Policíacas: comentarios sobre el subgénero en Puerto Rico (I)


  • Mario R. Cancel
  • Historiador y escritor

¿Es posible que la novela policíaca represente la plenitud de la conciencia política en tiempos de disolución del compromiso social?  Eso me sugirió en una ocasión  un novelista al que admiro y respeto mucho: Elidio La Torre Lagares. Ni siquiera recuerdo en qué momento ocurrió  el evento. Fue en medio de una de esas largas conversaciones que entablamos como resultado de  la casualidad de un encuentro o al cabo de la presentación de alguno de sus libros. La idea me dado vueltas en la cabeza desde aquel remoto entonces.

Cuando me correspondió prologar políticamente la antología de poesía que publiqué con Alberto Martínez Márquez, El límite volcado (2000), me vi forzado a evaluar el compromiso social en lo que entonces veía como nuevos poetas con nuevos lenguajes literarios. Hablé, recuerdo, de un “callado compromiso”, que contrastaba con los alardes triunfalistas y el reclamo a todo pulmón que dominó, por ejemplo, a la Generación del 1960 y que tantos equívocos produjo en su momento. En verdad lo que veía en el año 2000, era que la nueva generación resultaba menos pretenciosa e idealista, pontificaba menos y aceptaba una posición menos protagónica en el orden y el proceso de cambio social.  Si esa actitud desembocaba en conservadurismo o en la renuncia a la vida heroica, era otra cosa.

Todavía a la altura de 2011, estoy convencido de que el problema no radica en la disyuntiva de estar comprometidos o no con la humanidad, sino en la actitud que se adopta cuando el escritor, por medio de su obra, reinventa la vida social y la poetiza (re)fundándola en la palabra. La sensibilidad del escritor, enmascarada a veces en el cinismo o apoyada en la piedad más irrisoria, siempre es el resultado de una transacción con la vida ridícula que le rodea. Una vida en la  que el poder y sus ejecutores se pavonean en la inmundicia o con los problemas de la escasez, la violencia o la crueldad rampante. En cierto modo, la evaluación de esa crisis, me ha forzado a volver a la Novela Policíaca con tanta avidez en los últimos meses.

Después de todo, algunas de la piezas claves en el derrumbe de la Novela tal y como la inventó la Modernidad desde los nichos del Romanticismo, el Realismo Social y el Naturalismo, son narraciones policiales que sembraron la semilla de la incertidumbre en el seno de la imago mundi dominante. La Novela Policíaca de corte Existencialista Fenomenológico, y aquellos ejercicios que se  ubicaron en la frontera de la Anti-Novela, fueron claves para el desenvolvimiento de  la Cultura Literaria Postmoderna.

El asunto despierta mi interés precisamente porque la trama policial es el producto racional por excelencia, poseedor de una arquitectura dominado por una lógica inflexible que, teóricamente, existe para plantear un misterio y debe conducir a su resolución definitiva y final –el hallazgo de la Verdad– del mismo modo que lo pretendía la Ciencia de raíz newtoniana. El desencaje más abrupto ocurre cuando se ejecuta todo ese ejercicio y se decide que la Verdad no aparecerá, por lo que la Racionalidad y la Ciencia, resultan traicionadas por el imperio de lo incierto.

Dos casos narrativos llamaron siempre mi atención en esta dirección. Ambos son de 1956 y producto de dos distinguidos narradores de cultura francesa. Primero, La doble muerte del Profesor Dupont de Alain Robbe Grillet, vuelta a publicar posteriormente con el título de Las gomas. Wallas es policía o asesino, Dupont podría estar o no muerto, la verdad se reduce a la volubilidad de la hipótesis y, en el proceso, la narración se descoyunta, es demolida e inorgánica. La novela ¿deja de ser novela por ello? ¿el carácter policial se diluye por la ausencia de una verdad?

La otra es  Retrato de un desconocido de Nathalie Sarraute en la cual Jean-Paul Sartre leía una parodia de las “novelas de indagación” que es casi como decir una burla de la búsqueda de la Verdad. El personaje, aficionado a las técnicas detectivescas, y cercano al voyeurismo, inventa misterios tras  la vida trivial y aburrida de un padre y una hija bastante adultos y gastados que a nadie llaman la atención. La búsqueda del personaje, en fin, no conduce a ninguna parte porque más allá de aquella ordinariez no hay nada, solo las fantasías del mirón furtivo. ¿No habrá detrás de ese aserto una parodia dura de las presunciones de toda ciencia o de toda filosofía?

Las novelas policíacas puertorriqueñas que me ocuparán en las próximas páginas no albergan  ese tipo de  pretensiones. Más bien encajan en el marco de lo que fue la Novela Policíaca tradicional, tan vinculada al proyecto Racional y a la aspiración de Universalidad heredada de la Ilustración y del Siglo de la Ciencia. Por su lenguaje y su estructura, recuperan el artificio del engranaje del misterio y su resolución con maestría. Pero  la vez se insertan en el ideal del Romanticismo, el Realismo Social y el Naturalismo, en la medida en que cumplen con el deber moral del comentario social. Después de todo, esa ha sido la “naturaleza” pretendida de la novela, como género que mejor significa la Modernidad: la de ser un espejo o speculum del mundo económico, social y cultural que permite su producción.

El caso de Wilfredo Mattos Cintrón y sus Desamores (2001), y el de Francisco R. Velásquez y su relato El ángel del verso, escogidas muy al azar, me servirán de modelo para elaborar un comentario sobre la situación del subgénero en Puerto Rico y el papel que puede cumplir en la literatura presente y futura. Desterrado del nicho universitario, moviéndose como quien repta en círculos de heterodoxos elitistas que confían demasiado en su excepcionalidad, estas narraciones son piezas para leerse en una banca de La tertulia de Río Piedras o en un bar de la capital después de varios tragos. Pero también podrían ser leídas en otros espacios menos exclusivos. Me consta y espero que así sea.

Entrevista de Suzie Vieira a Mario R. Cancel


El texto que sigue es el manuscrito de una entrevista de la periodista francesa Suzie Vieira a Mario R. Cancel los días 26 y 27 de junio de 2010 para la revista cultural francesa de viajes Ulysse. El asunto discutido fue la imagen de Puerto Rico mirada desde adentro y desde afuera en el contexto del reciente Festival de la Palabra.

Cuándo un turista europeo se va a Puerto Rico, piensa encontrar una isla caribeña, un paraíso con palmeras, playas maravillosas, etc. Uno muchas veces tiene este cliché en la mente. Pero cuando se llega al aeropuerto ve a las autopistas, los grandes coches americanos, etc. En el taxi hacia San Juan, se ven los buildings. Y ahí uno se acuerda de que llegó a un territorio americano. Así que lo más sorprendente para el turista es este carácter híbrido que se nota en el Viejo San Juan: por un lado, las casas coloniales, los adoquines, la salsa tocando por la noche en la Plaza de Colón… y por el otro lado, las tiendas Ralph Lauren, Bank of America, Mc Donald’s, Wendy’s, etc. ¿Esta doble identidad, este carácter híbrido del Viejo San Juan cristaliza o materializa la esencia de este país, su identidad híbrida?

Me temo que es la nota distintiva de la Nación. También la más difundida en los medios: atrae turistas con dinero. Ello puede haber sido una clave en el proceso de distanciamiento -cultural, espiritual, político, económico y social- que caracteriza las relaciones de nuestro país con el orbe europeo o el iberoamericano. Puerto Rico es ex europeo y ex iberoamericano. Allí radica parte de la riqueza caótica que caracteriza eso que denominas nuestro carácter híbrido. Algunos pueden verlo como una tragedia pero cada vez son los menos.

Por otra parte, muchos de esos distintivos son signos y artefactos de mercado que se multiplican día a día como por la orden de un dios omnipotente: dios hizo la propiedad y la American Express y vio que eso era bueno. En ese sentido, la hibridación a la manera global, no garantiza ninguna exclusividad. Por el contrario, conduce a una homogeneidad que puede resultar aburrida. Nuestra única ventaja es que entramos en el sendero de la macdonalización, me gusta lo patético del concepto de George Ritzer, antes que otros pueblos Iberoamericanos. Me temo que también nos aburrirá más pronto que al resto de las economías en desarrollo.

El problema radica en que el Puerto Rico imaginario de los otros, se apoya en una fuerte dosis de desconocimiento y en algunas estampas que acaso tienen algún valor turístico o de mercado. El wikisaber puede ser tan tragicómico como la ignorancia, pero ambos suelen resultar creativos. El turista siempre es un Colón descubriendo su América, pero presumiendo que está en las Indias. Confieso que he aprendido a vivir en el “sueño americano tropical” y que no me produce mucha angustia. Todavía quedan algunas playas maravillosas con palmeras entre los hoteles para turistas.

¿Qué le inspira la ciudad de San Juan? ¿Cómo la definiría usted? ¿Cuál es su alma?

