El cuento de Juan Petaca


  • Salvador Brau Asencio (c. 1910)
Nota: El cuento de Salvador Brau (1842-1912) apareció en la Antología puertorriqueña de Rosita Silva publicada en 1928 por la Imprenta Venezuela de San Juan.

Acercábase a su fin el año 1915, duodécimo de mi residencia en Yucatán, adonde emigré de Puerto Rico huyéndole a los americanos.

No crea alguno que esto de huir se debió a daño personal que de ellos recibiera. Fue el caso que yo oía atribuir la causa de no correr el oro en mi tierra a los yanquis, por negarse a tomar café borinqueño y empeñarse en empacharnos con arroz de puyita; y aunque yo no tenía café que vender ni dinero con qué comprar arroz, ni menos un cuadro de terreno en donde sembrar esos granos, acostumbrado a practicar aquello de — “¿Dónde vas, Vicente? — Donde va la gente”, me arrimé a una trulla que se alejaba del país. Para nunca más volver, como dice la guaracha cubana y… ¡cata ahí a Juan Petaca cultivador de maguey! Por ciencia infusa seguramente, porque allá en Puerto Rico el maguey se da montuno, y solo lo vi emplear en la curación de alifafes a las bestias. No me arrepentí del viaje, pues aunque la faena fue dura y larga, me proporcionó alguna experiencia de la vida, enseñándome a apreciar lo que representan la inteligencia, actividad y método de cada abeja en el maravilloso producto que se acumula en la colmena. Gracias a estas lecciones me hallé a los diez años propietario de un conuco exento de hipotecas, y disponíame a tomar el título de padre de familia, cuando, no sé por arte de quién, llegó hasta mí la noticia del abandono de Puerto Rico por el gobierno de los Estados Unidos, dejando a mis paisanos en aptitud de proclamar la Confederación Antillana, cosa que, cuando yo me ausenté, estaba al caer, como guanábana madura, según rezaba un folleto.  Y a esta novedad se agregaba otra no menos extraordinaria: como que el cultivo de la caña y del café, y hasta el de las chinas, se daban por sustituidos en mi tierra con el de las uvas, y eran tantos los viñedos y tan exquisito el vino obtenido, que se temía un conflicto en Europa.

Salvador Brau Asencio

Oír esto y obsesionarme la idea de regresar a Puerto Rico fue todo uno, y no por sugestión patriótica solamente, pues si bien movíame a curiosidad el manejo de mis paisanos sin padrastros ni curadores, aún me intrigaba más la adquisición de aquella mágica fórmula que convirtiera una región caribeña en zona vitícola. Armado yo con esa receta bien podían decir en Yucatán: “Se acabó el mamey”; porque, ¿cómo esperar que el indio se resigne al pulque, teniendo a mano algunas cañas de Malvasía o un botijo de Valdepeñas? Bien maduradas estas reflexiones dime a arbitrar recursos para emprender el regreso, trasladándome al fin a Veracruz, donde tomé pasaje en un vapor que se dirigía a Santomás.

Tocóme por compañero único en la navegación un catalán muy locuaz que no tardó mucho en pegar la hebra diciéndome:

—¿Va ustet a Puerto Rico? Pues no le arriendo la ganancia. Allí estuve, y de verás que ya me he encomendado a San Cucufate del Vallés, mi patrono, al saber que tendremos en aquel puerto escala forzosa.

—¿Qué le hicieron mis paisanos? — hube de preguntarle.

—¡Cómo! ¿Ustet es puertorriqueño? Periodista, ¿verdat? Y, es claro, tan informal como los otros.

—No soy periodista, ni vivo en mi país desde hace tiempo. Yo vengo de Yucatán.

—Como si dijéramos del fin del mundo, ¿verdat? Pues entonces no puede usted saber la mala pasada que me han jugado sus paisanos. Con sus exageraciones sobre la vid y los viñedos, hicieron creer en Barselona que tenían en el vino una riqueza, y como este año hemos perdido toda la cosecha en el Priorato, yo me vine para acá tras del negosio. Quería dar un copo, ¿sabe ustet?… Y el copado he sido yo.

—¿Era malo el vino?
—¡El vino! Como no consigan fabricarlo con uvas del mar o con murtas de Cangrejos, tendrán que tomar guarapo hasta el día del juicio.

—Entonces no es usted solo el chasqueado; porque yo también hago este viaje atraído por eso del vino y por lo otro de la Confederación.

—¿La confederasió? ¡Quin romanso!

—¡Qué! ¿No la hay tampoco?

—¡Hombre! Lo que es haberla sí que la hay. Pero si dentro de un mismo territorio no han podido unirse dominicanos y haitianos, olvidando rencillas y preocupaciones, ¿cómo habrían de ligarse por un pacto federativo las 360 islas e islillas que, desde el canal de Bahama hasta el golfo de Paria, ocupan razas y gobiernos distintos?  Empiece ustet porque Cuba que se ha desangrado durante treinta años para conseguir su independencia no ha de sacrificarse enyuntándose con Tórtola o Los Roques. Luego vienen Jamaica, Trinidad, St. Kits, Antigua, Bermuda, Barbada, Nevis, Anegada, ¡y qué sé yo cuántas más!, pertenecientes a Inglaterra que usa máquinas de agafar de gran potensia. Allá en España agafó a Gibraltar, y todo lo que hay que desear es que no entre en ganas de llevarse otra cosa. Dinamarca no es de esperarse que regale a Santa Cruz, Santomás y sus otras virgensitas, cuando no quiso venderlas por muy buenos millonsejos; Francia no se desprende de Guadalupe y Martinica aunque le prometan una función diaria del Mont Pelat; Holanda se halla satisfecha con los nísperos de Curazao y la sal de Bonaire, y hasta Suecia creo que tiene un criadero de alcatraces allá por San Bartolomé… Esto sin contar con el reguero de frijoles de las Lucayas, donde no queda ni un peñasco mostrenco. ¡Cualquiera se encarga de dirigir esa orquesta! Ni que formar una nación con tales elementos fuera lo mateix que menjar butifarras… Lo que hubo fue, que al retirarse los americanos…

—Pero, ¿es cierto que se marcharon?

—¡Hombre! ¡Hasta el mismo Job, con toda su paciencia, hubiera hecho otro tanto!  Considere ustet que sus paisanos comenzaron por pedir que los Estados Unidos no tomasen más café que el de Puerto Rico, como si la zona cafetera de esa isla pudiera satisfacer el consumo de 76 millones de habitantes que forman la poblasió de la Gran República.  Después se opusieron a la importación de arroz, porque con ese negocio se llevaban del país los americanos tres millones de pesos, año tras año, y esto, como ustet comprenderá, era un criterio retorcido; porque si en Puerto Rico se toma el arroz por agua común y con polvos de arroz se embadurnan hasta las cucarachas viejas, la responsabilitat del gasto excesivo ha de imputarse a los consumidores y no a los proveedores que son comerciantes y no filántropos.  Una cosa es la humanitat y el negosio es otra cosa, dice Ayala en El tanto por ciento, y lo mismo ha de decir la lógica universal; sin embargo la insular quiso parodiar aquello del cómico de la legua: O firmas este puñal o te clavo este papel. . . y, ya metidos en parodias, hubo que prohibir la introducción de grasas y tocinos para fomentar la cría de cerdos y rechazar la importación de calzado que hacía competencia feroz a los zapateros, y recorrer así toda la escala proteccionista, para conceder a los fabricantes de mabí una prima en favor de su industria.  Como el Tío Sam no tiene un pelo de primo, cortó por lo sano, diciendo que para berengenales ya tenía bastante con el de Panamá, e hizo mutis. Entonces, como Puerto Rico mide treinta leguas de largo por once de ancho, y una nación reducida a tan exiguo perímetro y circunvalada además por el mar, hubiera parecido más raquítica que la república de Andorra, opinaron algunos que era llegada la hora de que se cumpliesen las profecías… Y se acudió a la federación con las islas adyacentes.

