Narradores 2000 : La parodia de la modernidad en El silencio de Galileo


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  • Escritor e historiador

El silencio de Galileo (Norma, 2009) del novelista puertorriqueño Luis López Nieves, cuenta la historia de otra indagación apasionante. Si en El corazón de Voltaire (2006) el problema era la autenticidad de una reliquia. Ahora se trata de la paternidad de un invento: el telescopio. Lo cierto es que el lector se encuentra ante dos iconos de la modernidad engastados en un par de arquetipos de la rebeldía de la razón.

L_Lopez_Nieves

Esos signos, uno surgido en el siglo 17 y otro en el 18, enfrentaron con las armas de la ciencia y la razón el autoritarismo neoprovidencialista y los prejuicios cristiano-medievales, respectivamente. El papel de la duda en torno al poder de la autoridad y la tradición, fue consustancial en ambos casos. Se trata de actitudes propias de la retadora cultura burguesa, asunto del cual López Nieves está muy consciente tanto como cualquier otro lector de historia.  Estas novelas, sin duda, pueden leerse como una celebración del mundo moderno pero, desde mi punto de vista, representan mucho más que eso.

Ambas búsquedas noveladas inciden en el hecho de que el icono se reduce a una sombra sugerida que transita entre la selva digital que se construyen Ysabeau de Vassy,  Roland de Luziers y sus corresponsales a través del correo electrónico. El asunto teórico central pierde su protagonismo ante las acciones del investigador y sus aliados. La novela está en otra parte, el trasfondo histórico es un pretexto locuaz.

Del mismo modo, los personajes se reducen a una voz que viaja en el cibermundo, entre hipextextos invisibles pero concretos cuyo aspecto apenas se sugiere en los juicios casuales del interlocutor también casual, como si se tratara de un mero boceto. La Internet es un mundo paralelo real en donde todo ocurre sin ocurrir. Más que ningunos otros, estos personajes son puro texto. La belleza tentadora de Ysabeau se sostiene sobre el exagerado lenguaje seductor de Luigi Nolfo, un caballero trasnochado y ridículo, y las sugerencias lésbicas de  Pauline Taillardat.

Lo cierto es que un nuevo tipo de hiper-irrealismo virtual se consolida a través de estas dos interesantes narraciones. La rareza y el atractivo de los personajes de López Nieves, radica en que nunca están allí físicamente. Se trata de figuras etéreas, inciertas y desdibujadas. Los rostros, los cuerpos son accesorios que el lector inventa, si así lo desea, acorde con su prejuicios e interpretaciones. Mi imagen de Ysabeau es, por demás, muy tropical, vulgar y juguetona.

La apelación constante a los avances de la revolución digital, un más allá imposible de imaginar siquiera aún desde adentro de la revolución tecnológica de posguerra, establece un contrapunto interesante. El silencio de Galileo desmantela un mito de la época del barroco en el escenario de los recursos de la Internet. Voltaire se reduce ante los avances del conocimiento del genoma humano. El patético final del mito de Galileo, deja teóricamente al genio y al idiota en una posición similar. El efecto es disyuntivo: la celebración de la modernidad se ha convertido en una burla atroz.

La otra parodia de la modernidad radica en el manejo de la imagen del historiador que elabora el novelista. El historiador moderno fue el sacerdote más respetable de la nación: después de todo él la inventa, la organiza y la formula. Pero los historiadores de López Nieves son otra cosa. La imparcialidad y la mesura, dos valores de la historiografía profesional burguesa, no están presentes en Ysabeau. Esta mujer ha perdido toda la mesura.

GalileoLas pasiones, las apetencias, las ambiciones, la voluntad de poder, pienso en los juicios sobre la historia  del ateniense Tucídides o del florentino Maquiavelo, anidan en y se posesionan de esta mujer virtual y la llenan de una humanidad incuestionable. La identidad de Ysabeau se conforma sobre la base de ese conjunto de absolutos pasionales que la conducen a darlo todo en nombre de la gloria del hallazgo inconmensurable. Ysabeau está más allá del bien y del mal, se encuentra fuera del marco de la ética ¿quién no lo está en la postmodernidad salvaje? La conquista de una presumida verdad así lo justifica.

