Francisco Matos Paoli: su lugar en la literatura puertorriqueña


  • Mario R. Cancel Sepúlveda
  • Catedrático de Historia y escritor

El poeta Francisco Matos Paoli ha sido asociado a un tipo de poesía caracterizado por su hermetismo y complejidad. Lo hermético es lo impenetrable al entendimiento y que, por ello, se transforma en un espacio limitado para iniciados. La incomunicación de las especulaciones herméticas limita el acceso a una elite de conocedores o inspirados. José Emilio González asocia el hermetismo puertorriqueño al barroco gongorino y, sobre esa base, mira la obra de Matos Paoli como la expresión de un poeta que tras una breve fase neorromántica y neocriollista, desemboca en el hermetismo desde 1939. (González 204).

La resistencia de Matos Paoli a que se le asociara a la tradición hermética es comprensible: desde su punto de vista la complejidad no conduce a la incomunicación. Su idealismo filosófico le ha convencido de que “el mundo y el trasmundo (como quien dice, la materia y la idea) es una sola realidad” (De la Puebla 15). La poesía, es decir la palabra o el lenguaje, es el medio para elevarse a ese “infinito” (De la Puebla 16). El costo es que la complejidad de la tarea, se imprimirá en la disposición del texto pero, insiste, “tengo mis pies muy firmes en la realidad” o, bien sea, “mi poesía es carne verdadera (…) espíritu verdadero” (De la Puebla 16). La respuesta que da es la de un idealista objetivo que presume que las ideas poseen una existencia autónoma por lo que la tarea del poeta se limita a transmitirlas. El producto no es una poesía “hermética” sino “pura”: “ofrezco al mundo una sintomatología de la pureza” (De la Puebla 16) entendida como esencialidad o como unidad última e indivisible. Después de todo, dice el poeta, la tensión entre la expresión y la comunicación en poesía “no se resuelve nunca” (De la Puebla 19) por lo que es un problema que no vale la pena enfrentar.

Francisco Matos Paoli y Luis Hernández Aquino

Francisco Matos Paoli y Luis Hernández Aquino

Hermético o puro, en la poesía de Matos Paoli se manifiestan una serie de corrientes literarias pos-realistas y pos-naturalistas filtrados en extremo por su genio. El poeta reconoce aquellas lecturas que le han marcado durante los años formativos en Lares, la Universidad de Puerto Rico y La Sorbona de París. La crítica literaria ha sido muy enfática en señalar la presencia de dos tradiciones europeas claves en su poesía. Por un lado, la de los Simbolistas Franceses. Stephane Mallarmé, a quien el poeta apela en reiteradas ocasiones, tiene por meta la búsqueda de la verdad absoluta desde la ambigüedad. El poeta es la plataforma de expresión sensible de lo absoluto que, en el caso de Matos Paoli como de otros metafísicos cristianos, se identifica con Dios. Desde esa perspectiva, el poeta ejecuta la función del filósofo y usa el lenguaje como instrumento epistemológico legítimo.

Por otro lado, es imposible desvincularlo de la tradición poética hispánica más significativa del siglo 20: la heterogénea Generación del 1927, cuyos fundamentos se levantaron sobre la base de un retorno renovador a la obra de Luis de Góngora durante la conmemoración del tercer centenario de su deceso. De ella Matos Paoli retoma el frágil balance entre lo intelectual y lo sentimental, entre la inspiración y la disciplina, entre la preservación y la innovación, entre la tradición y las vanguardias. Por eso su poesía manifiesta ecos de la “poesía pura” de Jorge Guillén, de la vertiente “creacionista” de Gerardo Diego, y del “surrealismo” muy hispano de Vicente Aleixandre. Matos Paoli acabará transformando el automatismo arracional y el libre fluir de la conciencia aleixandriano en inspiración mediúmnica, pero el efecto será el mismo.En un contexto puertorriqueño Matos Paoli es un pensador de la Generación de 1930 que manifiesta un poderoso influjo de la mirada de Antonio S. Pedreira en la suya. Lo es porque interpreta el nacionalismo como la marca más notable de la universalidad en nosotros como lo haría Johann Herder (1744-1783). En el caso de Matos Paoli, su nacionalismo viene acompañado de ese optimismo liberal que parte de la premisa de que el universalismo se consumará en la independencia y la libertad de la patria.

Otras dos tradiciones literarias que debían mucho a los debates de la Generación de 1927 y de la Generación de 1930 le marcaron: el Integralismo y el Trascendentalismo. Codificadas con “vanguardias tardías” por el poeta y crítico Luis Hernández Aquino en su clásico Nuestra aventura literaria (1964), se manifestaron en los cruciales años que corren entre 1941 y 1948. Es probable que la figura de Hernández Aquino haya tenido mucho que ver con la conexión del Matos Paoli con aquellas propuestas. El Integralismo y el Trascendentalismo se movieron entre los extremos de la “afirmación puertorriqueña y de los valores tradicionales” y la “afirmación de los valores esenciales (universales) del hombre” (Hernández Aquino 7). Una de las metas del Integralismo, siguiendo a Pedreira, era “cultivar un arte criollo de forma superior al de nuestro Manuel Alonso” con el fin de “universalizarnos en lo vital nuestro” (Hernández Aquino 130, 132).

El trascendentalismo buscaba “elevar al hombre a un plano de alta espiritualidad, sin olvidar su realidad humana” (Hernández Aquino 143) Filosóficamente la actitud implicaba una reacción al “cientifismo sin entrañas, desolador y burgués, y al materialismo sórdido que estrangula al mismo” (Hernández Aquino 144). Identificado con la obra de Ralph Waldo Emerson, su consigna era “realizar una obra de ancho aliento universal en que esté presente nuestra agonía” (Hernández Aquino 144). El Idealismo Filosófico y el Providencialismo de Matos Paoli convergían con aquellas propuestas que aspiraban a tomar distancia de un mundo material devaluado en el cual el poeta sobrevivía con incomodidad. La “agonía” que le consume es la colectiva, el desafío que representa la libertad de la Nación puertorriqueña irredenta.

