El pensamiento histórico-político de Juan Antonio Corretjer Montes : una introducción


  • Mario R. Cancel Sepúlveda
  • Historiador

La fundación y el ascenso al poder del Partido Popular Democrático, su distanciamiento del independentismo al costo de su alianza con el poder estadounidense al lado de los demócratas (1938-1947), estimuló la reinterpretación del pasado inmediato del país. Juan Antonio Corretjer Montes (1908-1985) fue una figura emblemática de aquel proceso tanto en el campo de la creación literaria como en el de la ensayística de interpretación histórica y política. Los rasgos dominantes de su propuesta pueden ser resumidos en los siguientes acápites.

Primero, se trataba de una interpretación híbrida que sintetizaba numerosos elementos de las izquierdas que enraizaron en un sector de las vanguardias literarias puertorriqueñas después de 1918. Aquella expresaba la voluntad de llamar la atención sobre las diferencias entre el socialismo rojo que Corretjer terminó por abrazar, y el socialismo amarillo de tradición anarco-sindicalista proclive a aliarse con el movimiento estadoísta y el capital agrario contra los intereses de los obreros que aseguraba representar. La percepción del problema nacional en Corretjer aludía a varios elementos emanados del periodo entreguerras.

Juan Antonio Corretjer Montes

Me refiero, por un lado, a las propuestas anticolonialistas clásicas de la Primera Guerra Mundial (1914-1918), que tuvieron en Woodrow Wilson y Vladimir Ulianov alias Lenin sus más significados ideólogos.  Por otro lado,  durante y después de la Segunda Guerra Mundial (1939-1945), se alimentará de la discursividad de las teorías de liberación nacional y los frentes populares asociadas de manera directa o indirecta a las figuras de Franklyn D. Roosevelt y Josip Stalin. A ello podrían añadirse algunos componentes del nacionalismo de entreguerras en cuyo caso, habría de tener el cuidado de tomar distancia del nacionalismo guerrerista y expansionista alemán, italiano o japonés.

Aquel nacionalismo, como se sabe,  desembocó en la ideología y la praxis nazi/fascista caracterizada por su marcado contenido antioccidental, anticapitalista pero también antisocialista. Aquel fue un nacionalismo autoritario y antidemocrático que manifestaba un profundo rechazo al mercado libre al cual enfrentaba con sus propuestas corporativistas. La hibridez de la interpretación de Corretjer es comprensible si se toma en cuenta su larga y rica carrera de activismo. Vista en su conjunto, el poeta e historiador estuvo en posición observar el mundo desde la Primera Guerra Mundial hasta el ascenso de Mijail Gorbachev y el inicio de la caída del socialismo real.

Segundo, la hibridez también estaba vinculada con el impacto de una concepción liberal progresista de la historia. Aquella postura, como la providencialista y la racionalista, presumía que los procesos históricos ocurrían de manera estructurada. La posibilidad de conocer esa  estructuración alentaba la idea de que era posible establecer el origen y prever la meta de los procesos históricos. Se trataba de una concepción que confiaba en la certidumbre del saber lo cual se traducía en un profundo optimismo en cuanto al futuro. La concepción liberal progresista considera que los procesos históricos podían comprenderse sobre la base de la causalidad científica y que esa comprensión era transparente. La idea de matriz hegeliana de que la libertad se encontraba al final de la ruta del tiempo era consustancial con ello. Por eso, la confianza en la independencia y la unidad futura de las Antillas era tan manifiesta hasta el punto de que Corretjer las consideraba, como Eugenio María de Hostos y tantos otros pensadores y activistas modernos, un destino inevitable (Futuro sin falla 49).

Las relaciones causales aludidas generaban corrientes o tendencias históricas contradictorias  perceptibles. Una de las que más trabajó Corretjer fue la relación binaria de la tendencia revolucionaria y la reformista para, sobre esa base, explicar la evolución puertorriqueña en los siglos 19 y 20 (La lucha por la independencia 10), pero la reducción de aquel binarismo a una contradicción maniquea, es decir sin medios tonos, no reflejaba toda la complejidad de los procesos políticos del país. Aquellas corrientes o tendencias se organizaban en etapas o ciclos discernibles  que el autor centralizaba alrededor de ciertas figuras heroicas con el fin de que fuesen apropiadas por el pueblo a la vez que se sembraba en los receptores un sentido de emulación. Con el fin de sugerir la continuidad entre siglos, el pensador afirmaba que la idea de la unión de las Antillas en una confederación surgida en medio del ciclo bolivariano y reformulada en el escenario del ciclo revolucionario antillano había desembocado en el internacionalismo castrista.