El historiador en López Nieves es un documentador salvaje –un erudito rapaz-. Pero también funciona como un manipulador o un mentiroso compulsivo. Ysabeau es un caso sicológico que parece manifestar múltiples personalidades. Es una mujer impulsiva y vanidosa, una obsesiva contumaz que ve el pasado como una posesión posible que se toma como en medio de un abordaje. Pero ocasionalmente funciona como un detective o un criminólogo especializado en las prácticas desviadas de unos personajes que desaparecieron hace cientos de años; o un conspirador experto en desenredar entuertos o capaz de crear un triángulo de cuatro lados como planteaba uno de los problemas clásicos de la escolástica  medieval.

El silencio de Galileo parte de un engaño calculado e inteligentemente diseñado. Cuando Luis me habló por primera vez de este proyecto me imaginé un laberinto que él nunca trató: el silencio de Galileo antes de reafirmar “pero gira” ante el tribunal de la inquisición tras su juicio  y su retractación pública. Las posibilidades de filosofar sobre la duda y su contenido eran muy altas. Ahora celebro el engaño de la imaginación del maestro y amigo.

Narradores 2000 : El robo del pasado en la obra de Luis López Nieves


  • Mario R. Cancel
  • Historiador y escritor

“…lo que al principio parecía un rompecabezas (…)

ahora se ha transformado en la clarísima historia de un magno hurto histórico”

Ysabeau de Vassy

La relación del narrador Luis López Nieves con el pasado y sus figuraciones, parece ser una de las claves para comprender su narrativa. Tanto el cuento Seva (1984), como las novelas El corazón de Voltaire (2005) y El silencio de Galileo (2009), representan una propuesta común: se trata de narraciones que, si bien interpelan el pasado y sus prejuicios, en lo fundamental ficcionalizan el trabajo de los historiadores. El elemento común a las tres narraciones  es la teatralización del proceso a través del cual los historiadores elaboran hipótesis, investigan, argumentan y generan sus conclusiones. El hallazgo o la invención de la verdad histórica animan el conjunto de su obra desde 1980.

Galileo

Visto el conjunto, se trata de una apropiación de la Historia en su sentido más clásico. En tiempos de Herodoto de Turii, la encuesta, la indagación o el testimonio, era la fuente más confiable de conocer el pasado. La Historia era Memoria –directa o indirecta- en el sentido más llano del término. La producción del conocimiento histórico dependía de la mayéutica más transparente. En el caso de López Nieves,  los documentos, cartas, papeles sueltos o correos electrónicos en cada caso, representan la diversidad de interlocutores involucrados en la construcción de la memoria histórica consolidada en un relato. La interpelación de los mismos será una responsabilidad compartida por el autor y el lector en su momento.

Me parece que la explicación para esta obsesión lopeznievana se encuentra en su pasión de y por la Historia. El entusiasmo no se circunscribe a la cuestión de cómo la disciplina maneja sus problemas. Los historiadores de López Nieves parodian muy bien ese ámbito pero, a la vez, llenan de humanidad una profesión que durante mucho tiempo aspiró ser tan antiséptica como las  ciencias naturales. La irracionalidad ocasional de Ysabeau de Vassy o las manipulaciones emocionales de Luigi Nolfo no son ajenas a la profesión. Pero la pasión de López Nieves va más allá de ese detalle. Se trata también de una inclinación extraordinaria por la forma en que ciertos historiadores construyen sus historias y articulan sus imaginarios del pasado: es también una nostalgia por la narración histórica.

Esa pasión se comprende, en gran medida, como una versión  revisada de una idea central de la Modernidad y la cultura burguesa del siglo 19: se trata de la concepción de que la Historia es el yunque de la identidad. No creo que tenga que recordar que una de las preocupaciones fundamentales del cuento y la novela puertorriqueñas hasta la década del 1980 fue precisamente esa. En el caso de López Nieves, como en buena parte de la narrativa del 1970, se trata de una percepción de la Historia y el pasado como un objeto robado.

Los tres textos citados están marcados por esta noción. El lugar denominado Seva, el corazón del intelectual ilustrado e irascible, y la paternidad del telescopio y su simbólico valor destructivo de un mundo obscenamente sumiso a un Dios autoritario, representan algo muy concreto. Son verdades de un pasado subsumido por la mentira. Son espacios de incertidumbre que materializan diversas expresiones concretas del saqueo de un pasado. El Historiador, con sus pasiones y sus técnicas, se convierte en el magus que tiene en sus manos los recursos para restituir las porciones de verdad sustraídas a tres momentos emblemáticos sobre las cuales ha caído un pesado velo de falsedad.

