La ensayística de René Marqués: entre Nacionalismo y Populismo


  • Mario R. Cancel Sepúlveda
  • Catedrático de Historia
Fragmento de la conferencia “René Marqués en la década del 1960: una aproximación a su ensayística y sus concepciones histórico-culturales” dictada en el Recinto Universitario de Mayagüez el 15 de octubre de 2019 durante el congreso Más allá de los universos de René Marqués. Publicado originalmente en la versión impresa de Claridad-En Rojo 24-30 de octubre de 2019: 14-15; y en la versión digital en Claridad-En Rojo 24  de octubre de 2019.

En El puertorriqueño dócil y otros ensayos 1953-1971 (1977), René Marqués participa del maniqueísmo típico de las teologías apocalípticas y finalistas que también se impuso en el lenguaje político de la Guerra Fría. Veía a Puerto Rico atrapado entre dos extremos irreconciliables a cuyos chantajes no podía responder de manera ordenada: “Ante la amenaza externa nos refugiamos en un nacionalismo estéril. Ante la asfixia nacionalista nos escapamos hacia un universalismo superficial y quimérico” (Marqués 1977 p. 31). Hay algo del estar a la deriva o al “garete” de Antonio S. Pedreira (Pedreira 1968 p. 71 ss)  o de la “ceiba en el tiesto” de Enrique Laguerre (Laguerre 1972) en su discurso que habla de la ausencia de rumbo, de la enajenación o alineación del yo nacional. Todas eran metáforas atroces que revelaban la incertidumbre, el titubeo, la ausencia de guía y rumbo, el acoso, el dejase llevar, el ahogo, la sofocación o la neurosis. Todo sugería la condición de seres incompletos que se padecía porque no nos dejaba ser “americanos”, o sea, nosotros mismos. La ambigüedad de ese concepto le permitía a Marqués utilizarla para referirse a la gente del hemisferio, es decir, Hispano / Latino América. La precariedad de la situación espiritual se materializaba en que cada afirmación identitaria desembocaba en una defensa inútil ante la agresión del otro (Marqués 1977 p. 32). Marqués veía la relación colonial en un sentido freudiano que encajaba en su concepción tradicional, señorial y patriarcal del mundo: como una emasculación o castración. El coloniaje había vuelto impotente al macho, había podado su masculinidad y virilidad dejándolo capado: lo había convertido en un “ex masculino” (Marqués 1977 p. 31-32).

El coloniaje emascula o “ex masculiniza” pero a Marqués no se le escapaba algo que daba por hecho. Me refiero a lo que designaba como la “esterilidad” del nacionalismo, su incapacidad de “dar frutos”. La “emasculación” no niega que se haya poseído la capacidad para reproducir: sólo es un acto traumático que pone término por la fuerza a esa capacidad. Pero la “esterilidad” tiene un sentido más profundo que sugiere una patología que ha impedido siempre la capacidad reproductiva. En uno u otro caso ninguna tiene remedio, pero si el “emasculado” alguna vez la tuvo, el “estéril” no. El nacionalismo no representa la “emasculación” sino la “esterilidad” y por ello es “infructuoso” a la hora de articular su proyecto: la independencia. Desde mi punto de vista, esa es la crítica política más dura que hizo del nacionalismo político al cual reconocía y admiraba pero no veneraba ni adulaba.

Al lado de aquella explicación psico-filosófico de lo que César Andreu Iglesias, desde su marxismo ortodoxo designó  como “los derrotados” (Andreu Iglesias 1956), Marqués realizó un esfuerzo por comprender un fracaso que atribuía a la “circunstancia” en la cual se movió el nacionalismo: la Segunda Guerra Mundial, la Guerra Fría y sus bipolarismos fascismo / democracia y comunismo / capitalismo. Nada más acertado historiográficamente hablando. Se trataba de un ambiente minado por fuerzas fuera del alcance de Albizu Campos y su intelligentsia y con las cuales Muñoz Marín había pactado.

