.

Por último, en “Nunca, jamás” y en “La víbora…”, el gran tema parecen ser los equívocos a los que conducen las ideologías una vez se enmohecen y el reuma del fanatismo destruye las posibilidades de la crítica. En “Nunca, jamás” lo delata para los socialistas, y en “La víbora…” lo hace para las convicciones religiosas fundamentalistas. Es como si el autor intentara decir que corremos el peligro de convertirnos en títeres de unos sistemas moribundos que nos ponen al servicio de entelequias. El costo de ese proceso es nuestra humanidad concreta.  Si eso es lo que intenta sostener, lo acepto. El estudiante y el francotirador de estos textos, verían sus vidas desde la frontera de la muerte inútil como meros tránsitos del ridículo y el engaño. Allí se encuentra un extraordinario llamado a la (re)humanización, mientras al fondo alguien nos susurra “la lucha continúa”.

Rosario Ferré y nosotros


  • Mario R. Cancel Sepúlveda
  • Catedrático de Historia y escritor

 

(Des) memoria y nostalgia

No es casual que recuerde la Rosario Ferré de los extremos. Para los que la miramos desde un afuera singular, la voz de inicios de la década de 1970 y la de fines de 1990 no es fácil de olvidar. Los remates de los extremos de ese espacio hipotético han tenido un gran impacto en la conciencia de mi generación.

Esa evocación nebulosa extiende sus raíces hasta Zona de carga y descarga, revista publicada entre 1972 y 1975. Una percepción del tránsito se impuso como un carimbo a partir de aquella experiencia. Muchos de los jóvenes que cortejamos la literatura y la historia a comienzos de la década de 1980, tenemos a Rosario atada a la memoria de la lectura de sus Papeles de Pandora de 1976. Maldito amor, que apareció en México en 1986, complementa y da sentido a aquel sector de los recuerdos. Ese es uno de los cabos de la imaginaria línea de continuidad que me une con la escritora.

El otro cabo es la Rosario Ferré de “Puerto Rico-USA” que apareció en el New York Times del 19 de marzo de 1998. Jacques Derrida decía que la expresión el otro cabo sugería ocasionalmente un cambio de rumbo. En el caso de Rosario Ferré 1972 y 1998 representan los otros cabos. Ambos sugieren una circularidad similar a la que cantaba Zaratustra cuando alegaba que “todo se rompe, todo se une nuevamente, eternamente se reconstruye a sí mismo el edificio de la existencia.” 1972 y 1998 me dejan el sabor del desacato y yo celebro la trasgresión donde quiera que se manifieste.

Rosario_FerreEl (mono) diálogo insurgente

El diálogo con la obra de Rosario del cabo de 1972 se caracteriza por el genio de la hibridez. Aquella era una escritura rota por medio de la cual, desde una feminidad provocadora, “Eva María” se disponía a entrar a “La casa invisible.” La Eva María de Papeles de Pandora representa un hallazgo en el cual la inocencia y la lubricidad conviven dialécticamente. La transición entre la poesía y la narrativa nunca erró el compás a lo largo de los papeles. En esos escritos se expresa una narratividad agresiva que resiste los criterios externos y puristas de la forma.

El uso insistente de la primera persona ofrecía una fuerza inusitada a la palabra de Rosario como en el caso de “Maquinolandera.” En ese escrito el lúdico lenguaje plebeyo alcanzó  el rigor de la caricatura como en el caso de las “orbes planetarias” de las fosas nasales de Ruth Fernández, o la “hermenéutica de (las) nalgas” de Iris Chacón. En los escritos del primer cabo, la convergencia de la historia y la literatura se ofrecía más allá de la ficcionalización pura y simple de un motivo positivo. Papeles de Pandora representó una singular apropiación y reflexión sobre la historicidad por medio de la cultura pop y la afirmación de una etnicidad que no se poseía. En el proceso, la Hidra de la feminidad tomaba posesión del presente de una manera radical. Aquella actitud representó una revolución en las letras puertorriqueñas.