—¿Cuáles islas?

—¡Hombre de Dios! ¿Tan atrasado anda ustet en geografía antillana? ¿Cuáles han de ser las islas inmediatas a Puerto Rico, si no Vieques, Culebra, Culebrita, Mona, Monito, Cabras, Ratones, Palumitos, Caja de Muerto, Desechado, Hicacos, Cayo Santiago, etc.? ¿Le parecen a ustet pocas para una confederasió?

Lo que me parecía a mí era que aquel tío guasón me estaba tomando el pelo, pero lejos de enfadarme di riendas a la broma, preguntándole cuánto dinero había pagado por aquellas noticias.

—Por esas nada; mas, por desgracia, obtuve otras aligerándome el bolsillo. Cien pesos me cobraron en la aduana al registrar mi equipaje.

—¿Matute,  eh?

—¡Ca! No, señor. Camisas de hilo y trajes de lana de uso personal. Tejidos catalanes, los primeros del mundo, ¿sabe ustet? Excusáronse con que el gobierno provisional había decretado el cultivo forzoso de la sansevieria,  y el criterio proteccionista extremaba el rigor en pro de la industria insular; pero, ¡qué industria de Dios!; si todavía no hay un telar en la isla. No basta sembrar una planta textil, hay que saber la aplicación que tendrá en los centros manufactureros, y como yo no he visto a nadie usar calzoncillos u casacas de esa sansilvería, claro está que me incomodé, y se me escaparon algunas pesadeces. Aconsejáronme, para calmarme, que pitara la Borinquen, pues ya en el país la pitaban todos; pero yo no estaba para pitos y me dirigí al Congreso con una protesta…

— ¡Que sería atendida, seguramente!

—¡Si no había tal Congreso! Hallábanse en estudio las bases del pacto federal, y era cosa de gusto oír las proposiciones y exigencias de los pactistas. La Mona, protestando de su forzoso celibato, reclamaba en cláusula previa que la proveyesen de un orangután; el Monito rechazaba el diminutivo, porque cuatrocientos años era tiempo sobrado para alcanzar la mayoría de edad. ¡Vamos, que quería graduarse de chimpancé! Los Paluminos o Palumitos aspiraban a transformarse en guaraguaos, para defenderse de la Culebra que andaba sin bozal y no les dejaba huevo sano en los nidos. Los Ratones habían reclamado por teléfono que se degollasen todos los gatos en la capital, sin cuyo requisito corría peligro la vida de los senadores de aquel Estado; el Desechado exigía Universidad y puerto franco, para borrar un poco su despreciativo nombre; Caja de Muertos lo subordinaba todo al privilegio que le daba su título para proveer ataúdes a los confederados, y las Cabras no pedían nada, acaso por temor de que las llamasen, cornudas; pero como en su territorio se cultiva la lepra,  los otros pactistas les armaron un zipizape, rechazándolas de la convención. Total: que allí no se entendía nadie y la discusión prometía acabar a tinterazos, por lo cual me guardé la protesta y volví las espaldas.

También se las volví yo a mi interlocutor, sospechando en su burlona garrulería un poco de la roña que le causaba reconocer nuestra soberanía territorial.

Días después largaba anclas el vapor en plena bahía de San Juan y el primer saludo de un compatriota recibíalo de Cándido Manganilla, el botero de Cataño que doce años antes me condujera a bordo. Era el mismo Cándido; un poco más acartonado y cetrino, pero tan truchimán como antes.

—¡Ay, don Juan! — exclamó al reconocerme. — ¡A qué mala hora se le antojó volver!

—¡Qué! ¿No va bien con la independencia?

—No, señor. Estábamos mejor con los americanos. —Entonces aquí lo peor es lo último, porque recuerdo que cuando me marché, los mayores enemigos de España sostenían que estábamos mejor con los españoles.

—Yo le diré. Al principio todo fue vivas y cohetes y música. La Borinquen a chorro contínuo día y noche. Hasta se acordó mudarle el nombre al Callejón del Tamarindo, llamándolo Avenida de la Conflagrasión.

—Confederación, querrás decir.

—Bueno; lo que sea. Pero de un modo u de otro, lo que nos trajo eso fue un diluvio de brujas, que de las tierras añidías acudían tras el mamey, armándose con los mejores destinos y dejándonos a nojotros en la calle. Y en cambio no nos ayudaban con un empréstito que es lo que nos hace falta, porque sin dinero la tierra no da preduto, y echarnos unos socios arrancaos, pa tenerlos que mantener, maldita la utilidad que trae. Luego los americanos se fueron muy enfadados, cortando toda clase de relaciones con la Isla, y en Europa no quieren abrirnos crédito al oírnos cacarear nuestra miseria. Bailamos mucho, eso sí, pero debe ser para engañar el estómago, porque, según dicen algunos periódicos, la gente se muere de hambre por los caminos. ¡Nada! Que parecemos un pueblo de pordioseros, y eso, ¡eso es claro!, con pordioseros nadie hace negocios ni a los pobres de solemnidad se les presta dinero, porque no han de pagarlo. Que estamos apuraos ya lo sé; pero no creo que, desacreditándonos nojotros mismos, venga de fuera el remedio. He oído decir siempre que la fuerza de calabrote está en la apretura de las filásticas, y aquí ca uno jala pa su casa y el vecino que lo parta un rayo.

—Antes había dos partidos que se tiraban al degüello; ahora tenemos ocho: los confederados, los departamentales, los comunales, los individualistas, los históricos, los camanduleros, los oligarcas y los disolventes. Cada uno con sus comités y sus periódicos y sus reyertas y su candidato a la presidencia de la República. Esto es un infierno, don Juan; pero acabará pronto.

—Supongo que a garrotazo limpio.

—No, señor, no: hay trabajos muy serios y adelantados para traer las cosas al orden.

—¿Otra vez las sociedades secretas?—¡Qué remedio tiene! Aquí donde usté me ve, soy secretario de El Coco Sarazo que funciona en Guaynabo y se entiende directamente con la Junta Revolucionaria de Nueva York.

—Sea enhorabuena. Pero, ¿qué se propone esa Junta?

—Traer otra vez a los americanos; pero con Sampson y dos vapores de tres chimeneas, como aquel que les sacó andadura a algunos tullíos, cuando la guerra.