La formulación de las etapas o ciclos proceratistas y la insistencia en la continuidad evadían las numerosas contradicciones ideológicas que la idea de la unión Antillana había generado desde su formulación (Futuro sin falla 15). Dentro de aquella lógica, una etapa conducía de modo indefectible del mismo modo que una acción producía una reacción específica sin mayores posibilidades de variación (La lucha por la independencia 19). Era una concepción mecanicista de factura clásica. Ante el problema teórico de cómo explicar el paso de una etapa o ciclo a la otra, su respuesta era simple: el tránsito era producto de la contradicción o la dicotomía, como en Kant, Hegel y Marx. La contradicción significa la pérdida de un equilibrio o de una armonía, como la denominaría el pensador racionalista Vico. La contradicción converge en la pérdida de la continuidad que se presumía caracterizaba la historia.

Corretjer utilizaba mucho esa metáfora para explicar la vida antillana como el tránsito de un estado de equilibrio natural a uno de desequilibro artificial. Pero el destino inevitable de un futuro de equilibrio natural en un nivel superior era una garantía moral para la lucha por la independencia. En términos histórico-políticos, aquello explicaba el trayecto de la armónica vida natural precolonial a la inarmónica y antinatural etapa colonial y, a la vez, aseguraba la inevitabilidad de que madurase la utopía unitaria en un futuro no lejano (Futuro sin falla 78). Su diseño se ajustaba al estándar de una oscilación cíclica según el modelo de Vico. A veces, el poeta concebía la vida natural precolonial como una “Edad de Oro” apolínea ligada al mito taíno, postura cónsona con su neoindigenismo literario (La lucha por la independencia 19). Pero siempre la libertad se interpretaba como un estado natural perdido pero recuperable dentro de la lógica de Rousseau o de Marx (La lucha por la independencia 13).

La explicación del proceso histórico-político puertorriqueño y del fracaso del proyecto de liberación se elaboraba sobre la base de otra contradicción: la que se generaba entre el pueblo y el liderato de ese proyecto (La lucha por la independencia 7, 39, 49). Corretjer pensaba que, la incapacidad para articular la liberación había sido responsabilidad de los líderes de aquel movimiento. De ese modo, desmentía el criterio de Ramón E. Betances Alacán tras la derrota de Lares y el de Pedro Albizu Campos tras el fracaso de Jayuya. El pueblo o la nación no habían estado ausentes de aquellos procesos. Alegar que el pueblo siempre había estado allí y que no era culpable de su situación, era una postura populista interesante que trataba la voluntad de libertad como una intuición poética.

Pero el argumento también dejaba claro que el pueblo sólo, sin la vanguardia y el liderato iluminado, no era capaz de la revolución, asunto en el cual coincidía con el juicio sobre el papel de la vanguardia-partido de Lenin en muchos aspectos. La diferencia radicaba en la explicación del motor del cambio histórico. En Corretjer no era la lucha de clases como en Lenin, sino la nación esencial como en Herder: la suya era una interpretación liberal y nacionalista clásica. Aquella concepción de la historia liberal de corte nacionalista percibía el paso del tiempo como un proceso orgánico y natural en el sentido en que lo definía la ciencia decimonónica. La idea de la ciencia en Corretjer coincidía con la del krausopositivismo de Eugenio María de Hostos Bonilla, figura a la que citó en diversas  ocasiones (Futuro sin falla 5, 40). Pero debo aclarar que la noción ciencia positiva y ciencia moderna no equivalen: la misma distancia que mediaba entre Comte y Marx, mediaba entre ellas.