El valor de Maldito amor fue su capacidad para establecer un puente de comunicación entre una vanguardia sociohistórica, el discurso de la nueva historia social, y la narrativa. Buena parte de la tradición escritural de la era del “giro lingüístico” tiene en aquel fenómeno uno de sus genomas. El texto fue una audaz contravención del relato de la “gran familia” y de la sociedad señorial que la nueva historia social había comenzado a demoler. La parodia del patriciado se cimentó sobre dos sistemas complejos. Guamaní, era el Ponce señorial y la síntesis de un Puerto Rico imaginario y vacío. El “Ejemplo” y la Central Guánica se imbricaban por todas partes, y Ubaldino de la Valle, el intelectual cívico y el letrado patriarcal, fue elaborado como un collage con los fragmentos recuperados de Alejandro Tapia, José De Diego, Antonio R. Barceló e incluso, Luis Muñoz Marín, entre otros. Al desnudo, el patriota no era más que un simple fabricante de apostasías y aporías.

La utopía, ese lugar inexistente que le devuelve a los puertorriqueños cada ojeada que echa al pasado, devino en distopía atroz. Maldito amor asume la virtualidad de la construcción idílica del pasado. El problema radicaba en que muchos querían convertir esa imagen en el bastidor sobre el cual modelar el futuro. En esa coyuntura la memoria no estaba rota en el sentido que le dio Arcadio Díaz Quiñones a la reconstrucción del pasado imaginario. Al final del texto la impresión que queda es que la historia no es sino un programa autoejecutable o un troyano que genera recuerdos desde el interior de un sistema lesionado.

El sueño de la eutopía, esa esperanza de hallar un lugar mejor para estar con el que fantasean las escatologías, no reverdecerá desde entonces entre los escritores nuevos. Asistir a la muerte del mito de la gran familia, hizo posible que una sólida realidad se desvaneciera como por sortilegio. Lo que la historia y la literatura del setenta destruyó y (re)construyó, aquel acto insurgente, ha tenido un papel esencial para mi generación.

Un parricidio salvador

Aparte del fin de un sueño y el despertar a la pesadilla, a Rosario y su generación se debe el nacimiento del escritor profesional en Puerto Rico. El proceso representó una transgresión mayor que no se puede reducir a los atrevimientos temáticos y ni siquiera a la revolución del estilo. Todo lo que la tardomodernidad europea, pienso en James Joyce, provocó en la tradición postnaturalista; toda la conmoción producida por las vanguardias del 1920 en el establishment ;iterario, aflora en la voz narrativa de Rosario y sus circunstantes.

El proceso de profesionalización implicó otra transgresión más importante. La endeble tradición narrativa nacional, que había girado entre los márgenes de un realismo social veteado de máculas románticas y criollas desde los polos de Manuel Zeno Gandía y Enrique Laguerre, recibió un severo empellón. Rosario y su generación representan una línea invisible de continuidad dentro de una narrativa alternativa que tuvo en José de Diego Padró y Emilio S. Belaval dos de las mayores voces silenciadas por el canon. De un modo u otro la Rosario del primer cabo se transformó en mi memoria en algo así como una Patricia Hearst criolla que se tomaba enormes riesgos retando el orden sin que hubiese tenido que raptarla ningún Ejército Simbionés de Liberación.

El otro cabo, el de 1998 que se resume en el artículo “Puerto Rico-USA,” no escandalizó tanto a mi generación. Por entonces yo creía que la teoría del trauma que se heredó de la academia treintista se había desgastado. Esa fue una percepción que se afianzó a partir de la conmemoración del Centenario de la Invasión a las Antillas. Los procesos históricos que condujeron al año 1989 ya me habían advertido de la fragilidad de las convenciones heredadas.

Quebrar una percepción orgánica bien estructurada representó para mí el proverbial parricidio de la metáfora freudiana. La fragmentación de la noción de identidad y la crisis de los proyectos que habían animado la voluntad occidental en la modernidad, afirmaron el carácter polisémico de lo puertorriqueño. En cierto modo John Wayne y Chita Rivera podían estar tranquilos. Después de todo, ambos me resultaban tan triviales como el Tío Sam y Pancho Ibero.

