Albizu Campos en la novela: el caso de Luis Abella Blanco (II)


  • Mario R. Cancel
  • Escritor  e historiador

En la frontera de la dictadura, Pedro Albozo del Campo recapacita en torno a su obra política. El punto de giro es el arribo de los diez millones del empréstito americano el 4 de mayo de 1934 (95). El escenario está lleno de contradicciones: la salvación de la Nación representa a la vez su condena.  Los observadores están muy conscientes de que Puerto Rico terminará “convertido en un tributario de Estados Unidos” (95) o, como quien dice, que la independencia ratificará la dependencia. El patético oxímoron político de la Independencia Dependiente, puede ser interpretado como otra “teratología jurídica” o un borrador muy tenue del Neocolonialismo más vulgar.

Abella Blanco argumenta sobre el asunto en un complejo discurso médico insertado en el texto. El Puerto Rico Libre es más pobre, menos sano y menos seguro que el Puerto Rico Colonial (96-103). La paradoja es interesante: la Independencia pone en fuga el proceso de Modernización que abrió el 1898. ¿Qué es más importante en todo caso? ¿La Modernización o la Libertad? ¿Cuál el sitio de Puerto Rico en el Relato Liberal? ¿Está excluido del mismo como Hegel y Marx excluían a los pueblos no occidentales? Nadie lo sabe.

El país, además se convierte en el espacio de conspiraciones financieras complejas: el National City Bank, competidor del Banco Nacional Puertorriqueño, acapara capitales y conspira contra la República (104) en estrecha alianza con un poderoso partido anexionista que crece en los intersticios de la sociedad y promueve una intervención americana en el territorio (105). Las analogías con la actitud de los Separatistas Anexionistas que encabezaron la Sección de Puerto Rico del Partido Revolucionario Cubano antes de 1898, son notables. El pasado imaginado es el borrador de este falso futuro inventado por Abella Blanco. La pregunta que me hago es ¿qué resulta más distópico: el pasado o el futuro? Vistos desde la perspectiva del Relato Liberal, ambas partes de la línea resultan atrofiantes y deformadas, sin duda.

El homenaje más significativo que hace este autor Socialista a Albozo del Campo y al Albizu Campos real, es el reconocimiento de una racionalidad e inteligencia política que lo conduce, en privado, a reconocer su error y su responsabilidad personal con aquel desastre en el que ha culminado el sueño de la Libertad. La moralidad se impone en el caudillo. La frase que sintetiza su arrepentimiento es muy interesante: “no es lo mismo decir misa que tocar campanas ¿Hasta dónde me ha llevado mi locura?” (106) El prócer acepta su condición de iluso e incluso la de  loco, diagnóstico que usó eficazmente lo mismo el FBI que el Populismo en el poder, con el fin de minar la imagen del líder rebelde.

Su reflexión histórico-mística culmina cuando escucha una décima callejera cantada por un ciego que guarda gran parecido físico con el periodista fusilado Atila Garcés (112). En ese momento Albozo del Campo se suicida de un tiro en la cabeza, en su oficina presidencial, el 10 de diciembre de 1934 (113). Esa acción, una aporía para cualquier nacionalista de corazón, no es un acto de debilidad suprema sino un acto de amor y rectificación. Albozo del Campo se quita la vida por amor a la Nación o, como quien dice, para liberar a Puerto Rico de su presencia. El cristianísimo sentido de culpa por un pecado perdido en la memoria colectiva, lo explica todo.

El cierre de la novela no deja de resultar grotesco y hasta irrisorio. Sin el caudillo, la República no sobrevive: nadie es capaz de suceder  a Albozo del Campo en el poder. ¿Tuvo sucesores Albizu Campos en el Partido Nacionalista después de su encarcelamiento en 1936?  La respuesta es que no, cada sucesor terminó siendo la sombra de aquel titán. Todo parece indicar que, por su energía, ese tipo de caudillo iluminado autoritario ejerce una fuerza castrante sobre su militancia y estimula la sumisión. Ni siquiera el fiel Marcelo Gotary alias Luchía, su Jefe de Policía, se sentía en posición de cuestionar las decisiones del Líder. Este Cristo Antillano no consiguió otro Pedro que fungiera de Pontífice Romano y fuese capaz de tomar el batón de la causa. Tal vez por ello Gotary también se suicida en el primer aniversario de la muerte del Señor Presidente. En la lápida de Albozo del Campo obrará como homenaje una reescritura prosificada del poema a “Bolívar” de Lloréns Torres. Allí donde abre el libro termina el mismo con una interesante paradoja. La nota de fracaso es total.

Por fin, el 22 de diciembre de 1934 la Isla es invadida por la Marina de Guerra de Estados Unidos por la bahía de San Juan. Una puesta al día del 1898 se impone con otro breve Régimen Militar que en este caso culmina en la creación del Estado Libre Asociado de Puerto Rico (115-116). El pretexto del ELA en este caso, se refiere al Proyecto Phillip Campbell de 1922, antecesor directo del plan de Miguel Guerra Mondragón de 1943. La idea de Abella Blanco es que el ELA, mata el ideal Independentista, lo subsume y lo devasta (115). El ELA en este caso es un tipo peculiar de Estado Incorporado a la Unión, como el que todavía buscan  en sus pesadillas lo populares de derecha. Pero en todo caso, desde un punto de vista histórico, se trata de un estatus correctivo provocado por el error y el ilusionismo de los nacionalistas, esclavos de la imagen del jefe impecable e impoluto capaz de parir la Libertad. Esa teoría del ELA como placebo de la Libertad es fascinante. Luis Abella Blanco ha dado en el clavo.