Cancel_Matos_autografo2Matos Paoli habla de la Nación en el sentido en que la figuraron los románticos alemanes Johan Herder y Johan Ficthe (1762-1814). La Nación como ente y el Nacionalismo como su culto y explicación, poseen unos fuertes vínculos con el Idealismo Filosófico y múltiples puntos de contacto con el Providencialismo Cristiano. Herder y Ficthe asumieron el idioma, la cultura y la raza alemana, como la mejor respuesta a la presumida “superioridad francesa”. Con ello buscaban de legitimar la “autonomía moral” que necesitaba una Alemania dividida para reconfigurarse o modernizarse (Fernández Bravo 17). La lengua, la cultura y la raza alemana, representaban la expresión de una etnicidad única, tan única como la lengua, la cultura y la raza francesa o inglesa. Matos Paoli, como Albizu Campos, adopta una actitud análoga cuando antepone la Raza Celta-Sajona a la Ibero-Latina. Bajo el dominio de un imperio u otro, la Nación Puertorriqueña seguía, lenta pero segura, la ruta hacia su telos o meta. En Matos Paoli el Idealismo Filosófico, el Nacionalismo y el misticismo cristiano y espiritista, lo condujeron a equiparar la búsqueda de la libertad política con la salvación del alma, la salvación del geist (espítitu o alma) y del volkgeist (espíritu o alma del pueblo) iban la una de la mano de la otra.

Nota: Fragmento de la “Conferencia Magistral: Francisco Matos Paoli: literatura y nacionalismo” en Conmemoración del Centenario del Natalicio del Escritor y el Cincuenta Aniversario del Pen Club de Puerto Rico Internacional en el Centro de Estudios Avanzados de Puerto Rico y El Caribe, 21 de marzo de 2015 en actividad auspiciada por el Pen Club de Puerto Rico. La misma fue ofrecida otra vez con algunas revisiones en la “Conferencia Magistral: Francisco Matos Paoli: literatura y nacionalismo” en Semana de Puerto Rico. Dedicada a Francisco Matos Paoli. Recinto Universitario de Mayagüez, Anfiteatro Ramón Figueroa Chapel, Mayagüez, PR, 17 de noviembre de 2015 en actividad auspiciada por el Departamento de Estudios Hispánicos.

Pedro Albizu Campos en una novela de Luis Abella Blanco


  • Mario R. Cancel Sepúlveda
  • Catedrático de Historia y escritor

Uno de los aspectos más polémicos en la investigación de la  figura de Pedro Albizu Campos y el Nacionalismo Puertorriqueño, han sido las relaciones de esa organización con el Partido Socialista en la década del 1930. La obra narrativa de  Luis Abella Blanco, La República de Puerto Rico. Novela histórica de actualidad política,  ofrece pistas valiosas sobre la imagen del Nacionalismo y de Albizu Campos en un escritor Socialista Amarillo o no revolucionario. Como se sabe, desde 1934 el Partido Nacionalista atravesaba por una crisis política producto tanto de la persecución política de las autoridades policíacas coloniales como federales (1934-1936); así como de los cuestionamientos al liderato albizuista resumidos con posterioridad en la “Carta a Irma” redactada por José Monserrate Toro Nazario (1939).

Abella Blanco fue un socialista moderado que poseía el señorío de un buen burgués. Sus posturas sintetizan la opinión del movimiento encabezado por Santiago Iglesias Pantín. El autor estaba muy consciente de los reparos políticos del Nacionalismo hacia el anexionismo militante del liderato socialista. Iglesias Pantín se había transformado para los Nacionalistas en un icono de la traición. Fungiendo como Comisionado Residente en Washington, como se sabe, presentó en 1934 y 1935 un proyecto de Estadidad para el país por lo que el Nacionalismo armado atentó contra su vida en Mayagüez en 1936.

Luis Abella Blanco, escritor socialista puertorriqueño

La narración de Abella Blanco se inserta en una larga tradición de sátira política que incluye títulos como “Los viajes de Scaldado” (c.1889) de Ramón E. Betances, “El avispero” (1892) de Luis Bonafoux, o “El cuento de Juan Petaca” (c. 1912) de Salvador Brau. La sátira en aquellas narraciones caminaba en una diversidad de direcciones -los Compontes en la primera, una miserable ciudad local en la segunda, la Confederación de las Antillas, en la última-. Pero el tono de cinismo y desenvoltura es el mismo, rayando siempre en la insolencia y la procacidad. Abella Blanco no se oculta mucho a la hora de hacer la caricatura literaria: usa pseudónimos  obvios para designar las figuras públicas que protagonizaron la vida civil de la década del 1930, elemento que facilita la lectura de la novela para cualquier lector que,  en términos generales, conozca  la época.

El volumen usa como lema el poema “Bolívar” de Luis Lloréns Torres. La selección adquiere un tono irreverente en la medida en que el lector contrasta la imagen de Bolívar con la que Abella Blanco ofrece de Pedro Albozo del Campo, Libertador de Puerto Rico y Primer Presidente de la República en 1932, en su novela. Lo más curioso de esa República, desde mi punto de vista, es su evidente genealogía dieguista. El Puerto Rico Libre imaginado conducirá a una República con el Protectorado de Estados Unidos, condición jurídica que puntualizará su incapacidad para la Independencia en Pelo. La República tendrá el trasunto del Proyecto Plattista de José de Diego. Lo más interesante es que la incapacidad para la Libertad no es adjudicada al líder. El responsable es el Pueblo, que sigue siendo “niño” e incapaz para apropiar ese valor supremo del  Imaginario Liberal que es la Libertad. La infantilización de la Nación ha sido un lugar común de los observadores de la historia de Puerto Rico durante el siglo 19 y 20.

