En resumidas cuentas: Homenaje a Clío y Melpóneme


  • Mario R. Cancel-Sepúlveda
  • Catedrático de Historia y escritor

A Héctor R. Feliciano Ramos, que es historiador.

Este es un tiempo extraño que hemos tratado de derivar de otro tiempo extraño. Estar aquí varado es como escudriñar los secretos de los otros a través de un minúsculo hueco, desde la secretividad que nos da el hecho de que nadie sabe que allí estamos: armando el inusual rompecabezas, atizando la fogata del yo soy, riendo sin desparpajo, elaborando al descuido la noche que se cierne sobre nosotros como un anti-héroe de novela vieja.

Hemos cruzado el umbral tantas veces sin darnos cuenta;

Hemos torcido ese mundillo barato de las agonías con tanta premura sobre la mesa;

Hemos resuelto el punto y la coma que faltaba para completar la página que se escapaba;

Hemos especulado en torno al viento y sus manías pedantes al subir las escaleras que conducen al pasillo de los archivos;

Hemos resuelto el pasado a la luz de una pobre página desvencijada y sucia;

Hemos molestado el descanso de tanta arpía, de tanto comodín, de tanto mandarín, de tantos silencios acordados tiempo ha;

Clío, Virgilio, Melpóneme

Clío, Virgilio, Melpóneme

Hemos sonreído ante el hallazgo como quien se topa con el oasis después de una larga carrera en el desierto;

Hemos reñido con el pasado como quien disputa con su sombra exaltada en una tarde tropical;

Hemos involucrado al sol con los motivos fatuos de los peces multicolores que sobrevuelan siempre la libre fruición de las conciencias;

Hemos desenredado el lío que construyen los hombres para enredar el lío que hacemos otros hombres;

Hemos pensado el cómo del cuándo dislocado que pende de las cosas;

Hemos desmadejado el hilo que tejieron las Parcas para montar el Hades bajo el hombre infinito;

Hemos visto a las Parcas armando nuestras vidas para alegrar su intenso tiempo de desvaríos;

Hemos desdicho el coño de la verdad voraz que asesina pasiones en las noches redondas que inventan los recuerdos;

Hemos sido los dioses de este pequeño sura que soslaya batallas porque teme encontrarse;

Hemos borrado páginas enteras del pasado;

Hemos moldeado el barro sutil de los pasados para hacer una historia lúcida, insulsa y muerta;

Hemos peleado los unos con los otros por comprar la versión correcta y acabada;

Hemos dicho el yo soy, yo supe, yo sabía;

Hemos dicho el sermón reiterativo, inocuo, desvencijado, sucio, que cantaron los próceres;

Hemos visto a los próceres traficando esperanzas de cartón y de olivo tras los desvelos nítidos de un mañana inconcluso;

Hemos visto el mañana fraccionado, facsímil, volar con las palomas que parten de las torres;

Hemos reptado duros tras de la abreviatura, la rúbrica torcida, la nota marginal y el garabato ignoto tantas veces, aguardando a la luz que se ha desvanecido por el cuerpo del papel como se van las tardes de verano;

Hemos corrido detrás del libro intonso, del colofón vidente, del sello del canal, de la nervura inquieta que te sorprende, del hallazgo escondido en un rincón del libro porque sabemos, que allí, dentro del cuerpo inquieto de los libros todos guardan secretos pero siempre se olvidan;

Hemos soñado con la letra historiada, con el detalle persa de la grafía florida, con la grotesca, con la letra de mano del viejo manuscrito que dice y canta y cuenta la vida de aquél que la escribió;

Hemos querido ver el alma de aquél y aquél y el otro dibujada en el templo fatal de las palabras;

Y ahora, atados a las armas, volvemos a mirar. Y todo esto es tan poco. Este es un tiempo extraño que hemos tratado de mirar al través del crisol de otro tiempo extraño. Y nos hemos mentido.

Tomado de la colección inédita Relatos y otras ignominias. Corresponde a la última ignominia.