—Desengáñate, Cándido. Ni Sansón ni todos los filisteos han de traer a esta isla la fe, la perseverancia y la circunspección de que ha menester. La moral económica de un pueblo no se adquiere en mercados exportadores: se ha de producir y sostener por el pueblo mismo.

—¡Bueno! Yo no entiendo bien eso; pero ya me lo explicará. Vámonos a tierra. ¿Dónde están sus maletas?

—No desembarco. Si las cosas están como las pintas prefiero no verlas. Y vas a decirles a mis amigos, si algunos me quedan, que yo, el más petaca de todos los Juanes borinquenses, les aconsejo que se aprendan de memoria y repitan, como oración cotidiana, la fábula de las ranas que pedían rey.

—¿Y qué les pasó a esas ranas, don Juan?

—Pues, que todos los reyes que les nombraba Júpiter les parecían malos, y a unos por avispados en demasía y a otros por sobrados mansos, los acosaban con sátiras, inculpaciones y vituperios.  Tantas fueron las mudanzas y tan formidable llegó a ser la popular gresca, que Júpiter, exasperado les designó por rey un culebrón que se las engulló a todas…

Cándido regresó a tierra algo mohíno, y dos horas después proseguía mi viaje, pidiendo a Dios que no llegue el caso del culebrón para mis compatriotas.

El loco de Sanjuanópolis


  • Alejandro Tapia y Rivera (1880)
Nota: El texto que sigue fue escrito en 1880 por Alejandro Tapia y Rivera (1826-1882) y volvió a imprimirse en 1938 en Cuentos y artículos varios, obra difundida por  la Imprenta Venezuela de la capital.

Tal vez no hayan encontrado los lectores el nombre de esta ciudad en los tratados de Geografía porque sin duda figurará en ellos con otro cualquiera. Nosotros sabemos que eso fue una ciudad de las Quimbámbulas: ciudad desgraciada, si las hay.

Esto puede suceder, puesto que las poblaciones suelen como los individuos, obedecer durante su vida a las circunstancias que rodearon sus cunas. Las hay indudablemente felices, por su asiento en lugar apropiado a su desarrollo, con la proximidad de algún buen río que no sólo apague la sed de los habitantes, sino que sirva para la industria, el aseo y hasta el ornato público, pero existen otras poblaciones que muestran a las claras el desacierto que presidió a su fundación. Esto aconteció con la pobre Sanjuanópolis. Supóngase el lector que la situaron en un islote largo y estrecho como no sé qué, sin agua comenté y sin más espacio que el que podía necesitar allá en su origen; y para mayor desgracia suya, eran tales los asaltos de corsarios y otros enemigos extranjeros, que hubieron de considerar los vecinos de antaño, como salvación, las murallas con que se vieron precisados a cercarla.

Con el tiempo creció como era natural, el vecindario; pero no la ciudad; convirtiéndose las casas en colmenas con gran número de zánganos, por cierto.  Huyeron los corrales y el arbolado que les daba oxígeno, sombra y fresco y, por consiguiente, salud del vecindario;  con aumento prolífico de sabandijas, insectos y lo que es más deplorable, de los zánganos referidos.

Entre las abejas, había un infeliz que, según sabemos, se apellida Venancio o don Venancio, como las gentes le designaban para hidalguizarle o porque naciera hidalguizado.

¡Pobre don Venancio! ¡Pues no dio en la manía de quejarse a todas horas de cuanto llevamos dicho! Lo peor es que predicaba en desierto, y llegaron a tomarle hasta por demente.

Pero al cabo fueron todos enloqueciéndose a su vez puesto que corporaciones y particulares comenzaron a murmurar primero y a quejarse después, de la falta de aire, de luz y de salud, así como del aumento de sabandijas, insectos y zánganos en tan reducido espacio.

Esto venía a corroborar aquello de que el sueño de hoy suele ser la realidad de mañana; pero don Venancio al oír que todos, en vez de contradecirle o de escucharle con indiferencia como antes, le iban ahora con la corriente, acabó de perder los estribos de puro gozoso.

Sin embargo, como veía que todas eran exclamaciones y palabras, y de acá para allá y de allá para acá, y papel, y discursos y escribir; y que el tiempo corría y él necesitaba establecer una industria, y no había casas; que quería mudarse porque se ahogaba, y no había casas; que se moría de hambre porque todo se lo llevaba el estupendo alquiler, y no había casas; que tenía que ir preguntando a los transeúntes y a todo el mundo, de antemano: “¿Cuándo se muda usted para habitar la pocilga que usted vive, porque no se encuentran casas?” y que por último, veía disputarse y pujar como en subasta para llevarse una destartalada habitación, cual si se tratase de una mansión olímpica, porque no había casas; etc., etc., concluyó por decirse: “Pero, señor, ¿qué se han hecho las casas de esta ciudad? ¿Qué diablo de ciudad es ésta que todo lo tiene: pulgas, sabandijas, zánganos, patios húmedos, agua de aljibes, (sucios hoy mañana secos), letrinas horribles, focos de infección y de otras cosas, y no tiene casas?”

El infeliz don Venancio se quejaba, y se quejaba… como en el desierto; sin embargo de que oía quejarse a los demás de lo mismo, pero… con igual fruto.

-Habláis de la higiene física —les decía caluroso—, ¿pues y la higiene moral? ¿Qué educación puede haber para vuestros hijos con el baturrillo de gente que pulula en los bajos y corrales de vuestras casas? ¿Qué obtendréis de esa mezcolanza de clases  tan desacertada, en que los de abajo no mejoran y los de arriba pierden? ¿Qué criados habrá que no acaben de malearse con zahúrdas semejantes? Qué palabrotas para los oídos de vuestras hijas, qué cinismo en las conversaciones; qué insolentes disputas con el de arriba y a deshora, por el uso nocturno de la puerta de la calle, qué algazaras a media noche con las riñas y peloteras; qué alarde de mancebías y qué mezcla de requiebros, arañazos y cosas inaguantables, y todo, porque el casero quiere aprovechar hasta el rinconcillo más inmundo o porque no se cabe en la ciudad! Tapiad los oídos de vuestros hijos, y tapiad sus ojos, sobre todo los de vuestras hijas, porque de seguro que nada saludable podrán sacar sus almas de semejantes focos de pestilencia.

Así decía el pobre don Venancio, y todo el mundo le hacía coro y repetía lo mismo; sólo que aquel se trastornó de tanto desear el ensanche, de la ciudad; porque sabido es que para volverse loco, nada más a propósito que fijarse en una idea y soñar con lo imposible. Y como este imposible era posible en el juego de será y no será, de ya va a ser y va a no ser, su cerebro trastornaba más y más.

-Pero señores —decía—, creo en el mejor deseo de la administración. Por lo tanto, no comprendo por qué no se hace hoy lo que habrá de hacerse mañana. Si al cabo es de necesidad, ¿a qué oír más razones? No hay razones posibles contra la necesidad, y mañana nos asombraríamos de los fútiles que habrán venido a ser las razones de hoy. Quien dé a la sediente y apretada Sanjuanópolis, agua y ensanche, le habrá dado vida y será su mejor padre.