La lectura de este texto informa con precisión el contenido de esa imagen perdida de Pedro Albizu Campos que el Nacionalismo Político, Cultural y Académico ha emborronado en el proceso de consolidación de un culto civil al líder. Pero la apropiación de un mito de esta naturaleza tiene, me parece,  que estar informada críticamente para que fructifique. Para el que conoce las diatribas del poder de José Pérez Moris contra Ramón E. Betances ¿Qué significa la parodia cínica y el insulto de español contra el caborrojeño? Lo mismo podría preguntarse respecto a la invectiva que lanza contra Segundo Ruiz o José Paradís. Del mismo modo, para el que conoce la intimidad de la correspondencia de José Celso Barbosa ¿cuánto pierde o gana esa figura cuando se le apropia en medio de las pequeñeces y las vulgaridades de la oficina o el hogar? Yo creo que lo que estas figuras pierden en moralidad e historicidad en textos como estos, lo ganan en humanidad. Y a mí la humanidad vital me agrada más que cualquier ficción historiográfica que conduzca a un culto ciego.

Comentario en torno a Luis Abella Blanco. La República de Puerto Rico. Novela histórica de actualidad política. San Juan: Editorial Real Hermanos, 19–. 123 págs.

Albizu Campos en la novela: el caso de Luis Abella Blanco (I)


  • Mario R. Cancel
  • Escritor  e historiador

Uno de los aspectos más polémicos en la investigación de la historia del Nacionalismo Puertorriqueño y de la figura de Pedro Albizu Campos, ha sido la naturaleza de las relaciones de esa organización con las izquierdas  en la década del 1930, en particular con el Partido Socialista. El texto en el que ahora me ocupo, La República de Puerto Rico. Novela histórica de actualidad política,  escrita por Luis Abella Blanco, ofrece pistas de inmenso valor sobre la imagen del Nacionalismo y de Albizu Campos es un escritor Socialista Amarillo a fines del periodo aludido. Se trata de un momento muy peculiar. Después de todo, desde 1934 el Partido Nacionalista se hundió en la peor de sus crisis políticas y amenazaba con disolverse en medio de disensiones graves. La crisis fue producto tanto de la persecución política de las autoridades policíacas coloniales como federales (1934-1936); así como de los cuestionamientos al liderato de Albizu Campos resumidos en la casi ignorada “Carta a Irma” de José Monserrate Toro Nazario (1939).

Abella Blanco era un líder socialista moderado que poseía, según su foto pública, el señorío de un buen burgués. Sus posturas sintetizan la opinión del movimiento encabezado por Santiago Iglesias Pantín en nombre de la clase obrera. El autor estaba muy consciente de los reparos políticos del Nacionalismo hacia el anexionismo militante del liderato socialista. Iglesias Pantín se había transformado para los Nacionalistas en un icono de la traición. Fungiendo como Comisionado Residente en Washington, como se sabe, presentó en 1934 y 1935 sendos proyectos de Estadidad para el país por lo que el Nacionalismo armado atentó contra su vida en Mayagüez en 1936.

La narración de Abella Blanco se inserta en una larga tradición de sátira política que admite su ubicación al lado de obras poco conocidas como “Los viajes de Scaldado” (c.1889) de Ramón E. Betances, la buena literatura política de Lius Bonafoux en el modelo de “El avispero” (1892), o “El cuento de Juan Petaca” (c. 1912) de Salvador Brau. La parodia va en distintas direcciones -los Compontes en la primera, una ciudad local en la segunda, la Confederación de las Antillas,en la última-. Pero el tono de cinismo y desenvoltura es el mismo, rayando en los tres casos en la insolencia y la procacidad. Abella Blanco no se oculta mucho para hacer la caricatura literaria: usa pseudónimos  paródicos muy obvios para designar las figuras públicas que protagonizaron la vida civil de la década del 1930, elemento que facilita la lectura de la novela para cualquier persona enterada en la época.

El volumen usa como lema o preámbulo el poema “Bolívar” de Luis Lloréns Torres. El mismo adquiere un tono de irreverencia cuando se contrasta el tratamiento a Bolívar que inspira al poeta de Juana Díaz, con el que se da en la novela a Pedro Albozo del Campo, Libertador de Puerto Rico y Primer Presidente de la República en 1932. Lo más curioso de esa República, desde mi punto de vista, es su evidente genealogía dieguista,  tanta como la que el Nacionalismo reclamó para sí históricamente. Puerto Rico Libre resultará en una República con el Protectorado de Estados Unidos, condición jurídica que servirá para puntualizar su incapacidad para la Independencia en Pelo. El diseño de la república se teje alrededor de lo que he denominado en otro libro, el Proyecto Plattista de José de Diego. Lo más interesante del juicio del autor sobre esa incapacidad para la Libertad, es que Abella Blanco no la  adjudica al líder. El responsable es el Pueblo, que sigue siendo “niño” e incapaz para apropiar ese valor supremo de Imaginario Liberal que es la Libertad.

La narración novelesca inicia con un curioso proceso judicial contra Puerto Rico, que permite al autor aclarar la tesis del texto.  La Nación es acusada del delito de “incapacidad para regir sus propios asuntos” (7). El interrogatorio desemboca en una curiosa síntesis apasionada del pasado histórico nacional propio de la Generación de 1930. El 1898 fue el “gran colapso moral” (11) que produjo la pérdida de la moral y de la identidad. La diferencia es que España no es Madre Reverenda porque fue capaz de entregar a Puerto Rico como “botín de guerra” (10) a los americanos. España se ha transformado en una patética figura sanchesca.

Las respuestas al interrogatorio que ofrece el acusado, Puerto Rico, legitiman la Independencia como opción última, y justifican los medios para obtenerla. El pasado histórico inmediato y remoto no deja otra opción. Los contrastes entre la imagen de España y Estados Unidos son típicos de los pensadores anteriores al 1930: el pasado hispánico se dibuja con atributos  devastadores: el pasado estadounidense se mira con más condescendencia. España no pudo dar lo que no tenía: la llave de la Modernidad. No está de más recordar que los Socialistas de principios de siglo, tuvieron en el nuevo orden impuesto tras la invasión del 1898 un aliado invaluable. El impacto de aquella relación fue crucial en su percepción del problema del estatus y en el tenor de sindicalismo que practicaron bajo la soberanía sajona. Lo cierto es que el Partido Socialista sólo representó un peligro para el Capital extranjero y nacional, durante  las primeras dos décadas del siglo 20.