Primero, te aclaro que soy de la periferia, de las provincias, de la Isla Grande. Mi respuesta es la de un advenedizo y un transeúnte. Me inspira una sensación amarga de pasado-presente y viceversa. Se trata de un presente que ilusiona. En el proceso, trato de convencerme de que tiene un futuro promisorio. No cuestiono que tenga un futuro, el futuro es inevitable y hasta las piedras poseen uno. Lo que me atemoriza en el carácter que tendrá el mismo.

Me inspira la ilusión de poder o de capitas que expresa. Me emociona la gestualidad histriónica de su gente, sus pestes atemporales. Si encontrara un lugar en San Juan donde no estuviese nadie, me quedaría allí por algunos minutos. Una vez me pasó en el Callejón del Toro en la ciudad vieja y, poco después, escribí un cuento del asunto.  La defino como el objetivo de un atentado que hay que cometer. Puerto Rico es una metáfora de lo pequeño, pero si lo pequeño se reduce a una sola de sus partes, siempre seremos tuertos en país de tuertos.

San Juan es una equivocación y exabrupto. Tal vez sirva de algo la metáfora del tatuaje que sintetiza un discurso que te conecta con un grupo artificialmente constituido. Por eso me gusta, por sus contrastes. Allí están, en algún rincón, buena parte de mis conocidos. En esa ciudad me formé intelectualmente pero siempre con la sensación de la extranjería: el pasaporte que se pagaba para ingresar era barato. San Juan me inspira sensaciones incómodas: lo amo.

¿Cuál es el lugar de San Juan que mejor simboliza para usted esta ciudad? ¿Por qué?

Los callejones de la calle de la Fortaleza, la Luna o el Sol. El del Gambaro, el del Tamarindo el del Toro. Nacen y mueren en medio de  signos de poder, conducen por la sombra a unas calles llenas de comercios y turistas desde donde sientes el olor del mar. Esos predios poseen una larga historia de violencia y cultura que, por lo regular, resulta extraña para los transeúntes. Todo ocurre como en un cultivo de bacterias que se desborda.

El otro lugar que la simboliza son los jardines  de la Casa Blanca y su apoteosis, el rincón arábigo español donde algunos artistas van a ejercitarse dibujando detalles. Es como un agujero de gusano de los que habla Stephen Hawkings. Lo que me gusta es como allí se niega a la ciudad.

¿Cuál es para usted el más bello texto literario escrito sobre San Juan? ¿Puede citar unas o dos oraciones?

No recuerdo ninguno, no me fijo en esos detalles. Pero nunca olvidaré el siguiente que podría obrar en cualquier antología de micropoesía popular: “Sicópata es dios”, grafiti anónimo que encontré hace más de 10 años en un muro del cementerio de la ciudad vieja cerca del arrabal de La Perla. En el piso había varias agujas y algunas manchas secas de sangre.

¿Cómo definiría usted Puerto Rico si tuviera que hacerlo en una sola frase?

No podría hacerlo.

Para algunos extranjeros, San Juan aparece como una gran ciudad moderna sin alma, con todas las características del American way of life. El Viejo San Juan, Ocean Park e Isla Verde tienen mucho de algo como el “showcase” caribeño de Estados unidos. Pero unos pocos kilómetros más lejos, en el camino hacia Piñones, parece que entramos a otro Puerto Rico: más criollo, más mestizo, más negro… ¿En Piñones empieza el verdadero Puerto Rico?

Creo que los dos son igualmente falsos. No hay tal cosa como un verdadero Puerto Rico. Como tampoco hay una verdadera Francia o una verdadera Cuba, que se alcen ante otra que no lo es. La Nación es un concepto frágil, abierto, dúctil y maleable, como esos uniformes futuristas que se ajustan a la forma del cuerpo humano y su diversidad y sus volúmenes. Me puedes pedir un Puerto Rico particular y bizarro, y te aseguro que en algún lugar lo conseguiré. Pero también encontrarás alguien que lo niegue.

A mí en lo particular no me gustan todos los puerto ricos que conozco, pero esa diversidad es inevitable cuando se trata de un concepto al cual todos apelan desde diversas posturas y con variadas finalidades. La Nación de Emilio S. Belaval, la de Enrique Laguerre y la de Pedro Albizu Campos, cuentista el primero, novelista y maestro el segundo, abogado y activista el tercero, no es la misma. Depende de la mirada.

Identificar un verdadero Puerto Rico con el de la cultura popular significa ver a los otrora invisibilizados. Esa es una postura válida propia de una parte de la intelectualidad de fines del sesenta y principios del setenta del siglo pasado. En Puerto Rico la sintetizaron escritores desde Luis Rafael Sánchez hasta Edgardo Rodríguez Juliá. Pero cuando ello se toma a la ligera, puede justificar la invisibilización de los demás y la obnubilación  de una diversidad contenciosa que también posee su riqueza. En la Milla de Oro hay un cafetín pequeño que salta a la vista por su rusticidad. Como quien dice, la banca bebe allí: cosas veredes.

Creo en la diversidad y la pluralidad de puerto ricos en el sentido más preciso de la palabra. Hoy por hoy Piñones y la mulatería, las artesanías y los cuchifritos, son también parte del “showcase” o vitrina del capital americano en el país. Lo son en la medida en que venden un exotismo fácil que alimenta el aventurerismo y afirma la capacidad americana de apropiar la diversidad.

En una entrevista, Héctor Feliciano, para describir la invisibilidad internacional de Puerto Rico y reivindicar su posición de cruce insular, utiliza esta imagen: “En los atlas, Puerto Rico sale siempre en este lugar incómodo y cóncavo que queda entre dos páginas enfrentadas”. ¿Qué piensa usted?

Bueno, si se trata de mapamundis proyección Mercator en tamaño coffee table book, puede ser. Es una metáfora muy gráfica pero también muy superficial viniendo de un intelectual de un país invisible. Me suena a lamentación y encono. Mi respuesta es algo cínica pero para una metáfora superficial, una respuesta cínica. Cada vez que alguien dice algo como esto sobre nosotros produce un sobresalto. Julio Ortega desde una ubicación visible, lo hizo en el 2005 y provocó un interesante y curioso revuelo entre la intelectualidad joven.

El planteamiento de Feliciano dice algo que todos sabemos. Incluso tenemos una larga lista de respuestas y explicaciones-justificaciones para esa situación. Quizá lo más urgente sea la búsqueda de soluciones -si las hay-, y no sé si Feliciano, con sus luces, ideó alguna. Tal vez haya que preguntarse  qué significa la invisibilidad y qué ventajas reportaría el ser visible. Sobre todo, ¿visibles para quién y bajo qué circunstancias? ¿Qué nos aportará esa visibilidad? ¿Es la invisibilidad un hecho absoluto?

Ahora una broma de mal gusto. Según derivo de algunos libros de espiritualismo -es un tema que trabajo como historiador cultural-, los seres invisibles se ven a sí mismo en su incorporeidad. Vaya, los invisibles solo lo son para los visibles.

Suzie Vieira, Mario R. Cancel

He leído que la renta per capita de Puerto Rico es mayor que la de Chile, el vecino más rico del sur, pero menor que la de Mississippi, el estado más pobre del vecino del norte. Desde una perspectiva geopolítica y también económica, ¿será Puerto Rico la cola de león respecto a Estados Unidos y la cabeza de ratón respecto a la América hispana?

Te lo digo con una fórmula espontánea. Puerto Rico sintetiza las ensoñaciones de consumo conspicuo de buena parte de los iberoamericanos que nos desconocen tanto como nosotros a ellos. Estados Unidos  sintetiza las ensoñaciones de consumo conspicuo de buena parte de los puertorriqueños que desconocen ese país tanto como ellos a nosotros. Cola de león y cabeza de ratón parecen versos africanos ¿por qué no un jaguar y un mico tití? Broma aparte esto tiene que ver con nuestra condición de eslabón y vitrina entre el mundo sajón y latino, heredada del Populismo.

Por un lado, el primer indicio de inutilidad radica en que la idea bolivariana de que Puerto Rico sea un problema para Iberoamérica, o la idea de Albizu Campos de que Puerto Rico sea una clave para el futuro de América me resulta hermosa y romántica, pero vacía.

Por otro lado, el(los)  problema(s) de Puerto Rico, cuando se reducen a estadísticas como esa resultan reduccionistas y no me dicen mucho de lo que ocurre aquí. Si se tratara de un problema de ingreso per capita y posibilidades de consumo, solo tendríamos que hacer un plan distinto para que la gente de cada orbe pudiera pagar sus tarjetas de crédito a un ritmo más acelerado o más lento, o con tasas más altas o más bajas de interés. Pero ya sabemos que la crisis financiera azotó a todos por igual. Lo que te digo es que el dato del ingreso per capita es solo eso, un dato.

La cuestión del estatus de “estado libre asociado” parece ser muy importante en el debate político de la isla como para los representantes de la cultura. Pero al pueblo parece que le conviene esta situación si consideremos los resultados del referéndum sobre el estatus en 1998. ¿Cómo los puerto-riqueños viven esta cuestión del estatus?