En síntesis, la idea de la unidad del pasado (Futuro sin falla 11, 47), animaba la idea de la unidad del futuro (Futuro sin falla 29) a la vez que le facultaba para afirmar que Albizu Campos completaba a Hostos Bonilla como profeta o libertador (Albizu Campos 7, 9). Un fundamento de su optimismo era la presumida continuidad entre pasado y futuro. Dicha concepción de la unidad y la continuidad se resumía en la metáfora de la “familia” contenida en los conceptos  patria o clase (Futuro sin falla 11, 29, 31, 38-39, 55). En todo caso, el argumento corretjeriano evadía una vez más las numerosas contradicciones que se daban en el seno de la familia, con la finalidad expresa de adelantar un proyecto de unidad que, en general, era inalcanzable. El nacionalismo de Corretjer compartía esa táctica discursiva con el populismo de Luis Muñoz Marín.

El escenario de la historia semejaba el de un gran drama trágico (La lucha por la independencia 5, 41) en el cual Puerto Rico era el personaje que forcejeaba mientras trazaba la épica del camino de su liberación (La lucha por la independencia 7, 12, 17). El proceso estaba poblado de agonistas (el pueblo), protagonistas (el procerato) y antagonistas (imperialistas e intermediarios o traidores).  El procerato o liderato iluminado cumplía la tarea del genus propio de la historiografía heroica romántica articulada Carlyle o del volkgeist de Herder (Futuro sin falla 9; y La lucha por la independencia 12). La inevitabilidad de la revolución y de la libertad, es decir, su confianza en el carácter teleológico de la historia, le animaba a continuar adelante con la fe puesta en el triunfo definitivo de la causa. El mesianismo, tan común en el optimismo occidental clerical y secular, era un componente de la mirada del poeta/historiador/activista.

Tercero, Corretjer tenía una idea concreta del orden que debían presentar las cosas en la vacilación entre el proyecto independentista y el socialista (La lucha por la independencia 51-53). La independencia, metáfora de la revolución burguesa, antecedía al socialismo de modo irremediable. La posición recuerda las posturas de Trotsky ante Stalin tras la muerte de Lenin,  y el debate ideológico de 1924 en la Unión Soviética. La misma lógica se aplicaba al dístico nacionalismo e internacionalismo: el primero antecedía y preparaba el terreno para el segundo argumento que trae a mi memoria algunas reflexiones de Bakunin. Pero, como se sabe, la lógica de Trotsky fue tildada de alta traición por Stalin a pesar de que, desde mi punto de vista, solo se trataba de una concepción liberal nacionalista clásica filtrada a través de la ortodoxia marxista-leninista, como ya había indicado.

Un elemento polémico

Corretjer desarrolló una visión racialista de la historia cuyas conclusiones convergían en numerosos aspectos con las de Antonio S. Pedreira y Albizu Campos. El pensador se identificaba con las posturas de la llamada generación del 1930. Esta afirmación no es solo válida para la intelectualidad de aquel momento, por cierto. Argumentos similares habían sido esgrimidos por Salvador Brau Asencio en la última parte del siglo 19. La historia para Corretjer era también un drama que involucraba razas, es decir,  complejos sistemas de relaciones socioculturales en conflicto,  cuyos protagonistas se identificaban como la hispana o blanca y la afrocaribeña o negra.  Para aquellos pensadores lo taíno no superaba la condición de un componente vacío de historicidad que subsistía envuelto en el manto del mito como correspondía al hecho de que pertenecían a un pasado remoto.  La continuidad, la unidad y la familia dependían en lo esencial de la consistencia de la raza hispana o blanca, afirmación que reproducía la mirada occidental más convencional.

La lógica de adjudicar un papel especial a la hispanidad caucásica en la historia puertorriqueña era patente en Pedreira y Corretjer porque ambos eran blancos y poseían algún abolengo. Debería sorprender en el caso de Albizu Campos, mulato ponceño de origen pobre. Sin embargo, dadas las circunstancias que condujeron a la consolidación de la hispanofilia desde el 1900, tampoco escandalizarían a nadie hoy. Para Corretjer la relación de la raza afrocaribeña o negra con la nacionalidad y el proyecto de liberación siempre había sido contenciosa y ambigua. En este caso recurría a la autoridad de Hostos Bonilla, quien argumentaba que lo negro era “accesorio” en la cultura nacional (Futuro sin falla 39); y a la de Betances, quien opinaba que lo negro no era un argumento aglutinador poderoso para una unidad antillana firme (Futuro sin falla 32). Ambos pensaban como intelectuales blancos, tendencia que se reiteraba en la interpretación liberal nacionalista de Corretjer.

