Eugenio María de Hostos literato: la novela


  • Mario Cancel Sepúlveda
  • Historiador y escritor

Los especialistas señalan la existencia de un título inicial que algunos dan por perdido y otros explican como un proyecto novelístico inconcluso. Se trata de La novela de la vida, obra de juventud redactada hacia el año 1859. Hostos Bonilla apenas contaba con 20 años. Lo que hoy se juzgaría como el atrevimiento de un joven inexperto, para muchos críticos la novela es un género de la madurez, parece haber sido moneda común en el siglo 19. Alejandro Tapia y Rivera escribió antes de los 22 años sus dos obras iniciales, a saber, la novela El heliotropo y el drama Roberto D’Evreux.

Los estudiosos del universo hostosiano han adelantado la hipótesis de que el breve texto titulado “La última carta de un jugador”, clasificado por su extensión y naturaleza como cuento, puede ser leído como el primer capítulo de aquel ambicioso proyecto. El título mismo de la novela sugería la elaboración de una reflexión profunda sobre el misterio de la existencia en una era de grandes transiciones y conflictos. El fragmento de la novela, si lo fue realmente, posee estructura epistolar y está redactado en un tono confesional apasionado matizado con numerosos elementos autobiográficos. Los lectores asiduos y cuidadosos de la producción de Hostos Bonilla reconocerán en “La última carta de un jugador” la inflexión que domina la retórica de este autor en las entradas del diario íntimo y en algunas crónicas periodísticas reflexivas e intensas como, por ejemplo, “En la tumba de Segundo Ruiz Belvis” redactada 1873 o “Recuerdos de Betances”  que corresponde al 1898. En todas ellas la muerte se convierte en epicentro de una reflexión filosófica penetrante. En estos últimos dos textos, la emocionalidad y la voluntad de transformar al objeto de la elegía en un modelo trágico, a la manera de la búsqueda de una “facultad maestra” que elaboraba Hippolyte Taine en su historiografía que tanto influyó en la reflexión biográfica puertorriqueña durante el siglo 19, se impone.

“La última carta de un jugador” es la confesión de un joven pupilo a su madre de la culpabilidad que siente por haber echado a perder en juegos y apuestas la asignación que le dispensaba su familia para su formación profesional. Los nudos del conflicto, propios de una cultura de la culpa como la cristiana, exceden los límites de lo puramente religioso hasta secularizarse casi por completo. El personaje central se halla atenazado por la seducción del suicidio, un tema común de la discursividad romántica que también se manifiesta en el relato de Betances Alacán que gira alrededor de su prometida muerta, “La virgen de Borinquen” escrito en 1859. Los críticos que afirman el carácter autobiográfico de este angustioso relato se amparan en la peculiar e incómoda relación que tuvo Hostos Bonilla con su madre Hilaria y en el hecho de que el joven educando puertorriqueño mientras estuvo en Bilbao y Madrid, en efecto, echó a perder una parte significativa del estipendio familiar a lo largo de su atropellada vida de estudiante. La relevancia de este breve y emotivo texto es que en el mismo se establecen unas tendencias propias de la personalidad y la cultura romántica que se reiterarían a lo largo de la vida civil y literaria de Hostos Bonilla y que imprimirían originalidad a su producción literaria.

El otro texto narrativo novelesco del intelectual mayagüezano posee preocupaciones análogas. Se trata de La tela de araña escrita en 1863 a los 24 años, manuscrito perdido y reencontrado en 1991 en los archivos de la Real Academia de la Lengua Española por el investigador Argimiro Ruano quien, luego de transcribirla y anotarla, la dio a la luz pública en 1992 en una edición local un tanto descuidada en la ciudad de Mayagüez. La obra volvió a ser transcrita y anotada por un equipo de trabajo encabezado por Vivian Quiles-Calderín, y en 1997 volvió a publicarse como parte de la obra completa con un comentario del profesor Ernesto Álvarez quien, junto al poeta Julio César López, también había participado en la revisión del complejo manuscrito. Un conjunto de debates que, en última instancia, carecen de relevancia obscurecieron este hallazgo de relevancia extraordinaria para la comprensión de la obra literaria del pensador de Mayagüez.