Del mismo modo, el Puerto Rico acusado se defiende por medio de otra discursividad dominante: la de la época del Nuevo Trato y el naciente Populismo. La idea malthusiana de la sobrepoblación (13), la esperanza en un futuro industrial redentor (15), entre otros argumentos, se combinan para criticar la “teratología jurídica política” que es la colonia (19). El juicio, como era de esperarse, quedará irresuelto. Pero esa situación embarazosa abrirá el camino hacia la Independencia, que es el tema del resto de la breve narración.

La cultura socialista de Abella Blanco es rica. La arquitectura del texto recuerda numerosos textos clásicos del pensamiento social decimonónico. La novela posee el tono magisterial y racionalista de la “Parábola” (1819) de Henri de Saint-Simon, el teórico de la Sociedad de los Industriales y, en cierto modo, uno de los antecedentes del Socialismo de Estado o del Corporativismo. Su redacción es análoga, por otro lado, al texto titulado  “Los enemigos de la Libertad y de la felicidad del Pueblo” (1832), de Augusto Blanqui por su redacción como si se tratase de las minutas de una inquisición jurídica intensa.

La República de Puerto Rico de 1932 se consolida tras un cuartelazo encabezado por Pedro Albozo Campos, y es sostenida mediante una interesante alianza entre la República y Estados Unidos por medio del “Tratado de Palo Seco” (43 ss). Pero la secuela de toda esta ficción es que el radicalismo albizuista, exclusivista por demás en la teoría y orgulloso de la Raza y la Nación, se suprime después de triunfo militar en la medida de que lo que se consolida es una sumisa República Asociada apocada, que depende financieramente de un empréstito americano. No solo eso, Puerto Rico Libre admitirá la construcción de estaciones carboneras para la Marina de Guerra de aquel país y no podrá tomar decisiones bélicas que afecten los intereses del norte. El tratado bilateral incluso reconocerá el derecho de intervención de Estados Unidos cuando aquel país lo considerase necesario. Los términos recuerdan lo mismo la situación de la Carta Autonómica de 1897, motivo jurídico de culto del Nacionalismo Hispanófilo Albizuista, en muchos aspectos. La República de 1932  disfruta de una Libertad Fingida, a la manera de su antecesora, la  República Cubana Plattista.

Una nota clave para entender el debate entre Nacionalistas y Socialistas se encuentra en la decisión del Gobierno de la República de declarar Persona Non Grata y expulsar del país a Santiago Monasterio Patín (43). Su imagen, un tanto exagerada, como el “Lenine de las Islas del Mar Caribe” (49), ratifica el respeto que los obreristas puertorriqueños expresaban a esa figura legendaria y contradictoria del Viejo Gallego. El problema que quiero resaltar es que la tensión entre Socialistas y Nacionalistas, estaba alimentada por las diferencias de estatus, no por diferendos en términos de la percepción de la clase obrera como fenómeno social o porque se cuestionara el compromiso que se debía manifestar hacia la misma. La pregunta que me hago es si un Partido Socialista independentista hubiese sido tolerado como un aliado por el Partido Nacionalista, y viceversa. Dado el hecho de que numerosos Rojos y Comunistas colaboraron intensamente con el Partido Nacionalista, al menos hasta después del fin de la Segunda Guerra Mundial, el planteamiento no me parece inapropiado.

Pedro Albozo del Campo es construido con los rasgos de un estratega experto: Albizu Campos fue Teniente Segundo del Ejército de Estados Unidos durante la Primera Guerra Mundial y leía ávidamente manuales de táctica. El Ejército Libertador, aprovecha el día de paga en el orbe cañero -sábado 4 de febrero-para articular un exitoso grito insurreccional en 8 localidades urbanas (31-32), eventualidad que sirve para resarcir simbólicamente el fracaso del 1868. El apoyo de una guerrilla rural a un vigoroso ejército formal compuesto por 7 brigadas que suman  100,000 efectivos (35-36), permite que el 8 de febrero de 1932, se asegure la Independencia. Los paralelos de estos combates con los inventados por Luis López Nieves en su clásico Seva (1984), no deben ser pasados por alto. ¿Se trata de la nostalgia por un pasado bélico inexistente?

La Independencia, sin embargo, no produce el efecto deseado. Lo que sucede al triunfo es una borrachera de la Libertad que impide el despegue de la economía nacional, por lo que los lazos de dependencia de Estados Unidos en lugar de romperse, se estrechan. La clave de la parodia es esa paradoja trágica para el independentismo inocente e idealista que ve en la Libertad una Panacea o la Piedra Filosofal del Relato Hegeliano.

Albozo del Campo, tolerante inicialmente con la nueva versión de la República Feliz de las Tres B’s que vive el país recién liberado, un Piripao Tropical, se verá precisado a imponer la ley y el orden con mano más que dura. Al reconocer que el Pueblo no está preparado para la Libertad, en “Proclama Oficial” del 27 de marzo de 1933, establece una dictadura férrea con tal de restablecer el orden y garantizar el desembolso del préstamo de 10 millones que espera sane la economía nacional (72-75). El signo de ese autoritarismo se traduce en  la censura, prisión y fusilamiento del director del periódico “El estoque” Guillermo Atila Garcés (84). Abella Blanco ha conseguido su meta: minar el proyecto Nacionalista y ridiculizar el culto a Albizu Campos, el Mártir. Sus argumentos, como demostraré en otros artículos, no representaba una novedad. Albizu Campos fue capaz de despertar todo el amor y todo el odio de quienes lo conocieron. En ese poder de conmocionar, radica buena parte de su grandeza.

Ahora, ¿cuál fue el futuro de la República de Puerto Rico?  Eso lo discutiré en otra ocasión.

Comentario en torno a Luis Abella Blanco. La República de Puerto Rico. Novela histórica de actualidad política. San Juan: Editorial Real Hermanos, 19–. 123 págs.

Narradoras 2010 : El fantasma de las cosas, una escritura liminar


  • Mario R. Cancel
  • Escritor

Leer un buen texto es toda una aventura. La lectura es un viaje y un descubrimiento. Leerlo en contrapunto con quien lo genera resulta incalificable. Si no se trata de un buen texto, la travesía se reduce al mero turismo: todo está en su sitio y el calendario se cumple. Nada más. Mi confrontación con El fantasma de las cosas (Terranova, 2010), la más reciente producción de Marta Aponte Alsina, me coloca en una situación difícil. En una nota de lectura cursada a la autora durante el contrapunteo y estando yo todavía en medio del viaje, le dije que me parecía que me encontraba ante su obra maestra.