Voltaire

La idea del historiador que recupera un lector enterado al cabo de su lectura, es muy precisa. Los personajes de López Nieves insisten en que historiar significa separar un acto ficcional de un acto real. La responsabilidad es diferenciarlos de manera convincente y definitiva. El proceso de develación se convierte en un juego extraordinario y, dado que lo que se está tratando del resolver es un crimen simbólico, el historiador se mueve como cualquier otro conspirador a través de una madeja de trampas que vencerá, sin duda, en el camino de la apropiación de la verdad.

La verdad siempre implicará la recuperación del objeto robado –el pasado-. Pero el recate no disuelve el impacto malsano del fardo de mentiras que se han impuesto a través del tiempo sobre la primera mentira. Seva-Ceiba y Roosevelt Roads, Voltaire y su doble o Galileo y sus dos silencios, siempre serán realidades evanescentes y cuestionables. La conquista de una verdad no implica la derrota de las mentiras. La racionalidad del investigador puede resolver el conflicto semánticamente, pero no cambiará la realidad. Sin embargo, Luis o Ysabeau siguen afirmando esa obsesión radical por el pasado que en consustancial a los buenos historiadores de todos los tiempos.

En los tres casos, el asunto se ha planteado sobre la base de una estructura análoga. Seva (1984),  El corazón de Voltaire (2005) y El silencio de Galileo (2009), son narraciones montadas sobre una diversidad de dispositivos sueltos carentes de sentido si se les mira de manera aislada. En ocasiones se trata de dispositivos disyuntivos –un texto niega lo que el anterior acaba de afirmar- o sin relación alguna –el entrecruzamiento de varios interlocutores en el correo electrónico es un buen modelo de ello-. La metáfora del archivo inorgánico con el que se enfrenta el historiador me parece patente en este procedimiento.

Las pistas o trazas de sentido, sin embargo, están allí. Se trata del tópico del laberinto que el Historiador imagina ante el caos del pasado articulado en cada archivo. El trabajo del historiador consiste en recuperar las trazas y adjudicarles una estructura. En ese sentido, historiar equivale a producir un mapa. En el caso de la obra de López Nieves, el trabajo del lector es comprometerse o co-conspirar con el novelista, recuperar las trazas e inventar la novela. Leer un texto narrativo de López Nieves es como llegar a un lugar lleno de papeles, objetos y sombras preciadas, con el encargo de inventariarlo y darle un orden. Si al cabo de la última página, el “rompecabezas” se ha convertido en una “historia”, la tarea ha sido cumplida.

Escribir en Puerto Rico: Reflexión sobre la(s) literatura(s) presente(s) (VI)


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  • Escritor y profesor universitario

VI. ¿Qué distingue a los escritores del 1990 en este asunto? Ellos también han reflexionado sobre la escritura desde su historicidad. En primer lugar, los caracteriza una toma de distancia de la herencia canónica. Rechazar la tradición es un acto desacralizador. No se trata de volver a empezar desde cero. La impugnación de las tradiciones ha tenido una diversidad de grados. Luis López Nieves y Marta Aponte Alsina, miraron espacios específicos del relato del pasado con el fin de reescribir, entre la ficción histórica y la ficción sin más, episodios emblemáticos del imaginario nacional. El caso de Seva (1984) es bien conocido. La visita de Aponte Alsina a la figura de Alejandro Tapia y Rivera a través de su viuda Rosario en el cuento “La casa de la loca (1887),” trabajó el signo más importante de la casa letrada del siglo 19 de una manera provocadora. De hecho, el libro La casa de la loca y otros relatos (2001), es un viaje intenso que toca numerosos lugares alternativos a los que el relato convencional del pasado no mira. En ambos casos se impugna el metarrelato tradicional del pasado.

L_Lopez_NievesLa toma de distancia no es solo un reto al relato imaginario. También ha conducido a la refutación de la hispanofilia heredada de los modernistas. En general, la idea de la identidad centrada en el idioma y en la pureza o la transparencia impoluta de sus rasgos, no hace mucho sentido. El culto a la impureza se manifiesta por todas partes. La identidad ha adquirido otros rostros y donde antes se hallaba esa esencia rodeada de palabras, hay ahora un palimpsesto caótico. Sobre la vieja escritura se han montado otros códigos.

