Conversación con Mario R. Cancel Sepúlveda


  • Dr. Wilkins Román Samot

Mario R. Cancel Sepúlveda (Hormigueros, 1960-) es catedrático de Historia y Ciencias Sociales en el recinto de Mayagüez de la Universidad de Puerto Rico. También es docente de Estudios Puertorriqueños y del Caribe en el Centro de Estudios Avanzados de Puerto Rico y el Caribe, allí en el viejo San Juan, Puerto Rico. Cancel Sepúlveda, contrario a otros, no llegó vacío a su cátedra universitaria. Junto a él trajo una caja de investigaciones, poesías y relatos realistas y no reales, producto de una vida prodigiosa de trabajo creativo desde los márgenes. Ya en la cátedra, ha mantenido una tendencia de profundidad y rigor intelectual que sin duda no creo mentir si le considero el principal historiador puertorriqueño de su generación. Tuve la bendición de encontrarlo en mi camino por la Universidad de Puerto Rico. Mario, como le decimos Carlos y yo me ha contestado unas preguntas con el mismo rigor con que investiga, educa y escribe. Comparto con vosotros sus atinadas respuestas.

1.1 Wilkins Román Samot (WRS, en adelante) – Lo conocí hace algún tiempo. Vos fue mi profesor, yo, un estudiante que aprendió a investigar y cuestionar con vos, como también lo hizo ese Carlos que nos une, y que tuvo la osadía de escribir un cuento de o sobre sus botas. Desde entonces, hemos mantenido cierto contacto dentro de la distancia, teniendo la oportunidad de reseñar parte de sus trabajos de investigación. Cierto es y sería decir que llegué, eventualmente, a estudiar al Centro de Estudios Avanzados de Puerto Rico y el Caribe, Viejo San Juan, Puerto Rico, por esa lección de investigación que sin duda fue tomar con vos ese curso de Humanidades en la Universidad de Puerto Rico. Lo que digo, lo digo creo que también por ese Carlos que nos une, con quien he mantenido desde entonces esa cultura de intercambiar información entre nos, que aprendimos con vos hace ya más de dos décadas. Si algo, siempre he apreciado de vos, es su persistencia en escribir y re-escribir desde los márgenes de la historia la literatura y la historia desde la literatura, dentro del marco de la historia y la micro-historia, de la biografía y de los estudios culturales puertorriqueños y del Caribe. Hace unos días, nos hemos vuelto a encontrar, y me ha dejado constancia física de su nuevo trabajo de investigación histórica. Se trata de De Horomico a Hormigueros: 400 años de resistencia (San Juan: Editorial 360 Grados 2016). No sabía que Hormigueros tuviera historia, menos una de resistencia, pero creo que vos sí, e insiste en que sí le tiene y vale la pena conocerle, recordarle y estudiarle. ¿De qué tratas en este trabajo de investigación micro-histórica? ¿Cómo integras vuestra formación trans-disciplinaria a éste y sus otros trabajos creativos como docente e investigador?
Wilkins Román Samot y Miguel Rodríguez López con el escritor

Wilkins Román Samot y Miguel Rodríguez López con el escritor

1.2 Mario R. Cancel Sepúlveda (MRCS, en adelante) –La historia es un relato de la imaginación que siempre se reinventa a la luz de las circunstancias desde las cuales se piensa. En ese sentido lo que hacemos con el pasado es una aproximación creativa y, por ello, exigente. Es una forma de la conciencia que todos los seres humanos y todas las comunidades poseen en el marco de los más diversos grados de complejidad. Cuando se afirma que Hormigueros tiene una historia que puede ser contada se señala lo obvio. Es posible que para historiografía tradicional el acontecer local no constituyese una historia legítima pero, después del desenvolvimiento de la Nueva Historia Social, la Historia Cultural y los Estudios Culturales en el siglo pasado sería una presunción paradójica.

La resistencia a la que se refiere el título se refiere a una diversidad de índices. Los ensayos de libros miran en varias direcciones. Primero, el relato panorámico del pasado hasta mediados del siglo 20. Segundo, un estudio denso de los antecedentes del culto de la Virgen de Monserrate, uno de los signos identitarios claves de la comunidad. Tercero, una revisión de la historiografía sobre Hormigueros desde 1898 hasta 1980. Cuarto, un ejercicio análogo desde 1980 hasta el 2000. Y quinto, un retorno al tema del culto religioso a la luz del 1898. El prefacio y el epílogo son reflexiones teóricas sobre lo que significa la historia, la microhistoria social y la cultural, en el proceso de reflexión.

El concepto resistencia apela a esos nudos que plantea el volumen y que marcaron el pasado local. Se manifiesta en la invisibilidad de un pueblo pequeño en el territorio de las miradas de la macrohistoria por su condición de zona de competencia entre dos poderes regionales de relevancia: Mayagüez, que desde el siglo 18 significó las fuerzas modernizadoras, y San Germán, que desde el siglo 16 representa la tradición. La identidad de Hormigueros se cuaja en ese escenario contradictorio compartiendo valores de ambos extremos. No en balde fue barrio de San Germán hasta 1874 y de Mayagüez entre 1898 y el 1912.

Resistencia también invoca a otras zonas de conflicto. El estudio de la microhistoria cultural me ha demostrado que las comunidades pequeñas se resisten al imperio o la autoridad de los relatos nacionales o a las presunciones totalitarias de la identidad colectiva. La identidad colectiva o nacional es un producto intelectual muy valioso de los últimos 250 años, pero la micro-identidad comunitaria es una praxis rica en matices que debe estudiarse con la misma intensidad.

Y resistencia porque esa micro-identidad comunitaria  presenta contradicciones que la enriquecen. En Hormigueros los elementos clericales y seculares, tradicionales y modernos se encuentran y desencuentran. En el cosmos local, como en el nacional, el poder institucional, el poder eclesiástico, las clases sociales que se mueven en el mercado, la intelectualidad y la gente, generan sus propios relatos que chocan y, en su oposición, validan un ejercicio como este. La búsqueda se da en todas esas orientaciones con el propósito de confirmar que “el pasado” es un mito: de los se trata es de buscar “los pasados” en plural.

2.1 WRS – En el 2007 presenté en el Museo de la Historia de Ponce, Historias marginales: Otros rostros de Jano (Mayagüez: CEPA 2007). Tratabas, en este libro, de historiar la historia de los márgenes desde los márgenes, bien la del espiritismo, la prostitución, la literatura no oficial o no canónica. Sé que no fue la primera ocasión en la que se acercaba así a lo marginal. ¿Cuál considera vos es su mayor contribución a la historia cultural y crítica dentro del contexto de este trabajo creativo de investigación y de esa manera de mirar desde los márgenes aquello que otros han marginado de su mirada histórica?

2.2 MRCS – No creo que yo sea la persona más indicada para hacer esa evaluación. Me he dedicado a seguir las pistas que más llaman mi atención. Investigo y escribo para saciar mi curiosidad y, me hago de la idea, de que mis respuestas tentativas pueden interesar a terceros. Mi contribución más significativa tiene que ver con la formación de mis estudiantes subgraduados y graduados. Si consigo estimular la pasión por la reflexión en algunos de ellos me siento satisfecho. Creo que la contribución, si alguna, de lo que hago es que mirar a tu alrededor y hacerte las preguntas pertinentes respecto a tu tiempo a la luz de tu yo es suficiente. Mis grandes intereses han sido tres: los temas de la microhistoria política y cultural, la producción creativa de lo que llamé alguna vez “mi generación”, y ese complicado tránsito del siglo 19 al 20, es decir, los dilemas de la identidad en todas sus manifestaciones bajo los dos imperios.

3.1 WRS – Si compara su acercamiento como investigador de la producción literaria puertorriqueña en Literatura y narrativa puertorriqueña: la escritura entre siglos (San Juan: Editorial Pasadizo 2007) con sus investigaciones previas y posteriores, ¿qué diferencias observa en su propio trabajo creativo de investigación además de su diferencia respecto a las disciplinas con las que trabaja y su contenido literario?

3.2 MRCS – He tratado de dejar atrás la comodidad que ofrecía el discurso manido de la identidad nacional y el imperativo moral que ello imponía a la escritura. Los requerimientos de ese tipo de discurso a veces se convierten en actos de censura. Cuando investigaba a los autores de “mi generación” ejecutaba un ejercicio en esa dirección. Pero metodológicamente no veo diferencia. Siempre he dirigido la mirada hacia los lugares invisibilizados por el canon literario o histórico porque ese pasado sacralizado enquista a la academia y a la universidad en unos lugares comunes. La intención no es revolucionar la academia o a la universidad ni producir un anticanon. No tengo tiempo para ello, solo se trata de llamar la atención sobre la diversidad de los problemas que están sobre la mesa y, a la vez, satisfacer una curiosidad morbosa. De la Nueva Historia Social, la Historia Cultural y los Estudios Culturales aprendí a mirar hacia el abajo social, hacia los márgenes, hacia las periferias, hacia las praxis y los discursos alternativos, hacia la vida de la gente como problemas, hacia la pluralidad de las percepciones de lo que aparenta ser transparente, hacia la fragilidad de las ideas que se presumían sólidas. También aprendí que todos esos lugares son porosos al arriba social y que hay una rica dialogía entre ambos extremos. Lo local y lo micro son una expresión de lo nacional y lo global en constante intersección.