La tela de araña se desarrolla en el Madrid de mediados del siglo 19 y es un estudio moral, entiéndase social, de las relaciones familiares en medio de un mundo corrupto y lleno de peligros para la integridad de la misma.  El texto articula una censura a las trampas o tentaciones que la sociedad, esa metafórica “tela de araña”, tiende al individuo esclavizándolo a las pasiones. El retrato crítico del orden burgués que se desenvuelve en la Europa decimonónica es clave. La impugnación de los valores burgueses que todo lo invaden, a fin de cuentas el ámbito en el cual madura el pensamiento sociológico moderno, anima toda la narración, objeción que se enuncia sobre la base de una moral secular exigente y austera. La novela señala como la más peligrosa de aquellas trampas la mutilación de la individualidad y la homogeneización del ser humano. La textualidad puede ser leída como un alegato individualista neto, uno de los valores centrales del pensamiento social y la sociología de Hostos Bonilla. De igual modo, puede apropiarse como una crítica a la inmoralidad que medra en la ciudad burguesa y como la propuesta de una moralidad racional alternativa. La primera y la segunda lectura no son excluyentes, por cierto.

En esta narración creativa larga, igual que en su narrativa creativa corta, la reflexión se impone sobre la narración por lo que la obra no encaja en el canon de la novela clásica. La trama se edifica alrededor de un triángulo amoroso y de un acto de infidelidad que no se consuma. El triángulo configurado entre Roberto, Consuelo y Palma, es un microcosmos o fractal del todo social por medio de cuyas eventualidades se proyectan las complejidades de la “tela de araña”. El estudio de la familia se elabora como el de una sociedad porque, después de todo, aquella es una de las estructuras naturales elementales de la otra.

El tono del discurso de la narración confirma la concepción propia de aquel siglo de lo femenino como sujeto de lo masculino. La arquitectura de la trama yuxtapone en Palma, esposo de Consuelo, la figura del esposo con la del padre y legitima su condición como la figura que domina la “vida privada” o la domesticidad amparado y legitimado por su racionalidad. La sugerencia de que ese valor proyecta una carencia en la figura del Consuelo está implícita pero la esperanza de que ella pueda adquirirla por medio de una educación científica bien articulada desde la masculinidad también. La asimetría hombre-mujer no se ponía en duda en aquel contexto.

Las palabras que el autor pone en boca de Palma manifiestan todo un arsenal reflexivo extraordinario. La racionalidad que presume el esposo-padre se certifica con argumentos organicistas. Palma es mucho mayor que Consuelo y la juventud de la esposa y, en última instancia, su virginidad, candidez o condición de tabula rasa, garantizan su fertilidad a la hora de sembrar la semilla de la racionalidad. La escuela en la cual esta educación se ejecuta es precisamente la “vida privada” o el “adentro” del hogar o el oikos: la habitación de la pareja, el cuarto de estar, el patio interior, siempre protegido del agresivo mundo exterior.

La “tela de araña” y sus peligros se significan en la “vida pública” o el “afuera”. Roberto, la otra parte del triángulo, entra en contacto con Consuelo cuando la ve muy niña corriendo hacia el balcón de su casa durante un día de fiesta, y expresa su pasión años después durante una fiesta callejera de máscaras en medio de un carnaval como los que se llevaban a cabo en la Gran Vía de Madrid. En ambas situaciones -la niña de 14 años que juega y la mujer casada en la calle- Consuelo se encontraba en una posición vulnerable que la ponía al alcance de Roberto.  La austeridad moral del discurso se transparenta. La sugerencia de que el carnaval es el escenario del instinto, de la liberación de la carne y los frenos morales y que representa una amenaza a la integridad de la mujer es obvia.

