Albizu Campos en la novela: el caso de Luis Abella Blanco (II)


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  • Escritor  e historiador

En la frontera de la dictadura, Pedro Albozo del Campo recapacita en torno a su obra política. El punto de giro es el arribo de los diez millones del empréstito americano el 4 de mayo de 1934 (95). El escenario está lleno de contradicciones: la salvación de la Nación representa a la vez su condena.  Los observadores están muy conscientes de que Puerto Rico terminará “convertido en un tributario de Estados Unidos” (95) o, como quien dice, que la independencia ratificará la dependencia. El patético oxímoron político de la Independencia Dependiente, puede ser interpretado como otra “teratología jurídica” o un borrador muy tenue del Neocolonialismo más vulgar.

Abella Blanco argumenta sobre el asunto en un complejo discurso médico insertado en el texto. El Puerto Rico Libre es más pobre, menos sano y menos seguro que el Puerto Rico Colonial (96-103). La paradoja es interesante: la Independencia pone en fuga el proceso de Modernización que abrió el 1898. ¿Qué es más importante en todo caso? ¿La Modernización o la Libertad? ¿Cuál el sitio de Puerto Rico en el Relato Liberal? ¿Está excluido del mismo como Hegel y Marx excluían a los pueblos no occidentales? Nadie lo sabe.

El país, además se convierte en el espacio de conspiraciones financieras complejas: el National City Bank, competidor del Banco Nacional Puertorriqueño, acapara capitales y conspira contra la República (104) en estrecha alianza con un poderoso partido anexionista que crece en los intersticios de la sociedad y promueve una intervención americana en el territorio (105). Las analogías con la actitud de los Separatistas Anexionistas que encabezaron la Sección de Puerto Rico del Partido Revolucionario Cubano antes de 1898, son notables. El pasado imaginado es el borrador de este falso futuro inventado por Abella Blanco. La pregunta que me hago es ¿qué resulta más distópico: el pasado o el futuro? Vistos desde la perspectiva del Relato Liberal, ambas partes de la línea resultan atrofiantes y deformadas, sin duda.

El homenaje más significativo que hace este autor Socialista a Albozo del Campo y al Albizu Campos real, es el reconocimiento de una racionalidad e inteligencia política que lo conduce, en privado, a reconocer su error y su responsabilidad personal con aquel desastre en el que ha culminado el sueño de la Libertad. La moralidad se impone en el caudillo. La frase que sintetiza su arrepentimiento es muy interesante: “no es lo mismo decir misa que tocar campanas ¿Hasta dónde me ha llevado mi locura?” (106) El prócer acepta su condición de iluso e incluso la de  loco, diagnóstico que usó eficazmente lo mismo el FBI que el Populismo en el poder, con el fin de minar la imagen del líder rebelde.

Su reflexión histórico-mística culmina cuando escucha una décima callejera cantada por un ciego que guarda gran parecido físico con el periodista fusilado Atila Garcés (112). En ese momento Albozo del Campo se suicida de un tiro en la cabeza, en su oficina presidencial, el 10 de diciembre de 1934 (113). Esa acción, una aporía para cualquier nacionalista de corazón, no es un acto de debilidad suprema sino un acto de amor y rectificación. Albozo del Campo se quita la vida por amor a la Nación o, como quien dice, para liberar a Puerto Rico de su presencia. El cristianísimo sentido de culpa por un pecado perdido en la memoria colectiva, lo explica todo.

El cierre de la novela no deja de resultar grotesco y hasta irrisorio. Sin el caudillo, la República no sobrevive: nadie es capaz de suceder  a Albozo del Campo en el poder. ¿Tuvo sucesores Albizu Campos en el Partido Nacionalista después de su encarcelamiento en 1936?  La respuesta es que no, cada sucesor terminó siendo la sombra de aquel titán. Todo parece indicar que, por su energía, ese tipo de caudillo iluminado autoritario ejerce una fuerza castrante sobre su militancia y estimula la sumisión. Ni siquiera el fiel Marcelo Gotary alias Luchía, su Jefe de Policía, se sentía en posición de cuestionar las decisiones del Líder. Este Cristo Antillano no consiguió otro Pedro que fungiera de Pontífice Romano y fuese capaz de tomar el batón de la causa. Tal vez por ello Gotary también se suicida en el primer aniversario de la muerte del Señor Presidente. En la lápida de Albozo del Campo obrará como homenaje una reescritura prosificada del poema a “Bolívar” de Lloréns Torres. Allí donde abre el libro termina el mismo con una interesante paradoja. La nota de fracaso es total.

