Poetas 2000: Poetas sin tregua, antología


  • Mario R. Cancel Sepúlveda
  • Catedrático de Historia y escritor

 

Poetas sin tregua: compilación de poetas puertorriqueñas de la generación del 80. Sevilla: Ráfagas,  2006. 71 págs.

 

Sobre Poetas sin tregua

 

Una tregua es una cesación de hostilidades, una intermisión o descanso. La ausencia de ella implica un estado permanente de combate. Tratándose de un libro de poetas puertorriqueñas de la generación del 80, lo entiendo muy bien. Esta antología parece ser la materialización de la tregua utópica.

Pero ¿qué guerra o singular combate ha sido suspendido?  Se me ocurren dos cosas. Puede ser el silencio que impuso el giro neoconservador del 1980 a los creadores. O puede ser eso que Giorgio Agamdem llamaba la cotidianeidad opresiva de la modernidad tardía.

La antología Poetas sin tregua afirma, sin vacilación, la condición de ochenteras de seis excelentes escritoras. Pero la mirada que dimos al mundo los que nos hemos identificado como una sedición pública con aquel momento, no es homogénea. Ninguna mirada lo es. Esa diversidad y polisemia es uno de los valores más significativos de la compilación que ahora comento.

Poetas_sin_tregua¿Dónde están posicionadas estas poetas? ¿Hacia dónde miran?  Si se tratara de una dirección física diría que miran desde una interioridad, desde un adentro individual y recóndito Desde ese locus íntimo interpretan el mundo, pergeñan el caos, inventan un orden como si se tratara de seis diosas.

Se me ocurre que allí se encuentra uno de los más vigorosos rasgos de este libro que se traduce en un laboreo angustioso con el propósito de esclarecer una identidad.  La imagen identitaria que ofrecen las poetas está construida a retazos. Pequeños trozos de la feminidad imaginaria y de la cotidiana con todas sus debilidades e impurezas, constituyen las piezas del rompecabezas de estas mujeres. El perfil que me queda es el de un espejo fracturado que genera un contorno quebrado y engañoso.

Michele observa la vida doméstica y reconoce sin vacilación que “Mi casa me come la piel poco a poco,” (12) pero juega con las convenciones y “cubierta de laurel / se zambulle en las sábanas” (11). La rama de laurel es un símbolo cargado. Se trata de un signo triunfal, de un condimento y de un fármaco.

Madeline y Marisol apropian su naturaleza a la manera de un simulacro en el sentido de Jean Baudrillard o un habitus como lo definión Pierre Bourdieu. Pero la verdad no es lo que el simulacro oculta sino el simulacro mismo. En Madeline la imagen se configura en el baile, en el serpenteo de Lilith: “Mientras bailo no soy” (25), para de inmediato preguntarse “será porque no soy la que quisieras, siempre se es otro en el baile”(29). En Marisol leo un desdoblamiento mágico y ancestral: “Ella sube / yo desciendo” (39). Me parece una paradoja lúdica de Martin Heidegger. La poeta propone que el ser es un dejar de ser o una demolición.

Un principio análogo se proyecta en la escritura del poema de Maribel titulado “Desolada.” La desolación es un abandono que recuerda la melancolía de los románticos. Esta mujer se imagina en “fuga de la mano de Dios” (43) y en ocasiones aspira ser el otro: “Haz querido ser hombre, muchas veces, / ser arrogante, líder, Mesías” (43). Aquí el ser es una apuesta, una manera del azar como el saber que salía por casualidad del chispazo de dos espadas en la metáfora de Friedrich Nietzsche.

La mirada más radical y paradójica es la de Johanny en “Anónima” al afirmar que “escribo en silencio / deletreando mis gritos” (65). En este caso la cotidianidad opresiva plantea el desafío mayor a ese ser en el alegato “Mi infierno tiene siete círculos / que Dante recorre cada día: / mi trabajo, mi familia, mi religión, mis vicios, / mis amores presentes, mis amores pasados / y mi yo confundido a la deriva” (67)

Belia es un caso de excepción que mira al mundo desde la rabia. La identidad se plantea como una batalla solitaria: “he sido solo sóla soy nada / un aturdido estallido de axones y de golpes” (52). El aliento de la escritora la pone en la situación de un pugilato con dios, la razón y el orden, que todo es la misma cosa: “sacudiré a Dios a ver si lo despierto, / a ver si se hunde o se desvanece” (62). Belia es otra forma de la serpiente.

Esa mirada desde el interior no deja de ser subversiva a la hora de hablar del cuerpo y celebrar su biología. Eros y goce, maternidad y feminidad pueblan estos poemas de manera notoria. El erotismo es de una transparencia inusitada. Es el lugar en donde se completa la identidad que por todas partes luce fragmentada por la hostilidad del mundo.

Una mirada microscópica sirve para elaborar las sugerencias erógenas: en Michele un ombligo convertido en un pozo de leche (13); en Marisol una oreja-vulva bajo el impacto de una lengua (36); en Maribel un viaje por las partes acuáticas del deseo (47). Esa técnica de zoom tan gráfica contrasta con un lenguaje poético refinado y en ocasiones evasivo.

Por último la otra biología, la que está marcada por el dominio de la maternidad, también se poetiza.  La mirada de un hombre hace que Marisol lo imagine “cautivo como el alma / de un niño aventurero / en busca de su madre” (37). La reescritura del “Poema 15” es un brillante ejercicio que afirma el carácter de juego. Maribel mira a la hija “cuerpo de diosa eterna, niña” (44) convertida en chamana creciendo como un conjuro y ratifica su carácter de madre-bruja. Johanny vuelve sobre la metáfora del vientre y equipara la crianza del vástago con los ejercicios de jardinería (70).

Al cabo reconozco que estoy ante una muestra de la gran escritura femenina y que la tregua en el silencio o en el agobio de la cotidianidad opresiva no implica una huida sino un encuentro con ellas mismas. Agradezco la oportunidad de leerlas y la invitación a ser testigo del encuentro. Salud.

 

Hormigueros, PR

22-23 de marzo de 2007

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