Tres ironías


Cincuenta y siete

…a los que se arriesgan, y a Clío, que no se merece estas palabras

Cuando llegó hasta mi terraza a la hora de la lectura me preguntó el alienígena.

-Y tú ¿qué eres?-

-Historiador, -le dije- sólo a veces.

-¿Qué significa eso?- Dijo mientras ponía uno de sus largos dedos azul-gris en la nariz pequeña.

-Es salir de un laberinto para ingresar a otro, auscultar desconfiado cada cosa, sobrevivir como animal herido. Oler la soledad que medra en cada esquina del mundo y comprenderla. Es mirar cada cosa y aceptar que es pasado y semilla, múltiple y arbitraria para nunca apostar a un futuro apetecible y dulce.

-No entiendo- vaciló- ¿y qué ganas con eso?

-Logro que las legañas del tiempo no consigan cegarme con las alevosías amargas de una creencia púdica. Prefiero la impudicia del abismo.

Mientras el sol se ponía, tomó vino conmigo mientras miraba cada cosa.

A 9 de noviembre de 2017

Dos

…para mis estudiantes de todos los tiempos

Después que el alienígena apuró la primera copa de vino ya no fue el mismo.

Sus grandes ojos verdosos se movían de un lado a otro, como los de mi gata Caciba cuando insisto en mirarla cara a cara y ella trata infructuosamente de enfocarme.

-Y tú ¿dónde vives?- preguntó

-Aquí adentro se llama casa, afuera se llama país- argüí.

-¿Qué representa eso? ¿Dónde termina la casa y empieza el país?- preguntó sin entusiasmo.

-La casa es el lugar desde dónde sabes el país y te defiendes de él- afirmé.

-No entiendo- vaciló- ¿cómo te defiendes en este lugar tan vulnerable?

-Este es el laberinto que conozco porque yo lo construí. Aquí no necesito ser historiador, solo necesito ser una persona: nada es pasado ni futuro. Solo es el presente y cuando todo es presente y estás con tus libros, reconoces los atisbos de la libertad.

Al tomar un largo sorbo, una gota de tinto se corrió por la comisura de sus pequeños labios…

A 30 de noviembre de 2017

Cero

…a mis estudiantes futuros y probables

Tras observarlo largo rato me di cuenta de que éramos distintos. Su boca pequeña carecía de la capacidad de sonreír. Eso significaba que no podía sonrojarse o empalidecer. Su piel tampoco era apropiada para amoratarse.

-¿Para que tuerces la boca de distintos modos? -auscultó curioso.

-Para expresar lo que siento- afirmé mientras el alienígena ponía sus dedos largos en la diminuta barbilla.

-¿Lo que sientes? ¿Qué significa sentir?- inquirió.

-Es convertir en gesto o mueca lo que nos afecta…- afirmé mientras esbozaba una sonrisa y luego una mueca de dolor.

-¿Muestras entonces los dientes tanto para una cosa como para la otra? ¿Cómo sabré lo que sientes si haces lo mismo?- caviló.

No supe que responder. Entonces la gata Caciba se aproximó a paso lento y cadencioso y saltó sobre la mesa de la terraza. Olió el borde de la copa de vino del alienígena y se recostó sobre las páginas de un volumen que había sobre la mesa.

-¿Qué es eso?- indagó.

-Un libro- afirmé.

-¿Para que sirve? ¿Acaso para que reposen esos organismos peludos que siempre sonríen o se duelen?-

-No, -dije con seguridad- para que repose lo que sentimos antes o después de pensarlo y ponerlo en práctica.-

-Eso significa,- coligió- que en eso que llamas libro guardas tus alegrías y tus dolores.-

Me tomó por sorpresa. Nunca lo había visto de ese modo.

-En cierto modo sí,- acepté sin mucho circunloquio- es un libro sobre la revolución.

-¿Y qué es la revolución?-

Bajé la vista y apuré un denso trago de vino mientras pensaba una respuesta.

-Es una manera de caminar de un punto a otro y no ir a ninguna parte con el fin de evitar ciertos actos que siempre vuelven a cometerse. Es como cambiar todo de lugar para volver a dejarlo donde estaba al principio. Es como moverse y seguir en donde estás. Es una manera de volver al mismo sitio y hacer las cosas mal o bien de un modo innovador sin percatarte.

El alienígena arqueó las pequeñas comisuras de sus labios primero hacia arriba y luego hacia abajo dejando ver sus diminutos dientes.

-Me recuerda la incertidumbre de la mueca que no sabemos si es sonrisa o mueca de dolor- Caciba se levantó, caminó con parsimonia y se restregó sobre su brazo que reposaba en la mesa.

Mi visitante miró hacia el cielo ya oscuro. Una estrella en el cinturón del gigante imaginario atrajo su atención. Caminó sin tocar el suelo en dirección del flamboyán de flores azules que crece en mi patio y se desvaneció en la nada.

Caciba volvió a recostarse sobre las páginas de mi libro abierto.

A 20 de junio de 2018
  • Mario R. Cancel Sepúlveda
  • Historiador y escritor

Caroba: reflexiones de un lector y un testigo


  • Mario R. Cancel Sepúlveda
  • Historiador y escritor

 

carobaConocí a Juan de Matta García en el año 2005, durante el lanzamiento de un libro de cuentos que yo acababa de publicar, Intento dibujar una sonrisa, en la Universidad del Sagrado Corazón en Santurce. Creo que Luis López Nieves me lo había presentado antes de esa fecha pero no lo podría asegurar. En la sesión de preguntas y respuestas, la cual siempre aspiro a que se transforme en un diálogo rico para todas las partes interesadas, Juan de Matta protestó unos comentarios míos sobre la pertinencia en el presente de la obra, excelente sin duda, de Enrique Laguerre.

La breve discusión con Juan de Matta, una de las cosas más interesantes que recuerdo de aquella tarde, giró en torno al culto que se genera hacia las figuras de los clásicos, en especial los muertos, en el lenguaje cultural y aun en el académico. La condición de clásico huele a cadáveres, siempre me lo he dicho de ese modo. La recuerdo bien, con todo detalle porque cuando Juan de Matta salió con lo que presumí era su brigada de apoyo o grupo de choque, me di cuenta de que es la misma cara de Morgan Freeman, uno de mis actores favoritos. En realidad la base de la breve disputa tenía que ver con un choque en la percepción sobre el asunto que había entre Juan de Matta y yo.

Eso me trae a la memoria otra situación que viví con posterioridad. Fue cuando me hicieron la peligrosa pregunta que siempre había temido: ¿Por qué debemos leer los clásicos? Todo venía a cuento de una publicación que iba a hacerse en la desaparecida revista Letras nuevas. Desaparecida, no por falta de ímpetu o calidad que mucha tenía, sino por las desgracias de la crisis actual del capitalismo que envejece y se renueva siempre para bien de pocos y mal de muchos. La inquisición fue culpa de la escritora Mara Daisy Cruz. Después de darle muchas vueltas por varios minutos al asunto, escribí algo como lo que sigue y que ahora regalo al novelista que me ocupa:

Un clásico es una expresión única y personal que habla el lenguaje propio de una época. No se trata solo de eso. Al hablarlo comunica ideas a una diversidad de receptores distantes en el tiempo y en el espacio. La eficacia de su expresión y la de su recepción se presume. A la eficacia de ese proceso llamamos universalidad. Entre lo clásico y lo universal imaginamos una relación estrecha. La obra clásica y universal convertida en piedra, en gesto o en texto, demuele la diferencia entre París y Macondo, entre Nueva York y Comala. Cancela las fronteras entre El Cid y Toño Bicicleta, y entre Friné e Isabel La Negra. En eso radica su magia. Leo los llamados clásicos con la esperanza de encontrar una explicación a muchas de las aspiraciones colectivas y prejuicios de la humanidad. También para saber lo que no soy. De ese modo los aprendo con más fuerza y me libero de algunas pesadillas. Lo universal no es lo escrito, sino el hecho de escribir.

Juan y yo chocamos por la interpretación de lo que significaba Laguerre, un clásico puertorriqueño, y su obra para alguien  como yo. Elidio la Torre Lagares y  Marta Aponte Alsina, podrían atestiguar lo que he dicho porque vieron los hechos y es probable que lo recuerden mejor o peor que yo. Es parte de mi oficio, siempre le doy mucha importancia a ese tipo de evento que, para otros, podría pasar inadvertido: soy historiador y me fijo en los pequeños acontecimientos.

A la luz de la relectura de Caroba, vuelvo a reflexionar en torno a aquel hecho. A Juan de Matta quiero explicarle quién soy. Lo cierto es que, en el marco de la sociología de pop, yo soy un baby boomer nacido en aquella ruralía que iba camino a la desaparición en 1960. Recuerdo los retornos del anciano Luis Muñoz Marín a la isla para apoyar, como un fetiche, a los candidatos políticos de su partido en el momento de la pubertad del anexionismo. Crecí en un campo que no tenía nada de simple, la simpleza del campo es un prejuicio urbano muy estúpido, y mi primera ansiedad fue la de escapar de allí a como diera lugar como quien sale de la selva. La única localidad con aspiraciones ciudadanas en la zona era Mayagüez. Sólo más tarde me llamaron la atención Río Piedras, San Juan o la diversidad de ciudades que he disfrutado en cada uno de mis viajes.