Luis Muñoz Marín y René Marqués. Foto Fundación Luis Muñoz Marín.

Aparte de lo psico-filosófico, Marqués también concibió una crítica de la táctica de aquella organización que no debería pasar inadvertida. En un momento dado afirmó que  “…ni con el nacionalismo exacerbado y terrorista de Pedro Albizu Campos -que a pesar de sus métodos equivocados, o mejor dicho, de la ausencia de métodos en su trayectoria, ha sido útil para mantener despierta una conciencia colonial demasiado predispuesta al sueño”, pudo el país superar su gran problema. Si uso sus palabras, el problema del país era la “solución a su razón de ser entre los pueblos de ambas Américas” (Marqués 1977 p. 33). El nacionalismo había sido vencido en el mismo combate interpuesto por el Partido Popular Democrático, el Estado Libre Asociado, “Operación Serenidad”, el “universalismo” y el “occidentalismo”. Ninguno de aquellos artefactos había podido sosegar “la angustia de nuestra conciencia nacional” (Marqués 1977 p. 33). Para Marqués el “ser era la angustia” no por propia decisión sino por su incapacidad para dominar su “circunstancia”. Sobre esa base no podía ver la violencia nacionalista sino como la expresión de “chispazos terroristas de fanatismo desesperado” (Marqués 1977 p. 42) concepción a la cual también se adscribía con otro tono, Juan Antonio Corretjer, desde su marxismo ortodoxo (Corretjer 1973).

Marqués fue enfático en la  inutilidad de la Insurrección de Jayuya del 30 de octubre de 1950 según se deduce de su afirmación de que “(n)i siquiera el fugaz estruendo de la metralla nacionalista (1950) logra alterar tan significativo silencio” (Marqués 1977, p. 57 n. 6). El ataque a la Casa Blair del 1ro. de noviembre de aquel año y el arresto de Albizu Campos al día siguiente, sirvieron el propósito avieso de validar el Estado Libre Asociado. El indulto a Albizu Campos el 30 de septiembre de 1953 y el tiroteo al Congreso del 1ro de marzo de 1954 en protesta por la legitimación de Estado Libre Asociado por la Organización de Naciones Unidas, solo condujeron a un nuevo arresto del líder y al “consabido y siempre espectacular tiroteo” (Marqués p. 58-59). El tono de farsa que adjudica a aquellos eventos espectaculares que no servían para acallar “la angustia de nuestra conciencia nacional” (Marqués 1977 p. 33) se imponía en su juicio. Con ello en mente volvía a ironizar: “siempre que los Nacionalistas han intentado salirse de lo que se considera el patrón puertorriqueño de la docilidad, hemos escuchado el clamor unánime de aspavientosas (sic) excusas proviniendo por igual de norteamericanos y puertorriqueños: ¡Ese no es el patrón puertorriqueño! ¡Eso es una excepción!” (Marqués 1977 p.122-123). Para el ensayista un acto rebelde que ofrecía pocas posibilidades de triunfo y aun así se ejecutaba no era más que la expresión de la “psicología del suicida” (Marqués 1977 p. 162). El espíritu de guerra santa, de cruzada o de yihad que atribuía a los nacionalistas le conducía a evaluar a los Cadetes de la República, luego Ejército de Liberación, como bandas cuyos actos resultaban en “una serie de espectaculares fracasos” equivalentes a “terrorismo político” (Marqués 1977 p.162-165). A la “psicología del suicida” correspondía el “complejo de martirio” (Marqués p.165). Los comandos nacionalistas no parecían buscar “matar y, mucho menos, lograr la victoria, sino morir”, iban dispuestos a la inmolación y el martirologio,  aceptaban la muerte con alegría como los Cátaros ante las llamas de la hoguera tras ser condenados por la Santa Inquisición en 1244 (Marqués 1977 p. 163).