La narración inicia con un curioso proceso judicial contra Puerto Rico, que permite al autor aclarar la tesis del texto.  La Nación es acusada del delito de ser incapaz “para regir sus propios asuntos” (7). El interrogatorio desemboca en una síntesis del pasado nacional propio de la Generación de 1930. El 1898 fue el “gran colapso moral” (11) que produjo la pérdida de la moral y de la identidad. La diferencia es que España no es la Madre Reverenda de la Hispanofilia más feroz sino el remedo vulgar de una patética figura sanchesca. El juicio se apoya en la creencia de que el Reino había entregado a Puerto Rico como “botín de guerra” (10) a los americanos en 1899.

Las respuestas al interrogatorio que ofrece el acusado, Puerto Rico, legitiman la Independencia como opción última a la vez que justifican los medios para obtenerla. Los contrastes entre la imagen de España y Estados Unidos son típicos de los pensadores anteriores al 1930. El pasado hispánico se dibuja con atributos  devastadores. El presente estadounidense se mira con condescendencia, admiración y optimismo. España no pudo dar lo que no tenía: la llave de la Modernidad. No está de más recordar que los Socialistas de principios de siglo, encontraron en el régimen impuesto en 1898 un aliado invaluable. El impacto de aquella relación fue crucial en su percepción del problema del estatus y en el tono que desarrolló el sindicalismo que practicaron. El Partido Socialista sólo representó un peligro para el Capital extranjero y nacional, durante las primeras dos décadas del siglo 20.

El Puerto Rico acusado se defiende por medio de la discursividad del Nuevo Trato y el naciente Populismo. Una concepción neomalthusiana (13) y la idea de la redención que representa el  industrialismo (15), se combinan para criticar la “teratología jurídica política” que es la colonia (19). El juicio quedará irresuelto, pero esa situación embarazosa abrirá el camino hacia la Independencia, que es el tema del resto de la breve narración.

La cultura socialista de Abella Blanco es rica. La arquitectura narrativa recuerda textos clásicos del pensamiento social decimonónico. La novela posee el tono magisterial y racionalista de la “Parábola” (1819) de Henri de Saint-Simon, el teórico de la Sociedad de los Industriales y, en cierto modo, uno de los antecedentes del Socialismo de Estado o del Corporativismo. Su redacción es análoga también al texto “Los enemigos de la Libertad y de la felicidad del Pueblo” (1832), de Augusto Blanqui, por su construcción a imitación de las minutas de una inquisición jurídica intensa.

La República de Puerto Rico de 1932 se consolidaría tras un cuartelazo encabezado por Albozo del Campo y se apoyaría en una alianza entre la República y Estados Unidos por medio del “Tratado de Palo Seco” (43 ss). Pero la secuela de toda esta ficción es que el radicalismo albizuista, exclusivista por demás en la teoría y orgulloso de la Raza y la Nación, se suprime después de triunfo. Puerto Rico Libre es una sumisa República Asociada que depende financieramente de un empréstito americano que se verá precisado a admitir la construcción de estaciones carboneras para la U.S. Marine donde aquella las necesite. El tratado bilateral incluso reconocerá el derecho de intervención de Estados Unidos cuando sea necesario. La República de 1932  disfruta de una Libertad Fingida, a la manera de su antecesora, la  República Cubana Plattista.

Una nota clave para entender el debate entre Nacionalistas y Socialistas se encuentra en la decisión del Gobierno de la República de declarar Persona Non Grata y expulsar del país a Santiago Monasterio Patín (43). Su imagen como el “Lenine de las Islas del Mar Caribe” (49), ratifica el respeto que los obreristas puertorriqueños expresaban al legendario Viejo Gallego. El problema que quiero resaltar es que la tensión entre Socialistas y Nacionalistas, estaba alimentada por las diferencias de estatus, no por diferencias en términos de la percepción de la clase obrera como fenómeno social o del compromiso que se debía manifestar con la misma. La pregunta que me hago es si un Partido Socialista independentista, hubiese sido interpretado y apropiado de un modo distinto por el Partido Nacionalista. Después de todo, las relaciones con el Partido Comunista Puertorriqueño entre 1934 y 1938, no fueron del todo malas a pesar de la distancia ideológica entre ambas organizaciones. Dado el hecho de que numerosos Rojos y Comunistas colaboraron con el Partido Nacionalista hasta el fin de la Segunda Guerra Mundial, el planteamiento no me parece desacertado.

Albozo del Campo es construido con los rasgos de un estratega experto. El Ejército Libertador aprovecharía el día de paga en el orbe cañero -sábado 4 de febrero-para articular un exitoso grito insurreccional en 8 localidades urbanas (31-32), eventualidad que sirve para resarcir el fracaso del 1868. El apoyo de una guerrilla rural a un vigoroso ejército formal de 7 brigadas que suman  100,000 efectivos (35-36), permite que el 8 de febrero de 1932, se asegure la Independencia. Los paralelos de estos combates con los inventados por Luis López Nieves en su clásico Seva (1984), no deben ser pasados por alto. ¿Se trata de la nostalgia por un pasado bélico inexistente? La Independencia, sin embargo, no produce el efecto esperado. Lo que sucede al triunfo es una borrachera de la Libertad que impide el despegue de la economía nacional, por lo que los lazos de dependencia de Estados Unidos en lugar de romperse, se estrechan. La clave de la parodia es esa paradoja para el independentismo inocente e idealista que ve en la Libertad una Panacea o la Piedra Filosofal de los viejos alquimistas.

Albozo del Campo, tolerante con la versión de la República Feliz de las Tres B’s que vive el país recién liberado, un Piripao Tropical, tendrá que imponer la ley con mano dura. Tras reconocer que el Pueblo no está preparado para la Libertad, en “Proclama Oficial” del 27 de marzo de 1933, establece una dictadura férrea con tal de restablecer el orden y garantizar el desembolso del préstamo de 10 millones que espera sane la economía nacional (72-75). El signo  de ese autoritarismo es la censura, prisión y fusilamiento del director del periódico “El estoque” Guillermo Atila Garcés (84). Abella Blanco ha conseguido su meta: minar el proyecto Nacionalista y el culto a Albizu Campos, el Mártir.