Coda con papeles viejos

Había dejado de pensar en Rosario desde antes de 1998. En el verano de 2003 ciertas circunstancias me la pusieron otra vez en el camino. Por entonces me habían encargado inventariar el mobiliario y la documentación de la Casa Museo Aurelio Tió en San Germán. Los archivos siempre son una caja de Pandora. Cuando se vacían, al fondo a veces se encuentra la esperanza de algo que está más allá del bien y el mal.

Dentro de una colección de papeles de Félix E. Tió Nazario Figueroa había un paquete de correspondencia de Luis A. Ferré y Lorencita Ramírez del año 1956. “Mar de fondo (Playa del Condado)” era el título de un poema de fuertes trazos modernistas firmado por Ferré con el seudónimo “El iconoclasta.” Cerca de aquel documento asomaron tres textos de Rosario Josefina firmados los días 12, 15 y 27 de noviembre. Eran tres poemas en inglés de la época de sus estudios en Dana Hall, Wellesley, Massachussetts. La poeta tenía apenas 18 años.

“A crystal vase was my life” era el motivo del primero de ellos. Esa fragilidad se dramatizaba de inmediato “Until one day it fell, shattered, to the ground.”  En “Spectrum” el juego con las coloraciones le permitía establecer una jerarquía ética donde el dorado era pureza, el azul idealismo, el verde esperanza, el rojo pasión, el blanco éxtasis espiritual y el negro el vacío de la muerte. “Intranquil thoughts” utilizaba la metáfora romántica del río para conversar sobre la vida y la muerte. La angustia del vértigo se traducía en el verso que comentaba “the fear of the hurling into the bottomless pit.”

Un cuarto texto titulado “Mi madre: rosa y azul” firmado el 11 de septiembre de 1957 completaba la colección. El breve homenaje resumía el amor y la paz que Lorencita transmitía a aquella joven, próxima a cumplir los 19 años. Lo que recuperé aquella tarde fue algo así como la esperanza que estaba en el fondo de la caja después de la huida de los espectros del mal. Entonces supe que Pandora no había sido la culpable de abrirla sino la petulancia y la soberbia del padre Zeus. Detrás de la escritora había una persona que, como yo, escribía poemas desde la juventud. Esa manera de recuperar a Rosario Ferré para mi acervo traduce mejor la heterodoxia propuesta por mi generación. Después de todo la queremos mucho y eso me parece suficiente.

Nota: El texto fue redactado en el 2005 y ha sido publicado bajo el título de “Rosario Ferré: Reflexiones de un historiador” en la revista digital 80 Grados

 

Narradores 2010 : El espíritu de la luz de Edgardo Rodríguez Juliá


  • Mario R. Cancel
  • Escritor puertorriqueño

Todo parece indicar que en El espíritu de la luz (2010), Edgardo Rodríguez Juliá ha vuelto a novelar de la manera más refinada. El lector se encuentra en estas páginas con una novela densa y retadora, hecho que justifica el mapa de las voces narrativas que el autor incluye, con una excusa que me parece innecesaria, en un breve “Prólogo”. Sin embargo, ese retorno no debe interpretarse como una renuncia a los elementos más originales de su obra. Rodríguez Juliá no ha dejado atrás los juegos con la crónica como antípoda de la historia, ni los procedimientos del ensayo interpretativo que han marcado su obra de una manera muy peculiar. Hay algo de una ruda intención vitalista muy nietzscheana en esta escritura, elemento que habrá que discutir en otro contexto.

Reincide en numerosos lugares comunes de su narrativa. Su condición de reincidente se acentúa en el tratamiento que da al asunto que interesó a su generación literaria y a la mía de Edgardo Rodríguez Juliáhistoriadores: la caribeñidad. El objeto observado no cambia, lo que se altera es el filtro a través del cual se apropia lo mirado. En este caso, se privilegia el tamiz que ofrece la luz, la fuente de todo color y en consecuencia, de toda concepción de lo bello y de lo que no lo es. La luz también actúa como agente de la nada, en la medida en que su ausencia significa la oscuridad, la muerte y la trascendental ceniza. El manejo de la luz en este texto sugiere la contradicción vital entre Eros y Tánatos del modo más preciso. La relación con la luz se ofrece más allá de la percepción concreta, más allá de la biología y la pura sensorialidad. De este modo, la caribeñidad ya no es un objeto fijo sino una percepción fluida.