En cuanto a ese planteamiento que tanto irritó a sus lectores nacionalistas, no estaba solo. Con él coincidían el Buró federal de Investigaciones, Inteligencia Militar de las fuerzas armadas, la Policía Insular luego Policía de Puerto Rico y su División de Inteligencia, y Muñoz Marín. Todos eran enemigos del nacionalismo, claro está. Pero entre 1934 y 1938 una significativa muestra de nacionalismo del área oeste insistía en lo mismo: la directiva de la Junta Nacionalista de Mayagüez, José Monserrate Toro Nazario, Juan Augusto y Salvador Perea, Regino Cabassa, entre otros, son un ejemplo de ello (Toro Nazario 1939). Por otro lado, el juicio sobre la “psicología del suicida” no se ceñía a los nacionalistas. Para Marqués el afán de “autodestruirse” era un “signo de identidad” y, por lo tanto, una “mancha de plátano” imborrable compartido por nacionalistas, asimilistas, estadoístas o anexionistas. Los extremos resultaban ser “almas puertorriqueñas gemelas” con la diferencia de que el nacionalista “muere de un modo violento” y el anexionista “es un muerto en vida” o un virtual un zombi (Marqués 1977 p. 165) condenado por el hecho de que siempre será lo que no puede dejar de ser: puertorriqueño (Marqués 1977 p. 66).

Una lectura cuidadosa de sus apuntes indica que lo que le molestaba de los nacionalistas era su ineficacia, lo cual lo llevó a decir que no eran “verdaderos revolucionarios” y que su lucha, en lugar de dificultar, había allanado el camino a las llamadas reformas de 1950 y 1952 (Marqués 1977 p. 31-32 y 163, nota 19). De acuerdo con la profesora Brunilda Marqués, su hija, en conversación digital reciente, la intención de su padre era provocar lo cual, sin duda, consiguió. Su empatía por Albizu Campos y el nacionalismo era manifiesta. Un testimonio del poeta Wenceslao Serra Deliz, quien siendo universitario y militante trabajó con Marqués en la División de Educación a la Comunidad servirá para aclarar el asunto. El poeta relataba que estando en “El patio de Sam”, con Pedro Juan Soto y Emilio Díaz Valcárcel como testigos, Marqués confrontó a un funcionario del Departamento de Estado que había afirmado que la Insurrección Nacionalista del 1950 había sido un acto de venganza de Albizu Campos “por el prejuicio racial que sufrió en los Estados Unidos” en su juventud. Aclaro que aquella era la versión oficial de la rebeldía albizuista del Buró Federal de Investigaciones según obra en un informe preliminar de 1936 en los archivos de la agencia. Serra Deliz afirmaba que aquella había sido la “primera ocasión que lo vi discutir con más pasión y vehemencia” y que “literalmente barrió el piso” con el funcionario (Serra Deliz 2011 p. 257). La admiración de Marqués por Albizu Campos no contradecía el desaliento ante su incapacidad de completar el sueño liberal.

La frustración con el independentismo, sin embargo, no era un engendro de los 1950 y los 1960. Más bien parece una nota común en la historia político-cultural moderna de los siglos 19 y 20. Recuerda la “borrachera completa” de “todo un pueblo (…) celebrando las libertades que cree tener y no tiene” y acaba por parecer “una reunión de dementes, bailando sin música”, que Ramón R. Betances Alacán atribuía a los liberales en una carta a Hostos Bonilla en 1871. (Ojeda y Estrade 2013 p. 145-146). Posee un tono análogo al que Betances Alacán adoptaba cuando recordaba la derrotada Insurrección de Lares en su correspondencia con los amigos de las armas (Cancel Sepúlveda 2019). Corresponde al tono de una carta de Salvador Brau Asencio a Lola Rodríguez de Tió fechada en 1889 cuando le decía que en Puerto Rico: “no salimos del ojalaterismo que condena la conquista, sin ver que somos su producto (…) que maldice a España y ofrece la última gota para castigar a los rifleños y hace a compás de La Borinqueña… (…) No lo sé;  quisiera salir de aquí.  Me ahogo en tanta miseria” (CMAT 1ro diciembre 1889).  El concepto “ojalaterismo”  se refería a la fe inocente en el “ojalá” con que los puertorriqueños tomaban las promesas liberales de España y, en cierto modo, traducía la idea de la docilidad. La frustración de Marqués no era una novedad sino más bien una tendencia.