¿Cuál fue el futuro de la República de Puerto Rico?  En la frontera de la dictadura, Pedro Albozo del Campo recapacita en torno a su obra política. El punto de giro es el arribo de los 10 millones del empréstito americano el 4 de mayo de 1934 (95). El escenario está lleno de contradicciones: la salvación de la Nación representa a la vez su condena.  Los observadores están muy conscientes de que Puerto Rico terminará “convertido en un tributario de Estados Unidos” (95) o, como quien dice, que la independencia ratificará la dependencia. El patético oxímoron político de la Independencia Dependiente, puede ser interpretado como otra “teratología jurídica” o un borrador muy tenue del Neocolonialismo más vulgar.

Abella Blanco argumenta sobre el asunto por medio de un complejo discurso médico insertado en el texto. El Puerto Rico Libre es más pobre, menos sano y menos seguro que el Puerto Rico Colonial (96-103). La paradoja es interesante: la Independencia pone en fuga el proceso de Modernización que abrió el 1898. ¿Qué es más importante en todo caso? ¿La Modernización o la Libertad? ¿Cuál el sitio de Puerto Rico en el Relato Liberal? ¿Está excluido del mismo como Hegel y Marx excluían a los pueblos no occidentales?

El país, además se convierte en el espacio de conspiraciones financieras complejas: el National City Bank, competidor del Banco Nacional Puertorriqueño, acapara capitales y conspira contra la República (104) en estrecha alianza con un poderoso partido anexionista que crece en los intersticios de la sociedad y promueve una intervención americana en el territorio (105). Las analogías con la actitud de los Separatistas Anexionistas que encabezaron la Sección de Puerto Rico del Partido Revolucionario Cubano antes de 1898, son notables. El pasado imaginado es el borrador de este falso futuro inventado por Abella Blanco. La pregunta que me hago es ¿qué resulta más distópico: el pasado o el futuro? Vistos desde la perspectiva del Relato Liberal, ambas partes de la línea resultan atrofiantes y deformadas, sin duda.

El homenaje más significativo que hace este autor Socialista a Albozo del Campo imaginario y al Albizu Campos real, es el reconocimiento de una racionalidad e inteligencia política que lo conduce, en privado, a reconocer su error y hacerse responsable del desastre en el que ha culminado el sueño de la Libertad. El hipotético llanto de Muñoz Marín al cabo de su vida no es sino el retorno al lugar común. La frase que sintetiza su arrepentimiento es muy interesante: “no es lo mismo decir misa que tocar campanas ¿Hasta dónde me ha llevado mi locura?” (106) El prócer acepta su condición de iluso e incluso la de  loco, diagnóstico que usó eficazmente lo mismo el FBI que el Populismo en el poder, con el fin de minar la imagen del líder rebelde.

Su reflexión histórico-mística culmina cuando escucha una décima callejera cantada por un ciego que guarda gran parecido físico con el periodista fusilado Atila Garcés (112). En ese momento Albozo del Campo se suicida de un tiro en la cabeza, en su oficina presidencial, el 10 de diciembre de 1934 (113). Esa acción, una aporía para cualquier nacionalista de corazón, no es un acto de debilidad suprema sino un acto de amor y rectificación. Albozo del Campo se quita la vida por amor a la Nación o, como quien dice, para liberar a Puerto Rico de su presencia. El cristianísimo sentido de culpa por un pecado perdido en la memoria colectiva, lo explica todo.

El cierre de la novela no deja de resultar grotesco y hasta irrisorio. Sin el caudillo, la República no sobrevive: nadie es capaz de suceder  a Albozo del Campo en el poder. ¿Tuvo sucesores Albizu Campos después de su encarcelamiento producto de los procesos de 1936?  La respuesta es que no, cada sucesor terminó siendo la poco menos que la sombra de aquel titán. Todo parece indicar que, por su energía, ese tipo de caudillo iluminado autoritario ejerce una fuerza castradora sobre su militancia y estimula la sumisión. Ni siquiera el fiel Marcelo Gotary alias Luchía, su Jefe de Policía, se sentía en posición de cuestionar las decisiones del Líder. Este Cristo Antillano no consiguió otro Pedro que fungiera de Pontífice Romano. Tal vez por ello Gotary también se suicida en el primer aniversario de la muerte del Señor Presidente. En la lápida de Albozo del Campo obrará como homenaje una reescritura prosificada del poema a “Bolívar” de Lloréns Torres. Allí donde abre el libro termina el mismo con una interesante paradoja. La nota de fracaso es total.

Por fin, el 22 de diciembre de 1934 la Isla es invadida por los americanos esta vez por la bahía de San Juan. Una puesta al día del 1898 se impone con otro breve Régimen Militar que culmina en la creación del Estado Libre Asociado de Puerto Rico (115-116). El pretexto del ELA se refiere al Proyecto Phillip Campbell de 1922, antecesor del plan de Miguel Guerra Mondragón de 1943. La idea de Abella Blanco es que el ELA, mata y subsume la Independencia (115). El ELA es un tipo peculiar de Estado Incorporado a la Unión, como el que todavía buscan  en sus pesadillas más incongruentes lo populares de derecha. Pero en todo caso se trata de un correctivo provocado por el el ilusionismo Nacionalista. Esa teoría del ELA como placebo de la Libertad es fascinante. Luis Abella Blanco ha dado en el clavo.

La lectura de este texto informa sobre el contenido de una imagen de Pedro Albizu Campos que el Nacionalismo Político, Cultural y Académico ha emborronado en el proceso de consolidación de un culto civil al líder. Pero la apropiación de un mito de esta naturaleza tiene que estar informada para que fructifique.