Narradores 2010: Correr tras el viento, una metáfora de la decadencia


  • Mario R. Cancel
  • Escritor e historiador

Una introducción al thriller

Correr tras el viento es una novela que termina en el mismo lugar en que comienza o viceversa. La mejor alegoría del efecto que me deja la lectura de un texto de esta naturaleza es la del nudo que se ata y se desata infinitamente mientras observo los vericuetos de la cuerda. Quien la lea reconocerá de inmediato que el encuentro de Brad Molloy y Dolo Morales con Sven Zubriggen en Berna, escena que abre la vorágine narrativa, es una excusa para acotar la memoria y relatar el “cuento largo” o la novela…aunque sea de amor”. El hecho de que la disyuntiva del género narrativo se reitere al final del texto, ratifica el interés del autor en  un aspecto de la discusión metaliteraria que ya se ha propuesto lo mismo en sus cuentos y novelas que en su poesía. Es como si me dijera ¿y qué significa eso de lo literario hoy, después del derrumbe de la Modernidad?

La cuestión central de que los personajes se encuentran tratando de negociar con Sven un Stradivarius legendario que fue posesión de Brindis de Salas, el Paganini Negro, resulta a la larga cosmética u ornamental. En ello me parece que radica su eficacia: en la trivialidad de la reliquia ante las tormentas que azotan a los personajes. Correr tras el viento vincula esferas que algunos podrían considerar dispares: el arte y el coleccionismo que tanto apasiona lo mismo a conocedores que a diletantes, el tráfico ya no internacional sino global de drogas y armas, y el mundo refinado y atractivo del afrodisíaco ilegal Chan Su inyectado en un oneroso chocolate, asunto muy apropiado en tiempos de la viagralización de la sexualidad.

El San Juan Sour, especialidad de la empresa Chocolates, caprichos y algo más, se ha convertido en un objeto apetecible entre la elite consumidora de la ciudad. Una confusión entre el nombre del dulce gourmet y el código de una operación clandestina de tráfico de armas por drogas,  coloca al exconvicto  Brad y a su inseguro amigo Dolo, en medio de una disputa entre diversas corporaciones de postmafias que pululan por el globo en la Era Postindustrial. Por esta vía, Paco Juárez, Rico Salgado, Frank Manso, Sergei Petrov y el mencionado Sven Zubriggen, se unen a Vasco Quintana, un agente corrupto que busca pescar en río revuelto, y terminan por involucrar al nada inocente Brad y al tonto Dolo en una acción tragicómica. El macho alpha domina esta relación en la que Dolo vive, no faltaba más, el amor-odio del gatillero Hammer Muñiz. Se trata de un constante juego de engaños, falsías y traiciones parecido, por demás, lo mismo al mundo denominado real que al culebrón de la semana proyectado en hora pico. El lector se encuentra en un escenario social en que los valores que animan la vida social han sido trocados de un modo radical.

¿En dónde está la novela de amor?

El telón de fondo se urde sobre el recuerdo de varios amores frustrados: el de Brad y Aura, el de Dolo y Chicolina. Lo más patético de todo es la construcción de las amantes. Me recuerda “La muerte de la Virgen” de Caravaggio, quien usó una prostituta muerta como modelo de la Madonna. Aura y Chicolina están acostumbradas a traficar  con sus cuerpos y actúan como preseas o trofeos de los poderosos capos Paco y Frank. Incluso  esos amoríos económicamente ventajosos resultan frustrados e incómodos. Se trata de pasiones que sujetan a estas mujeres a los apetitos y los desvaríos de unos machos que las tratan como otro más de sus objetos de colección. El otro amor trágico es el de Dolo y Hammer, dos homosexuales desiguales que, entre arrumacos y agresiones, nunca completan una relación que prometía vincular al cantante de reguetón y al guardaespaldas de Paco mediante el eslabón del dinero sucio. En todos los casos se trata de una atracción animal. El amor romántico solo queda como un resabio de la memoria que todo lo altera o lo inventa. Al final, cerrado el círculo de la narración, lo que queda es la universalidad de la muerte, la igualadora. Con esta novela, La Torre Lagares cuestiona, una vez más algunos de los signos agonizantes que todavía sobreviven de la Modernidad: la Identidad, el Amor y la Estética como Salvación.

