René Marqués en la cultura y la política puertorriqueña del 1960: el caso Alfred Kazin


  • Mario R. Cancel Sepúlveda
  • Catedrático de Historia

En 1960 René Marqués publicó en  The San Juan Star del 8 de marzo una respuesta a un artículo de Alfred Kazin (1915-1998), profesor visitante del literatura en la Universidad de Puerto Rico en Río Piedras. “A critical view  at Puerto Rico” había sido difundido en la revista Commentary de Nueva York y una vez reproducido por el periódico de la capital, mereció la réplica de Marqués. El ensayo “El ruido y la furia de los críticos del Sr. Kazin”, la sexta entrada de la colección El puertorriqueño dócil y otros ensayos 1953-1971 fue producto de aquel encuentro. Según aclara el editor, aquella era una versión revisada de la columna y uno de los 10 textos incluidos en la edición de 1966 y de 1972 la cual vio la luz pública con el título de Ensayos.  El contenido, escrito originalmente en inglés, había sido “traducido, abreviado en algunos pasajes y readaptado en otros por el mismo autor” (Marqués 1977, 119).

Para un investigador eso significa que no se encuentra ante el mismo texto de 1960. Sería interesante, no lo he hecho por falta de tiempo, contrastar ambas versiones. Ello permitiría comprender con más precisión las tensiones que atenazaban al autor en uno y otro momento. Para los propósitos de este escrito trataré de aclarar los parámetros del atropellado diálogo o disputa a la luz del planteamiento de Kazin, mirada por lo regular pasada por alto por quienes se han acercado a este tema. La crítica se ha acostumbrado a revisar y validar los argumentos de Marqués sin echar una ojeada a los del interpelado.

¿Quién era Alfred Kazin?

Kazin era un intelectual judío nacido en Brooklyn hijo de inmigrantes rusos influido por el trascendentalismo y el vitalismo como tantos otros autores de la segunda posguerra. Aquellas formulaciones filosóficas y literarias se caracterizaban por una fuerte crítica a los valores “modernos” emanados del desarrollo del capitalismo de posguerra. Kazin estaba vinculado a los “New York Intellectuals”, un grupo que simpatizaba con el socialismo pero que era ostensiblemente antiestalinista, rasgo distintivo de las izquierdas estadounidenses visible desde fines de la década de 1940, al menos, y que se profundizó durante la Guerra Fría a partir de 1947. La discursividad de los “New York Intellectuals” los acercaba al trotskismo en el sentido de que ambas tendencias resentían  la violencia experimentada en el mundo soviético durante la era de la colectivización forzosa que desembocó en el gulag.

Dr. Alfred Kazin

Kazin se hizo experto en literatura estadounidense, materia que vino enseñar a Puerto Rico por invitación de  la Universidad de Puerto Rico en medio de la era de la “Casa de Estudios”. Su interpretación de la discursividad literaria estadounidense se apoyaba en la elucidación de  los indicadores sociales y políticos que los textos expresaban. La lectura de la literatura a partir de indicadores sociales e históricos era común en la tradición de la Historia Intelectual estadounidense de su tiempo. El crítico ruso-estadounidense dejó además una voluminosa  autobiografía valiosa a la hora de orientar al lector en cuanto a las dificultades que encontraban los inmigrantes o el exiliados en el proceso de integración al tejido social y cultural estadounidense en una época compleja que tanto marcó al siglo 20.

Su presencia en el más importante centro educativo puertorriqueño ocurrió en un momento en el cual la euforia innovadora de los portavoces del Estado Libre Asociado (1952) y el proyecto de industrialización por invitación expresado en “Operación Manos a la Obra” (1947-1976) podían ser en alguna medida celebrados. El  “crecimiento dependiente” se confundía con el “progreso” y la idea de que ser puertorriqueño y americano (estadounidense) a la vez era plausible y  enriquecería a una y otra parte sin contradicciones mayores, seguía viva en la mente de muchos. El terreno político partidista era más incierto. El poder de Luis Muñoz Marín y la hegemonía electoral del Partido Popular Democrático comenzaban a eclipsarse y, desde las elecciones de 1956, la presencia electoral del independentismo empezaba a menguar. La década de 1960 se caracterizó por la reformulación ideológica del movimiento independentista y el crecimiento de las simpatías hacia la estadidad entre las masas, sector ideológico que también atravesó por un proceso revisionista intenso. La visita de Kazin era parte del proyecto de hibridación cultural desde el poder que estimulaba la  “Operación Serenidad”.

El escrito de Kazin es una más de las numerosas representaciones de lo puertorriqueño que se generaron a lo largo de todo el siglo 20, conjunto que aguarda por una lectura abierta e incisiva según lo ha  propuesto el Dr. José Anazagasty Rodríguez en un par de libros que hemos trabajado juntos.  Desde la invasión de 1898 el asunto de la personalidad puertorriqueña y sus posibilidades dentro y fuera de la unión federal preocupó a observadores de ambas partes. En aquellos textos se aventuraron hipótesis y juicios que, sin embargo, informaban mejor sobre los  prejuicios de los emisores que sobre el problema que pretendían aclarar. Dado que lo puertorriqueño también fue un tema central de la ensayística y el teatro marquesiano, este se sintió  en posición de responder a Kazin. Algo que llama la atención es que Marqués resintió más las respuestas que ciertos sectores dieron a los apuntes de Kazin que sus posturas, muchas de las cuáles parecía compartir.