Pero don Venancio estaba cada vez más rematado, daba lástima oírle gritar constantemente: ¡agua y ensanche para Sanjuanópolis!

De suerte que no era cosa de tolerarle por más tiempo. Los vecinos quejábanse de aquel charlar de día y de aquel vocear de noche, sobre un mismo tema que les aturdía y quitaba el sueño.

Verdad es que solían decir: “Este loco tiene razón; pero ¿qué vamos a hacerle? No nos deja dormir y es forzoso encerrarle.”

Y dieron con él en el manicomio, y allí volvía más locos a los demás o los aturdía con sus repeticiones de ¡agua y ensanche, agua y ensanche! Y fuese enflaqueciendo, y sólo le quedaban pulmones para gritar lo mismo noche y día.

Por fortuna de la ciudad, los demás vecinos, aunque contagiados por su idea, le oían desde lejos, y no se exacerbaba tanto su deseo de agua y ensanche; que a dar todos en la manía de gritar del mismo modo, habría habido que complacerlos, sobre todo en lo del ensanche y en lo del agua, allá por Mayo; pero la demencia de nuestro hombre era pacífica y periódica, según la luna, aunque no dejaban de estar todos monomaniacos, si bien decían sólo por lo bajo: agua y ensanche.

Don Venancio la había tornado por lo alto, y por eso se hizo un loco más insufrible. Vivió muchos años y siempre loco y gritando, a pesar de su encierro: agua y ensanche. Y ya por último enronqueció y repetía con dificultad sus furiosas palabras.

Y cuando no pudo ya decirlo con la garganta, lo expresaba por señas.

Murióse de puro viejo; y en su última hora, repitió lo mismo, allá como pudo.

-¡Agua y ensanche para la desdichada San-Juan-ó-polis! —fueron sus últimos acentos.

Descanse en paz el pobre loco.

El infeliz tal vez hubiera recobrado la cordura, si da en vivir un siglo o algunos siglos más, y llega a ver realizada su manía. ¿Pero quién va a ser eterno? ¡Más vale morirse!

Betances, poeta de Luis Hernández Aquino


  • Mario R. Cancel
  • Historiador y escritor

En septiembre de 1986 vio la luz una de esas obras que, sin mucho escándalo, abren brechas en la bibliografía puertorriqueña y señalan rumbos a los investigadores. Se trata del libro Betances, poeta, con prólogo y notas del fenecido Dr. Luis Hernández Aquino.

Esta pequeña joya de la historia literaria nacional, recoge 17 poemas de aquel que con sobrada justicia, ha sido llamado “Padre de la Patria Puertorriqueña” y dos breves escritos de Hernández Aquino, el poeta, dedicados al Dr. Ramón Emeterio Betances y a su amada María del Carmen Henry Betances, la mítica Lita del Epistolario íntimo del conspirador de Cabo Rojo. Completan el texto dos fotos de Betances correspondientes a los años 1859 y 1879 cuando ya su fisonomía había adquirido esa nota de “Sacerdote de la Ciencia” que le reconocía el periódico francés L’Amerique.

Betances, poetaLa profunda conciencia histórica de Hernández Aquino le llevó a publicar esta obra para, según sus palabras, “dar cumplimiento a una necesidad, en el  sentido de que se le tenga en cuenta (a Betances) para inclusión en las antologías de poesía lírica” puertorriqueña (p. 9). Desde 1986 hasta nuestros días, nada se ha hecho al respecto.

Tenemos en nuestras manos una traducción de la poesía que en francés escribió Betances en la cual se ha protegido el ritmo, la rima y la musicalidad del verso. Estas versiones son muy distintas a las que ya conocíamos de la obra poética betencina. El hecho de que conserven en español los movimientos y rasgos del francés, hacen de su lectura una más fácil y placentera y nos permiten apropiarnos mejor de la vena lírica del revolucionario.

La palabra adquiere aquí un tono muy distinto al de las proclamas y la correspondencia incendiaria y comprometida. Estos versos están muy cerca del lenguaje de Epistolario íntimo, los textos más apasionados y sentidos, en el plano humano, del insigne puertorriqueño. Pero aquí la nostalgia romántica domina por doquier.

Tiene Hernández Aquino la virtud de trascender lo que tradicionalmente se comenta de Betances literato. Más allá de la ubicación dentro de la escuela romántica (piénsese en Les deux indiens), de la presencia de Edgar Allan Poe (piénsese en el relato Vierge de Borinquen) y Voltaire (piénsese en Voyages de Scaldado, hermosa sátira de la represión política y los compontes), poco se había dicho de su obra literaria. Notable era la convivencia de los grandes temas del amor y la patria.

Pioneros de su estudio fueron sin duda nuestras Josefina Rivera de Alvares, Ada Suárez y Carmen Lugo Filipi. Hernández Aquino ubica con precisión a través de este texto las influencias de la lírica del último tercio del siglo XIX cuando el fenómeno del imperialismo y la industrialización conmovieron los espíritus sensibles de Europa disparándolos hacia rutas hasta entonces desconocidos o simplemente olvidadas. También en su poesía descubre  “los  gérmenes del nuevo arte” (p. 12) parnasiano y simbolista que Gerard de Nerval, Teófilo Gauthier, Charles Baudelaire y, en cierto modo, Paul Rimbaud, el más determinante de la escuela nueva.

Y detrás de toda esa alma grande de luchador y vidente, los anhelos mayores del patriota, “La libertad radiosa, / soberana y serena…” (p. 61) como motivo último.

Luis Hernández AquinoBetances, poeta es un verdadero llamado al lector puertorriqueño para que mire hacia Betances y ratifica algo que para nosotros es verdad incuestionable: que en Betances tiene Puerto Rico, al decir de Carlos Rama, “la figura más grande de la historia nacional puertorriqueña”. Todo lo que falta por hacer con la apoteosis betancina es un sueño de patria y será siempre también un tributo a los que, como Hernández Aquino, sintieron ese imperativo.

En 1986 le escribí a don Luis, así aprendí a llamarlo de Carmelo Rodríguez Torres, una nota para comprarle dos ejemplares de este libro y que, de paso, me remitiera una factura porque yo sabía lo difícil que era hacer un libro en esta isla. La respuesta de don Luis fue muy sencillas:  “Me conformaría con que lo recomendara a sus estudiantes, no sólo por lo que representara económicamente, sino por reparación a Betances, el poeta olvidado, cuyo procerato poético anda en sombras por esas antologías e historias de la literatura. Me pide usted una factura, eso me enoja; mucho le debo a Carmelo, y en tratándose de usted me complazco con su amistad y las muestras que ha dado de admiración e interés por mi obra literaria”.

Desde la eternidad Betances y don Luis también sueñan en la Patria.

Publicado en Visión: In-up 30 de abril-13 de mayo de 1992: 10.

Documento: Mayagüez y la llamada Generación del ’80


  • Mario R. Cancel
  • Escritor e historiador

Recientemente leímos, con sumo placer, los escritos donde se discutía la naturaleza de lo que ha comenzado a perfilarse como una nueva generación de poetas: la del ’80. En los escritos de Rafael Acevedo y Zoé Jiménez se nos habla de una manera de escribir propia de los jóvenes que empezaron a producir en los años ’80.