Para Corretjer, la esclavitud negra había sido una condición que estancó y retrasó la evolución material de Puerto Rico y que además encarnaba un elemento de “diferenciación nacional” que contribuía a la “integración nacional” en la medida en que estimulaba la “rebeldía de raza”. El valor de aquella se legitimaba porque representaba el tronco o la fuente de la “rebeldía nacional” (La lucha por la independencia 19-20). Su trascendencia radicaba en la capacidad que tuvo para estimular la lucha de independencia por medio del abolicionismo jurídico, un espacio que fue dominado por intelectuales blancos y que, como se sabe, no siempre condujo a sus defensores a la defensa de la independencia. Pero los negros, una vez liberados por los blancos, habían seguido siendo propensos a la esclavitud. Corretjer alegaba que en el siglo 20 “recibieron otra infección de esclavitud” de parte de los blancos al servir de base para la fundación de un “partido anexionista pro-yanqui” (La lucha por la independencia 23), el Partido Republicano Puertorriqueño.

La idea de que el negro era maleable y propenso a la manipulación del blanco se reiteraba cuando especulaba que, de haber triunfado en el país la tendencia revolucionaria, “habrían sido una verdadera vanguardia de la lucha revolucionaria” (La lucha por la independencia 24).  La negra era una raza sin voluntad y sumisa, pero la sumisión no debía ser considerado como el  estado natural de aquella sino una actitud aprendida de los reformistas que les temían (La lucha por la independencia 40). En términos generales, su postura no difería de la de cualquier otro  análisis racialista típico de la intelectualidad blanca del 1930 al 1950, sector que estaba muy consciente de su hegemonía y convencida de su superioridad social. Aquel acabó siendo de muy mal gusto de las décadas antiautoritaria del 1960 y el 1970, cuando la intelectualidad comenzó a reconocer la voz propia de las periferias raciales y culturales aludidas.

Conclusiones parciales

Juan Antonio Corretjer Montes representó una forma de interpretar la problemática del país que maduró en el marco en los momentos de choque entre la modernidad en crisis y sus fantasmas del pasado. La aspiración de dejar atrás espectros como el de la colonia en nombre de la nación estado soberana, o la deshumanización capitalista en nombre de un humanismo cimentado en los particularismos criollos, explicaba su asociación a las vanguardias literarias, al atalayismo y el neocriollismo. También sirve para comprender su asociación al nacionalismo político y los ribetes socialistas de su propuesta.

Su cuestionable interpretación de la cuestión de la raza es comprensible, pero para un país que en el 1970 comenzó a redefinir su identidad en el marco de una caribeñidad de fuertes tonos afronegros, resultaba altisonante. En los textos revisados, su vinculación al socialismo era accesoria. Estamos ante un pensador nacionalista y revolucionario, es cierto, no obstante, las raíces liberales y románticas impregnaron de manera indeleble su sistema de interpretación. Espero que estos comentarios sirvan para estimular un debate serio sobre su obra.

Bibliografía

Corretjer Montes, Juan Antonio. (19491, 1977) La lucha por la independencia de Puerto Rico (Guaynabo: Edición de autor)

—–. (19611, 1963) Futuro sin falla. Mito realidad antillana. Guaynabo: Edición de autor,

—–. (19691, 1970) Albizu Campos Montevideo: El Siglo Ilustrado.

—–. (1978). El líder de la desesperación. Guaynabo: Edición de autor.

Nota: Publicado originalmente en 80 Grados-Historia el 3 de abril de 2020.

Tres ironías


Cincuenta y siete

…a los que se arriesgan, y a Clío, que no se merece estas palabras

Cuando llegó hasta mi terraza a la hora de la lectura me preguntó el alienígena.

-Y tú ¿qué eres?-

-Historiador, -le dije- sólo a veces.

-¿Qué significa eso?- Dijo mientras ponía uno de sus largos dedos azul-gris en la nariz pequeña.

-Es salir de un laberinto para ingresar a otro, auscultar desconfiado cada cosa, sobrevivir como animal herido. Oler la soledad que medra en cada esquina del mundo y comprenderla. Es mirar cada cosa y aceptar que es pasado y semilla, múltiple y arbitraria para nunca apostar a un futuro apetecible y dulce.