El “puertorriqueño dócil” de Kazin

El artículo de Kazin inició con la descripción de una escena callejera en una ciudad opaca, rústica, detenida en el tiempo, reiterativa, calurosa, sucia, húmeda, incómoda y habitada por seres extraños para gente como él. Su retórica proyectaba un orbe descrito por oposición al progreso y, por el contrario, ausente de dinamismo, premoderno y de un exotismo agrio y repelente. Los recursos a los que apelaba Kazin en su narración sugerían cuál era su percepción de los puertorriqueños. Los personajes que ocupaban aquel espacio anodino eran seres incompletos -homúnculos o zombis- que se movían en un tiempo lentificado o detenido en el tablado de un pretérito ominoso.

Un heladero que dos veces al día se desplazaba por la ciudad, “his truck playing Brahm’s  Lullaby over the loudspeaker, and after he is gone, the sweet and gluey tones (a little like the tastes local ice cream itself) still linger maddeningly on the air”. En aquellas calles los días transcurrían de manera rutinaria, sin novedad en el frente: “begins early, at it does in all the hot latin countries”. Los paisajes de los pueblos latinos se mostraban marcados por la inmundicia.   Aquellos seres pululaban “across the garbage-strew fields next to our house”, acosados por el calor extremo “interrupted only by the sudden rains that stop as quickly as they come”. La latinidad y el trópico abrasivo se expresaban en la sensación de humedad y calor que agobiaba al transeúnte. Completaban el cuadro un conjunto de seres anónimos: “brown-faced men and women are already going to work”, los cuales sabiéndose distintos, mostraban curiosidad ante la presencia del “otro”, el estadounidense que los observaba. La cercanía física no contradecía la distancia social y cultural que él les imponía. No había empatía alguna en la mirada sino una expresión más de la diferencia desde una situación de poder. El ejercicio de “zoom”, acercamiento o aproximación de Kazin, es por demás interesante.

Aquel fue el momento que el observador utilizó para introducir su experiencia como profesor en la Universidad de Puerto Rico. La imagen de los mulatos silentes de la calle le traía a la memoria que  “…the curious stillness is already on them”, y que aquella actitud de “calma curiosa” no difería de la que expresaban sus estudiantes universitarios cuando asistían a su clases. Aquella condición no podía sino ser resultado de una “ deeply resistant shyness” común a unos y otros. La condición natural del puertorriqueño era la timidez y la inseguridad fronteriza en el miedo. El tímido es un ser que no se atreve, que manifiesta aprensión a hacer algo por instinto de conservación. La metáfora de Kazin reproducía la del miedo a que lo cojiera el holandés que, de acuerdo con las fuentes españolas, acompañó al criollo después de la agresión  holandesa de 1625 según Fray Damián López de Haro.

Kazin iba más allá. Asociaba la timidez a la imagen del cordero: “this people  are lamblike”, incapaces para la violencia, la agresividad, para tomarse un riego, sumisos, perezosos, en síntesis,  dóciles. La imagen invocada llama la atención porque el discurso nacionalista también apeló a ella con el fin de estimular la lucha por la independencia. La canción popular “El Yunque y el cordero” cantada por Pedro Ortiz Dávila (1912-1986), Davilita, hizo una referencia similar. Lo que Kazin denominaba la  “famous docility” del puertorriqueño, asunto que como se sabe también llamó la atención de Marqués, tenía desde su punto de vista fuentes no solo culturales sino también biológicas y ambientales. Expresaba “the apathy of tropical countries”, una condición natural que marcaba el temperamento y estimulaba la timidez o “shyness”. A ello había que añadir un componente aprendido, la asimetría, la extrañeza o enajenación en las que convergía una relación de sumisión colonial.

René Marqués

Según Kazin la timidez natural era sociamente fortificada y ello explicaba porqué los puertorriqueños mostraban “the Step’n Fetchit sloth in the presence of Americans barking questions in the language they do not know and no longer pretend to know…”. La “Step’n Fetchit sloth” era una metáfora que provenía de los medios de comunicación masiva estadounidenses. Usada para representar a los puertorriqueños reiteraba la pereza universal que numerosos observadores hispanos y estadounidenses adjudicaron al insular de un modo original. En Kazin sugería el estereotipo del manipulador, el jaiba o el aguzado que se movía con cuidado entre la sumisión y la resistencia y, claro está, recordaba la concepción del Juan Bobo de Marqués. Stepin Fetchit era el alias mediático de Lincoln Theodore Monroe Andrew Perry (1902-1985), primer actor negro exitoso en el mercado estadounidense, de fe islámica por cierto, cuyo personaje articulaba el estereotipo negativo del afroamericano holgazán y racista signo que, dadas las condiciones imperantes en la década de 1960, adoptaba un carácter potencialmente subversivo. Como aquél, el puertorriqueño no era sino un manipulador calculador y compulsivo.

Para Kazin, Puerto Rico era un país habitado por gente que no sabía inglés y que tampoco quería aprenderlo, que se conformaba con lo mínimo para no llamar la atención del estadounidense. La jaibería lo hacía capaz de acomodarse a cualquier situación que le impusiera el “otro” sin ofrecer resistencia. Sus observaciones no se limitaban al abajo social o a las clases populares. También tocaba al arriba social y señalaba hacia aquellas elites que a lo largo del siglo se habían mostrado siempre dispuestas a colaborar con el invasor y habían medrado de su sumisión al poder. Lo que sugería el profesor invitado era que arrimar la brasa a su sardina no era una táctica exclusiva de los desposeídos y los subalternos. Los sectores de poder pecaban de lo mismo.

