Eugenio María de Hostos literato: el cuento


  • Mario R. Cancel Sepúlveda
  • Historiador y escritor

 

Hostos Bonilla abandona el género de la novela, pero no así la narrativa creativa corta. Los apremios del activismo y su vuelco total hacia la educación como mecanismo de refundación humana, unidas con el olvido de su ansiedad juvenil de proyectarse como un gran autor literario, son una explicación plausible para esa decisión.  Inda, Libro de mis hijos y Cuentos a mi hijo, escritos firmados en 1878 cuando ya tenía 39 años, son la muestra más acabada de aquel esfuerzo. Se trata de una obra de madurez en el más amplio sentido de la palabra: el joven estudiante se ha convertido en esposo y padre. Su relación con el mundo cambia de un modo significativo pero el intelectual comprometido sigue allí.

 

Los géneros breves y, otra vez, la familia

Los textos aludidos constituyen un muestrario excepcional de narrativa pedagógica de temática infantil o familiar redactados como un ejercicio de auto-reflexión ante el nacimiento de su primogénito, Eugenio Carlos, en Santo Domingo. El tema de la unidad familiar común a sus dos novelas conocidas continúa allí pero de un modo innovador. El lugar desde el cual evalúa el problema la voz narrativa es otro. No se trata solo del lugar sino de la dirección hacia donde se mira. En lugar de echar un vistazo al pasado (el tema de la madre), o hacia el presente (el matrimonio y las amenazas de la sociedad a esa institución), sin desprenderse del todo de aquellos pretextos Hostos Bonilla comienza a mirar hacia el futuro en la imagen de los hijos. Lo “político” en estas piezas literarias posee un cariz único en el marco de la paternidad.

La textualidad transita alrededor de un asunto que ya había tratado en La tela de araña: la capacidad de la educación para cambiarlo todo y la necesidad de la disciplina y la supervisión para garantizar el logro de esa meta.  El autor articula un interesante catecismo de conducta familiar apoyado en una concepción binaria simple. Su fundamento es que la crianza de los hijos es un acto de plasmación o invención, de cultura o cultivo del vástago. En ese proceso el padre, un signo de carácter, ponderación y racionalidad, cumplirá una función central a lado de la siempre adventicia figura materna signo de la fragilidad, el instinto y la irracionalidad. La concepción dualista maniquea del opuesto masculino/femenino, no excluía la condición del padre amoroso como una realidad palpable. En cierto modo, a lo que aspiraba Hostos Bonilla era a llamar la atención en torno al hecho de que el amor paterno y el materno se expresaban por medios diferentes.

El diseño de las narrativas y de los personajes es inescapablemente autobiográfico, según se insiste en las ficciones hostosianas: Eugenio María y Belinda alias Inda están allí. El patriarcalismo de esa concepción es obvio pero, desde mi punto de vista, se trata de una condición insuperable dado el contenido judío-cristiano de la cultura occidental en la cual se había formado este intelectual, por otro lado, secular y crítico. No se trata sólo de eso. La concepción de la sociedad como una “tela de araña” y del hogar como un “refugio” ante un exterior amenazante se reitera de manera coherente en los relatos. Hostos Bonilla, como Kant, debió ser una persona muy celosa de su privacidad y de las cadencias que le imponía a ese aspecto poco conocido de su biografía. Más allá de la “vida pública”, siempre fértil a la fantasía de la cual se alimenta la imagen de la vida de los héroes civiles, es poco lo que se puede deducir de los ritmos de su “vida privada” aparte de lo que se filtra de su diario o de estas crónicas de la domesticidad.  Estas narraciones, en algunos casos, parecen ser un retrato de la intimidad del sociólogo, de su carácter taciturno y, en ocasiones, irascible. Lo cierto es que el “hombre público” siempre se mueve entre la ficción y la realidad. La situación es la misma que confronto como investigador cuando trato de llenar de vida al Betances Alacán que tenía un perro faldero por mascota, que discutía con Simplicia por alguna nimiedad hogareña o que diagnosticaba y recetaba al mismo Hostos Bonilla por correspondencia.

Eugenio María, el personaje de estos relatos, representa al padre estricto y disciplinar que posee los valores materiales propios de la masculinidad y una “vida pública”. Belinda o Inda personifica a la madre consentidora que encarna los valores inmateriales o espirituales y que está restringida por su feminidad, a languidecer en “vida privada”. Ambos polos son capaces de la racionalidad pero, para uno y para otro, las funciones que cumple la misma son distintos. Es como si Hostos Bonilla estuviese interpretando el libreto de su novela juvenil en el hogar que construye con su mujer. Los cuidados de Eugenio María con Belinda o Inda, guardan una estrecha relación con los que Palma dispensa a Consuelo y, de igual modo, la figura de esposo y la del padre de su mujer vuelven a imbricarse.