Pero si bien el relato confirma la concepción de que la sociedad o “tela de araña” está dañada o “enferma”, también se sugiere la capacidad racional de “sanarla” que Hostos Bonilla, el sociólogo, manifestaría con tanta confianza en su concepción de la “sociopatía”. En términos generales, el concepto no plantea muchas complicaciones: la “sociedad sana” es la que obedece a la “razón”. Después de todo, obedecer a la “razón” es actuar de acuerdo con las exacciones o reclamos de la “naturaleza”, lo que somos sin saberlo y sin poder controlarlo, que conduce de manera ineludible a la ansiada “armonía”. Hostos Bonilla como Immanuel Kant, apropiaba la “moral” o el “acto social” como un imperativo natural inescapable. No cabe la menor duda de que, en ocasiones, da la impresión de que posee la moral de un cuáquero por su carácter puntilloso e insistente. Sin embargo, la misma metáfora del cuáquero también ha sido aplicada a la persistencia de Betances Alacán para con su causa separatista independentista. El fundamentalismo moral, ideológico o religioso plantean problemas análogos, es cierto, pero también poseen enormes diferencias el uno del otro.

La crítica insiste en que esta novela contiene también un fuerte componente autobiográfico. Los paralelos con el escenario de “La última carta de un jugador” son visibles. La figura de la madre es crucial tanto para el estudiante irresponsable como para Consuelo. También lo son las tensiones que se desarrollan entre una y otra parte a la luz de la sensación de que se ha incumplido con ella. El hecho de que las discusiones morales, sociológicas o filosóficas se expresen en el marco de la “vida privada” y la familia y que, en ambos casos, la “vida pública” sea interpretada como un riesgo también. Las angustias existenciales que proyectan estos personajes ausentes de racionalidad o inseguros de ella como los “hombres/mujeres de poca fe”, son otro elemento común. Por último, igual que el estudiante dibuja un Hostos Bonilla que ya había sido, la Consuelo de 14 años prefigura la Belinda Ayala que Hostos Bonilla convertirá en esposa y que transformaría en uno de los personajes centrales de la narrativa creativa corta que discutiré más adelante.

El pasado-futuro imaginario: reflexiones sobre dos parodias


  • Mario Cancel Sepúlveda
  • Catedrático de Historia y escritor

 

La reflexión sobre los comicios de 2012 ha sido enriquecedora. Al margen de las reflexiones y las pasiones, la percepción de que el país se encuentra en un cabo se confirma. Parece ser un momento apropiado para tomar decisiones. San Juan y el Estatus siguen siendo los asuntos más dramáticos en este escenario. Por un lado, se celebra un cambio administrativo que calmará a muchos por algún tiempo: se trata del regreso al poder de los populares a la capital que ellos inventaron.  Por otro lado, se abre una fisura en el entramado de la relación colonial que vuelve a dejarlo tras una nube de niebla. Vale la pena mirar ambas cosas de una manera esquiva.

 

Alejandro Tapia y Rivera y Salvador Brau Asencio, historiadores y escritores

Primer movimiento: San Juan

Para Carmen Yulín Cruz

En 1880, Alejandro Tapia y Rivera (1826-1882), publicó un cuento ingenioso: “El loco de Sanjaunópolis”. El texto volvió a imprimirse en 1938 en Cuentos y artículos varios, publicado por  la Imprenta Venezuela de la capital. En aquel relato, la pasión por lo fantástico que caracterizaba a Tapia, lo condujo por los caminos de la locura. La enajenación de Don Venancio, su personaje, era el apoyo idóneo para que el escritor pudiera decir lo que pensaba en torno a la hoy venerada ciudad de San Juan. La actitud de Tapia, un consumado hegeliano como los había en Puerto Rico y además buen conocedor del árabe, recuerda  la de Manuel Alonso Pacheco. En su estampa “Los sabios y los locos en mi cuarto”, publicada en El gíbaro (1849), irrumpía en una nave de los locos con el fin de demoler  las prácticas de los alienistas y el inhumano trato que se daba en los sanatorios de España y Puerto Rico a aquellos pacientes / delincuentes.