El error era obvio. Lo mismo hubiese podido de Sexto sueño (Veintisiete letras, 2007) o de la colección de cuentos La casa de la loca (Alfaguara, 2001). No se trata solo de que me encuentre ante una escritura reflexiva, una tradición que respeto sobremanera en la narrativa puertorriqueña. Soy historiador y ensayista, me encanta reflexionar y que se reflexione.  No se trata solo de que esta narración, por su complejidad y su delicadeza, merece una segunda lectura. También está el hecho de que esa segunda lectura producirá un efecto distinto. Las narrativas que denomino planas -lineales y orgánicas- siempre se resuelven del mismo modo: una vez se descubre el secreto que las anuda, ya no hay más que buscar. Su belleza está en otra parte: en la lectura única que se les da y el efecto relampagueante de la ruptura de los nudos del texto durante el proceso de lectura.

Marta Aponte Alsina

El fantasma de las cosas es un texto que difícilmente se puede contar. El ejercicio resultaría infructuoso. Si fuera a ofrecer mi impresión sobre lo narrado,  diría que la acopio como la síntesis de una serie de fracasos. Se fracasa en el proyecto de reproducir la realidad y, como reproducirla es narrarla, se fracasa en el acto de narrar. Todo esfuerzo resulta en una imagen sesgada y fluida, capturada en su contingencia y, en consecuencia, emborronada. Fracasa la escritora Silvinia Díaz Torres en la narración en la hipotética vida de Mitchel;  y el cineasta Shivaji Dugald Tagore en la producción del guión sobre la Luna. Pero también la actriz Megan Travelyan resulta en una ruina. De los personajes no hablo. El fracaso, si bien resulta en la demolición de un concepto de la narración, no impide la escritura. El libro está allí como residuo arqueológico textual de lo que pudo haber sido y no fue o más bien no quiso ser. Todo esto refleja un acto muy inteligente y muy sedicioso de una autora en la cual esas actitudes no representan una novedad.

Una lectura

Lo cierto es que, tras la lectura, no siento El fantasma de las cosas como una novela. El acercamiento que intentaré se ejecutará al margen del relato y de la narración. Si me ocupara demasiado de los acontecimientos, los nudos y los desarrollos, me encontraría en la situación de quien intenta organizar un rompecabezas o elaborar una tesis de grado: se trata de dos ejercicios ordenadores clásicos. El fantasma de las cosas funciona eficazmente como un libro de teoría que revisa las convenciones y tradiciones que se le impusieron al género. Yo, por mi parte, hace tiempo me he convencido de que la escritura literaria es una forma de la teoría… y viceversa. La situación, por lo tanto, no me resulta incómoda.

Se trata de un texto sin arquitectura y ya se sabe lo mucho que preocupó ese asunto a los novelistas realistas y naturalistas al socaire del Positivismo, el Materialismo y la Ciencia en el tránsito del siglo 19 al 20 y, en Puerto Rico, casi hasta el presente. La definición de una estructura organizativa para las cosas ha sido la obsesión de toda Religión y toda Ciencia en Occidente. El fantasma de las cosas, con un relato diluido, un carácter no narrativo y sin arquitectura, lo que celebra es el laberinto, la incertidumbre y el caos. Esto es pura metaliteratura o reflexión sobre la escritura viva, nada más.

El fantasma de la cosas (Terranova, 2010)

Ciertas preocupaciones que se imponen en el acto creativo de Silvinia y Dugald pueden dar una pista respecto a los asuntos esenciales a este texto. Primero, detrás de ambos creadores y de la vida imaginada de los personajes y criaturas que inventan -Mitchel y la Luna-, se puede percibir toda una filosofía sobre la incertidumbre e, incluso, el reconocimiento de la autonomía del final. Ciencia y Religión occidental han convertido el culto obsesivo a la estructura en una ansiedad perturbadora por el final. La Novela y la Historiografía Moderna ha sido un laboratorio ideal para confirmar la presución desde San Agustín hasta Marx. Pero sin final, ya no es posible ni un texto clausurado y ni la historia universal ni la novela tal y como la conocemos.

Segundo, hay una propuesta que valida la idea de la escritura como remiendo de retazos que se legitima por medio del collage que convoca el intertexto literario o fílmico, y el bricolaje mediante la inversión de los artefactos más elementales o rústicos. Se recose, hilvana o zurce para nominar a los personajes, para que Shivaji invente su historia magna, para que Larry comprenda el mundo sobre el fondo de la narrativa fantástica argentina, para que Miguel actúe y baile, y así por el estilo.

Tercero, el rescate de la poesía, la irracionalidad y la autobiografía y tantas otras cosas, muy a la manera de Proust o de Woolf que, en su momento, fueron esgrimidos como arma contra el poder del Realismo. El texto fluctúa entre un premodernismo fantasmal presente en un lenguaje que juega con la elementalidad de lo sagrado; y una postmodernismo agresivo que pugna por ser comprendido al lado de la narrativa dominante. Me consta que la relación entre lo pre- y lo post- es bidireccional en numerosos casos. En el juego se emplean algunos elementos de la novela tardomoderna,  fenomenológica y aún de la anti-novela con la que jugó en la década de 1970. En suma: la poesía no debe ser desterrada de la República de la Novela, parece proponer este texto de Aponte Alsina.

Cuarto, la disolución del yo se impone con la subsecuente imposibilidad de una identidad confiable. Estas figuras imprecisas, con sus rasgos apenas abocetados, se mueven dentro de una ficción atroz que en ocasiones lo deprime. No son personas, ni siquiera personajes: son monstruos o seres fantásticos según se afirma en la breve entrada, no es un capítulo, denominado “Monstruo” (56).  Estos personajes y sus personajes, coexistiendo al garete en una realidad compleja, se conectan del modo más casual -otra vez la ausencia de arquitectura- hasta reconocer las posibilidades de su duplicidad y la realidad de su reiteración. No se trata de una imaginación enfermiza: yo mismo encontré un Mario Cancel preso común en otra isla, y otro fanático de las motos en dos lugares distantes del mundo. Por suerte ninguno de los dos era yo.