En la medida en que la situación  les permite acceso al sueño americano, lo toleran y hasta lo disfrutan. Eso es válido lo mismo para el pueblo que para los intelectuales. También lo hacían los caribeños e iberoamericanos que desembarcaban del Ferry que atracaba en el muelle de la Ciudad de Mayagüez, el viejo oeste, y peregrinaban hacia el Walmart que ubica en el Mall que está a unos kilómetros de mi casa. Hay que verlos en su camino sacrificado a ese nuevo Montserrat.

Pero me parece que reducir el “problema de Puerto Rico” al estatus como lo hizo la Generación del 1930 y el 1950, ya no es aceptable. Implica una imposibilidad y una utopía: que resolver el estatus y entrar en el derrotero del Metarelato Liberal y Progresista es la panacea. La impresión que tengo es que la preocupación de la gente y la de los intelectuales no convergen. Me temo que nunca han convergido del todo.

En alguna ocasión he dicho que, incluso, en las generaciones intelectuales más recientes, esa preocupación moral por el estatus se ha moderado de manera visible en la medida en que la relación de los representantes de la cultura con la gente ha ido cambiando en la postmodernidad. Una de las maneras de afirmar la revisión de la herencia del 1970 en las promociones de fines del siglo 20 fue precisamente esa. En el prólogo de la antología El límite volcado (2000) la denominé con la metáfora del “callado compromiso”. A la altura del 2010 me reafirmo en esa propuesta. No se trata de que los intelectuales sean menos sensitivos ante la cuestión colonial o la de la crisis social. Se trata de que son más reservados porque reconocen que el papel de la creación cultural e intelectual en el proceso de transformación social es relativamente menor en el presente.

Cuando yo estuve en San Juan para el Festival de la Palabra me dieron un papel reivindicando el uso del idioma español y reclamando su defensa. ¿Por qué este tema del idioma es tan importante para los puerto-riqueños?

Es importante para aquel sector intelectual que todavía tiene de la  Nación una concepción herderiana, genética y esencialista. Para los constructivistas y los relativistas culturales, su relevancia es menor. La percepción del inglés como una imposición de los invasores que era válida por lo menos hasta 1950, tiene mucho que ver con eso. En el presente, dado que quien impone el idioma es el mercado, los artefactos de la revolución informática, los medios masivos de comunicación controlados por el otro, la resistencia a la imposición se ha atenuado.

Yo creo que se puede ser puertorriqueño o bohemio en francés: Betances y Kundera lo fueron. No creo que el idioma siga teniendo la misma importancia en el discurso de la resistencia en tiempos del hipermercado global. Hablar buen o mal español, o buen o mal inglés, es un componente secundario a la hora de una Revolución o de una caricatura de la misma.

En un artículo de El País, Mayra Santos Febres hablaba de un “espíritu corsario” de los puerto-riqueños, heredado del pasado de la isla, para explicar la doble cara de esta nación: la de la legalidad, y la de la ilegalidad, de esta actividad subterránea muy común en todo Puerto Rico. ¿Puerto Rico tiene para usted una forma de espíritu “corsario”?

Si me ubico en el imaginario de Pirates of the Caribbean, preferiría el espíritu pirata por su apelación a la anarquía y a la solidaridad que me recuerda el mito del Estado Natural rousseniano.  El pirata Cofresí me estimula más que el corsario Henríquez o, bien sea, que Pedro Vicente de la Torre, para escoger un corsario blanco como Cofresí. Recuerda que la duplicidad entre legalidad e ilegalidad del corsario dependía de la patente y la autorización de un poder: su amparo seguía siendo el Estado. Me pregunto, como si fuera una broma ¿quién expidió la patente del “espíritu corsario” puertorriqueño? ¿La Hispanidad o la Americanidad?

La mayor parte de la gente o del pueblo está ajena a lo que implica simbólicamente el corsariado pero eso solo lo digo para salvar mi responsabilidad como historiador. Creo que muchas de la metáforas que construyen nuestros escritores como un emblema de los somos colectivamente chocan con dos problemas. Primero, nos representan con un lenguaje que no le dice mucho a la gente. Segundo, apelan mejor al interés de otros intelectuales que al pueblo que quieren representar.

Por lo demás, el concepto me parece interesante en la medida en que muestra a Mayra como una continuadora de la tradición que identifica a un verdadero Puerto Rico con el de la cultura popular. Ya te dije lo que pienso de eso.

¿Se podrá resumir la historia de Puerto Rico en una serie de conquistas, anexiones y colonizaciones? ¿Un país que nunca fue independiente y no tiene muchas ganas de serlo?

Sería un procedimiento tan reduccionista como el de las estadísticas de ingreso o renta per capita. La primera parte, “país que nunca fue independiente”, es cierta. Supongo que por allí habrá otros países inexistentes con el mismo estreñimiento o incapacidad: Quebec, Vasconia, qué se yo. La segunda, que “no tiene muchas ganas de serlo” resultaría problemática para muchos intelectuales que podrías entrevistar en el futuro en este país. Los incomodaría pensar que ese presunto destino liberal está cancelado. A mí no.

Ya sabes: desde el siglo 18 los intelectuales están seguros de que son responsables del futuro de la Humanidad y de que la Razón les ha convertido en unos iluminados o Mesías guía de un pueblo.  Incluso aquellos que identifican el verdadero Puerto Rico con el de la cultura popular, los populistas y neopolulistas más radicales, son intelectuales que  se perciben de ese modo. Creo que si alguien puede argumentar bien ambas posturas podría asumir la historia del país de ese modo tan simple. Los riesgos son suyos. No míos.

Documento: Mayagüez y la llamada Generación del ’80


  • Mario R. Cancel
  • Escritor e historiador

Recientemente leímos, con sumo placer, los escritos donde se discutía la naturaleza de lo que ha comenzado a perfilarse como una nueva generación de poetas: la del ’80. En los escritos de Rafael Acevedo y Zoé Jiménez se nos habla de una manera de escribir propia de los jóvenes que empezaron a producir en los años ’80.

Las coordenadas del bagaje bibliográfico-teórico son conocidas para la mayoría de nosotros: Lima, Ché Meléndez, entre los mayores; Albaladejo, Nieves Mieles, Fontán, la revista Taravilla y el taller “Intemperie”, entre los más recientes y mejor logrados. Faltan, obviamente, muchos poetas y revistas en la nómina, pero completar la misma no es posible en un sólo artículo.

Lo que sí nos sorprendió fue la ausencia de la experiencia lírica de unos cuantos que alzamos la bandera de la poesía en el Recinto Universitario de Mayagüez precisamente en 1980. La presencia de los talleres de creación y del periodismo estudiantil en el colegio fue, en términos generales variada y valiosa.

Generación del 1980

No nos referimos tan sólo a los esfuerzos de Luis Cartañá a través de “El Árbol de Cristal”, o de la añorada tertulia de la librería “El Quijote” de Guillermo Martínez, o a los talleres de creación de Loreina Santos Silva tan cruciales, por otra parte, para el desarrollo del buen gusto literario y del espíritu crítico de los jóvenes autores.

El periodismo estudiantil también fue rico y publicaciones como El Chicharrón y Clarinada, ofrecieron sus páginas para la expresión de la joven lírica. Los mensuarios políticos Venceremos (FUPI) y Bandera Roja (UJS-MSP), fueron un valioso modelo y acogieron en sus páginas breves escritos en donde la sátira y el humor comprometido predominaron.

Fuera de los talleres y las revistas estudiantiles, pero con un gran sentido de poeta distinto, hay que mencionar a Sabino Méndez, fino poeta y cuentista prácticamente desconocido. Y en el campo de la promoción de la literatura joven no se puede olvidar a Sotero Rivera Avilés que ha dado vida al concurso literario del Instituto Comercial de Puerto Rico durante ocho años. Muchos de los llamados poetas del ’80 han sido premiados en ese concurso, Albaladejo y Nieves Mieles, entre otros.

Revistas como Mairena de Manuel de la Puebla y Amaneceres de Ángel Gómez, ofrecieron sus páginas a los jóvenes escritores de esta década. Allí conocimos la poesía de Martínez Márquez, pero también vimos proyectarse la de Sabino Méndez.

En el campo de los talleres, el Recinto de Mayagüez fue cuna de uno que desplegó una amplia labor en materia de lecturas de poesía, conferencias y charlas de historia. Ese fue el Taller “Caramba”. La radio y la prensa local fueron utilizadas como vehículo para transmitir lo que se consideraba correcto. En el Taller “Caramba” se desarrollaron poetas que hoy hemos perdido de vista como Yolanda Rivera y otros que apenas publican, como Carmelo Medina Jiménez. Cerca de ese taller se desarrolló también el autor de estas líneas.

Esos jóvenes poetas se alzaron, o más bien, nos alzamos contra lo que llamábamos entonces “la traición del ’60”. Creíamos que la gente de Guajana y Mester había olvidado un compromiso histórico de lucha y así lo hicimos saber.

