Inmanencia y trascendencia: la poesía de Marioantonio Rosa


  • Mario R. Cancel
  • Escritor y profesor universitario

mario_r_cancel_librosLa poesía es un ejercicio con significados múltiples. Esa me parece una conclusión inevitable y una propuesta necesaria. Cada lector, en su individualidad, se constituye en un espejo del poeta. Pero en esa relación de reflejo la interpretación rinde cuentas primero al lector, y solo en un plano secundario al creador o emisor de los textos. Interactuar con el poeta, tenerlo en la lista de los amigos ofrece una ventaja táctica que en ocasiones es de gran utilidad. Aclarada esa premisa hermenéutica comentaré las generalidades de la obra de Marioantonio Rosa, desde la condición de lector y desde la del amigo.

La poesía que conozco de Marioantonio Rosa me impresiona de una manera particular. Supongo que sucederá lo mismo con los lectores suficientemente pacientes para degustarla. Siempre se lee la poesía de los otros desde la fortaleza de las concepciones literarias que el lector abriga. Por eso a veces la comunicación con la creatividad del otro se dificulta. Leer significa abrir un puente de comunicación y estar dispuesto a jugárselas en el campo interpretativo.

Misivas para los tiempos de paz publicado por Isla Negra editores en 1992 es un conjunto en el cual dominan los monólogos y los silencios. Claro que no se trata de una propuesta para cerrarse al mundo social. Por el contrario, desde un “adentro” distanciado del de Miguel de Unamuno, el poeta afirma una forma de esperanza en el poema “Claridades” a la vez que juega, conciente o inconcientemente, con la metáfora del “arcoiris.” “Roto” en la poesía rebelde de Luis Muñoz Marín, y en un poema mío de los años 1990, la situación implica una renuncia y una afirmación.

marioantonio_rosa2A lo largo de Misivas… el poeta se descubre en “Actos del espejo,” y se afirma ideológicamente en una serie de epístolas que le sirven para discutir la posición de prisionero, como en el caso de la que dirige a Jonás; la relación del poeta con el mundo como en la que escribe “…para un día cualquiera de la existencia”; o sus nociones sobre la poesía como la excelente construcción “Epístola material.” Por mucho, aquella y la “Epístola a Ernesto Guevara” son los hechos más emocionantes del poemario.

El poeta escribe sin estridencias pero con una tensión notable en los versos. Esta poesía es un producto cuidado y complejo que invita a sentir y a pensar. Llamo la atención sobre Misivas… porque estos poemas marcan unas tendencias que volverán a aparecer en la obra que hoy me ocupa. Domina en ellos un tono profundamente extático, de serenidad mística. Las sugerencias y alusiones a ciertas tradiciones judeo cristianas, la del Salomón de los Cantares, probablemente interpretado por medio de la versión de Luis de León, la de Jonás, la neorromántica discusión de la incertidumbre de la vida en “Hombre creado” en dónde Adán y su séquito y el quetzal conviven, o la sola idea de la “Caída” me parecen prueba al canto de lo que acabo de proponer.

La citas directas e indirectas de poetas neomísticos como Rabindranath Tagore por medio de sus Poemas de Kabir, o la presencia en el lenguaje de algunos trascendentalistas o espiritualistas como Francisco Matos Paoli y su Canto de la locura o el Cancionero, hablan de las influencias del poeta. No debo pasar por alto la idea de la incertidumbre espiritual manifiesta en el Octavio Paz de ¿Águila o sol? , concepción de tanto peso en la gente de mi desconfiada generación.

Todo se conjuga en una percepción del cosmos como una estructura elemental a través de un lenguaje denso y espeso. Es notable la filiación del poeta con una tendencia del caribe insular que se afirma en esa vuelta al yo reconocido en su multiplicidad, como es el caso de los “Poetas interioristas” dominicanos y ciertos autores de las nuevas promociones publicados en El límite volcado por Isla Negra editores en el año 2000. En “Intro,” un poema para la autodefinición, el poeta cuestiona sin ambages “¿Por qué lo innumerable?” Este es un modo de reconocer que en el fondo de sí mismo anida la multiplicidad. La soñada unidad del yo se ha trastocado. Los poemas, extensos y pausados, contrastarán con los del volumen que hoy me ocupa.

En Tristezas de la erótica, también publicado por Isla Negra editores en el año 2004, buena parte de aquellas características se reiteran. Marioantonio Rosa se concentra en este volumen en la discusión de las formas en que el ser humano se apropia del mundo. Un dilatado ejercicio sensual protagoniza la mirada que ahora el poeta dirige hacia la concreta realidad del cuerpo y sus misterios. Eros, que es la búsqueda vital y la afirmación de la vida se manifiesta en el combate ante un Tánatos ineludible e incorpóreo. El centro del poemario es ese dilema.

La imagen de la mujer no oculta el arquetipo de la “amante invisible,” motivo literario que Elémire Zolla ha trazado en oriente desde la poesía shamánica a través de la literatura védica hasta el neomisticismo de la segunda parte del siglo 20; y en occidente desde el helenismo hasta la primera mitad del siglo 20, afirmada por la tradición romántica inglesa. La “amante invisible” es una presencia sobrenatural erótica, que funge como custodio de la trascendencia y que se convierte en pasaporte que conduce al camino hacia ese estado del alma.