El fantasma de las cosas es un texto liminar. Eso significa que deja al lector, al buen lector, en un umbral. Si se da el paso hacia la otra parte o no, es asunto del lector. Más acá de la entrada siempre estará el mundo de lo preliminar.

La Mueca Epiléptica de una Reina Implacable: Manuel Zeno Gandía, El Monstruo y la Feminización de la Naturaleza


  • Dr. José Anazagasty  Rodríguez
  • Sociólogo y escritor
  • 28 de Mayo de 2009

 

Para numerosas feministas las narrativas científicas tradicionales, incluyendo novelas con una dimensión científica, suelen ser producidas desde la perspectiva masculina. Y El Monstruo de Manuel Zeno Gandía no es la excepción. Es una novela escrita por un hombre para otros hombres. Lo que la hace peculiar es que es abiertamente masculina. El narrador inclusive recomienda al lector esconder la misma de sus esposas y dice:

 

Además, hablándote francamente, no escribo para ellas. La razón es obvia. Ellas, todas ellas, son positivamente de mi opinión. No te diré que piensan como yo, pero de fijo sienten mis opiniones. A ninguna se le ocurrirá imputarme falsedad; por el contrario muchas dirán: “Así procedería yo.” “Mi corazón siente iguales impulsos.” “¡Que bien conoce el autor el corazón humano!”

 

La cita demuestra que El Monstruo es una novela fundamentada en y reproductora de estereotipos del género que atribuyen emotividad a las mujeres. Los personajes femeninos, sobre todo María, madre del monstruo Claudio, están incrustados en estereotipos sexistas de la mujer como aquellas que siente más. Y prefiere como lectores a los hombres, basado en estereotipos del género que le atribuyen a los hombres objetividad: “En cambio, es muy probable que entre vosotros halle argumentadores. Vosotros podéis opinar, porque sentís menos.”

 

zeno_monstruo2Aparte de ser sexista por excluir a las mujeres de su lectura, la novela es también sexista en su feminización de la naturaleza. Por ejemplo, el Dr. Gedeón, refiriéndose a Claudio, declara: “¿Qué otra cosa parece más que una mueca epiléptica de esa reina generadora tan pródiga unas veces, tan implacable otras?”

 

La naturaleza es aquí representada como hembra—una reina—que es tan generosa como cruel. En esta declaración la naturaleza es madre fructífera, hembra generadora de hijos saludables pero también de frutos monstruosos. Su creación de monstruos convierte a la emperatriz en la antítesis de la civilización: cruel, terrible, siniestra y hasta epiléptica. Y como reina tiene poder sobre nosotros. Por todo eso es objeto de la antipatía y de una aversión derivada del encuentro con lo monstruoso y la negación del hijo deseado. Claro, en la novela la aseveración del Dr. Gedeón Haro cuestiona la representación edénica o paradisíaca de la naturaleza típica del idealismo romántico. Para el doctor la naturaleza puede también ser maligna. Concurro entonces con Miguel Ángel Náter, quien en su introducción a El Monstruo, plantea que en la novela la naturaleza es representada en términos negativos: “… se convierte en una forma de enemigo del ser humano, al negar el hijo que significa la felicidad del matrimonio.” Pero al feminizar la naturaleza el narrador la convierte en enemigo del hombre, de la objetividad, del orden, de la civilización, de la ciencia.

 

Pero en la novela la naturaleza no es siempre objeto de la aversión humana. Es en ocasiones objeto del deseo, el objeto de la mirada masculina del científico. La observación científica es un ojo, que como diría Donna Haraway, “fucks the world” al servicio del poder desencadenado de la ciencia, poder muchas veces subsumido a intereses patriarcales. Entonces, en El Monstruo la naturaleza es también mujer a ser disciplinada y de la que debemos saber todo sus misterios. Así, en el discurso médico de Gedeón Haro la aversión es pronto sustituida por la fascinación, pues el médico convierte el monstruo, esa “mueca epiléptica de esa reina generadora tan pródiga unas veces, tan implacable otras” en objeto de observación medico-científica y con ello en el objeto de deseo y la disciplina. A través del “modelo médico” de Gedeón Haro, el modelo organológico, la ciencia se interpone e intenta racionalizar, disciplinar y colonizar el cuerpo monstruoso de Claudio, y consecuentemente, el de la reina prodiga e implacable. El cuerpo, monstruoso o no, es natural y disciplinarlo es disciplinar esa reina espléndida unas veces, despiadada otras.

 

Si bien es cierto que el Dr. Gedeón Haro reconoce los límites de la “luminosa” ciencia de su época, la que para él caminaba a oscuras, este no niega el potencial lúcido de la misma. Si en aquel momento la ciencia era para Gedeón Haro incapaz de alumbrar todos los misterios de la naturaleza, sobretodo los de la monstruosidad, también buscaba promover su uso para precisamente descubrir esos misterios al servicio de la humanidad. Así, el reconocimiento de los límites de la ciencia de la época no declara imposible el dominio sobre la naturaleza. Su dominio—la racionalización de esa misteriosa, generosa y cruel hembra—fue solo postergada al futuro. Al final, la racionalidad instrumental moderna, y su ciencia y su tecnología, un proyecto profundamente masculino, busca interponerse y cultivar, de formas diversas y complejas, ese cuerpo que llamamos naturaleza. Y aunque hoy la llamamos pseudo -ciencia la organología de Gedeón Haro, inspirada en la de Franz Joseph Gall, es solo uno de esos esfuerzos dirigidos a someter la hembra inclemente, a examinar y controlar sus muecas epilépticas.