Por fin, el 22 de diciembre de 1934 la Isla es invadida por la Marina de Guerra de Estados Unidos por la bahía de San Juan. Una puesta al día del 1898 se impone con otro breve Régimen Militar que en este caso culmina en la creación del Estado Libre Asociado de Puerto Rico (115-116). El pretexto del ELA en este caso, se refiere al Proyecto Phillip Campbell de 1922, antecesor directo del plan de Miguel Guerra Mondragón de 1943. La idea de Abella Blanco es que el ELA, mata el ideal Independentista, lo subsume y lo devasta (115). El ELA en este caso es un tipo peculiar de Estado Incorporado a la Unión, como el que todavía buscan  en sus pesadillas lo populares de derecha. Pero en todo caso, desde un punto de vista histórico, se trata de un estatus correctivo provocado por el error y el ilusionismo de los nacionalistas, esclavos de la imagen del jefe impecable e impoluto capaz de parir la Libertad. Esa teoría del ELA como placebo de la Libertad es fascinante. Luis Abella Blanco ha dado en el clavo.

La lectura de este texto informa con precisión el contenido de esa imagen perdida de Pedro Albizu Campos que el Nacionalismo Político, Cultural y Académico ha emborronado en el proceso de consolidación de un culto civil al líder. Pero la apropiación de un mito de esta naturaleza tiene, me parece,  que estar informada críticamente para que fructifique. Para el que conoce las diatribas del poder de José Pérez Moris contra Ramón E. Betances ¿Qué significa la parodia cínica y el insulto de español contra el caborrojeño? Lo mismo podría preguntarse respecto a la invectiva que lanza contra Segundo Ruiz o José Paradís. Del mismo modo, para el que conoce la intimidad de la correspondencia de José Celso Barbosa ¿cuánto pierde o gana esa figura cuando se le apropia en medio de las pequeñeces y las vulgaridades de la oficina o el hogar? Yo creo que lo que estas figuras pierden en moralidad e historicidad en textos como estos, lo ganan en humanidad. Y a mí la humanidad vital me agrada más que cualquier ficción historiográfica que conduzca a un culto ciego.

Comentario en torno a Luis Abella Blanco. La República de Puerto Rico. Novela histórica de actualidad política. San Juan: Editorial Real Hermanos, 19–. 123 págs.

Albizu Campos en la novela: el caso de Luis Abella Blanco (I)


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  • Escritor  e historiador

Uno de los aspectos más polémicos en la investigación de la historia del Nacionalismo Puertorriqueño y de la figura de Pedro Albizu Campos, ha sido la naturaleza de las relaciones de esa organización con las izquierdas  en la década del 1930, en particular con el Partido Socialista. El texto en el que ahora me ocupo, La República de Puerto Rico. Novela histórica de actualidad política,  escrita por Luis Abella Blanco, ofrece pistas de inmenso valor sobre la imagen del Nacionalismo y de Albizu Campos es un escritor Socialista Amarillo a fines del periodo aludido. Se trata de un momento muy peculiar. Después de todo, desde 1934 el Partido Nacionalista se hundió en la peor de sus crisis políticas y amenazaba con disolverse en medio de disensiones graves. La crisis fue producto tanto de la persecución política de las autoridades policíacas coloniales como federales (1934-1936); así como de los cuestionamientos al liderato de Albizu Campos resumidos en la casi ignorada “Carta a Irma” de José Monserrate Toro Nazario (1939).

Abella Blanco era un líder socialista moderado que poseía, según su foto pública, el señorío de un buen burgués. Sus posturas sintetizan la opinión del movimiento encabezado por Santiago Iglesias Pantín en nombre de la clase obrera. El autor estaba muy consciente de los reparos políticos del Nacionalismo hacia el anexionismo militante del liderato socialista. Iglesias Pantín se había transformado para los Nacionalistas en un icono de la traición. Fungiendo como Comisionado Residente en Washington, como se sabe, presentó en 1934 y 1935 sendos proyectos de Estadidad para el país por lo que el Nacionalismo armado atentó contra su vida en Mayagüez en 1936.