Un callejón sin salida visible

Marqués, como ya se ha indicado,  evaluaba la “circunstancia” de Puerto Rico en la década de 1950 como un entrampamiento o un callejón sin salida.  Las razones eran políticas y culturales: la  oposición entre norteamericanismo versus puertorriqueñismo era irreconciliable. Dado que, desde su punto de vista, la identidad no se elegía ni se cambiaba Puerto Rico no podía ser “puente” o “eslabón” entre culturas ni “fundirse armoniosamente” con el otro (Marqués 1977 p. 42) como proponía la retórica colonialista.  El triunfalismo modernizador de Muñoz Marín y el Estado Libre Asociado, eran figuras engañosas. En el “Mensaje de un puertorriqueño a los escritores y artistas de Perú” de 1955, insistía en la falsedad de la “vitrina”. El “high standard of living” de los puertorriqueños era una “falacia” contradicha por la pobreza rampante. La  industrialización por invitación que convirtió al país en un enclave industrial, mero “show-off” o alarde (Marqués 1977 p. 33). El tema de la identidad y la falsa modernización ha sido otro asunto debatible del siglo 20 en torno al cual Marqués se movía en medio de los extremos como si se tratara de un pensador de “centro” sin serlo y este caso no era la excepción.

El tema la absorción o la asimilación como peligro o como oportunidad poseyó ciertas especificidades durante el siglo 20. El hecho de que en 1898 cambiara el otro -España abrió pasó, a Estados Unidos- es fundamental para entender el dilema planteado. Marqués lo veía como cualquier nacionalista esencialista: la identidad nacional era un producto maduro cuya condición podía ser puesta bajo amenaza por fuerzas externas como las del imperialismo y el colonialismo, pero resistiría. El pensador estaba muy lejos de la idea de la nacionalidad como una construcción histórico-social y discursiva contingente que se impuso después de los debates académicos de 1960 y 1970. Su actitud no difería de la de José Coll y Cuchí en El Nacionalismo en Puerto Rico (1923) quien afirmaba que éramos un territorio pequeño pero respetable, civilizado e inasimilable a pesar del dominio “por la fuerza de las armas” de Estados Unidos (Coll 1923 p. I-II). De igual manera, Albizu Campos en su  “tesis política” de 1927, redactada cuando se disponía a viajar por el Caribe e Iberoamérica en busca de solidaridad con el caso de Puerto Rico, reconocía la imposibilidad de la estadidad sobre la base de que Puerto Rico era inasimilable (Albizu Campos 1978). Aquel fue un argumento que se repitió durante la campaña para las elecciones de 1932 y después de las mismas.

Desde la perspectiva de los estadounidenses la percepción era otra. Edward S. Wilson, funcionario colonial que veía la Ley Foraker de 1900 como una forma de “mentorado” o “supervisión” para la libertad, aceptaba que Puerto Rico era inasimilable. Sin embargo, no descartaba que hubiese un entendido o “happy medium” entre las partes. Por ello recomendaba un tipo de “asimilación benévola” que, a la larga, convergería en lo que llamaba “mutual assimilation” en la que las dos partes saldrían ganando (Wilson 1905 p. 127). En 1904  Leo Stanton Rowe en The United States and Porto Rico aceptaba que Puerto Rico era irremediablemente hispanoamericano y lo seguiría siendo por lo que descartaba cualquier posibilidad de asimilación fuese benévola o no (Rowe 1904 p. 142, 147). Los polos del debate sobre la asimilación por los observadores estadounidenses es un área de estudio que merece una revisión sistemática hace tiempo.