La vida de los puertorriqueños estaba marcada por la artificialidad y la pasividad calculada. Mirando al arriba social y las elites, reconocía que a nadie parecía molestarle que “the  bishops are still never Puerto Ricans but are American irish”.  Mirando hacia el abajo social y las clases populares destacaba con ironía  que “the girl behind cash register at the super-mercado (run by Grand-Union, development by Laurence Rockefeller), may not speak English but she has learned to say okay, you bet, next aisle, please, and my lambs are reading Emerson and Thoreau, you bet!” Kazin extrapolaba las situaciones que ironizaba en la sociedad puertorriqueña y las aplicaba a sus estudiantes universitarios, esos “corderos” para los cuales discutía a dos maestros de trascendentalismo literario, a saber, Ralph Waldo Emerson y Henry David Thoreau.

La imagen de Kazin no se limitaba a afirmar que se trataba de un defecto moral naturalizado. También resentía ciertos comportamientos o hábitos sociales concretos con los cuales llamaba la atención sobre la errática apropiación de los valores materiales de la vida moderna en el país. Los puertorriqueños eran “the most erratic drivers in the world, with a sickening record of accidents…”, lentos en la carretera “as if they were on muleback”, y viajaban “en famille, arms perpetually hanging out of the car, talking and eating as if they were home”. La anormal relación de los puertorriqueños con el automóvil, uno de los signos más emblemático del progreso estadounidense, había sido parodiada también por el novelista Wenzell Brown en Dynamite on our Doorstep: Puerto Rican paradox publicada en 1945 en el contexto concreto de los conductores de carros públicos y privados de Ponce.

Para Kazin la “famous docility” del puertorriqueño tenía otro rostro: era “docile because someone has always taken them over”. Era un pueblo infantil, bisoño e inmaduro que siempre habían encontrado alguien que se encargara de sus asuntos. Nunca habían sido libres ni se habían visto forzados a hacerse responsables de sus problemas por lo que habían aprendido el arte de  sacar provecho de su imagen de fragilidad. Para Kazin “Puerto Ricans are always being reformed, educated, studied, analyzed, worked on, develope by others”.

Acostumbrados a no hacerse cargo de sus asuntos, su proyección como muestrario, escaparate o vitrina del desarrollo y la democracia la debían, no a su esfuerzo, sino a “the massive infusión of American capital” en su economía. Kazin lamentaba que los jóvenes estudiantes que visitaban el continente “are very quick to suspect, to misunderstand, to be hurt- and somehow I hear from them more of what they have suffered from Americans than of what they think of Americans”. La tendencia a la auto victimización y la ausencia de babilla del puertorriqueño se asociaba a su emocionalidad, un rasgo fácil de atribuir a la latinidad, argumento con el que se reafirmaba su incapacidad para razonar. La cosificación del puertorriqueño colectivamente visto estaba completa. Para Kazin entre los puertorriqueños y los estadounidense existía un abismo que 62 años de ocupación e interacción no había podido superar.

La docilidad del puertorriqueño explicaba que no existiese una buena historia de Puerto Rico, asunto respecto al cual también se expresó Marqués en sus ensayos, y ayudaba a comprender por qué ese campo de estudio estaba tomado por sociólogos y antropólogos continentales que miraban hacia Puerto Rico sin empatía alguna como si se tratara de un laboratorio de observación social controlado.

Marqués vs Kazin: unas notas preliminares

De acuerdo con Marqués, los “puntos débiles o vulnerables” o las “torpezas” de la reflexión de  Kazin eran varios. El primero tenía que ver con su formación: Kazin no era “ni sociólogo ni historiador” (Marqués 1977, 120) tareas que valoraba mucho y cuyas carencias reconocía como un defecto de la academia puertorriqueña. Marqués adolecía del mismo mal: había estudiado agronomía en Mayagüez y se había transformado en dramaturgo y escritor. El hecho de que Kazin no ofrecía un análisis “científico” sino “impresionista” de la sociedad puertorriqueña, “torpeza” que iba de la mano de la otra, llama poderosamente la atención. Marqués también ofrecía una visión impresionista de la sociedad puertorriqueña. La única diferencia entre ellos era la nacionalidad.

Lo cierto es que Marqués poseía una noción tradicional de la “ciencia” que vinculaba el concepto con la idea de un cosmos legislado, cognoscible y predecible. En ese sentido, la “cientificidad” era equiparaba a la idea de la “certeza” y la “verdad”. El imaginario moderno del dueto ciencia/verdad tenía un fuerte sustrato teológico y religioso que estimulaba ese tipo de paralelismo y conminaba al culto.

Por último, Marqués llamaba la atención sobre la manía de Kazin de apelar a la autoridad del hispanoamericanista Richard Morse (1922-2001) y sus expresiones en “The Deceptive Transformation of Puerto Rico” (“La transformación ilusoria de Puerto Rico”) investigación leída por aquel en la Conference on Social Sciences de la  Universidad de Michigan en 1959. El ensayo de Marqués era algo más que un diálogo con Kazin. El otro interlocutor era Morse, por lo que revisar sus argumentos se hace necesario. A ello me dedicaré en otra columna.

Publicado originalmente en 80 Grados el 8 de mayo de 2020

Caroba: reflexiones de un lector y un testigo


  • Mario R. Cancel Sepúlveda
  • Historiador y escritor

 

carobaConocí a Juan de Matta García en el año 2005, durante el lanzamiento de un libro de cuentos que yo acababa de publicar, Intento dibujar una sonrisa, en la Universidad del Sagrado Corazón en Santurce. Creo que Luis López Nieves me lo había presentado antes de esa fecha pero no lo podría asegurar. En la sesión de preguntas y respuestas, la cual siempre aspiro a que se transforme en un diálogo rico para todas las partes interesadas, Juan de Matta protestó unos comentarios míos sobre la pertinencia en el presente de la obra, excelente sin duda, de Enrique Laguerre.