La narración de Abella Blanco se inserta en una larga tradición de sátira política que admite su ubicación al lado de obras poco conocidas como “Los viajes de Scaldado” (c.1889) de Ramón E. Betances, la buena literatura política de Lius Bonafoux en el modelo de “El avispero” (1892), o “El cuento de Juan Petaca” (c. 1912) de Salvador Brau. La parodia va en distintas direcciones -los Compontes en la primera, una ciudad local en la segunda, la Confederación de las Antillas,en la última-. Pero el tono de cinismo y desenvoltura es el mismo, rayando en los tres casos en la insolencia y la procacidad. Abella Blanco no se oculta mucho para hacer la caricatura literaria: usa pseudónimos  paródicos muy obvios para designar las figuras públicas que protagonizaron la vida civil de la década del 1930, elemento que facilita la lectura de la novela para cualquier persona enterada en la época.

El volumen usa como lema o preámbulo el poema “Bolívar” de Luis Lloréns Torres. El mismo adquiere un tono de irreverencia cuando se contrasta el tratamiento a Bolívar que inspira al poeta de Juana Díaz, con el que se da en la novela a Pedro Albozo del Campo, Libertador de Puerto Rico y Primer Presidente de la República en 1932. Lo más curioso de esa República, desde mi punto de vista, es su evidente genealogía dieguista,  tanta como la que el Nacionalismo reclamó para sí históricamente. Puerto Rico Libre resultará en una República con el Protectorado de Estados Unidos, condición jurídica que servirá para puntualizar su incapacidad para la Independencia en Pelo. El diseño de la república se teje alrededor de lo que he denominado en otro libro, el Proyecto Plattista de José de Diego. Lo más interesante del juicio del autor sobre esa incapacidad para la Libertad, es que Abella Blanco no la  adjudica al líder. El responsable es el Pueblo, que sigue siendo “niño” e incapaz para apropiar ese valor supremo de Imaginario Liberal que es la Libertad.

La narración novelesca inicia con un curioso proceso judicial contra Puerto Rico, que permite al autor aclarar la tesis del texto.  La Nación es acusada del delito de “incapacidad para regir sus propios asuntos” (7). El interrogatorio desemboca en una curiosa síntesis apasionada del pasado histórico nacional propio de la Generación de 1930. El 1898 fue el “gran colapso moral” (11) que produjo la pérdida de la moral y de la identidad. La diferencia es que España no es Madre Reverenda porque fue capaz de entregar a Puerto Rico como “botín de guerra” (10) a los americanos. España se ha transformado en una patética figura sanchesca.

Las respuestas al interrogatorio que ofrece el acusado, Puerto Rico, legitiman la Independencia como opción última, y justifican los medios para obtenerla. El pasado histórico inmediato y remoto no deja otra opción. Los contrastes entre la imagen de España y Estados Unidos son típicos de los pensadores anteriores al 1930: el pasado hispánico se dibuja con atributos  devastadores: el pasado estadounidense se mira con más condescendencia. España no pudo dar lo que no tenía: la llave de la Modernidad. No está de más recordar que los Socialistas de principios de siglo, tuvieron en el nuevo orden impuesto tras la invasión del 1898 un aliado invaluable. El impacto de aquella relación fue crucial en su percepción del problema del estatus y en el tenor de sindicalismo que practicaron bajo la soberanía sajona. Lo cierto es que el Partido Socialista sólo representó un peligro para el Capital extranjero y nacional, durante  las primeras dos décadas del siglo 20.

Del mismo modo, el Puerto Rico acusado se defiende por medio de otra discursividad dominante: la de la época del Nuevo Trato y el naciente Populismo. La idea malthusiana de la sobrepoblación (13), la esperanza en un futuro industrial redentor (15), entre otros argumentos, se combinan para criticar la “teratología jurídica política” que es la colonia (19). El juicio, como era de esperarse, quedará irresuelto. Pero esa situación embarazosa abrirá el camino hacia la Independencia, que es el tema del resto de la breve narración.

