Narradores 2000: José E. Santos, Los comentarios


  • Mario R. Cancel Sepúlveda
  • Catedrático de Historia y escritor

 

Santos, José E. Los comentarios. Mayagüez: Centro de Publicaciones Académicas, 2008. 113 págs.

 

José E. Santos: una mirada a su obra

José E. Santos ha sido uno de los narradores más prolíficos de los últimos años. En el 2003 la editorial Tríptico, un proyecto asociado a la llamada Generación del 1980, publicó su Archivo de oscuridades. Deleites y miserias vio la luz como una edición de autor en 2006. En el 2007 Los viajes de Blanco White, apareció bajo el sello de Callejón, otra editorial de vanguardia.

A través de aquellas colecciones Santos se proyectó como un experimentador nato. La voluntad totalizadora de su narratividad lo condujo a inventar vasos comunicantes o puentes entre las realidades paralelas que desarrollaban sus narraciones. La lectura de sus libros me dejó la impresión de que Santos aspiraba a que el conjunto de su obra desembocara en un sistema coherente por medio del cual el escritor reflexionaba sobre sí y sobre el entorno.

José E. Santos

José E. Santos

La discursividad de aquellos escritos recordaba muchos procedimientos de la Generación del 1970. El neopopulismo carnavalesco de aquellos había sido (re)visitado y (re)formulado. El incisivo comentario social que aspiraba a conectar al escritor del 1970 con el mundo y la mirada a los espacios de los márgenes, son dos de los rasgos dominantes en la narrativa de Santos. Pero en estos textos los márgenes son más radicales, disolventes y bizarros: se trata de los extremos de la primera etapa de la era post industrial. Los sociolectos con los que se constituye el lenguaje de esos entornos son otros y algunas luchas simbólicas —rockeros versus cocolos— han perdido pertinencia hoy.

La condición de hispanista de Santos, un especialista en el siglo 18, es una marca en la de este Blanco White postmoderno y neogótico. Eso lo hace un escritor peculiar. Aparte de ello, escribir en la postmodernidad tiene consecuencias inéditas en la textualidad como se verá de inmediato.

 

Un autor de los ochenta

La escritura literaria de 1980 al presente se ha caracterizado por la radicalización de una serie de tendencias que ya apuntalaban en las voces del 1960 y el 1970. Los dispositivos de continuidad y discontinuidad favorecieron la elaboración de un producto cultural híbrido en el cual tradición y renovación desarrollaron una precaria convivencia. La revolución operada en el ámbito de la cultura cotidiana en el periodo post-ochenta es una de las claves para la comprensión de la escritura reciente.[1]

La incertidumbre filosófica y existencial de la década del ochenta —un momento caracterizada por el cambio— promovió una escritura inclinada al juego y a la violación de los artificios del canon. La novedad no radicaba en la voluntad lúdica sino en la actitud cínica con que se jugaba. Los autores del setenta usaron el juego como un arma ofensiva con la certeza de la posibilidad del cambio. Ese fue el caso de Luis Rafael Sánchez. Entonces quedaban algunos megarrelatos en pie. Pero después de los ochenta la esperanza se convirtió en una pesadilla para muchos. El tránsito del ser social al ser lingüístico parece ser la metáfora más apropiada para comprender aquel periodo.

La otra novedad se manifestó en los artefactos y las microrealidades que se convirtieron en herramienta a la hora de articular el juego. Los artilugios de la tecnociencia, en especial el cine, y los medios masivos de comunicación de la era de la revolución tecnológica, fueron reapropiados por la literatura. Tampoco se trataba de una novedad. Durante el 1960 y el 1970 se trabajó mucho con ellos. Lo que cambió fue la actitud hacia los mismos. El carácter amenazante que se percibía en los medios fue disolviendo dando paso a su apropiación como rasgos tolerables de una era diferente. El empuje de las nuevas tecnologías y su conversión en un elemento protagónico de la vida diaria forzó ese cambio de actitud y propició que la cuestión del compromiso social siguiese teniendo un lugar dominante en la escritura. En algunos casos extremos la tendencia hacia una irracionalización y subjetivización inédita que, en la praxis condujo a una estética en la cual la violencia, ocupó un lugar protagónico. Ya no se trataba del comentario de la violencia con un fin moral sino de mirarla en sí misma a la manera en que se observa un lugar común. La relación entre esa estética de la violencia y el mundo mediático es evidente.

