Narradores 2010: Correr tras el viento, una metáfora de la decadencia


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  • Escritor e historiador

Una introducción al thriller

Correr tras el viento es una novela que termina en el mismo lugar en que comienza o viceversa. La mejor alegoría del efecto que me deja la lectura de un texto de esta naturaleza es la del nudo que se ata y se desata infinitamente mientras observo los vericuetos de la cuerda. Quien la lea reconocerá de inmediato que el encuentro de Brad Molloy y Dolo Morales con Sven Zubriggen en Berna, escena que abre la vorágine narrativa, es una excusa para acotar la memoria y relatar el “cuento largo” o la novela…aunque sea de amor”. El hecho de que la disyuntiva del género narrativo se reitere al final del texto, ratifica el interés del autor en  un aspecto de la discusión metaliteraria que ya se ha propuesto lo mismo en sus cuentos y novelas que en su poesía. Es como si me dijera ¿y qué significa eso de lo literario hoy, después del derrumbe de la Modernidad?

La cuestión central de que los personajes se encuentran tratando de negociar con Sven un Stradivarius legendario que fue posesión de Brindis de Salas, el Paganini Negro, resulta a la larga cosmética u ornamental. En ello me parece que radica su eficacia: en la trivialidad de la reliquia ante las tormentas que azotan a los personajes. Correr tras el viento vincula esferas que algunos podrían considerar dispares: el arte y el coleccionismo que tanto apasiona lo mismo a conocedores que a diletantes, el tráfico ya no internacional sino global de drogas y armas, y el mundo refinado y atractivo del afrodisíaco ilegal Chan Su inyectado en un oneroso chocolate, asunto muy apropiado en tiempos de la viagralización de la sexualidad.

El San Juan Sour, especialidad de la empresa Chocolates, caprichos y algo más, se ha convertido en un objeto apetecible entre la elite consumidora de la ciudad. Una confusión entre el nombre del dulce gourmet y el código de una operación clandestina de tráfico de armas por drogas,  coloca al exconvicto  Brad y a su inseguro amigo Dolo, en medio de una disputa entre diversas corporaciones de postmafias que pululan por el globo en la Era Postindustrial. Por esta vía, Paco Juárez, Rico Salgado, Frank Manso, Sergei Petrov y el mencionado Sven Zubriggen, se unen a Vasco Quintana, un agente corrupto que busca pescar en río revuelto, y terminan por involucrar al nada inocente Brad y al tonto Dolo en una acción tragicómica. El macho alpha domina esta relación en la que Dolo vive, no faltaba más, el amor-odio del gatillero Hammer Muñiz. Se trata de un constante juego de engaños, falsías y traiciones parecido, por demás, lo mismo al mundo denominado real que al culebrón de la semana proyectado en hora pico. El lector se encuentra en un escenario social en que los valores que animan la vida social han sido trocados de un modo radical.

¿En dónde está la novela de amor?

El telón de fondo se urde sobre el recuerdo de varios amores frustrados: el de Brad y Aura, el de Dolo y Chicolina. Lo más patético de todo es la construcción de las amantes. Me recuerda “La muerte de la Virgen” de Caravaggio, quien usó una prostituta muerta como modelo de la Madonna. Aura y Chicolina están acostumbradas a traficar  con sus cuerpos y actúan como preseas o trofeos de los poderosos capos Paco y Frank. Incluso  esos amoríos económicamente ventajosos resultan frustrados e incómodos. Se trata de pasiones que sujetan a estas mujeres a los apetitos y los desvaríos de unos machos que las tratan como otro más de sus objetos de colección. El otro amor trágico es el de Dolo y Hammer, dos homosexuales desiguales que, entre arrumacos y agresiones, nunca completan una relación que prometía vincular al cantante de reguetón y al guardaespaldas de Paco mediante el eslabón del dinero sucio. En todos los casos se trata de una atracción animal. El amor romántico solo queda como un resabio de la memoria que todo lo altera o lo inventa. Al final, cerrado el círculo de la narración, lo que queda es la universalidad de la muerte, la igualadora. Con esta novela, La Torre Lagares cuestiona, una vez más algunos de los signos agonizantes que todavía sobreviven de la Modernidad: la Identidad, el Amor y la Estética como Salvación.