La cultura socialista de Abella Blanco es rica. La arquitectura del texto recuerda numerosos textos clásicos del pensamiento social decimonónico. La novela posee el tono magisterial y racionalista de la “Parábola” (1819) de Henri de Saint-Simon, el teórico de la Sociedad de los Industriales y, en cierto modo, uno de los antecedentes del Socialismo de Estado o del Corporativismo. Su redacción es análoga, por otro lado, al texto titulado  “Los enemigos de la Libertad y de la felicidad del Pueblo” (1832), de Augusto Blanqui por su redacción como si se tratase de las minutas de una inquisición jurídica intensa.

La República de Puerto Rico de 1932 se consolida tras un cuartelazo encabezado por Pedro Albozo Campos, y es sostenida mediante una interesante alianza entre la República y Estados Unidos por medio del “Tratado de Palo Seco” (43 ss). Pero la secuela de toda esta ficción es que el radicalismo albizuista, exclusivista por demás en la teoría y orgulloso de la Raza y la Nación, se suprime después de triunfo militar en la medida de que lo que se consolida es una sumisa República Asociada apocada, que depende financieramente de un empréstito americano. No solo eso, Puerto Rico Libre admitirá la construcción de estaciones carboneras para la Marina de Guerra de aquel país y no podrá tomar decisiones bélicas que afecten los intereses del norte. El tratado bilateral incluso reconocerá el derecho de intervención de Estados Unidos cuando aquel país lo considerase necesario. Los términos recuerdan lo mismo la situación de la Carta Autonómica de 1897, motivo jurídico de culto del Nacionalismo Hispanófilo Albizuista, en muchos aspectos. La República de 1932  disfruta de una Libertad Fingida, a la manera de su antecesora, la  República Cubana Plattista.

Una nota clave para entender el debate entre Nacionalistas y Socialistas se encuentra en la decisión del Gobierno de la República de declarar Persona Non Grata y expulsar del país a Santiago Monasterio Patín (43). Su imagen, un tanto exagerada, como el “Lenine de las Islas del Mar Caribe” (49), ratifica el respeto que los obreristas puertorriqueños expresaban a esa figura legendaria y contradictoria del Viejo Gallego. El problema que quiero resaltar es que la tensión entre Socialistas y Nacionalistas, estaba alimentada por las diferencias de estatus, no por diferendos en términos de la percepción de la clase obrera como fenómeno social o porque se cuestionara el compromiso que se debía manifestar hacia la misma. La pregunta que me hago es si un Partido Socialista independentista hubiese sido tolerado como un aliado por el Partido Nacionalista, y viceversa. Dado el hecho de que numerosos Rojos y Comunistas colaboraron intensamente con el Partido Nacionalista, al menos hasta después del fin de la Segunda Guerra Mundial, el planteamiento no me parece inapropiado.

Pedro Albozo del Campo es construido con los rasgos de un estratega experto: Albizu Campos fue Teniente Segundo del Ejército de Estados Unidos durante la Primera Guerra Mundial y leía ávidamente manuales de táctica. El Ejército Libertador, aprovecha el día de paga en el orbe cañero -sábado 4 de febrero-para articular un exitoso grito insurreccional en 8 localidades urbanas (31-32), eventualidad que sirve para resarcir simbólicamente el fracaso del 1868. El apoyo de una guerrilla rural a un vigoroso ejército formal compuesto por 7 brigadas que suman  100,000 efectivos (35-36), permite que el 8 de febrero de 1932, se asegure la Independencia. Los paralelos de estos combates con los inventados por Luis López Nieves en su clásico Seva (1984), no deben ser pasados por alto. ¿Se trata de la nostalgia por un pasado bélico inexistente?

La Independencia, sin embargo, no produce el efecto deseado. Lo que sucede al triunfo es una borrachera de la Libertad que impide el despegue de la economía nacional, por lo que los lazos de dependencia de Estados Unidos en lugar de romperse, se estrechan. La clave de la parodia es esa paradoja trágica para el independentismo inocente e idealista que ve en la Libertad una Panacea o la Piedra Filosofal del Relato Hegeliano.