 

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Juan de Matta García, escritor

Mi peculiar experiencia académica y creativa me ha demostrado que la ruralía y el campo que viví, y el que aprendí luego en el sistema escolar y revisité en el universitario, eran cosas distintas. La imagen de ambos en mi caso, nieto de Socialistas Amarillos, estaba  filtrada por el aura del Populismo del 1940 y el tesón de Obrerismo Rural y Urbano Moderados. Las herencias son cosas que se meten bajo la piel como una espina o un microchip con un complejo programa que semeja un virus. Fui configurado como un ser que ansiaba desprenderse del campo, a la vez que miraba el urbanismo a la distancia, como un espacio para el debate cultural y el reto y el crecimiento.

 

Eso fue la forma en que viví el proceso de Modernización de Puerto Rico porque esos valores, en lo esencial anti-rurales, eran de crucial importancia en la formación de un chico como yo, nacido en el año 1960. Luego todo fue una vorágine que no es necesario contar. Pero cuando en la adultez fui a establecer un hogar donde refundar mi humanidad, volví a la Ruralía Postmodernista: la que está adornada con una megatienda a 15 minutos de distancia, y el acceso a la Internet y a la televisión por cable o satelital es cosa común. Lo que quedaba de la vieja sociedad rural en la casa en que me radiqué se reducía a las manías de algunos vecinos, y al hecho de que la urbanización estaba construida sobre lo que había sido una pieza de caña.

La forma en que Juan de Matta enfrenta la cuestión rural en Caroba es completamente distinta. Claro, entre él y yo hay una diferencia generacional que no debe ser pasada por alto: Juan de Matta es más viejo que yo, que conste. Además en él convergen con diafanidad, lo sé por lo que conozco de su trabajo creativo, la valoración de la cultura de la ruralía adjunto con la de la raza, como ocurrió en algunos de los grandes escritores del 1970, en especial el olvidado narrador viequense Carmelo Rodríguez Torres. Para Juan de Matta,  esos elementos representan el proyecto de una Nación Emergente que nos asedia desde hace siglos y que no parece encontrar el agujero de gusano que permita abrir el atajo que conduzca de la esclavitud colonial a la libertad.

Esta preocupación por lo rural y lo político como nicho identititario que domina la obra de Juan de Matta, puede parecer una anomalía cuando se le mira desde el territorio de una narrativa dominada por la temática urbana real o virtual, y que ha invisibilizado los trazos de un campo que imagina moribundo. Pero lo cierto es que un fenómeno análogo de ruralización del lenguaje ocurrió en la narrativa de la vieja y desmembrada Unión Soviética, luego de la muerte por mucho tiempo prescripta del Socialismo Real. En aquel contexto, la novela rusa de tema campesino se hizo de un espacio que el sueño del Comunismo industrial y urbanofílico, había reprimido. Claro, la diferencia radica en que en la Unión Soviética, a pesar del Bolchevismo Moscovita, el campesinado y sus tradiciones constituían una realidad más palpable que en el Puerto Rico de hoy. El Comunismo veía en aquel mundo adversario la meta de la disolución de la propiedad privada. Mientras en Puerto Rico, el campo y sus signos seguía siendo para muchos una esperanza de recuperación de la Identidad conculcada. Ahora me atrevo sostener que la obra de Juan de Matta no es una anomalía: es un esfuerzo político legítimo, que plantea un proyecto concreto.

En este prefacio no me propongo contar una novela que resultará una grata sorpresa para quien la tome en sus manos y la apropie. Solo pretendo resaltar algunos de los rasgos que me han llevado a reconocer que Juan de Matta es un narrador natural, como aquellos bardos que daban sentido  a la vida de una comunidad sobre la base de una narración que les servía de espejo. Juan de Matta posee una capacidad extraordinaria para narrar y tejer una trama bien articulada que nunca pierde su consistencia. Se trata, en ese sentido, de un narrador maduro con el cual no hay que discutir mucho la naturaleza de sus procedimientos narrativos.  Eso, para un asesor de tesis, es un fenómeno especial porque entonces uno puede, y así lo he hecho, sentarse con el escribiente a conversar sobre su imago mundi y la narración te atrapa por su fluidez y su coherencia o, por decirlo de otro modo, por su peculiar poética.

La otra característica de la escritura de Juan de Matta es el dominio de los diálogos, elaborados con un lenguaje mesurado, sugerentes cuando tienen que serlo e incluso de una comicidad natural y singular cuando el caso lo amerita y también capaces de transmitir la mayor de las amarguras. Poseen el sentido de la oralidad no calculada. Todo ello se consigue con un lenguaje coloquial, llano, muy humano que recuerda las destrezas de los autores del 1970 con el habla popular. El nicho narrativo de Juan no es, sin embargo, la ruralía imaginaria que inventó la cultura literaria del 1930 o la del Populismo. De lo que se trata es de una ruralía concreta y material, muy contemporánea, que todavía subsiste engastada en el Puerto Rico urbano del siglo 21. No se trata de un mito hasta el punto de que algunos de sus personajes han tomado de vez en cuando una cerveza o un café conmigo.

La otra virtud del arte de narrar en Caroba es ese interesante juego con los tempos que Juan de Matta pone en práctica. La novela camina a un ritmo más o menos pausado en las partes I a la IX; se acelera, en especial al cabo de la parte X y en la parte XI, llegando al final. En ese sentido tiene la tesitura de la memoria y de la historia vivida. Esa asimetría me parece ahora un logro en un texto que, si se narra a una velocidad media, se vería en peligro de perder mucha de su eficacia.

Lo otro es la técnica del final  abierto, la irresolución que se respira al cabo de la lectura. Es como si el autor hubiese querido tan solo plantear el problema, y esperara con paciencia la reacción de los contertulios-lectores. En efecto, al lector no le cabrá la menor duda de que se encuentra ante una novela de tesis. Pero me parece que debo decir que aquel que piense que hacer una novela de tesis es un problema, que tire la primera piedra. Una novela sin tesis de ninguna índole, representa por sí misma la proposición de una tesis.

Lo más notorio de Caroba y donde el autor se presenta como un verdadero maestro, es en el manejo del lenguaje del mundo de los caballos y el deporte de los caballeros, del deporte del paso fino, tan emblemático de la Nacionalidad que en el texto se discute de una manera sesgada pero obvia. Me sorprendió que me dijera que se considera un novicio en ese aspecto. La selección de ese icono popular, no podía ser más acertada. La sola reflexión sobre ese orbe cultural y social implica una discusión profunda sobre la Identidad. Se trata, desde mi punto de vista, de un  discurso autónomo que no necesita recursos alternos manidos para conseguir el fin de articular con claridad las opiniones del autor.

La historicidad del caballo antillano y puertorriqueño es un valor colectivo que muchos, incluyéndome, desconocen. La lectura de la obra de Juan ha sido para mí un taller. A lo largo de la novela, Juan hace alarde del dominio de ese lenguaje, lo problematiza y lo transforma en un código legítimo para discurrir en torno al dilema de la Identidad y sus recovecos más íntimos. Cuatro indicios me vienen a la memoria cuando paso revista sobre la posición que ocupa la narrativa de Juan en ese caso. Esas cuatro pistas resultan en cuatro pilares mayores de Metarrelato Nacional que puntean el imaginario de una historia colectiva que siempre, siempre se reinventa: no hay historia colectiva fija.

La primera es el papel protagónico del caballo puertorriqueño en el siglo 16 en el proceso de consolidación del control sobre México y Perú, hecho documentado por las crónicas de la Conquista. El segundo es la imagen del caballo puertorriqueño y el contraste del mismo con el caballo inglés, presente en un documento de 1598 firmado por el cronista de guerra inglés el Reverendo John Layfield. La tercera, el comentario sobre el equino firmado en 1797 por el naturalista francés André Pierre Ledrú en visita científica a Puerto Rico. Y el cuarto, el personaje del caballo según lo dibujó en 1849 en un cuadro de costumbres Manuel Alonso Pacheco. Mi imaginación histórica es la única autora de este palimpsesto. Ella juega conmigo como la dama seductora que me visita de vez en cuando.

Aparte, voy a dejar los juegos que acometió Abelardo Díaz Alfaro en sus textos poéticos y simbólicos “El josco” y “Los perros”. El papel de la elementalidad de lo agrario y lo rural es variable en ambos textos, por lo que su lectura apela más a la posibilidad de un relato mítico existencialista que al Criollismo Trascendentalista al que ocasionalmente los había asociado. Confieso que cuando me enfrenté por primera vez a Caroba, pensaba que se trataba de un ejercicio de esa naturaleza. La apelación a la Identidad en los referidos relatos es exógena, quien la aporta es el lector consciente de la agonía de su contradicción.

En el caso de la obra de Juan de Matta eso no ocurre. La narración no ofrece oportunidades para la confusión. Cuando se invoca la década del 1950, el signo es la Insurrección Nacionalista. Cuando se buscan espacios concretos que, como un templo, sugieren la Identidad, allí aparece Lares. No se trata de decisiones simples. De lo que trata es de posturas con las cuales el autor no transige. En el mundo bipolar que se construye en la novela, las medias tintas se ahorran del todo. Caroba y Constantino, el puertorriqueño y el cubano, la Nación ante el Imperio, son códigos que no permiten una sola fisura. Esa aparente claridad da a la novela la transparencia que garantiza una fácil y sabrosa lectura y que hacen de Juan de Matta un excelente escritor. Invito a la lectura de Caroba a todos los interesados y sobre todo a aquellos que como el avestruz ocultan su cabeza para no enfrentar la realidad. La garantía de que la disfrutarán está allí. Escribir es pensar, y pensar es imaginar el mundo. Narrar es teorizar sobre el mundo desde un lugar muy específico. Yo acepté la convocatoria de Juan de Matta García. Espero que ustedes también.