 

Tomado de Socionatura: la producción de la naturaleza

 

El Monstruo, la Organología y la Visión Universalista de la Naturaleza


  • Dr. José Anazagasty  Rodríguez
  • Sociólogo y escritor
  • 28 de Mayo de 2009

 

zeno_monstruo2Varios monstruos transitan nuestra cultura. Y sin embargo, a pesar de su presencia, notable y ciertamente interesante, la construcción social de estas criaturas apenas ha sido objeto de la reflexión académica. Es por ello que cuando Juan Carlos Jorge, un colega y amigo, me prestó un ejemplar de la novela El Monstruo de Manuel Zeno Gandía, aproveché para utilizarla come materia prima de algunas reflexiones acerca de la historia de las representaciones de la monstruosidad en la literatura puertorriqueña. Además de una ventana a esa historia, la novela nos permite también explorar la representación del cuerpo en nuestra literatura, aunque solo se trate del cuerpo monstruoso. Y entre las representaciones más interesantes de esos cuerpos se encuentran las representaciones médicas, indudablemente presentes en El Monstruo.

Son dos tipos de monstruos los representados en la novela de Manuel Zeno Gandía: aquellos con una monstruosidad física como Claudio y aquellos que aunque físicamente corrientes son monstruosos “por dentro” como Juan y Mauricio. Sin embargo, en la literatura lo que suele ser monstruoso de los monstruos es su cuerpo, su apariencia física. Es por ello que insisto en dirigir la atención a Claudio, representante de la monstruosidad corporal en la novela de Zeno Gandía y el objeto del acercamiento organológico del Dr. Gedeón Haro, un personaje ciertamente fundamental en la novela. Estoy de acuerdo con Mario R. Cancel en que este personaje representa un medio excelente para examinar las representaciones del cuerpo monstruoso. Siguiendo su recomendación, ofrezco a continuación unos comentarios iniciales y tentativos sobre la codificación medica de Claudio realizada por el Dr. Gedeón Haro.

La representación de Claudio realizada por el doctor está determinada por su interés y esfuerzo por racionalizar y normalizar la monstruosidad de Claudio mediante el discurso y conocimiento médico. Esto envuelve, por supuesto, un esfuerzo por entender el organismo monstruoso, un organismo que para él, más que un cuerpo monstruoso, es un cuerpo simplemente enfermo o defectuoso. Y ese esfuerzo, envuelve también la conversión de Claudio en un objeto de estudio medico-científico. El carácter moderno de esta intervención médica es indudable. Y es precisamente con la modernidad que surgen, como demuestra Michel Foucault, las técnicas de sujeción y de normalización que tienen como punto de aplicación primordial el cuerpo, incluyendo la contención y normalización del cuerpo monstruoso.

La codificación médica de Claudio por parte del Dr. Gedeón Haro revela que es en esa zona entre lo natural y lo social, en la socio-naturaleza misma, que la racionalidad instrumental moderna, y su ciencia y su tecnología, se interponen y colonizan, de formas diversas y complejas, ese artefacto que llamamos cuerpo, el cuerpo monstruoso en este caso. Así, el planteamiento más interesante de El Monstruo, logrado a través del lenguaje medico de Gedeón Haro, es que los monstruos no existen fuera de lugar, fuera de la naturaleza. Los monstruos son más bien una instancia de la capacidad sorprendente de la naturaleza para producir formas diversas, algunas bellas, algunas grotescas. El monstruo es imaginado ontológicamente, una construcción ausente en la racionalidad clásica, la que no imaginó el monstruo de esa forma. Y construir el monstruo de esa manera es afirmar la “unidad diferenciada” entre el cuerpo y la naturaleza. Así, la representación médica del monstruo es simultáneamente una representación de la naturaleza.

Mi tesis, tentativa, es que Zeno Gandía, a través del Dr. Gedeón Haro, significa la naturaleza en su universalidad. Parto de la dualidad con respecto a la naturaleza identificada por Neil Smith con su noción de la “ideología de la naturaleza.” Para él, un dualismo básico avasalla y constituye las diversas representaciones de la naturaleza. Por un lado, la naturaleza es externa, un ente extrahumano y separado de la sociedad. Por el otro lado, la naturaleza es concebida en su universalidad. Desde esta perspectiva universalista, los seres humanos—su cuerpo y su conducta—son tan naturales como cualquier otra entidad natural. Esa es precisamente la perspectiva del doctor, una en la que Claudio es solo una instancia más de la maestría extraordinaria de la naturaleza para generar cuerpos diversos.

El ordenamiento universalista de la naturaleza, que incluye el ordenamiento científico del cuerpo y de la monstruosidad, por parte del Dr. Gedeón Haro está marcado por una transformación histórica. Como plantea Miguel Ángel Náter en su introducción a la novela, El Monstruo es una obra de transición entre los postulados del romanticismo y la visión de mundo del realismo y del naturalismo. Si la novela, por un lado, rechaza la estética romántica del cuerpo y su visión edénica de la naturaleza, por el otro lado, critica la ciencia. Sin embargo, no podemos por ello asumir solamente diferencias irreconciliables entre el romanticismo y el realismo, sobre todo si consideramos que el discurso medico del Dr. Gedeón Haro, como lo demuestra su conversación con Juan, padre de Claudio, en el capítulo 3, es el de la organología, también conocida como frenología. Debemos reconocer que la organología no está del todo opuesta al romanticismo. Ambos movimientos comparten ciertas tendencias con respecto a la naturaleza y el cuerpo.

Para empezar, ambos movimientos rechazan el dualismo cartesiano que separa la mente del cuerpo. Tanto el romanticismo como la frenología suponen un concepto espinosista de la mente y el cuerpo como dos atributos de una misma sustancia. Claro, mientras que los románticos, intensamente idealistas, reducen el organismo (cuerpo y mente) a la actividad espiritual; los practicantes de la organología, intensamente materialistas, lo reducen a la materia, pues desde su perspectiva la mente es determinada por los órganos físicos. Segundo, ambos, el romanticismo y la organología, codifican la naturaleza en su universalidad. Para los románticos Dios, naturaleza y cuerpo se confunden, parte de una misma sustancia. Y para la organología las habilidades y tendencias del individuo son innatas, parte del orden natural; el cuerpo, natural, es gobernado por las leyes de la naturaleza. Finalmente, y conforme con su visión universalista, ambos movimientos insisten en la unidad del método. Difieren solo en el método preferido. Mientras que los románticos establecen la especulación filosófica como método adecuado para el estudio de la naturaleza (y el cuerpo y la mente), los frenólogos establecen la inducción como el método preferido para ello.