Lo interesante es que la celebración de la impureza ya había sido parte de la escritura del 1960 y el 1970. La impureza lingüística fue un recurso común que se usó para afirmar una idea alterna de la identidad que reconocía al pueblo en las masas urbanas que todavía tenían sus raíces en la ruralía del 1940. El modelo más relevante es La guaracha del Macho Camacho (1976) de Luis Rafael Sánchez. En ese texto, el lenguaje viciado de los nuevos pobres de la urbe, el dialecto de los medios masivos de comunicación y una canción que seduce a las masas, marcan la pauta. Se trata de una novela que no narra mucho: solo habla un sociolecto que gana validez en la medida en que atenta contra la formalidad y el canon.

Aquellos autores, sin embargo, jugaron con la impureza lingüística con la mentalidad de un intelectual moderno maduro. Para ellos explotar la impureza fue un modo político de llamar la atención sobre una situación injusta. En la práctica ese reto cumplía una función análoga a la que tuvo el uso del lenguaje jíbaro -también impuro- entre los modernistas costumbristas y los neocriollistas. La intención siempre fue llamar la atención sobre un tipo de puertorriqueño que consideraban más genuino y menos contaminado por la modernidad.

Sin embargo, después del 1990 de lo que se trata es de ser postmoderno y ello exige un esfuerzo consciente por dejar de ser moderno. La impureza lingüística no es un proyecto político aunque puede ser leído como tal. Tampoco es una carrera en busca de lo genuino. Es sólo un lugar común compartido por buena parte de la humanidad en la globalizada / americanizada era postindustrial. Equivale a pensar que tomar Diet Pepsi en lugar de maví no implica una traición al ser nacional. Solo un moderno contumaz concluiría que esa es una posición políticamente reaccionaria o retrógrada. Esa distancia, semántica y axiológica, explica porque muchas de las preocupaciones del 1960 y el 1970 no llaman la atención de los escritores del 1990.

M_Aponte_AlsinaEn segundo lugar, hay algo que llamaré vocación de espectáculo. El escritor de 1960 y el 1970 todavía se sentía parte de una aristocracia de intocables que trabajaban, como un anacoreta, en la intimidad. La experimentación con el lenguaje popular urbano nunca significó una integración real al populacho. La situación parece ser diferente ahora. Los ejercicios performativos cada vez más numerosos, el jamming o improvisación durante las lecturas, práctica que me sugiere un cierto jazz del logos, las lecturas colectivas y las conversaciones que cierran con el micrófono abierto para los neófitos, son un escenario interesante.  El papel que la Internet y los medios masivos de comunicación tienen en ese espacio es cada vez más relevante. Desde 1990 los escritores parecen estar en el proceso de salir de la reclusión que se imponían antaño.

La mediatización del oficio del escritor, el faranduleo, como lo denominó una autora del 1970, es un hecho cada vez más común. Pero lo cierto es que todavía la idea del escritor privado está ahí y que los esfuerzos por conectar al escritor con la gente, o el sueño de que el consumidor de mercancías en general se convierta en un consumidor de mercancías literarias, no se ha conseguido. Un escritor en el presente sigue siendo parte del hipotético conjunto de los raros.

¿Qué impacto puede tener la mediatización en la relación del escritor con la gente? La performatividad es una máscara dionisíaca. Lo cierto es que la figura del escritor se torna invisible cuando se le apropia a través de la lectura privada del libro. La oralidad hace que el escritor sea visto de otro modo. Lo que molesta a muchos es la preocupación de que la mediatización esté convirtiendo la producción literaria en una mercancía. Es como si no reconocieran que siempre lo ha sido.

El protagonismo del escritor, está siendo sustituido por el del editor. Pero en ese proceso, que apenas repunta y parece inevitable, lo que el producto literario pierde en reverencia aristocrática, lo gana como pieza de mercado. Escribir y publicar ya no es lo que era. La producción literaria ha dejado de ser un deber pesado y vuelve a ser una forma del goce. De ese modo, el producto literario es la expresión de una individualidad, no de un gremio presumido. La idea de la escritura como juego atenta contra ciertos paradigmas literarios tradicionales. El escritor ciudadano iluminado y original es una farsa. Rafael Acevedo inaugura Exquisito cadáver (2003) con un testimonio que afirma tanto la individualidad como la caducidad de la idea de lo nuevo: “Es ésta una obra de ficción. Un ejercicio de la lectura. Una acción con múltiples precedentes.”  Con ello acepta la inutilidad de una imagen caduca del autor. La idea de que el escritor es un lector, afirma el carácter privado y personal del acto y lo hace más libre.