El producto del ejercicio de Tapia fue excelente. En los pliegos que componen “El loco de Sanjuanópolis”,  no hay nada que se parezca ni por un asomo a los versos manidos que inyectan la letra de “En mi Viejo San Juan”, uno de los iconos de la nostalgia romántica del migrante de la Era del Populismo. Tapia aprovechó la locura de  Don Venancio, como Cervantes la de Vidriera, para fiscalizar el signo más fiel del Imperio Español en Puerto Rico, la Ciudad Amurallada. Esa ciudad fue transformada en el siglo 20 en el emblema de una Hispanidad que hoy resulta disfuncional y anacrónica. Las figuras de la Princesa Fela y el Pedronavidas Santini, parecen brotar como un hongo de las paredes del Callejón del Tamarindo.

La Sanjuanópolis de Tapia, como el San Juan de Santini, era “una ciudad de las Quimbámbulas: ciudad desgraciada,  si  las hay”. Claro que aquel autor miraba el asunto desde otros extremos. Incluso no vacilaba en hacer burla de su ubicación contradiciendo al propio Joan Ponce de León: montada “en un islote largo y estrecho como no sé qué, sin agua corriente y sin más espacio que el que podía necesitar allá en su origen”, en ella solo podía crecer el “vecindario”, la gente, “pero no la ciudad”. Sanjuanópolis es un intento fallido de polis o civitas.

En aquel escenario pululaba Venancio o “don Venancio, como las gentes le designaban para hidalguizarle”. Tapia duda de aquella hidalguía, como antes había dudado Fray Damián López de Haro en su  Carta (relación) (…) a Juan Diez de la Calle (1644). Con un humor bien calculado y ácido, López de Haro aseguraba que en San Juan “los que no vienen de la casa de Austria, descienden del delfín de Francia u de Carlomagno”. Tapia no se queda atrás. Entre el  “gran número de zánganos” que la habitan, la “abeja” Don Venancio adolece de falsa hidalguía y señorío hueco. Si acaso era hidalgo de gotera, reconocido sólo en los límites de su aldea pero invisible cuando salía a otra.  El cadáver de una sociedad que no ha nacido de Mis memorias, ya estaba allí como una imagen de satería.

Don Venancio enloquece y comienza a decir cosas impropias que nadie se atrevía proclamar. Enloquecer es decir lo que se ve a pesar de los cosméticos. El loco pedía “agua y ensanche para la desdichada San Juan o polis”. La demencia de Don Venancio, es cierto, se convirtió en un bien común, como cuando Sancho la añoraba en el lecho de muerte del Quijote. Tapia lo sintetiza en un acierto sencillo: “el sueño de hoy suele ser la realidad de mañana”. La parábola contenía, sin embargo, una lección trágica: a pesar de que todos reconocían que su locura era cordura “dieron con él en el manicomio” donde murió de viejo sin ver cumplidos su deseos.

En 1893 comenzaron a derribar las murallas.

 

Segundo movimiento: el Estatus

Para Ricky Roselló

Salvador Brau (1842-1912) da otra pista sobre este proceso electoral. Poco antes de morir escribió “El cuento de Juan Petaca” que apareció en la Antología puertorriqueña de Rosita Silva en 1928. Se trata de un relato fantástico montado en la idea del huida y el retorno, comparable a “Viajes de Escaldado” de Ramón E. Betances, pensado en 1887. Brau camina hacía el sci-fi político a la vez que elabora una distopía que, como la de Luis Abella Blanco, se fijaba en la independencia futura de Puerto Rico tanto como seduce a Ricky Roselló la Estadidad hoy.