 

Unas conexiones hipotéticas

No niego que, en ocasiones, me he visto tentado a apropiar esta novela como parte de una trilogía hipotética. Ante  Historia de un dios pequeño (2000) y Gracia (2004), Correr tras el viento (2011)  parece cerrar un ciclo. Pero esa es una impresión que no me arriesgaría a defender. También puede ser la parte de una tetralogía, quien sabe. Lo cierto es que la narrativa de La Torre Lagares va en un crescendo notable cuyo modelo todavía no parece en vías de agotarse. Lo que denominé en algún momento la escritura de la violencia, todavía tiene muchos frutos que ofrecer en una sociedad que ha aprendido a vivir con ese fenómeno por necesidad mientras la celebra ritualmente en los Medios Masivos de Comunicación como un objeto de consumo exquisito. Es cierto que nacemos para consumir lo que sea al costo que sea. Pero la violencia se ha convertido en un aperitivo común en la forma de video juegos, series televisivas y los filmes que la celebran.

No se trata solo de cómo se enseñorea la violencia en estos textos. Correr tras el viento reitera ese interés en el bajo mundo, el mercado de los paraísos artificiales, el poder que ello genera, la forma en que sus tentáculos penetran las estructuras de poder  y los organismos llamados a ejecutar la justicia. Matones, gatilleros, prostitutas, esclavas sexuales pueblan está picaresca postmoderna y le dan esa riqueza peculiar que tiene el sabor de la decadencia. El efecto se consigue mediante una escritura brillante, áspera y rugosa, un tanto dura en ocasiones. Esa rudeza es la que hace que lo arrebatos poéticos del  beckettiano Brad resulten tan chocantes para sus contertulios: el contraste es casi maniqueo.

Por eso leer Correr tras el viento me produce la sensación de que estoy ante una novela gráfica o por entregas, con el sabor de un thriller bien articulado capaz de mantenerme al borde de la silla mientras miro/leo la pantalla/página.  Las transiciones de capítulo a capítulo son bien visibles y están muy bien engranados, tanto como si se tratara de una pintura. Elidio es uno de los escritores más visuales que conozco, su capacidad de sugerir una escena es obvia y, en un mercado lector acostumbrado a la imagen en movimiento, ello me parece una virtud técnica loable.

Esta, como sus otras dos novelas, ejecuta un trabajo intenso con el tema del derrumbe del mundo urbano a fines del siglo 20 y principios de 21. Como se sabe, la  presunta Identidad Puertorriqueña se apoyó desde tiempos ancestrales sobre el culto a la vida urbana. Se trató de un culato dual comprensible. Po un lado, estaba la Vieja Ciudad Murada constreñida a una Isleta. Su protagonismo es bien conocido.  Por otro lado, la  Nueva Metrópoli Inorgánica propia de la Era del Desparrame producto del Proyecto Modernizador que en Puerto Rico se asocia al Populismo y al Progresismo, dos rostros del mismo Jano, de las décadas de 1950 al 1970. La discusión se inserta casualmente en los comentarios y observaciones de ciertos personajes, sin que ello conduzca a una acusación o a una moraleja antiprogresista superficial. La Torre Lagares es un escritor social, en el mejor sentido de la palabra.

Primera parte del comentario en torno a Elidio La Torre Lagares. Correr tras el viento. San Juan: Terranova, 2011. 268págs.

Narradores 2000 : Gracia, ficción y política en una novela


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  • Escritor e historiador
Nota: El comentario que sigue fue escrito en marzo de 2006. Lo incluyo a manera de introducción con el fin de abrir la discusión sobre la nueva novela de Elidio La Torre Lagares, Correr  tras el viento (2011).

 

Gracia (2004), novela de Elidio La Torre Lagares, manufactura una fábula social y política del Puerto Rico de principios del siglo 21 simbolizada en la conflictividad entre Sam Eagle y Patria. El erotismo y la violencia sádica matizan la relación erótica de la pareja hasta que la ruptura, materializada tras la experimentación de Patria con la droga de moda, ve a dios.

