Francisco Matos Paoli: su lugar en la literatura puertorriqueña


  • Mario R. Cancel Sepúlveda
  • Catedrático de Historia y escritor

El poeta Francisco Matos Paoli ha sido asociado a un tipo de poesía caracterizado por su hermetismo y complejidad. Lo hermético es lo impenetrable al entendimiento y que, por ello, se transforma en un espacio limitado para iniciados. La incomunicación de las especulaciones herméticas limita el acceso a una elite de conocedores o inspirados. José Emilio González asocia el hermetismo puertorriqueño al barroco gongorino y, sobre esa base, mira la obra de Matos Paoli como la expresión de un poeta que tras una breve fase neorromántica y neocriollista, desemboca en el hermetismo desde 1939. (González 204).

La resistencia de Matos Paoli a que se le asociara a la tradición hermética es comprensible: desde su punto de vista la complejidad no conduce a la incomunicación. Su idealismo filosófico le ha convencido de que “el mundo y el trasmundo (como quien dice, la materia y la idea) es una sola realidad” (De la Puebla 15). La poesía, es decir la palabra o el lenguaje, es el medio para elevarse a ese “infinito” (De la Puebla 16). El costo es que la complejidad de la tarea, se imprimirá en la disposición del texto pero, insiste, “tengo mis pies muy firmes en la realidad” o, bien sea, “mi poesía es carne verdadera (…) espíritu verdadero” (De la Puebla 16). La respuesta que da es la de un idealista objetivo que presume que las ideas poseen una existencia autónoma por lo que la tarea del poeta se limita a transmitirlas. El producto no es una poesía “hermética” sino “pura”: “ofrezco al mundo una sintomatología de la pureza” (De la Puebla 16) entendida como esencialidad o como unidad última e indivisible. Después de todo, dice el poeta, la tensión entre la expresión y la comunicación en poesía “no se resuelve nunca” (De la Puebla 19) por lo que es un problema que no vale la pena enfrentar.

Francisco Matos Paoli y Luis Hernández Aquino

Francisco Matos Paoli y Luis Hernández Aquino

Hermético o puro, en la poesía de Matos Paoli se manifiestan una serie de corrientes literarias pos-realistas y pos-naturalistas filtrados en extremo por su genio. El poeta reconoce aquellas lecturas que le han marcado durante los años formativos en Lares, la Universidad de Puerto Rico y La Sorbona de París. La crítica literaria ha sido muy enfática en señalar la presencia de dos tradiciones europeas claves en su poesía. Por un lado, la de los Simbolistas Franceses. Stephane Mallarmé, a quien el poeta apela en reiteradas ocasiones, tiene por meta la búsqueda de la verdad absoluta desde la ambigüedad. El poeta es la plataforma de expresión sensible de lo absoluto que, en el caso de Matos Paoli como de otros metafísicos cristianos, se identifica con Dios. Desde esa perspectiva, el poeta ejecuta la función del filósofo y usa el lenguaje como instrumento epistemológico legítimo.

Por otro lado, es imposible desvincularlo de la tradición poética hispánica más significativa del siglo 20: la heterogénea Generación del 1927, cuyos fundamentos se levantaron sobre la base de un retorno renovador a la obra de Luis de Góngora durante la conmemoración del tercer centenario de su deceso. De ella Matos Paoli retoma el frágil balance entre lo intelectual y lo sentimental, entre la inspiración y la disciplina, entre la preservación y la innovación, entre la tradición y las vanguardias. Por eso su poesía manifiesta ecos de la “poesía pura” de Jorge Guillén, de la vertiente “creacionista” de Gerardo Diego, y del “surrealismo” muy hispano de Vicente Aleixandre. Matos Paoli acabará transformando el automatismo arracional y el libre fluir de la conciencia aleixandriano en inspiración mediúmnica, pero el efecto será el mismo.En un contexto puertorriqueño Matos Paoli es un pensador de la Generación de 1930 que manifiesta un poderoso influjo de la mirada de Antonio S. Pedreira en la suya. Lo es porque interpreta el nacionalismo como la marca más notable de la universalidad en nosotros como lo haría Johann Herder (1744-1783). En el caso de Matos Paoli, su nacionalismo viene acompañado de ese optimismo liberal que parte de la premisa de que el universalismo se consumará en la independencia y la libertad de la patria.