-No entiendo- vaciló- ¿y qué ganas con eso?

-Logro que las legañas del tiempo no consigan cegarme con las alevosías amargas de una creencia púdica. Prefiero la impudicia del abismo.

Mientras el sol se ponía, tomó vino conmigo mientras miraba cada cosa.

A 9 de noviembre de 2017

Dos

…para mis estudiantes de todos los tiempos

Después que el alienígena apuró la primera copa de vino ya no fue el mismo.

Sus grandes ojos verdosos se movían de un lado a otro, como los de mi gata Caciba cuando insisto en mirarla cara a cara y ella trata infructuosamente de enfocarme.

-Y tú ¿dónde vives?- preguntó

-Aquí adentro se llama casa, afuera se llama país- argüí.

-¿Qué representa eso? ¿Dónde termina la casa y empieza el país?- preguntó sin entusiasmo.

-La casa es el lugar desde dónde sabes el país y te defiendes de él- afirmé.

-No entiendo- vaciló- ¿cómo te defiendes en este lugar tan vulnerable?

-Este es el laberinto que conozco porque yo lo construí. Aquí no necesito ser historiador, solo necesito ser una persona: nada es pasado ni futuro. Solo es el presente y cuando todo es presente y estás con tus libros, reconoces los atisbos de la libertad.

Al tomar un largo sorbo, una gota de tinto se corrió por la comisura de sus pequeños labios…

A 30 de noviembre de 2017

Cero

…a mis estudiantes futuros y probables

Tras observarlo largo rato me di cuenta de que éramos distintos. Su boca pequeña carecía de la capacidad de sonreír. Eso significaba que no podía sonrojarse o empalidecer. Su piel tampoco era apropiada para amoratarse.

-¿Para que tuerces la boca de distintos modos? -auscultó curioso.

-Para expresar lo que siento- afirmé mientras el alienígena ponía sus dedos largos en la diminuta barbilla.

-¿Lo que sientes? ¿Qué significa sentir?- inquirió.

-Es convertir en gesto o mueca lo que nos afecta…- afirmé mientras esbozaba una sonrisa y luego una mueca de dolor.

-¿Muestras entonces los dientes tanto para una cosa como para la otra? ¿Cómo sabré lo que sientes si haces lo mismo?- caviló.

No supe que responder. Entonces la gata Caciba se aproximó a paso lento y cadencioso y saltó sobre la mesa de la terraza. Olió el borde de la copa de vino del alienígena y se recostó sobre las páginas de un volumen que había sobre la mesa.

-¿Qué es eso?- indagó.

-Un libro- afirmé.

-¿Para que sirve? ¿Acaso para que reposen esos organismos peludos que siempre sonríen o se duelen?-

-No, -dije con seguridad- para que repose lo que sentimos antes o después de pensarlo y ponerlo en práctica.-

-Eso significa,- coligió- que en eso que llamas libro guardas tus alegrías y tus dolores.-

Me tomó por sorpresa. Nunca lo había visto de ese modo.

-En cierto modo sí,- acepté sin mucho circunloquio- es un libro sobre la revolución.

-¿Y qué es la revolución?-

Bajé la vista y apuré un denso trago de vino mientras pensaba una respuesta.

-Es una manera de caminar de un punto a otro y no ir a ninguna parte con el fin de evitar ciertos actos que siempre vuelven a cometerse. Es como cambiar todo de lugar para volver a dejarlo donde estaba al principio. Es como moverse y seguir en donde estás. Es una manera de volver al mismo sitio y hacer las cosas mal o bien de un modo innovador sin percatarte.

El alienígena arqueó las pequeñas comisuras de sus labios primero hacia arriba y luego hacia abajo dejando ver sus diminutos dientes.

-Me recuerda la incertidumbre de la mueca que no sabemos si es sonrisa o mueca de dolor- Caciba se levantó, caminó con parsimonia y se restregó sobre su brazo que reposaba en la mesa.

Mi visitante miró hacia el cielo ya oscuro. Una estrella en el cinturón del gigante imaginario atrajo su atención. Caminó sin tocar el suelo en dirección del flamboyán de flores azules que crece en mi patio y se desvaneció en la nada.