Marqués aceptaba que la identidad nacional era un producto terminado pero no descartaba que gozaba de cierta porosidad que invitaba a la hibridación, en especial cuando se trataba de la comunidad intelectual de la que formaba parte. Baste recordar su afirmación en el prólogo a Cuentos puertorriqueños de hoy (1959) de lo saludable que había sido el influjo de los estilos narrativos estadounidenses, en especial los de la Generación Perdida, en su promoción. Con ello tomaba distancia  de cualquier interpretación chauvinista de la literatura nacional. Su  tesis era que, dada la crisis de la narrativa española entre 1936 y 1946 en el marco del triunfo del franquismo, la nuestra tendía a desespañolizarse a la vez que sus creadores se volvían hacia América Hispana y, los “espíritus más alertas (…) se vuelven entonces hacia un campo asequible y virgen: la literatura norteamericana contemporánea” (Marqués 1977 p. 90). El hecho de que adjudicase a aquel fenómeno una parte de la responsabilidad en el nacimiento del “cuento moderno” nacional demuestra una flexibilidad ideológica única (Marqués 1977 p. 106). Discursivamente se situaba en el “centro” de los extremos a pesar de las convergencias que manifestaba con aquellos.

Bibliografía  

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Seva: historia de una (re)lectura


  • Mario R. Cancel
  • Escritor e historiador

A Víctor Cabañas, colega tan ficcional como yo

La pregunta que me hago es sencilla ¿por qué vuelvo a leer este cuento?  Hace apenas 3 días volví ese relato clásico y escandaloso y la sensación fue como, en cierto modo, parecida a  la de la primera vez. Por eso voy a tratar de contestar esta interrogante personal del modo más intempestivo y peligroso. En diciembre de 1983 cuando me enfrenté a Seva en las páginas de un semanario socialista, me asaltó la misma emoción del hallazgo que invadió a tantos ilusos. Se trataba de una sensación contradictoria entre el dolor y la furia. Por aquel entonces yo acababa de cumplir 23 años, me habían expulsado de dos recintos del sistema público universitario por mi activismo político y, prácticamente. Era testigo de cómo se disolvían mis sueños de ser un historiador profesional.

El autor y Luis López Nieves

En 1983 ser historiador profesional significaba ser un cazador de la verdad más verdadera en el oscuro panorama colonial que se vivía. La verdad se hallaba velada por el manto de la mentira heredada o bajo el poder y la impertinencia del Otro y sus aliados: la intelectualidad colonizada. Seva cumplió aquel empeño por la verdad de la manera más cruda apoyándose en la fuerza de un mito procaz y morboso.  El descubrimiento de la masacre de un pueblo de la costa este de Puerto Rico por los invasores del 1898, era el mecanismo más apropiado para combatir en aquella época en que reverdecía la Guerra Fría bajo el palio del dueto Reagan-Thatcher. Yo era uno de aquello jóvenes que, desde la izquierda radical,  veían crecer aquel rejuvenecido derechismo, a la vez que reconocía la precariedad del Socialismo Real y las ficciones seniles con que trajinaba el Nacionalismo Cultural Hispanófilo domesticado por la cultura del populismo más conservador. Ninguna coyuntura podía ser más auspiciosa para el burla burlando, como el “Soneto de repente” de Lope, que acababa de producir Luis López Nieves.