Otras dos tradiciones literarias que debían mucho a los debates de la Generación de 1927 y de la Generación de 1930 le marcaron: el Integralismo y el Trascendentalismo. Codificadas con “vanguardias tardías” por el poeta y crítico Luis Hernández Aquino en su clásico Nuestra aventura literaria (1964), se manifestaron en los cruciales años que corren entre 1941 y 1948. Es probable que la figura de Hernández Aquino haya tenido mucho que ver con la conexión del Matos Paoli con aquellas propuestas. El Integralismo y el Trascendentalismo se movieron entre los extremos de la “afirmación puertorriqueña y de los valores tradicionales” y la “afirmación de los valores esenciales (universales) del hombre” (Hernández Aquino 7). Una de las metas del Integralismo, siguiendo a Pedreira, era “cultivar un arte criollo de forma superior al de nuestro Manuel Alonso” con el fin de “universalizarnos en lo vital nuestro” (Hernández Aquino 130, 132).

El trascendentalismo buscaba “elevar al hombre a un plano de alta espiritualidad, sin olvidar su realidad humana” (Hernández Aquino 143) Filosóficamente la actitud implicaba una reacción al “cientifismo sin entrañas, desolador y burgués, y al materialismo sórdido que estrangula al mismo” (Hernández Aquino 144). Identificado con la obra de Ralph Waldo Emerson, su consigna era “realizar una obra de ancho aliento universal en que esté presente nuestra agonía” (Hernández Aquino 144). El Idealismo Filosófico y el Providencialismo de Matos Paoli convergían con aquellas propuestas que aspiraban a tomar distancia de un mundo material devaluado en el cual el poeta sobrevivía con incomodidad. La “agonía” que le consume es la colectiva, el desafío que representa la libertad de la Nación puertorriqueña irredenta.

Cancel_Matos_autografo2Matos Paoli habla de la Nación en el sentido en que la figuraron los románticos alemanes Johan Herder y Johan Ficthe (1762-1814). La Nación como ente y el Nacionalismo como su culto y explicación, poseen unos fuertes vínculos con el Idealismo Filosófico y múltiples puntos de contacto con el Providencialismo Cristiano. Herder y Ficthe asumieron el idioma, la cultura y la raza alemana, como la mejor respuesta a la presumida “superioridad francesa”. Con ello buscaban de legitimar la “autonomía moral” que necesitaba una Alemania dividida para reconfigurarse o modernizarse (Fernández Bravo 17). La lengua, la cultura y la raza alemana, representaban la expresión de una etnicidad única, tan única como la lengua, la cultura y la raza francesa o inglesa. Matos Paoli, como Albizu Campos, adopta una actitud análoga cuando antepone la Raza Celta-Sajona a la Ibero-Latina. Bajo el dominio de un imperio u otro, la Nación Puertorriqueña seguía, lenta pero segura, la ruta hacia su telos o meta. En Matos Paoli el Idealismo Filosófico, el Nacionalismo y el misticismo cristiano y espiritista, lo condujeron a equiparar la búsqueda de la libertad política con la salvación del alma, la salvación del geist (espítitu o alma) y del volkgeist (espíritu o alma del pueblo) iban la una de la mano de la otra.

Nota: Fragmento de la “Conferencia Magistral: Francisco Matos Paoli: literatura y nacionalismo” en Conmemoración del Centenario del Natalicio del Escritor y el Cincuenta Aniversario del Pen Club de Puerto Rico Internacional en el Centro de Estudios Avanzados de Puerto Rico y El Caribe, 21 de marzo de 2015 en actividad auspiciada por el Pen Club de Puerto Rico. La misma fue ofrecida otra vez con algunas revisiones en la “Conferencia Magistral: Francisco Matos Paoli: literatura y nacionalismo” en Semana de Puerto Rico. Dedicada a Francisco Matos Paoli. Recinto Universitario de Mayagüez, Anfiteatro Ramón Figueroa Chapel, Mayagüez, PR, 17 de noviembre de 2015 en actividad auspiciada por el Departamento de Estudios Hispánicos.