Comentario en torno al libro de  Luis Abella Blanco. La República de Puerto Rico. Novela histórica de actualidad política. San Juan: Editorial Real Hermanos, 19–. 123 págs. Publicado originalmente en la revista 80 Grados

Enrique Laguerre: Una reflexión desde los ochenta


  • Mario R. Cancel Sepúlveda
  • Historiador y escritor

 

Los lutos suelen convertirse en momentos de reflexión que exceden el asunto de la mera muerte. Mucho más cuando se trata de la desaparición de un icono de la representación de lo puertorriqueño. Instituciones que por lo regular permanecen impasibles ante la cultura nuestra de todos los días se “sensibilizan.” Es posible que incluso proclamen varios días de luto obligatorio. Ese espacio alucinante del luto oficial permite a los altos funcionarios poner al día su rostro cultural ante las masas impávidas de la videosfera.

Generación del 1980

Generación del 1980

El espectáculo del luto colectivo es, sin embargo muy selectivo. Laguerre sí, pero Díaz Alfaro, no. Cada año fallecen escritores, artistas, creadores y su fallecimiento no resulta en razón de estado. Pasa igual con las fechas monumentales. Se conmemoró en 1998 el centenario de la invasión (encuentro 2) con tanta euforia como el 1993 (encuentro 1) y todo terminó pareciendo los episodios de una saga en torno al tema de la guerra de las galaxias.

La desaparición de Enrique Laguerre es una invitación para la reflexión sobre la naturaleza de las percepciones colectivas compartidas por el establishment cultural en Puerto Rico y sobre la forma en que las mismas penetran a la gente. La pequeña fisura del gigantesco acto de compunción que se vive hoy ha sido precisamente la negativa de Laguerre a que sus restos reposen en el Instituto de Cultura Puertorriqueña cuando se conmemora el cincuentenario en la casa de la cultura nacional. No se trata de una disputa de fondo filosófico sino de una cuestión de honor y de maneras. Sin duda éste es un buen momento para reconocer la fragilidad de esa propuesta de la cultura como embeleso, y del pasado como redoma de la triple alma sintetizado en el pomo de un escudo racialista.

Laguerre me acompaña desde las primeras letras. La llamarada de 1935 y La resaca (Bionovela) de 1949, fueron lecturas que me insertaron un programa autoejecutable que contenía los parámetros de una puertorriqueñidad. El empeño de las autoridades educativas públicas para que se usara esas lecturas con ese propósito me resulta simpático al cabo del tiempo. Se trataba de saber un Laguerre que debía ser entendido como el portavoz de la generación del 1930 y que había sido el fundamento de la celebrada modernización del país al amparo del muñocismo.

En la interesante década del 1980 volví sobre Laguerre. Un distinguido escritor alternativo de los 1970, el poeta y narrador viequense Carmelo Rodríguez Torres, me ayudó a mirar a Laguerre de otro modo. Leer a Laguerre en 1984 significaba dialogar con él en un momento en que la mayor parte de las premisas sobre las cuales se cimentaba el discurso que sirvió para construir su mito se estaban viniendo abajo. Durante la década de 1980 se fueron demoliendo los artefactos representacionales heredados del 1930 de muchos modos. Por aquellos días la nacionalidad estaba en entredicho, el liberalismo era cuestionado por el artefacto de los neo, el populismo que sirvió de marco para el desarrollo de la figura pública que es Laguerre había perdido su dinamismo y atravesaba una crisis de la cual ya no saldría. El postpopulismo hacía su debut y dentro de aquel paisaje, el neoconservadurismo y neoliberalismo cruzaban herencias.

Muchos de los jóvenes de aquel momento, en los cuales me incluyo, quisieron aprender a desaprender aquella herencia. Todavía no me explico la precaria convivencia del proceso de deconstrucción de la ensayística de Antonio S. Pedreira (solamente ésa lamentablemente) desde la postmodernidad; y la voluntad de mantener la novelística de Laguerre intocada como una reliquia. Son tendencias altamente contradictorias que se deberían explicar. Desaprender a Laguerre y desmontar su culto es una manera de afirmar que la cultura puertorriqueña (lo que ésta sea y lo que no sea si es algo) no es un espécimen definitivo ni una conserva almacenada en un enorme refrigerador con el fin de mantenerle incólume ante las amenazas extranjeras. Esa versión de la cultura puertorriqueña espera una disección o una autopsia para determinar las causas de su muerte.

Enrique Laguerre

Enrique Laguerre

Es curioso que a pesar de la crítica negativa que tuvo La llamarada en 1935 se haya convertido en la novela del cañaveral más significativa a Puerto Rico. Dos críticas encomiables tuvo: la de Antonio S. Pedreira y la de Concha Meléndez. El peso de esas dos voces canónicas fue definitivo en el proceso de crear la fórmula oficial para su lectura. Es curioso cómo la historiografía literaria canónica produce una sensación de vacío en la narrativa desde la experiencia de Manuel Zeno Gandía hacia 1890 hasta la aparición de Laguerre el narrador. La impresión del desierto narrativo se produce sobreseyendo narrativas que no se ajustan al canon realista-naturalista- costumbrista, procedimiento que resulta esencial para vigorizar la imagen de Laguerre renovador y líder desde 1935.

Son curiosos los vasos comunicantes que conectan el discurso de Insularismo en 1934 y el de La llamarada. Y es mucho más curiosa la forma en que en su libro sobre la poesía modernista, Laguerre afirma el papel protagónico de la revista Índice en la superación del modernismo, y se olvida de la función vigorosa de las vanguardias diepálica, noísta, euforista y el Hospital de los Sensitivos o Atalaya de los Dioses en ese mismo proceso de revisión.

No todos los caminos abiertos en 1898 condujeron a la generación del 1930. La historia literaria interpretada de ese modo no pasa de ser simple panfleto. Hay una actitud que catalogo recuperación crítica. Recuperar a un autor no sólo implica esa clásica imposibilidad de “ponerse en su lugar” para comprender sus posturas. También tiene que significar comprender por qué emitió sus discursos, cómo modeló sus posturas, cómo se le leyó, cómo hubiese querido ser leído.