Los autores posteriores al 1980 hicieron ajustes técnicos en la escritura que favorecieron un experimentalismo análogo al de las vanguardias europeo-americanas de la primera posguerra, una olvidada tradición que tantos desafíos planteó en el país.  La evasión de la realidad por medio de lo maravilloso y la reflexión metaliteraria se afianzaron en la escritura. Lo nuevo de los autores del 1980 hay que buscarlo en el contexto histórico de cambio que reclamó una re-interpretación de la relación del escritor con el mundo que los distinguió de sus antecesores.

Los comentarios de Santos participan de buena parte de los rasgos de los ochenta sin romper del todo con la herencia de la gran narrativa puertorriqueña previa. De un modo u otro la mirada cínica y desconfiada desde la posición de las nuevas identidades postmodernas, la recurrencia al tema de la violencia y la muerte, la reflexión metaliteraria y la evasión hacia lo maravilloso dominan el conjunto de su obra. La crítica al orden post-capitalista desde la literatura también es obvia. Una sugerente nostalgia por un tiempo perdido, la memoria y la historia, dejan una sensación de angustia que impresiona.

 

Los comentarios

Uno de los rasgos de Los comentarios de Santos es la combinación de diálogos ágiles y verosímiles con el monólogo interior. “Los hijos de Farinacci,” una interpretación de la relación entre la cordura y la locura, es el mejor ejemplo de ello. En este tipo de relato los lugares de la narración clásica, la que cuenta y describe de manera lineal, se reducen. El lector se encuentra ante un relato quebrado que debe completar sobre la base de los indicadores que puntean la textualidad. La escritura de Santos requiere un compromiso con la interactividad que recuerda su condición de poeta.

Santos_ComentariosUna lectura de Los comentarios sugiere la presencia de dos formas distintas de aproximarse al mundo y de dos tipos distintos de textos. Un primer conjunto de escritos gira en torno al mundo urbano. La precariedad de la urbe se transforma en el espacio idóneo para que el autor exprese su parecer en torno a lo que considera una sociedad en crisis. La mirada se posa indistintamente en la interferencia cultural foránea como en el relato paródico “Acción de Gracias”, en la miseria de los bajos fondos metropolitanos significados en la violencia asociada al narcotráfico o en las minorías que pueblan los suburbios. La concreción de la urbe varía: desde el Mayagüez de “Pordiosero” hasta el residencial de la zona metropolitana de “Las calles” o el Bayamón rústico en que el autor creció.

Un segundo conjunto más cercano al mito-ficción o la fábula pura completan la colección. Se trata de textos desnudos en donde prevalece la preocupación social y filosófica. El modelo más radical de esta propuesta es el mini cuento en primera persona “Medusa,” pero incluso textos más extensos como “Otro día típico de Rafi Wakeman” comparten los rasgos de este tipo de escritura. La estructura del mito-ficción permite a Santos evadirse a geografías exóticos a la manera de los modernistas, y lucubrar sobre la base de convenciones culturales polémicas como en el caso del relato “Mártires” que trabaja el conflicto árabe-israelí.

La transición de un tipo de texto al otro no es atropellada. Santos utiliza recursos análogos en una y otra, elemento que permite reconocer la coherencia interna del conjunto de relatos. Un ejemplo de ello es “Vidas de Cervantes,” un relato urbano centrado en tres veteranos: uno de Corea, el segundo de Vietnam y el tercero de Desert Storm. El motivo central del discurso es el dístico de las letras o las armas: un pretexto cervantino. Cuando se hace una lectura cruzada del mito-ficción “De cancerberos y cancerberas,” un excelente juego metaficcional triple con la mitología clásica, el diálogo de los perros de Cervantes y el diálogo de la perras de Rosario Ferré, la situación lo conduce a una especulación radical: la palabra es el espacio del logos y el instrumento que articula la realidad. El diálogo entre los cuatro canes y la seducción que la palabra permite se transforman en violencia cuando la capacidad de hablar se pierde y reina la incomunicación.

