Seva: historia de una (re)lectura


  • Mario R. Cancel
  • Escritor e historiador

A Víctor Cabañas, colega tan ficcional como yo

La pregunta que me hago es sencilla ¿por qué vuelvo a leer este cuento?  Hace apenas 3 días volví ese relato clásico y escandaloso y la sensación fue como, en cierto modo, parecida a  la de la primera vez. Por eso voy a tratar de contestar esta interrogante personal del modo más intempestivo y peligroso. En diciembre de 1983 cuando me enfrenté a Seva en las páginas de un semanario socialista, me asaltó la misma emoción del hallazgo que invadió a tantos ilusos. Se trataba de una sensación contradictoria entre el dolor y la furia. Por aquel entonces yo acababa de cumplir 23 años, me habían expulsado de dos recintos del sistema público universitario por mi activismo político y, prácticamente. Era testigo de cómo se disolvían mis sueños de ser un historiador profesional.

El autor y Luis López Nieves

En 1983 ser historiador profesional significaba ser un cazador de la verdad más verdadera en el oscuro panorama colonial que se vivía. La verdad se hallaba velada por el manto de la mentira heredada o bajo el poder y la impertinencia del Otro y sus aliados: la intelectualidad colonizada. Seva cumplió aquel empeño por la verdad de la manera más cruda apoyándose en la fuerza de un mito procaz y morboso.  El descubrimiento de la masacre de un pueblo de la costa este de Puerto Rico por los invasores del 1898, era el mecanismo más apropiado para combatir en aquella época en que reverdecía la Guerra Fría bajo el palio del dueto Reagan-Thatcher. Yo era uno de aquello jóvenes que, desde la izquierda radical,  veían crecer aquel rejuvenecido derechismo, a la vez que reconocía la precariedad del Socialismo Real y las ficciones seniles con que trajinaba el Nacionalismo Cultural Hispanófilo domesticado por la cultura del populismo más conservador. Ninguna coyuntura podía ser más auspiciosa para el burla burlando, como el “Soneto de repente” de Lope, que acababa de producir Luis López Nieves.

Seva salió, ahora lo reconozco desde la comodidad de mi escritorio, un 23 de diciembre, dos días antes de la Natividad en el periódico Claridad, órgano en aquel entonces del Partido Socialista Puertorriqueño. La semana del 23 al 29 de diciembre terminaba en el Día de los Santo Inocentes. López Nieves y Luis Fernando Coss, entonces Director del semanario y a quien había conocido durante la huelga universitaria de 1981, completaron el lance perfecto. El problema no radicaba, pienso ahora, en el hecho específico del engaño o de tomarle el pelo a la gente. En aquel entonces la gravedad radicó en la cuestión de a quien le tomaron el pelo: a los historiadores más adustos, a los nacionalistas más comprometidos y a un segmento visible de las vanguardias políticas consideradas conscientes. La imagen retraída del intelectual objetivo, capaz de apropiar con sobriedad y desapasionamiento la realidad y de convertir el conocimiento era un instrumento eficaz de lucha, quedó en entredicho. Su capacidad para discernir entre lo posible y lo deseado, también. La procacidad de López Nieves lo colocó en una posición peligrosa y en objeto de unos medios de comunicación masiva que todavía resultaban amenazantes para las generaciones intelectuales dominantes.

Las elites intelectuales que adoptaron la ficción o lo deseado como una posibilidad, pisaban un terreno movedizo. Parecían malsanamente ansiosas por la posesión de la memoria de aquel hipotético derramamiento de sangre. Los hechos contados en Seva eran tan patéticos que podían opacar o devaluar la sangre nacionalista derramada en Ponce en marzo de 1937. Por la fecha en que surgieron, venían a mezclarse con la de dos chicos torturados en el Cerro Maravilla apenas en julio de 1978, conspiración que apenas comenzaba a develarse en toda su crueldad por aquel entonces. En verdad en el ambiente había mucho acelerante presente: el ficticio diario de Nelson A. Miles, citado por el inexistente historiador Víctor Cabañas, suprimía la descripción de los combates de los yanquis con los valientes sevanos entre el 6 de mayo y el 6 de junio de 1898 y lo reducía todo a una mera sugerencia de la estadística de los muertos.