Seva salió, ahora lo reconozco desde la comodidad de mi escritorio, un 23 de diciembre, dos días antes de la Natividad en el periódico Claridad, órgano en aquel entonces del Partido Socialista Puertorriqueño. La semana del 23 al 29 de diciembre terminaba en el Día de los Santo Inocentes. López Nieves y Luis Fernando Coss, entonces Director del semanario y a quien había conocido durante la huelga universitaria de 1981, completaron el lance perfecto. El problema no radicaba, pienso ahora, en el hecho específico del engaño o de tomarle el pelo a la gente. En aquel entonces la gravedad radicó en la cuestión de a quien le tomaron el pelo: a los historiadores más adustos, a los nacionalistas más comprometidos y a un segmento visible de las vanguardias políticas consideradas conscientes. La imagen retraída del intelectual objetivo, capaz de apropiar con sobriedad y desapasionamiento la realidad y de convertir el conocimiento era un instrumento eficaz de lucha, quedó en entredicho. Su capacidad para discernir entre lo posible y lo deseado, también. La procacidad de López Nieves lo colocó en una posición peligrosa y en objeto de unos medios de comunicación masiva que todavía resultaban amenazantes para las generaciones intelectuales dominantes.

Las elites intelectuales que adoptaron la ficción o lo deseado como una posibilidad, pisaban un terreno movedizo. Parecían malsanamente ansiosas por la posesión de la memoria de aquel hipotético derramamiento de sangre. Los hechos contados en Seva eran tan patéticos que podían opacar o devaluar la sangre nacionalista derramada en Ponce en marzo de 1937. Por la fecha en que surgieron, venían a mezclarse con la de dos chicos torturados en el Cerro Maravilla apenas en julio de 1978, conspiración que apenas comenzaba a develarse en toda su crueldad por aquel entonces. En verdad en el ambiente había mucho acelerante presente: el ficticio diario de Nelson A. Miles, citado por el inexistente historiador Víctor Cabañas, suprimía la descripción de los combates de los yanquis con los valientes sevanos entre el 6 de mayo y el 6 de junio de 1898 y lo reducía todo a una mera sugerencia de la estadística de los muertos.

La sangre y la violencia que se percibía por todas partes  en tiempos del atropellante Romerato, fue responsable de que la resistencia derrotada de los inexistentes sevanos causara aquel furor acompasado a los tristes acordes del leitmotif  “Seva vive”. Ni Betances, ni Hostos, ni José Maldonado el Águila Blanca, ni los combates de la Patrullas Volantes o Macheteros, habían sido capaces de levantar el diezmo de aquellas pasiones arracionales. De una manera oblicua y cínica, los vociferantes demostraban que no se equivocaban: las luchas políticas en Puerto Rico necesitaban de la ficción para mantenerse vivas.

La eficacia de Seva demostró que el desgano con el pasado heredado era una realidad exuberante. El país podía tener el pasado heroico o trágico que quisiera. Pero estaba constreñido a la posesión insegura del pasado que se merecía y en consecuencia, como podrían concluir  los buenos Liberales Progresistas, tendría que ajustarse al futuro que se había labrado. Seva demostró que la Nación, como había sugerido Ernest Renan en 1882, dependía también de “el error histórico”. Renan decía que “los estudios históricos (son) a menudo un peligro para la nacionalidad”.  López Nieves demostraba que la Literatura Creativa también podía serlo y de un modo más radical que la misma Historiografía. Hoy pienso que, después de Seva, los años de labor de creación de un orgullo nacional colectivo respetable que habían invertido los historiadores, resultaron perdidos. A los lectores les alcanzó el gatillo de la mentira bien urdida de un cuentista que dejaba morir felizmente  a 720 de 721 sevanos a manos de los yanquis para sentirse de otro modo.

Desde mi lectura de Seva en 1983 me cuestioné lo que significaba ser un historiador profesional. Yo era un tipo con carácter: no me gustaba que me engañaran. Algunos de mis maestros en la disciplina, pienso en Germán Delgado Pasapera, resintieron la publicación de aquella infamia ficcional de López Nieves y lamentaron su capacidad de adulterar el pasado y seducir a la recta razón. A mí me demostró que entre la Razón y la Pasión solo pende un hilo. También me aclaro que la relación del sujeto cognoscente con la realidad o la ficción, solo depende de la actitud y la decisión del sujeto. Claro que el cuento de López Nieves no tenía esas intenciones filosóficas ni nada por el estilo: el cuentista jugaba con la inocencia colonial más larvada de las clases políticas locales a la vez que configuraba su fisonomía de escritor a la manera de un Orson Welles tropical. Seva me convenció de que para ser historiador profesional, había que aceptar la idea de que ello conllevaba mucho de juego.