La breve discusión con Juan de Matta, una de las cosas más interesantes que recuerdo de aquella tarde, giró en torno al culto que se genera hacia las figuras de los clásicos, en especial los muertos, en el lenguaje cultural y aun en el académico. La condición de clásico huele a cadáveres, siempre me lo he dicho de ese modo. La recuerdo bien, con todo detalle porque cuando Juan de Matta salió con lo que presumí era su brigada de apoyo o grupo de choque, me di cuenta de que es la misma cara de Morgan Freeman, uno de mis actores favoritos. En realidad la base de la breve disputa tenía que ver con un choque en la percepción sobre el asunto que había entre Juan de Matta y yo.

Eso me trae a la memoria otra situación que viví con posterioridad. Fue cuando me hicieron la peligrosa pregunta que siempre había temido: ¿Por qué debemos leer los clásicos? Todo venía a cuento de una publicación que iba a hacerse en la desaparecida revista Letras nuevas. Desaparecida, no por falta de ímpetu o calidad que mucha tenía, sino por las desgracias de la crisis actual del capitalismo que envejece y se renueva siempre para bien de pocos y mal de muchos. La inquisición fue culpa de la escritora Mara Daisy Cruz. Después de darle muchas vueltas por varios minutos al asunto, escribí algo como lo que sigue y que ahora regalo al novelista que me ocupa:

Un clásico es una expresión única y personal que habla el lenguaje propio de una época. No se trata solo de eso. Al hablarlo comunica ideas a una diversidad de receptores distantes en el tiempo y en el espacio. La eficacia de su expresión y la de su recepción se presume. A la eficacia de ese proceso llamamos universalidad. Entre lo clásico y lo universal imaginamos una relación estrecha. La obra clásica y universal convertida en piedra, en gesto o en texto, demuele la diferencia entre París y Macondo, entre Nueva York y Comala. Cancela las fronteras entre El Cid y Toño Bicicleta, y entre Friné e Isabel La Negra. En eso radica su magia. Leo los llamados clásicos con la esperanza de encontrar una explicación a muchas de las aspiraciones colectivas y prejuicios de la humanidad. También para saber lo que no soy. De ese modo los aprendo con más fuerza y me libero de algunas pesadillas. Lo universal no es lo escrito, sino el hecho de escribir.

Juan y yo chocamos por la interpretación de lo que significaba Laguerre, un clásico puertorriqueño, y su obra para alguien  como yo. Elidio la Torre Lagares y  Marta Aponte Alsina, podrían atestiguar lo que he dicho porque vieron los hechos y es probable que lo recuerden mejor o peor que yo. Es parte de mi oficio, siempre le doy mucha importancia a ese tipo de evento que, para otros, podría pasar inadvertido: soy historiador y me fijo en los pequeños acontecimientos.

A la luz de la relectura de Caroba, vuelvo a reflexionar en torno a aquel hecho. A Juan de Matta quiero explicarle quién soy. Lo cierto es que, en el marco de la sociología de pop, yo soy un baby boomer nacido en aquella ruralía que iba camino a la desaparición en 1960. Recuerdo los retornos del anciano Luis Muñoz Marín a la isla para apoyar, como un fetiche, a los candidatos políticos de su partido en el momento de la pubertad del anexionismo. Crecí en un campo que no tenía nada de simple, la simpleza del campo es un prejuicio urbano muy estúpido, y mi primera ansiedad fue la de escapar de allí a como diera lugar como quien sale de la selva. La única localidad con aspiraciones ciudadanas en la zona era Mayagüez. Sólo más tarde me llamaron la atención Río Piedras, San Juan o la diversidad de ciudades que he disfrutado en cada uno de mis viajes.

 

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Juan de Matta García, escritor

Mi peculiar experiencia académica y creativa me ha demostrado que la ruralía y el campo que viví, y el que aprendí luego en el sistema escolar y revisité en el universitario, eran cosas distintas. La imagen de ambos en mi caso, nieto de Socialistas Amarillos, estaba  filtrada por el aura del Populismo del 1940 y el tesón de Obrerismo Rural y Urbano Moderados. Las herencias son cosas que se meten bajo la piel como una espina o un microchip con un complejo programa que semeja un virus. Fui configurado como un ser que ansiaba desprenderse del campo, a la vez que miraba el urbanismo a la distancia, como un espacio para el debate cultural y el reto y el crecimiento.

 

Eso fue la forma en que viví el proceso de Modernización de Puerto Rico porque esos valores, en lo esencial anti-rurales, eran de crucial importancia en la formación de un chico como yo, nacido en el año 1960. Luego todo fue una vorágine que no es necesario contar. Pero cuando en la adultez fui a establecer un hogar donde refundar mi humanidad, volví a la Ruralía Postmodernista: la que está adornada con una megatienda a 15 minutos de distancia, y el acceso a la Internet y a la televisión por cable o satelital es cosa común. Lo que quedaba de la vieja sociedad rural en la casa en que me radiqué se reducía a las manías de algunos vecinos, y al hecho de que la urbanización estaba construida sobre lo que había sido una pieza de caña.

La forma en que Juan de Matta enfrenta la cuestión rural en Caroba es completamente distinta. Claro, entre él y yo hay una diferencia generacional que no debe ser pasada por alto: Juan de Matta es más viejo que yo, que conste. Además en él convergen con diafanidad, lo sé por lo que conozco de su trabajo creativo, la valoración de la cultura de la ruralía adjunto con la de la raza, como ocurrió en algunos de los grandes escritores del 1970, en especial el olvidado narrador viequense Carmelo Rodríguez Torres. Para Juan de Matta,  esos elementos representan el proyecto de una Nación Emergente que nos asedia desde hace siglos y que no parece encontrar el agujero de gusano que permita abrir el atajo que conduzca de la esclavitud colonial a la libertad.