El esposo, como el padre, es un tutor porque la mujer sin tutelaje se pierde. Claro que esa presunción justifica la infantilización de la figura femenina y su concepción como recipiente. El resultado extremo de ello para la mujer era que se mutilaba su individualidad a la vez que se le presentaba como una responsabilidad de la figura masculina tanto como lo podía ser el hijo.  Esa actitud traducía con diafanidad el peso ideológico de la tradición patriarcal judío-cristiana en los esquemas de un pensador afirmativamente secular y anticlerical crítico.

 

Un narrador moderno ¿qué más?

Si sigo las observaciones de la estudiosa de lo femenino Colette Rabaté, Hostos Bonilla es un hijo de su tiempo y sus observaciones reproducen la idea de la mujer en la Era Isabelina pero desde una perspectiva no católica y racionalista.  La necesidad de la educación balanceada del hijo y la concepción de la madre como condiscípula de aquel ante el padre es indiscutible. La madre posee la curiosa dualidad de que, siendo discípula del esposo, también debe ser maestra del hijo. El sentir de aquella época era que la familia era un proceso educativo y el hogar una escuela o aula que debía preparar a los dos educandos -la madre y el hijo- para enfrentar la sociedad amenazante o la “tela de araña”. La estructura dialogal de estos textos sugiere la confianza de Hostos Bonilla en la mayéutica socrática y la seguridad de que el pupilo y la pupila poseen en su interior un acervo y la capacidad natural de aprender. Hostos Bonilla cumple con el rasgo distintivo que Phillipe Bénètton atribuye a la noción “cultura” en los inicios de la modernidad:  el optimismo y la confianza en que el potencial de desarrollo de la naturaleza humana es ilimitado. La “verdad” o el “bien” tienen un carácter teleológico: se imaginan como algo que está allí esperando ser descubierto y potenciado.

En la construcción de los parlamentos, el autor introducía valores anticlericales agresivos que podían resultar amenazantes para un lector tradicional acostumbrado al respeto reverente que el teísmo judío-cristiano imponía. Un ejemplo de ello es el detalle de que la primera oración que el niño debe aprender no tiene porque estar dirigida a Dios sino a su madre.  La moral del infante, lejos de apoyarse en el respeto fronterizo o en el miedo a un dios mítico, debía emanar de la razón y la naturaleza, dos signos de la cultura que el autor respetaba y que se habían convertido en las zapatas de la cultura secular moderna llegando a adquirir la categoría de dioses de la modernidad. Todo ello, junto a la idea de que la estructura de la familia debía conducir a un estado de armonía, eran principios que confluían con el Positivismo, el Krausismo y el Krausopositivismo que animaba al escritor puertorriqueño. Hostos Bonilla vivía sus ideas, las llevaba a la praxis, las incrustaba en la vida diaria con una pasión y una confianza insólitas. Después de todo, la familia era imaginada un microcosmos o fractal de la sociedad y, si la familia fallaba la sociedad también fallaría.

 

Una narrativa política

“En barco de papel” (1897) y “De cómo volvieron los haitianos” (1901) son, desde mi punto de vista, los ejercicios más significativos.  La fecha de redacción de ambas narraciones es significativa: una oferta de autonomía socavaba el separatismo independentista cubano en 1897 y un regreso a una República Dominicana en crisis domina el 1901. En general se trata de dos relatos pesimistas y amargos.

“En barco de papel” se escribe en un momento en que el sueño de un futuro común para Puerto Rico y Cuba en el seno de los ideólogos del Partido Revolucionario Cubano tendía al naufragio y posee el tono de la narrativa política pura enmarcada en el lenguaje de la retórica de la literatura infantil. El sugerente texto discute el desprecio que los sectores de opinión y de poder en el Cono Sur manifiestan respecto a la lucha por la separación de Cuba de España durante la guerra de 1895 a 1898.  El personaje central es Luisa Amelia, su hija. En cierto modo, la quimera de la Confederación de las Antillas había ido perdiendo consistencia en medio de los conflictos entre los sectores autonomistas, anexionistas e independentistas vinculados a la causa cubana y puertorriqueña. Los investigadores que han tratado este asunto con calma coinciden en que al menos entre 1893 y 1895 la consigna de que ambas causas debían vincularse en la praxis se cumplió, pero entre 1895 y 1898 se abandonó la misma.