Hubo confrontaciones con los más recalcitrantes del ’60 y actuamos como esperábamos actuara la generación modelo. No queríamos publicar libros y realizamos lecturas en plazas, centros comunales, universidades, festivales de pueblo y actos políticos. En ningún momento nos sentimos preteridos porque la poesía era nuestra fe y la persistencia nuestra divisa.

Unos cuantos del ’60 se nos acercaron. Recuerdo a Loreina Santos Silva, Juan Torres Alonso, Germán Delgado Pasapera y Carmelo Rodríguez Torres. Nos parece que la animosidad que teníamos con los compañeros del ’60 fue un proceso natural de búsqueda de espacio en el mundo de la lírica. En 1988, ninguno de nosotros pensaría como hace ocho años.

De hecho, del panfleto de atmósfera urbana pasamos a experimentar con la metáfora, con la sinestesia, con la experiencia de la negritud y con la historia. En este momento, de cara a la década finisecular, debemos reconocer que en 1980 faltaba mucho por aprender. Asimismo, en 1988 falta mucho por aprender y la maduración de aquel puñado de poetas está por darse.

Muchos fueron los imperativos históricos que nos golpearon en aquellos años. El resquebrajamiento del “ela”, las nuevas luchas universitarias con su secuela de expulsiones, el romerismo, la incidencia del pensamiento neo-marxista, el debate en el seno de los sectores socialistas y una gran cantidad de lecturas y re-lecturas de viejos y nuevos maestros. Recuerdo la emoción y la rabia con la que leíamos a poetas tan dispares como Giusseppe Ungaretti y León Felipe; Juan Larrea y Pablo Neruda; Otto René Castillo y Jorge Luis Borges.

Nosotros somos hijos del “ela”, pero también somos los hijos de la generación revolucionaria por excelencia: el ’60. En nuestra evolución, aquellos que en el 1980 atacamos al ’60, nos hallamos ahora trabajando a su lado. Igual sucedió con las relaciones del ’60 con la gente del ’30 y el ’50. Es cuestión de conciencia histórica.

La gente del ’80 tiene que plantearse una revolución efectiva en la factura del verso y una revolución social real. Nos parece que el debate sobre este fenómeno es, más que saludable, pertinente y necesario.

La gente del ’80 tiene que plantearse una revolución efectiva en la factura del verso y una revolución social real. Nos parece que el debate sobre este fenómeno es, más que saludable, pertinente y necesario.

Nota: Este escrito data de 1988. Se publicó originalmente en el suplemento “También ocurre que el poema sale en su contra a tiempo: Sobre la poesía puertorriqueña de los ochenta” en ClaridadEn Rojo 12-18 de enero de 1989: 20. Fue reproducido en la columna “In-up” Visión 27 de febrero-6 de marzo de 1991: 12.

Entrevista al escritor Alberto Martínez Márquez


Alberto Martínez-Márquez: La crítica debe forzar el cuestionamiento de los órdenes culturales y establecer propuestas alternativas para que ésta sea una mejor sociedad.

  • Taty Hernández
  • Poeta y crítica dominicana

Muchos de los que reciben, en sus bandejas de correo, su “Poeta Invitado/a de la Semana” se refieren a Alberto Martínez-Márquez -Puerto Rico, 1966- como “el Profesor”. Su accionar va mucho más allá que impartir clases de Humanidades, Literatura, Historia y Cine en el Departamento de Humanidades en el recinto de Aguadilla de la Universidad de Puerto Rico. Entre otras cosas es poeta, narrador, ensayista, dramaturgo, antólogo y crítico literario. Recientemente ha sido elegido para presidir el capítulo puertorriqueño del PEN Club una organización literaria que reúne a destacados escritores a nivel mundial.

Con Alberto Martínez-Márquez dialogamos sobre la ruptura de esquemas en la escritura y su percepción sobre el presente y el futuro de la literatura en Puerto Rico, la crítica literaria y la literatura en Internet.

TH: Te consideras un heterógrafo…

martinez_nuevo_dia2AMM: Ciertamente. He acuñado este término, heterógrafo, heterografía, porque en él se basa mi escritura poética, mi acto creativo… El mismo proviene de dos vocablos griegos: Heteros, que significa lo otro y grafos que se define como escritura. Un heterógrafo es aquél que accede a lo que es diverso y divergente. En esto se cifra el universo plural de la palabra. Lo contrario sería una ortógrafos: orto, recto; grafos, escritura: el que escribe rectamente, unidimensionalmente… Por eso en mi poesía, como también sucede con mi narrativa y con mi teatro, hay una resistencia a seguir un patrón definido, formalmente y en términos del contenido, pues ya la temática es otra cosa. Nunca encontrarás dos poemas iguales, pues la búsqueda de expresión de esa diversidad y divergencia, de esa otredad imperiosa que se multiplica en el acto creativo, lo impide.

TH: Hablas de diversidad, divergencia en la expresión. ¿ Quiere decir que rompes esquemas?

AMM: Sí. Es parte de mi herencia vanguardista. Claro, que siempre he experimentado con la estructura del poema desde que comencé a escribir. Pero la ruptura con la sintaxis, con la cárcel de las reglas gramaticales, la tomé de las vanguardias de comienzos de siglo XX, de Apollinaire en adelante. Incluso Ezra Pound fue un modelo que tuvo gran impacto en mi poesía. Leí con suma fruición Los cantos, más por la arquitectura del verso y la construcción de su lenguaje poético que por su propio contenido. Yo no entendía lo que Pound escribía en términos del mensaje, pero sí creí entenderlo perfectamente en términos de la ruptura formal y estilística.

TH: ¿Por qué escribes?

AMM: Me llamó la atención que en una entrevista le preguntaran lo mismo a Italo Calvino, y que él contestara que escribía para dar un orden y una dirección a las palabras. Yo escribo para destruir la función consuetudinaria del lenguaje; escribo para patear al burgués; escribo para pervetir; escribo para dar qué pensar o no dar nada qué pensar; escribo para escribirme a mí mismo, y hasta la fecha el autorretrato que hago de mí con palabras es bastante chueca, dislocada, deforme. Y eso me gusta. De otra manera, si escribo para referir las cosas tal y como son, entonces sería un poetastro, un patanatas. En resumidas cuentas, escribo, porque me gusta hacerlo, y es lo único que sé hacer bien (con excepción del amor)…

TH: ¿Cómo percibes el presente y el futuro de la literatura en Puerto Rico?

AMM: Cuando regresé definitivamente a Puerto Rico en 1995, luego de haber vivido y estudiado en los Estados Unidos por espacio de cinco años, descubrí un panorama cultural desolador. Yo había salido en 1990, en plena apoteosis cultural. De hecho, 1992 marcó un año extraordinario para todo tipo de artista. Pero luego vino un marasmo tremendo, creado por la situación política, que fue agravándose hasta que en 1995 parecería como que no había mayores opciones. No veía mucho futuro a las letras en el país, en nuestra nación. No obstante, ese panorama fue cambiando y fui conociendo a los escritores más noveles. Eso me entusiasmó muchísimo. De pronto, a partir de 1998, hubo una especie de explosión, y comenzaron de nuevo los recitales, las exhibiciones, las presentaciones, etc. Claro, yo estoy generalizando bastante. Ahora mismo hay una figuras jóvenes importantísimas en la poesía como Guillermo Rebollo Gil, Yara Liceaga, Julio César Pol, Iris Figueroa Cardona, Uroyoan Noel, Noel Luna, Raúl “Gorras” Morris, Jorge Acevedo, José Raúl González (Gallego), Eddie Ortiz Schiaffino y Jeannette Becerra. En la narrativa están unos escritores geniales como Pedro Cabiya (que también ha escrito excelente poesía), Max Resto y Juan Carlos Quiñones, alias Bruno Soreno. Gallego, Uroyoán, Guillermo, Iris, Noel, Eddie y Jeannette tienen libros publicados. “Gorras” tiene publicado un CD que contiene sus poemas recitados. Hay que ver a este tipo en acción. Su Ópera Rap es fascinante. En la poesía hay un regreso a la oralidad. Eso lo he conversado con el propio Gorras Morris. No sé cómo le podemos llamar a esta joven generación; mucho más joven que yo, con todo y mis 36 años. Su escritura me atrae porque de una u otra forma tienen puntos de contacto con mi propia poética. Hay otro joven poeta, su nombre es Jomi (José Miguel Curet) y en estos momentos se encuentra estudiando fuera del país. Acaba de publicar un libro artesanal titulado De visita: simples rutina, que es excelente. Se nota un trabajo disciplinado con la palabra. Oiremos más de él en un futuro. Quiero hacer un comentario sobre Yara Liceaga. Esta poeta ha publicado mucha poesía en revistas y suplementos culturales. También ha circulado sus poemas por Internet. En algún momento nos sorprenderá con un buen libro. Muchos poetas y críticos estamos esperándolo.