 

Unas conexiones hipotéticas

No niego que, en ocasiones, me he visto tentado a apropiar esta novela como parte de una trilogía hipotética. Ante  Historia de un dios pequeño (2000) y Gracia (2004), Correr tras el viento (2011)  parece cerrar un ciclo. Pero esa es una impresión que no me arriesgaría a defender. También puede ser la parte de una tetralogía, quien sabe. Lo cierto es que la narrativa de La Torre Lagares va en un crescendo notable cuyo modelo todavía no parece en vías de agotarse. Lo que denominé en algún momento la escritura de la violencia, todavía tiene muchos frutos que ofrecer en una sociedad que ha aprendido a vivir con ese fenómeno por necesidad mientras la celebra ritualmente en los Medios Masivos de Comunicación como un objeto de consumo exquisito. Es cierto que nacemos para consumir lo que sea al costo que sea. Pero la violencia se ha convertido en un aperitivo común en la forma de video juegos, series televisivas y los filmes que la celebran.

No se trata solo de cómo se enseñorea la violencia en estos textos. Correr tras el viento reitera ese interés en el bajo mundo, el mercado de los paraísos artificiales, el poder que ello genera, la forma en que sus tentáculos penetran las estructuras de poder  y los organismos llamados a ejecutar la justicia. Matones, gatilleros, prostitutas, esclavas sexuales pueblan está picaresca postmoderna y le dan esa riqueza peculiar que tiene el sabor de la decadencia. El efecto se consigue mediante una escritura brillante, áspera y rugosa, un tanto dura en ocasiones. Esa rudeza es la que hace que lo arrebatos poéticos del  beckettiano Brad resulten tan chocantes para sus contertulios: el contraste es casi maniqueo.

Por eso leer Correr tras el viento me produce la sensación de que estoy ante una novela gráfica o por entregas, con el sabor de un thriller bien articulado capaz de mantenerme al borde de la silla mientras miro/leo la pantalla/página.  Las transiciones de capítulo a capítulo son bien visibles y están muy bien engranados, tanto como si se tratara de una pintura. Elidio es uno de los escritores más visuales que conozco, su capacidad de sugerir una escena es obvia y, en un mercado lector acostumbrado a la imagen en movimiento, ello me parece una virtud técnica loable.

Esta, como sus otras dos novelas, ejecuta un trabajo intenso con el tema del derrumbe del mundo urbano a fines del siglo 20 y principios de 21. Como se sabe, la  presunta Identidad Puertorriqueña se apoyó desde tiempos ancestrales sobre el culto a la vida urbana. Se trató de un culato dual comprensible. Po un lado, estaba la Vieja Ciudad Murada constreñida a una Isleta. Su protagonismo es bien conocido.  Por otro lado, la  Nueva Metrópoli Inorgánica propia de la Era del Desparrame producto del Proyecto Modernizador que en Puerto Rico se asocia al Populismo y al Progresismo, dos rostros del mismo Jano, de las décadas de 1950 al 1970. La discusión se inserta casualmente en los comentarios y observaciones de ciertos personajes, sin que ello conduzca a una acusación o a una moraleja antiprogresista superficial. La Torre Lagares es un escritor social, en el mejor sentido de la palabra.

Primera parte del comentario en torno a Elidio La Torre Lagares. Correr tras el viento. San Juan: Terranova, 2011. 268págs.

Contramundos: Narración y reflexión en un libro


  • Mario R. Cancel
  • Escritor
“Cuando el sujeto y el objeto se encontraron, decidieron cambiar de identidad el uno con el otro. Así fue como salieron a sembrar  la confusión entre nosotros, una vez que cruzaron el umbral de los absolutismos”
“el signo oculto” de  Alberto Martínez Márquez

Uno de los objetivos que me propongo cada vez que Alberto publica un libro, es tratar de determinar como el autor se ha ubicado ante la materia literaria. Supongo que ello me ayudará a gustar mejor una escritura que posee muchas complejidades. El proyecto de comprenderla me ha resultado siempre ilusorio. Comprender implica justificar como naturales los actos del otro, en este caso, actos furtivos de lenguaje. Esa tarea, me parece, no tiene sentido alguno con la obra de este poeta y la de numerosos escritores de su generación.