4.1 WRS – Sé que vos tiene más de un trabajo sobre vidas ejemplares. Me refiero a Segundo Ruiz Belvis: El prócer y el ser humano (San Juan: Universidad de América/ Centro de Estudios Avanzados de Puerto Rico y el Caribe/ Municipio de Hormigueros 1994) y a Anti-figuraciones: Bocetos puertorriqueños (San Juan/ Santo Domingo: Isla Negra Editores 2003, 2011). Creo que ambos trabajos condensan un enfoque propio de como historiar la vida del procerato, uno en el que manejas la vida ejemplar desde lo personal con un enfoque o acercamiento personal. A su vez, no dejan de ser vidas marginales en cuanto a su entorno geográfico, la Isla, como algo que se nos viene distinto a San Juan, Puerto Rico, la metrópolis colonial desde la cual se cuece el régimen. ¿Qué es aquello que ha aprendido dentro del proceso creativo de dar forma y contenido a un corpus teórico propio de la historia y de los estudios culturales pero que no deja de ser un acercamiento íntimo a nuestra historia político-cultural?

4.2 MRCS – Creo que se sigue mirando con gran reverencia a la figura procera. Los lectores de historia siguen prefiriendo al personaje sobre la persona. Las biografías laudatorias siguen llamando más la atención que los estudios abiertos sobre las figuras públicas. Yo sé que es más fácil levantar un culto (o seguirlo emocionalmente) que comprender críticamente el objeto que se pretende cultivar. Eso es lo más difícil porque finalizas en manos términos con aquellos que articulan el culto y con los que quieren demolerlo. El pasado es político, lo sé. En la colonia los contenciosos de todos los días, los que ocupan las horas de reflexión de los anticolonialistas, van a afectar la interpretación del pasado. El problema es que esa actitud puritana o fundamentalista se convierte en un discurso defensivo que ofende la inteligencia y conduce a gente muy capacitada a pontificar  cuando se enfrentan a posturas que ponen en duda sus presuntos aciertos intelectuales. Uno de los modelos en que me apoyé para esto fue la obra de Lucien Febvre sobre Lutero y Erasmo. Lo único que le he añadido a esto es mirar un poco hacia la vida de las figuras proceras recuperándolas para lo más cercano a una vida diaria como la que llevamos nosotros. Las pequeñas historias de lo cotidiano persiguen a estas figuras. Mas tomo pero dejo de verlas como anécdota moral y las inserto en una cotidianidad imaginaria e incompleta pero rica en matices. Ese es, en sentido estricto, mi homenaje al vitalismo desde la historiografía. Los espacios para la imaginación historiográfica se abren más allá del dato. Así hice mis seudobiografías, mis antifiguraciones, mis experimentos. No las veo como vidas ejemplares o a imitar. Al menos eso no es lo que pretendo pero esa sigue siendo la lectura más fácil. Las veo como expresiones de la indocilidad que pululan por todo el espectro ideológico

5.1 WRS – Tenéis unos libros de poesía y de cuentos, textos, relatos o pretextos. Vienes de una escuela en la que una manera de no explotar, era escribir, escribir, escribir. ¿Por qué los títulos de estos textos? ¿Qué tiene de particular su trasfondo personal (historia de vida) en la formación del contenido de su trabajo creativo en estos pretextos? ¿Cómo se ha integrado su trabajo de creación literaria de por sí (poemas, cuentos, etc…) con su trabajo de ensayista e investigador? ¿Cómo integra vos su experiencia de vida en su propio quehacer creativo hoy en Puerto Rico?

5.2 MRCS –La escritura de poesía y cuento es una búsqueda: los orígenes etnoculturales, la casa rota me preocupaba mucho en los años 1980. La volcadura del límite y la sonrisa que no se consolida me llamaron la atención en los 2000. Las ignominias de la crisis que se vive hoy están inéditas. Toda la poesía que no publiqué es un mero registro teórico privado, personal y mío, que no está divorciado de las obras creativas que hago en el ensayo histórico. La única forma de escribir es desde el yo, desde el espacio vital en que te mueves, de eso no me cabe la menor duda. Esa subjetividad debía ser asumida con tranquilidad y la asumí porque es lo único que hace tu obra realmente tuya.

6.1 WRS – Sé que vos es un autor caribeño que es oriundo de Hormigueros, Puerto Rico. Don Mario, ¿se considera puertorriqueño? ¿Existe el puertorriqueño o sólo es literatura su cultura e historia? ¿Por qué? ¿Qué es la que hace que su literatura o su trabajo creativo sea de vos y lo que es de vos es o decide ser dentro de Hormigueros, Puerto Rico?

6.2 MRCS – Soy casualmente puertorriqueño: si hubiera nacido en la luna sería un selenita o un lunático como los personajes de George Meliés. Esto significa que lo soy al margen de las autoridades que me dictan una fórmula sobre lo que eso contiene o significa. A veces soy historiador o un habitante de la literatura. Por lo regular soy una persona común que trabaja 8 horas al día siete días a la semana, en el salón de clases o fuera de éste, y además posee dos mascotas, la gata Caciba y el gato Tao y limpia su patio. Soy plural y si lo mirara de otro modo me angustiaría porque reconozco la multiplicidad de las acepciones de ese concepto. Me parece que en su contingencia y plasticidad radica parte de su fortaleza. Ser puertorriqueño, francés o ruso son convenciones culturales cambiantes. Dada la asociación histórica de la identidad (un estado del alma) y la soberanía (un estado jurídico), fruncimos el seño cuando alguien pide que te identifiques. Igual que los mayas pensaban que eran lo que comían -hombres de maíz-, yo soy un reflejo de lo que produzco y viceversa.

7.1 WRS – Don Mario, ¿cómo visualiza su trabajo creativo de carácter literario con el de su núcleo generacional de escritores en Puerto Rico? ¿Cómo ha integrado su identidad étnica y su ideología política con o en su trabajo creativo de carácter literario o no literario?

7.2 MRCS – No creo que haya una “generación” de escritores con la cual me pueda identificar. Las promociones de escritores posteriores al extraordinario fenómeno del 1970 siempre me llamaron la atención. Desde 1989 escribía sobre esa “generación” que parecía germinar. Pero el lenguaje de la crítica cambia y los conceptos se hacen inadecuados. A la larga es más fácil establecer los que no eres  que afirmar lo que eres. No soy un autor del 1970 ni del 1960 aunque los considero mis maestros. La impresión que  me produjo trabajar ese tema desde 1989 hasta 2008 es que los autores ochenteros ya eran viejos para los noventeros y que cada grupo nuevo estaba deseoso de dejar atrás a los que le precedían. Después de todo eran promociones pequeñas con una forma de progeria avanzada que siempre llamó mi atención.

La decisión de verlos de ese modo es enteramente mía. Mi trabajo literario, si se reduce a la poesía, el cuento y la crítica, es marginal a mi núcleo o cronotopos. Allí hay verdaderos poetas como Alberto Martínez Márquez y Zoé Jiménez Corretjer, brillantes narradores como Mayra Santos y Eduardo Lalo, experimentadores de calibre mundial como José Liboy Erba y Pedro Cabiya. Yo los leo y los disfruto. Ese es mi lugar entre ellos. Después de todo soy un historiador y ya me han señalado como un outsider varias veces. Para algunos poetas o escritores un historiador no es un escritor sino otra cosa, un alien en su territorio. Pero a mí me consta que muchos escritores no son historiadores. Para mí eso es un asunto irrelevante. Los leo y los disfruto. En cuanto a la etnicidad y la ideología cada vez me preocupan menos lo cual no debe interpretarse como que les resto relevancia.

8.1 WRS – Su trabajo creativo literario no se inicia recientemente. No obstante, ha dedicado una parte de su vida a la cátedra universitaria. ¿Cómo relaciona su trabajo político-cultural con su lectura particular de la vida y su propio quehacer literario o no hoy?

8.2 MRCS – Si entiendes que hacer historia no es un trabajo creativo literario tienes razón. Si te das cuenta que en mi vida una y otra cosa son los mismo, no. En cuanto a la condición de profesor, te digo, enseñar historia como un recurso para la vida no es fácil. Las preconcepciones de lo que significa mi disciplina son retrógradas y devastadoras. Estoy convencido que política y cultura serán un cadáver si no sirven para vivir el hoy. Lo que trato en mi profesión es que lo que les digo de una u otra cosa, dialogue siempre con el presente de una manera radical.

9.1 WRS – ¿Qué diferencias observas, al transcurrir ya más de tres décadas de producción cultural activa, en la recepción de sus compañeros de viaje o aventura creativo-literaria con su trabajo creativo y la temática o las temáticas que ha abordado y los géneros literarios (ensayo de investigación, cuentos, novela y poesía) desde los que les has abordado?

9.2 MRCS –No veo diferencias. Tampoco las he buscado ni las buscaré. No me voy a convertir en tema de mis propias reflexiones de ese modo. Me basta con escribir desde el yo. Por mi parte sigo viendo a los compañeros de “generación”, voy a llamarlo de ese modo por comodidad, del mismo modo de siempre. Los sigo leyendo pero cada vez escribo menos sobre lo que hacen porque otros lo están haciendo. No hace falta que yo lo haga. Creo que la literatura creativa está muy viva hoy y que lo que reflexionaba en los años 1980 es una promesa cumplida.