Esta preocupación por lo rural y lo político como nicho identititario que domina la obra de Juan de Matta, puede parecer una anomalía cuando se le mira desde el territorio de una narrativa dominada por la temática urbana real o virtual, y que ha invisibilizado los trazos de un campo que imagina moribundo. Pero lo cierto es que un fenómeno análogo de ruralización del lenguaje ocurrió en la narrativa de la vieja y desmembrada Unión Soviética, luego de la muerte por mucho tiempo prescripta del Socialismo Real. En aquel contexto, la novela rusa de tema campesino se hizo de un espacio que el sueño del Comunismo industrial y urbanofílico, había reprimido. Claro, la diferencia radica en que en la Unión Soviética, a pesar del Bolchevismo Moscovita, el campesinado y sus tradiciones constituían una realidad más palpable que en el Puerto Rico de hoy. El Comunismo veía en aquel mundo adversario la meta de la disolución de la propiedad privada. Mientras en Puerto Rico, el campo y sus signos seguía siendo para muchos una esperanza de recuperación de la Identidad conculcada. Ahora me atrevo sostener que la obra de Juan de Matta no es una anomalía: es un esfuerzo político legítimo, que plantea un proyecto concreto.

En este prefacio no me propongo contar una novela que resultará una grata sorpresa para quien la tome en sus manos y la apropie. Solo pretendo resaltar algunos de los rasgos que me han llevado a reconocer que Juan de Matta es un narrador natural, como aquellos bardos que daban sentido  a la vida de una comunidad sobre la base de una narración que les servía de espejo. Juan de Matta posee una capacidad extraordinaria para narrar y tejer una trama bien articulada que nunca pierde su consistencia. Se trata, en ese sentido, de un narrador maduro con el cual no hay que discutir mucho la naturaleza de sus procedimientos narrativos.  Eso, para un asesor de tesis, es un fenómeno especial porque entonces uno puede, y así lo he hecho, sentarse con el escribiente a conversar sobre su imago mundi y la narración te atrapa por su fluidez y su coherencia o, por decirlo de otro modo, por su peculiar poética.

La otra característica de la escritura de Juan de Matta es el dominio de los diálogos, elaborados con un lenguaje mesurado, sugerentes cuando tienen que serlo e incluso de una comicidad natural y singular cuando el caso lo amerita y también capaces de transmitir la mayor de las amarguras. Poseen el sentido de la oralidad no calculada. Todo ello se consigue con un lenguaje coloquial, llano, muy humano que recuerda las destrezas de los autores del 1970 con el habla popular. El nicho narrativo de Juan no es, sin embargo, la ruralía imaginaria que inventó la cultura literaria del 1930 o la del Populismo. De lo que se trata es de una ruralía concreta y material, muy contemporánea, que todavía subsiste engastada en el Puerto Rico urbano del siglo 21. No se trata de un mito hasta el punto de que algunos de sus personajes han tomado de vez en cuando una cerveza o un café conmigo.

La otra virtud del arte de narrar en Caroba es ese interesante juego con los tempos que Juan de Matta pone en práctica. La novela camina a un ritmo más o menos pausado en las partes I a la IX; se acelera, en especial al cabo de la parte X y en la parte XI, llegando al final. En ese sentido tiene la tesitura de la memoria y de la historia vivida. Esa asimetría me parece ahora un logro en un texto que, si se narra a una velocidad media, se vería en peligro de perder mucha de su eficacia.

Lo otro es la técnica del final  abierto, la irresolución que se respira al cabo de la lectura. Es como si el autor hubiese querido tan solo plantear el problema, y esperara con paciencia la reacción de los contertulios-lectores. En efecto, al lector no le cabrá la menor duda de que se encuentra ante una novela de tesis. Pero me parece que debo decir que aquel que piense que hacer una novela de tesis es un problema, que tire la primera piedra. Una novela sin tesis de ninguna índole, representa por sí misma la proposición de una tesis.

Lo más notorio de Caroba y donde el autor se presenta como un verdadero maestro, es en el manejo del lenguaje del mundo de los caballos y el deporte de los caballeros, del deporte del paso fino, tan emblemático de la Nacionalidad que en el texto se discute de una manera sesgada pero obvia. Me sorprendió que me dijera que se considera un novicio en ese aspecto. La selección de ese icono popular, no podía ser más acertada. La sola reflexión sobre ese orbe cultural y social implica una discusión profunda sobre la Identidad. Se trata, desde mi punto de vista, de un  discurso autónomo que no necesita recursos alternos manidos para conseguir el fin de articular con claridad las opiniones del autor.

La historicidad del caballo antillano y puertorriqueño es un valor colectivo que muchos, incluyéndome, desconocen. La lectura de la obra de Juan ha sido para mí un taller. A lo largo de la novela, Juan hace alarde del dominio de ese lenguaje, lo problematiza y lo transforma en un código legítimo para discurrir en torno al dilema de la Identidad y sus recovecos más íntimos. Cuatro indicios me vienen a la memoria cuando paso revista sobre la posición que ocupa la narrativa de Juan en ese caso. Esas cuatro pistas resultan en cuatro pilares mayores de Metarrelato Nacional que puntean el imaginario de una historia colectiva que siempre, siempre se reinventa: no hay historia colectiva fija.

La primera es el papel protagónico del caballo puertorriqueño en el siglo 16 en el proceso de consolidación del control sobre México y Perú, hecho documentado por las crónicas de la Conquista. El segundo es la imagen del caballo puertorriqueño y el contraste del mismo con el caballo inglés, presente en un documento de 1598 firmado por el cronista de guerra inglés el Reverendo John Layfield. La tercera, el comentario sobre el equino firmado en 1797 por el naturalista francés André Pierre Ledrú en visita científica a Puerto Rico. Y el cuarto, el personaje del caballo según lo dibujó en 1849 en un cuadro de costumbres Manuel Alonso Pacheco. Mi imaginación histórica es la única autora de este palimpsesto. Ella juega conmigo como la dama seductora que me visita de vez en cuando.