Además, como conozco la pasión de Alberto por las poéticas y la metaliteratura, tendencia que acredito a su condición de excelente lector y crítico, hallo en su escritura una propuesta sobre la escritura que siempre representa un reto. Con Alberto es difícil hacer crítica formal: su anarquismo es imperioso y apabullante, casi un reto épico.  Cuando he comentado su poesía me he colocado en la posición del lector común. Privilegiado, eso sí, pero siempre lector. He suprimido hace mucho el afán totalitario de ubicarlo en una jerarquía o una tradición, o de clasificar el producto que ha llegado a mis manos.

 

Alberto Martínez Márquez

Historia de una lectura

Cuando abrí Contramundos (2010) me di cuenta de inmediato de una de las claves de su propuesta: la idea que traducimos campechanamente en el principio de que la realidad es cuestionable. El texto “La mujer aquí a mi lado se llama Thérèse”  (15) confirma lo que digo. El breve tbre la selección “Sierpe tomada” que se ubica en el 1990. Apropia la bizarra duplicidad imaginaria de la sensual Thérèse  / Teresa y deja al lector con la duda respecto a quién se llama en realidad de ese modo. La incertidumbre hace su aparición.

Claro que se trata de un planteamiento gnoseológico que se ha hecho común en occidente desde fines del siglo 19. Esa desconfianza con el saber, que es desconfianza respecto a la realidad y su constitución, ha sido la nota dominante de la filosofía, el pensamiento social, la historiografía y la estética occidental de los últimos 130 años. Su longevidad no la ha hecho menos impresionante. Los nudos autoritarios de la Razón y la Ciencia -en la Literatura se trata de la Tradición Moderna– todavía hacen acto de presencia cada vez que se plantea la incertidumbre como una opción para articular una visión de mundo.

Si a ello se añade la emoción con que Alberto enfrenta su propia mirada y lo mirado, se completa el cuadro de una poética compleja. Su ironía imperiosa, desemboca a veces en la sátira pura: el motivo de la revolución gnoseológica el relato aludido, es una lectora de novela rosa. Me da la impresión de que el lema de Raymond Carver (9) es un pretexto útil para comprender la proposición: Alberto mira la materia narrativa que otros ignoran y dejan fuera. En “Después de la lluvia” (2006-2009), el texto “los poetas no escriben buenos cuentos” (59)  marca la irónica venganza del autor contra aquella postura pero también contra sí mismo. Alguna vez Alberto me contó esa anécdota libre de la poeticidad que tiene ahora: entonces tenía la  poeticidad que el vino ofrece a la oralidad. Olvidé el nombre del escritor autoritario. En aquel entonces, como ahora,  ni a Alberto ni a mí,  nos importaba un rábano el poder de la tradición.

Toda la magia de esta colección radica en la forma en que Alberto apropia el problema de la realidad y su frontera con la irrealidad. Contramundos es algo así como una carcajada que intercambia la una por la otra y que ya no ve en el Realismo un opuesto porque lo ha diluido en el Irrealismo.

Como se escribe un libro de este tipo

Imagino a Alberto, aureolado, brillante, levitando ante el panel del mundo, de la realidad. Bueno, esa es una exageración, pero el efecto es el mismo: desde su elevación  lo domina todo como un dios pecaminoso e intransigente. Entonces mira la realidad, eso que está en el canvas de la Naturaleza en donde se juegan  la existencia los Seres organizados en Sociedad. Se trata de un caos impresionante. El rostro de satisfacción de Alberto con lo que ve, me parece otra clave.

Contramundos (Isla Negra, 2010)

Un escritor racional adoptaría la actitud kantiana ante el Caos: se reconocería como Sujeto Cognoscente y entraría en relación con todo aquello, confiado en que se trata de un Objeto Cognoscible. Inmanuel Kant decía que el Sujeto Cognoscente no puede conocer la cosa en sí o en su esencialidad. El conocimiento nunca dejaba de ser una percepción de las cosas en su fluencia, un pretexto o un borrador. Por eso hablaba de que todo conocimiento era para sí o relativo al Sujeto Cognoscente,  con lo que a la vez que abría paso al Relativismo Gnoseológico. Como David Hume, reconocía que Saber no podía confundirse con la apropiación de algo que está allí esperando ser descubierto. El Saber no es más que una construcción de la mente. La fina ironía detrás de ese relato es que una vez se ordena el Caos y se le da Estructura con el fin de hacerlo Comprensible, a ese acto se denomina Ciencia o Filosofía. Al arribar a ese nivel, se concluye por creer que el Orden atribuido es la realidad.