TH: ¿Y Mayra Santos Febres o Etnairis Rivera?

limite_volcadoAMM: Etnairis Rivera, que es una buena amiga y una extraordinaria poeta, es ya una figura legendaria, canónica. Por tanto, cualquier libro que ella publique siempre tendrá aceptación por parte de la crítica, de los lectores y de los propios poetas. En lo que a Mayra Santos se refiere, se trata de una poeta más joven que Etnairis. Junto a este servidor Mayra Santos forma parte de la Generación de Poetas de los Ochenta. En el año 2000 publicó un excelente libro de poesía que pasó lamentablemente sin pena ni gloria por la crítica literaria puertorriqueña, que mantuvo un silencio que yo no me esperaba pues en ese año ella había publicado la novela que la catapultó internacionalmente: Sirena Selena vestida de pena. El poemario al que me refiero se titula Tercer mundo y fue publicado por Trilce Ediciones de México. Fíjate, es una pena, porque Mayra se inició precisamente en la poesía. La crítica elogió sus primeros dos libros, luego vinieron los libros de cuento, igualmente elogiados y después la novela, que ha abierto un camino para muchos escritores de Puerto Rico en el plano internacional. Uno esperaría que su tercer libro de poesía sea igualmente recibido, pero la crítica guardó silencio. Como dato curioso, Etnairis, Mayra, Mario Cancel y yo fuimos premiados por el Pen Club en su edición para libros publicados en el 2000. Etnairis recibió una mención por El viaje de los besos, Mayra el primer premio de novela por Sirena selena.. y Mario y yo el primer premio de antología de poesía por El límite volcado: antología de poetas de los ochenta, donde también figura Mayra como poeta.

TH: ¿Cuál es el rol que ha desempeñado la generación del 80?

AMM: La Generación de Poetas de los Ochenta en Puerto Rico realmente puso en función la multiplicidad de temas y formas escriturales que los poetas de los 70 propugnaron pero que no pusieron en función a cabalidad. Con sólo mirar El límite volcado: antología de poetas de los ochenta, que preparamos Mario Cancel y yo, y que fue editado por Isla Negra, uno se topa con una diversidad de dicciones poéticas, de formas escriturales, de temas. El 70 se opuso a la poesía militante, y trajo una propuesta de apertura, que como ya indiqué estuvo bastante limitada. El 80 es la primera Generación que no se opuso a nada. De hecho, tomaron al 70 como punto de partida. Eso es un momento importantísimo en la poesía puertorriqueña. El 70 fue una influencia para la gente del 80, y la gente del 80 se desplazó a zonas donde los poetas del 70 no habían llegado.

TH: ¿Cuáles criterios utilizaron tú y Mario Cancel para realizar la antología El límite volcado?

mario_cancel_lectorAMM: Cuando Mario y yo decidimos hacer la antología, ya teníamos una idea de quiénes la iban a componer. Nosotros fuimos poetas activos en los 80, Mario en el área Oeste de Puerto Rico, y yo en la Zona Metropolitana, y continuábamos siéndolo cuando nos conocimos en 1997, porque seguíamos escribiendo. Lo que hicimos fue acercarnos a esos poetas con quienes compartimos, y ellos nos respondieron. En el trayecto descubrimos al poeta Juan González Mendoza, que no había publicado nada, nunca. Pero cuya poesía fue escrita durante esa década y en cuanto a lo formal, lo temático y el contenido, tiene unas afinidades tremendas con la poética de los 80. A Juan lo incluimos como un ejemplo del poeta escondido que es preciso rescatar.

TH: ¿Confías en la literatura en Internet? ¿Por qué?

AMM:Con respecto a esto, sólo tengo que decir que hay excelente, buena, deficiente y malísima literatura circulando en el ciberespacio. Lo único que uno tiene que hacer es ser selectivo y escoger de acuerdo a los criterios estéticos que uno tenga. Pero definitivamente la Internet ofrece una oportunidad a los escritores que ningún medio informativo y tecnológico podía ofrecer hace quince años atrás.

TH: Estás haciendo una excelente labor de difusión utilizando la red de Internet esto me induce a cuestionarte si piensas que acrecienta las oportunidades de los escritores y escritoras. Si es así, ¿en qué sentido?

AMM: Internet te conecta con el mundo ipso facto. Es una forma de proyectarte en otros ámbitos, en otras latitudes, en otras regiones del mundo donde nunca antes pensaste llegar. Yo me he encargado de servir como difusor de escritores de lengua española, de la misma manera que otros escritores y activistas culturales se han encargado de difundir mi obra. Es una labor recíproca, como toda labor cultural y literaria debería ser. Internet es una utopía funcional, no exenta de fallas y de errores, pero está funcionando y he podido ver sus frutos. Ahora llegan muchos mensajes a mis diversas cuentas de correo electrónico, pero también ha aumentado el volumen de mi correo regular con el envío de libros, revistas y comunicación varia de escritores de Argentina, República Dominicana, España, Estados Unidos, Ecuador, etc. Incluso de otras partes de la nación puertorriqueña.

TH: ¿Cómo concibes la crítica literaria?

AMM: La crítica literaria puede operar de dos formas: reducirse al entorno académico; obtener una mayor difusión creando amplios espacios opinantes. En ambas, la tarea de la crítica es vital, pues ofrece claves para la interpretación de textos e incluso puede estimular a un público lector. A mi entender, la crítica debe forzar el cuestionamiento de los órdenes culturales y establecer propuestas alternativas para que ésta sea una mejor sociedad.

TH: ¿Es paternalista la crítica literaria en Puerto Rico?

AMM: En estos momentos la crítica literaria en Puerto Rico, fuera de la academia que es otra cosa, es casi inexistente. Aún así, dentro de la carencia de críticos, continúa imponiéndose una crítica de corte paternalista en tanto y en cuanto quiere apadrinar a ciertos escritores y a ciertos grupos. Nosotros, los de la Generación de Poetas de los Ochenta, fuimos vilmente vapuleados en un escrito de Carmen Dolores Hernández, crítica “oficial” de Puerto Rico desde el diario de mayor circulación. Ella se ha encargado de dar mayor relieve a algunas de las figuras jóvenes como si con ello nos echara tierra encima. Sin embargo, como tenemos muy en cuenta lo que hay detrás de todo esto, no nos hemos ensañado en lo más mínimo con estos escritores, ellos no tienen la culpa de que alguien nos quiera indisponer. Al contrario, hemos mantenido unos canales de comunicación y colaboración muy abiertos. Lo que me parece óptimo y productivo.

Tomado de Perspectiva ciudadana, 2 de octubre de 2002 . Editado en su contenido.

El fruto y sus dispersiones


Comentario sobre: Alberto Martínez-Márquez. Frutos subterráneos. San Juan / Santo Domingo: Isla negra editores, 2007. 61 págs.

  • José E. Santos
  • Narrador y poeta puertorriqueño

usc_lnp_z3En Frutos subterráneos de Alberto Martínez-Márquez se esboza un diálogo conflictivo entre la representación abstracta y la enunciación de lo inmediato. La expresión de la voz poética hace las veces en ocasiones de una denuncia anclada en pormenorizar lo instantáneo. El texto, un conjunto de cuatro poemarios que retratan el desarrollo de Martínez Márquez durante los años 1990-1992, se proyecta como un archivo ambivalente en el que impera un sutil orden que subyace al aparente caos semiótico. En varios instantes este diálogo mostrará las claves de su propia destrucción al invertirse. Así las cosas, la voz poética de Martínez Márquez, tan apegada a la reformulación de la vanguardia, logrará deleitarse en la misma pureza que ataca e intenta contaminar.

La colección comienza con el conjunto denominado Poemas conjeturales. Como el título implica, cada pieza supone una interrogante, lo que sienta la tónica movediza presente en todo el libro. Nos ha llamado la atención el quinto segmento:

el cuerpo se recuesta

en la lujuria de lo invisible

allí donde los canguros de la elocuencia

reconquistan el pecado

Se anuncia así el abandono de lo concreto. Se proyecta una dimensión dual en la pretendida invisibilidad de la lujuria. Es ante todo pensamiento, querencia. La intervención de los poetas ha de servir de mofa cuando se les tilda de “canguros de la elocuencia”. Parecería que la búsqueda por la palabra precisa se definiera justamente por su carácter aleatorio.