En fin, Manuel Zeno Gandía, a través del Dr. Gedeón Haro, produce una representación creativa e imaginativa de nuestra relación con la naturaleza basada en la organología, una representación universalista de una naturaleza de la que somos parte, aun siendo monstruos.

Tomado de Socionatura: La producción de la naturaleza

Una lectura de El monstruo de Manuel Zeno Gandía


 

  • Mario R. Cancel
  • Historiador y escritor

  

Zeno Gandía, Manuel, El monstruo. San Juan: Editorial Tiempo Nuevo, 2008. 79 pág. Edición e introducción de Miguel Ángel Náter.

zeno_monstruo2Los temas del siglo 19, dominantes en el discurso intelectual de las Generaciones del 1930 y el 1950 y referentes básicos de la escritura del 1970 en torno al mito de la Gran Familia Nacional, han perdido presencia en la discusión intelectual puertorriqueña en los últimos 20 años.  Todo parece indicar que el debate en cuanto a la fragilidad del concepto de la identidad nacional ha justificado el olvido de aquel momento liminar de la invención de lo puertorriqueño.

Esa actitud, comprensible por demás al momento presente, cancela la oportunidad de reconceptualizar un momento crucial del imaginario nacional que espera también se re-inventado desde la era global. Desmontar la presumida coherencia de la modernidad decimonónica y sus artefactos desembocará, de un modo otro, en la posibilidad de diseñar esa debilidad ontológica que adjudicamos a la postmodernidad tan imaginada como aquella.

Por eso la publicación de un texto narrativo del siglo del siglo 19 siempre es algo que me parece meritorio celebrar. Si se trata de una narración olvidada de una figura canónica como Manuel Zeno Gandía, mucho más. En ese sentido el trabajo de Miguel Ángel Náter con la obrita El monstruo (1878) no debe pasar inadvertido. En su prólogo “La reivindicación de la monstruosidad en El monstruo, de Manuel Zeno Gandía” (9-17), Náter establece la naturaleza híbrida de la narración. La misma se mueve entre el romanticismo y el realismo, fenómeno común en la producción literaria puertorriqueña de aquel momento. Sin embargo lo cierto es que los elementos románticos, el monstruo inclusive interpretado como doble u otro, dominan la discursividad de esta novela corta. Los elementos médicos y positivistas que se insertan en el texto, son parte del vocabulario común del galeno que escribe.

Las referencias críticas y teóricas del prólogo de Náter se establecen sobre la idea del monstruo dominante en lo que denominamos la época clásica y el medioevo, momentos en que la razón y dios, impusieron sus límites y especifidad a la idea de lo monstruoso. Lo fantástico en un texto de Heródoto o Apuleyo, por ejemplo, posee unas marcas que lo hacen único.

Pero me parece que la era de la razón ilustrada y la de la ciencia, resemantizaron la noción de lo monstruoso de una manera radical que valdría la pena discutir con más profundidad. Un medio para ello sería mirar con detenimiento el papel que cumple el Dr. Gedeón Haro en la codificación de Claudio en esta narración. La medicina y su lenguaje, como se sabe, han sido también crucial según ya comenté en un ensayo de mi libro Historias marginales: otros rostros de Jano (2007), fundamentales en la reinvención de la idea de la prostituta moderna y su demonización. Michel Foucault ha insistido mucho en ese tipo de procesos de invención en una diversidad de textos sobre la clínica, la infamia y la locura.

El monstruo es un concepto en constante reconstrucción. Ese ser fantástico que se percibe como un atentado al orden natural, generó respeto por su anormalidad en culturas ancestrales de todo el mundo. Pero esa misma imagen, despertó el miedo o la piedad en la modernidad por las mismas consideraciones que antaño promovían su reverencia. La resistencia a la heterogeneidad es más común en metafísicas duras como la moderna. Se trata de una trampa bien puesta por la razón identificada con el orden, lo bello, lo verdadero y, en última instancia con la Naturaleza o Dios. Otra vez la idea del cosmos establece los parámetros para la concepción del caos.

La obra de Zeno Gandía se caracteriza por su simplicidad y su excelente redacción. La voz narrativa apela directamente al narratario o al lector individual, como si se tratara de un relato que se hace al descuido. La introducción cuidadosa y planeada de la correspondencia entre Ana y Valentina (51-54) o del diario íntimo de Claudio el Monstruo (59-61), permiten conocer la inocencia de estos personajes. La construcción de los personajes femeninos y masculinos está atrincherada tras las convenciones más pueriles, incluso para el siglo 19. El final feliz en que Juan Daroca acepta a su hijo Claudio o la tesis moral que antepone de manera dualista los principios cuerpo y alma, afirman esta como una narración romántica madura. La tesis de Zeno Gandía, un católico formal, es que el homúnculo físico alberga un alma pura y respetable por su capacidad de saber y crear: Claudio en un niño prodigio y un artista consumado.

La tesis subyacente es que todo canon o modelo es engañoso en la medida en que niega las posibilidades del otro en toda su libertad (42, 47).  Esa es la piedra de toque de la ciencia moderna que, ante la ley y la regla, no olvida la excepción o lo monstruoso como espejo para comprender mejor lo normal. También es evidente el interés del autor que se acepte que la capacidad descriptiva y nominativa de la ciencia no puede cambiar el hecho de que el monstruo sigue allí con toda su deformidad.

Por último, El monstruo de Manuel Zeno Gandía da la impresión del texto inacabado y sin trabajar a fondo. La oposición de Claudio y Mauricio nunca toma forma, solo se sugiere, y el amor entre el Monstruo y la Bella Ana, platónico por incumplido, se queda apenas en el bosquejo. Valdría la pena volver en detalle sobre las alusiones intelectuales y científica y la nominación de los personajes que escoge el autor. Pero ese será un asunto que discutiré en otra ocasión.