La tesis que flota detrás de este texto es que los ojos solos no ven: solo captan la luz y sus efectos químico-físicos. La mirada la inventa el cerebro que, mediado por la experiencia social y cultural estructura la visión y la llena de contenido. En ese sentido, ver es interpretar y organizar preconcepciones en una imagen. Inevitablemente,  las preconcepciones del observador se imponen y destilan el producto vulgar del sensualismo puro. Tomada de este modo, El espíritu de la luz es original en la medida en que recoge una serie de registros respecto a la caribeñidad como expresión de un tipo peculiar de luz mediada la apropiación por el observador en el tiempo y en el espacio, o sea, en la historia. Se trata de cuatro personajes históricos: Armando Reverón, Francisco Oller, Nicolás de Stäel y Joseph L. Cleave. A ello se añade uno o dos personajes ficcionales: Alfredo y el uncanny, el extraño, el raro muy emborronado por el misterio y la agresividad.

El espíritu de la luz (EDUPR, 2010)

La lista es exquisita. El pintor impresionista y luego criollista Francisco Oller; el arquitecto Inglés Joseph L. Cleave, diseñador del Faro a Colón en Santo Domingo; Armando Reverón, pintor postimpresionista venezolano que, en medio de la locura, evolucionó a la abstracción y al simbolismo. Un  segundo violín es el pintor ruso Nicolás de Stäel, muy influyente en la obra de Reverón que cursa hacia el art noveau. La contraparte ficticia es Alfredo, el hipotético modelo de Oller en “El estudiante” quien sirve para conectar las vidas de los otros a través de su contacto directo con Oller, Reverón, Cleave y Nicolás.

A su alrededor pululan numerosos caribeños que “miran y no ven” el orbe: chapitos, alcahuetes y mujerzuelas. Las invasiones de los personajes ficcionales en las vidas de los históricos son notables. La facilidad con que esto ocurre está garantizada por el hecho de que un personaje histórico es tan ficticio como uno ficcional. Una vez ingresa al discurso histórico, la vitalidad de lo humano se derrumba al transformarse en metáfora: acabo de volver a mirar a Nietzsche para elaborar esta sugerencia. No puedo más que concluir que cualquier propuesta de esa naturaleza, me dice más sobre  la mirada de Rodríguez Juliá que sobre la mirada de los interlocutores convocados. A través del texto el lector aprende como un caribeño apropia la mirada del Otro -caribeño o no- sobre el Caribe nuestro de cada día. Un venezolano, un puertorriqueño, un emigrado ruso y un británico se incautan del Caribe a través de su luz. A ello se añade el ejercicio de como lo ve, y aquí es supremo el genio del novelista, un personaje ficticio: el estudiante del cuadro de Francisco Oller, Alfredo, cubano que tanto recuerda algunos de los aventureros torcidos de José I. De Diego Padró.

En El espíritu de la luz se manifiestan otras reincidencias. La imagen del sexo puro y natural, reducido a las provocaciones de la biología y el instinto: pelos, penes, vaginas, voluptuosidades, apetitos incontrolables, extreme sex, incluso fenómenos como el priapismo, una cierta esteatopigia nostálgica, es evidente otra vez.  El autor establece, si cabe, una teoría del amor que reconoce ese espasmo animal como una mera performatividad sujeta a la actividad hormonal. Con ello afirma, otra vez, la vacuidad del amor  romántico-burgués. Para conseguir el efecto, recurre a la sexualidad más cruda, procaz y sugerente.

Es probable que ello se haga con el fin de afirmar la humanidad más pedestre y más carnal: la que se comunica por los instintos o al margen de una racionalización articulada y, por ello, artificial. Cámara secreta (1994) y Cartagena (1997)Estos argumentos recuerdan la discursividad de la era de la Revolución Sexual de los míticos sesenta, pero es probable que convoque poco a la generación depilada que domina en el presente. El pelo corporal fue signo de inmundicia y marca de indecencia primero. El sesenta lo trasformó en signo natural y en agresivo acto de recuperación de la humanidad saqueada por el orden moral burgués y cristiano. Hoy el pelo corporal, donde quiera que esté, es antiestético y debe ser desarraigado en la caribeñidad actual: estamos en la era de la depilación laser.