El acontecimiento puede leerse como un ritual de paso hacia un cosmos desconocido y, por ello, deseado. En ese sentido el acto resulta liberador y peligroso por el tipo de reto que representa para la autoridad de Sam Eagle y el misterioso Tío G. Pero el episodio también puede leerse como una reconstrucción del reto de Eva a la autoridad divina en el juego de la tentación y la seducción. Los paralelismos entre gracia y el soma en la novela de Aldous Huxley, Un mundo feliz (1932), no pueden ser pasados por alto.

El bajo mundo del narcotráfico y los espacios de lavado de dinero expresan la voluntad de La Torre Lagares de actualizar la narrativa puertorriqueña a la luz de su lectura del film noir y el pulp fiction, dos medios cuyos lenguajes e iconos han impregnado buena parte de la narrativa contemporánea.  La recuperación de ese tipo de recursos genera una estética retro que celebra la violencia y da un giro peculiar a la obra de este escritor.

En gran medida se trata de la reescritura de un lenguaje característico de los narradores de la tradición de la Beat Generation que ha sido poco comentada por la crítica hasta el presente. El personaje del Yonqui que aparece y desaparece a través del texto, el cual resulta ser el mítico Arcángel San Miguel que vuelve a combatir contra el demonio, recuerda al Yonqui de la conocida novela de homónima de William S. Burroughs de 1953.

Este tipo de escritura de la violencia remite también al thriller literario en la tradición del Paul Auster de la Trilogía de Nueva York o el Ian McEwan de El placer del viajero (1981), una pieza maestra de la “Nueva Novela inglesa.” En cierto modo, la experiencia con el recurso a la violencia marca una pauta que ya se había hecho notable en la literatura de ciencia ficción posterior a los años 1980 en el resto de América y que rompe con la tradición del boom y de la generación de 1970 en el país.

En Gracia se desarrolla un juego con múltiples remedos del lenguaje de las religiones finalistas, las ideoreligiones populares y el marco conceptual extático. El juego es irónico en la medida en que se equipara simbólicamente a la evasión mediante alucinógenos. El papel que cumplió el tequila o el mezcal en la novela de Bajo el volcán de Malcolm Lowry, lo ejecuta en este caso gracia.

El procedimiento es notable tanto en los capítulos en que se ofrecen los antecedentes del alucinógeno, como en el momento de reconstruir los efectos de la poderosa droga controlada por el Tío G., también conocido como “El profeta.” El hecho de que el lenguaje utilizado para crear la impresión del éxtasis sea una representación paródica y caricaturesca del que todavía usan ciertas ideoreligiones populares asociados a la llamada New Age, representa un comentario del presente en el cual esos sistemas imaginarios se han popularizado.

La novela está salpicada de una serie de apostillas sobre un orden social en crisis. El peso que tiene la terrible experiencia de Sam en Vietnam, o el fracaso de los proyectos de Abel Pesares, estudiante de literatura que termina escribiendo esquelas funerarias, son dos modelos de ello. La frustación con el mito de la libertad y el de la escritura, son obvios.

La novela delata situaciones polémicas del presente global y decadente, tales como las narco-guerras y la utilización del tráfico internacional de estupefacientes para el financiamiento de proyectos bélicos. No hay que olvidar el escándalo Irán-Contras de la época de Ronald Reagan, el papel del opio en el mundo afgano previo y posterior a los talibanes, y la relación de la amapola y las luchas armadas en Colombia.  La droga gracia representa una garantía para el flujo de dinero que los estados y las organizaciones violentas aprovechan a la hora de adelantar sus proyectos.

El balance entre la lectura simbólica y la lectura política de Gracia, y la internacionalización de un título puertorriqueño producto de un autor de nueva generación, representa un acontecimiento literario valioso para la nueva narrativa puertorriqueña.

Comentario sobre el libro: La Torre Lagares, Elidio. Gracia. Bogotá: Oveja Negra, 2004. 209 pp.

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