El Informe Cabrera: erratas de lectura


 

  • Mario R. Cancel
  • Escritor y profesor universitario

 

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Querido Pepe:

Cuando me dijiste por correo electrónico hace un par de años que estabas haciendo una investigación sobre la ciencia de la embriología y las deformaciones de la familia Cabrera, no me imaginé que lo ibas a convertir en una novela. Tampoco se me ocurrió que quien acabaría publicando el volumen sería ese señor tan extraño, Aravind Enrique Adyanthaya, en una Serie de Culto.

La cuestión de la embriología y las deformaciones -teratología en general- así como la revisión de los monstruos y los fenómenos, siempre ha sido una de mis pasiones. Por eso me hice historiador y me gusta tanto la literatura. La historiografía se ha convertido para mí en algo tan queer que, a veces, cuando hablo del Grito de Lares me parece que parlo en torno a un viejo filme de Hollywood titulado Freaks o que los locos acabarán invadiendo mi cuarto como en el relato de Manuel Alonso. 

Eso lo digo sin intención alguna de ofender a mi antepasado de apellido Cancela, cuya participación en el Grito de Lares fue lo que provocó la eliminación de la “a” al final de su apellido con el fin de ocultar la ignominia de la derrota y empezar una vida nueva. Cuando llegaron los americanos en el 1898 y pasaron por Hormigueros, creo que fue el 10 de agosto, ese antepasado mío estuvo allí hecho un viejo como testigo, igual que mi abuelo, de la ruta de los soldados de azul. Pero para ese entonces decir “cancel” significaba otra cosa. Cancel se había convertido en el sinónimo de un escatón que en este país tuvo mucho que ver con la soberanía, la cultura, la economía y todas esa convenciones que tanto preocupan a los de mi especie.

La importancia que le doy a El Informe Cabrera es doble. Cuando ya me había enterado de que iba a salir impreso, se me ocurrió la probabilidad de escribir varios libros iluminadores. Después de todo, soy un historiador y ello me autoriza a mentir con la misma confianza con que lo hizo Luis López Nieves en su famoso cuento Seva. Yo era estudiante del RUM cuando se publicó ese texto en Claridad, un periódico radical de entonces. Tomaba un curso con un profesor nacionalista muy sesudo que se llamaba Germán Delgado Pasapera, el cual era todo un caballero. Pero aquel día Delgado Pasapera estaba tan molesto con los americanos que, con gusto, hubiera aprovechado un cuento de José E. Santos, “El terminator boricua”, para viajar a través de una fisura en el tiempo-espacio al 1898 con el fin de convencer al bandido Águila Blanca de que resistiera a los invasores o dispuesto a resistirlos él mismo. Confieso que yo me hubiera ido con él sin titubear. Cuando se enteró de que la historia de Seva era una gran mentira, la mayor de toda la modernidad tardía, hubiera hecho un esfuerzo similar para matar a Luis. Se trataba de una mentira monstruosa.

Los libros que quería escribir a la luz del la lectura del tuyo eran varios: una historia de los desaparecidos sin explicación alguna en la evolución del país y su relación con los equinoccios y los solticios; una investigación sobre el odio inveterado que siempre sintió José Celso Barbosa contra los americanos porque nunca le impusieron la estadidad a Puerto Rico; una revisión de la relación amorosa de Lola Rodríguez Tió con su marido muerto gracias a los buenos auspicios de una espiritista de La Habana; un estudio de la relación de las pasiones pederastas, el aborto natural y el perro Nicolás propiedad de Ramón Emeterio betances con las posturas ideológicas adoptadas por la comunidad del Barrio Latino de Paris a la altura de 1895 a la luz de los textos apócrifos del Diplomático de la Manigua; una biografía de Pedro Albizu Campos y sus buenos años en el ROTC o una disquisición sobre el priapismo de José De Diego como justificación de la disolución de un matrimonio que se presume perpetuo a la luz de nuevo orden católico pos-invasión.

Discutí todas estos temas con un sociólogo, adepto a la escuela del “nuevo sentido común”, que se casó con una ex-discípula mía. Es cierto que el “sentido común” -sea nuevo o viejo- siempre puede ser una aporía en tiempos de intelectuales postmodernos, pero la idea no me resultó inapropiada. José Anazagasti Rodríguez, que así se llama ese sociólogo y quien también miente y escribe, me miraba con la sorpresa de quien se encuentra en la frontera de la iluminación. Hagamos una teratología boricua, me dijo, una tentativa de apropiación de las monstruosidades nacionales a lo largo del siglo. El vampiro de Moca, los Garadiabolos y Toño Bicileta se competían un turno para el texto imaginario junto a Salvador Freixedo, Carlos “La Sombra” y el caníbal de una leyenda de Cayetano Coll y Toste. Cha Cha Jiménez, el Chupacabras y el Monstruo de Utuado no se quedaron atrás. Las megatiendas y el mítico supertubo, pensé, deberían ser escenarios ideales para pensar aquel problema.

Estuvimos horas divagando sobre las posibilidades de la teratología histórico-social como expresión del fenómeno de la no modernidad en la que vive el país y la insistencia en que la demanda agregada en tiempos de recesión es la panacea de toda crisis económica y espiritual.

Cuando le hablé a José de tu libro y le dije que se trataba de una revisión desde el “universal sinsentido bizarro” de José Liboy Erba del megarrelato de la nación como el producto deformado de una disfunción histórico-genética iniciada en el 1898,José, con su proverbial inteligencia, simplemente me dijo: por allí debemos comenzar. Entonces nos tomamos una copas de ajenjo, nos despedimos con la intención de trabajar a la menor provocación y desde entonces mi amigo está desaparecido.

Pepe amigo, te agradezco la publicación de El Informe Cabrera. Aravind le ha hecho un favor a este país con ello. También nos benefició a José y a mí, sin duda. Pero si alguno de ustedes ha visto a José Anazagasti Rodríguez por allí, díganle que lo estoy buscando como a un punto específico en la inmensidad de una traducción del Corán. Los monstruos de nuestro futuro libro se siguen multiplicando y han invadido sin el menor respeto mi biblioteca y ya no sé que hacer con ellos…

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