Alberto llega a un lugar diferente. No ve en la Naturaleza y la Sociedad un Objeto Cognoscible. Eso sería simplificarlo. Acepta el Caos y se fija en una serie de locaciones que nadie, sino él, miraría pero no las Ordena ni las Estructura, las deja tal cual y se acomoda ante su canvas para mirar, cito a Carver, “las cosas que dejamos fuera” de la narración y que son “sustrato de todas las cosas” ya sea una pelirroja que muerde (48) o un argentino jaiba (62). La causalidad y el determinismo quedan exiliados del juego: la muerte del poeta de “poética” (23) es una casualidad genial, una ironía grácil de la inestable Fortuna.

Por último, y como para culminar su juego, Alberto comete un acto subversivo. Él mismo lo acredita en la cita apócrifa de Schumann a un texto de Kant (40). El “objeto” (Cognoscible) tiene en este libro la palabra. Su discapacidad para mirar y su condena a ser mirado ha sido quebrada. El Caos tiene la palabra. Creo que el objetivo que me propuse al comenzar esta reflexión está cumplido. Ahora puedo leer Contramundos con calma.

Disquisiciones de año nuevo para escritores noveles I


  • Mario R. Cancel
  • Escritor

I: Temprano en la mañana

Claro que te lo dije Mario. Hace tiempo ingresamos a la Era Global. La Cultura Postmoderna es una máscara inmensa, inmensa. Los Medios Masivos de Comunicación  controlan la balanza del bien y del mal. La dirección hacia donde tiende la  misma es indistinta: son tiempos de Incertidumbre. Resulta paradójico: un analista político se ha convertido en una autoridad respetable, casi sacerdotal. Vale tanto como la de un Astrólogo en la época de la Nueva Era.

Para los escritores la situación resulta inédita. Cada vez resulta más fácil publicar un libro. Estamos en la Era del Libro a la Carta: lo quieres de este tamaño, con tantas páginas y en esta cantidad: se puede. Lo deseas producir hard o soft,  en este medio o en aquel otro o tal vez artesanal: se puede. Si lo deseas será en Combo y Agrandado, también.  El editor te preparará una Gira de Prensa que siempre llegará a las puertas de La Revista de El Nuevo Día y en perfecto rebote golpeará las de Cultura Viva. Allí deberás elaborar tus ruegos y aguardar que la Dama de las Dolencias  te mencione o a que te inviten de buen grado a conversar ante las cámaras de un programa que casi nadie ve en la televisora del gobierno. La regla es aceptar todo lo que digan de tu libro aunque no hablen de tu libro. Hay que tener babilla, resistencia o el cuero duro.

Mario es increíble. Cambian los partidos de gobierno, los administradores de la cultura, los ejecutivos del corifeo de las academias pero eso no cambia.  A veces, si te gusta, te animarás a un segundo esfuerzo. Todo ello, bien articulado, te abre las puertas de la inmortalidad…

Diálogo imposible

II: Mediodía

Pero la Inmortalidad también ha sido inseminada por la Era Global. La Cultura Postmoderna es una máscara fugaz, muy fugaz. La inmortalidad dura más o menos cuatro semanas: lo dicen las letras pequeñas de la marca manufacturada ahora en China. Ese periodo de tiempo será suficiente para que termine la Gira de Prensa que planeó tu editor. No habrá sido fácil: la misma se realizará  tras de múltiples súplicas incoherentes y llamadas de atención. Recuerda que no eres Calle 13 ni Tito Kajak .  Tampoco eres el Chuchin ni la Gárgola de Guánica. Siempre te quedarás con hambre de más.