El problema del abandono de los cubanos al compromiso con Puerto Rico no puede reducirse a la seducción anexionista ni a la muerte trágica de José Martí Pérez. El hecho de que en Puerto Rico no hubiese un levantamiento exitoso en favor de la separación, fuese con un objetivo anexionista o independentista, pesó mucho en aquella actitud.  En 1897, cuando Hostos Bonilla redactó su texto, otra seducción se hacía presente: la de la autonomía moderada como recurso para frenar el avance del separatismo de todo tipo y de ese modo garantizar la estabilidad del mercado que era la preocupación principal para los grandes intereses cubanos y españoles en medio de la guerra. Los sectores moderados y negociadores del Partido Liberal Autonomista de Cuba y el Partido Autonomista Puertorriqueño, se fueron convirtiendo en aliados potenciales del Reino de España en medio de la crisis colonial que, de hecho, y debido al interés de estados Unidos en el asunto, amenazaba con convertirse en una crisis internacional. La posibilidad del colapso de la causa cubana traduce la fragilidad que Hostos Bonilla diagnostica a un proyecto que no podía considerar sino como justo.

“De cómo volvieron los haitianos” fue redactado al momento de su regreso a Santo Domingo desde Puerto Rico una vez tomó conciencia de la inutilidad de su proyecto educativo descolonizador centrado en la “Liga de los Patriotas”. Es una fábula maravillosa redactada con la retórica de la literatura para adultos con un incisivo tono anticlerical, agresivo e irónico rayano en el cinismo. El empantanamiento de las luchas políticas de liberación en medio de la euforia estadoísta de los primeros días pos-invasión, asunto que ya he discutido en otras columnas publicadas en este foro, justificaron el alejamiento de Hostos Bonilla de Puerto Rico. Igual que en el caso de Betances Alacán, República Dominicana era una patria alternativa para el sociólogo. En Santo Domingo fundó una escuela para maestros y otra de agricultura en La Vega en el 1900 y, estando en aquel país, realizó una visita a otra de las grandes figuras del confederacionismo antillano, el General Máximo Gómez, en Montecristi en 1901.

Hostos Bonilla es un literato que posee una peculiar complejidad que, por lo regular, la crítica ha pasado por alto. La interpretación congelada de la literatura puertorriqueña decimonónica ha sido el freno más eficaz para su comprensión. La historiografía literaria que mira ese siglo no ve en la narrativa reflexiva un ejercicio literario legítimo por lo que resulta fácil pasar por alto su producción. Al enfrentarla el lector se encuentra con una escritura profunda, comprometida literariamente cuidada en donde lo didáctico y lo estético conviven. Resulta claro que el “arte por el arte” no hacía sentido para el Hostos Bonilla krausopositivista como tampoco lo hacía para el Tapia y Rivera hegeliano desde otro extremo filosófico propio de aquel momento.  En el territorio de la narrativa creativa, fuese en el campo de la novela o el cuento, la presencia del componente autobiográfico es ineludible. Me parece que esto tiene que ver con el reconocimiento pleno de la condición del autor y del artista en el pensador social y sociólogo mayagüezano. A pesar de todo, Hostos Bonilla encontraba en el individuo el átomo o unidad primera de la sociedad.  Como escritor acepta que el “yo” era, en última instancia, el filtro del mundo.

Publicada originalmente en 80 Grados-Historia el 8 de diciembre de 2017.

Eugenio María de Hostos literato: apuntes generales


  • Mario Cancel Sepúlveda
  • Historiador y escritor

Eugenio María de Hostos Bonilla (1839-1903) no es sólo un Sociólogo Clásico embebido de las posturas Positivistas de Augusto Comte y que se alimenta ideológicamente de la síntesis Krausopositivista y uno de los fundadores de esa disciplina en Hispano América. También se interesa en la literatura, en especial en la narrativa creativa, durante la década de 1860. Las escuelas, tendencias o tradiciones que le impactan son el llamado Posromanticismo europeo que todavía se vuelca hacia las intuiciones y la invención de una visión edulcorada del pasado; y el Romanticismo Isabelino que, tras la pérdida de imperio español en Indias, cultiva la nostalgia a la vez que manifactura una interesante retrotopía que alimenta sus sueños de grandeza en el signo de los descubrimientos geográficos y la grandeza de la monarquía de los Habsburgo en el siglo 16. Aquella propuesta, que tanto resentían los intelectuales separatistas independentistas y anexionistas, pienso en la voluntad desespañolizadora y su concepción de España como una “madrastra” y no como una “madre” patria, había cumplido la función de motor ideológico de la “euforia de ultramar”, campaña que amenazó la soberanía de República Dominicana y Chile durante aquella inquieta década, a la vez que animó el orgullo rayano en la jactancia por el pasado de la “España descubridora” a la vez que consolidó la contradictoria imagen de “Madre Patria” que por tanto tiempo le acompañó.