10.1 WRS – ¿Qué otros proyectos creativo-literarios tienes pendientes? ¿Qué de lo pendiente queda o está todavía inédito? ¿Por qué ahora escribes o sigues escribiendo?

10.2 MRCS –Están en proceso unas reflexiones sobre la indocilidad en figuras del siglo 19 y el 20, una evaluación general de la historiografía puertorriqueña, un nuevo volumen de representaciones puertorriqueñas en textos estadounidenses con el colega José Anazagasty Rodríguez y un libro sobre narradores contemporáneos que quiero completar. No escribo poesía desde el 2005 ni cuento desde el 2010. No tengo planes de hacerlo en buen tiempo.

Narradores 2010: Simone de Eduardo Lalo, escritor, escritura y ciudad


  • Mario R. Cancel Sepúlveda
  • Catedrático de historia y escritor

 

Simone también puede leerse como una narración que llama la atención sobre el sentimiento trágico de la escritura. Posee un aliento y un tono que recuerda la novela fenomenológica existencialista que dominaba en la era de las grandes guerras en Europa, o el tono despiadado del lenguaje de la “generación perdida” en Estados Unidos.  La escritura es la “vida” para el escritor pero, por lo regular, esa condición se percibe como una carga o una condena: “¿Me queda otra opción…?”, reflexiona en medio de una “ciudad opaca”. Escribir es un acto apremiante porque le permite “aguantar sin derrumbarme” (20).

SimoneLa “ciudad opaca” que le sirve de escenario o scriptorium se constituye sobre la base de fragmentos de una precisión cinematográfica, detalles inconexos poseedores de una total anarquía siempre centrados en sí mismos. El “poder de lo fragmentario” (49) no es solo un rasgo distintivo de la ciudad que habita y lo habita, sino del Caribe como un todo. Ese es el único atisbo de una identidad caribeña que encuentro en esta novela. “Escribir fragmentos” se convierte en el borrador de un escritura legítima (58). Cuando escribe de ese modo, no sabe o no se da cuenta de que miente, no lo dice todo, siempre se sorprende y nunca termina.

En ese sentido la tragedia de la escritura supone la miseria de la identidad: la identidad es un enjambre de textos inconexos. Por eso la opacidad de la ciudad presupone la de su país: “Puerto Rico (…) estas palabras apenas son leídas o escritas fuera de aquí” (26-27). Mientras observa la ciudad, la incertidumbre lo invade y ello es así porque existir es posible si se es “narrado”. Por ello el escritor se cuestiona si “¿Alguien nos cuenta, existimos para alguien los que vivimos en esta isla…?” (30). El lugar de esta ficción de identidad, es un limbo, ese espacio sagrado que alguna teología reserva a aquellos que deben aguardar por su salvación en el borde mismo de los infiernos.

El escritor no está del todo solo y encuentra un contertulio en Máximo Noreña. Para este, en “las calles de la ciudad…nunca pasaba nada” (34). La conexión del escritor con Noreña se ofrece por medio de la lectura. En realidad no lo conoce personalmente porque “nunca hemos sido presentados” (69). La trama de la novela transformará lo que nace de una lectura en una relación cercana a la “amistad” cuando Noreña le sirva de eslabón para encontrar a Li Chao en el abandonado cine “Paradise” (133 ss) y, más tarde, para ingresar a la fiesta privada de la caricaturesca profesora Carmen Lindo (176 ss). La “amistad” entre estos dos seres se abonará con el desencanto con el que ambos interpretan la relación del escritor con la ciudad (el orbe, el mundo), y por la natural capacidad conspirativa que los dos manifiestan.

Ese “nunca pasa nada” que postula Noreña, es la fuente de los microcosmos que registra el escritor en la primera parte de la quebrada narración. La frontera es bien precisa. “Pasa algo” cuando  aparecen los mensajes criptográficos de Simone. El acontecer se radicaliza cuando esta se quita la primera máscara para dejar ver la otra y se transforma en Li Chao, mesera china y estudiante de literatura comparada. Todo adquiere un orden a la luz del misterio. Uno supone que la novela al cabo de 202 páginas continuará y que, cuando la china desaparece, en el mundo de Carmen Lindo, el escritor volverá a registrar esa “nada”  hasta que aparezca otro “algo”.

Para Noreña el país es una pretensión, ni siquiera una promesa o un “puede ser”. Pero incluso muchos de los que suponen la existencia real del país, entiéndase los intelectuales y que lo imaginan, “actuaban como si sólo fuéramos una parada de autobuses en la ruta de un imperio” (34). La crítica a aquel segmento que se imagina viviendo en una metrópolis letrada es patente y directa. Lo que me parece que se encuentra detrás de este argumento es que la novela se plantea el trabajo intelectual, la escritura, como la confirmación de la más desolada soledad. El escritor insiste a lo largo de las reflexiones que se introducen en la narración en que no tiene interlocutores: “…me había resignado a escribir para nadie o más bien para mi mano” (43).

En ese contexto resulta comprensible que la aparición de los mensajes, las chispas del choque de dos metales, atraigan poderosamente su atención de inmediato: son un apagado signo de vitalidad que no se puede dejar escapar. Después de ese acto portentoso, la escritura se manifestará en el misterio de los mensajes de Li Chao.Lalo aprovecha su novela para llamar la atención sobre la crisis de la intelectualidad en la era neoliberal siempre mirando el problema desde muy adentro de su país. La nación de los escritores, me parece, es la escritura. Pero cuando la misma se ejercita en una vieja colonia caribeña, la situación manifiesta ciertas particularidades. Una propuesta del autor tiene que ver con la relación insustancial entre la estética y el mercado. En el mundo del hiperconsumo la condición intelectual no tiene posibilidades de reinventarse. El postcapitalismo cultural simplemente la demuele y aspira convertir a cada intelectual que aspire a la reflexión  en un espécimen mercadeable de Paolo Coelho. La otra es parte de la escena en la cual el escritor comenta las incidencias del congreso “El derecho al pataleo”  por medio de un fino ejercicio de ironía  que raya en el cinismo de un Luciano (54-56). El mensaje que encuentro es las academias y los intelectuales universitarios no son parte de la solución sino del problema.

En la arquitectura de la narración, la escena le permite introducir a la caricaturesca Carmen Lindo, pero el episodio va mucho más allá de ello. La intelectualidad universitaria y la academia, consciente de que “para la inmensa mayoría este tipo de labor resulte innecesaria e irrelevante”, elabora un “simulado populismo”, a pesar de que sabe que se sabe distante de la gente común y corriente. Detrás de ello se manifiesta una crítica a la tradición de la escritura de 1960 y el 1970, en un lenguaje que es común a los escritores del 1990 a esta parte en Puerto Rico. Aquellas promociones han terminado reducidas al mero simulacro neopopulista. La incomunicación entre el escritor y aquella discursividad, llama la atención sobre la situación de la intelectualidad del presente ante una tradición con la cual no se puede vincular.

El panorama de ese mundo intelectual es devastador: fingidas necrofilias patéticas que se imponen cada vez que fallece una luminaria internacional o colonial, el ritual de las citas intelectuales que se procuran en las ponencias ocasionalmente desconectadas de todo contexto comprensible, hecho que revela un culto a la autoridad tan poderoso como el de la latinidad de la crisis o el de cierta escolástica medieval decadente, la falta de autenticidad de los intelectuales, la gestualidad que llega al extremo del ridículo. El pensamiento, así congelado y ritualizado, ha perdido toda vitalidad y no es más que un enorme cadáver construido con los restos de numerosas palabras. El retrato de la artificialidad del mundo intelectual, académico, universitario llama la atención sobre la distancia que el autor reconoce se ha establecido entre ser escritor y ser académico, uno de los tópicos  más interesantes propuestos en la narrativa de Lalo a lo largo de los años.

Extraña que el escritor no se fije en los otros paraísos artificiales que pueblan la ciudad hoy: performances, tertulias, lecturas, happenings, lanzamientos de libros, micrófonos abiertos, plazas culturales, es decir, todo el mundillo de libros y literatura que crece como un hongo en una ciudad-país que no los ve porque no le reconoce importancia. Las noches de libros y cine, “La Tertulia”, la Avenida Universidad, entre otros espacios, son tolerados por el escritor-personaje, a pesar de los elementos de superficialidad que también pueblan esos espacios frecuentados por todos los aspirantes a luminaria literaria.

Las reflexiones llenas de riqueza de esta novela plagada de propuestas pesimistas, representan un valor adicional al de la narración de la historia de amor entre el escritor y Li Chao. No sólo eso. Simone reta la estructura de la novela moderna: los cabos sueltos están por todas partes siendo la historia de Julia y su niño el más notable. Las observaciones sobre el microcosmos urbano desaparecen tras la inserción de los  mensajes anónimos. La misma novela “termina” en medio de todo. Todo eso me parece excelente y anticanónico. La pregunta es ¿Estoy ante una novela anómala o una verdadera antinovela?  No podría afirmar ni una  cosa ni la otra. Pero la belleza de esa anarquía no tiene precio.