Pero también es el tiempo suficiente para que todos los pocos, poquísimos, que estén dispuestos a reconocer tu obra, celebren la misma como la mayor proeza jamás leída. Incluso tal vez decidan, dadas las condiciones mistéricas envidiables de la no-lectura, archivarlo en un rincón inhóspito del anaquel de la biblioteca sin haberlo leído. La lógica de la Era Global es atroz: un libro no-leído siempre será perfecto, lo crucial es comprarlo. Como ya no hay libros intonsos, nadie sospechará jamás que los que vociferan las virtudes de la Opera Prima, celebran lo que ignoran  cuando hablan de ti. Puede parece patético pero a nadie extrañaría el episodio. La escritura y la lectura son un acto de fe seamos Modernos o Postmodernos. Pero es que lo mismo han hecho con dios y el big ban, a quién le importa. En el mejor de los casos acabará tu obra en  una caja innominada depositada en el closet más oscuro. Las Bibliotecas son demasiado Modernas para ser Postmodernas.  Estos son tiempos de incertidumbre.

Esas cuatro semanas más o menos será el tiempo suficiente para que tú evoluciones de autor satisfecho y genio envidiado por todos los pares, a ser preterido por la ralea literaria que tú presumes te envidia la originalidad. Incluso te sentirás en condiciones de pelear con tu editor. Pero pronto regresarás a la banca y aguardarás por un nuevo turno al bate cuando alguien te haga la más mínima seña.

Este escrito continuará…

Narradoras 2010 : El fantasma de las cosas, una escritura liminar


  • Mario R. Cancel
  • Escritor

Leer un buen texto es toda una aventura. La lectura es un viaje y un descubrimiento. Leerlo en contrapunto con quien lo genera resulta incalificable. Si no se trata de un buen texto, la travesía se reduce al mero turismo: todo está en su sitio y el calendario se cumple. Nada más. Mi confrontación con El fantasma de las cosas (Terranova, 2010), la más reciente producción de Marta Aponte Alsina, me coloca en una situación difícil. En una nota de lectura cursada a la autora durante el contrapunteo y estando yo todavía en medio del viaje, le dije que me parecía que me encontraba ante su obra maestra.

El error era obvio. Lo mismo hubiese podido de Sexto sueño (Veintisiete letras, 2007) o de la colección de cuentos La casa de la loca (Alfaguara, 2001). No se trata solo de que me encuentre ante una escritura reflexiva, una tradición que respeto sobremanera en la narrativa puertorriqueña. Soy historiador y ensayista, me encanta reflexionar y que se reflexione.  No se trata solo de que esta narración, por su complejidad y su delicadeza, merece una segunda lectura. También está el hecho de que esa segunda lectura producirá un efecto distinto. Las narrativas que denomino planas -lineales y orgánicas- siempre se resuelven del mismo modo: una vez se descubre el secreto que las anuda, ya no hay más que buscar. Su belleza está en otra parte: en la lectura única que se les da y el efecto relampagueante de la ruptura de los nudos del texto durante el proceso de lectura.

Marta Aponte Alsina

El fantasma de las cosas es un texto que difícilmente se puede contar. El ejercicio resultaría infructuoso. Si fuera a ofrecer mi impresión sobre lo narrado,  diría que la acopio como la síntesis de una serie de fracasos. Se fracasa en el proyecto de reproducir la realidad y, como reproducirla es narrarla, se fracasa en el acto de narrar. Todo esfuerzo resulta en una imagen sesgada y fluida, capturada en su contingencia y, en consecuencia, emborronada. Fracasa la escritora Silvinia Díaz Torres en la narración en la hipotética vida de Mitchel;  y el cineasta Shivaji Dugald Tagore en la producción del guión sobre la Luna. Pero también la actriz Megan Travelyan resulta en una ruina. De los personajes no hablo. El fracaso, si bien resulta en la demolición de un concepto de la narración, no impide la escritura. El libro está allí como residuo arqueológico textual de lo que pudo haber sido y no fue o más bien no quiso ser. Todo esto refleja un acto muy inteligente y muy sedicioso de una autora en la cual esas actitudes no representan una novedad.