Las coordenadas del bagaje bibliográfico-teórico son conocidas para la mayoría de nosotros: Lima, Ché Meléndez, entre los mayores; Albaladejo, Nieves Mieles, Fontán, la revista Taravilla y el taller “Intemperie”, entre los más recientes y mejor logrados. Faltan, obviamente, muchos poetas y revistas en la nómina, pero completar la misma no es posible en un sólo artículo.

Lo que sí nos sorprendió fue la ausencia de la experiencia lírica de unos cuantos que alzamos la bandera de la poesía en el Recinto Universitario de Mayagüez precisamente en 1980. La presencia de los talleres de creación y del periodismo estudiantil en el colegio fue, en términos generales variada y valiosa.

Generación del 1980

No nos referimos tan sólo a los esfuerzos de Luis Cartañá a través de “El Árbol de Cristal”, o de la añorada tertulia de la librería “El Quijote” de Guillermo Martínez, o a los talleres de creación de Loreina Santos Silva tan cruciales, por otra parte, para el desarrollo del buen gusto literario y del espíritu crítico de los jóvenes autores.

El periodismo estudiantil también fue rico y publicaciones como El Chicharrón y Clarinada, ofrecieron sus páginas para la expresión de la joven lírica. Los mensuarios políticos Venceremos (FUPI) y Bandera Roja (UJS-MSP), fueron un valioso modelo y acogieron en sus páginas breves escritos en donde la sátira y el humor comprometido predominaron.

Fuera de los talleres y las revistas estudiantiles, pero con un gran sentido de poeta distinto, hay que mencionar a Sabino Méndez, fino poeta y cuentista prácticamente desconocido. Y en el campo de la promoción de la literatura joven no se puede olvidar a Sotero Rivera Avilés que ha dado vida al concurso literario del Instituto Comercial de Puerto Rico durante ocho años. Muchos de los llamados poetas del ’80 han sido premiados en ese concurso, Albaladejo y Nieves Mieles, entre otros.

Revistas como Mairena de Manuel de la Puebla y Amaneceres de Ángel Gómez, ofrecieron sus páginas a los jóvenes escritores de esta década. Allí conocimos la poesía de Martínez Márquez, pero también vimos proyectarse la de Sabino Méndez.

En el campo de los talleres, el Recinto de Mayagüez fue cuna de uno que desplegó una amplia labor en materia de lecturas de poesía, conferencias y charlas de historia. Ese fue el Taller “Caramba”. La radio y la prensa local fueron utilizadas como vehículo para transmitir lo que se consideraba correcto. En el Taller “Caramba” se desarrollaron poetas que hoy hemos perdido de vista como Yolanda Rivera y otros que apenas publican, como Carmelo Medina Jiménez. Cerca de ese taller se desarrolló también el autor de estas líneas.

Esos jóvenes poetas se alzaron, o más bien, nos alzamos contra lo que llamábamos entonces “la traición del ’60”. Creíamos que la gente de Guajana y Mester había olvidado un compromiso histórico de lucha y así lo hicimos saber.

Hubo confrontaciones con los más recalcitrantes del ’60 y actuamos como esperábamos actuara la generación modelo. No queríamos publicar libros y realizamos lecturas en plazas, centros comunales, universidades, festivales de pueblo y actos políticos. En ningún momento nos sentimos preteridos porque la poesía era nuestra fe y la persistencia nuestra divisa.

Unos cuantos del ’60 se nos acercaron. Recuerdo a Loreina Santos Silva, Juan Torres Alonso, Germán Delgado Pasapera y Carmelo Rodríguez Torres. Nos parece que la animosidad que teníamos con los compañeros del ’60 fue un proceso natural de búsqueda de espacio en el mundo de la lírica. En 1988, ninguno de nosotros pensaría como hace ocho años.

De hecho, del panfleto de atmósfera urbana pasamos a experimentar con la metáfora, con la sinestesia, con la experiencia de la negritud y con la historia. En este momento, de cara a la década finisecular, debemos reconocer que en 1980 faltaba mucho por aprender. Asimismo, en 1988 falta mucho por aprender y la maduración de aquel puñado de poetas está por darse.

Muchos fueron los imperativos históricos que nos golpearon en aquellos años. El resquebrajamiento del “ela”, las nuevas luchas universitarias con su secuela de expulsiones, el romerismo, la incidencia del pensamiento neo-marxista, el debate en el seno de los sectores socialistas y una gran cantidad de lecturas y re-lecturas de viejos y nuevos maestros. Recuerdo la emoción y la rabia con la que leíamos a poetas tan dispares como Giusseppe Ungaretti y León Felipe; Juan Larrea y Pablo Neruda; Otto René Castillo y Jorge Luis Borges.

Nosotros somos hijos del “ela”, pero también somos los hijos de la generación revolucionaria por excelencia: el ’60. En nuestra evolución, aquellos que en el 1980 atacamos al ’60, nos hallamos ahora trabajando a su lado. Igual sucedió con las relaciones del ’60 con la gente del ’30 y el ’50. Es cuestión de conciencia histórica.

La gente del ’80 tiene que plantearse una revolución efectiva en la factura del verso y una revolución social real. Nos parece que el debate sobre este fenómeno es, más que saludable, pertinente y necesario.

La gente del ’80 tiene que plantearse una revolución efectiva en la factura del verso y una revolución social real. Nos parece que el debate sobre este fenómeno es, más que saludable, pertinente y necesario.

Nota: Este escrito data de 1988. Se publicó originalmente en el suplemento “También ocurre que el poema sale en su contra a tiempo: Sobre la poesía puertorriqueña de los ochenta” en ClaridadEn Rojo 12-18 de enero de 1989: 20. Fue reproducido en la columna “In-up” Visión 27 de febrero-6 de marzo de 1991: 12.

Entrevista al escritor Alberto Martínez Márquez


Alberto Martínez-Márquez: La crítica debe forzar el cuestionamiento de los órdenes culturales y establecer propuestas alternativas para que ésta sea una mejor sociedad.

  • Taty Hernández
  • Poeta y crítica dominicana

Muchos de los que reciben, en sus bandejas de correo, su “Poeta Invitado/a de la Semana” se refieren a Alberto Martínez-Márquez -Puerto Rico, 1966- como “el Profesor”. Su accionar va mucho más allá que impartir clases de Humanidades, Literatura, Historia y Cine en el Departamento de Humanidades en el recinto de Aguadilla de la Universidad de Puerto Rico. Entre otras cosas es poeta, narrador, ensayista, dramaturgo, antólogo y crítico literario. Recientemente ha sido elegido para presidir el capítulo puertorriqueño del PEN Club una organización literaria que reúne a destacados escritores a nivel mundial.

Con Alberto Martínez-Márquez dialogamos sobre la ruptura de esquemas en la escritura y su percepción sobre el presente y el futuro de la literatura en Puerto Rico, la crítica literaria y la literatura en Internet.