Transgresión, corporalidad y diferencia en los Cuentos traidores de Rubis Camacho


  • Federico Irizarry Natal
  • Escritor y crítico literario

 

De Cuentos traidores de Rubis Camacho ha dicho Mario Cancel que es “un libro bien escrito”. Aduce para ello que este texto entronca con una tradición literaria que repliega su discursividad sobre la base de un cúmulo de inusitadas presiones y tensiones capaces de invitar certeramente a la reflexión y abrir paso a la poesía. La dimensión poética de este texto también ha sido un aspecto que Carlos Esteban Cana ha destacado como una instancia relevante con el propósito de marcar la rigurosidad del buen manejo del lenguaje que lo sostiene. Luz Nereida Pérez, por su parte, en la contratapa del libro asegura que es “una obra que dejará huella”. El lector que aborde con atención las narraciones de este libro dará cuenta irrecusable de ello en función de validar los tres juicios anteriores. Con Mario Cancel igualmente afirmo que Cuentos traidores es un libro muy bien escrito.

Constituido por veinte relatos, Cuentos traidores concreta en sus páginas una diversidad de historias articuladas poderosamente sobre una instancia común. Esta instancia, a mi parecer, es la experiencia del límite. Ya sea desde el discurso religioso o desde el político, ya sea desde el mito o la leyenda, ya sea desde lo histórico o lo cotidiano; los textos narrativos de este libro se organizan alrededor de un imperioso sentido de crisis que ha de caracterizar (y de poseer) a sus protagonistas. Dicha crisis posibilita ser leída, en relación con estos personajes, como la manifestación de un posicionamiento experiencial que materializa la condición límite antes mencionada. Para Bajtín esta noción de límite, entendida simbólicamente como umbral, está asociada “al momento de la ruptura en la vida, de la crisis, de la decisión que modifica la vida o al de la falta de decisión”.

Bajo la impronta de tales palabras, el lector descubre en estos cuentos personajes que padecen en crudo una fuerte desestabilización que los marca como seres áridamente desterritorializados hacia el lugar de una asfixia de carácter existencial. Así, nos hallamos, por ejemplo, en el relato titulado El dawa del Che Guevera, ante la mítica figura del guerrillero argentino que, reducido a un indefenso cuerpo en posición fetal en medio de la selva del Congo, sobrelleva insufriblemente la muerte de Celia, su madre, recientemente notificada. De igual manera nos encontramos también, en Los tres días de Don Pedro, ante un Albizu que, desgarrado físicamente tras la tortura, asume desde la cárcel, meses antes de su muerte, el delirio religioso a manera de estrategia urgente, desesperada, para imaginar la continuidad del proyecto nacional. En La mujer maravilla, más cotidiano, nos ubicamos también ante el personaje de una madre de mediana edad que, influida por el mundo mediático y hollywoodense, queda congelada ante su hija al filo cortante de la ridiculez. Y en Manuela, el último de los cuentos del libro, nos topamos con un anciano retirado en la necesidad de infringir su ética de viudo bajo la amenazante sombra de la culpabilidad. Estos son, sintetizados al extremo, algunos de los ejemplos de estos relatos que evidencian el límite que habitan estos personajes.

La pregunta que, a raíz de ello, adviene en la mente del lector es la siguiente: ¿cómo evidencian y cómo resuelven los seres de estos relatos su condición límite, su umbral? De entre todas las instancias en torno de las cuales está estructurado este conjunto de historias, tomo tres como punto de partida para responder a dicha pregunta: estas son las que corresponden a la corporalidad, a la transgresión y a la diferencia.

El primer cuento del libro, titulado significativamente La mirada, da cuenta exacta de dichas instancias para poder elaborar una contestación a la pregunta mencionada. Cito, primero, el texto en su totalidad:

 

El hospital tan frío… El ministro entró a la habitación.

Apretó el libro negro. Miró al techo. Levantó las manos y glorificó.

-Tú, amoroso Dios que todo lo miras…

En la cama, la anciana violada retiró la mirada.

 

Esta microficción apunta a un recurso y a una estrategia que resultan recurrentes a lo largo del libro. Lo primero corresponde a ubicar la crisis en el cuerpo del personaje; es decir: es la corporalidad el espacio en que queda grabada la experiencia del límite que enfrentan los sujetos de estos textos. En estrecha relación con lo antedicho, lo segundo corresponde a la forma de encarar dicha experiencia. Como ya veremos más adelante, ello radica en una estrategia de transgresión que, si no es fallida, derivará en un fuerte sentido de diferencia.

A partir de la fenomenología de la carne de Merleau-Ponty, sabemos muy particularmente que el cuerpo no es, según lo aducido por la tradición (que lo infravalora), el excedente molesto, pasivo y mecanicista de un ser clausurado en la autorreferencialidad del pensamiento racional desde el cual abarca la realidad como un objeto concluido. El cuerpo, por el contrario, es ser-en-el-mundo. Unidad orgánica que constituye, tal y como lo afirma Malena Costa, “condición de posibilidad del conocimiento” que permite al sujeto “entablar una relación de familiaridad originaria con el mundo a través de la cual, finalmente, nos es posible ligarnos con la totalidad”, posibilitando así “la realización de nuestro propio mundo personal”. Desde esta perspectiva, el cuerpo, como vehículo fundamental en la complicada interacción con la realidad, es comprendido como conciencia encarnada, activa y siempre abierta al acontecimiento del sentido.

En el cuento La mirada el cuerpo violado de una anciana propone el lugar desde donde se escenifica la experiencia del límite. Dramatizados los efectos del abuso sexual por el hecho de estar relacionados, por un lado, con la gravedad de una injusticia ejercida contra una persona mayor de edad, y, por otro lado, con la exposición de este cuerpo vulnerado ante la presencia de lo sagrado; el atropello presentado en el microcuento remite al peso de la profanación. Inscrita en la carne envilecida de la anciana, la crisis de este escarnio redunda en el momento de la ruptura en la vida, como citamos de Bajtín. Ruptura no sólo en un nivel físico; sino, también, en un nivel espiritual. Aunque el lector queda fuertemente tentado a pensar que el ministro que invoca el poder panóptico de Dios es el victimario, lo cierto es que el relato imposibilita saludablemente una determinación tajante de ello. Más allá de este asunto meramente anecdótico, lo importante es, no obstante, la colación del elemento sagrado en esta situación para validar el espesor religioso en que acontece la experiencia (corporizada) del límite.

¿Cómo resuelve la anciana de esta historia la crisis que la posee? La resolución, de acuerdo con la lectura que desarrollo, se da sobre la base de la transgresión. A la visión totalizadora de Dios referida por el ministro, la anciana opone el retiro de su mirada; lo que implica que, desde el mismo espacio en que acontece la crisis (es decir: el cuerpo), surge la resistencia con que precariamente negocia en su desdicha. El repliegue de su mirada constituye, así, una acción desestabilizadora ante el poder de Dios; un cuestionamiento crítico a la piedad asociada convencionalmente con la entidad divina y las prácticas religiosas que se organizan en torno de ello. En el núcleo duro de esa acción recriminadora es que se materializa su ejercicio transgresor.

Foucault ha afirmado, precisamente, que “la transgresión es un gesto que concierne al límite”. Lo importante de su planteamiento radica, sin embargo, en el sentido que le confiere al concepto de la transgresión. No lo entiende como subversión, que es aquello que está movido por una fuerza negativa. Es, por el contrario, una suerte de movimiento relampagueante capaz de enlazar con extrema tensión el adentro y el afuera que cobran presencia ante la cortante inscripción del límite. En ese sentido, la transgresión no niega; más bien, en una maniobra de afirmación no positiva, se circunscribe a mostrar desde la diferencia las dos caras que resultan de su desborde para dar cuenta del complicado diálogo entre ellas. Diálogo que, en todo caso, reconduce de regreso a cada una de sus partes hacia la misma experiencia del límite que posibilitó su tránsito y su manifestación. En la fugacidad de este cruce, en que el límite resulta instancia de constante retorno, se juega (repito: desde la diferencia) una redefinición del ser. Santiago Díaz, sobre este mismo tema, plantea lo siguiente: “(L)a transgresión nos traslada a un ámbito diferente, un ámbito de conexión entre lo interno y lo externo”; y añade que es ahí donde “el sujeto se abre a la experiencia irremediable del fluir entre el afuera de la interioridad y el adentro de la exterioridad”, posibilitando por lo mismo “disipar toda adherencia, todo estancamiento, toda cimentación” y descubrir “el movimiento más íntimo de la libertad”.

De acuerdo con lo antedicho, la transgresión, en el cuento La mirada, acontece al mostrar en contacto, desde la crisis del cuerpo violentado de la anciana, el adentro de una subjetividad maltrecha y decepcionada y el afuera de un mundo religioso hartamente sospechoso. En el desvío de la mirada de la mujer se genera, entonces, una redefinición de sí, como una redefinición del espectro sacro que la contextualiza. El intento de escapar a la óptica absoluta de la divinidad logra proyectar no sólo a un ser desilusionado por la desprotección y el desamparo; configura, además, de manera mucho más importante, a un sujeto que, sobre la base de una estrategia de repulsa, lleva su resistencia al filo de colocar la ausencia o el vacío en el lugar donde debe estar Dios. La experiencia del límite es así la experiencia del abismo. En su cortedad, este relato remite, por tanto, a la visión de mundo del hombre del último siglo; ese hombre que ha tenido que encarar el nietzscheano anuncio de la muerte de Dios, el cual no debe ser entendido como el aniquilamiento del Dios cristiano personal, sino como el fin de “la creencia en un orden objetivo del mundo que el pensamiento debería reconocer para adecuarse a ello tanto en sus descripciones de la realidad como en sus elecciones morales”, según lo ha especificado Vattimo en una de sus reflexiones sobre dicho tema. Al respecto, Foucault hace la siguiente pregunta: “… una profanación en un mundo que ya no reconoce sentido positivo a lo sagrado, ¿no es poco más o menos lo que se podría llamar transgresión?”; y a ello contesta: “ésta (la transgresión) en el espacio que nuestra cultura da a nuestros gestos y a nuestro lengua, prescribe no tanto la única manera de encontrar lo sagrado en su contenido inmediato, como el de recomponerlo en su forma vacía, en su ausencia que se vuelve por ello mismo centelleante”. Valga esta última cita para fundamentar la lectura que nos embarga.