La sangre y la violencia que se percibía por todas partes  en tiempos del atropellante Romerato, fue responsable de que la resistencia derrotada de los inexistentes sevanos causara aquel furor acompasado a los tristes acordes del leitmotif  “Seva vive”. Ni Betances, ni Hostos, ni José Maldonado el Águila Blanca, ni los combates de la Patrullas Volantes o Macheteros, habían sido capaces de levantar el diezmo de aquellas pasiones arracionales. De una manera oblicua y cínica, los vociferantes demostraban que no se equivocaban: las luchas políticas en Puerto Rico necesitaban de la ficción para mantenerse vivas.

La eficacia de Seva demostró que el desgano con el pasado heredado era una realidad exuberante. El país podía tener el pasado heroico o trágico que quisiera. Pero estaba constreñido a la posesión insegura del pasado que se merecía y en consecuencia, como podrían concluir  los buenos Liberales Progresistas, tendría que ajustarse al futuro que se había labrado. Seva demostró que la Nación, como había sugerido Ernest Renan en 1882, dependía también de “el error histórico”. Renan decía que “los estudios históricos (son) a menudo un peligro para la nacionalidad”.  López Nieves demostraba que la Literatura Creativa también podía serlo y de un modo más radical que la misma Historiografía. Hoy pienso que, después de Seva, los años de labor de creación de un orgullo nacional colectivo respetable que habían invertido los historiadores, resultaron perdidos. A los lectores les alcanzó el gatillo de la mentira bien urdida de un cuentista que dejaba morir felizmente  a 720 de 721 sevanos a manos de los yanquis para sentirse de otro modo.

Desde mi lectura de Seva en 1983 me cuestioné lo que significaba ser un historiador profesional. Yo era un tipo con carácter: no me gustaba que me engañaran. Algunos de mis maestros en la disciplina, pienso en Germán Delgado Pasapera, resintieron la publicación de aquella infamia ficcional de López Nieves y lamentaron su capacidad de adulterar el pasado y seducir a la recta razón. A mí me demostró que entre la Razón y la Pasión solo pende un hilo. También me aclaro que la relación del sujeto cognoscente con la realidad o la ficción, solo depende de la actitud y la decisión del sujeto. Claro que el cuento de López Nieves no tenía esas intenciones filosóficas ni nada por el estilo: el cuentista jugaba con la inocencia colonial más larvada de las clases políticas locales a la vez que configuraba su fisonomía de escritor a la manera de un Orson Welles tropical. Seva me convenció de que para ser historiador profesional, había que aceptar la idea de que ello conllevaba mucho de juego.

Posfacio en una tarde nublada

Hoy soy historiador bona fide si es que tal cosa como un historiador de buena fe sigue siendo posible. Publiqué mi primer libro de historia en 1994: una fría biografía crítica de Segundo Ruiz Belvis y su tiempo. Desde 1997, me sedujo aquel cambio de siglo tan lleno de (im)posibilidades, retractaciones y (anti)heroísmos. He publicado numerosos trabajos investigativos e interpretativos sobre el 1898. Hace apenas dos semanas, presenté mi último título al respecto en La Tertulia de Río Piedras: Porto Rico: hecho en Estados Unidos, volumen que preparé con José Anazagasty Rodríguez. Sólo para profundizar la tensión, López Nieves estuvo allí conversando con nosotros sobre los pasados conspirativos.

¡Qué sinuoso es el tiempo! Con los años me acostumbré a la fluidez y la fragilidad de las verdades históricas: dejé atrás a los pontificadores de lo cierto. También me adiestré en la  contingencia de una cultura literaria. Comprendí que, cada día, la escritura se ve impelida a reinventarse si pretende asegurarse un nicho en la hiperrealista (des)organización del mercado global desenfrenado. Hasta he llegado a aceptar con una sonrisa cínica que el pasado está determinado por el presente, y no del otro modo. También me he convencido de que la escritura literaria es un palimpsesto y que el papel ideal para imprimirla es el cadáver de los que nos antecedieron.