Eugenio María de Hostos Bonilla

La relación de Hostos Bonilla con la narrativa creativa fue intensa hasta 1864. En algunos momentos su apasionamiento con aquel medio de expresión literaria daba la impresión de que había encontrado su norte intelectual. Su entusiasmo juvenil, apenas tenía 24 o 25 años, se cimentaba en el criterio de que veía en la novela un vehículo para adelantar sus metas personales, profesionales y sus proyectos ideológicos más reverenciados con el fin de influir de manera inteligente y creativa en el círculo social y de poder en el cual se movía en Madrid. El joven universitario era un simpatizante del liberalismo político clásico y se hallaba en medio de un proceso de radicalización en dirección de un republicanismo de aliento federalista que lo acercaba a las posturas de Ramón E. Betances Alacán aunque sin el componente separatista independentista que ya traducía el médico de Cabo Rojo. La evolución ideológica del joven mayagüezano se aceleró cuando, en septiembre de 1868, las circunstancias lo transformaron en uno de los activistas antillanos que apoyaron la llamada Revolución Gloriosa iniciada el 17 de septiembre acto político que, a la larga, dio al traste con el reinado de Isabel II.

En Hostos Bonilla todo parece ocurrir de prisa: el contacto con el Positivismo, el Krausismo y la síntesis Krausopositivista; y el empeño literario y la pasión por la narrativa creativa se dieron de modo paralelo. El Hostos Bonilla del año 1860 era un estudiante de 21 años, integrista y liberal. El de 1869, ya se había transformado en un profesional de 30 años, separatista independentista y republicano federalista convencido. Por medio de la experimentación literaria y la reflexión filosófica, y al amparo de las exigencias de la praxis que cualquier proceso revolucionario reclama, formuló una interpretación de su situación en el mundo que lo alejó de la España de su tiempo y lo devolvió a las Antillas. En aquel complejo proceso, puso la literatura y la narrativa creativa al servicio del pensamiento social y la sociología con el propósito expreso, como cualquier intelectual moderno, de “cambiar el mundo”.

 

Sociología y narrativa creativa en Hostos Bonilla: una propuesta interpretativa

La visión de Hostos Bonilla sobre la narrativa creativa cambia durante la intensa década de 1859 al 1869 como resultado de diversas experiencias. Primero, su conexión con el Positivismo, el Krausismo y la síntesis del Krausopositivista. Segundo, su activismo en la crisis política de la Monarquía Española y, en particular, el giro que tomó la situación en septiembre de 1868 camino al Sexenio Liberal (1868-1874). Tercero, pero no menos importante, su radicalización ideológica hacia el republicanismo federal y el separatismo independentista confederacionista, decisión que lo convirtió en un agente activo en el proceso revolucionario antillano.

La articulación de su relación con aquel medio literario se da en dos fases concretas diferenciadas. Entre 1859 y 1864, Hostos Bonilla desarrolla una imagen precisa de lo que significa ser escritor y su narrativa creativa a la luz de que esa tarea tiene como fin principal educar y moralizar. El trabajo del escritor y el producto literario es un “acto público” que cumple una función laudable en la Sociedad que sus preceptos filosóficos le han ayudado a comprender y formular. En esa fase el pensador le reconoce a la narrativa creativa, como a toda otra forma de literatura, un margen de autonomía respecto a los reclamos de su Sociología. De hecho, Hostos Bonilla aspira ser reconocido como un igual a otros literatos de su tiempo tales como Mesoneros Romanos, Estébanez Calderón, Francisco Martínez de la Rosa, Mariano José de Larra en la narrativa, la poesía o en el periodismo. La condición de escritor es interpretada como un medio que le permitiría ser reconocido y hablar en nombre de su comunidad: las Antillas. En aquel momento el propósito de “entretener” y la “formar” conviven como propósitos legítimos en el ejercicio escritural.