La otra reincidencia presente en El espíritu de la luz es la búsqueda de la frontera frágil entre erotismo y pornografía que vuelve a asociarse al dístico pintura y fotografía que se manifestó entre las aristocracias intelectuales de la Belle Epoque: recuerde el lector el decadentismo spengleriano aunque sea por un minuto y sus ideas paralelas en cuanto a la relación entre el ruido y la música o la prensa y la literatura. Las alusiones al mundo de la cinematografía, fotografía en movimiento que también nacía en aquel momento, parecen confirmar mi hipótesis. La diferencia es que no me da la impresión de que Rodríguez Juliá se duela de la decadencia o que sienta una patética melancolía por el tiempo perdido a la manera de Proust, sino más bien de cierto desenfado al modo de Lowry. Claro, la Francia de Proust y el México de Lowry no pueden producir el mismo efecto.

El mapa de lectura ofrecido en el “Prólogo” ofrece unas pistas al lector. Yo voy a proponer otras. Esta es una novela que debe leerse junto a la colección de textos Cámara secreta: Ensayos apócrifos y relatos verosímiles de la fotografía erótica (Monte Ávila, 1994). El diálogo entre ambos, que es un monólogo de Rodríguez Juliá,  sobre el voyeurismo o la mirada furtiva, el fenómeno de la Kodak Eastman, la pornografía, y las sugerencia sádicas hasta la frontera de la necrofilia, es valioso. Se iteran incluso motivos concretos como “El origen del mundo” de Courbet, espacios histórico culturales como la “Belle Epoque” o “Los alegres veintes”, el dilema de  la estética del desnudo como fenómeno inspirado por la pintura finisecular y fortalecida por la fotografía fija y la fotografía en movimiento, y hasta cierto tono descriptivo que recuerda la clásicas fotos eróticas estilo  antique de Wilhelm von Gloeden. El mismo tema de la luz aparecería punteado planteado en el largo y exquisito relato “México, 1930”, ubicado en Isla Verde, a través del pensamiento del enajenado Alejandro.  Tras mi lectura y mi relectura, me parece que El espíritu de la luz debió tener un apoyo fotográfico. Pero esta novela también debe leerse con Cartagena (1997), primera finalista del Premio Planeta Joaquín Mortiz de 1992. Se trata de una narración que profundiza la temática de “México, 1930” con los mismos elementos: adulterio, alcohol, enajenación con drogas, alusiones homoeróticas, entre otras.

Los debates que me sugiere este texto son numerosos. Por un lado, se presenta el ya aludido choque de entre el arte de la pintura y la técnica de la fotografía. Me da la impresión de que detrás de ello está la invisible  pugna entre el color y sus posibilidades, y el claroscuro y los tonos grises y las suyas. ¿Dónde pulula el erotismo y dónde la pornografía? ¿En cuál es más obvio el protagonismo de la luz? ¿Cuál de los dos dispara la apelación al instinto o a la estética más radicalmente? ¿Cuál es más voluptuoso?

Por otro lado, queda el asunto del Caribe que se invoca ¿cuál de ellos? Ya no es el de los historiadores  románticos o positivistas. Ni siquiera se puede decir que sea el de la globalización que se re-inventa con trozos mal repartidos y peor acomodados al socaire del mercado de la Era global. ¿Qué queda? Lo que queda es el Caribe de las impresiones: cómo lo ve  el Otro desde adentro (Cleave),  o como lo percibe el Yo desde afuera o mediado por el retorno (Oller) o, al cabo, por la locura (Reverón).

La  preocupación dominante es el proceso de fijación o representación del Caribe ¿impresionista o realista? Lo que sucede es que, una vez ejecutada y organizada la mirada se reconoce el peligro: la posibilidad de la muerte de la memoria. ¿La imagen hace innecesario el recuerdo? El argumento es paralelo a aquel que alega que la fotografía erótica mata el deseo porque hace innecesaria o impide  la evocación.

Comentario en torno al libro El espíritu de la luz. San Juan: Universidad de Puerto Rico, 2010. 273 págs.

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