Narradores 1990 : Edgardo Rodríguez Julia, Cámara Secreta y un juego


  • Mario R. Cancel
  • Escritor puertorriqueño

[En el 2010, como producto de la lectura de El espíritu de la luz (2010), he vuelto a leer los apuntes que elaboré en 1996 de uno de los textos más atrevidos y menos comentados de Edgardo Rodríguez Juliá, Cámara secreta (1994). Recordar aquella apretada colección entre el cuento, el relato, la crónica y el ensayo fue, por su fuerte trasfondo histórico, una invitación a releer la colección. Volver a publicar ahora aquellos comentarios ha sido como entablar un diálogo  contencioso y complejo con mi doppelganger. Se trata de una sensación parecida a la que siente Rodríguez Juliá cuando alude a la presencia de un personaje uncanny en su obra reciente. En cierto modo, tras las (re)lecturas,  me descubro como otro lector que acaba de degustar una obra nueva. En el tintero dejo una (re)lectura detenida de Cartagena (1997) obra que, en cierto modo, completa un frágil pero significativo tríptico literario redactado por uno de los mejores escritores de este curioso cambio del siglo.]

En 1996 decía: “Un texto fronterizo sería, tal vez, la mejor manera de definir la Cámara secreta (1994) de Edgardo Rodríguez Juliá. Fronterizo entre dos mundos que han sido tabú en las letras insulares, a pesar de todo el interés que despiertan en las tertulias cerradas. Erotismo, pornografía,  trípticos amatorios, el mercado sexual de consumo, homoerotismo, exhibicionismo, voyeurismo y hasta paraísos artificiales derivados del alcohol y los alucinógenos. El volumen representa una parodia de la frágil moral de una sociedad que tiene, necesariamente, que mirarse en el espejo de sus historias para inventar una autocomprensión a la cual, al parecer, no ha arribado a pesar de  todos los discursos dispares que se ha dictado. Es el fin de siglo y la palabra escrita trata de romper otra de sus limitaciones: la que impone la desnudez.”

Cámara secreta (Monte Ávila, 1994)[En el 2010 me doy cuenta de que en aquel entonces, leí Cámara secreta como el intento de develar un situación de desnudez que hoy identifico con la crisis de una serie de discursos identitarios ya han perdido su legitimidad. La indagación en ese ámbito por Rodríguez Juliá me sugirió que era válido identificar esa desnudez con la ruina de los vestidos que creó el país para explicarse. Cámara secreta hubiese sido una metáfora original de la crisis del discurso moderno en la colonia.]

En 1996 decía: “Rodríguez Juliá pone todo su empeño en la dilucidación de un heteroerotismo mágicamente dibujado a través de las figuras de Carmen, Teresa y Mónica, tiñéndolo de un obsceno espíritu caribeñista a fin de confrontar al lector con toda la realidad de las falsas moralidades que se ha creado la mentalidad occidental. El texto parte de una premisa  inventada desde afuera. La hipersexualidad caribeña fue hija pródiga de los devaneos paradisíacos de los conquistadores europeos que no comprendían la desnudez de la naturaleza americana.

[En el 2010 me hago cargo de que en aquel entonces, había cuestionando los vasos comunicantes -la fragilidad del límite- entre la hipersexualidad y el homoerotismo porque eso fue lo que vi en la figura del Alejandro de “México, 1930”. Este personaje, y esto es una hipótesis,  posee muchos matices del Daniel Santos de Luis Rafael Sánchez en La importancia de llamarse… (1988), fabulación que leí en 1994. Ese cuestionamiento común de la macharranería caribeña, es un asunto que deberé discutir en otra ocasión.]

En 1996 decía: “Cámara secreta es un complejo conjunto de textos a través de los cuales Rodríguez Juliá, en la misma medida en que recorre la historia de la fotografía desde su popularización a partir del año 1888, redescubre la intrahistoria de la fotografía erótica. El universo del daguerrotipo, sin embargo, apenas se insinúa. Rodríguez Juliá quiere sembrarnos en un momento particular de la historia europea. La impresión que nos deja este libro es una que se había recuperado mediante la revisión de los procesos históricos finiseculares: la fotografía es una de las grandes marcas de la modernidad madura que, incluso, ayuda a los modernos en la  toma de conciencia de que la época arriba a sus propios límites.  En cierta medida, el perfeccionamiento de la fotografía puede explicar muchas de las rupturas que se ofrecen dentro del conjunto de las artes plásticas de Europa, una vez agotados los cánones que su misma tradición le había impuesto. Por eso no resulta sorprendente que un envejecido Emilio Zolá, sea una de las primeras figuras que se enamore del género fotográfico tan fatalmente como se enamoró de su Jeanne Rozerot.

[En el 2010 reafirmo la percepción de que Rodríguez Juliá enfrenta el problema de la Historia desde una perspectiva más allá del suspenso, el acontecimiento y la mera trama. Trata de tomarla por asalto, espero excusen la metáfora cinegética  y/o bélica, desde su vitalidad o su emocionalidad. Por eso la Segunda intempestiva de Federico Nietzsche me llega a la memoria con tanta premura en este caso.]

En 1996 decía: “Cámara secreta está selectivamente ilustrado con una serie de imágenes que cuentan su propia historia y callan también algún severo secreto. Lo que yo me pregunto es ¿por qué Tina Modotti me resulta tan tierna en una desnudez que se supone despierte en mi la promesa de la “inmortalidad erótica” o la lascivia? Texto y pretexto erótico hacen en este libro el perfecto juego que, sin perder la personalidad caribeña, demuestra la capacidad del autor para aproximarse a uno de los temas humanos por excelencia: la sexualidad.

[En el 2010 no tengo nada que añadir a ese comentario.]

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