Caciba volvió a recostarse sobre las páginas de mi libro abierto.

A 20 de junio de 2018
  • Mario R. Cancel Sepúlveda
  • Historiador y escritor

Eugenio María de Hostos literato: el cuento


  • Mario R. Cancel Sepúlveda
  • Historiador y escritor

 

Hostos Bonilla abandona el género de la novela, pero no así la narrativa creativa corta. Los apremios del activismo y su vuelco total hacia la educación como mecanismo de refundación humana, unidas con el olvido de su ansiedad juvenil de proyectarse como un gran autor literario, son una explicación plausible para esa decisión.  Inda, Libro de mis hijos y Cuentos a mi hijo, escritos firmados en 1878 cuando ya tenía 39 años, son la muestra más acabada de aquel esfuerzo. Se trata de una obra de madurez en el más amplio sentido de la palabra: el joven estudiante se ha convertido en esposo y padre. Su relación con el mundo cambia de un modo significativo pero el intelectual comprometido sigue allí.

 

Los géneros breves y, otra vez, la familia

Los textos aludidos constituyen un muestrario excepcional de narrativa pedagógica de temática infantil o familiar redactados como un ejercicio de auto-reflexión ante el nacimiento de su primogénito, Eugenio Carlos, en Santo Domingo. El tema de la unidad familiar común a sus dos novelas conocidas continúa allí pero de un modo innovador. El lugar desde el cual evalúa el problema la voz narrativa es otro. No se trata solo del lugar sino de la dirección hacia donde se mira. En lugar de echar un vistazo al pasado (el tema de la madre), o hacia el presente (el matrimonio y las amenazas de la sociedad a esa institución), sin desprenderse del todo de aquellos pretextos Hostos Bonilla comienza a mirar hacia el futuro en la imagen de los hijos. Lo “político” en estas piezas literarias posee un cariz único en el marco de la paternidad.

La textualidad transita alrededor de un asunto que ya había tratado en La tela de araña: la capacidad de la educación para cambiarlo todo y la necesidad de la disciplina y la supervisión para garantizar el logro de esa meta.  El autor articula un interesante catecismo de conducta familiar apoyado en una concepción binaria simple. Su fundamento es que la crianza de los hijos es un acto de plasmación o invención, de cultura o cultivo del vástago. En ese proceso el padre, un signo de carácter, ponderación y racionalidad, cumplirá una función central a lado de la siempre adventicia figura materna signo de la fragilidad, el instinto y la irracionalidad. La concepción dualista maniquea del opuesto masculino/femenino, no excluía la condición del padre amoroso como una realidad palpable. En cierto modo, a lo que aspiraba Hostos Bonilla era a llamar la atención en torno al hecho de que el amor paterno y el materno se expresaban por medios diferentes.

El diseño de las narrativas y de los personajes es inescapablemente autobiográfico, según se insiste en las ficciones hostosianas: Eugenio María y Belinda alias Inda están allí. El patriarcalismo de esa concepción es obvio pero, desde mi punto de vista, se trata de una condición insuperable dado el contenido judío-cristiano de la cultura occidental en la cual se había formado este intelectual, por otro lado, secular y crítico. No se trata sólo de eso. La concepción de la sociedad como una “tela de araña” y del hogar como un “refugio” ante un exterior amenazante se reitera de manera coherente en los relatos. Hostos Bonilla, como Kant, debió ser una persona muy celosa de su privacidad y de las cadencias que le imponía a ese aspecto poco conocido de su biografía. Más allá de la “vida pública”, siempre fértil a la fantasía de la cual se alimenta la imagen de la vida de los héroes civiles, es poco lo que se puede deducir de los ritmos de su “vida privada” aparte de lo que se filtra de su diario o de estas crónicas de la domesticidad.  Estas narraciones, en algunos casos, parecen ser un retrato de la intimidad del sociólogo, de su carácter taciturno y, en ocasiones, irascible. Lo cierto es que el “hombre público” siempre se mueve entre la ficción y la realidad. La situación es la misma que confronto como investigador cuando trato de llenar de vida al Betances Alacán que tenía un perro faldero por mascota, que discutía con Simplicia por alguna nimiedad hogareña o que diagnosticaba y recetaba al mismo Hostos Bonilla por correspondencia.