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Es en ese trayecto que entonces se recupera la verdadera lujuria, una lujuria del sentido, una infatuación incongruente de aquellos que privilegian las palabras sobre los actos. Este reto al lector ha de sentirse nuevamente en el noveno segmento, más orientado a la cerebración que caracteriza la oferta poética de Huidobro, otro poeta esencial para entender la experimentación literaria de los poetas medulares de la generación del 80, los en ocasiones denominados “filistas”, cuya orientación Martínez Márquez ha reinventado y dotado de nueva sensibilidad. En este caso, el asecho de la voz poética se orienta a la ciudad y sus contornos:

porque en este momento

todo se dilata

la equivocación nos saluda

desde el ombligo opuesto

perversión que no se agota

en el tráfico de las esencias urbanas

La exaltación del instante ha de implicar su extensión. Saturados en el error, el ser humano se define desde “el ombligo opuesto”, es decir, en el contacto de las otredades. El espacio urbano cimienta esta tentativa de definición. Y será justamente esta definición urbana la que representa mejor que nada la expresión en el segundo conjunto, Breve condición. Aquí ya la voz poética se proyecta desde un recinto reconocido. Hay espacio para la nostalgia existencial y para la reflexión teórica, como se desprende del segundo poema, “Hay veces”. En el mismo, la voz poética se enfrenta a una instancia de adversidad instantánea, la ausencia de la llegada del cartero un día y el subsiguiente retorno con la carta sin enviar, y la falta lleva a una racionalización de la carencia misma:

qué extraña forma

adquieren las palabras

o

la mano que la sostiene

una vez que no ha llegado esta carta a su destino

Se aventura de esta forma una identidad entre el mensaje y el emisor y por otra parte se precisa la suplementaridad de la escritura Martínez Márquez ve en la interrupción de los procesos la delación de la naturaleza contingente de la comunicación escrita, y de paso, se pone en entredicho el papel de esa “mano que la sostiene”, la naturaleza misma del ejecutor:

qué seré yo

con respecto

a esa carta

Cierra así con la interrogante, cuya ejecución misma no ha de poder contestar la paradoja ni mucho menos liberarnos del velo de la duda.

Instante seguido, en el tercer segmento, Martínez Márquez se adentra más en esta melancólica imprecisión escritural:

una de las varias formas de la nostalgia sería

ésta: la de escribir algo sin ningún motivo

El debate se centra entonces en el valor de la intención. No es solamente la palabra misma ni la ejecución, sino que esta vez cae sobre la mente misma que reacciona, que ha de enfrentarse a la posibilidad de considerar nulo todo proceso que intente justificarla. La contundencia de este reclamo se ha de sentir con mayor fuerza en el sexto segmento, donde lenguaje y mundo se verán desprovistos de toda posible relación:

ella se desnuda

me besa

me muerde

el pecho

la oreja

me acaricia

hace el amor conmigo

suda

suspira

y todavía

le llama deseo

Quedamos así inmersos en la desfaz. Llamar deseo a la realidad es el contrasentido total de cualquier semántica que aspire a la correspondencia hermética. Rigen las relaciones metafóricas y se vuelve al principio de la búsqueda al modo de una resolución impuesta, un detente, una advertencia ante lo que no ha de dar frutos: el espacio estéril del pensamiento, el desierto de la literatura.

Ya aceptada esta conclusión, Martínez Márquez elabora en adelante una travesía por entre sus consecuencias. El conjunto designado Papel de apariencias comienza con el poema “Poética 1991”. El texto constituye un verdadero diálogo entre Martínez y la tradición poética, la que integra en el seno de su denuncia. La misma se construye como un pedido, como una secuencia de sentencias que se debaten entre el reclamo y el mandato. Las vivencias se adentran al fragor de la estética de manera siniestra:

pájaro de sangre

entra oscuro en la página

El viajero, el romero existencial pasa a romero de la representación y declara seguidamente el peso de la inmediatez absoluta:

si el poema tiene que ser

el poema es sólo el poema

Esta verdad da pie entonces a una visión agonista de la lectura; “el pájaro”, “el yo” sale “herido de transparencia”. La claridad, la lucidez, eldiscernimiento, son entonces la consecuencia nefasta de esta incursión. Pesa entonces el conocimiento y se ha de pasar a la reflexión que ineludiblemente lo lanza al vacío del silencio:

si el poema tiene que ser

el poema es el signo oscuro de lo que nunca fue

La vuelta entonces deja a ese otro lector, “nosotros”, de cara al rastro, a la reducción dual entre estética y existencia. El texto, sin embargo, participa de la paradoja implícita en su propia ejecución: el texto queda, el texto se extiende, el texto se rehace en cada lectura por lo que no puede ser jamás un “signo oscuro”. Parecería que pugna Martínez Márquez con el Pedro Salinas que se expresa en “El poema”, texto en el que se privilegia la lectura como “luz que el sol no conoce”, superior y trascendente.

La colección culmina con el conjunto que se llama propiamente Frutos subterráneos. El poema que lleva el mismo título, se construye al modo de una raíz cuya extensión se sumerge por los múltiples recovecos del sentido. La mano del poeta toma la forma del labriego cauteloso que parte del territorio de lo improbable para adentrarse en el espacio de lo amenazante:

un guante plagado de espejismos avanza por la espiral de fuego

huelga la tradición

la costumbre

la pertenencia

Así presentada, la caída lleva consigo el peso de los elementos propios de la definición. En adelante, el poema, como la raíz que crece, expone el cúmulo de posibles correspondencias entre imagen y sentido. Se ha de pasar de lo plenamente codificado a lo disperso y enrarecido. De la “mirada alba”, la claridad absoluta, se pasa a la sugerente “seducción de caballos exóticos”; del “ceremonial de fijeza” se va hasta “las márgenes oscuras”. El avance culmina en la inevitable combinación de lo ontológico y lo sexual como fuente de todo lo significante. Antes de culminar, la voz poética aventura dos posibles definiciones de la escritura que nos llevan al resquicio donde mora la imprecisión:

amago de brújula humeante

diáspora de imágenes detonando la caligrafía

/sensual de la mano

que agoniza

La manos reposa en el último instante, al final de la ejecución y de toda propuesta vivencial. La mano es entonces el recuerdo de sí misma:

La memoria responde al último tacto

El lector sagaz tiene en Frutos subterráneos una parcela fértil para el ingenio, un texto multiplicador de imágenes y una absorbente y constante reformulación de la voz poética. Martínez Márquez corona de esta forma el planteamiento estético de ese medular conjunto de poetas de la generación del 80 que se define a partir de la reestructuración de la tradición vanguardista y no de un rompimiento con la tradición precedente, como inútilmente se le ha querido caracterizar. El autor de Las formas del vértigo, nos muestra así las pautas para llegar a esta nueva cima expresiva, y, de paso, nos plantea que en la negación de los procesos es posible su propia realización.

Poetas 2000 : Reflexiones sobre una lectura de Alberto Martínez-Márquez


  • Mario R. Cancel
  • Escritor e historiador

hoy tengo calvo el pensamiento

Alberto Martínez-Márquez

 

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En torno a Las formas del vértigo

La obra poética de Alberto Martínez-Márquez, puede ser interpretada como un itinerario personal o una bitácora ontológica con todas las formalidades de una poética de los misterios. En Las formas del vértigo (Isla Negra, 2001), se recogieron textos pensados y escritos entre el 1986 y el 1990. Es de suponer que, al ser integrados en una colección como aquella, los mismos fueran revisados por un Alberto distinto al que los había escrito once años atrás.

La serie que dio título al libro, “Aluvión” y “Contraluz”, refieren a tres metáforas que me parecen cardinales en la escritura de este peculiar poeta y amigo. Me refiero a la metáfora del abismo como lugar de la escritura, al desbordamiento o el caos como rasgo distintivo del mundo, y a la condición subversiva o resistente de la obra literaria.

La lectura de aquel libro durante el verano del 2002 dejó en mí una impresión extraordinaria. La sensación de que en el mismo la poesía ocurría como un acto que se ejecutaba ante el abismo y que se inventaba, como toda intuición, en la enrarecida situación del mareo que se siente ante una profundidad que se desconoce era evidente. La falta de lógica de aquella lectura mía me condujo a la prevención de que, a pesar de la sensación de lo desconocido que se respiraba ante la sima, aquella incertidumbre era un preciado objeto del deseo. Era algo así como la ansiedad nietzscheana de vivir peligrosamente puesta, otra vez, sobre el papel.

La otra impresión que tampoco he podido olvidar es la de que, durante la lectura, me encontraba ante una poesía de fuerte contenido ontológico. Alberto no quería en verdad explicar ningún enigma de una manera definitiva. Su lectura no producía la sensación de seguridad a la que nos hemos acostumbrado cuando leemos el poema ontológico de Parménides, los Upanishads o algún fragmento del Tao Te King.

Se trata en verdad de una ontología débil e incierta, de una metafísica fluctuante y frágil. La metáfora del abismo sirve para comprenderla: dado que se escribe sobre el ser ante el abismo, la lectura se hace con la sensación del declinar o del caer. En esa situación, el lector puede permanecer en el borde o despeñarse sin remedio a la hondura.

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En torno a Frutos subterráneos

Por otro lado, en Frutos subterráneos (Isla Negra, 2007), Alberto incluye textos del 1990 al 1993 redactados en el ambiente de Stony Brook.  Las series “Poemas conjeturales”, “Breve condición” y “Papel de apariencias”, preceden la obra maestra que sirve de título al volumen. Las metáforas aludidas en su libro inicial se reiteran en las cuatro colecciones que componen este. Alberto no ha renunciado a aquella mirada del mundo.