Una reflexión sobre la Lingüística Boricua de Luis Hernández Aquino


  • Mario R. Cancel-Sepúlveda
  • Historiador y escritor

Comentario en torno al libro: Juan E. Hernández Cruz, editor. Luis Hernández Aquino y el estudio de las voces taínas en Puerto Rico (Lingüística boricua). San Germán: Editorial Xagüey, 2012. 429 páginas. Presentado en el Museo de los Próceres de Cabo Rojo el 11 de octubre de 2012

El volumen que hoy comento, recoge buena parte de las columnas redactadas por Luis Hernández Aquino entre los años 1970 y 1974, en torno a la herencia lingüística de los taínos presentes en el Puerto Rico de su tiempo. Los textos fueron difundidos en forma de columnas periodísticas, la mayoría de las cuales fueron publicados en el diario El mundo. El mundo fue un periódico hispanófilo y políticamente moderado fundado en 1919  que marcó una época en la historia del periodismo puertorriqueño. Otras columnas se difundieron en diversos periódicos y revistas de Puerto Rico y España. Cuando “Lingüística Boricua” se publicaba en El mundo, la empresa atravesaba por una crisis financiera que la condujo a su cierre definitivo en 1987.

 

Hernández Aquino y su tiempo

“Lingüística Boricua” es el testimonio de un momento de inflexión en la historia intelectual y cultural de Puerto Rico. La genealogía del interés de Hernández Aquino por los temas indígenas tenía un origen remoto. Debo recordar que la búsqueda de los “orígenes” constituyó algo así como un vicio para los autores que produjeron su obra en las décadas posteriores a la del 1940. La asociación de los años cuarenta al desarrollo del Puerto Rico moderno, urbano e industrial, y al populismo militante, resulta inevitable. Hernández Aquino es uno de los intelectuales más emblemáticos de aquel momento. El bagaje intelectual con el cual enfrentó aquellos tiempos difíciles poseía unas características peculiares que vale la pena mencionar.

Primero, llamo la atención sobre la vinculación de este escritor a tres de las propuestas literarias más influyentes del siglo 20. Hernández Aquino fue una voz clave para el Atalayismo,  el Integralismo y el Trascendentalismo, tres vanguardias literarias tardías, comprometidas con el análisis y reinvención de la Identidad Nacional con una voluntad que, por aquel entonces, resultada novedosa y retadora. El hecho de que Hernández Aquino fuese a la vez historiador del Modernismo y de las Vanguardias, ratifica su condición de figura protagónica de la historia cultural del país.

El Atalayismo, como se sabe, apareció durante el periodo que va del 1929 al 1935. En aquel entonces la Gran Depresión, el Nacionalismo Político y el Liberalismo Independentista con Antonio Barceló a la cabeza, tenían por tema central el problema político y cultural de Puerto Rico. En aquel contexto, hizo su aparición el Nuevo Trato. El carácter moderador de la política rooseveltiana y el papel de intermediario que cumplió Luis Muñoz Marín,  favoreció la implosión de las fuerzas independentistas y estadoístas. Ambas entraron en un proceso de fragmentación que hizo posible la hegemonía del Partido Popular Democrático tras las elecciones de 1940.

El Integralismo y el Trascendentalismo tuvieron su mejor momento entre 1941 y 1948,  años dominados por el fantasma de la escasez consecuencia de la Segunda Guerra Mundial y los inicios de la Guerra Fría. En 1945, Puerto Rico parecía encaminado a un cambio político radical de la mano de un líder carismático producto de la Depresión: Muñoz Marín.

Las vanguardias en las que militó Hernández Aquino reflexionaron sobre la Nacionalidad Puertorriqueña, su pasado y su futuro, tanto como lo había hecho la generación del 1930 de la cual era un heredero. La afirmación de la  Identidad Puertorriqueña ante la cultura estadounidense, fue una de las claves de la obra de Hernández Aquino. En aquella coyuntura, el autor hizo suyo el asunto de la figuración del indio y se dedicó a la revisión de aquella  cultura. Con ello se confirmaba la relevancia del pasado indígena en la definición de un Yo Colectivo moderno. Una de las pruebas más significativas de ello, fue su libro Diccionario de voces indígenas de Puerto Rico, publicado en 1970.