El camino a la trascendencia está, sin embargo lleno de escollos. La “amante invisible” es “Fata o Hada Morgana” como en el relato de Merlín del ciclo artúrico. Es a la vez enemiga, causante de desgracias, invierno ante el Arturo veraniego que, al final del camino se restituye como guardiana de su cuerpo en la muerte. La “amante invisible” aparece como una figura de extremos.

Tristezas de la erótica traduce la idea de una figura femenina que transmigra varios estados contradictorios e interdependientes: la presencia, la ausencia y los olvidos. El ser humano, en efecto, “olvida” pero lo hace de muchas maneras en la medida en que maduran las soledades. La huella de lo olvidado se oculta en los rincones del subconsciente.

Los poemas I a IV romanos sirven para definir el espacio material de eros y las motivaciones profundas del poemario. El cuerpo es tabernáculo o faro que alumbra al mundo. Es la materialidad de la cual se parte para integrarse al orbe. En el poema I se establece la infinitud del cuerpo: “El cuerpo no termina.” Toda una teoría se constituye a partir de esa simple premisa. El cuerpo se completa en el otro a través de los encuentros y “vive igual su escritura triste” con el carácter de una textualidad. El poema II impone el criterio de la ausencia de interlocutor en la medida en que abre con el verso “Preguntas amadas al vacío” y afirma el carácter central del deseo que implica la corporeidad. Los poemas III y IV establecen el carácter del encuentro de los cuerpos: “Era un murmullo para solitarios,” dice, insinuando que el contacto físico es diálogo cargado de incomprensiones y ausencias. Al final se pregunta con tono de pesar “¿no te das cuenta que nunca nos unimos?” Esos versos son suficientes para plantear la tesis central de la colección. El resto de Tristezas de la erótica solo puntualiza y carga de detalles ese marco general.

Los textos V al IX romanos hablan del desprendimiento de los cuerpos. El abandono es un tránsito necesario para recuperar todo lo válido o, como quien dice, separar el grano de la paja. Queda manifiesto que aún en el diálogo con un cuerpo “bello por incertidumbre,” pueden anidar demonios o maldiciones. En los poemas V, VI y VII romanos la incuria se consuma. Ello se puntea con versos de magnífica factura: “Siento un cuerpo que se pierda / una puerta que se cierra sin estirpe.” La huida del otro cuerpo significa el silencio, la cancelación del diálogo, la pérdida de una forma de la textualidad. Por fin el poeta se consuela y acepta el desprendimiento al afirmar que “soñaremos más arriba de la ausencia.”

El vacío lo ocupará la memoria, el recuerdo. Se trata de una cicatriz que se dibujará en los poemas X al XV romanos. Esa memoria no tiene un solo rostro. En el poema X se trata del dolor: “hay cuerpos brillando de dolor / hay largas brasas de abandono…El brillo del dolor es musical.” En el XI y XII se trata de la imagen robada y el poeta reclama “Ay, si te viera con la luna que no madura, que no / alcanza para alimentar gaviotas.” La consolación en los “Cuerpos que uso,” solo afirman la tristeza del poeta. A la altura del poema XV la renuncia a aquella corporeidad se hace patente. Desde ese momento en adelante el escritor puede dedicarse a evaluar un pasado brumoso.

Eso es lo que hace a través de los escritos XVI al XXV romanos. Se trata de un sistema de recurrencias y ejercicios de la memoria que le permiten recomponer con sus restos el cuerpo que se ha ido. El erotismo del lenguaje refuerza el recuerdo en el poeta y lo materializa. Las nociones de la sal, las manos tibias, la sed, el “húmedo carrousel de hojas líquidas,” los “muslos perdidos” y la sangre, sugieren una carnalidad total. Hay algo de obsesión en todo el proceso. El poemario ha llegado a su clímax. El poeta tiene que recoger las redes a fin de llegar al final del periplo. Al cabo, en el poema XXIV, reconoce que ha “sentido amor por un cuerpo remoto / rojo y soñoliento en madera enredada / con las lentas sierpes de agua.” Da la impresión de que ha recuperado parte de la humanidad dilapidada.

Los últimos poemas de Tristezas de la erótica, desde el XXVI hasta el “Poema entre final,” representan el encuentro consigo mismo. El recobro de lo perdido se da en un plano diferente: “Ahora mi cariño es extranjero y legítimo…” como quién asegura que ha aprendido a mirar al otro cuerpo con una mirada distinta. Entonces “El cuerpo se retira a las cenizas,” símbolo por excelencia de Tánatos y la muerte. Después de sufrir, ya “no se puede sufrir / el amor es indomable.” El poemario termina de un modo francamente triunfal. Todos los textos se han escrito en cuerpos breves y solos aparencialmente transparentes.

Solo me resta un último comentario. Me agrada la poesía de Marioantonio Rosa. Es un dulce reto para la inteligencia y para la sensibilidad. Hacen honor a la persona y al amigo. En él tenemos una promesa cumplida para la continuidad de la palabra poética puertorriqueña. Enhorabuena a las letras nacionales.

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