El comentario social tiene su mejor expresión cuando el autor trabaja los márgenes sociales poblados de capos de la droga, traficantes, mulas y gatilleros expertos en poner a su servicio a ciudadanos corrientes mediante el arma del temor. Si algunos textos como “El favor” tiene un aire tragicómico y agrio, otros promueven la reflexión profunda sobre la disolución social en el presente como es el caso de “Las calles.”

En “El favor” Pancho Vélez, un dependiente en San Juan Antiguo ve morir a su primo Rafi Vélez, un traficante menor, a manos de un asesino del hampa. Por casualidad Rafi recupera el cargamento en disputa. Al salir del trabajo dos gatilleros le interceptan para recuperan la droga y le entregan un sobre con 5,000 dólares a cambio. Rafi se debate entre invertir la suma en una buena obra o comprar un Corolla. Por último se decide por comprar el auto. ¿Queda alguna esperanza?

En “Las calles” el comentario social y el experimento se conjugan. Se trata de dos historias paralelas y no lineales: la de un oficial de narcóticos en medio de un operativo en un residencial y sus recuerdos del juego infantil a los policías y los ladrones. El drama psicológico de los efectos que generan en el agente Luis Rivera la muerte de un sospechoso de dieciséis años y su retorno al servicio son el cuerpo central de este relato fragmentado. Durante un nuevo enfrentamiento en un operativo anti-drogas, el agente dispara contra otro gatillero pero, en la confusión, lo ejecutan. Las transiciones de voz son marcadas por el autor de una manera obvia. ¿Quién es más culpable del acontecer?

El experimentalismo de Santos usa bien este procedimiento disyuntivo: los relatos paralelos también son el eje de “Tres.” En este texto la voz narrativa, su hermano, el cartero, Sandrita y Gloria, sirven de artefactos pare reinventar-reescribir un acontecimiento. El escenario en una calle comunal urbana. La prisa conduce a un accidente inesperado. La escena vuelve tres veces pero siempre es distinta y nueva.

En “Avispas” el experimentalismo toma otras formas. El motivo es una mujer en la ventana, a la manera de la imagen de Rainer María Rilke. La escritura es impresionista y la imagen que produce fragmentada. Por su construcción este relato recuerda algunas prácticas del cubismo o el dadá, sin que por ello pierda transparencia. La irracionalización no conduce al vacío de sentido. En la práctica estas técnicas se concretan en el uso de cláusulas cortas que recuerdan la escritura cinematográfica de Marguerite Duras o la economía de ciertos relatos de Ernest Hemingway. “Avispas” es un texto reflexivo, que narra poco, es inconcluso pero a la vez permite una reflexión sobre la nostalgia de la tierra natal vista desde el extranjero.

Las tácticas escriturales de Santos irradian en todas direcciones. Los textos urbanos y las mito-ficciones son penetradas por el comentario social y el experimentalismo. Ese elemento le da una continuidad enorme con sus tres volúmenes anteriores. Por último, para quien conoce la producción narrativa reciente, este conjunto muestra que el lenguaje de los narradores posteriores al 1980 es mucho más heterogéneo que el de sus antecesores del 1970 y el 1960. Esa poliglosia es uno de los valores más significativos de la literatura del presente y creo que la misma se debe celebrar como el signo más característico de la literatura actual. La invitación a la lectura y a la contextualización de esta nueva tradición es urgente.


[1] Discuto con más propiedad los rasgos dominantes de la escritural de la década de 1980 al presente en Mario R. Cancel, Literatura y narrativa puertorriqueña: la escritura entre siglos (San Juan: Pasadizo, 2007) y en “Vanguardismo, neovanguardismo y narración: la nueva narrativa puertorriqueña,” Investigación inédita, 2007.

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