Es cierto que la integración de los valores del pasado indígena a la  Identidad Puertorriqueña no representó una novedad en la década del 1970. La recuperación del indio podría trazarse hasta el Romanticismo del siglo 19 y las figuras de Alejandro Tapia y Rivera, Ramón E. Betances, Daniel de Rivera y, en cierto modo, Eugenio María de Hostos. En ese sentido, nuestro autor daba continuidad a una aspiración en la cual se había invertido mucho trabajo desde antes de 1850. Hernández Aquino fue una figura esencial  en aquel proceso de recuperación del pasado indígena durante el siglo 20 y esa es una gloria que nadie puede escamotearle.

Hernández Aquino y su papel en  la historia intelectual reciente

Las columnas que incluye “Lingüística Boricua”, pueden apropiarse como una continuación o un complemento del Diccionario… de 1970. Desde mi punto de vista, tienen el valor de que aquí se documentan los debates y los pormenores de una indagación que el lexicón, por su diseño de registro de palabras,  no le había permitido presentar. El Diccionario…. (1970)  y la Lingüística Boricua (1970 a 1974), por su naturaleza y su contenido, representan un momento interesante de la historia cultural e intelectual de Puerto Rico en el siglo 20. Pero el potencial político de este tipo de reflexiones, todavía está por esclarecerse.

El Mundo, 4 de febrero de1966. De izquierda a derecha, sentados Luis Hernández Aquino, Antonio Coll Vidal, Obdulio Bauzá, Samuel Lugo; de pie Guillermo Bauzá, Gaspar Gerena Brás, Francisco Matos Paoli.

La década del 1970 fue un polvorín ideológico fértil para el surgimiento de planteamientos provocadores de todo tipo. En ese aspecto, el 1970 sólo es  equiparable a la década de 1930. El decenio del 1960 había sido testigo de la erosión y deterioro de la confianza de la gente en el proyecto defendido por el Partido Popular Democrático para Puerto Rico. El plebiscito del 1967 y el triunfo del Partido Nuevo Progresista en 1968, son el mejor ejemplo de ello. El 1968 vio la conmemoración del Centenario de la Insurrección de Lares, evento que sirvió de base para una revisión del pasado nacional que marcó la historia intelectual del país hasta el 1990. El interés por el tema del Grito y por la figura de Betances, renació con extraordinarios bríos. Hernández Aquino, lareño e independentista, aportó a aquel proceso no solo su Diccionario… y su Lingüística Boricua: en 1986 publicó en su editorial Sarobei, el volumen Betances, poeta, obra que me remitió con una nota personal en octubre de aquel mismo año a mi casa desde Bayamón.

Las razones profundas para el polvorín cultural que fue la década del 1970 y para la explosión de creatividad de aquel momento, hay que buscarlas más allá de la literatura y la historiografía. La década estuvo marcada por una crisis económica de proporciones gigantescas, análoga a la de 1929, y a la que inició en 2007 y todavía arropa al país. La Recesión de 1971, puso en entredicho los valores del libre mercado, y promovió numerosos proyectos de cambio, algunos radicales, a nivel global.

En Puerto Rico, la situación exacerbó la crítica al pasado populista, a la vez que estimuló el crecimiento de las fuerzas que defendían el estadoísmo como una acción legítima. Desde 1972 al presente, la historia política de Puerto Rico camina por una ruta distinta, alejándose cada vez más del panorama de la segunda posguerra. Hernández Aquino y sus libros son una expresión de aquel momento de cambio.

Hernández Aquino, el tema del indio y este libro

El centenar de columnas incluidas en Lingüística boricua, según han sido organizadas, recuerdan los criterios que una vez usaron para fines similares los clásicos Cayetano Coll y Toste y Juan Augusto y Salvador Perea. La idea de organizar los términos en topónimos, hidrónimos, zoónimos y fitónimos, y el afán por determinar la presencia de los términos taínos en el utillaje y el lenguaje de la vida diaria, no fue una decisión del autor. Se trata de un recurso del editor con el propósito de facilitar acceso a un material que hoy es desconocido para muchos.