En mi casa de Hormigueros, 26 de julio de 2011.

Divertimento: Reflexiones de un escritoriador (2)


  • Mario R. Cancel Sepúlveda
  • Historiador o escritor

En una ocasión me encontraba de viaje de incógnito fuera del país y unos aspirantes a historiador me preguntaron sobre sus homólogos de Puerto Rico. Los buenos historiadores puertorriqueños, les dije, son una especie anómala.  Los viejos historiadores imaginan que son la conciencia ínsita y preclara del país y que caminan sobre hombros de gigantes. Confían en que la edad les ha refinado la capacidad de ver no solo el pasado, sino también el presente y el futuro. Están seguros de que una diferencia de opinión con ellos siempre será un error interpretativo y suponen que cualquier apelación a su saber es un reconocimiento  de su superioridad o un acto de nostalgia sumisa de quien la pronuncia.

Algunos piensan que el tiempo histórico terminó con la colonización española, otro que inició en el siglo 18 y acabó con la invasión yanqui pero los más simpáticos y visibles están seguros de que todos se equivocan porque el alfa de las cosas comenzó después de la Segunda Guerra Mundial y piensan que la geopolítica es el oasis infalible de todos los saberes. A ese fenómeno, entre otras cosas, denominan especialización o escuela historiográfica. Los únicos que se resisten a ese criterio son los que afirman que todo empezó con la abolición de la esclavitud y el desenvolvimiento  de las modernas luchas de clases en el país y que esa es la quintaesencia o la piedra filosofal añorada.

"Melancolía" de Munch

“Melancolía” de Munch

Aquel historiador, viejo o no, que quiera hacer la historia de una idea, de una moda cultural o de un tema de los márgenes, será acusado de filósofo, antropólogo o sociólogo e insistirán en que tome un tratamiento intenso de archivos tradicionales -el General o el de Indias- para que mejore su estado espiritual. Los críticos más furiosos de ese tipo de libelo asegurarán que aprendió el oficio de historiador en la academia estadounidense o que se ha degradado a la condición inicua de postmoderno.

Los viejos historiadores están seguros de que si se es monje jesuita o pastor presbiteriano, habrá más posibilidades de convertirse en una vaca sagrada. Después de todo, los cristianos concibieron la historia tras reinventar la tiranía del dios de los judíos sobre su pueblo elegido y convertirla en la tiranía de la razón y la naturaleza sobre su civilización elegida. Todos están contestes en que los independentistas y los estadoístas no pueden ser buenos historiadores: el hecho de que ambos aspiren a un proyecto por hacer los transforma en activistas, pero la discusión de lo que ya está hecho -reconocidos sus defectos- se equipara con la imparcialidad.

Aseveran que ejercer la profesión de manera seria es un privilegio de la universidad porque el escenario burocrático intrincado y la cercanía a los focos de poder así lo posibilita: allí están los presidentes y sus becas, los espaldarazos, los apretones de mano y los candidatos perfectos para asesorar al gobierno fugaz que se imponga un proyecto administrativo fracasado cuatro años.  La circunspección los caracteriza. Insisten en que la adolescencia senescente y la alegría de vivir es un pecado de lesa humanidad impropio para un historiador y que ser parte de esta clase debe apropiarse como una profesión de depresión: la risa es pecado de novelistas, no de historiadores. Están convencidos de que la condición de historiador sesudo debe sazonarse con una dosis de seriedad senil y aristocratismo vacilante propia de jubilados achacosos. Para garantizar esos fines se reunirán en asociaciones y academias para discutir cuánto pagarán de cuota de membrecía, dónde será la próxima reunión y en quienes desplazarán la tarea de pensar libremente, capacidad que en general, perdieron debido a su avanzada edad.

Por último, imaginan que todas las disciplinas sociales y humanísticas son auxiliares de la historia pero que la suya no tiene porqué auxiliar a ninguna de ellas y están contestes en que aquellos historiadores que se acercan a la literatura creativa han sido atacados por un virus letal que promueve la vacilación entre el esplín y la excitación. Recomiendan que aquellos que se sientan tentados a escribir poesía o cuento, lo hagan en secreto o lo dejen para después de su retiro y difundan su producto en los espacios más ominosos o invisibles que puedan encontrar. Nunca los detectarás en los medios cibernéticos a menos que sea citados por otros y ocultarán su incapacidad para manejar esos espacios detrás de la máscara elitista de que la Internet es un lugar que abre paso a la imbecilidad, condición sobre la cual ellos parecen reclamar la posesión de un monopolio.

Los jóvenes historiadores son más sumisos que los jóvenes aspirantes a escritor: la autoridad de un viejo historiador se presume más ponderada que la de un viejo escritor. Nacen con un microchip o un código genético activo que les conduce a convencerse de que los buenos historiadores son los que les antecedieron y escribieron los libros que les asignan un montón de maestros que fueron discípulos sumisos de aquellos. Por ello no son capaces sino de figurarse como simples acólitos, adláteres o repositorios. La familia patriarcal judía y cristiana es reproducida con precisión: papá historiador modela a hijo historiador aunque mamá historiadora no se encuentre en el panorama. Me parece que se trata de un fenómeno de generación espontánea pero ello sigue siendo un misterio.

Se pasarán la vida leyendo a la misma gente, tratando de pensar como la gente que leyeron y convertirán el inmovilismo y el estancamiento en una virtud. Hay sectores que tienen la esperanza de que algún día aprenderán a escribir y podrán aspirar a ser algo más que un maestro. Evitarán conversar sobre el presente inmediato por temor a que se les confunda con un activista o un escritor de ficción y, si se les cuestiona sobre ello, responderán con monosílabos y bisílabos agresivos: je, mierda, cabrón. La situación los ha conducido a suprimir sus curiosidades más dulces, padecen estreñimiento en el órgano de la originalidad y calambres en las extremidades del atrevimiento. Lo más interesante es que tanto los viejos como los jóvenes historiadores son invisibles para todos los casos porque siempre hablan de “lo que pasó” o “creen que pasó”. Por ello precisamente  son fáciles de diferenciar de los científicos políticos y de los economistas quienes siempre hablan de “lo que pasará” pero “nunca pasa”.

Con todo los admiro frenéticamente. Son más humanos  y menos obtusos que sus pocos ancestros del siglo 19 y de principios del siglo 20. Aquellos historiadores estaban hipotéticamente dispuestos a morir por la patria suya (España) o por la ajena (Estados Unidos)  o por una copa de vino tinto y, aunque muchas veces lo afirmaron con fervor, pocas lo hicieron. Estos del presente prefieren vivir hasta el último segundo y manifiestan la fina ironía de un gato callejero del Paseo de la Princesa cuando algún turista se les acerca a darles de comer.

¿Defectos? Tienen y muchos, como cualquier ser humano común o como los historiadores de cualquier parte del mundo. Lo digo porque soy uno de ellos, ni viejo ni joven eso sí,  o al menos eso intento muy de vez en cuando…

En Hormigueros, 15 de julio de 2016.

 

Conversación con Mario R. Cancel Sepúlveda


  • Dr. Wilkins Román Samot

Mario R. Cancel Sepúlveda (Hormigueros, 1960-) es catedrático de Historia y Ciencias Sociales en el recinto de Mayagüez de la Universidad de Puerto Rico. También es docente de Estudios Puertorriqueños y del Caribe en el Centro de Estudios Avanzados de Puerto Rico y el Caribe, allí en el viejo San Juan, Puerto Rico. Cancel Sepúlveda, contrario a otros, no llegó vacío a su cátedra universitaria. Junto a él trajo una caja de investigaciones, poesías y relatos realistas y no reales, producto de una vida prodigiosa de trabajo creativo desde los márgenes. Ya en la cátedra, ha mantenido una tendencia de profundidad y rigor intelectual que sin duda no creo mentir si le considero el principal historiador puertorriqueño de su generación. Tuve la bendición de encontrarlo en mi camino por la Universidad de Puerto Rico. Mario, como le decimos Carlos y yo me ha contestado unas preguntas con el mismo rigor con que investiga, educa y escribe. Comparto con vosotros sus atinadas respuestas.