En Brau, el antiamericanismo de los primeros años de la invasión, herencia de una hispanidad que perece y traducido en el programa de los partidos Liberal y Unión de Puerto Rico, son ridiculizados. El autor es tan cínico como cualquier republicano de su tiempo: las clases políticas nacionalistas responsabilizaban a Estados Unidos de la pobreza de Puerto Rico “por negarse a tomar café borinqueño y empeñarse en empacharnos con arroz de puyita”. La migración de Juan Petaca es un acto irracional marcado por la regla “¿Dónde vas, Vicente? — Donde va la gente”. En 1915 estaba en Yucatán cultivando maguey. Yo le diría a Brau, por lo menos ya no temían que “los cogiera el holandés”: el holandés estaba en casa.

Sólo lejos de la patria Petaca aprende “lo que representan la inteligencia, actividad y método de cada abeja en el maravilloso producto que se acumula en la colmena.” El pesimismo de Brau con la nación viene del 1886 o antes, me consta, lo he leído en su correspondencia. El retorno de Petaca-Odiseo se da en 1915 al proclamarse la Confederación de las Antillas y la soberanía en el país. Es el triunfo de las ideas de Betances, Eugenio M. de Hostos y José de Diego. Brau era un profeta: murió antes de la Gran Guerra pero imaginaba lo que se soñaba sobrevendría al cabo de las paces de aquel conflicto. El nuevo Puerto Rico dejó atrás la caña, el café y las frutas: es una potencia vitícola.

Durante el regreso a la patria vía Santomás, conoce un catalán que procedía de Puerto  Rico. El catalán, como Gabriel García Márquez, pensaba que a los puertorriqueños no se les podía hablar de lógica “pues eso implica razonamiento y mesura y los puertorriqueños son hiperbólicos y exagerados”. Sus comentarios son aclaradores: el vino estaba hecho de uvas playeras y la Confederación no era sino un remedo construido con la isla grande, las islas municipio y los cayos que las rodean. El Gobierno Provisional había decretado el cultivo obligatorio de sansevieria -“Espada de San Jorge” o “Lengua de Suegra”- para producir tejidos sin poseer la infraestructura para la industria textil,  y Estados Unidos se había ido porque no soportaba el Caribe: “¡Hasta el mismo Job, con toda su paciencia, hubiera hecho otro tanto!”

Una vez en Puerto Rico, Petaca se pone conversa con Cándido Manganilla, botero de Cataño y militante de una sociedad secreta llamada “El Coco Sarazo”, la cual está adscrita a la Junta Revolucionaria de Nueva York -Brau sabía lo que estaba parodiando-. Su opinión es terminante: la “confederación” es “conflagración” y la revolución es necesaria. Hay que “traer otra vez a los americanos; pero con Sampson y dos vapores de tres chimeneas, como aquel que les sacó andadura a algunos tullíos, cuando la guerra”.

Brau proyectaba a su país como uno que esperaba demasiado del Imperio, pero que no tenía poder de regateo para conmover a los yanquis. “Una cosa es la humanitat y el negosio es otra cosa”, sostenía el catalán citando  El tanto por ciento, comedia de Abelardo López de Ayala. Antes, como ahora, el lenguaje amenazante que se usa ante Estados Unidos se reduce al contradictorio “o firmas este puñal o te clavo este papel”. El Juan de Brau se reconoce como el más Petaca de todos los Juanes. La idea de que el puertorriqueño era “masa” y no pueblo, principio con el que jugaron Hostos, Rosendo Matienzo Cintrón y Antonio S. Pedreira, está allí otra vez, como siempre.

En 1917 impusieron a los puertorriqueños la ciudadanía estadounidense.

Final

Ya Tapia y Brau hicieron su esquiva propuesta. Ahora le corresponde al lector…

Nota: publicado originalmente en la revista 80 Grados

El loco de Sanjuanópolis


  • Alejandro Tapia y Rivera (1880)
Nota: El texto que sigue fue escrito en 1880 por Alejandro Tapia y Rivera (1826-1882) y volvió a imprimirse en 1938 en Cuentos y artículos varios, obra difundida por  la Imprenta Venezuela de la capital.