Laguerre representó a un Puerto Rico que ya no es. ¿Cómo lo interpretará este otro Puerto Rico? Los lutos oficiales pueden desembocar en cultos irrisorios que nada sirvan para el debate cultural por el cual estamos encaminados. Lamento el deceso de la persona, de Enrique Laguerre, el crítico, el ensayista, el novelista, el hombre de bien. Lamento el performance que puede conducir a actitudes estudiadas que ubiquen a quien las emite en una tradición que ya no hace sentido. Que viva Laguerre…

 

Tomado de Primera hora. La información exacta, 9 de julio de 2005: 40.

Una reflexión sobre la Lingüística Boricua de Luis Hernández Aquino


  • Mario R. Cancel-Sepúlveda
  • Historiador y escritor

Comentario en torno al libro: Juan E. Hernández Cruz, editor. Luis Hernández Aquino y el estudio de las voces taínas en Puerto Rico (Lingüística boricua). San Germán: Editorial Xagüey, 2012. 429 páginas. Presentado en el Museo de los Próceres de Cabo Rojo el 11 de octubre de 2012

El volumen que hoy comento, recoge buena parte de las columnas redactadas por Luis Hernández Aquino entre los años 1970 y 1974, en torno a la herencia lingüística de los taínos presentes en el Puerto Rico de su tiempo. Los textos fueron difundidos en forma de columnas periodísticas, la mayoría de las cuales fueron publicados en el diario El mundo. El mundo fue un periódico hispanófilo y políticamente moderado fundado en 1919  que marcó una época en la historia del periodismo puertorriqueño. Otras columnas se difundieron en diversos periódicos y revistas de Puerto Rico y España. Cuando “Lingüística Boricua” se publicaba en El mundo, la empresa atravesaba por una crisis financiera que la condujo a su cierre definitivo en 1987.

 

Hernández Aquino y su tiempo

“Lingüística Boricua” es el testimonio de un momento de inflexión en la historia intelectual y cultural de Puerto Rico. La genealogía del interés de Hernández Aquino por los temas indígenas tenía un origen remoto. Debo recordar que la búsqueda de los “orígenes” constituyó algo así como un vicio para los autores que produjeron su obra en las décadas posteriores a la del 1940. La asociación de los años cuarenta al desarrollo del Puerto Rico moderno, urbano e industrial, y al populismo militante, resulta inevitable. Hernández Aquino es uno de los intelectuales más emblemáticos de aquel momento. El bagaje intelectual con el cual enfrentó aquellos tiempos difíciles poseía unas características peculiares que vale la pena mencionar.

Primero, llamo la atención sobre la vinculación de este escritor a tres de las propuestas literarias más influyentes del siglo 20. Hernández Aquino fue una voz clave para el Atalayismo,  el Integralismo y el Trascendentalismo, tres vanguardias literarias tardías, comprometidas con el análisis y reinvención de la Identidad Nacional con una voluntad que, por aquel entonces, resultada novedosa y retadora. El hecho de que Hernández Aquino fuese a la vez historiador del Modernismo y de las Vanguardias, ratifica su condición de figura protagónica de la historia cultural del país.

El Atalayismo, como se sabe, apareció durante el periodo que va del 1929 al 1935. En aquel entonces la Gran Depresión, el Nacionalismo Político y el Liberalismo Independentista con Antonio Barceló a la cabeza, tenían por tema central el problema político y cultural de Puerto Rico. En aquel contexto, hizo su aparición el Nuevo Trato. El carácter moderador de la política rooseveltiana y el papel de intermediario que cumplió Luis Muñoz Marín,  favoreció la implosión de las fuerzas independentistas y estadoístas. Ambas entraron en un proceso de fragmentación que hizo posible la hegemonía del Partido Popular Democrático tras las elecciones de 1940.

El Integralismo y el Trascendentalismo tuvieron su mejor momento entre 1941 y 1948,  años dominados por el fantasma de la escasez consecuencia de la Segunda Guerra Mundial y los inicios de la Guerra Fría. En 1945, Puerto Rico parecía encaminado a un cambio político radical de la mano de un líder carismático producto de la Depresión: Muñoz Marín.

Las vanguardias en las que militó Hernández Aquino reflexionaron sobre la Nacionalidad Puertorriqueña, su pasado y su futuro, tanto como lo había hecho la generación del 1930 de la cual era un heredero. La afirmación de la  Identidad Puertorriqueña ante la cultura estadounidense, fue una de las claves de la obra de Hernández Aquino. En aquella coyuntura, el autor hizo suyo el asunto de la figuración del indio y se dedicó a la revisión de aquella  cultura. Con ello se confirmaba la relevancia del pasado indígena en la definición de un Yo Colectivo moderno. Una de las pruebas más significativas de ello, fue su libro Diccionario de voces indígenas de Puerto Rico, publicado en 1970.

Es cierto que la integración de los valores del pasado indígena a la  Identidad Puertorriqueña no representó una novedad en la década del 1970. La recuperación del indio podría trazarse hasta el Romanticismo del siglo 19 y las figuras de Alejandro Tapia y Rivera, Ramón E. Betances, Daniel de Rivera y, en cierto modo, Eugenio María de Hostos. En ese sentido, nuestro autor daba continuidad a una aspiración en la cual se había invertido mucho trabajo desde antes de 1850. Hernández Aquino fue una figura esencial  en aquel proceso de recuperación del pasado indígena durante el siglo 20 y esa es una gloria que nadie puede escamotearle.