Si he tomado el cuento La mirada como piedra angular para poder hablar del libro de cuentos de Rubis Camacho, es porque en el mismo se funda, con sus variantes, una de las múltiples entradas que permiten penetrar, sino en su totalidad, en gran parte de las historias del libro. En el relato titulado El milagro, por ejemplo, se nos presenta el caso de Madai, una mujer que, al límite de una monstruosidad corporal que ha tenido que sobrellevar desde los primeros días de su vida, espera con entusiasmo la llegada de Jesús, quien se acerca a su comunidad, para solicitar su restructuración física. El texto se demora en la descripción de su joroba, una enorme piedra, muchas veces musgosa, en que en ocasiones anidan aves o se refugian otros animales en busca de resguardo y calor. El texto también se detiene en la presentación de Jesús, un hombre que, más cercano de los niños que de los sabios, ha tenido que luchar para acatar el rol que le ha sido destinado. Al final de la prueba en el desierto, donde tuvo que enfrentar las tentaciones del adversario, se constata, en sus palabras, cuál es su rol: “desenmascarar todo poder”, según lo dice. Prepara así este cuento, ante el horizonte de expectativas del lector, un encuentro final que debería derivar en una resolución feliz. No obstante, ocurre todo lo contrario. Al llegar Madai tras mucha dificultad ante la presencia del Rabí, toda su euforia se desvanece en la amarga toma de conciencia de que su espera no ha pasado de ser más que una ansiedad fallida. Su joroba, sobredimensionada, la halla ahora en la espalda del Maestro a la manera de “un peñasco mil veces más grande que el suyo”. Lo que sus ojos ven no es otra cosa que a un Cristo tan contrahecho como ella, pero con una giba aun más descomunal. Lo que le devuelve la mirada redunda, entonces, en escepticismo y desengaño. Tras preguntarle Jesús qué es lo que quiere ella que le haga él para su bien, Madai reduce sus palabras a una respuesta seca y lapidaria: “nada, maestro, nada”.

Como el cuento La Mirada, este también presenta el límite grabado en la corporalidad; y la protagonista que padece la crisis procede, a su vez, transgresoramente. Sin embargo, El milagro es un relato que propone, contrario al anterior, una dimensión más generosa de la religiosidad y, a su vez, un sentido frustrado de transgresión. El problema no está en Jesús ni en su inesperada malformación grotesca. El conflicto reside, más bien, en el hermetismo al que se cierne Madai para no abrirse a la comprensión de su crisis sobre la base de lo alterno. En el peñasco de Jesús ella no ve la horizontalización que implica una relación de identidad desjerarquizada; es decir, no da cuenta de que la entidad superior a la que aspira para lograr su sanación comparte con ella su mal desde la diferencia. Lo que ve es la repetición de lo mismo sin más. Fija, por lo mismo, en la experiencia del límite el ejercicio de una transgresión inútil que la devuelve a su crisis mediante el estancamiento por el cual se adhiere más intensamente a su imperfección. No logra, por ello, conectar con la interioridad del afuera; no logra tampoco, por lo mismo, una redefinición de su ser.

Si lo que Jesús logró comprender tras cuarenta días en el desierto es que el verdadero obrar deviene desenmascaramiento del poder, lo que este relato posibilita leer en el personaje de Madai es que la permanencia de la crisis que padece en su cuerpo es el resultado de interiorizar el poder que la desnaturaliza en el potencial de su diferencia. El de ella es por lo tanto un físico malogrado no por el hecho de ser meramente grotesco; sino, sobre todo, porque remite a la nefasta encarnación de la mismidad que la infravalora. La corporización de la alteridad sería, por el contrario, la restructuración (o por lo menos, la domesticación) del límite; lo que implica simbólicamente, en el caso de Madai, una monstruosidad mal asumida. Ángel Rosa, al abordar La novela de Jesúsde Iván Silén (en que el protagonista -también Jesús- comparte rasgos desmesurados y aberrantes con el de Rubis Camacho), ha afirmado, al respecto, que “lo grotesco actúa como un conveniente instrumento de purga y de trascendencia”. Insistir, por lo tanto, en la subyacente idea de que la normalidad (o la belleza canonizada) constituye un registro de virtudes porque así lo ha concretado la tradición, constituiría un error. Ese, al menos, es el error de Madai.

Hasta el momento he abordado estos dos cuentos que, como se ha visto, están cruzados con fuerza por el discurso relacionado con lo sagrado. Y es que la religiosidad, matizada por líneas ciertamente perturbadoras, constituye uno de los temas de mayor contundencia a lo largo del libro. Ejemplos de ello son los titulados La travesura, Mi nombre es voz y Como pan del cielo.

No obstante, hay otros relatos que se artifician en torno de otros temas. Uno muy particular, relacionado con la mitología es Como de plumas malditas, que tiene como personaje principal a Prometeo, quien, encadenado, sufre, como sabemos, los embates de la agresiva ave a la que está destinado. Sin embargo, lejos de repetir el mito tal y como se le conoce, en el mismo se introduce eficazmente un giro renovador que lleva al protagonista, para sorpresa del lector, a encontrar placer en la rapiña a la que a diario lo somete el águila. Ello es el resultado del delirio nostálgico que provoca en él la constante evocación de un antiguo y ardiente amor por una mujer, que termina proyectada y confundida con el ave que lo destroza. Eros y Thanatos conjugados en la enigmática pequeña muerte de la que hablaba Bataille; pues, en el cuento, el despellejamiento atroz deviene retozo erótico en que Prometeo, encandilado, se refocila. Nótese que acá también acontece la experiencia del límite en el contexto físico: la destrozada anatomía del protagonista. Nótese de igual manera que, ante ello, el recuerdo apasionado del condenado produce una transgresión: colocar el goce allí donde sólo debería haber suplicio por la carne mutilada. ¿Acaso no es esto el pliegue que con firmeza posibilita rastrear la interioridad del afuera, la exterioridad del adentro; es decir: el rasgo definitorio de la diferencia que adviene con el gesto transgresor? Yo estimo que sí. Y pienso, además, que tal deferencia tan eficazmente expresada queda todavía más fuerte señalada en el ímpetu viril que deviene erección tras el ritual de duros picotazos que estremecen el cuerpo ya vulnerable pero galvanizado del titán. En la noción de diferencia que implica este inusitado erotismo es que el Prometeo de esta historia logra redefinir su ser; esto, a manera de una línea de fuga que lo reterritorializa en contra de la angustia de su sentencia. Un relato como este trae a la memoria aquella otra figura mitológica que tan bien trató Albert Camus cuando se acercó a su reflexión sobre el suicidio y el valor de la vida. En las páginas del ensayo al que me refiero, el autor aseguraba, según recordarán, que “hay que imaginar que Sísifo era feliz”. En la inusual historia de Camacho, para parafrasear, hay que imaginar también que Prometeo era feliz.

Otros relatos del libro podrían abordarse. Me limito a nombrar meramente dos de las mejores historias que lo componen: Los pantalones de Luisa Capetillo y María Antonieta o su cabeza moribunda. No entro en detalles ante ellos. Los dejo a la consideración del público, que, tras una gustosa lectura detenida, validará de seguro cuanto expresamos, con Mario Cancel y Luz Nereida Pérez, al principio de la presentación: que Cuentos traidoreses un libro muy bien escrito; un excelente libro que dejará huellas. Más allá del título, estos son cuentos que no traicionan; pues, resultan, junto con la mejor cuentística de los últimos tiempos (la de Pedro Cabiya, la de Francisco Font, la de Luis Negrón y la de Carlos Vázquez Cruz), una valiosísima aportación a nuestro panorama literario. Sin más, sólo me resta invitarlos a la lectura.

Policíacas: El ángel del verso de Francisco R. Velázquez


  • Mario R. Cancel
  • Escritor e historiador

El ángel del verso, obra de Francisco R. Velásquez, es un relato sintético y bien escrito, sin duda, capaz de hipnotizar a un lector versado en la cultura popular y mediática de la década del 1940, que el autor conoce bien. Por su edad me parece que aquel tempo resultó crucial en la configuración de su imagen de mundo. La capacidad para invertir esa “pasión” de la novedad de la revolución de los medios en un sistema coherente de referentes culturales, es evidente en este autor.