Posfacio en una tarde nublada

Hoy soy historiador bona fide si es que tal cosa como un historiador de buena fe sigue siendo posible. Publiqué mi primer libro de historia en 1994: una fría biografía crítica de Segundo Ruiz Belvis y su tiempo. Desde 1997, me sedujo aquel cambio de siglo tan lleno de (im)posibilidades, retractaciones y (anti)heroísmos. He publicado numerosos trabajos investigativos e interpretativos sobre el 1898. Hace apenas dos semanas, presenté mi último título al respecto en La Tertulia de Río Piedras: Porto Rico: hecho en Estados Unidos, volumen que preparé con José Anazagasty Rodríguez. Sólo para profundizar la tensión, López Nieves estuvo allí conversando con nosotros sobre los pasados conspirativos.

¡Qué sinuoso es el tiempo! Con los años me acostumbré a la fluidez y la fragilidad de las verdades históricas: dejé atrás a los pontificadores de lo cierto. También me adiestré en la  contingencia de una cultura literaria. Comprendí que, cada día, la escritura se ve impelida a reinventarse si pretende asegurarse un nicho en la hiperrealista (des)organización del mercado global desenfrenado. Hasta he llegado a aceptar con una sonrisa cínica que el pasado está determinado por el presente, y no del otro modo. También me he convencido de que la escritura literaria es un palimpsesto y que el papel ideal para imprimirla es el cadáver de los que nos antecedieron.

Me parece que esa es razón suficiente para volver a leer ese cuento.

Nota: ¡Dios mío! Acabo de darme cuenta de Víctor Cabañas se equivocó: aquel Luis M. Rivera, no fue el padre de Luis Muñoz Marín y el esposo de Amalia. Aquel individuo sabía inglés y el viejo autonomista de Barranquitas no. A la desaparición del historiador en la zona de Ceiba, debo añadir la búsqueda de la identidad de aquel traidor.

Conversatorio sobre Porto Rico: hecho en Estados Unidos


La Editora Educación Emergente   y la Librería La Tertulia de Río Piedras, anuncian la celebración de un conversatorio en torno al libro Porto Rico: hecho en Estados Unidos escrito por el sociólogo José Anazagasty Rodríguez (RUM) y el historiador Mario R. Cancel (RUM). La actividad se llevará a cabo el próximo Jueves 28 de abril de 2011 desde las 7:00 de la noche en la referida librería. Los comentarios sobre el libro estarán a cargo del historiador Pedro San Miguel (UPR).

Porto Rico: hecho en Estados Unidos es una colección crítica de seis ensayos que interpelan la historia puertorriqueña y estadounidense. Cómo fue imaginado Puerto Rico por los agentes imperiales… Cómo esas figuraciones han impactado las narraciones de una historia y otra. Lea este texto y encontrará respuestas y, sobre todo, muchas preguntas para la enseñanza de la historia de Puerto Rico y Estados Unidos.

La propuesta se apoya en el andamiaje del “nuevo sentido común,” un acercamiento anti-fundacionalista que, una vez asume la lingüisticidad del ser, aplica el modelo hermenéutico de los textos literarios al ámbito ontológico. Los autores argumentan que la imagen americana del Otro, el Puertorriqueño, se sostiene sobre una “economía de la alegoría maniquea” que inventa a Puerto Rico no solo como un opuesto, sino como un opuesto inferior. La reevaluación de la invasión de 1898 a 13 años del Centenario de su conmemoración, es una invitación no sólo a la reescritura de las teorías en torno a las relaciones entre Puerto Rico y Estados Unidos, sino de todo el pasado colonial con España y de las relaciones simbólicas del país con El Caribe, Hispanoamérica y el mundo en la Era Global.

Están todos invitados.

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