Tal vez no hayan encontrado los lectores el nombre de esta ciudad en los tratados de Geografía porque sin duda figurará en ellos con otro cualquiera. Nosotros sabemos que eso fue una ciudad de las Quimbámbulas: ciudad desgraciada, si las hay.

Esto puede suceder, puesto que las poblaciones suelen como los individuos, obedecer durante su vida a las circunstancias que rodearon sus cunas. Las hay indudablemente felices, por su asiento en lugar apropiado a su desarrollo, con la proximidad de algún buen río que no sólo apague la sed de los habitantes, sino que sirva para la industria, el aseo y hasta el ornato público, pero existen otras poblaciones que muestran a las claras el desacierto que presidió a su fundación. Esto aconteció con la pobre Sanjuanópolis. Supóngase el lector que la situaron en un islote largo y estrecho como no sé qué, sin agua comenté y sin más espacio que el que podía necesitar allá en su origen; y para mayor desgracia suya, eran tales los asaltos de corsarios y otros enemigos extranjeros, que hubieron de considerar los vecinos de antaño, como salvación, las murallas con que se vieron precisados a cercarla.

Con el tiempo creció como era natural, el vecindario; pero no la ciudad; convirtiéndose las casas en colmenas con gran número de zánganos, por cierto.  Huyeron los corrales y el arbolado que les daba oxígeno, sombra y fresco y, por consiguiente, salud del vecindario;  con aumento prolífico de sabandijas, insectos y lo que es más deplorable, de los zánganos referidos.

Entre las abejas, había un infeliz que, según sabemos, se apellida Venancio o don Venancio, como las gentes le designaban para hidalguizarle o porque naciera hidalguizado.

¡Pobre don Venancio! ¡Pues no dio en la manía de quejarse a todas horas de cuanto llevamos dicho! Lo peor es que predicaba en desierto, y llegaron a tomarle hasta por demente.

Pero al cabo fueron todos enloqueciéndose a su vez puesto que corporaciones y particulares comenzaron a murmurar primero y a quejarse después, de la falta de aire, de luz y de salud, así como del aumento de sabandijas, insectos y zánganos en tan reducido espacio.

Esto venía a corroborar aquello de que el sueño de hoy suele ser la realidad de mañana; pero don Venancio al oír que todos, en vez de contradecirle o de escucharle con indiferencia como antes, le iban ahora con la corriente, acabó de perder los estribos de puro gozoso.

Sin embargo, como veía que todas eran exclamaciones y palabras, y de acá para allá y de allá para acá, y papel, y discursos y escribir; y que el tiempo corría y él necesitaba establecer una industria, y no había casas; que quería mudarse porque se ahogaba, y no había casas; que se moría de hambre porque todo se lo llevaba el estupendo alquiler, y no había casas; que tenía que ir preguntando a los transeúntes y a todo el mundo, de antemano: “¿Cuándo se muda usted para habitar la pocilga que usted vive, porque no se encuentran casas?” y que por último, veía disputarse y pujar como en subasta para llevarse una destartalada habitación, cual si se tratase de una mansión olímpica, porque no había casas; etc., etc., concluyó por decirse: “Pero, señor, ¿qué se han hecho las casas de esta ciudad? ¿Qué diablo de ciudad es ésta que todo lo tiene: pulgas, sabandijas, zánganos, patios húmedos, agua de aljibes, (sucios hoy mañana secos), letrinas horribles, focos de infección y de otras cosas, y no tiene casas?”

El infeliz don Venancio se quejaba, y se quejaba… como en el desierto; sin embargo de que oía quejarse a los demás de lo mismo, pero… con igual fruto.