Una lectura

Lo cierto es que, tras la lectura, no siento El fantasma de las cosas como una novela. El acercamiento que intentaré se ejecutará al margen del relato y de la narración. Si me ocupara demasiado de los acontecimientos, los nudos y los desarrollos, me encontraría en la situación de quien intenta organizar un rompecabezas o elaborar una tesis de grado: se trata de dos ejercicios ordenadores clásicos. El fantasma de las cosas funciona eficazmente como un libro de teoría que revisa las convenciones y tradiciones que se le impusieron al género. Yo, por mi parte, hace tiempo me he convencido de que la escritura literaria es una forma de la teoría… y viceversa. La situación, por lo tanto, no me resulta incómoda.

Se trata de un texto sin arquitectura y ya se sabe lo mucho que preocupó ese asunto a los novelistas realistas y naturalistas al socaire del Positivismo, el Materialismo y la Ciencia en el tránsito del siglo 19 al 20 y, en Puerto Rico, casi hasta el presente. La definición de una estructura organizativa para las cosas ha sido la obsesión de toda Religión y toda Ciencia en Occidente. El fantasma de las cosas, con un relato diluido, un carácter no narrativo y sin arquitectura, lo que celebra es el laberinto, la incertidumbre y el caos. Esto es pura metaliteratura o reflexión sobre la escritura viva, nada más.

El fantasma de la cosas (Terranova, 2010)

Ciertas preocupaciones que se imponen en el acto creativo de Silvinia y Dugald pueden dar una pista respecto a los asuntos esenciales a este texto. Primero, detrás de ambos creadores y de la vida imaginada de los personajes y criaturas que inventan -Mitchel y la Luna-, se puede percibir toda una filosofía sobre la incertidumbre e, incluso, el reconocimiento de la autonomía del final. Ciencia y Religión occidental han convertido el culto obsesivo a la estructura en una ansiedad perturbadora por el final. La Novela y la Historiografía Moderna ha sido un laboratorio ideal para confirmar la presución desde San Agustín hasta Marx. Pero sin final, ya no es posible ni un texto clausurado y ni la historia universal ni la novela tal y como la conocemos.

Segundo, hay una propuesta que valida la idea de la escritura como remiendo de retazos que se legitima por medio del collage que convoca el intertexto literario o fílmico, y el bricolaje mediante la inversión de los artefactos más elementales o rústicos. Se recose, hilvana o zurce para nominar a los personajes, para que Shivaji invente su historia magna, para que Larry comprenda el mundo sobre el fondo de la narrativa fantástica argentina, para que Miguel actúe y baile, y así por el estilo.

Tercero, el rescate de la poesía, la irracionalidad y la autobiografía y tantas otras cosas, muy a la manera de Proust o de Woolf que, en su momento, fueron esgrimidos como arma contra el poder del Realismo. El texto fluctúa entre un premodernismo fantasmal presente en un lenguaje que juega con la elementalidad de lo sagrado; y una postmodernismo agresivo que pugna por ser comprendido al lado de la narrativa dominante. Me consta que la relación entre lo pre- y lo post- es bidireccional en numerosos casos. En el juego se emplean algunos elementos de la novela tardomoderna,  fenomenológica y aún de la anti-novela con la que jugó en la década de 1970. En suma: la poesía no debe ser desterrada de la República de la Novela, parece proponer este texto de Aponte Alsina.

Cuarto, la disolución del yo se impone con la subsecuente imposibilidad de una identidad confiable. Estas figuras imprecisas, con sus rasgos apenas abocetados, se mueven dentro de una ficción atroz que en ocasiones lo deprime. No son personas, ni siquiera personajes: son monstruos o seres fantásticos según se afirma en la breve entrada, no es un capítulo, denominado “Monstruo” (56).  Estos personajes y sus personajes, coexistiendo al garete en una realidad compleja, se conectan del modo más casual -otra vez la ausencia de arquitectura- hasta reconocer las posibilidades de su duplicidad y la realidad de su reiteración. No se trata de una imaginación enfermiza: yo mismo encontré un Mario Cancel preso común en otra isla, y otro fanático de las motos en dos lugares distantes del mundo. Por suerte ninguno de los dos era yo.

El fantasma de las cosas es un texto liminar. Eso significa que deja al lector, al buen lector, en un umbral. Si se da el paso hacia la otra parte o no, es asunto del lector. Más acá de la entrada siempre estará el mundo de lo preliminar.