TH: Te consideras un heterógrafo…

martinez_nuevo_dia2AMM: Ciertamente. He acuñado este término, heterógrafo, heterografía, porque en él se basa mi escritura poética, mi acto creativo… El mismo proviene de dos vocablos griegos: Heteros, que significa lo otro y grafos que se define como escritura. Un heterógrafo es aquél que accede a lo que es diverso y divergente. En esto se cifra el universo plural de la palabra. Lo contrario sería una ortógrafos: orto, recto; grafos, escritura: el que escribe rectamente, unidimensionalmente… Por eso en mi poesía, como también sucede con mi narrativa y con mi teatro, hay una resistencia a seguir un patrón definido, formalmente y en términos del contenido, pues ya la temática es otra cosa. Nunca encontrarás dos poemas iguales, pues la búsqueda de expresión de esa diversidad y divergencia, de esa otredad imperiosa que se multiplica en el acto creativo, lo impide.

TH: Hablas de diversidad, divergencia en la expresión. ¿ Quiere decir que rompes esquemas?

AMM: Sí. Es parte de mi herencia vanguardista. Claro, que siempre he experimentado con la estructura del poema desde que comencé a escribir. Pero la ruptura con la sintaxis, con la cárcel de las reglas gramaticales, la tomé de las vanguardias de comienzos de siglo XX, de Apollinaire en adelante. Incluso Ezra Pound fue un modelo que tuvo gran impacto en mi poesía. Leí con suma fruición Los cantos, más por la arquitectura del verso y la construcción de su lenguaje poético que por su propio contenido. Yo no entendía lo que Pound escribía en términos del mensaje, pero sí creí entenderlo perfectamente en términos de la ruptura formal y estilística.

TH: ¿Por qué escribes?

AMM: Me llamó la atención que en una entrevista le preguntaran lo mismo a Italo Calvino, y que él contestara que escribía para dar un orden y una dirección a las palabras. Yo escribo para destruir la función consuetudinaria del lenguaje; escribo para patear al burgués; escribo para pervetir; escribo para dar qué pensar o no dar nada qué pensar; escribo para escribirme a mí mismo, y hasta la fecha el autorretrato que hago de mí con palabras es bastante chueca, dislocada, deforme. Y eso me gusta. De otra manera, si escribo para referir las cosas tal y como son, entonces sería un poetastro, un patanatas. En resumidas cuentas, escribo, porque me gusta hacerlo, y es lo único que sé hacer bien (con excepción del amor)…

TH: ¿Cómo percibes el presente y el futuro de la literatura en Puerto Rico?

AMM: Cuando regresé definitivamente a Puerto Rico en 1995, luego de haber vivido y estudiado en los Estados Unidos por espacio de cinco años, descubrí un panorama cultural desolador. Yo había salido en 1990, en plena apoteosis cultural. De hecho, 1992 marcó un año extraordinario para todo tipo de artista. Pero luego vino un marasmo tremendo, creado por la situación política, que fue agravándose hasta que en 1995 parecería como que no había mayores opciones. No veía mucho futuro a las letras en el país, en nuestra nación. No obstante, ese panorama fue cambiando y fui conociendo a los escritores más noveles. Eso me entusiasmó muchísimo. De pronto, a partir de 1998, hubo una especie de explosión, y comenzaron de nuevo los recitales, las exhibiciones, las presentaciones, etc. Claro, yo estoy generalizando bastante. Ahora mismo hay una figuras jóvenes importantísimas en la poesía como Guillermo Rebollo Gil, Yara Liceaga, Julio César Pol, Iris Figueroa Cardona, Uroyoan Noel, Noel Luna, Raúl “Gorras” Morris, Jorge Acevedo, José Raúl González (Gallego), Eddie Ortiz Schiaffino y Jeannette Becerra. En la narrativa están unos escritores geniales como Pedro Cabiya (que también ha escrito excelente poesía), Max Resto y Juan Carlos Quiñones, alias Bruno Soreno. Gallego, Uroyoán, Guillermo, Iris, Noel, Eddie y Jeannette tienen libros publicados. “Gorras” tiene publicado un CD que contiene sus poemas recitados. Hay que ver a este tipo en acción. Su Ópera Rap es fascinante. En la poesía hay un regreso a la oralidad. Eso lo he conversado con el propio Gorras Morris. No sé cómo le podemos llamar a esta joven generación; mucho más joven que yo, con todo y mis 36 años. Su escritura me atrae porque de una u otra forma tienen puntos de contacto con mi propia poética. Hay otro joven poeta, su nombre es Jomi (José Miguel Curet) y en estos momentos se encuentra estudiando fuera del país. Acaba de publicar un libro artesanal titulado De visita: simples rutina, que es excelente. Se nota un trabajo disciplinado con la palabra. Oiremos más de él en un futuro. Quiero hacer un comentario sobre Yara Liceaga. Esta poeta ha publicado mucha poesía en revistas y suplementos culturales. También ha circulado sus poemas por Internet. En algún momento nos sorprenderá con un buen libro. Muchos poetas y críticos estamos esperándolo.

TH: ¿Y Mayra Santos Febres o Etnairis Rivera?

limite_volcadoAMM: Etnairis Rivera, que es una buena amiga y una extraordinaria poeta, es ya una figura legendaria, canónica. Por tanto, cualquier libro que ella publique siempre tendrá aceptación por parte de la crítica, de los lectores y de los propios poetas. En lo que a Mayra Santos se refiere, se trata de una poeta más joven que Etnairis. Junto a este servidor Mayra Santos forma parte de la Generación de Poetas de los Ochenta. En el año 2000 publicó un excelente libro de poesía que pasó lamentablemente sin pena ni gloria por la crítica literaria puertorriqueña, que mantuvo un silencio que yo no me esperaba pues en ese año ella había publicado la novela que la catapultó internacionalmente: Sirena Selena vestida de pena. El poemario al que me refiero se titula Tercer mundo y fue publicado por Trilce Ediciones de México. Fíjate, es una pena, porque Mayra se inició precisamente en la poesía. La crítica elogió sus primeros dos libros, luego vinieron los libros de cuento, igualmente elogiados y después la novela, que ha abierto un camino para muchos escritores de Puerto Rico en el plano internacional. Uno esperaría que su tercer libro de poesía sea igualmente recibido, pero la crítica guardó silencio. Como dato curioso, Etnairis, Mayra, Mario Cancel y yo fuimos premiados por el Pen Club en su edición para libros publicados en el 2000. Etnairis recibió una mención por El viaje de los besos, Mayra el primer premio de novela por Sirena selena.. y Mario y yo el primer premio de antología de poesía por El límite volcado: antología de poetas de los ochenta, donde también figura Mayra como poeta.

TH: ¿Cuál es el rol que ha desempeñado la generación del 80?

AMM: La Generación de Poetas de los Ochenta en Puerto Rico realmente puso en función la multiplicidad de temas y formas escriturales que los poetas de los 70 propugnaron pero que no pusieron en función a cabalidad. Con sólo mirar El límite volcado: antología de poetas de los ochenta, que preparamos Mario Cancel y yo, y que fue editado por Isla Negra, uno se topa con una diversidad de dicciones poéticas, de formas escriturales, de temas. El 70 se opuso a la poesía militante, y trajo una propuesta de apertura, que como ya indiqué estuvo bastante limitada. El 80 es la primera Generación que no se opuso a nada. De hecho, tomaron al 70 como punto de partida. Eso es un momento importantísimo en la poesía puertorriqueña. El 70 fue una influencia para la gente del 80, y la gente del 80 se desplazó a zonas donde los poetas del 70 no habían llegado.