Me parece que esa es razón suficiente para volver a leer ese cuento.

Nota: ¡Dios mío! Acabo de darme cuenta de Víctor Cabañas se equivocó: aquel Luis M. Rivera, no fue el padre de Luis Muñoz Marín y el esposo de Amalia. Aquel individuo sabía inglés y el viejo autonomista de Barranquitas no. A la desaparición del historiador en la zona de Ceiba, debo añadir la búsqueda de la identidad de aquel traidor.

Narradores 2010 : Fábulas en huelga, deja vú de un sueño


  • Mario R. Cancel
  • Historiador y escritor

Editora Educación Emergente deja al lector una memoria literaria y mágica de la huelga de abril pasado en la colección Fábulas en huelga (2010). La autora es la Dra. Lissette Rolón Collazo, promotora del diálogo en torno a lo queer y toda la inusitada alteridad que invade la vida y la crítica actual. La riqueza del texto es la misma que se degusta en la memoria, la crónica y el testimonio. Hay algo de pasión en todo ello: en estas fábulas se percibe la sensación del haber estado allí.

Fábulas en huelga

Los textos, vacilando entre el relato, la invectiva y la sentencia, expresan la impronta de la inmediatez, esa inigualable cicatriz –tatuaje acaso- de la primera impresión que tanto recuerda el sabor del piquete o el sudor que se vierte en la defensa de un acceso a la universidad en momentos de resistencia colectiva. Las fábulas se sienten como un fogonazo arracional, a la manera de una de las metáforas del saber más conocida de Federico Nietzsche: la que equipara el conocimiento con la chispa casual que sale del choque de dos espadas.

Disculpen el deja vú y la nostalgia

En 1981, cuando participé en una huelga en contra del alza en la matrícula, la situación era otra. La comunicación del animus que producía en los militantes aquel conflicto histórico, se reducía al acto privado del apunte o el diario: eran los tiempos del atropellado romerato, tan atropellado como su palabra, y mi generación apenas sabía escribir garabatos. Conservo el mío, con planos de defensa personal incluidos, en algún lugar de la biblioteca que entonces comencé a construir. Está muy cerca del archivo policiaco con mi carpeta de subversivo.

Huelga de 1981

Conservar la memoria personal de aquel trance era un acto de sagacidad: un acto de conciencia histórica. Luego vendrían los sociólogos y los historiadores a decirnos qué había sucedido, según lo imaginaban en su lenguaje de observadores distantes y maduros. El  proceso quedó inmovilizado en algunos libros publicados por la editorial de moda, que circularon poco y permanecieron como quistes obscenos olvidados y groseros en las colecciones de unos cuantos intelectuales curiosos.

Todos están en mi biblioteca. Los leí de rabo a cabo y en ninguna parte encontré el testimonio de la lujuriosa felicidad o del inmenso miedo que sentimos muchos ante la movilización de la Fuerza de Choque y la dispersión de la masa con gases lacrimógenos por la ciudad. Se trató de una memoria privada: por eso conservó su pureza. La carne de mi huelga de 1981 se circunscribió a algunos relámpagos inolvidables. El recuerdo de la toma violenta del Teatro, la defensa del hospedaje de varones, la huida alocada por la Avenida Universidad.

De (re)vuelta

El proceso de abril de 2010 rompió con muchas cosas. En cierto modo, es un hito del lenguaje. Los registros de la memoria se han multiplicado libidinosamente. El libro de Rolón Collazo y los elementos que adelanta, es@ sensual señor@ llamad@ Internet,  es una demostración de ello. Los huelguistas contaron con una variedad de medios de comunicación novedosos que, en ocasiones, inquietaron al poder más de lo imaginado. Digo más de lo imaginado porque la Universidad contaba con medios similares.

Huelga de 2010

Lo patético es que esa “ventaja” nunca significó que el proceso fuese mejor (o peor) comprendido por el común de la gente. La idea el barbudo rebelde, triste caricatura del Che en tiempos de depilación corporal, o la consigna de que se trataba de una minoría vociferante que no representaba a nadie, volvió a brotar de la boca de las autoridades. Cuando alegaban aquello, estaban pescando en río revuelto, dependían de la larvada ignorancia de la comunidad. ¡Increíble! El discurso manido volvió a surtir efecto.

Como por arte de magia tuve un deja vú del 1981, igual que en el 1981, muchos tuvimos un deja vú que nos condujo al 1973, al 1969, al 1948.La ignorancia de las autoridades y de buena parte de la comunidad es pedestre y graciosa. En 1981 no se luchaba contra el ROTC y el SMO. Se luchaba por el derecho a la educación cuando la misma comenzaba a metamorfosearse en una mercancía. En 2010 se lucha por el derecho a la educación cuando su metamorfosis en mercancía esta casi completa. Una lección aprendí de las dos pruebas: por más gente que reúnas para una huelga, siempre serás una minoría vociferante. Te verás como un barbudo rebelde a pesar de la depilación corporal. Y aunque no escuches trova cubana y te guste el reguetón o el dark metal, te percibirán como un fósil de la Guerra Fría.

El libro y la magia

La literatura creativa en torno a las luchas estudiantiles en Puerto Rico no es muy numerosa. Literaturizar un asunto serio, trágico en ocasiones, no ha sido una prioridad de los militantes escritores: el militancritor ha sido una rareza en el país. Pero ¿qué podría impedir que ello sucediera en tiempos de la huelga espectáculo, de la huelga preformativa? Nada. La lucha por el rescate de Vieques, ¿terminada?, en el 2003 fue literaturizada de inmediato. Las luchas en la Postmodernidad también son distintas: hoy se puede gozar enfrentando la maledicencia del poder.

Fábulas en huelga es un modelo de ello. Entre fotos, consignas y textos narrativos incisivos, Rolón Collazo devuelve al lector la experiencia radical y sencilla de la huelga. Lo que domina su lenguaje es la sorpresa, la extrañeza, el umheimlich. No podía ser de otro modo: a cualquiera sorprende la voluntad de cambio de una generación de jóvenes inmersos en la voracidad del mercado. Dispensar tiempo para sentir el país, la Nación dirán algunos, cuando están rodeados de las tentaciones del Mercado Tecnológico de Consumo, es una proeza. Pero si además, pueden convertir los recursos de ese mercado en un instrumento de lucha y en un arma, entonces se trata de magia. Las Fábulas… de Rolón Collazo celebran esa posibilidad maravillosa y vuelven a encontrar en la juventud universitaria activista la promesa de una Primavera. La pregunta es obligatoria ¿será posible que estemos ante un 1968 en el 2010? ¿ante otro mayo en abril? Rolón Collazo asegura que sí.

Fábulas en huelga instituye la red de protagonistas y antagonistas en pugna, a la vez que documenta las pasiones que los animan. La tribu, los imperativos que exigen la fidelidad a un poder ilegítimo y el inmovilismo que produce, son la materia cruda de la que se parte. Las resistencias, la rebelión germinal, la constitución del desobediente en una esperanza más allá del ámbito institucional, la idea de que la Universidad, sus pugnas y sus soluciones son un barómetro para comprender el todo social, legitiman el discurso esperanzado que acecha detrás de estos relatos.  Espero que los malos augurios no silencien esa esperanza en pugna y que la esperanza aprenda otra vez a conspirar. Se los digo desde 1981: la herencia de la lucha es la lucha.

Los interesados en adquirir un ejemplar del volumen comentado visiten Editora Educación Emergente

Vea además UPR, Primavera 2010: Huelga como cátedra en la calle

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