Eugenio María, el personaje de estos relatos, representa al padre estricto y disciplinar que posee los valores materiales propios de la masculinidad y una “vida pública”. Belinda o Inda personifica a la madre consentidora que encarna los valores inmateriales o espirituales y que está restringida por su feminidad, a languidecer en “vida privada”. Ambos polos son capaces de la racionalidad pero, para uno y para otro, las funciones que cumple la misma son distintos. Es como si Hostos Bonilla estuviese interpretando el libreto de su novela juvenil en el hogar que construye con su mujer. Los cuidados de Eugenio María con Belinda o Inda, guardan una estrecha relación con los que Palma dispensa a Consuelo y, de igual modo, la figura de esposo y la del padre de su mujer vuelven a imbricarse.

El esposo, como el padre, es un tutor porque la mujer sin tutelaje se pierde. Claro que esa presunción justifica la infantilización de la figura femenina y su concepción como recipiente. El resultado extremo de ello para la mujer era que se mutilaba su individualidad a la vez que se le presentaba como una responsabilidad de la figura masculina tanto como lo podía ser el hijo.  Esa actitud traducía con diafanidad el peso ideológico de la tradición patriarcal judío-cristiana en los esquemas de un pensador afirmativamente secular y anticlerical crítico.

 

Un narrador moderno ¿qué más?

Si sigo las observaciones de la estudiosa de lo femenino Colette Rabaté, Hostos Bonilla es un hijo de su tiempo y sus observaciones reproducen la idea de la mujer en la Era Isabelina pero desde una perspectiva no católica y racionalista.  La necesidad de la educación balanceada del hijo y la concepción de la madre como condiscípula de aquel ante el padre es indiscutible. La madre posee la curiosa dualidad de que, siendo discípula del esposo, también debe ser maestra del hijo. El sentir de aquella época era que la familia era un proceso educativo y el hogar una escuela o aula que debía preparar a los dos educandos -la madre y el hijo- para enfrentar la sociedad amenazante o la “tela de araña”. La estructura dialogal de estos textos sugiere la confianza de Hostos Bonilla en la mayéutica socrática y la seguridad de que el pupilo y la pupila poseen en su interior un acervo y la capacidad natural de aprender. Hostos Bonilla cumple con el rasgo distintivo que Phillipe Bénètton atribuye a la noción “cultura” en los inicios de la modernidad:  el optimismo y la confianza en que el potencial de desarrollo de la naturaleza humana es ilimitado. La “verdad” o el “bien” tienen un carácter teleológico: se imaginan como algo que está allí esperando ser descubierto y potenciado.

En la construcción de los parlamentos, el autor introducía valores anticlericales agresivos que podían resultar amenazantes para un lector tradicional acostumbrado al respeto reverente que el teísmo judío-cristiano imponía. Un ejemplo de ello es el detalle de que la primera oración que el niño debe aprender no tiene porque estar dirigida a Dios sino a su madre.  La moral del infante, lejos de apoyarse en el respeto fronterizo o en el miedo a un dios mítico, debía emanar de la razón y la naturaleza, dos signos de la cultura que el autor respetaba y que se habían convertido en las zapatas de la cultura secular moderna llegando a adquirir la categoría de dioses de la modernidad. Todo ello, junto a la idea de que la estructura de la familia debía conducir a un estado de armonía, eran principios que confluían con el Positivismo, el Krausismo y el Krausopositivismo que animaba al escritor puertorriqueño. Hostos Bonilla vivía sus ideas, las llevaba a la praxis, las incrustaba en la vida diaria con una pasión y una confianza insólitas. Después de todo, la familia era imaginada un microcosmos o fractal de la sociedad y, si la familia fallaba la sociedad también fallaría.

 

Una narrativa política

“En barco de papel” (1897) y “De cómo volvieron los haitianos” (1901) son, desde mi punto de vista, los ejercicios más significativos.  La fecha de redacción de ambas narraciones es significativa: una oferta de autonomía socavaba el separatismo independentista cubano en 1897 y un regreso a una República Dominicana en crisis domina el 1901. En general se trata de dos relatos pesimistas y amargos.