Aparte, voy a dejar los juegos que acometió Abelardo Díaz Alfaro en sus textos poéticos y simbólicos “El josco” y “Los perros”. El papel de la elementalidad de lo agrario y lo rural es variable en ambos textos, por lo que su lectura apela más a la posibilidad de un relato mítico existencialista que al Criollismo Trascendentalista al que ocasionalmente los había asociado. Confieso que cuando me enfrenté por primera vez a Caroba, pensaba que se trataba de un ejercicio de esa naturaleza. La apelación a la Identidad en los referidos relatos es exógena, quien la aporta es el lector consciente de la agonía de su contradicción.

En el caso de la obra de Juan de Matta eso no ocurre. La narración no ofrece oportunidades para la confusión. Cuando se invoca la década del 1950, el signo es la Insurrección Nacionalista. Cuando se buscan espacios concretos que, como un templo, sugieren la Identidad, allí aparece Lares. No se trata de decisiones simples. De lo que trata es de posturas con las cuales el autor no transige. En el mundo bipolar que se construye en la novela, las medias tintas se ahorran del todo. Caroba y Constantino, el puertorriqueño y el cubano, la Nación ante el Imperio, son códigos que no permiten una sola fisura. Esa aparente claridad da a la novela la transparencia que garantiza una fácil y sabrosa lectura y que hacen de Juan de Matta un excelente escritor. Invito a la lectura de Caroba a todos los interesados y sobre todo a aquellos que como el avestruz ocultan su cabeza para no enfrentar la realidad. La garantía de que la disfrutarán está allí. Escribir es pensar, y pensar es imaginar el mundo. Narrar es teorizar sobre el mundo desde un lugar muy específico. Yo acepté la convocatoria de Juan de Matta García. Espero que ustedes también.

En mi casa de Hormigueros, 26 de julio de 2011.

Luis Hernández Aquino: apuntes en torno al tema taíno en Puerto Rico


  • Mario R. Cancel Sepúlveda
  • Historiador y escritor
Comentario en torno al libro: Juan E. Hernández Cruz, editor. Luis Hernández Aquino y el estudio de las voces taínas en Puerto Rico (Lingüística boricua). San Germán: Editorial Xagüey, 2012. 429 páginas. Presentado en el Museo de la Historia de la Ciudad de Ponce

El volumen Luis Hernández Aquino y el estudio de las voces taínas en Puerto Rico, editado por Juan Hernández Cruz, recoge buena parte de las columnas producidas por Luis Hernández Aquino entre los años 1970 y 1974, bajo el título “Lingüística boricua”.  Las mismas giraban en torno a la herencia taína en el español de Puerto Rico según se hablaba en la década de 1970. Los textos fueron difundidos en forma de columnas periodísticas publicados en el diario El mundo. “Lingüística Boricua” es el testimonio de un momento de inflexión en la historia intelectual y cultural de Puerto Rico.

Francisco Matos Paoli y Luis Hernández Aquino

En la década del 1970, las luchas políticas, sociales y culturales en el país, tomaron un giro radical que polarizó la discusión pública. Una crisis internacional creó el ambiente propicio para el cuestionamiento de la hegemonía populista en el país, situación que favoreció un auge estadoísta que todavía hoy es palpable. Hernández Aquino fue un testigo privilegiado de aquel momento crucial en la historia cultural del país. Pero no se trataba de un testigo convencional.

En primer lugar, Hernández Aquino poseía vínculos concretos con algunas de las propuestas literarias más influyentes del siglo pasado: las Vanguardias que retaron la tradición y el establishment literario entre 1920 y 1950. Esto tengo que repetirlo porque todavía el fenómeno de las Vanguardias no ha sido interpretado de una manera balanceada por la historiografía literaria canónica. El autor nacido en Lares  fue una voz clave para el Atalayismo,  el Integralismo y el Trascendentalismo, tres propuestas poéticas relativamente tardías, comprometidas con el rescate, interpretación y reinvención de la Identidad Nacional, entonces considerada bajo la amenaza de una cultura extranjera agresiva: la estadounidense. La voluntad de creadores como Hernández Aquino resultaba, dadas las circunstancias, novedosa y retadora.

En segundo lugar, el hecho de que Hernández Aquino fuese, además de poeta, un excelente investigador y ensayista e historiador del Modernismo y de las Vanguardias, ratifica su situación de figura protagónica de la historia intelectual del país. Fue en medio de aquella vorágine ideológica que el autor hizo suya la preocupación por el asunto de la figuración del indio y se dedicó a la revisión del tema a través de los restos y trazas de su lenguaje. Su voluntad neo-indigenista ratificaba algo que se había aceptado como una verdad incuestionable desde el siglo 19: el pasado taíno y la cultura de los arahuacos, que había sido un componente de la insularidad y la nacionalidad, debía ser también una pieza en la invención del Yo Colectivo puertorriqueño futuro. Una de las demostraciones más claras  de ello, fue la publicación de su libro Diccionario de voces indígenas de Puerto Rico en 1970.