Pero aquí se hace más visible la incertidumbre y la sensación de la brevedad existencial como animus poético. La idea de la vida y el acto poético como una acción performativa, y la condición clandestina de la creatividad, son los verdaderos centros de esta colección. La secretividad siempre posee el encanto del peligro, y el culto a esa sensación ha pasado a convertirse en uno de los rasgos dominantes de la escritura del 1980 a esta parte, tanto como lo fue a la escritura de las vanguardias históricas a que me remite Alberto en su poesía.

El clandestinaje del poeta en un mundo de prosistas hace de esta una escritura que aspira evadirse de una realidad que fuerza al extrañamiento. En ese proceso de oclusión, en ese insilio, la poesía vuelve a afirmar su función como un acto de definición del yo. Me parece que estos frutos subterráneos pueden ser apropiados como el reflejo distante y deforme, monstruoso quizá, de una praxis urbana que ha servido para fijar la condición subalterna del poeta en la ciudad postmoderna. La ciudad a veces me trae la imagen de la prosa barata de los periódicos y los libros mejor vendidos que recomiendan las páginas de la prensa.

En esa búsqueda, Alberto le adjudica un papel equívoco a la memoria. Como el buen Ernest Renan cuando hablaba de la nación, el poeta acepta que la memoria no solo recuerda. También olvida y siempre inventa y amolda y ajusta. Olvidar y recordar son dos maneras alternas de ser.

Dialogía 1: poesía / poema

En Alberto la poesía como se ejecuta como un acto incomprensible. Ello explica que la poesía resulta en un texto que no es pensable con las armas de la racionalidad. El papel protagónico de la irracionalidad no significa que los textos sean un mero agregado de palabras. Eso podría alegarse de las palabras sueltas que se agregaban en cierta escritura automática o aquellas que se producen con el juego Scrabble. En los libros de Alberto el poema es un producto del pensamiento, un monumento labrado al detalle calculado.

Por eso el poema sólo se puede apropiar intuitivamente, azarosamente, casualmente. Pero dado que cada poema ofrece un abanico infinito de posibilidades interpretativas, siempre sabemos que la siguiente lectura, conducirá a otro lugar. En eso radica buena parte de su encanto.

Dialogía 2: escribir / leer

Escribir es, en consecuencia, un intento de llenar de contenido al yo. Volver a escribir, reescribir, es re-semantizar al yo, es decir, volver a llenarlo de otro contenido. De ese modo, la imagen del yo establecido nunca es igual a sí mismo. Cada vez que se escribe, se re-funda, como las viejas ciudades que desaparecen producto de una invasión o de un desastre natural.

La lectura se ve forzada a convertirse en una transacción, una aproximación al sentido del texto. Siempre se lee de ese modo cuando se trata de lectores plenamente concientes de lo que significa leer. La interpretación queda reducida a una hipótesis cuya legitimidad es circunstancial y contingente. Las relaciones entre el emisor y el receptor se democratizan en la medida en que se hacen más caóticas. Y cada vez que vuelve a leer, sin la lectura es buena, participamos en la destrucción de la vieja ciudad y en su re-fundación.

Pequeña coda reflexiva

Leer a Alberto Martínez-Márquez, en el abismo o en el clandestinaje, es una trampa que siempre conduce a un sitio distinto. La sensación de que se trata de un laberinto inestable, no desaparece nunca. Pero el laberinto al que se llega no está en el poema ni en el libro. Está dentro del lector y es tan incierto como todo lo demás.

Poetas 2000 : Alberto Martínez-Márquez


  • Mario R. Cancel
  • Escritor e historiador

 “…esto que llega a mi en calidad de inocencia hoy, / que existe / porque existo / y porque el mundo existe / y porque los tres podemos dejar correctamente de existir.”

“Razón” (fragmento) Juan Larrea

martinez_nuevo_dia2No es fácil hablar de Alberto Martínez-Márquez. Alberto es poeta y los poetas son complejos. Mi profesión de historiador me ha llevado a buscar los pequeños comienzos de esta gran amistad.  Me consta que las cosas grandiosas no son sino la acumulación de muchas pequeñeces. La voluntad de conservarlas es lo que garantiza su permanencia. Por eso la tarea no ha sido del todo difícil.

Supe de Alberto tras una lectura casual de la revista La torre del viejo de los primeros meses del año 1985. Allí estaba los poemas “Voces apagadas” y “Los presos.”  Se trataba de dos textos de barricada que tanteaban la metáfora de la “prisión” y a la vez manifestaban una gran desazón con la realidad social. Al margen superior derecho de la página había una breve nota en la cual Alberto confesaba que el eje de su literatura era “una honda preocupación social.” Los textos habían sido enviados en manuscrito. La carta estaba firmada el 5 de noviembre de 1984. Alberto tenía entonces 18 años y cursaba el primer año de estudios en la Universidad de Puerto Rico en Río Piedras.

Ese mismo año 1985 la revista Mairena, dirigida por el poeta Manuel de la Puebla, premió a seis poetas jóvenes en su certamen. Tres de ellos eran de Puerto Rico: Antonio Santiago Merlo y yo habíamos sido reconocidos. El otro era Alberto. Allí estaban las fotos de ambos.

La revista publicó un texto en seis partes titulado “Caminos” el cual me emociona en especial aun hoy. En el mismo encuentra el lector  la palabra pulida y el lenguaje bien labrado que caracteriza la poesía de Alberto. Aquellos poemas se manifestaban penosamente esperanzados tal y como me lo demuestra el fragmento de resonancias machadianas “A un caminante”:

No mires hacia atrás.

Sólo queda la sal

De los escombros.

De frente Caminante

Está el camino.

La preocupación por el espacio y el tiempo, por las fisuras entre la realidad y su representación, un juego que no ha abandonado la literatura de Alberto hasta el presente, se expresaba en “Copulación instantánea”

Cuando llueve

Cielo y mar son uno.

En este coitonudo

Los puntos cardinales

Se disuelven.

La historia literaria es un laberinto amenazante pero que no encierra monstruos implacables. El azar se impone en ella, como en toda historia,  constantemente. Cuando yo publiqué mi primera investigación histórica en una revista académica, la querida Cupey dirigida por el novelista Emilio Díaz Valcárcel en junio de 1986, Alberto coincidió con tres poemas.

Se trataba de “Fantasía imperdonable,” “Éxtasis supremo”  y una “Poética.” Al cabo del tiempo me enteré que Alberto siempre escribía una “poética” o redefinición del oficio al inicio de cada año. Es una manera de re-nacer con frescura ante un nuevo ciclo vital. Es un ritual, pero los poetas tienen derecho a ser rituales.

En la nota bio-bibliográfica del poeta aparecida al final de Cupey se prometía el libro Multitudes de calles que nunca vio la luz. El lector hallará en aquella muestra  la palabra de un poeta que experimentaba con el espacio del papel y la tipografía a la manera dadaísta y surrealista, mientras comenzaba a digerir el terrible asunto del caos. Estaba, adelantándome un poco a mi lectura, en las cercanías del abismo, de cara al vértigo. “Fantasía imperdonable,” una interesante parodia del crucificado, es un logro impresionante. El poeta tenía tan solo 20 años.

Volví a toparme con Alberto durante el bienio de 1986 y el 1987 en otro medio cultural hoy desaparecido, la revista Amaneceres dirigida por el poeta Ángel Gómez y asesorada por mi.  En el volumen del 1ro de mayo de 1986 coincidimos. “Transeúntes en la noche,” un poema en cuatro partes, era su participación. Una vía lóbrega y la soledad apabullante marcaban las “negras calles / devorando huellas.”

En el volumen del 23 de septiembre de 1986, el poeta publicó “Mutante” y “Vivo el día que el abismo escupe.”  El 28 de enero de 1987 apareció su “Empírica profecía.” Alberto ya tenía otra marca que nunca le abandonaría: esa original vinculación entre el título y el contenido de sus poemas se había establecido. En el poeta el título es un verso sintético, un fractal, un enigma: no es la mera señal identificadora de los contenidos.

¿Cuál es la importancia de la experiencia común en Amaneceres? Se trata de que buena parte de los textos publicados en aquella revista se revisaban en mi casa. Yo transcribía y corregía muchos de aquellos materiales en un momento en que la pasión de la palabra nos agredía a todos.

Como sabrán, al cabo del tiempo yo me hice historiador y archivista. Guardé en mi biblioteca cuanto pude de la memoria material de aquellos días en la esperanza de que algún día fuese valioso para otros. Para mí siempre lo fue. Si yo era el recolector, Alberto era el poeta. El peligro de ser poeta radica en la voluntad de decir siempre más. El peligro de ser historiador radica en la voluntad de develar todos los secretos.

En diciembre de 1985 me había arriesgado a mi primera aventura literaria, una publicación mixta de autores del 1960 y de 1980 que pretendía develar el puente entre la literatura y la historia, mis dos pasiones. Se trataba de Islote, proyecto que me ayudó a conceptuar el novelista Carmelo Rodríguez Torres.