Hernández Aquino y su papel en  la historia intelectual reciente

Las columnas que incluye “Lingüística Boricua”, pueden apropiarse como una continuación o un complemento del Diccionario… de 1970. Desde mi punto de vista, tienen el valor de que aquí se documentan los debates y los pormenores de una indagación que el lexicón, por su diseño de registro de palabras,  no le había permitido presentar. El Diccionario…. (1970)  y la Lingüística Boricua (1970 a 1974), por su naturaleza y su contenido, representan un momento interesante de la historia cultural e intelectual de Puerto Rico en el siglo 20. Pero el potencial político de este tipo de reflexiones, todavía está por esclarecerse.

El Mundo, 4 de febrero de1966. De izquierda a derecha, sentados Luis Hernández Aquino, Antonio Coll Vidal, Obdulio Bauzá, Samuel Lugo; de pie Guillermo Bauzá, Gaspar Gerena Brás, Francisco Matos Paoli.

La década del 1970 fue un polvorín ideológico fértil para el surgimiento de planteamientos provocadores de todo tipo. En ese aspecto, el 1970 sólo es  equiparable a la década de 1930. El decenio del 1960 había sido testigo de la erosión y deterioro de la confianza de la gente en el proyecto defendido por el Partido Popular Democrático para Puerto Rico. El plebiscito del 1967 y el triunfo del Partido Nuevo Progresista en 1968, son el mejor ejemplo de ello. El 1968 vio la conmemoración del Centenario de la Insurrección de Lares, evento que sirvió de base para una revisión del pasado nacional que marcó la historia intelectual del país hasta el 1990. El interés por el tema del Grito y por la figura de Betances, renació con extraordinarios bríos. Hernández Aquino, lareño e independentista, aportó a aquel proceso no solo su Diccionario… y su Lingüística Boricua: en 1986 publicó en su editorial Sarobei, el volumen Betances, poeta, obra que me remitió con una nota personal en octubre de aquel mismo año a mi casa desde Bayamón.

Las razones profundas para el polvorín cultural que fue la década del 1970 y para la explosión de creatividad de aquel momento, hay que buscarlas más allá de la literatura y la historiografía. La década estuvo marcada por una crisis económica de proporciones gigantescas, análoga a la de 1929, y a la que inició en 2007 y todavía arropa al país. La Recesión de 1971, puso en entredicho los valores del libre mercado, y promovió numerosos proyectos de cambio, algunos radicales, a nivel global.

En Puerto Rico, la situación exacerbó la crítica al pasado populista, a la vez que estimuló el crecimiento de las fuerzas que defendían el estadoísmo como una acción legítima. Desde 1972 al presente, la historia política de Puerto Rico camina por una ruta distinta, alejándose cada vez más del panorama de la segunda posguerra. Hernández Aquino y sus libros son una expresión de aquel momento de cambio.

Hernández Aquino, el tema del indio y este libro

El centenar de columnas incluidas en Lingüística boricua, según han sido organizadas, recuerdan los criterios que una vez usaron para fines similares los clásicos Cayetano Coll y Toste y Juan Augusto y Salvador Perea. La idea de organizar los términos en topónimos, hidrónimos, zoónimos y fitónimos, y el afán por determinar la presencia de los términos taínos en el utillaje y el lenguaje de la vida diaria, no fue una decisión del autor. Se trata de un recurso del editor con el propósito de facilitar acceso a un material que hoy es desconocido para muchos.

El valor de esta colección, aparte de lo que significa como traducción de un momento de la historia intelectual de Puerto Rico, se encuentra en otra parte. La mayor virtud tiene que ver con  el manejo que hizo Hernández Aquino de las fuentes primarias y secundarias. Se trata de una lección de metodología de carácter invaluable. Su curiosidad investigativa lo condujo a realizar una lectura cuidadosa de los Textos de Indias y de la Historiografía puertorriqueña clásica. Es cierto que ese recurso no representaba una novedad. Las Crónicas, Relaciones, Descripciones, Cartas, Memorias e Historias de la conquista y colonización, son una fuente que ha sido consultada desde el siglo 19.

La novedad estriba en la revisión de ciertos  manuscritos del Archivo de Indias que documentaban los trabajos de los indios encomendados y repartidos a los conquistadores y colonizadores. Se trata de nóminas laborales que destacan el papel de los Caciques y Nitaínos, como intermediarios en la entrega de Naborias a los cristianos para que estos ejecutaran una diversidad de labores en las minas y estancias coloniales o en las haciendas reales. Esos papeles documentaban el pago de la cacona a los obreros indios: una camisa de presilla, una caperuza, unos carahueles o calzones, unas alpargatas a cambio de labor eran suficientes.

La lectura de Hernández Aquino documenta también los nombres propios ancestrales de estos taínos quienes, una vez cristianizados, veían como se desplazaba su nombre ancestral a la condición de apellido: se trataba de un simbólico desplazamiento del Yo. El lector se enfrenta a los nombres de pila cristianos al uso que se imponía a los Naborías, Caciques y Nitaínos, por medio de un proceso de cristianización forzosa y abusiva en ocasiones, y aparentemente  voluntaria en otras. Así aparecen Catalina, Isabelica, Leonor, Luisa, Martina, Beatriz, García, María y Alonso,  entre otros muchos. Aquellos nombres de pila se juntaba con  Aracibo, Jamaica, Caguama, Aramaná, Caona, Carate, Cucana, Duey, Guacabo, Macanea, para producir un efecto imaginativo único: ayudar al lector a crea una imagen de carne y hueso del indio y el naboria común. El efecto es que el indio deja de ser una metáfora y se convierte en un hombre o una mujer que vivía una transición que le resultaba incomprensible. Yo los imagino reconociendo que los cristianos hispano-europeos, habían llegado a su mundo a rediseñarlo todo. La conciencia de que la comunidad, según la habían conocido, se encontraba en la frontera de su desaparición física debió ser común.