Los criterios estéticos que manifiesta en sus textos son los del escritor Postromántico maduro. Su retórica exterioriza una buena dosis de emocionalidad y afirma el más radical individualismo. Sus textos y los personajes que inventan se mueven en los espacios de los instintos y las pasiones humanas, hecho que sugiere un peculiar interés por las manifestaciones de lo irracional en el ser racional. Varios estudiosos de la obra de Hostos Bonilla han sugerido que, con ese ejercicio, el mayagüezano enfrentaba el enigma de su propia individualidad y que, en cierto modo, lo que ejecutaba era un ejercicio de autorreflexión con el propósito de conocerse a sí mismo y enfrentar su intimidad indócil.

Aquellas convenciones fueron revisadas después de 1864. La pregunta por responder es por qué sucedió así. Mi propuesta teórica o conjetural es que, según se intensifica la relación con el Krausopotivismo en el contexto de su activismo político y su radicalización ideológica sus prioridades cambiaron: la imagen del escritor y la relación con la narrativa creativa fueron reformuladas. La reflexión filosófica y el reclamo de la praxis tuvieron el efecto de poner en duda sus concepciones previas con el resultado neto de sosegar su producción narrativa.

Lo cierto es que, después de 1864, Hostos Bonilla abandonó la intensa relación que tenía con la narrativa larga y ya no produjo otra novela. Su vinculación con la narrativa no desapareció sino que fue reformulada: en adelante el pensador experimentará con la narrativa corta en la forma del cuento o la fábula de manera esporádica. El giro le condujo a revisar también la relación entre sociología y literatura haciendo que la segunda perdiese autonomía respecto a la primera. En adelante “entretener” sería siempre menos relevante que “formar”, actitud que transforma la narrativa en un instrumento netamente político y pedagógico al servicio del sociólogo y el activista. A partir de aquel momento, Hostos Bonilla desarrollaría una “escritura comprometida” sin que ello, desde mi punto de vista, afecte la calidad estética de la misma.

Entre 1878 y 1901 Hostos Bonilla “abandona”, por decirlo de algún modo, casi por completo la narrativa creativa y se aleja de la idea de que ello es un “acto público” pertinente. No abandona la literatura del todo: practica el ensayo crítico y el periodismo o la crónica pero, como se sabe, aquel era un siglo en el cual aquellos géneros no eran considerados propiamente literarios. La narrativa creativa hostosiana en aquel periodo fue manejada como “acto privado” que debía servir para modelar la familia que había fundado tras su matrimonio con Belinda Ayala en 1878. En ese sentido, aunque conserva el fin de educar y formar que le atribuía en la primera fase, devalúa su papel y limita su alcance al marco de la domesticidad. Hostos Bonilla sabe que el sociólogo requiere de un medio de expresión como “acto público” por lo que compensa la supresión de la narrativa creativa con el periodismo en el cual recurrirá a la narración o a la crónica de manera constante. En el contexto de su siglo, suplantaba un medio literario con otro que para muchos no lo era.

Como la Sociología hostosiana veía en la política o el gobierno y en la educación o la pedagogía los instrumentos idóneos para sanar o cambiar el mundo, la postura de la narrativa como “acto privado” de la segunda fase no traiciona la postura ante la narrativa como “acto público” de la primera fase. Desde cierto punto de vista la continuaba pero, ciertamente, limitaba su alcance probable. Dado que la familia era el colectivo o agregado base de la sociedad, se cumplía con el reclamo teórico de la Sociología. Después de todo, el escritor mayagüezano no había planeado hacer público aquellos ejercicios narrativos destinados a la domesticidad y, en efecto, tampoco podía saber que iban a ser impresos y difundidos por sus estudiosos alguna vez.

La narrativa creativa hostosiana: fuentes

La narrativa creativa hostosiana plantea problemas particulares. En primer lugar, cuando el investigador ubica su objeto de estudio con lo que se encuentra es con un registro de textos narrativos que no encajan en la preceptiva clásica o el canon decimonónico y que, por el carácter híbrido que manifiestan, han llamado poco la atención de la crítica convencional. Cuando hablo de hibridez me refiero a que, en la escritura de un género literario dado ya sea el cuento o la novela conviven con los reclamos propios del género, procedimientos de otros géneros literarios o de otros campos de reflexión intelectual que opacan a aquellos. La inversión de ese tipo de recursos, por sus efectos en la textualidad, incomoda a los puristas dado que choca con la preceptiva dominante. No olvidemos que para muchos analistas las estampas de Manuel Alonso Pacheco no encajan en la tradición del cuento puertorriqueño moderno. El problema no radica en el texto sino en la estrechez de la crítica.