TH: ¿Cuáles criterios utilizaron tú y Mario Cancel para realizar la antología El límite volcado?

mario_cancel_lectorAMM: Cuando Mario y yo decidimos hacer la antología, ya teníamos una idea de quiénes la iban a componer. Nosotros fuimos poetas activos en los 80, Mario en el área Oeste de Puerto Rico, y yo en la Zona Metropolitana, y continuábamos siéndolo cuando nos conocimos en 1997, porque seguíamos escribiendo. Lo que hicimos fue acercarnos a esos poetas con quienes compartimos, y ellos nos respondieron. En el trayecto descubrimos al poeta Juan González Mendoza, que no había publicado nada, nunca. Pero cuya poesía fue escrita durante esa década y en cuanto a lo formal, lo temático y el contenido, tiene unas afinidades tremendas con la poética de los 80. A Juan lo incluimos como un ejemplo del poeta escondido que es preciso rescatar.

TH: ¿Confías en la literatura en Internet? ¿Por qué?

AMM:Con respecto a esto, sólo tengo que decir que hay excelente, buena, deficiente y malísima literatura circulando en el ciberespacio. Lo único que uno tiene que hacer es ser selectivo y escoger de acuerdo a los criterios estéticos que uno tenga. Pero definitivamente la Internet ofrece una oportunidad a los escritores que ningún medio informativo y tecnológico podía ofrecer hace quince años atrás.

TH: Estás haciendo una excelente labor de difusión utilizando la red de Internet esto me induce a cuestionarte si piensas que acrecienta las oportunidades de los escritores y escritoras. Si es así, ¿en qué sentido?

AMM: Internet te conecta con el mundo ipso facto. Es una forma de proyectarte en otros ámbitos, en otras latitudes, en otras regiones del mundo donde nunca antes pensaste llegar. Yo me he encargado de servir como difusor de escritores de lengua española, de la misma manera que otros escritores y activistas culturales se han encargado de difundir mi obra. Es una labor recíproca, como toda labor cultural y literaria debería ser. Internet es una utopía funcional, no exenta de fallas y de errores, pero está funcionando y he podido ver sus frutos. Ahora llegan muchos mensajes a mis diversas cuentas de correo electrónico, pero también ha aumentado el volumen de mi correo regular con el envío de libros, revistas y comunicación varia de escritores de Argentina, República Dominicana, España, Estados Unidos, Ecuador, etc. Incluso de otras partes de la nación puertorriqueña.

TH: ¿Cómo concibes la crítica literaria?

AMM: La crítica literaria puede operar de dos formas: reducirse al entorno académico; obtener una mayor difusión creando amplios espacios opinantes. En ambas, la tarea de la crítica es vital, pues ofrece claves para la interpretación de textos e incluso puede estimular a un público lector. A mi entender, la crítica debe forzar el cuestionamiento de los órdenes culturales y establecer propuestas alternativas para que ésta sea una mejor sociedad.

TH: ¿Es paternalista la crítica literaria en Puerto Rico?

AMM: En estos momentos la crítica literaria en Puerto Rico, fuera de la academia que es otra cosa, es casi inexistente. Aún así, dentro de la carencia de críticos, continúa imponiéndose una crítica de corte paternalista en tanto y en cuanto quiere apadrinar a ciertos escritores y a ciertos grupos. Nosotros, los de la Generación de Poetas de los Ochenta, fuimos vilmente vapuleados en un escrito de Carmen Dolores Hernández, crítica “oficial” de Puerto Rico desde el diario de mayor circulación. Ella se ha encargado de dar mayor relieve a algunas de las figuras jóvenes como si con ello nos echara tierra encima. Sin embargo, como tenemos muy en cuenta lo que hay detrás de todo esto, no nos hemos ensañado en lo más mínimo con estos escritores, ellos no tienen la culpa de que alguien nos quiera indisponer. Al contrario, hemos mantenido unos canales de comunicación y colaboración muy abiertos. Lo que me parece óptimo y productivo.

Tomado de Perspectiva ciudadana, 2 de octubre de 2002 . Editado en su contenido.

Cartas Bizantinas: El sexto género literario


 

Luis López Nieves

 

El príncipe Constantino, embajador de Bizancio en el Caribe, le escribe a la princesa Eudocia, su hermana menor, quien reside en la capital bizantina.

Querida Eudocia:

¿Qué es la historia?

l_lopez_nieves_uscCristóbal Colón llegó a América en el 1492. Pero ¿qué significa este dato? La historia no debe ser una simple enumeración de datos, también debe explicar lo que significan.

Algunos historiadores interpretan la llegada de Colón como un acto de honor, valentía, hombría, hidalguía… y de otras idioteces parecidas. Otros historiadores, en cambio, interpretan el mismo acto como el comienzo de una campaña de genocidio como nunca se había visto en el mundo. Es decir, como el inicio de una empresa criminal, sin honor, sin valentía, sin hombría, etc.

De hecho, ahora mismo tenemos un ejemplo muy parecido. En Irak “un ejército extranjero derribó al gobierno existente en el 2003”. Este es un dato indiscutible. Al interpretarlo, miles de historiadores dirían lo siguiente: “El ejército norteamericano llegó a Irak para liberarlo de la tiranía”. Otros miles dirían lo contrario: “El ejército norteamericano invadió Irak con fines imperialistas”. Por un lado, liberación; por el otro, dominación.

¿Cuál es la verdad histórica?

De aquí a 30 años, en el 2038, algunos libros de “historia” hablarán de la “liberación” de Irak en el 2003 y otros hablarán de la “invasión” en el 2003. ¿Cuál de estos dos libros contendrá la verdadera historia de Irak? ¿Cuál estará delirando? ¿Es posible que ambos digan la verdad?

Por eso pienso, querida Eudocia, que la historia realmente no existe. Lo que existe es la literatura. Dentro de la literatura, como ya sabes, hay cinco géneros clásicos: poesía, drama, ensayo, cuento y novela. Añado que también se debe incluir la historia como un sexto género literario.

Hay escritores que cuentan historias basadas en la imaginación o inspiradas en datos históricos: las llaman novelas o cuentos. Hay escritores que redactan narraciones partiendo de datos concretos y con todo un aparato erudito o seudocientífico… y luego llaman “historia” a las páginas que producen. Pero discrepo: en realidad han creado literatura, dentro del género llamado “historia”.

Ha llegado el momento de llamar a la historia por su verdadero nombre. Y no hay que avergonzarse. No está mal que la historia sea un género literario porque cada país tiene derecho a construir su propia imagen.

Observa la imagen de sí mismos que han fabricado los norteamericanos: alegan que el primer presidente (un político) jamás dijo una mentira. En Francia la heroína nacional es una virgen de diecinueve años, Juana de Arco, que recibía asesoría militar directamente de Dios. Y en España convirtieron en héroe nacional cristiano a El Cid, un mercenario de tercera categoría que se vendía al mejor postor, ya fuera cristiano o musulmán. Como éstos, hay muchos otros ejemplos en el mundo.

Antes era más fácil crear una leyenda o un mito. Ahora es más difícil porque falta un ingrediente importante: la distancia. Si le decimos a una persona normal, en la calle, que san Francisco de Asís conversaba con su burro, pues es posible que acepte este dato como una verdad incuestionable y hasta digna de elogio. Pero si le decimos a la misma persona que nuestro vecino dialoga todas las mañanas con un burro, la reacción probablemente sea diferente: pensará que nuestro vecino necesita ayuda siquiátrica. La distancia es la gran aliada de los mitos.

¿Qué es la historia? Al lado de las sillas de los novelistas y cuentistas, ha llegado la hora de colocar un sillón grandote para los historiadores. Que tomen asiento con la frente muy en alto. Ya es tiempo de que salgan del clóset literario.

Te besa tu hermano,

Constantino

Nota: Tomado con permiso del autor de Ciudad Seva Publicado originalmente en El nuevo día, 14 de diciembre de 2008.

El Informe Cabrera: erratas de lectura


 

  • Mario R. Cancel
  • Escritor y profesor universitario

 

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Querido Pepe:

Cuando me dijiste por correo electrónico hace un par de años que estabas haciendo una investigación sobre la ciencia de la embriología y las deformaciones de la familia Cabrera, no me imaginé que lo ibas a convertir en una novela. Tampoco se me ocurrió que quien acabaría publicando el volumen sería ese señor tan extraño, Aravind Enrique Adyanthaya, en una Serie de Culto.

La cuestión de la embriología y las deformaciones -teratología en general- así como la revisión de los monstruos y los fenómenos, siempre ha sido una de mis pasiones. Por eso me hice historiador y me gusta tanto la literatura. La historiografía se ha convertido para mí en algo tan queer que, a veces, cuando hablo del Grito de Lares me parece que parlo en torno a un viejo filme de Hollywood titulado Freaks o que los locos acabarán invadiendo mi cuarto como en el relato de Manuel Alonso. 

Eso lo digo sin intención alguna de ofender a mi antepasado de apellido Cancela, cuya participación en el Grito de Lares fue lo que provocó la eliminación de la “a” al final de su apellido con el fin de ocultar la ignominia de la derrota y empezar una vida nueva. Cuando llegaron los americanos en el 1898 y pasaron por Hormigueros, creo que fue el 10 de agosto, ese antepasado mío estuvo allí hecho un viejo como testigo, igual que mi abuelo, de la ruta de los soldados de azul. Pero para ese entonces decir “cancel” significaba otra cosa. Cancel se había convertido en el sinónimo de un escatón que en este país tuvo mucho que ver con la soberanía, la cultura, la economía y todas esa convenciones que tanto preocupan a los de mi especie.

La importancia que le doy a El Informe Cabrera es doble. Cuando ya me había enterado de que iba a salir impreso, se me ocurrió la probabilidad de escribir varios libros iluminadores. Después de todo, soy un historiador y ello me autoriza a mentir con la misma confianza con que lo hizo Luis López Nieves en su famoso cuento Seva. Yo era estudiante del RUM cuando se publicó ese texto en Claridad, un periódico radical de entonces. Tomaba un curso con un profesor nacionalista muy sesudo que se llamaba Germán Delgado Pasapera, el cual era todo un caballero. Pero aquel día Delgado Pasapera estaba tan molesto con los americanos que, con gusto, hubiera aprovechado un cuento de José E. Santos, “El terminator boricua”, para viajar a través de una fisura en el tiempo-espacio al 1898 con el fin de convencer al bandido Águila Blanca de que resistiera a los invasores o dispuesto a resistirlos él mismo. Confieso que yo me hubiera ido con él sin titubear. Cuando se enteró de que la historia de Seva era una gran mentira, la mayor de toda la modernidad tardía, hubiera hecho un esfuerzo similar para matar a Luis. Se trataba de una mentira monstruosa.

Los libros que quería escribir a la luz del la lectura del tuyo eran varios: una historia de los desaparecidos sin explicación alguna en la evolución del país y su relación con los equinoccios y los solticios; una investigación sobre el odio inveterado que siempre sintió José Celso Barbosa contra los americanos porque nunca le impusieron la estadidad a Puerto Rico; una revisión de la relación amorosa de Lola Rodríguez Tió con su marido muerto gracias a los buenos auspicios de una espiritista de La Habana; un estudio de la relación de las pasiones pederastas, el aborto natural y el perro Nicolás propiedad de Ramón Emeterio betances con las posturas ideológicas adoptadas por la comunidad del Barrio Latino de Paris a la altura de 1895 a la luz de los textos apócrifos del Diplomático de la Manigua; una biografía de Pedro Albizu Campos y sus buenos años en el ROTC o una disquisición sobre el priapismo de José De Diego como justificación de la disolución de un matrimonio que se presume perpetuo a la luz de nuevo orden católico pos-invasión.

Discutí todas estos temas con un sociólogo, adepto a la escuela del “nuevo sentido común”, que se casó con una ex-discípula mía. Es cierto que el “sentido común” -sea nuevo o viejo- siempre puede ser una aporía en tiempos de intelectuales postmodernos, pero la idea no me resultó inapropiada. José Anazagasti Rodríguez, que así se llama ese sociólogo y quien también miente y escribe, me miraba con la sorpresa de quien se encuentra en la frontera de la iluminación. Hagamos una teratología boricua, me dijo, una tentativa de apropiación de las monstruosidades nacionales a lo largo del siglo. El vampiro de Moca, los Garadiabolos y Toño Bicileta se competían un turno para el texto imaginario junto a Salvador Freixedo, Carlos “La Sombra” y el caníbal de una leyenda de Cayetano Coll y Toste. Cha Cha Jiménez, el Chupacabras y el Monstruo de Utuado no se quedaron atrás. Las megatiendas y el mítico supertubo, pensé, deberían ser escenarios ideales para pensar aquel problema.

Estuvimos horas divagando sobre las posibilidades de la teratología histórico-social como expresión del fenómeno de la no modernidad en la que vive el país y la insistencia en que la demanda agregada en tiempos de recesión es la panacea de toda crisis económica y espiritual.

Cuando le hablé a José de tu libro y le dije que se trataba de una revisión desde el “universal sinsentido bizarro” de José Liboy Erba del megarrelato de la nación como el producto deformado de una disfunción histórico-genética iniciada en el 1898,José, con su proverbial inteligencia, simplemente me dijo: por allí debemos comenzar. Entonces nos tomamos una copas de ajenjo, nos despedimos con la intención de trabajar a la menor provocación y desde entonces mi amigo está desaparecido.

Pepe amigo, te agradezco la publicación de El Informe Cabrera. Aravind le ha hecho un favor a este país con ello. También nos benefició a José y a mí, sin duda. Pero si alguno de ustedes ha visto a José Anazagasti Rodríguez por allí, díganle que lo estoy buscando como a un punto específico en la inmensidad de una traducción del Corán. Los monstruos de nuestro futuro libro se siguen multiplicando y han invadido sin el menor respeto mi biblioteca y ya no sé que hacer con ellos…

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