El valor de esta colección, aparte de lo que significa como traducción de un momento de la historia intelectual de Puerto Rico, se encuentra en otra parte. La mayor virtud tiene que ver con  el manejo que hizo Hernández Aquino de las fuentes primarias y secundarias. Se trata de una lección de metodología de carácter invaluable. Su curiosidad investigativa lo condujo a realizar una lectura cuidadosa de los Textos de Indias y de la Historiografía puertorriqueña clásica. Es cierto que ese recurso no representaba una novedad. Las Crónicas, Relaciones, Descripciones, Cartas, Memorias e Historias de la conquista y colonización, son una fuente que ha sido consultada desde el siglo 19.

La novedad estriba en la revisión de ciertos  manuscritos del Archivo de Indias que documentaban los trabajos de los indios encomendados y repartidos a los conquistadores y colonizadores. Se trata de nóminas laborales que destacan el papel de los Caciques y Nitaínos, como intermediarios en la entrega de Naborias a los cristianos para que estos ejecutaran una diversidad de labores en las minas y estancias coloniales o en las haciendas reales. Esos papeles documentaban el pago de la cacona a los obreros indios: una camisa de presilla, una caperuza, unos carahueles o calzones, unas alpargatas a cambio de labor eran suficientes.

La lectura de Hernández Aquino documenta también los nombres propios ancestrales de estos taínos quienes, una vez cristianizados, veían como se desplazaba su nombre ancestral a la condición de apellido: se trataba de un simbólico desplazamiento del Yo. El lector se enfrenta a los nombres de pila cristianos al uso que se imponía a los Naborías, Caciques y Nitaínos, por medio de un proceso de cristianización forzosa y abusiva en ocasiones, y aparentemente  voluntaria en otras. Así aparecen Catalina, Isabelica, Leonor, Luisa, Martina, Beatriz, García, María y Alonso,  entre otros muchos. Aquellos nombres de pila se juntaba con  Aracibo, Jamaica, Caguama, Aramaná, Caona, Carate, Cucana, Duey, Guacabo, Macanea, para producir un efecto imaginativo único: ayudar al lector a crea una imagen de carne y hueso del indio y el naboria común. El efecto es que el indio deja de ser una metáfora y se convierte en un hombre o una mujer que vivía una transición que le resultaba incomprensible. Yo los imagino reconociendo que los cristianos hispano-europeos, habían llegado a su mundo a rediseñarlo todo. La conciencia de que la comunidad, según la habían conocido, se encontraba en la frontera de su desaparición física debió ser común.

La publicación de Lingüística Boricua de Luis Hernández Aquino, su lectura cuidadosa, me ha resultado inspiradora. Tengo que confesar que me ha ofrecido un modo alternativo, menos etéreo y más material de apropiar al indio, al taíno, al arahuaco insular que habitaba este territorio antes de la llegada de los europeos. Mi reflexión va en un camino más complicado. La concepción de que la Conquista aspiró a ser un movimiento aplanador se confirma. La meta de los cristianos hispano-europeos era hacer de las tierras y las gentes descubiertas un espécimen hispano-europeo. Libros como este me demuestran las múltiples fisuras de aquella propuesta demoledora.

La Identidad se construye sobre las bases del trabajo y la palabra. Luis Hernández Aquino lo sabía. Purgando un lenguaje se encuentran múltiples trazas de lo que  fuimos o imaginamos haber sido. Recuperándolas se comienza a abocetar las posibilidades de lo que podernos ser.

Las Vanguardias en Puerto Rico: una nueva lectura


Para Carmen M. Rivera Villegas y Jacqueline Girón, por una conversación con Mariam Ludim.

  • Mario R. Cancel
  • Escritor y profesor universitario

Las vanguardias en Puerto Rico, volumen editado por Amarilis Carrero Peña y Carmen M. Rivera Villegas, y publicado en Madrid por  Ediciones La Discreta en el año 2009, trabaja el problema histórico literario de los Movimientos de Vanguardia desde una perspectiva holística y original.