En el caso específico de Hostos Bonilla, su narrativa creativa utilizaba operaciones del ensayo, la poesía y el periodismo que se revelaban en reflexiones sociológicas, históricas y filosóficas que daban una tesitura particular a la narración. El sociólogo y el educador se superponían al literato o al narrador.  Ese tipo de prácticas dejó en algún momento de representar un problema interpretativo, es cierto. De hecho, algunos de los más connotados narradores del siglo 20 llegaron a convertir esa técnica en una verdadera obra de arte. El autor checo Milan Kundera (1929), ha sido uno de los modelos más completos de ello.

Sin embargo, la aplicación de ese tipo de procedimientos no comenzó a generalizarse sino entre fines del siglo 19 y principios del siglo 20 cuando una ruptura con el realismo ortodoxo y los avances de un irrealismo agresivo, se manifestaron con fuerza en varios narradores de origen francés, alemán e italiano como fue el caso de André Gidé (1869-1951), Thomas Mann (1875-1955) o Luiggi Pirandello (1867-1936), por mencionar sólo algunos de los más relevantes.

Esto no debe interpretarse, desde mi punto de vista, para afirmar que Hostos Bonilla fuese un “adelantado” literario de las vanguardias ni nada por el estilo. Lo único que me autoriza a afirmar es que cuando enfrentó la narrativa creativa con aquella actitud de apertura era bien poco probable que se le comprendiera y que, lo que para él era una necesidad intelectual acorde con su formación filosófica, fuese interpretado como una impureza o un defecto de estilo. La crítica literaria, como la literatura misma, también es un reflejo parcial de los contextos históricos en los cuales se produce.

El efecto más visible de ese tipo de aproximación en la narrativa creativa hostosiana es que los textos se mueven entre la narración y la reflexión a favor de la segunda y, en muchas ocasiones, el relato, los acontecimientos, las descripciones, los escenarios, los personajes y los diálogos se ponen al servicio de la reflexión. La impresión de que la voluntad pedagógica se ha impuesto a la voluntad estética o de que se ha puesto el arte al servicio de una causa se impone. La situación es semejante a la que genera la lectura de las narraciones de Manuel Corchado y Juarbe, el intelectual isabelino del siglo 19. Para Hostos Bonilla ello no debía representar un problema porque, después de todo, el mayagüezano nunca hubiese puesto en duda que el fin último de la literatura seguía siendo la “formación” y no el “entretenimiento”. Dadas esas condiciones, la narrativa creativa de Hostos Bonilla ha requerido siempre una lectura y una crítica no-convencional.

En segundo lugar, en Hostos Bonilla como en Betances Alacán, la narrativa creativa breve y la escritura periodística, ya sea en la forma de la crónica o el artículo, siempre son difíciles de diferenciar. Los textos narrativos de Francisco Gonzalo Marín producen un efecto análogo. Las narraciones del guerrillero “Pachín” o las de “El Antillano”, a pesar de todo, podrían ser parte de la genealogía de una historia abierta de la narrativa puertorriqueña que, sin embargo, no ha madurado todavía por el estreñimiento que produce el canon. Cuando se trata de trabajar este tipo de escritores hay que partir de la premisa de que la narrativa creativa de uno y otro no termina con los cuentos o las novelas. Hostos Bonilla es un sociólogo que ve en la política o el activismo y en la educación o la formación, los instrumentos idóneos de la praxis revolucionaria. El periodismo era uno de los géneros más dinámicos del siglo 19 y el intelectual puertorriqueño lo cultivó con ímpetu en el marco de sus múltiples viajes por Hispanoamérica y de su compromiso político antillanista. Del mismo modo que el periodismo es puesto al servicio de la política, la narrativa creativa es puesta al servicio de la educación.

Hostos Bonilla trata ambos medios como instrumentos de un fin mayor y los elabora como la expresión de un “compromiso”. Las referencias de narrativa creativa utilizadas para esta reflexión provienen de la edición de la completa de 1992 preparada bajo la guía del profesor Julio César López y el Instituto de Estudios Hostosianos. El alcance de la misma incluye la narrativa creativa larga o las novelas, y breve o los cuentos. Por cuestiones de tiempo y espacio excluiré la narrativa periodística en la forma de crónicas o artículos para futuras indagaciones.

Publicado originalmente en 80 Grados-Historia

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