En agosto de 1990, recibí una extensa carta de presentación de Alberto. El poeta estaba por irse a Stony Brook a completar estudios graduados en literatura. Rayaba entonces los 24 años. En cuanto leí sus textos los reservé para un volumen cuatro de la revista Islote que nunca llegó a publicarse. Todavía está el borrador de aquel número en mi biblioteca tal y como lo dejé preparado una tarde de diciembre de 1990 en medio de la desilusión  que producen los proyectos agonizantes.

Aquella carta es un documento  extraordinario para conocer al poeta y apreciar al amigo. La “noticia de mi labor escritural” era impresionante. Publicaciones diversas, algunos libros inéditos que incluían narrativa y teatro, y una larga lista de lecturas llenaba el documento por todas partes. La lista de amigos iba de Edgardo Nieves Mieles, a José “Pepe” Liboy Erba, de Walter Mücher Serra a Carlos Roberto Gómez Beras. Yo no estaba en aquella enumeración. La de los enemigos me la reservo por respeto al presente. Tampoco yo estaba allí. Vista a la distancia en la suma de los dos grupos estaba el germen de  la generación de poetas del 1980.

“Ahora te presento –decía Alberto- algunos poemas  para que sean considerados a publicación. Se publiquen o no me gustaría que enviaras alguna misiva de respuesta con tal de saber que mi carta llegó a su destino.” El paquete contenía los textos “La casa salvaje,” “Vuelta al cero,” “Vuelta al cero II,” “Vuelta redonda,” “Los jardinez clausurados huelen a trompeta muerta,” “Ocus pocus,” “Argénida siempre supo de la herida”  y “Somos,” en ese orden.

Al cabo de los años me di cuenta de que aquel era el núcleo de Las formas del vértigo (Isla Negra editores, 2001), libro que Alberto había completado en el año 1988. La muestra también contenía un poema dramático titulado “Mañanas amorosas.” Cuando un lector cuidadoso compara la versión de Las formas del vértigo de 1990 con la del 2001, nota de inmediato que las revisiones fueron mínimas pero claves. En “Argénida siempre supo de la herida” desapareció de la dedicatoria Juan A. Torres. El verso final que aludía a “el autismo de la herida,” fue sustituido  por “el vasto firmamento de la herida.” La transformación del octosílabo en endecasílabo le dio una fuerza inusitada al texto.

En el poema “Somos” desapareció la puntuación y el autor abrió silencios creando micro estrofas donde no las había. El ejercicio demuestra que el lector está ante un escritor disciplinado, cuidadoso y maniático con el producto de la palabra. En la lista de obras inéditas que estaba en la carta los títulos Las formas del vértigo, A contraluz, Estación del equívoco y Aluvión ocupaban una posición central. Como historiador daría cualquier cosa por leer Desnudo sobre sueño, una anunciada novela en preparación y Gary Shumaun, el libro de cuentos. Conocer un autor a través de los libros que nunca publicó debe ser una aventura evanescente.

Desde mi lectura del 1990 no supe más del quijotesco amigo. Digo “quijotesco” de un modo equívoco. Quijote de Pierre Menard, el de las Ficciones de Borges. O personaje dueño de la “ociosa y abollada” figura según se traza en Los versos y oraciones del caminante de León Felipe. O tal vez el Quijote que inventó Orson Wells para su filme.

En 1997 apareció en la Universidad de Puerto Rico en Aguadilla el nuevo profesor de Humanidades. Yo llevaba dos años por aquellos territorios. Provenía del Recinto Universitario de Mayagüez. Se trataba de Alberto. El Alberto material tantas veces auspiciado por la letra estaba allí. Trabar amistad con él no fue difícil. Teníamos una historia común hacía tiempo compartida.

Fue desde las trincheras del salón de clase y los pasillos que nació el proyecto El límite volcado (Isla Negra editores, 2000). Aquel volumen fue la consolidación de un sueño común: inventar la generación de 1980 de poetas. Después de veinte años de debates, publicaciones y desencuentros que enriquecían aquella tradición, pensamos que no debía ser muy difícil. Alberto era el poeta. Yo era el archivista y viceversa.

A la altura del 1997, cuando llegó a Aguadilla, Alberto era un poeta refinado, un intelectual maduro, un combatiente de la palabra, dueño de un discurso genial. Se había volcado sobre el hecho de la creación. Fue él quien construyó aquel título sugerente con todas sus sugerencias de fronteras, rupturas y  limítrofes que dejan de serlo. Ambos habíamos aceptado la idea de que la creación siempre implica una transgresión. Éramos dos “desviados” en el sentido de que imaginábamos que el centro de la poeticidad del lenguaje era y es la violación de las normas, los estándares y las reglas. El canon era la secular antípoda. La generación del 1980 se consolidó como eso. Fue la primera respuesta coherente, retadora y respetuosa a la tradición del 1960 en Puerto Rico.

No aportaría nada discutir las reacciones a la propuesta de El límite volcado. Sería revolver el ancestral gallinero. Para los poetas interpretados como ochentistas, ha sido difícil aceptar su condición de tales. El cuestionamiento al lenguaje generacional ha sido fulminante en tiempos de la postmodernidad. La academia y las generaciones nuevas, sin embargo, tomaron la idea con agrado. En vista de todo ello fundamos la revista virtual Desde el límite… en el 2001. La otra secuela consistió en que Alberto configuró sus Letras salvajes en el 2002. La publicación Letras salvajes nació como una hoja suelta de literatura para convertirse en una de las experiencias virtuales más originales del momento.

Cuando Alberto publicó Las formas del vértigo (Isla Negra editores, 2001) de inmediato me dediqué a su lectura. Confieso que es un texto lleno de complejidades. La lectura es siempre un proceso dialogal. En la medida en que el lector y el texto convergen, el sentido se configura. El lector es esencial en ese proceso lo cual implica que el sentido de la obra no radica con independencia en ella: se inventa en el proceso de leer. He dialogado con este libro en tres ocasiones y siempre me dice cosas distintas.

La primera vez, apenas salido de la imprenta, lo apropié como un texto que jugaba con  el fenómeno del tiempo. Fijé la mirada en la metáfora del espejo por lo que sugiere en materia de representación, y en la idea de la memoria por la forma en que traduce y traiciona el objeto. Ciertas secuencias de poemas centrados en “las cosas” me sugerían que Alberto imaginaba que todo se podía reducir a un intercambio infinito de signos.

Cuando volví por segunda vez al libro resalté la idea de la incertidumbre, el caos y el enfrentamiento. Entonces me fijé en la idea del vértigo como traducción de la reacción a la fugacidad de lo contingente. Mi defensa del libro comenzó cuando me negué a aceptar esa concepción de la fugacidad como un sinónimo de pesimismo. El vértigo estaba en el centro de todas aquellas situaciones. Alfred Hitchcock había manipulado bien esa sensación en su filme de 1958.

En la colección en prosa Mi corazón al desnudo y otros papeles íntimos, el poeta francés Charles Baudelaire trajo el asunto en el fragmento 64 cuando planteaba: “En lo moral, como en lo físico, siempre he tenido la sensación del abismo, no solamente del abismo del sueño, sino del abismo de la acción, del ensueño, del recuerdo, del deseo, de la añoranza, de los remordimientos, de lo bello, del número, etcétera. He cultivado mi histeria con gozo y terror. Ahora, siempre siento el vértigo, y hoy, 23 de enero de 1862, he experimentado una singular advertencia: he sentido pasar sobre mí el viento de la imbecilidad.”

Friedrich Nietzsche en el poema-texto “Los predicadores de la igualdad” también conocido como “De las tarántulas,” vuelve a traer el asunto. En aquel fragmento de Así hablaba Zaratustra, el filósofo alemán establecía su radical cuestionamiento a la noción de la igualdad: “los hombres no son iguales,” sostenía. El texto sirve de justificación a su construcción del “superhombre,” en sus variadas formas, uno de los sueños del siglo 19 europeo. Las “tarántulas” eran los hipócritas que predicaban lo inexistente. “¡A mí mismo me ha picado la tarántula, mi vieja enemiga! –dice Nietzsche- ¡Sí, se ha vengado! Y ¡ay! ¡ahora, con la venganza, producirá vértigo también a mi alma!”

¿Qué es el vértigo entonces? Es la sensación de vacío que nace cuando el ser humano apropia la realidad por medio de la razón. Es el reconocimiento de los límites de esa tradición secular. Pero también es la certidumbre de la poeticidad de las cosas o, como decía Ernst Jünger, es la sensación de desasosiego ante el abismo cósmico. Las formas del vértigo es una de las propuestas estéticas más originales de la generación del 1980 de poetas.

Alberto Martínez-Márquez ha marcado la poesía reciente puertorriqueña. No me cabe la menor duda. En sus textos pensamiento y creatividad, reducidos a un proceso único, se hermanan en un discurso conciso y aterrador. Representa un orgullo y un reto enormes hablar del poeta, y un placer infinito conservar al amigo.

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