“En barco de papel” se escribe en un momento en que el sueño de un futuro común para Puerto Rico y Cuba en el seno de los ideólogos del Partido Revolucionario Cubano tendía al naufragio y posee el tono de la narrativa política pura enmarcada en el lenguaje de la retórica de la literatura infantil. El sugerente texto discute el desprecio que los sectores de opinión y de poder en el Cono Sur manifiestan respecto a la lucha por la separación de Cuba de España durante la guerra de 1895 a 1898.  El personaje central es Luisa Amelia, su hija. En cierto modo, la quimera de la Confederación de las Antillas había ido perdiendo consistencia en medio de los conflictos entre los sectores autonomistas, anexionistas e independentistas vinculados a la causa cubana y puertorriqueña. Los investigadores que han tratado este asunto con calma coinciden en que al menos entre 1893 y 1895 la consigna de que ambas causas debían vincularse en la praxis se cumplió, pero entre 1895 y 1898 se abandonó la misma.

El problema del abandono de los cubanos al compromiso con Puerto Rico no puede reducirse a la seducción anexionista ni a la muerte trágica de José Martí Pérez. El hecho de que en Puerto Rico no hubiese un levantamiento exitoso en favor de la separación, fuese con un objetivo anexionista o independentista, pesó mucho en aquella actitud.  En 1897, cuando Hostos Bonilla redactó su texto, otra seducción se hacía presente: la de la autonomía moderada como recurso para frenar el avance del separatismo de todo tipo y de ese modo garantizar la estabilidad del mercado que era la preocupación principal para los grandes intereses cubanos y españoles en medio de la guerra. Los sectores moderados y negociadores del Partido Liberal Autonomista de Cuba y el Partido Autonomista Puertorriqueño, se fueron convirtiendo en aliados potenciales del Reino de España en medio de la crisis colonial que, de hecho, y debido al interés de estados Unidos en el asunto, amenazaba con convertirse en una crisis internacional. La posibilidad del colapso de la causa cubana traduce la fragilidad que Hostos Bonilla diagnostica a un proyecto que no podía considerar sino como justo.

“De cómo volvieron los haitianos” fue redactado al momento de su regreso a Santo Domingo desde Puerto Rico una vez tomó conciencia de la inutilidad de su proyecto educativo descolonizador centrado en la “Liga de los Patriotas”. Es una fábula maravillosa redactada con la retórica de la literatura para adultos con un incisivo tono anticlerical, agresivo e irónico rayano en el cinismo. El empantanamiento de las luchas políticas de liberación en medio de la euforia estadoísta de los primeros días pos-invasión, asunto que ya he discutido en otras columnas publicadas en este foro, justificaron el alejamiento de Hostos Bonilla de Puerto Rico. Igual que en el caso de Betances Alacán, República Dominicana era una patria alternativa para el sociólogo. En Santo Domingo fundó una escuela para maestros y otra de agricultura en La Vega en el 1900 y, estando en aquel país, realizó una visita a otra de las grandes figuras del confederacionismo antillano, el General Máximo Gómez, en Montecristi en 1901.

Hostos Bonilla es un literato que posee una peculiar complejidad que, por lo regular, la crítica ha pasado por alto. La interpretación congelada de la literatura puertorriqueña decimonónica ha sido el freno más eficaz para su comprensión. La historiografía literaria que mira ese siglo no ve en la narrativa reflexiva un ejercicio literario legítimo por lo que resulta fácil pasar por alto su producción. Al enfrentarla el lector se encuentra con una escritura profunda, comprometida literariamente cuidada en donde lo didáctico y lo estético conviven. Resulta claro que el “arte por el arte” no hacía sentido para el Hostos Bonilla krausopositivista como tampoco lo hacía para el Tapia y Rivera hegeliano desde otro extremo filosófico propio de aquel momento.  En el territorio de la narrativa creativa, fuese en el campo de la novela o el cuento, la presencia del componente autobiográfico es ineludible. Me parece que esto tiene que ver con el reconocimiento pleno de la condición del autor y del artista en el pensador social y sociólogo mayagüezano. A pesar de todo, Hostos Bonilla encontraba en el individuo el átomo o unidad primera de la sociedad.  Como escritor acepta que el “yo” era, en última instancia, el filtro del mundo.

Publicada originalmente en 80 Grados-Historia el 8 de diciembre de 2017.

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