Cartas Bizantinas: El sexto género literario


 

Luis López Nieves

 

El príncipe Constantino, embajador de Bizancio en el Caribe, le escribe a la princesa Eudocia, su hermana menor, quien reside en la capital bizantina.

Querida Eudocia:

¿Qué es la historia?

l_lopez_nieves_uscCristóbal Colón llegó a América en el 1492. Pero ¿qué significa este dato? La historia no debe ser una simple enumeración de datos, también debe explicar lo que significan.

Algunos historiadores interpretan la llegada de Colón como un acto de honor, valentía, hombría, hidalguía… y de otras idioteces parecidas. Otros historiadores, en cambio, interpretan el mismo acto como el comienzo de una campaña de genocidio como nunca se había visto en el mundo. Es decir, como el inicio de una empresa criminal, sin honor, sin valentía, sin hombría, etc.

De hecho, ahora mismo tenemos un ejemplo muy parecido. En Irak “un ejército extranjero derribó al gobierno existente en el 2003”. Este es un dato indiscutible. Al interpretarlo, miles de historiadores dirían lo siguiente: “El ejército norteamericano llegó a Irak para liberarlo de la tiranía”. Otros miles dirían lo contrario: “El ejército norteamericano invadió Irak con fines imperialistas”. Por un lado, liberación; por el otro, dominación.

¿Cuál es la verdad histórica?

De aquí a 30 años, en el 2038, algunos libros de “historia” hablarán de la “liberación” de Irak en el 2003 y otros hablarán de la “invasión” en el 2003. ¿Cuál de estos dos libros contendrá la verdadera historia de Irak? ¿Cuál estará delirando? ¿Es posible que ambos digan la verdad?

Por eso pienso, querida Eudocia, que la historia realmente no existe. Lo que existe es la literatura. Dentro de la literatura, como ya sabes, hay cinco géneros clásicos: poesía, drama, ensayo, cuento y novela. Añado que también se debe incluir la historia como un sexto género literario.

Hay escritores que cuentan historias basadas en la imaginación o inspiradas en datos históricos: las llaman novelas o cuentos. Hay escritores que redactan narraciones partiendo de datos concretos y con todo un aparato erudito o seudocientífico… y luego llaman “historia” a las páginas que producen. Pero discrepo: en realidad han creado literatura, dentro del género llamado “historia”.

Ha llegado el momento de llamar a la historia por su verdadero nombre. Y no hay que avergonzarse. No está mal que la historia sea un género literario porque cada país tiene derecho a construir su propia imagen.

Observa la imagen de sí mismos que han fabricado los norteamericanos: alegan que el primer presidente (un político) jamás dijo una mentira. En Francia la heroína nacional es una virgen de diecinueve años, Juana de Arco, que recibía asesoría militar directamente de Dios. Y en España convirtieron en héroe nacional cristiano a El Cid, un mercenario de tercera categoría que se vendía al mejor postor, ya fuera cristiano o musulmán. Como éstos, hay muchos otros ejemplos en el mundo.

Antes era más fácil crear una leyenda o un mito. Ahora es más difícil porque falta un ingrediente importante: la distancia. Si le decimos a una persona normal, en la calle, que san Francisco de Asís conversaba con su burro, pues es posible que acepte este dato como una verdad incuestionable y hasta digna de elogio. Pero si le decimos a la misma persona que nuestro vecino dialoga todas las mañanas con un burro, la reacción probablemente sea diferente: pensará que nuestro vecino necesita ayuda siquiátrica. La distancia es la gran aliada de los mitos.

¿Qué es la historia? Al lado de las sillas de los novelistas y cuentistas, ha llegado la hora de colocar un sillón grandote para los historiadores. Que tomen asiento con la frente muy en alto. Ya es tiempo de que salgan del clóset literario.

Te besa tu hermano,

Constantino

Nota: Tomado con permiso del autor de Ciudad Seva Publicado originalmente en El nuevo día, 14 de diciembre de 2008.

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