Francisco R. Velázquez

Pero para el que no conozca aquella tradición, la narración puede resultar en un jeroglífico difícil de comprender en ausencia de una Piedra Rosetta inexistente. El wikiconocimiento y el youtubeo, dos recursos comunes para la interpretación que todo lector del presente utiliza en algún momento de su vida, pueden informar en torno a las generalidades del problema. Pueden decirle quien fue Marcel Cerdan, o sugerir en qué radicó la magia de la CMQ de La Habana y hasta donde llegó su influencia en el Puerto Rico de la posguerra. Tal vez, incluso, pueda aclarar quien fue Zoilo Galíndez o qué significó, hasta el día de hoy, la comedia radial de La tremenda orte, con Leopoldo Fernández alias “Tres patines”: a veces la escucho con mi padre para oírlo reir.

Pero siempre reducirán esas cuestiones a una nota al calce que se olvidará después de un rato. En la práctica, y en ello radica el conflicto de este texto, las alusiones a los medios se transforman en un mero ornato pintoresquista, parecido al que cumplía la narración de ciertas acciones sociales en el Costumbrismo decimonónico más larvado. Ocasionalmente, lo digo sin respeto alguno, Velásquez me remite al tempo nostálgico de un Gilbert Mamery o de un Rafael Quiñones Vidal.

Claro que un análisis político-social de lo que significó la televisión o la radio y sus iconos en aquella época, por ejemplo, es plausible después de una lectura de la narración de Velázquez. Una tevé en un bar, fenómeno  que es capaz de reunir a los fans de un boxeador internacional y motivar el consumo de bebidas alcohólicas y las apuestas, es un acontecimiento cultural significativo desde la perspectiva de una probable Historia Cultural puertorriqueña. El tema de la cotidianidad urbana, visto a la luz de un  sport bar de 1947, no es un asunto detestable desde el punto de vista intelectual.

Pero si se le trabaja poco, como ocurre en el caso de Velásquez, a la postre el recurso se reduce a la anécdota y deja de referir con precisión respecto al entorno o ambiente social en que se desarrolla la narración. Su potencial se desperdicia. El problema de este texto es la brevedad y la aparente prisa con que se amontonan los acontecimientos a lo largo del mismo. En ocasiones, da la impresión de que se han podado fragmentos de la acción con alguna finalidad inicua, por lo que la narración toma un cariz telegráfico. Las oraciones cortas de “Los asesinos” de Ernerst Hemingway –en el cuento y en los parlamentos de su versión cinematográfica-, son una joya. Aquí no dejan la misma impresión. Del mismo modo, los “saltos” y “aceleraciones”, que funcionarían bien en un film noir clásico detrás de una disolvencia  o de una cortinilla bien articulada, no generan el mismo efecto en la narración con palabras.

Lo que sí me parece una virtud de este relato es la capacidad de Velásquez para jugar con el lector, cuando este permite el juego. Yo lo permití en mi lectura: es mi manera de leer. Si el lector no se deja engañar no hay disfrute en la obra. El descubrimiento de que el asexuado detective Dolores Cardona es una mujer embarazada que aborta después de una intervención policial, es interesante. El recurso me parece un logro. La masculina vida policial del 1940 se ve “infestada” por una mujer de armas tomadas que lo mismo ejecuta a Tabaco y Tito Ford, a la vez que es capaz de seducir con la “pájara” sin pantaletas al corrupto detective Ernesto Casillas con el fin de darle una lección de fuerza. De hecho, no conozco muchas alusiones a mujeres policías o detectives en los registros policiales de aquella época. El duro conflicto entre los Nacionalistas e Insular Police, luego Policía de Puerto Rico, siempre fue uno masculino.

Lo otro que me parece extraordinario en este texto es la vitalidad de las descripciones de las calles de Ponce. Acabo de leer una novela de Wenzell Brown de 1945, Dynamite on our Doorstep. Puerto Rican Paradox, que se desarrolla en el mismo espacio, y el efecto de los espacios sociales es muy distinto. En Velásquez, sin embargo, Ponce, Río Piedras, San Juan, la Plaza de Las Delicias o la de Armas, son espacios vivos. Tan vivos, por ejemplo, como podía serlo la Calle O’Reilly o el Vedado en Nuestro hombre en La Habana de Graham Green.  Las escenas de Coamo y Villalba son apenas un borrador. El carácter urbano de la narrativa policial se impone en la textualidad de Velásquez por el hecho de que la trama policial representa la forma en que la Ciudad –un tipo peculiar de esperanza de orden-, piensa y enfrenta el desorden.

El otro logro de este relato radica, me parece en la construcción de los personajes. Se trata de figuras convencionales no hay que dudarlo pero, quizá precisamente por ello, convincentes. Pedro Soto, el corresponsal de El nacional es el columnista de crímenes que se espera. Su presencia sirve para demostrar el apalabramiento de la presunta prensa libre con la corrupción, el poder y el engaño. Un detective manco,  Rafael Canel, experto en sacar confesiones a pesar de su defecto, resulta en un hallazgo valioso. Pero estos productos se desvanecen como aparecen. Los personajes no proyectan una sicología compleja por la fugacidad de su presencia.

El gran tema social de este relato –la corrupción de poder-, resulta poco elaborado. Es probable que la apretada síntesis que intenta Velásquez trabaje contra sus propósitos. Esta narración, insisto,  debió ser más extensa y más trabajada. La década del 1990 así lo reclamaría. La corrupción no es un asunto nuevo: solo es un viejo alarde repintado que eternamente retorna con facciones nuevas como las modas cosméticas o las vestimentas de invierno. Por lo demás, desde el sonado caso de Jorge de Castro Font, se ha hecho necesario aceptar que la corrupción es un hecho de todos los días, consustancial al orden en que se vive. Pero eso no es suficiente y a la postre lo que estimula en una lección de pesimismo que algunos, yo no, condenarían.

El ángel del verso de Francisco R. Velázquez, deja a Dolores Cardona, una detective sin ideales al servicio de un capo innominado que le agradece la destrucción moral y emocional de Ernesto Casillas. El final no está en ninguna parte: la historia continuará, es probable, como la vida misma que tampoco termina. Pero en ninguna parte se sugiere la posibilidad de una  traición. Ese no es el lenguaje de estos personajes hundidos en el fangal del mundo. ¿Una lección cínica?  Es posible, pero la vida está tan llena de ello, que nadie debería sorprenderse, nadie.

Policíacas: comentarios sobre el subgénero en Puerto Rico (I)


  • Mario R. Cancel
  • Historiador y escritor

¿Es posible que la novela policíaca represente la plenitud de la conciencia política en tiempos de disolución del compromiso social?  Eso me sugirió en una ocasión  un novelista al que admiro y respeto mucho: Elidio La Torre Lagares. Ni siquiera recuerdo en qué momento ocurrió  el evento. Fue en medio de una de esas largas conversaciones que entablamos como resultado de  la casualidad de un encuentro o al cabo de la presentación de alguno de sus libros. La idea me dado vueltas en la cabeza desde aquel remoto entonces.

Cuando me correspondió prologar políticamente la antología de poesía que publiqué con Alberto Martínez Márquez, El límite volcado (2000), me vi forzado a evaluar el compromiso social en lo que entonces veía como nuevos poetas con nuevos lenguajes literarios. Hablé, recuerdo, de un “callado compromiso”, que contrastaba con los alardes triunfalistas y el reclamo a todo pulmón que dominó, por ejemplo, a la Generación del 1960 y que tantos equívocos produjo en su momento. En verdad lo que veía en el año 2000, era que la nueva generación resultaba menos pretenciosa e idealista, pontificaba menos y aceptaba una posición menos protagónica en el orden y el proceso de cambio social.  Si esa actitud desembocaba en conservadurismo o en la renuncia a la vida heroica, era otra cosa.

Todavía a la altura de 2011, estoy convencido de que el problema no radica en la disyuntiva de estar comprometidos o no con la humanidad, sino en la actitud que se adopta cuando el escritor, por medio de su obra, reinventa la vida social y la poetiza (re)fundándola en la palabra. La sensibilidad del escritor, enmascarada a veces en el cinismo o apoyada en la piedad más irrisoria, siempre es el resultado de una transacción con la vida ridícula que le rodea. Una vida en la  que el poder y sus ejecutores se pavonean en la inmundicia o con los problemas de la escasez, la violencia o la crueldad rampante. En cierto modo, la evaluación de esa crisis, me ha forzado a volver a la Novela Policíaca con tanta avidez en los últimos meses.

Después de todo, algunas de la piezas claves en el derrumbe de la Novela tal y como la inventó la Modernidad desde los nichos del Romanticismo, el Realismo Social y el Naturalismo, son narraciones policiales que sembraron la semilla de la incertidumbre en el seno de la imago mundi dominante. La Novela Policíaca de corte Existencialista Fenomenológico, y aquellos ejercicios que se  ubicaron en la frontera de la Anti-Novela, fueron claves para el desenvolvimiento de  la Cultura Literaria Postmoderna.

El asunto despierta mi interés precisamente porque la trama policial es el producto racional por excelencia, poseedor de una arquitectura dominado por una lógica inflexible que, teóricamente, existe para plantear un misterio y debe conducir a su resolución definitiva y final –el hallazgo de la Verdad– del mismo modo que lo pretendía la Ciencia de raíz newtoniana. El desencaje más abrupto ocurre cuando se ejecuta todo ese ejercicio y se decide que la Verdad no aparecerá, por lo que la Racionalidad y la Ciencia, resultan traicionadas por el imperio de lo incierto.