Albozo del Campo, tolerante inicialmente con la nueva versión de la República Feliz de las Tres B’s que vive el país recién liberado, un Piripao Tropical, se verá precisado a imponer la ley y el orden con mano más que dura. Al reconocer que el Pueblo no está preparado para la Libertad, en “Proclama Oficial” del 27 de marzo de 1933, establece una dictadura férrea con tal de restablecer el orden y garantizar el desembolso del préstamo de 10 millones que espera sane la economía nacional (72-75). El signo de ese autoritarismo se traduce en  la censura, prisión y fusilamiento del director del periódico “El estoque” Guillermo Atila Garcés (84). Abella Blanco ha conseguido su meta: minar el proyecto Nacionalista y ridiculizar el culto a Albizu Campos, el Mártir. Sus argumentos, como demostraré en otros artículos, no representaba una novedad. Albizu Campos fue capaz de despertar todo el amor y todo el odio de quienes lo conocieron. En ese poder de conmocionar, radica buena parte de su grandeza.

Ahora, ¿cuál fue el futuro de la República de Puerto Rico?  Eso lo discutiré en otra ocasión.

Comentario en torno a Luis Abella Blanco. La República de Puerto Rico. Novela histórica de actualidad política. San Juan: Editorial Real Hermanos, 19–. 123 págs.

Poesía Puertorriqueña: una reflexión (4)


Cuarto de una serie de seis basada en la charla “La tradición poética puertorriqueña” dictada en la Apertura cultural. Departamento de Humanidades. Universidad Interamericana de Puerto Rico. Recinto de Aguadilla, 16 de noviembre de 1995.

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La imagen que se recibe de la historia es torcida porque se trata de una concepción formada desde el poder, que celebra a los vencedores. Apenas acomoda al ser en el seno de un pasado ominoso. Sólo posee la función de un cosmético o una prótesis identitaria. A nadie debe sorprender que un grupo de intelectuales  del momento del hispanofilismo rabioso de principios del siglo 20, resentidos porque el país/nación no podía alardear de una “épica” o una “epopeya” nacional que definiese los remotos orígenes de la nacionalidad, trataron de hallarla en fuentes como esa Elegía VI de Varones Ilustres de Indias, negando de paso la validez histórica  del pasado boriquense remoto y, a la vez, silenciando la violencia de la inserción de la hispanidad. La fórmula maniquea del 1492-1493 como Origen,  y todo lo demás como Ab-origen se impuso.

Entre el 1550 y 1750, en Puerto Rico se recogen muestras de dos expresiones poéticas distintas y aisladas. Por un lado, la del conquistador transformado en el espécimen de una pequeña aristocracia blanca, católica, peninsular y pudiente que fue capaz de crear un imaginario acorde con sus modos de ver y cantar el mundo sintetizada en el españolismo y el integrismo. Pienso en el texto de un soneto que cierra una memoria pícara  y muy bien redactada sobre el Puerto Rico de San Juan, escrita por el recién llegado Obispo Damián López de Haro del año 1646. Un texto montado en perfectos endecasílabos, con un sabroso tono italianizante, de visibles resonancias petrarquianas, se burla la escasez y superficialidad de una sociedad con ínfulas de ciudad cuando dice:

Esta es señora una pequeña islilla,

falta de bastimentos y dineros,

andan los negros como en ésa en cueros,

y hay más gente en la cárcel de Sevilla…

La pequeñez geográfica y la pobreza de Puerto Rico eran ya parte de un discurso manido. Ambos argumentos  estaban en el núcleo de la idea que España se había hecho de su pequeña colonia perdida en el Caribe. Esa poesía ¿poesía social? no era un fenómeno aislado.

Luis Paret y Alcázar (1746-1799) autorretrato vestido de jíbaro

Por otro lado, los conquistados, los criollos pobres, los campesinos de tea y machete, como los designó el historiador Fernando Picó, los ganaderos y los monteros, la mulatería despreciada por una sociedad armada sobre los principios del discrimen y el racismo justificados por el honor y la nobleza de sangre, inventaba otro discurso poético. Amparada en la secretividad de una ruralía distante de las autorida­des capitali­nas y en la solidaridad sencilla de la oralidad y el folclor, nació otra expresión que en ocasiones experimentaba con las formas cultas para exponer contenidos originales. Pienso en la décima, en la copla popular y en el romancillo como formas de esa expresión puertorriqueña marginal representada por los sectores populares.

Ejemplo de ello son aquellas décimas sobre la infidelidad, difíciles sino imposibles de fechar, identificadas por el verso “Descose lo que has cosido”; o aquellas que comenzaban con el sugerente verso “Yo tuve una gran soruca”,  expresión popular que sintetizaba un decir mestizo en el cual la palabra castellana, en su camino al español insular, convivía con el aruaco insular: soruca o suruca es un indigenismo que vale por bulla. Y recuerdo, como su antítesis, las décimas anónimas de 1690 citadas por Josefina Rivera de Álvarez en su Diccionario de literatura puertorriqueña que, cantando la imagen de aquel enemigo del contrabando que fue el gobernador Gaspar Martínez de Andino, aparecían impresas en pasquines políticos en la capital de la colonia. Los aires populares y los aires cultos, la poesía de la capital y la de la isla, ya se distanciaban la una de la otra de una manera visible.

Un problema de la historiografía literaria, y de la historiografía puertorriqueña en general, es que cuando le corresponde definir el concepto de lo nacional y de lo puertorriqueño, la fiebre hispanófila y cultista le invade, y comienza a armar una nacionalidad en falsete apoyada en las conceptualizaciones aprendidas de la vieja Europa. Los ya clásicos trabajos de Marcelino Canino Salgado sobre la voz folclórica puertorriqueña, las investigaciones de Héctor Vega Drouet en el territorio de la música y la negritud, entre otros, son de un valor incalculable para rescatar esa tradición poética oral contestataria, por el cuidado con que indagan la expresión del ser humano corriente. Con esto no quiero negar la legitimidad del parentesco de la poesía popular puertorriqueña con el “Mester de Juglaría” y el “Romancero”.  Solo pretendo llamar la atención sobre el carácter original de la expresión insular y su condición de espejo cóncavo en el cual las fuentes se alteran y se rehacen a la manera nuestra.

El único elemento común de aquella tradición popular y aquella tradición culta -de la tradición del colonizador y la del colono- es el abarrocamiento y la obnubilación de la representación de la realidad. La expresión poética popular y culta, miran al mundo que las rodea con asombro. El campesino crea, critica y lucha con la palabra y, cuando define cómo vive, su palabra se torna en una forma atenuada de la protesta o en una queja. Esconde su lamento detrás de inflexiones y figuras que duelen. Un canto de amor afroantillano, distante de la tradición palesiana del siglo 20, se lamenta de lo difícil que es querer a una mujer porque, dice, “misuamo siempre ta bravo / y me garra por nan pasa…”  La violencia del mundo de la esclavitud no se atenúa a pesar del poema.

Castellanos (1589) inventa una visión perversa del aruaco insular frente a una heroica del peninsular; Oviedo (1535) perpetúa los mitos que todavía nutren una imagen en torno al pensamiento natural y complejo de aquella comunidad; López de Haro (1646) y Diego de Torres Vargas (1647) manifiestan sin habérselo propuesto el denuesto y el halago exagerados de la tierra. En ese sentido, al hablador que era el Obispo, recuerdo a Cervantes, y al promotor de turismo interno que resultaba el canónigo, se les debe mucho. Algunos han visto en ese inexistente cruce de argumentos la marca de la maduración de un criollismo atrapado en las márgenes del academicismo privado. La vida afortunada o infortunada de un Alonso Ramírez, carpintero de ribera, aventurero y pícaro, documenta desde 1690 la mentalidad de ese criollo de laboratorio que se ha usado de modelo para definir lo puertorriqueño porque encaja dentro de los moldes de lo que se admira de la picaresca española.

Yo me pregunto sin embargo ¿dónde están las voces populares en aquellos textos? ¿En dónde el espíritu de la tradición puertorriqueña en aquel Francisco Ayerra y Santa María gongorista y poeta que, entre Tetis, Marte, el Tajo, el Ganges y el Hymeto, llamaba Cesáreo Rosa-Nieves, “poeta puertorriqueño”? Voz popular y voz culta y oficial, se hallan en contradicción en ese período del 1550-1750 de una manera patente.

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