Escribir en Puerto Rico: Reflexión sobre la(s) literatura(s) presente(s) (IV-V)


  • Mario R. Cancel
  • Escritor y profesor universitario

IV. Toda escritura es la evaluación que hace un autor concreto de su situación en un contexto dado. Foucault decía que “el autor es quien da al inquietante lenguaje de la ficción, sus nudos de coherencia, su inserción en lo real” (Foucault, 2002, 31). Cuando la escritura se hace pública, corresponde a lector completar el sentido de la misma. El autor articula su discurso sobre la base de su vida personal siempre. Ello sirve para comprender la fragilidad de la imagen producida por la escritura. También explica la diversidad de las interpretaciones tanto entre los productores, como entre los consumidores de productos culturales. El reconocimiento del carácter individual de la escritura / lectura me parece crucial.

La escritura literaria del 1960 y el 1970 negó numerosas versiones del pasado que consideró caducas. También elaboró propuestas alternas para el futuro que soñó. En el fondo, lo que sucedió fue que una visión unitaria del pasado y del futuro fue sustituida por otra. Se trataba de tiempos dominados por un radicalismo político que confió en la rebelión del 1968 contra el autoritarismo. La escritura de 1990 ha ido a un más allá que molesta a muchos. Ha abolido la posibilidad de cualquier visión unitaria del pasado y del futuro. La abolición se confirma al considerar esas imágenes como meros discursos. La idea de que la historia no tiene un centro “alrededor del cual se reunieran y ordenaran los acontecimientos” (Vattimo, 1998, 74) es hoy considerada válida. La actitud ante la escritura y la actitud ante el mundo son distintas. El atractivo que tenía presumir un “orden” se ha transformado ahora en el placer que reporta asumir el “caos”. Pero el “caos” no tiene estructura posible y nunca se parece a sí mismo. Por ello la heterogeneidad se ha convertido en el sello distintivo de estos escritores.

V. Los escritores inventan una metáfora del mundo, su propia mentira, y asumen la condición de autor a sabiendas del choque que generarán con los que les antecedieron. La escritura literaria es el espacio en que organizan una imagen individual del mundo. Escribir literatura es una forma de teorizar. Lo que sucede es que el concepto teorizar está lleno de equívocos. Conozco escritores que rechazan la teoría porque no identifican la escritura creativa con ese concepto tan fácil de asociar a la filosofía.

Rosario_FerreTeorizar significa producir un conocimiento especulativo al margen de una aplicación concreta. La literatura, como la teoría, presume sistemas de relaciones entre diversos componentes, a la vez que acepta el carácter casual o azaroso de las mismas. La confiabilidad de las explicaciones teóricas, como la literatura, depende de la coherencia que muestran. Esa coherencia es producto del buen manejo del lenguaje y del atractivo de su contenido. Pero la coherencia es tan relativa como el espacio y el tiempo en la física de Einstein. En ello radica la riqueza de la teoría y la riqueza de la literatura: en su contingencia.

Escribir literatura significa reflexionar y teorizar sobre el acto literario. El autor es, como ha dicho Foucault, quien le da ese orden inseguro a lo que escribe. En ese sentido, la literatura siempre tiene un componente metaliterario que testimonia la idea que tiene el autor de la literatura. La praxis literaria, escribir, es el medio idóneo para reflexionar sobre la escritura. La premisa de que se han demolido las fronteras entre una serie de géneros antes considerados distantes está sobre el tapete. Las teorías de discurso han conducido a muchos a apropiar la literatura como un discurso teórico sin más, al igual que la historia o la filosofía.

La reflexión metaliteraria fue uno de los mayores aportes de los escritores del 1960 y el 1970. Sobre esa base produjeron una nueva literatura de proyección hispanoamericana. La colección Papeles de Pandora (1976) de Rosario Ferré, incluyó narrativa y poesía vanguardista y, de pasó, su publicación en México habló bien de la literatura puertorriqueña en el plano internacional. En aquel libro había un cuestionamiento a la escritura tal y como se había practicado hasta aquel momento. La impresión que ello dejó es ampliamente conocida.

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