-Habláis de la higiene física —les decía caluroso—, ¿pues y la higiene moral? ¿Qué educación puede haber para vuestros hijos con el baturrillo de gente que pulula en los bajos y corrales de vuestras casas? ¿Qué obtendréis de esa mezcolanza de clases  tan desacertada, en que los de abajo no mejoran y los de arriba pierden? ¿Qué criados habrá que no acaben de malearse con zahúrdas semejantes? Qué palabrotas para los oídos de vuestras hijas, qué cinismo en las conversaciones; qué insolentes disputas con el de arriba y a deshora, por el uso nocturno de la puerta de la calle, qué algazaras a media noche con las riñas y peloteras; qué alarde de mancebías y qué mezcla de requiebros, arañazos y cosas inaguantables, y todo, porque el casero quiere aprovechar hasta el rinconcillo más inmundo o porque no se cabe en la ciudad! Tapiad los oídos de vuestros hijos, y tapiad sus ojos, sobre todo los de vuestras hijas, porque de seguro que nada saludable podrán sacar sus almas de semejantes focos de pestilencia.

Así decía el pobre don Venancio, y todo el mundo le hacía coro y repetía lo mismo; sólo que aquel se trastornó de tanto desear el ensanche, de la ciudad; porque sabido es que para volverse loco, nada más a propósito que fijarse en una idea y soñar con lo imposible. Y como este imposible era posible en el juego de será y no será, de ya va a ser y va a no ser, su cerebro trastornaba más y más.

-Pero señores —decía—, creo en el mejor deseo de la administración. Por lo tanto, no comprendo por qué no se hace hoy lo que habrá de hacerse mañana. Si al cabo es de necesidad, ¿a qué oír más razones? No hay razones posibles contra la necesidad, y mañana nos asombraríamos de los fútiles que habrán venido a ser las razones de hoy. Quien dé a la sediente y apretada Sanjuanópolis, agua y ensanche, le habrá dado vida y será su mejor padre.

Pero don Venancio estaba cada vez más rematado, daba lástima oírle gritar constantemente: ¡agua y ensanche para Sanjuanópolis!

De suerte que no era cosa de tolerarle por más tiempo. Los vecinos quejábanse de aquel charlar de día y de aquel vocear de noche, sobre un mismo tema que les aturdía y quitaba el sueño.

Verdad es que solían decir: “Este loco tiene razón; pero ¿qué vamos a hacerle? No nos deja dormir y es forzoso encerrarle.”

Y dieron con él en el manicomio, y allí volvía más locos a los demás o los aturdía con sus repeticiones de ¡agua y ensanche, agua y ensanche! Y fuese enflaqueciendo, y sólo le quedaban pulmones para gritar lo mismo noche y día.

Por fortuna de la ciudad, los demás vecinos, aunque contagiados por su idea, le oían desde lejos, y no se exacerbaba tanto su deseo de agua y ensanche; que a dar todos en la manía de gritar del mismo modo, habría habido que complacerlos, sobre todo en lo del ensanche y en lo del agua, allá por Mayo; pero la demencia de nuestro hombre era pacífica y periódica, según la luna, aunque no dejaban de estar todos monomaniacos, si bien decían sólo por lo bajo: agua y ensanche.

Don Venancio la había tornado por lo alto, y por eso se hizo un loco más insufrible. Vivió muchos años y siempre loco y gritando, a pesar de su encierro: agua y ensanche. Y ya por último enronqueció y repetía con dificultad sus furiosas palabras.

Y cuando no pudo ya decirlo con la garganta, lo expresaba por señas.

Murióse de puro viejo; y en su última hora, repitió lo mismo, allá como pudo.

-¡Agua y ensanche para la desdichada San-Juan-ó-polis! —fueron sus últimos acentos.

Descanse en paz el pobre loco.

El infeliz tal vez hubiera recobrado la cordura, si da en vivir un siglo o algunos siglos más, y llega a ver realizada su manía. ¿Pero quién va a ser eterno? ¡Más vale morirse!

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