Las columnas que incluye “Lingüística Boricua”, representan una continuación y un complemento a la discusión que abrió el Diccionario… de 1970. El valor mayor que poseen es su capacidad para ilustrar el tipo de reflexión que condujo a la producción del lexicón de palabras taínas. Un diccionario del tipo que inventó Hernández Aquino, construido al modo del de la Real Academia Española, no era el espacio adecuado para las reflexiones presentes en las columnas periodísticas de El mundo.  En su conjunto, ambos proyectos representan una muestra de uno de los momentos más dinámicos de la historia cultural e intelectual de Puerto Rico a fines del siglo pasado. El hecho de que ambos títulos vayan a ser reeditados pronto como parte de un conjunto, me parece un acto de justicia histórica con el escritor de Lares.

Las 104 columnas que componen Lingüística boricua, fueron organizadas por el editor siguiendo los criterios que una vez utilizaron para fines similares los clásicos Juan Augusto y Salvador Perea, quienes también se ocuparon de proyectos análogos en su Glosario etimológico taíno-español, impreso en la Tipografía Mayagüez Printing en 1941.  La idea de organizar los términos en topónimos, hidrónimos, zoónimos y fitónimos, y el afán por determinar la presencia de los términos taínos en el utillaje y el lenguaje de la vida diaria, no fue una decisión de Hernández Aquino sino de editor. La obra de Hernández Aquino, parece haber sido producto de procedimientos menos estructurados. Reorganizarlo en la forma en que lo hizo Hernández Cruz, facilita el acceso a lectores que desconocen aquella tradición  en una situación cultural en la cual la cuestión taína ha dejado de ser una prioridad investigativa.

Algo muy significativo de esta colección tiene que ver con el tipo de fuentes primarias y secundarias que manejó Hernández Aquino. Del producto se puede derivar una lección de metodología de carácter invaluable. Su curiosidad investigativa lo condujo a la confrontación meticulosa y crítica de una muestra significativa de los textos de Indias, de una variedad de fuentes etnográficas de diversos orígenes y de la historiografía puertorriqueña clásica. Las Crónicas, Relaciones, Descripciones, Cartas, Memorias e Historias de la conquista y colonización, son una fuente que ha sido consultada desde el siglo 19. Volver a ellas en pleno siglo 20, fue uno de los ingredientes esenciales en la revitalización de la discusión de la Identidad en la frontera de la Hispanidad que caracterizó aquel periodo.

El  Archivo de Indias dejó en manos del investigador una serie de piezas que ofrecen pistas sobre las labores realizados por los indios encomendados y repartidos a los conquistadores y colonizadores a principio del siglo 16. Se trata de nóminas laborales que destacan el papel de los Caciques y Nitaínos, como intermediarios en la entrega de Naborias a los cristianos para que estos ejecutaran una diversidad de tareas en las minas, las estancias coloniales o en las haciendas del Rey. En los mismos se registraba el pago de la cacona a los obreros indios. La retribución se limitaba a  una camisa de presilla, una caperuza, unos carahueles o calzones, o unas alpargatas.

Un resultado neto de la búsqueda de Hernández Aquino fue que, en aquellos pliegos, se registraban los nombres propios de los taínos quienes, una vez cristianizados, veían como se desplazaba su nombre ancestral a la condición de apellido: se trataba de un simbólico desplazamiento del Yo. El sistema, dominado por los valores hispano-europeos y católicos, se imponía a los Naborías, Caciques y Nitaínos, mediante  un proceso de cristianización forzosa y abusiva en ocasiones, y aparentemente voluntaria en otras.

De este modo comienzan a aparecer Catalina, Isabelica, Leonor, Luisa, Martina, Beatriz, García, María y Alonso,  entre otros muchos. Aquellos apelativos hispano-europeos se juntaban con los patronímicos Aracibo, Jamaica, Caguama, Aramaná, Caona, Carate, Cucana, Duey, Guacabo, Macanea, para producir un efecto único. El contacto con aquellos detalles estimula al lector a inventar una imagen de carne y hueso del taíno y el naboria común. El efecto es que el taíno deja de ser una metáfora y se convierte en un hombre o una mujer que vivía una transición que le resultaba incomprensible. En ello radica la originalidad de esta obra.

Una cuestión que de inmediato se puede proponer es ¿por qué la propuesta interpretativa de Hernández Aquino fue relegada al olvido por tanto tiempo? ¿Por qué esta colección no vio la luz pública  sino hasta el 2012? La colección “Lingüística boricua” fue, por decirlo de algún modo, el último signo de una tradición. Con aquellas columnas se cerró un ciclo del tema taíno en la historia cultural puertorriqueña. Desde 1974, la discusión del tema de indio sufrió una conmoción y el revisionismo crítico se impuso hasta bien entrada la década del 1980.

Un hecho decisivo fue la renovación de los estudios de lingüística arahuaca  desde 1974. En aquel proceso cumplió un papel destacado el investigador cubano Juan José Arrom (1910-2007). Arrom fue el artífice del rescate, modernización y anotación del texto Relación acerca de las antigüedades de los indios, las cuales, con diligencia, como hombre que sabe la lengua de ellos, las ha recogido por mandato del Almirante. Su autor, Fray Ramón Pané religioso gerónimo mendicante, había producido aquella memoria, producto del interrogatorio a Behíques y Caciques taínos de La Española por orden de Cristóbal Colón. Se trataba de un documento de primera mano que había sido pensado, investigado y redactado probablemente entre 1494 y 1496.

La versión Arrom, ensayista, lingüista y crítico literario egresado de Yale y profesor Lengua y Literatura en dicha institución, fue publicada en 1974 en México y revolucionó los estudios de los naturales de las Antillas. En 1975 Arrom añadió a la bibliografía del asunto de los taínos, su  Mitología y artes prehispánicos de las Antillas, volumen en el cual vinculó la estética y la mítica taínas, sobre la base de un complejo estudio de los dialectos hablados en las islas y su relación con otras lenguas indígenas continentales.

Otro factor cultural significativo fue la publicación en 1976 de otro volumen breve, El mito taíno: raíz y proyecciones en la Amazonia continental, bajo la firma de Mercedes López Baralt. López Baralt era especialista en literatura y dominaba la lengua quechua, idioma que había estudiado en Perú y en Estados Unidos. El aspecto revolucionario de aquel ensayo estribaba en la aplicación de la antropología cultural y simbólica a la cultura taína. López Baralt fue la primera que miró el asunto de los taínos a la luz de la antropología estructural de Claude Levy-Strauss.

El otro elemento decisivo para el olvido de la obra de Hernández Aquino fue la revolución intelectual que significó el fenómeno de la “Nueva Arqueología Puertorriqueña” desde 1977. Aquel año, los arqueólogos Luis Chanlatte Baik e Ivonne Narganes Storde, adscritos al Centro de Investigaciones Arqueológicas de la Universidad de Puerto Rico, presentaron los resultados de una investigación determinante. La misma giraba alrededor de unos hallazgos en el sector La Hueca de Vieques. Como resultado de ello, identificaron lo que denominaron una nueva cultura agro-alfarera anterior a los taínos. Con posterioridad el arqueólogo Miguel Rodríguez corroboró la presencia de aquella cultura en Puerto Rico, en Punta Candelero, Humacao. Chanlatte y Narganes ampliaron sus indagaciones en Sur América y establecieron que el punto de origen de aquella cultura estaba en los Andes de la moderna Bolivia y Colombia.

Con aquel ciclo de hallazgos el lenguaje utilizado para la explicación del fenómeno de los indios cambió. Hernández Aquino quedó al margen de aquel proceso revisionista. En la década del 1980, los parámetros para la interpretación de las culturas naturales en el país habían sido revisados. Lo que ocupaba la atención de los que entonces nos formábamos en Estudios Puertorriqueños, era el debate sobre la pertinencia del esquema interpretativo de Chanlatte y Narganes ante el de Ricardo Alegría y el problema de la revisión de lo indígena en aquel momento de inflexión del discurso identitario.

Dos libros volvieron sobre el asunto de los taínos a mediados de aquel decenio. Uno fue obra de Osvaldo García Goyco titulado Influencias mayas y aztecas en los taínos de las Antillas Mayores publicado en 1984. El mismo llamaba la atención sobre los paralelos entre los naturales insulares y las altas civilizaciones mesoamericanas. El otro fue producto de Ricardo Alegría: se trata de Apuntes en torno a la mitología de los indios taínos y sus orígenes suramericanos que salió de imprenta en 1986. En el mismo Alegría reafirmaba la tesis de que las fuentes de las culturas agro-alfareras de Puerto Rico había que buscarlas en Sur América.

El lenguaje cambió, es cierto. Pero eso no fue todo: también se alteró el foco de interés en torno al asunto de los taínos. Hasta Hernández Aquino,  había dominado la apuntación e interpretación del lenguaje y la cultura taína, producto de una mirada insistente a las fuentes históricas y a los textos de Indias. Aquellas habían sido las fuentes privilegiadas de la hispanidad y la hispanofilia. Ahora la discusión se centraba en los nuevos hallazgos arqueológicos, la antropología estructural y la lectura simbólica de las tradiciones indígenas. La mirada había sido desviada hacia  el pasado americano de los taínos y se dejaba atrás, por el momento, su explicación  a la luz del descubrimiento o el contacto de 1493.

Hernández Aquino interpretaba como un pensador del 1950: los renovadores como pensadores propios de una época de revitalización de los estudios indígenas fenómeno con el cual, me parece, Hernández Aquino no estuvo en contacto. De la nueva hornada de textos, el único que citada casualmente el Diccionario… de Hernández Aquino, era García Goyco. La obra que hoy me ocupa se había convertido en una rareza. La idea de que ambas interpretaciones coadyuvan para la apropiación de lo taíno de una manera abarcadora y plural,  es posible hoy, pero no lo era en la década del 1980, década caracterizaba como se sabe, por la reevaluación agresiva del saber tradicional que tan bien representaba Hernández Aquino.

Yo me atrevo señalarle algunas ausencias a las reflexiones de Hernández Aquino en sus columnas. Si él estuviese vivo, lo haría directamente. Lo conocí poco antes de que falleciera y desarrollamos una amistad que, si bien estaba basada en la relación maestro aprendiz, nunca le faltó una dosis de respeto mutuo. Si pudiera le preguntaría por qué no profundizó más en la discusión del uso del nombre Borinquen o Boricua por la generación separatista romántica a principios del siglo 19. El general Antonio Valero de Bernabé, planeaba en  1821 denominar Estado de Borinquen a Puerto Rico cuando lo separara de España y lo integrara como provincia de la Gran Colombia. Y el mercenario, Luis Guillermo Doucoudray Holstein, quien planeaba en 1822 invadir a Puerto Rico por Aguadilla y convertir a Mayagüez en la capital de Puerto Rico libre, aspiraba bautizarlo como República de Boricua. Le hubiera preguntado por la versión de que el nombre de San Juan Bautista había sido Baneque y no Boriquén, de acuerdo con una versión que adjudicaba el  descubrimiento de la isla a un acto de insubordinación de Martín Alonso Pinzón, capitán de la carabela “Niña” entre diciembre de 1492 o enero de 1493.

De todos modos y con esto termino, los libros son para eso: para incitar el diálogo. Si hubo que esperar desde 1974 hasta 2012, para ver esta obra, bienvenida sea. Siempre es un excelente momento para pensar y reflexionar sobre la identidad. Gracias a Juan Hernández Cruz por hacer posible este proyecto.

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