Primero, permite reconocer la relevancia de un elemento determinante que ha sido señalado por buena parte de los autores incluidos en el libro: se trata de la percepción de las Vanguardias, más que como una propuesta estético literaria, como una actitud vital ante los cambios que se manifestaban en su tiempo. Por lo regular se trata de una actitud de crítica y rebelión que confirma la situación del escritor como árbitro del mundo en que vive, y a la estética como un mecanismo de salvación ante lo que se presume es un naufragio. Son actitudes de tiempos de crisis. Ese carácter vital de las Vanguardias, servirá para comprender por qué el vanguardismo regresa al escenario, siempre igual y siempre distinto de sí mismo, como si se tratara de un inmortal maestro de los disfraces.

Segundo, el volumen evade el asunto concreto de las Vanguardias Históricas. La intención, pensada o no de los autores, fue no mirar el catálogo literario que ya había levantado en 1964 Luis Hernández Aquino en Nuestra aventura literaria. Por el contrario, la mirada se desvía hacia la producción de lo que legítimamente podríamos denominar los herederos de aquel momento de flexión. Con ello se supera una situación que he hecho notar en diversas ocasiones en mis investigaciones de historia cultural en torno a la década del 1920. Se trata del hecho de que aquel momento siempre ha sido devaluado a pesar de todo lo que significó como maduración de una respuesta al cambio y como umbral de la llamada Generación de 1930. Las Vanguardias, un fenómeno chispeante de las décadas del 1910 al 1920, siempre resultaron encapsuladas entre dos extremos que llamaron la atención de la crítica histórica, cultural y literaria: el 1898 y la Generación del 1930. No solo se trata de que con este libro se haya roto ese encapsulamiento. También se trata de que en el libro insiste en la figuración de ciertos márgenes que el canon invisibilizó por una diversidad de situaciones. La revisión de la obra de Amelia Ceide por Amarilis Carrero Peña y Carmen M. Rivera Villegas, y la que hace Jacqueline Girón en torno a la poesía erótica urbana de Clara Lair, son una excelente demostración de ello y otra forma de romper con la crítica convencional.

Y en tercer lugar, como historiador cultural, el libro me conduce a una reflexión mayor. En un libro de historia de Puerto Rico publicado en el 2008, hablo de la década del 1920 como una época de “modernidad sin prosperidad”. El comentario viene a cuento de que el cambio visible y contabilizable que padeció el país en manos de Estados Unidos entre 1898 y 1929, significó también el refinamiento del coloniaje y la dependencia. En ese sentido la promesa de Modernización, Democracia y Progreso que muchos vieron en la salida de España y la entrada de Estados Unidos a la vida colectiva nacional, estaba en quiebra. Aquel era un presente de capitalismo dependiente que negaba la posibilidad de la Libertad. Las Vanguardias fueron un discurso descendiente de las Teorías Progresistas de la Historia: en cierto modo fueron una reformulación radical del Relato Hegeliano de la Libertad. El discurso anticapitalista y antiburgués de los vanguardistas y el protagonismo de los artistas en la vida histórica, tuvo un significado particular en Europa en donde el orden capitalista tocaba fondo ante el crecimiento del dólar, situación que se afianzó después de la Gran Guerra de 1914 al 1918. Pero significaría algo muy distinto en la Hispanoamérica, soberana e intervenida, de la Diplomacia del Garrote. Las vanguardias tenían  en Puerto Rico una situación inédita: coloniaje, capitalismo dependiente y un fuerte ensueño popular de progreso que confiaba todavía en Estados Unidos porque no le quedaba otro remedio. En ese sentido, el giro hispanófilo, el nacionalismo político que no espera, el esencialismo pedreiriano, son fenómenos comprensibles en un cuadro de esta naturaleza.

Siempre he pensado que los responsables del emborronamiento y encapsulamiento de las Vanguardias fueron los Hispanistas de la Universidad de Puerto Rico que identificamos con la figura de Antonio S. Pedreira. Ellos fueron los enterradores del Vanguardismo. En ese sentido, el valor simbólico del texto de Carlos Gil, “Pedreira y el parricidio” me parece extraordinario. La inhumación de Pedreira con todos los matices malévolos que le impone Gil, es un marco brillante para la exhumación del código genético de unas Vanguardias que, como un virus, invade a Juan Antonio Corretjer y Julia de Burgos, hasta desembocar en la producción narrativa reciente de un modo siempre igual y siempre distinto. Esa plasticidad de la Vanguardias no las despinta nadie y este volumen lo demuestra al canto.