1.1 Wilkins Román Samot (WRS, en adelante) – Lo conocí hace algún tiempo. Vos fue mi profesor, yo, un estudiante que aprendió a investigar y cuestionar con vos, como también lo hizo ese Carlos que nos une, y que tuvo la osadía de escribir un cuento de o sobre sus botas. Desde entonces, hemos mantenido cierto contacto dentro de la distancia, teniendo la oportunidad de reseñar parte de sus trabajos de investigación. Cierto es y sería decir que llegué, eventualmente, a estudiar al Centro de Estudios Avanzados de Puerto Rico y el Caribe, Viejo San Juan, Puerto Rico, por esa lección de investigación que sin duda fue tomar con vos ese curso de Humanidades en la Universidad de Puerto Rico. Lo que digo, lo digo creo que también por ese Carlos que nos une, con quien he mantenido desde entonces esa cultura de intercambiar información entre nos, que aprendimos con vos hace ya más de dos décadas. Si algo, siempre he apreciado de vos, es su persistencia en escribir y re-escribir desde los márgenes de la historia la literatura y la historia desde la literatura, dentro del marco de la historia y la micro-historia, de la biografía y de los estudios culturales puertorriqueños y del Caribe. Hace unos días, nos hemos vuelto a encontrar, y me ha dejado constancia física de su nuevo trabajo de investigación histórica. Se trata de De Horomico a Hormigueros: 400 años de resistencia (San Juan: Editorial 360 Grados 2016). No sabía que Hormigueros tuviera historia, menos una de resistencia, pero creo que vos sí, e insiste en que sí le tiene y vale la pena conocerle, recordarle y estudiarle. ¿De qué tratas en este trabajo de investigación micro-histórica? ¿Cómo integras vuestra formación trans-disciplinaria a éste y sus otros trabajos creativos como docente e investigador?
Wilkins Román Samot y Miguel Rodríguez López con el escritor

Wilkins Román Samot y Miguel Rodríguez López con el escritor

1.2 Mario R. Cancel Sepúlveda (MRCS, en adelante) –La historia es un relato de la imaginación que siempre se reinventa a la luz de las circunstancias desde las cuales se piensa. En ese sentido lo que hacemos con el pasado es una aproximación creativa y, por ello, exigente. Es una forma de la conciencia que todos los seres humanos y todas las comunidades poseen en el marco de los más diversos grados de complejidad. Cuando se afirma que Hormigueros tiene una historia que puede ser contada se señala lo obvio. Es posible que para historiografía tradicional el acontecer local no constituyese una historia legítima pero, después del desenvolvimiento de la Nueva Historia Social, la Historia Cultural y los Estudios Culturales en el siglo pasado sería una presunción paradójica.

La resistencia a la que se refiere el título se refiere a una diversidad de índices. Los ensayos de libros miran en varias direcciones. Primero, el relato panorámico del pasado hasta mediados del siglo 20. Segundo, un estudio denso de los antecedentes del culto de la Virgen de Monserrate, uno de los signos identitarios claves de la comunidad. Tercero, una revisión de la historiografía sobre Hormigueros desde 1898 hasta 1980. Cuarto, un ejercicio análogo desde 1980 hasta el 2000. Y quinto, un retorno al tema del culto religioso a la luz del 1898. El prefacio y el epílogo son reflexiones teóricas sobre lo que significa la historia, la microhistoria social y la cultural, en el proceso de reflexión.

El concepto resistencia apela a esos nudos que plantea el volumen y que marcaron el pasado local. Se manifiesta en la invisibilidad de un pueblo pequeño en el territorio de las miradas de la macrohistoria por su condición de zona de competencia entre dos poderes regionales de relevancia: Mayagüez, que desde el siglo 18 significó las fuerzas modernizadoras, y San Germán, que desde el siglo 16 representa la tradición. La identidad de Hormigueros se cuaja en ese escenario contradictorio compartiendo valores de ambos extremos. No en balde fue barrio de San Germán hasta 1874 y de Mayagüez entre 1898 y el 1912.

Resistencia también invoca a otras zonas de conflicto. El estudio de la microhistoria cultural me ha demostrado que las comunidades pequeñas se resisten al imperio o la autoridad de los relatos nacionales o a las presunciones totalitarias de la identidad colectiva. La identidad colectiva o nacional es un producto intelectual muy valioso de los últimos 250 años, pero la micro-identidad comunitaria es una praxis rica en matices que debe estudiarse con la misma intensidad.

Y resistencia porque esa micro-identidad comunitaria  presenta contradicciones que la enriquecen. En Hormigueros los elementos clericales y seculares, tradicionales y modernos se encuentran y desencuentran. En el cosmos local, como en el nacional, el poder institucional, el poder eclesiástico, las clases sociales que se mueven en el mercado, la intelectualidad y la gente, generan sus propios relatos que chocan y, en su oposición, validan un ejercicio como este. La búsqueda se da en todas esas orientaciones con el propósito de confirmar que “el pasado” es un mito: de los se trata es de buscar “los pasados” en plural.

2.1 WRS – En el 2007 presenté en el Museo de la Historia de Ponce, Historias marginales: Otros rostros de Jano (Mayagüez: CEPA 2007). Tratabas, en este libro, de historiar la historia de los márgenes desde los márgenes, bien la del espiritismo, la prostitución, la literatura no oficial o no canónica. Sé que no fue la primera ocasión en la que se acercaba así a lo marginal. ¿Cuál considera vos es su mayor contribución a la historia cultural y crítica dentro del contexto de este trabajo creativo de investigación y de esa manera de mirar desde los márgenes aquello que otros han marginado de su mirada histórica?

2.2 MRCS – No creo que yo sea la persona más indicada para hacer esa evaluación. Me he dedicado a seguir las pistas que más llaman mi atención. Investigo y escribo para saciar mi curiosidad y, me hago de la idea, de que mis respuestas tentativas pueden interesar a terceros. Mi contribución más significativa tiene que ver con la formación de mis estudiantes subgraduados y graduados. Si consigo estimular la pasión por la reflexión en algunos de ellos me siento satisfecho. Creo que la contribución, si alguna, de lo que hago es que mirar a tu alrededor y hacerte las preguntas pertinentes respecto a tu tiempo a la luz de tu yo es suficiente. Mis grandes intereses han sido tres: los temas de la microhistoria política y cultural, la producción creativa de lo que llamé alguna vez “mi generación”, y ese complicado tránsito del siglo 19 al 20, es decir, los dilemas de la identidad en todas sus manifestaciones bajo los dos imperios.

3.1 WRS – Si compara su acercamiento como investigador de la producción literaria puertorriqueña en Literatura y narrativa puertorriqueña: la escritura entre siglos (San Juan: Editorial Pasadizo 2007) con sus investigaciones previas y posteriores, ¿qué diferencias observa en su propio trabajo creativo de investigación además de su diferencia respecto a las disciplinas con las que trabaja y su contenido literario?

3.2 MRCS – He tratado de dejar atrás la comodidad que ofrecía el discurso manido de la identidad nacional y el imperativo moral que ello imponía a la escritura. Los requerimientos de ese tipo de discurso a veces se convierten en actos de censura. Cuando investigaba a los autores de “mi generación” ejecutaba un ejercicio en esa dirección. Pero metodológicamente no veo diferencia. Siempre he dirigido la mirada hacia los lugares invisibilizados por el canon literario o histórico porque ese pasado sacralizado enquista a la academia y a la universidad en unos lugares comunes. La intención no es revolucionar la academia o a la universidad ni producir un anticanon. No tengo tiempo para ello, solo se trata de llamar la atención sobre la diversidad de los problemas que están sobre la mesa y, a la vez, satisfacer una curiosidad morbosa. De la Nueva Historia Social, la Historia Cultural y los Estudios Culturales aprendí a mirar hacia el abajo social, hacia los márgenes, hacia las periferias, hacia las praxis y los discursos alternativos, hacia la vida de la gente como problemas, hacia la pluralidad de las percepciones de lo que aparenta ser transparente, hacia la fragilidad de las ideas que se presumían sólidas. También aprendí que todos esos lugares son porosos al arriba social y que hay una rica dialogía entre ambos extremos. Lo local y lo micro son una expresión de lo nacional y lo global en constante intersección.

4.1 WRS – Sé que vos tiene más de un trabajo sobre vidas ejemplares. Me refiero a Segundo Ruiz Belvis: El prócer y el ser humano (San Juan: Universidad de América/ Centro de Estudios Avanzados de Puerto Rico y el Caribe/ Municipio de Hormigueros 1994) y a Anti-figuraciones: Bocetos puertorriqueños (San Juan/ Santo Domingo: Isla Negra Editores 2003, 2011). Creo que ambos trabajos condensan un enfoque propio de como historiar la vida del procerato, uno en el que manejas la vida ejemplar desde lo personal con un enfoque o acercamiento personal. A su vez, no dejan de ser vidas marginales en cuanto a su entorno geográfico, la Isla, como algo que se nos viene distinto a San Juan, Puerto Rico, la metrópolis colonial desde la cual se cuece el régimen. ¿Qué es aquello que ha aprendido dentro del proceso creativo de dar forma y contenido a un corpus teórico propio de la historia y de los estudios culturales pero que no deja de ser un acercamiento íntimo a nuestra historia político-cultural?

4.2 MRCS – Creo que se sigue mirando con gran reverencia a la figura procera. Los lectores de historia siguen prefiriendo al personaje sobre la persona. Las biografías laudatorias siguen llamando más la atención que los estudios abiertos sobre las figuras públicas. Yo sé que es más fácil levantar un culto (o seguirlo emocionalmente) que comprender críticamente el objeto que se pretende cultivar. Eso es lo más difícil porque finalizas en manos términos con aquellos que articulan el culto y con los que quieren demolerlo. El pasado es político, lo sé. En la colonia los contenciosos de todos los días, los que ocupan las horas de reflexión de los anticolonialistas, van a afectar la interpretación del pasado. El problema es que esa actitud puritana o fundamentalista se convierte en un discurso defensivo que ofende la inteligencia y conduce a gente muy capacitada a pontificar  cuando se enfrentan a posturas que ponen en duda sus presuntos aciertos intelectuales. Uno de los modelos en que me apoyé para esto fue la obra de Lucien Febvre sobre Lutero y Erasmo. Lo único que le he añadido a esto es mirar un poco hacia la vida de las figuras proceras recuperándolas para lo más cercano a una vida diaria como la que llevamos nosotros. Las pequeñas historias de lo cotidiano persiguen a estas figuras. Mas tomo pero dejo de verlas como anécdota moral y las inserto en una cotidianidad imaginaria e incompleta pero rica en matices. Ese es, en sentido estricto, mi homenaje al vitalismo desde la historiografía. Los espacios para la imaginación historiográfica se abren más allá del dato. Así hice mis seudobiografías, mis antifiguraciones, mis experimentos. No las veo como vidas ejemplares o a imitar. Al menos eso no es lo que pretendo pero esa sigue siendo la lectura más fácil. Las veo como expresiones de la indocilidad que pululan por todo el espectro ideológico

5.1 WRS – Tenéis unos libros de poesía y de cuentos, textos, relatos o pretextos. Vienes de una escuela en la que una manera de no explotar, era escribir, escribir, escribir. ¿Por qué los títulos de estos textos? ¿Qué tiene de particular su trasfondo personal (historia de vida) en la formación del contenido de su trabajo creativo en estos pretextos? ¿Cómo se ha integrado su trabajo de creación literaria de por sí (poemas, cuentos, etc…) con su trabajo de ensayista e investigador? ¿Cómo integra vos su experiencia de vida en su propio quehacer creativo hoy en Puerto Rico?

5.2 MRCS –La escritura de poesía y cuento es una búsqueda: los orígenes etnoculturales, la casa rota me preocupaba mucho en los años 1980. La volcadura del límite y la sonrisa que no se consolida me llamaron la atención en los 2000. Las ignominias de la crisis que se vive hoy están inéditas. Toda la poesía que no publiqué es un mero registro teórico privado, personal y mío, que no está divorciado de las obras creativas que hago en el ensayo histórico. La única forma de escribir es desde el yo, desde el espacio vital en que te mueves, de eso no me cabe la menor duda. Esa subjetividad debía ser asumida con tranquilidad y la asumí porque es lo único que hace tu obra realmente tuya.

6.1 WRS – Sé que vos es un autor caribeño que es oriundo de Hormigueros, Puerto Rico. Don Mario, ¿se considera puertorriqueño? ¿Existe el puertorriqueño o sólo es literatura su cultura e historia? ¿Por qué? ¿Qué es la que hace que su literatura o su trabajo creativo sea de vos y lo que es de vos es o decide ser dentro de Hormigueros, Puerto Rico?

6.2 MRCS – Soy casualmente puertorriqueño: si hubiera nacido en la luna sería un selenita o un lunático como los personajes de George Meliés. Esto significa que lo soy al margen de las autoridades que me dictan una fórmula sobre lo que eso contiene o significa. A veces soy historiador o un habitante de la literatura. Por lo regular soy una persona común que trabaja 8 horas al día siete días a la semana, en el salón de clases o fuera de éste, y además posee dos mascotas, la gata Caciba y el gato Tao y limpia su patio. Soy plural y si lo mirara de otro modo me angustiaría porque reconozco la multiplicidad de las acepciones de ese concepto. Me parece que en su contingencia y plasticidad radica parte de su fortaleza. Ser puertorriqueño, francés o ruso son convenciones culturales cambiantes. Dada la asociación histórica de la identidad (un estado del alma) y la soberanía (un estado jurídico), fruncimos el seño cuando alguien pide que te identifiques. Igual que los mayas pensaban que eran lo que comían -hombres de maíz-, yo soy un reflejo de lo que produzco y viceversa.

7.1 WRS – Don Mario, ¿cómo visualiza su trabajo creativo de carácter literario con el de su núcleo generacional de escritores en Puerto Rico? ¿Cómo ha integrado su identidad étnica y su ideología política con o en su trabajo creativo de carácter literario o no literario?

7.2 MRCS – No creo que haya una “generación” de escritores con la cual me pueda identificar. Las promociones de escritores posteriores al extraordinario fenómeno del 1970 siempre me llamaron la atención. Desde 1989 escribía sobre esa “generación” que parecía germinar. Pero el lenguaje de la crítica cambia y los conceptos se hacen inadecuados. A la larga es más fácil establecer los que no eres  que afirmar lo que eres. No soy un autor del 1970 ni del 1960 aunque los considero mis maestros. La impresión que  me produjo trabajar ese tema desde 1989 hasta 2008 es que los autores ochenteros ya eran viejos para los noventeros y que cada grupo nuevo estaba deseoso de dejar atrás a los que le precedían. Después de todo eran promociones pequeñas con una forma de progeria avanzada que siempre llamó mi atención.

La decisión de verlos de ese modo es enteramente mía. Mi trabajo literario, si se reduce a la poesía, el cuento y la crítica, es marginal a mi núcleo o cronotopos. Allí hay verdaderos poetas como Alberto Martínez Márquez y Zoé Jiménez Corretjer, brillantes narradores como Mayra Santos y Eduardo Lalo, experimentadores de calibre mundial como José Liboy Erba y Pedro Cabiya. Yo los leo y los disfruto. Ese es mi lugar entre ellos. Después de todo soy un historiador y ya me han señalado como un outsider varias veces. Para algunos poetas o escritores un historiador no es un escritor sino otra cosa, un alien en su territorio. Pero a mí me consta que muchos escritores no son historiadores. Para mí eso es un asunto irrelevante. Los leo y los disfruto. En cuanto a la etnicidad y la ideología cada vez me preocupan menos lo cual no debe interpretarse como que les resto relevancia.

8.1 WRS – Su trabajo creativo literario no se inicia recientemente. No obstante, ha dedicado una parte de su vida a la cátedra universitaria. ¿Cómo relaciona su trabajo político-cultural con su lectura particular de la vida y su propio quehacer literario o no hoy?

8.2 MRCS – Si entiendes que hacer historia no es un trabajo creativo literario tienes razón. Si te das cuenta que en mi vida una y otra cosa son los mismo, no. En cuanto a la condición de profesor, te digo, enseñar historia como un recurso para la vida no es fácil. Las preconcepciones de lo que significa mi disciplina son retrógradas y devastadoras. Estoy convencido que política y cultura serán un cadáver si no sirven para vivir el hoy. Lo que trato en mi profesión es que lo que les digo de una u otra cosa, dialogue siempre con el presente de una manera radical.

9.1 WRS – ¿Qué diferencias observas, al transcurrir ya más de tres décadas de producción cultural activa, en la recepción de sus compañeros de viaje o aventura creativo-literaria con su trabajo creativo y la temática o las temáticas que ha abordado y los géneros literarios (ensayo de investigación, cuentos, novela y poesía) desde los que les has abordado?

9.2 MRCS –No veo diferencias. Tampoco las he buscado ni las buscaré. No me voy a convertir en tema de mis propias reflexiones de ese modo. Me basta con escribir desde el yo. Por mi parte sigo viendo a los compañeros de “generación”, voy a llamarlo de ese modo por comodidad, del mismo modo de siempre. Los sigo leyendo pero cada vez escribo menos sobre lo que hacen porque otros lo están haciendo. No hace falta que yo lo haga. Creo que la literatura creativa está muy viva hoy y que lo que reflexionaba en los años 1980 es una promesa cumplida.

10.1 WRS – ¿Qué otros proyectos creativo-literarios tienes pendientes? ¿Qué de lo pendiente queda o está todavía inédito? ¿Por qué ahora escribes o sigues escribiendo?

10.2 MRCS –Están en proceso unas reflexiones sobre la indocilidad en figuras del siglo 19 y el 20, una evaluación general de la historiografía puertorriqueña, un nuevo volumen de representaciones puertorriqueñas en textos estadounidenses con el colega José Anazagasty Rodríguez y un libro sobre narradores contemporáneos que quiero completar. No escribo poesía desde el 2005 ni cuento desde el 2010. No tengo planes de hacerlo en buen tiempo.

En resumidas cuentas: Homenaje a Clío y Melpóneme


  • Mario R. Cancel-Sepúlveda
  • Catedrático de Historia y escritor

A Héctor R. Feliciano Ramos, que es historiador.

Este es un tiempo extraño que hemos tratado de derivar de otro tiempo extraño. Estar aquí varado es como escudriñar los secretos de los otros a través de un minúsculo hueco, desde la secretividad que nos da el hecho de que nadie sabe que allí estamos: armando el inusual rompecabezas, atizando la fogata del yo soy, riendo sin desparpajo, elaborando al descuido la noche que se cierne sobre nosotros como un anti-héroe de novela vieja.

Hemos cruzado el umbral tantas veces sin darnos cuenta;

Hemos torcido ese mundillo barato de las agonías con tanta premura sobre la mesa;

Hemos resuelto el punto y la coma que faltaba para completar la página que se escapaba;

Hemos especulado en torno al viento y sus manías pedantes al subir las escaleras que conducen al pasillo de los archivos;

Hemos resuelto el pasado a la luz de una pobre página desvencijada y sucia;

Hemos molestado el descanso de tanta arpía, de tanto comodín, de tanto mandarín, de tantos silencios acordados tiempo ha;

Clío, Virgilio, Melpóneme

Clío, Virgilio, Melpóneme

Hemos sonreído ante el hallazgo como quien se topa con el oasis después de una larga carrera en el desierto;

Hemos reñido con el pasado como quien disputa con su sombra exaltada en una tarde tropical;

Hemos involucrado al sol con los motivos fatuos de los peces multicolores que sobrevuelan siempre la libre fruición de las conciencias;

Hemos desenredado el lío que construyen los hombres para enredar el lío que hacemos otros hombres;

Hemos pensado el cómo del cuándo dislocado que pende de las cosas;

Hemos desmadejado el hilo que tejieron las Parcas para montar el Hades bajo el hombre infinito;

Hemos visto a las Parcas armando nuestras vidas para alegrar su intenso tiempo de desvaríos;

Hemos desdicho el coño de la verdad voraz que asesina pasiones en las noches redondas que inventan los recuerdos;

Hemos sido los dioses de este pequeño sura que soslaya batallas porque teme encontrarse;

Hemos borrado páginas enteras del pasado;

Hemos moldeado el barro sutil de los pasados para hacer una historia lúcida, insulsa y muerta;

Hemos peleado los unos con los otros por comprar la versión correcta y acabada;

Hemos dicho el yo soy, yo supe, yo sabía;

Hemos dicho el sermón reiterativo, inocuo, desvencijado, sucio, que cantaron los próceres;

Hemos visto a los próceres traficando esperanzas de cartón y de olivo tras los desvelos nítidos de un mañana inconcluso;

Hemos visto el mañana fraccionado, facsímil, volar con las palomas que parten de las torres;

Hemos reptado duros tras de la abreviatura, la rúbrica torcida, la nota marginal y el garabato ignoto tantas veces, aguardando a la luz que se ha desvanecido por el cuerpo del papel como se van las tardes de verano;

Hemos corrido detrás del libro intonso, del colofón vidente, del sello del canal, de la nervura inquieta que te sorprende, del hallazgo escondido en un rincón del libro porque sabemos, que allí, dentro del cuerpo inquieto de los libros todos guardan secretos pero siempre se olvidan;

Hemos soñado con la letra historiada, con el detalle persa de la grafía florida, con la grotesca, con la letra de mano del viejo manuscrito que dice y canta y cuenta la vida de aquél que la escribió;

Hemos querido ver el alma de aquél y aquél y el otro dibujada en el templo fatal de las palabras;

Y ahora, atados a las armas, volvemos a mirar. Y todo esto es tan poco. Este es un tiempo extraño que hemos tratado de mirar al través del crisol de otro tiempo extraño. Y nos hemos mentido.

Tomado de la colección inédita Relatos y otras ignominias. Corresponde a la última ignominia.

Historiar, redescubrir, relatar. Entrevista al humanista puertorriqueño Mario R. Cancel


  • José E. Santos
  • Universidad de Puerto Rico, Mayagüez

 

Mario R. Cancel (1960) es una de las figuras más relevantes de la vida literaria y cultural en Puerto Rico.  Historiador, poeta, narrador y profesor universitario, Cancel ha preparado varias antologías en que recoge lo mejor de la obra literaria contemporánea además de escribir uno de los trabajos críticos centrales para entender el presente momento literario en Puerto Rico, Literatura y narrativa puertorriqueña: la escritura entre siglos (2007).  Es autor de varios libros de tema histórico como Segundo Ruiz Belvis: El prócer y el ser humano (1994), Antifiguraciones: bocetos puertorriqueños (2003) e Historias marginales: otros rostros de Jano (2007), entre otros.  Acaba de publicar el volumen Puerto Rico: su transformación en el tiempo (2008) una historia social y cultural de del país, en conjunto con Héctor R. Feliciano Ramos. En su obra literaria se destacan el poemario Estos raros orígenes (1991) y las colecciones de relatos Las ruinas que se dicen mi casa (1992) e Intento dibujar una sonrisa (2005).  Cancel enseña historia en el Recinto de Mayagüez de la Universidad de Puerto Rico y creación literaria en la Universidad del Sagrado Corazón. En septiembre de 2008 fue reconocido con “Escritor Distinguido del Año” por el Pen Club de Puerto Rico. Coordina los espacios en la Internet Narrativa Puertorriqueña: Espacios en el Tiempo y la bitácora La Casa de los Textos entre otros.

 

J. S.: Saludos Mario.  De todas las personas que conozco eres la que más se ha ocupado por ver la conexión entre todos los productos culturales de nuestro país [Puerto Rico].  ¿En qué momento desarrollaste esta inquietud integradora?  ¿Hubo un instante que definiera este proceder o fue algo que sobre la marcha fuiste elaborando?

 

José E. Santos

José E. Santos

M. C.: Antes que nada, déjame agradecerte tu interés por mi trabajo profesional. El interés nació con un proyecto literario que fundé con el novelista Carmelo Rodríguez Torres en 1985: Islote: Revista de Literatura e Historia. Nuestra intención era establecer un puente entre esas dos formas de la interpretación y, a la vez, abrir un espacio para las nuevas promociones de escritores desde el oeste de Puerto Rico. La intención se afirmó en 1989, cuando el semanario Claridad sirvió de espacio para un debate en torno a la poesía de la llamada Generación del 1980.  Más tarde, mientras trabajaba en la UPR de Aguadilla en 1996, organicé un congreso sobre las “nuevas generaciones” y “la postmodernidad.” El mismo reunió a autores del 1960, el 1970 y el 1980 en un debate entre convulso y fraterno. Me parece que aquel fue el esfuerzo más importante que se realizó para darle visibilidad a los productores culturales de nueva generación desde esta zona del país.

 

J. S.: Manejas el discurso histórico por tu profesión y el literario por vocación.  Dos vocaciones, podríamos decir.  ¿Adoptas un proceder distinto al enfrentar ambos procesos?  ¿Hay convergencias?  ¿Cómo piensa y reacciona Mario Cancel a ambas experiencias?

 

M. C.: He dicho en otras ocasiones que soy un vagabundo entre los géneros literarios. Ello reporta ciertas ventajas y desventajas que no tiene caso discutir ahora. Estoy convencido de que la escritura literaria y la historiográfica son dos formas de teorizar sobre el mundo. Me parece que esa es la actividad primaria de cada escritor: establecer su personal imago mundi a través de aquellos medios que considere legítimos. Lo cierto es que, en la historiografía o en las ficciones, no puedo dejar de ser yo. No me quito un sombrero para ponerme otro, como me dijo una vez el joven escritor y periodista cultural Carlos Esteban Cana. El placer de escribir y el de ser leído es el mismo.

 

J. S.: En Historias marginales: otros rostros de Jano te has centrado en el manejo institucional y no institucional de esas parcelas invisibles pero omnipresentes del devenir histórico como la prostitución, la literatura no canónica, la historiografía olvidada, el espiritismo, etc.  ¿Piensas que son ámbitos desatendidos?  ¿Cuán importante te parece su integración para una visión total de la experiencia histórica?

 

M. C.: Pienso que son lugares cargados de humanidad que el academicismo moderno se resistió a mirar por una diversidad de consideraciones. Esas parcelas, como las denominas, hablan tanto de lo que significa la cultura tanto como los lugares consagrados.  No quiero que se me malentienda. No se trata de que crea yo que, visitándolos, apropio “la totalidad” o la “verdad.” La historiografía cultural, según la entiendo, no sueña con alcanzar una visión total al estilo de los ilustrados. Lo que rechaza la historiografía cultural son las visiones homogeneizadoras, que podan la diferencia o la alteridad.

Lo que busco en ese libro son esos espacios alternos o marginales con la mirada de un investigador que ha apropiado el pluralismo y niega la validez de la idea de un pasado uniforme, lineal y continuo. Por eso, mientras hablo de la prostitución en el contexto de la invasión estadounidense de 1898, demuestro que el acontecimiento fue percibido de modo irregular por una diversidad de gentes. El mismo efecto se consigue cuando trabajo a los líderes independentistas espiritistas para fijarme en su percepción del mundo espiritual.

 

J. S.: Es posible que seas la persona más preocupada por el estudio del devenir literario de Puerto Rico de finales del siglo XX y principios del siglo XXI.  Me gustaría saber cómo caracterizarías en términos generales la aportación literaria de la Generación del 80 a la luz del Puerto Rico en el que han vivido y al que han reaccionado.

 

M. C.: A fines de la década del 1980, se trató de un grupo pequeño de escritores atrevidos. Establecer la diferencia con los escritores del 1960 y el 1970, no era un acto sencillo. Aquella ha sido la generación más impactante en todo el siglo 20, sin duda. Ya eso es algo.  Después del 1990 la escritura de los autores del 1980, tanto la creativa como la crítica, inició la discusión postmoderna desde la literatura.  El papel que cumplió la antología El límite volcado (2000) que elaboré con Alberto Martínez Márquez, fue crucial. En cierto modo completó la discusión iniciada en el congreso de 1996 en Aguadilla.

Me parece, como historiador cultural, que las diferencias más notables tienen que ver con una relación menos tensa con la alta tecnología y los medios masivos de comunicación en las nuevas promociones. El escritor no evade sino que, más bien, apropia de manera confiada el mundo de los medios y lo pone a su servicio. La idea del escritor como un aristócrata del saber es retada por la idea de la literatura como espectáculo. El mercado ya no es el monstruo de la película sino un lugar de encuentro para el happening.  Había algo de eso en ciertos escritores del 1960 y el 1970 pero, en el presente, la tendencia se afirma. La Internet ha radicalizado ese proceso.

Lo otro tiene que ver con una revisión de la idea de la identidad y, con ello, la de la nacionalidad. La relación del escritor con el mundo social se formula sobre bases distintas. La confianza que mostraban los escritores del 1960 y el 1970 en el “espíritu del 1968,” ya es atípica. Allí nacen y se desarrollan los conflictos generacionales típicos de una era de conflicto. Pero en Puerto Rico los autores del 1960 y el 1970 han mantenido un aristocrático silencio respecto a ese debate tanto en el campo de la literatura como en el de la historia.

Los efectos de esos procesos en la escritura son evidentes. Se sigue enjuiciando el mundo y parodiando la estúpida vida social burguesa. Pero el espíritu es otro.

 

J. S.: Ya más enfocado en tu propia obra literaria, ¿cómo te aproximas a la ejecución narrativa y cómo a la poética?  ¿Adoptas actitudes diferentes en términos de tu disciplina personal?

 

Mario  R. Cancel Sepúlveda

Mario R. Cancel Sepúlveda

M. C.: La relación entre los diversos géneros literarios que trabajo no me produce tensiones. Me parece que los géneros literarios promueven una serie diversa de economías del logos o administraciones de las palabras. Pero las mismas se organizan de manera natural cuando se inicia el proceso de redacción de un poema, un texto narrativo, uno periodístico o uno de crítica o teoría.  Como te dije, entiendo la escritura como una manera de teorizar sobre el mundo. Siempre recuerdo que los textos presocráticos eran largos poemas filosóficos y no otra cosa.

Es cierto que las invasiones mutuas son inevitables: la poesía invade la narración o el periodismo, la crítica es asaltada por procedimientos poéticos o narrativos. El producto es, entonces, un híbrido. Un clasicista o un moderno, miraría con ojo escrutador ese fenómeno. Pero esa hibridez es uno de los rasgos distintivos de la escritura de la segunda posguerra y de la posguerra fría. Podría pensar en tus libros de cuentos como un ejemplo de esa hibridez o impureza. En tus textos llegas al extremo del irrealismo sucio más devastador como el caso de tu “Terminator boricua”. Celebro esa hibridez o suciedad. Si uso una metáfora inusual, ese es un modo postmoderno de ser humanista pero sin la esclavitud de la lógica, la razón o la pureza obligatoria.

 

J. S.: En Intento dibujar una sonrisa tu cuentística dialoga en varios instantes con la tradición narrativa hispanoamericana.  Se escucha y se contesta al eco de Rulfo, Borges, José Luis González entre otros.  ¿Cómo definirías el norte de tu inquietud narrativa?

 

M. C.: Esos cuentos fueron un intento de apropiar lugares alternos o marginales. Son formas teóricas del viaje, un lugar común de toda literatura fantástica.  Los llamé altertopías en la Conferencia Magistral que dicté en la Universidad del Sagrado Corazón para el Pen Club de Puerto Rico este mes de septiembre. Quería diferenciar el procedimiento de las utopías, distopías o atopías al uso.

La altertopías consisten en una serie de huidas hacia el interior que, en el caso de ese libro, se dan por el camino del erotismo. El cuento que da título a la colección es un ejemplo de ello. Ese tipo de viaje utiliza procedimientos poéticos complejos que reproducen la fluidez de la memoria y la incertidumbre del recuerdo. El papel de las amantes en la configuración de esa actitud es crucial. Esos espacios son lugares en que el tiempo y el espacio no tienen las características propias que les acredita la física. En “Biografía del regreso” domina la inacción o la cámara lenta, a la manera de Marguerite Duras. El marco de una puerta y un acontecimiento que no se completa, dominan. Es como decir que aunque se regresa, no se regresa o, al menos el mismo lugar es otro.

Pero también elaboré huidas hacia el exterior. El exterior clásico de nuestra cultura es la historia y yo soy historiador. “El libro” y “El niño briol” juegan con ello. En esos relatos mágicos la cadena de acontecimientos es visible. El viaje en el tiempo y el espacio según los definiría la física, se engasta en el tránsito mental. En el primero de ellos es la casa de un escritor mítico; en el segundo, el Viejo San Juan. Se trata de metas simbólicas comunes a nuestra cultura letrada, pero significan también proyectos personales. Los relatos pretenden afirmar lo ilusorio de todo proyecto de presente y de toda imagen del pasado. “La bala” tiene ese criterio como propuesta central.  Los relatos demuestran que, tanto la memoria individual como la colectiva, están marcadas por la incertidumbre. Sin embargo seguimos siendo capaces de vivir, sentir y pensar. La escritura sigue haciendo que el mundo sea apropiado para esas cosas.

Creo que sí hay mucho de Rulfo y Borges en mis lecturas.  Pero a veces esa idea de la influencia de los maestros se usa como un dedo acusador desde la comodidad de la academia. La crítica formal legitima las producciones nuevas recurriendo a la memoria de sus propias lecturas. Nunca se le pregunta a un escritor qué leyó. Podrían llevarse enormes sorpresas. A veces la crítica literaria al uso lo que demuestra es su incapacidad de apropiar las nuevas escrituras sin antes someterlas a una tradición monumental que la minimiza.

Mis ficciones tienen más que ver con lecturas de textos mágicos antiguos: hindúes, indo-americanos, musulmanes o afromusulmanes, mitos populares de la Europa Central o del Lejano Oriente, literaturas no hispanoamericanas traducidas al español o al inglés. Me fascinan ciertos discursos de la resistencia antisoviética de la segunda posguerra, la magia imprevista de los textos coloniales ante la sorpresa del Nuevo Mundo. Las literaturas modernas son una pequeña mancha en el todo inatrapable de la literatura.

 

J. S.: Me llama mucho la atención uno de los cuentos que mencionaste, “El niño briol”, no solamente por el acertado intercambio entre la representación realista y la fantástica, sino por la plurivalente oferta presente desde el título, en el que “briol” es palabra que se construye con las mismas letras que “libro”.  ¿Cómo se origina este cuento y cómo te acercaste a su ejecución?  ¿Qué otros relatos consideras cardinales en esta colección?

 

M. C.: El cuento “El niño briol” tiene como pretexto unos versos eróticos rituales adjudicados a una etnia del centro de África por un antropólogo cultural. Los niños brioles pedían en sus versos una “vagina” y un “chelín.” Hay algo de fuerte contenido freudiano en ello. El juego con las letras es casual. Tú lo fundaste y yo lo apropio. Debió ser mi subconsciente enfermo el que lo decidió. Es un homenaje a la negritud mágica en el marco del signo cultural blanco más importante del país: el San Juan Antiguo. La intención era jugar con el valor más poderoso que estableció la escritura del 1960 y el 1970: la caribeñidad, la negritud, la mulatería callejera. El personaje, Felipe, es un alter ego u otro yo huidizo. El cuento se apoya sobre el folk africano, no sobre el folk negro caribeño. Todos los versos que se citan provienen de la llamada África Negra. El trabajo creativo está emparentado con una investigación que elaboré hace años sobre la obra de Luis Palés Matos quien, si bien me sorprendió por su vanguardismo, me desilusionó en su interpretación de la negritud.

El viaje exterior a San Juan, que no visito muy a menudo desde hace años, y el viaje interior reflexivo, se sintetizan en el texto. Los antecedentes del relato incluyen agudas conversaciones con Carmelo Rodríguez Torres, Carmen Rita Centeno Añeses, una intelectual que distingo mucho y es personaje del relato, y Alberto Martínez Márquez, uno de los mejores poetas del presente, a quien se le dedica el texto. Se trata del mismo tema que manejo en “El libro” como te indiqué antes. Es una búsqueda hacia el exterior y hacia el interior. El escenario es un barrio de la montaña de la zona oeste: el lugar donde nació mi padre. El alter ego o el otro yo es el escritor, Esteban. El pretexto literario es el oráculo de Aristónica, un escrito clásico en el sentido convencional de la palabra. Como el manipulador por excelencia de la historiografía desde 1980 ha sido mi amigo Luis López Nieves, a él se le dedicó.  La discusión del cuento es algo pesimista. De hecho gira en torno a las barreras infranqueables que enfrenta el productor cultural en el presente. No se trata de una queja. Es una afirmación pensada.

En mi libro inédito Relatos y otras ignominias vuelvo a reflexionar sobre estos asuntos pero desde otras ubicaciones. Las reflexiones sólo se instalan en lugares antes no visitados. Celebro la escritura literaria como lo que es: un proceso de reacomodo de textos, un collage inmenso de memorias filtradas. Por eso las bibliotecas, la mía que tanto quiero, siempre es un personaje dentro de los relatos. En mi nuevo libro, el relato “El aposento de las iguanas” es una celebración de ese templo. Espero que un día lo puedas leer y me lo comentes.

Tras las discusiones de Barthes y Foucault, hay que aceptar que el autor hoy es otra cosa: una línea cortada en ausencia del lector.  El libro como invención de un novus orbis es un mito, del mismo modo que lo es la memoria histórica en tiempos de incertidumbre. Todo es contingente, allí está el dilema. Pero la opción no es dejar de ser autor, abandonar el libro o ser ahistóricos conscientes. Todo lo contrario. Si todo está destruido, hay que volver a construir. Nada más.

 

J. S: Mil gracias por tu tiempo Mario y por tus palabras.

 

M. C.: Gracias a ti por la oportunidad. Me parece que, si ya mi escritura dialoga con la tuya, posponer una conversación como ésta habría sido una felonía.

 

Tomado de la publicación Destiempos: Revista de curiosidad cultural  3.17 (Nov-Dic. 2008) (México, D.F.) http://www.destiempos.com/n17/josesantos.htm

 

 

 

 

Entrevista con Mario R. Cancel: De tinta y papel


 

“Para mí, escribir es algo muy estabilizador. Es una manera de completarme y también evadir un montón de cosas que uno no puede derrotar”Mario Cancel

 

  • Mario Alegre Barrios

 

El escritor Mario Cancel -autor de “Literatura y narrativa puertorriqueña: la escritura entre siglos”- reflexiona en voz alta en torno a su oficio de palabras.

A pesar de todo lo que asegure su ADN, lo cierto es que Mario Cancel parece estar hecho fundamentalmente de tinta y papel, como un gran libro bípedo articulado por todos los textos que ha leído a lo largo de su vida, por todas las palabras escritas que por su mirada han pasado y -sobre todo- por la promesa de todas las que le aguardan cada vez que amanece.

Esa noción crece mientras conversamos, a medida que se van revelando las epifanías que han definido inexorablemente al lector irredento e insaciable de cuya entraña ha nacido el autor de Literatura y narrativa puertorriqueña: la escritura entre siglos, libro que apadrina el nacimiento de la nueva editorial Pasadizo.

¿Qué otra opción que parecer un libro antropomorfo podía tener un ser que aprendió a leer y a escribir antes de ir al jardín de niños y que al cumplir los 15 ya había leído a Ortega y Gasset y a Unamuno?

Generación del 1980

Generación del 1980

De hecho: no soñó con otra cosa -asegura- que ser escritor, mientras devoraba cada libro que caía en sus manos allá en su barrio en Hormigueros. “Esto tiene mucho que ver con mi hermano, que era un niño muy curioso… muy raro, muy inteligente, un año mayor que yo y que me enseñó a leer y a escribir antes de ir al jardín de niños”, recuerda. “Cuando llegó la etapa de descubrir pasiones, la pasión por la lectura fue avasallante. Mi hermano y yo leímos desde los 10 u 11 años… mi madre nos buscaba libros en las pocas librerías que había en Mayagüez”.

Su madre era obrera en una fábrica y su padre, chofer de carro público. Ambos aprendieron a respetar lo que Mario quiso hacer con su vida, aunque albergaban la ilusión de que fuese maestro de escuela en una época en la que este oficio era considerado noble y de gran prestigio. “Cuando entré a la universidad comencé en Ciencias… en Física, pero al cabo del primer año ya había derivado hacia las Ciencias Sociales”, rememora.

Con un equipaje literario ya bastante considerable para esa época -con buena parte de la obra de Baudelaire, Juan Ramón Jiménez, Pedro Salinas y Rimbaud-, Mario señala que el lector dio paso al escritor de manera natural, con par de ejercicios poéticos antes de cumplir los 25. “Empecé con la poesía, no sólo como un trabajo literario, sino como un descargue emocional”, acota. “A esa época se remonta mi primera obra: Estos raros orígenes, de 1991… antes de eso -en el 85- participé con esos poemas en un certamen para poetas jóvenes y gané”.

De esos años, Mario conserva infinidad de manuscritos que nunca abandonaron los límites de su biblioteca, textos que aún le provocan “una gran emoción porque soy en parte eso y son parte de mi camino”. “Si no hubiera hecho eso, quizá nunca hubiera tenido la madera para ser más profesional… leo esos poemas y siento que varios de ellos tienen arreglo. Me forjé siendo un anárquico y sigo así… la izquierda prescindió de mí en algún momento y con el paso del tiempo me he dado cuenta de que las personas tienen la tendencia a seguirte viendo como fuiste y no como eres”.

Catedrático asociado en Historia del Recinto Universitario de Mayagüez, Mario acepta que en principio abrazó la pedagogía “por necesidad”, porque tenía que sobrevivir, pero que poco a poco se sintió seducido por la posibilidad de enseñar en el contexto universitario, nunca en otros espacios. “Esto de dar clases se lo debo a varias personas”, acepta. “Primero lo hice en la Universidad Católica, luego en la Universidad Interamericana de San Germán y Mayagüez y más tarde en la UPR de Aguadilla… siempre en el Oeste. En el área metropolitana sólo he dado clases en la Maestría de Creación Literaria de la Universidad del Sagrado Corazón… porque Luis López Nieves puede ser muy insistente… y también porque Maribel (Rivera Ortiz, su esposa y escritora) estudiaba ahí”.

 

El libro

La historia de Literatura y narrativa puertorriqueña: la escritura entre siglos, es vieja -dice- y viene de su preocupación por ese quehacer en el ámbito nuestro en las últimas décadas. “Más o menos desde 1986”, acota. “Se empezó a fraguar con los primeros debates entre los jóvenes contra los no tan jóvenes, una pugna que se dio en la prensa y en la revista Mairena. En 1994 hice un par de congresos en el Oeste sobre nueva literatura con muchos autores de los 70 y más recientes. Ya para el 2000 esa mirada a la nueva generación se había consolidado, a partir del reconocimiento de las diferencias en la literatura puertorriqueña de diversas épocas, con explicaciones de diversas naturalezas: emocionales, sociológicas, políticas… en fin. Desde fines de los 80 percibí esas diferencias, algunas pedestres, quizá, pero que se podían consolidar en una nueva escritura”.

Literatura_pasadizo

Mario hace énfasis que su tesis no es nueva, que no se trata de una visión de mundo inédita, sino que simplemente la ha depurado como lector. “Los criterios para armar este libro tienen que ver fundamentalmente con mi gusto y en ese aspecto debo aceptar que soy bien egoísta”, dice con una sonrisa. “Éste no es un libro de crítica sino una reflexión de lectura. No intento codificar a nadie, así de sencillo. La selección tiene que ver con mi experiencia de lectura y yo soy un lector voraz. Leo todo lo que me cae en las manos. Quise elaborar un discurso sobre lo que se escribe actualmente… la informalidad de este trabajo radica en que la fuente es mi propia biblioteca en la que tengo entre 9 y 10 mil títulos. Es un proyecto de naturaleza totalmente doméstica. La gente que me manda un libro a casa sabe que los voy a leer, nunca lo pongo a dormir, ésa es una falta de respeto”.

Mario añade que el deseo de escribir este libro fue abonado por un seminario de narrativa puertorriqueña que dictó en la USC y en el que lo menos que pudo discutir por razones de tiempo fue la literatura puertorriqueña más reciente.

“Así que creo que con este libro saldo de alguna manera esa deuda”, dice con su proverbial sencillez. “Es una discusión sosegada que espero resulte iluminadora para quienes entren a estas páginas. Dos de los editores de Pasadizo estuvieron en ese seminario… con el tiempo me hablaron del proyecto de su editorial y les dije que tenía este libro en la gaveta. Me lo pidieron para publicarlo y se los dí con mucho gusto. No sé si es un riesgo o no entregar un libro a una editorial que comienza… tampoco me interesa. Lo he hecho con mucho gusto. Si es un riesgo para mí, también es un riesgo para ellos. Al final de cuentas, escribir es un riesgo. No tengo esa preocupación… mis pasiones están en otro lado”.

 

El placer

Autor de libros como Los pequeños cantos de la casa del canto (Inédito, 1994-1995) finalista en el Letras de Oro de la Universidad de Miami en 1995; Antifiguraciones: Bocetos puertorriqueños (Isla Negra, 2003) e Intento dibujar una sonrisa (Terranova, 2005), Mario acepta sin reservas que es en la narrativa donde es “más feliz”. “Esta felicidad no tiene nada que ver con lo profesional o con lo intelectual”, asevera. “Es una plenitud que está más allá de las palabras cuando estoy inmerso en un proyecto de narrativa, por el simple e inmenso placer de contar, de escribir y volver sobre lo escrito, podarlo, reescribirlo… en fin. La historia no me da tanto placer, pero sí satisfacción. Escribir no me causa angustia… si así fuese, no escribiría. No soy amigo de las angustias… éstas no son buena musa. Para mí, escribir es algo muy estabilizador. Es una manera de completarme y también evadir un montón de cosas que uno no puede derrotar”.

Mario considera que nunca como ahora la escritura en Puerto Rico tiene estupendas posibilidades, más aún que en los 70 y 80. “Así lo siento: creo que los escritores poseen ahora mejores oportunidades para que sus textos lleguen a las librerías y, con ello, al público lector”, dice. “Le sigo apostando al papel, al libro tradicional. Me parece que le queda mucho tiempo por delante”.

Para un lector de la naturaleza de Mario, pedirle que escoja sólo tres libros para pasar el resto de su vida a una isla desierta no deja de ser un atentado a su cordura. “Las flores del mal, de Baudelaire, un tratado del historiador Mark Bloch y… no sé. Si esa fuese el planteamiento creo que mejor me suicidaría”, asevera arqueando las cejas.

-¿La mejor lección que te ha dado la vida?

“Ser paciente”, apostilla sin dudarlo un instante. “Escribir es cuesta arriba. Escribir no significa que vas a ser leído. Uno tiene que hacerse a la idea de que a veces se escribe para nadie, para una plaza desierta. La selva del escritor es bien compleja, amenazante en muchos sentidos. Yo me mantengo alejado de la selva. En mi caso es bien sencillo: vivir en el Oeste me permite hacer las cosas sin mucha presión externa y concentrarme en mis pasiones: leer y escribir”.

 

Publicado originalmente en http://www.endi.com/noticia/cultura/flash!/de_tinta_y_papel/235963

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