Dos casos narrativos llamaron siempre mi atención en esta dirección. Ambos son de 1956 y producto de dos distinguidos narradores de cultura francesa. Primero, La doble muerte del Profesor Dupont de Alain Robbe Grillet, vuelta a publicar posteriormente con el título de Las gomas. Wallas es policía o asesino, Dupont podría estar o no muerto, la verdad se reduce a la volubilidad de la hipótesis y, en el proceso, la narración se descoyunta, es demolida e inorgánica. La novela ¿deja de ser novela por ello? ¿el carácter policial se diluye por la ausencia de una verdad?

La otra es  Retrato de un desconocido de Nathalie Sarraute en la cual Jean-Paul Sartre leía una parodia de las “novelas de indagación” que es casi como decir una burla de la búsqueda de la Verdad. El personaje, aficionado a las técnicas detectivescas, y cercano al voyeurismo, inventa misterios tras  la vida trivial y aburrida de un padre y una hija bastante adultos y gastados que a nadie llaman la atención. La búsqueda del personaje, en fin, no conduce a ninguna parte porque más allá de aquella ordinariez no hay nada, solo las fantasías del mirón furtivo. ¿No habrá detrás de ese aserto una parodia dura de las presunciones de toda ciencia o de toda filosofía?

Las novelas policíacas puertorriqueñas que me ocuparán en las próximas páginas no albergan  ese tipo de  pretensiones. Más bien encajan en el marco de lo que fue la Novela Policíaca tradicional, tan vinculada al proyecto Racional y a la aspiración de Universalidad heredada de la Ilustración y del Siglo de la Ciencia. Por su lenguaje y su estructura, recuperan el artificio del engranaje del misterio y su resolución con maestría. Pero  la vez se insertan en el ideal del Romanticismo, el Realismo Social y el Naturalismo, en la medida en que cumplen con el deber moral del comentario social. Después de todo, esa ha sido la “naturaleza” pretendida de la novela, como género que mejor significa la Modernidad: la de ser un espejo o speculum del mundo económico, social y cultural que permite su producción.

El caso de Wilfredo Mattos Cintrón y sus Desamores (2001), y el de Francisco R. Velásquez y su relato El ángel del verso, escogidas muy al azar, me servirán de modelo para elaborar un comentario sobre la situación del subgénero en Puerto Rico y el papel que puede cumplir en la literatura presente y futura. Desterrado del nicho universitario, moviéndose como quien repta en círculos de heterodoxos elitistas que confían demasiado en su excepcionalidad, estas narraciones son piezas para leerse en una banca de La tertulia de Río Piedras o en un bar de la capital después de varios tragos. Pero también podrían ser leídas en otros espacios menos exclusivos. Me consta y espero que así sea.

Albizu Campos en la novela: el caso de Luis Abella Blanco (II)


  • Mario R. Cancel
  • Escritor  e historiador

En la frontera de la dictadura, Pedro Albozo del Campo recapacita en torno a su obra política. El punto de giro es el arribo de los diez millones del empréstito americano el 4 de mayo de 1934 (95). El escenario está lleno de contradicciones: la salvación de la Nación representa a la vez su condena.  Los observadores están muy conscientes de que Puerto Rico terminará “convertido en un tributario de Estados Unidos” (95) o, como quien dice, que la independencia ratificará la dependencia. El patético oxímoron político de la Independencia Dependiente, puede ser interpretado como otra “teratología jurídica” o un borrador muy tenue del Neocolonialismo más vulgar.

Abella Blanco argumenta sobre el asunto en un complejo discurso médico insertado en el texto. El Puerto Rico Libre es más pobre, menos sano y menos seguro que el Puerto Rico Colonial (96-103). La paradoja es interesante: la Independencia pone en fuga el proceso de Modernización que abrió el 1898. ¿Qué es más importante en todo caso? ¿La Modernización o la Libertad? ¿Cuál el sitio de Puerto Rico en el Relato Liberal? ¿Está excluido del mismo como Hegel y Marx excluían a los pueblos no occidentales? Nadie lo sabe.

El país, además se convierte en el espacio de conspiraciones financieras complejas: el National City Bank, competidor del Banco Nacional Puertorriqueño, acapara capitales y conspira contra la República (104) en estrecha alianza con un poderoso partido anexionista que crece en los intersticios de la sociedad y promueve una intervención americana en el territorio (105). Las analogías con la actitud de los Separatistas Anexionistas que encabezaron la Sección de Puerto Rico del Partido Revolucionario Cubano antes de 1898, son notables. El pasado imaginado es el borrador de este falso futuro inventado por Abella Blanco. La pregunta que me hago es ¿qué resulta más distópico: el pasado o el futuro? Vistos desde la perspectiva del Relato Liberal, ambas partes de la línea resultan atrofiantes y deformadas, sin duda.

El homenaje más significativo que hace este autor Socialista a Albozo del Campo y al Albizu Campos real, es el reconocimiento de una racionalidad e inteligencia política que lo conduce, en privado, a reconocer su error y su responsabilidad personal con aquel desastre en el que ha culminado el sueño de la Libertad. La moralidad se impone en el caudillo. La frase que sintetiza su arrepentimiento es muy interesante: “no es lo mismo decir misa que tocar campanas ¿Hasta dónde me ha llevado mi locura?” (106) El prócer acepta su condición de iluso e incluso la de  loco, diagnóstico que usó eficazmente lo mismo el FBI que el Populismo en el poder, con el fin de minar la imagen del líder rebelde.

Su reflexión histórico-mística culmina cuando escucha una décima callejera cantada por un ciego que guarda gran parecido físico con el periodista fusilado Atila Garcés (112). En ese momento Albozo del Campo se suicida de un tiro en la cabeza, en su oficina presidencial, el 10 de diciembre de 1934 (113). Esa acción, una aporía para cualquier nacionalista de corazón, no es un acto de debilidad suprema sino un acto de amor y rectificación. Albozo del Campo se quita la vida por amor a la Nación o, como quien dice, para liberar a Puerto Rico de su presencia. El cristianísimo sentido de culpa por un pecado perdido en la memoria colectiva, lo explica todo.

El cierre de la novela no deja de resultar grotesco y hasta irrisorio. Sin el caudillo, la República no sobrevive: nadie es capaz de suceder  a Albozo del Campo en el poder. ¿Tuvo sucesores Albizu Campos en el Partido Nacionalista después de su encarcelamiento en 1936?  La respuesta es que no, cada sucesor terminó siendo la sombra de aquel titán. Todo parece indicar que, por su energía, ese tipo de caudillo iluminado autoritario ejerce una fuerza castrante sobre su militancia y estimula la sumisión. Ni siquiera el fiel Marcelo Gotary alias Luchía, su Jefe de Policía, se sentía en posición de cuestionar las decisiones del Líder. Este Cristo Antillano no consiguió otro Pedro que fungiera de Pontífice Romano y fuese capaz de tomar el batón de la causa. Tal vez por ello Gotary también se suicida en el primer aniversario de la muerte del Señor Presidente. En la lápida de Albozo del Campo obrará como homenaje una reescritura prosificada del poema a “Bolívar” de Lloréns Torres. Allí donde abre el libro termina el mismo con una interesante paradoja. La nota de fracaso es total.

Por fin, el 22 de diciembre de 1934 la Isla es invadida por la Marina de Guerra de Estados Unidos por la bahía de San Juan. Una puesta al día del 1898 se impone con otro breve Régimen Militar que en este caso culmina en la creación del Estado Libre Asociado de Puerto Rico (115-116). El pretexto del ELA en este caso, se refiere al Proyecto Phillip Campbell de 1922, antecesor directo del plan de Miguel Guerra Mondragón de 1943. La idea de Abella Blanco es que el ELA, mata el ideal Independentista, lo subsume y lo devasta (115). El ELA en este caso es un tipo peculiar de Estado Incorporado a la Unión, como el que todavía buscan  en sus pesadillas lo populares de derecha. Pero en todo caso, desde un punto de vista histórico, se trata de un estatus correctivo provocado por el error y el ilusionismo de los nacionalistas, esclavos de la imagen del jefe impecable e impoluto capaz de parir la Libertad. Esa teoría del ELA como placebo de la Libertad es fascinante. Luis Abella Blanco ha dado en el clavo.

La lectura de este texto informa con precisión el contenido de esa imagen perdida de Pedro Albizu Campos que el Nacionalismo Político, Cultural y Académico ha emborronado en el proceso de consolidación de un culto civil al líder. Pero la apropiación de un mito de esta naturaleza tiene, me parece,  que estar informada críticamente para que fructifique. Para el que conoce las diatribas del poder de José Pérez Moris contra Ramón E. Betances ¿Qué significa la parodia cínica y el insulto de español contra el caborrojeño? Lo mismo podría preguntarse respecto a la invectiva que lanza contra Segundo Ruiz o José Paradís. Del mismo modo, para el que conoce la intimidad de la correspondencia de José Celso Barbosa ¿cuánto pierde o gana esa figura cuando se le apropia en medio de las pequeñeces y las vulgaridades de la oficina o el hogar? Yo creo que lo que estas figuras pierden en moralidad e historicidad en textos como estos, lo ganan en humanidad. Y a mí la humanidad vital me agrada más que cualquier ficción historiográfica que conduzca a un culto ciego.

Comentario en torno a Luis Abella Blanco. La República de Puerto Rico. Novela histórica de actualidad política. San Juan: Editorial Real Hermanos, 19–. 123 págs.