Está el lector ante una memoria de las Vanguardias. Sería bueno que se inventaran otras, muchas. A mí me gustaría volver sobre la discusión del fenómeno en la bibliografía literaria puertorriqueña. Mirar como trataron el asunto Hernández Aquino, Rosa Nieves, Manrique Cabrera, Rivera de Álvarez, entre otros. Algunos de  estos autores se percibieron como vanguardistas, hecho que le da un valor especial a su testimonio. También sería saludable volver sobre la chispa que encendió aquel fuego de larga duración y atisbar como Hernández Aquino manufacturó aquel complicado y solitario proyecto. El archivo de ese inolvidable amigo existe y no ha sido revisado con calma todavía. Pero eso quedará en el tintero de momento. Espero que no tenga que  esperar hasta el otro centenario de las Vanguardias porque entonces estaré muerto.

Ver también Las Vanguardias en Puerto Rico en esta bitácora.

Las vanguardias en Puerto Rico


  • Mario R. Cancel
  • Escritor y profesor universitario

Comentario en torno a  la publicación de Amarilis Carrero Peña y Carmen M. Rivera Villegas, eds. Las vanguardias en Puerto Rico. Madrid: Ediciones La Discreta, 2009. 456 págs.

Amarilis Carrero Peña y Carmen M. Rivera Villegas, colegas del Departamento de Estudios Hispánicos del Recinto Universitario de Mayagüez, acaban de publicar el volumen Las vanguardias en Puerto Rico. Se trata de una valiosa colección de lecturas en torno al fenómeno de las vanguardias  literarias en Puerto Rico y su impacto. El centenario de las vanguardias tiene en este volumen su testimonio más maduro. Se trata de un libro que actualiza la discusión abierta por Luis Hernández Aquino en su clásico Nuestra aventura literaria de 1964.

vanguardiasUna de las novedades de esta colección es que no solo se revisa el papel de las vanguardias en el contexto literario. La escritura vanguardista, una actitud que marcó la praxis interpretativa antes y después de la Primera Guerra Mundial, entra en la sección “Otros contextos: crisis culturales en clave vanguardista”, en un rico diálogo con las discursividades políticas, sociales y culturales que marcaron el debate en el país hasta 1940. Del mismo modo, “Pretextos: El legado vanguardista en la creación contemporánea” propone una serie de procesos por medio de los cuales la actitud vanguardista se reformula en un presente cultural de cambio.

Esas búsquedas, atrevidas a veces, inusuales en otros casos, permiten mirar a las vanguardias como algo más que una protesta literaria contra el anquilosamiento de los valores sagrados de Occidente y la Modernidad. De hecho, conectan aquella creatividad lo mismo con la llamada Generación del 1930 por medio del ensayo de Carlos Gil; con la música popular puertorriqueña como es el caso del texto de Jaime L. Martell Morales; con la discusividad política preciosista y simbolista de Luis Muñoz Rivera como sucede en el trabajo de Aníbal J. Aponte Colón; con las teorías económicas del dólar que se insertaron en los primeros años del dominio americano en Puerto Rico como hace José Anazagasty Rodríguez; o con la danza como logra Marisa Franco en su trabajo sobre Viveca Vázquez.

Igualmente, los ensayos de crítica literaria penetran la escritura vanguardista con una óptica abierta que mira lo mismo hacia la obra de Juan Antonio Corretjer y Clara Lair; o se desvían hacia José de Diego Padró y Graciani Miranda Archilla. Las investigaciones de Magda Graniela, Jacqueline Girón, Alberto Ameal Pérez y Elidio la Torre Lagares, representan una aportación a la discusión de un tema muchas veces pospuesto en la critica nacional.

Por último, el valor mayor de este libro radica en su polifonía. Voces de una diversidad de disciplinas y formaciones –comparatistas, hispanistas, caribeñistas, historiadores culturales, sociólogos, filósofos, politólogos y lingüistas- se encuentran para enfrentar la palabra. Nada más enriquecedor que esa apertura y esa diversidad. Amarilis Carrero Peña y Carmen M. Rivera Villegas, las editoras, han elaborado un proyecto de debate original que debe servir de modelo para la academia.

A %d blogueros les gusta esto: