El Informe Cabrera: erratas de lectura


 

  • Mario R. Cancel
  • Escritor y profesor universitario

 

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Querido Pepe:

Cuando me dijiste por correo electrónico hace un par de años que estabas haciendo una investigación sobre la ciencia de la embriología y las deformaciones de la familia Cabrera, no me imaginé que lo ibas a convertir en una novela. Tampoco se me ocurrió que quien acabaría publicando el volumen sería ese señor tan extraño, Aravind Enrique Adyanthaya, en una Serie de Culto.

La cuestión de la embriología y las deformaciones -teratología en general- así como la revisión de los monstruos y los fenómenos, siempre ha sido una de mis pasiones. Por eso me hice historiador y me gusta tanto la literatura. La historiografía se ha convertido para mí en algo tan queer que, a veces, cuando hablo del Grito de Lares me parece que parlo en torno a un viejo filme de Hollywood titulado Freaks o que los locos acabarán invadiendo mi cuarto como en el relato de Manuel Alonso. 

Eso lo digo sin intención alguna de ofender a mi antepasado de apellido Cancela, cuya participación en el Grito de Lares fue lo que provocó la eliminación de la “a” al final de su apellido con el fin de ocultar la ignominia de la derrota y empezar una vida nueva. Cuando llegaron los americanos en el 1898 y pasaron por Hormigueros, creo que fue el 10 de agosto, ese antepasado mío estuvo allí hecho un viejo como testigo, igual que mi abuelo, de la ruta de los soldados de azul. Pero para ese entonces decir “cancel” significaba otra cosa. Cancel se había convertido en el sinónimo de un escatón que en este país tuvo mucho que ver con la soberanía, la cultura, la economía y todas esa convenciones que tanto preocupan a los de mi especie.

La importancia que le doy a El Informe Cabrera es doble. Cuando ya me había enterado de que iba a salir impreso, se me ocurrió la probabilidad de escribir varios libros iluminadores. Después de todo, soy un historiador y ello me autoriza a mentir con la misma confianza con que lo hizo Luis López Nieves en su famoso cuento Seva. Yo era estudiante del RUM cuando se publicó ese texto en Claridad, un periódico radical de entonces. Tomaba un curso con un profesor nacionalista muy sesudo que se llamaba Germán Delgado Pasapera, el cual era todo un caballero. Pero aquel día Delgado Pasapera estaba tan molesto con los americanos que, con gusto, hubiera aprovechado un cuento de José E. Santos, “El terminator boricua”, para viajar a través de una fisura en el tiempo-espacio al 1898 con el fin de convencer al bandido Águila Blanca de que resistiera a los invasores o dispuesto a resistirlos él mismo. Confieso que yo me hubiera ido con él sin titubear. Cuando se enteró de que la historia de Seva era una gran mentira, la mayor de toda la modernidad tardía, hubiera hecho un esfuerzo similar para matar a Luis. Se trataba de una mentira monstruosa.

Los libros que quería escribir a la luz del la lectura del tuyo eran varios: una historia de los desaparecidos sin explicación alguna en la evolución del país y su relación con los equinoccios y los solticios; una investigación sobre el odio inveterado que siempre sintió José Celso Barbosa contra los americanos porque nunca le impusieron la estadidad a Puerto Rico; una revisión de la relación amorosa de Lola Rodríguez Tió con su marido muerto gracias a los buenos auspicios de una espiritista de La Habana; un estudio de la relación de las pasiones pederastas, el aborto natural y el perro Nicolás propiedad de Ramón Emeterio betances con las posturas ideológicas adoptadas por la comunidad del Barrio Latino de Paris a la altura de 1895 a la luz de los textos apócrifos del Diplomático de la Manigua; una biografía de Pedro Albizu Campos y sus buenos años en el ROTC o una disquisición sobre el priapismo de José De Diego como justificación de la disolución de un matrimonio que se presume perpetuo a la luz de nuevo orden católico pos-invasión.

Discutí todas estos temas con un sociólogo, adepto a la escuela del “nuevo sentido común”, que se casó con una ex-discípula mía. Es cierto que el “sentido común” -sea nuevo o viejo- siempre puede ser una aporía en tiempos de intelectuales postmodernos, pero la idea no me resultó inapropiada. José Anazagasti Rodríguez, que así se llama ese sociólogo y quien también miente y escribe, me miraba con la sorpresa de quien se encuentra en la frontera de la iluminación. Hagamos una teratología boricua, me dijo, una tentativa de apropiación de las monstruosidades nacionales a lo largo del siglo. El vampiro de Moca, los Garadiabolos y Toño Bicileta se competían un turno para el texto imaginario junto a Salvador Freixedo, Carlos “La Sombra” y el caníbal de una leyenda de Cayetano Coll y Toste. Cha Cha Jiménez, el Chupacabras y el Monstruo de Utuado no se quedaron atrás. Las megatiendas y el mítico supertubo, pensé, deberían ser escenarios ideales para pensar aquel problema.

Estuvimos horas divagando sobre las posibilidades de la teratología histórico-social como expresión del fenómeno de la no modernidad en la que vive el país y la insistencia en que la demanda agregada en tiempos de recesión es la panacea de toda crisis económica y espiritual.

Cuando le hablé a José de tu libro y le dije que se trataba de una revisión desde el “universal sinsentido bizarro” de José Liboy Erba del megarrelato de la nación como el producto deformado de una disfunción histórico-genética iniciada en el 1898,José, con su proverbial inteligencia, simplemente me dijo: por allí debemos comenzar. Entonces nos tomamos una copas de ajenjo, nos despedimos con la intención de trabajar a la menor provocación y desde entonces mi amigo está desaparecido.

Pepe amigo, te agradezco la publicación de El Informe Cabrera. Aravind le ha hecho un favor a este país con ello. También nos benefició a José y a mí, sin duda. Pero si alguno de ustedes ha visto a José Anazagasti Rodríguez por allí, díganle que lo estoy buscando como a un punto específico en la inmensidad de una traducción del Corán. Los monstruos de nuestro futuro libro se siguen multiplicando y han invadido sin el menor respeto mi biblioteca y ya no sé que hacer con ellos…

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