Narradores 1990: Crimen en la Calle Tetuán


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  • Escritor e historiador

Cada vez que he encontrado con José Curet en el Centro de Estudios Avanzados del San Juan Antiguo hemos cruzado unas palabras. Han sido encuentros casuales, nada planeados. Varias veces me he sentido tentado a invitarlo a bajar la cuesta de la Calle del Cristo, conectar con la de La Fortaleza y caminar hasta el Callejón de Gámbaro o la Tetuán. Allí podríamos hablar de aquel crimen del 29 de septiembre de 1881. Hace un par de años hice un ejercicio  parecido con el sociólogo José Anazagasty Rodríguez y no resultó del todo mal. La intención en esa ocasión era reconstruir para el colega otro asesinato, el de Elisha F. Riggs, a manos de un comando nacionalista, ejecución que se completó poco después de que el jefe de la Policía Insular salía de la Catedral. Es curioso como los asesinatos, los de carácter político en especial, se desatan en la frontera incierta que existe entre la justicia y lo que no lo es. Los linchamientos del Cerro Maravilla en 1978, quizás sean el mejor modelo de ello.

Crimen en la Calle Tetuán

Fue por esos días que decidí debía volver a leer Crimen en la Calle Tetuán de Curet, publicada en la desaparecida, como tantas otras, serie “Aquí y ahora”. Las colecciones de palabras tienen una corta esperanza de vida al nacer en este país. No sé si deba decir que aquel esfuerzo fue creado y supervisado por José Ramón de la Torre a principios de la década de 1990. La relación de aquel personaje con el expresidente de la Universidad de Puerto Rico que dominó la prensa hace unos meses, es algo que me resisto a discutir en este momento.

La obra de Curet es una novela corta e intensa, de una complejidad palmaria difícil de desentrañar para los legos en historiografía y en las fuentes decimonónicas. El texto, a pesar de que reincidía en esa preocupación por la historia dominante de diversos modo en los creadores del 1950 y el 1970, manejaba el asunto de manera diferente. Curet, historiador profesional y especialista en el asunto de la esclavitud y su abolición, enfrentaba la historicidad en la narrativa de ficción con una pasión distinta. La apropiación de la historia por los narradores consagrados por la crítica literaria de entonces, como puede ser el caso de Ana Lydia Vega o Rosario Ferré, condensaba el pasado hasta transformarlo en memoria intervenida. En cierto modo, no les quedaba otra salida dada la situación de robo del pasado por la que se consideraba atravesaba la cultura del país. El experimentalismo neovanguardista dominó en algunos casos. Curet articuló su discurso desde otra perspectiva en la cual los métodos del historiador nunca fueron desechados.

Por otro lado, el texto tampoco respondía al tratamiento del asunto que habían impuesto los dos maestros del procedimiento de la manipulación / interpretación histórica en la narrativa: Edgardo Rodríguez Juliá y Luis López Nieves. No se debe pasar por alto que aquellos miraron hacia figuras y momentos considerados cruciales o traumáticos para la nacionalidad el siglo 18 y el 1898. Curet se fijó en un dato legendario olvidado en la  trastienda del cotilleo decimonónico: el asesinato de José Pérez Moris alias Tachuela. La decisión de mirara ese punto expresa la misma marginalidad que manifestaría la idea de escribir una novela sobre los fracasos de Luis Muñoz Rivera como esgrimista o en torno los lances amatorios de un José de Diego con priapismo.

Lo otro tiene que ver con la técnica escritural. Los autores de entonces, los del 70 en especial, jugaban con los sociolectos urbanos y mediáticos en la medida en que daban al lenguaje popular un protagonismo que a veces invisibilizaba la narrativa. El mejor modelo fue la novelística de Luis Rafael Sánchez que a veces daba la impresión de la escritura automática sin que en realidad llegase a ese extremo en ningún momento. Me consta que en su colección  Otro cuarteto (1986), Curet recurrió al recurso. En Crimen en la Calle Tetuán ya no contaba con ello: el escenario histórico no dejaba mucho margen en ese renglón.

Ahora en el 2011 reflexiono sobre todo aquello y me reitero en algo que he referido en diversas oportunidades. El problema de cualquier canon literario es que ineludiblemente resulta en una invitación tanto a la lectura como a la no-lectura. La canonicidad, con toda su carga de sacralidad, se sostiene sobre el poder de un simbólico tribunal académico que echa mano de la seducción y el chantaje para actuar como un perpetuo par de siameses idiotas. Cuando se juntan todas las consideraciones que preceden, se entenderá por qué Crimen en la Calle Tetuán ha sido, en general, una novela pasada por alto.

Lo primero que me pregunto es de qué se trata este texto. Me parece que Curet combina en este volumen los elementos de la Novela Histórica y la Novela de Amor de una manera original. El crimen y su dilucidación, consustancial con la Novela Policíaca, se reducen a un pretexto de fondo bien esgrimido. Las teorías en torno al asesinato de Pérez Moris -la que lo acredita a las Sociedades Secretas, a las Logias Masónicas, o al artesano y hitman Federico Vellón Devarié como ejecutor de aquellas organizaciones o como brazo de las pasiones adúlteras de Ignacio Díaz Caneja, no se resuelven en ninguna dirección. Y ello sucede, me parece, porque el que escribe es un historiador. Las Teorías de la Conspiración repuntan en su simetría en este texto aún cuando el autor nunca explore ninguna de las avenidas con profundidad. Por eso la capacidad de sugerencia que tiene este libro para un lector enterado es extraordinaria. Sólo adelanto una y me reservo las demás. La conexión del 29 de septiembre del 1868, que fue lunes, y el 29 de septiembre de 1881, fue jueves es interesante. No se trata de Selene y Hera. Se trata del Día de los Arcángeles que echaron a Lucifer al Infierno. La apelación a ese mito por los rebeldes del siglo 19 es visible y comprensible.

La Novela Histórica se lee aquí en el retrato del San Juan de 1881 a 1898. En ella el autor inserta sus juicios políticos, posjuicios debería decir, sobre la Nacionalidad, y realza una narrativa de la violencia de todo tipo que dominó aquel siglo. La violencia de la represión y la de la resistencia conviven con igual pujanza. Las torturas a los insurrectos  de Lares (1868) y las de los Compontes (1887), obtienen su respuesta en la violencia teatral de José Mauleón, el travesti republicano, y en el puñal que se colocó en manos del discapacitado Vellón Devarié para atravesar el costado izquierdo del periodista del Boletín Mercantil. La Sociedad del Boicott y las Turbas, así retratadas en su desnudez, sirven para el fin de completar la decapitación de la imagen romántica del Siglo de Oro que bautizó Coll y Toste. La hermosa zona de la Marina es un tugurio  lleno de putas y mapriolos donde pulula el mal francés que al fin mina al protagonista, Jorge Alvar. Las tertulias de botica, la censura siempre presente, el deambular de Alvar por las calles y callejones de San Juan, las disputas públicas entre Manuel Fernández Juncos y José Pérez Moris, todo encaja en la cultura de un investigador que domina la ambientación de una manera notoria. Resulta patético, eso sí,  que mientras Alvar no puede regresar a las imprentas y su editor Benito Nadal tiene que desaparecer para salvar el pellejo de los Guardias Civiles, Fernández Juncos puede incluso decir en el Buscapié que “Mr. Moris can speak english like a German cow”. Claro, se trataba de la disputa entre dos asturianos en la colonia. Por mucho menos, periodistas puertorriqueños acabaron con sus huesos en la cárcel por aquel entonces.

La Novela de Amor, un imposible y estéril amor por cierto, camina de la mano de las pasiones inconclusas entre Alvar y Serena, dama lareña que ofrece su sacrificio por proteger a su hermano torturado tras la Insurrección de 1868  por pertenecer a la cuadrilla de Mathias Bruckman. No extrañe a nadie que las cicatrices en el rostro del revolucionario loco, sean confundidas con lepra. Una de las manías de Pérez Moris fue equiparar el separatismo con las peores patologías y la independencia con la enfermedad. Serena tiene su purgatorio clásico: marcada por el 1868, torturada durante los Compontes en 1887, a la larga favorece la invasión americana de 1898 con una devoción comprensible. ¿Qué sentido tenía oponerse a quienes venían a desjarretar a España? Por último en Crimen en la Calle Tetuán el investigador es un periodista frustrado que no tuvo el privilegio de ser un William Freeman Halstead protegido por un gigante empresarial como el Herald, o por el origen nacional como Fernández Juncos.

Aprecio el exceso y la complejidad porque me recuerda la vida. Crimen en la Calle Tetuán me parece un modelo de primer orden de hybris o desmesura en el buen sentido de la palabra. Eso no es un descubrimiento nuevo. La cultura y la sociedad del siglo 19, dejan ese sabor dulce y amargo, y ese tono incierto y contradictorio, desde los tiempos del Modernismo literario que lo ensalzó y emborronó. Habría que esperar a la Historiografía Social del último cuarto del siglo 20, para desmontar y demoler los prejuicios Modernistas y Treintistas respecto a aquella época. El desencaje estaba completo. Esta novela fue parte de ese proceso de desmoronamiento. Cuando vuelva a ver a José Curet, no voy a dudar en invitarlo al periplo por las calles de su novela.

Comentario sobre el libro de José Curet. Crimen en la Calle Tetuán. San Juan: EDUPR, 1996. 128 págs.

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