La publicación de Lingüística Boricua de Luis Hernández Aquino, su lectura cuidadosa, me ha resultado inspiradora. Tengo que confesar que me ha ofrecido un modo alternativo, menos etéreo y más material de apropiar al indio, al taíno, al arahuaco insular que habitaba este territorio antes de la llegada de los europeos. Mi reflexión va en un camino más complicado. La concepción de que la Conquista aspiró a ser un movimiento aplanador se confirma. La meta de los cristianos hispano-europeos era hacer de las tierras y las gentes descubiertas un espécimen hispano-europeo. Libros como este me demuestran las múltiples fisuras de aquella propuesta demoledora.

La Identidad se construye sobre las bases del trabajo y la palabra. Luis Hernández Aquino lo sabía. Purgando un lenguaje se encuentran múltiples trazas de lo que  fuimos o imaginamos haber sido. Recuperándolas se comienza a abocetar las posibilidades de lo que podernos ser.

Albizu Campos en la novela: el caso de Luis Abella Blanco (II)


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  • Escritor  e historiador

En la frontera de la dictadura, Pedro Albozo del Campo recapacita en torno a su obra política. El punto de giro es el arribo de los diez millones del empréstito americano el 4 de mayo de 1934 (95). El escenario está lleno de contradicciones: la salvación de la Nación representa a la vez su condena.  Los observadores están muy conscientes de que Puerto Rico terminará “convertido en un tributario de Estados Unidos” (95) o, como quien dice, que la independencia ratificará la dependencia. El patético oxímoron político de la Independencia Dependiente, puede ser interpretado como otra “teratología jurídica” o un borrador muy tenue del Neocolonialismo más vulgar.

Abella Blanco argumenta sobre el asunto en un complejo discurso médico insertado en el texto. El Puerto Rico Libre es más pobre, menos sano y menos seguro que el Puerto Rico Colonial (96-103). La paradoja es interesante: la Independencia pone en fuga el proceso de Modernización que abrió el 1898. ¿Qué es más importante en todo caso? ¿La Modernización o la Libertad? ¿Cuál el sitio de Puerto Rico en el Relato Liberal? ¿Está excluido del mismo como Hegel y Marx excluían a los pueblos no occidentales? Nadie lo sabe.

El país, además se convierte en el espacio de conspiraciones financieras complejas: el National City Bank, competidor del Banco Nacional Puertorriqueño, acapara capitales y conspira contra la República (104) en estrecha alianza con un poderoso partido anexionista que crece en los intersticios de la sociedad y promueve una intervención americana en el territorio (105). Las analogías con la actitud de los Separatistas Anexionistas que encabezaron la Sección de Puerto Rico del Partido Revolucionario Cubano antes de 1898, son notables. El pasado imaginado es el borrador de este falso futuro inventado por Abella Blanco. La pregunta que me hago es ¿qué resulta más distópico: el pasado o el futuro? Vistos desde la perspectiva del Relato Liberal, ambas partes de la línea resultan atrofiantes y deformadas, sin duda.

El homenaje más significativo que hace este autor Socialista a Albozo del Campo y al Albizu Campos real, es el reconocimiento de una racionalidad e inteligencia política que lo conduce, en privado, a reconocer su error y su responsabilidad personal con aquel desastre en el que ha culminado el sueño de la Libertad. La moralidad se impone en el caudillo. La frase que sintetiza su arrepentimiento es muy interesante: “no es lo mismo decir misa que tocar campanas ¿Hasta dónde me ha llevado mi locura?” (106) El prócer acepta su condición de iluso e incluso la de  loco, diagnóstico que usó eficazmente lo mismo el FBI que el Populismo en el poder, con el fin de minar la imagen del líder rebelde.

Su reflexión histórico-mística culmina cuando escucha una décima callejera cantada por un ciego que guarda gran parecido físico con el periodista fusilado Atila Garcés (112). En ese momento Albozo del Campo se suicida de un tiro en la cabeza, en su oficina presidencial, el 10 de diciembre de 1934 (113). Esa acción, una aporía para cualquier nacionalista de corazón, no es un acto de debilidad suprema sino un acto de amor y rectificación. Albozo del Campo se quita la vida por amor a la Nación o, como quien dice, para liberar a Puerto Rico de su presencia. El cristianísimo sentido de culpa por un pecado perdido en la memoria colectiva, lo explica todo.

El cierre de la novela no deja de resultar grotesco y hasta irrisorio. Sin el caudillo, la República no sobrevive: nadie es capaz de suceder  a Albozo del Campo en el poder. ¿Tuvo sucesores Albizu Campos en el Partido Nacionalista después de su encarcelamiento en 1936?  La respuesta es que no, cada sucesor terminó siendo la sombra de aquel titán. Todo parece indicar que, por su energía, ese tipo de caudillo iluminado autoritario ejerce una fuerza castrante sobre su militancia y estimula la sumisión. Ni siquiera el fiel Marcelo Gotary alias Luchía, su Jefe de Policía, se sentía en posición de cuestionar las decisiones del Líder. Este Cristo Antillano no consiguió otro Pedro que fungiera de Pontífice Romano y fuese capaz de tomar el batón de la causa. Tal vez por ello Gotary también se suicida en el primer aniversario de la muerte del Señor Presidente. En la lápida de Albozo del Campo obrará como homenaje una reescritura prosificada del poema a “Bolívar” de Lloréns Torres. Allí donde abre el libro termina el mismo con una interesante paradoja. La nota de fracaso es total.

Por fin, el 22 de diciembre de 1934 la Isla es invadida por la Marina de Guerra de Estados Unidos por la bahía de San Juan. Una puesta al día del 1898 se impone con otro breve Régimen Militar que en este caso culmina en la creación del Estado Libre Asociado de Puerto Rico (115-116). El pretexto del ELA en este caso, se refiere al Proyecto Phillip Campbell de 1922, antecesor directo del plan de Miguel Guerra Mondragón de 1943. La idea de Abella Blanco es que el ELA, mata el ideal Independentista, lo subsume y lo devasta (115). El ELA en este caso es un tipo peculiar de Estado Incorporado a la Unión, como el que todavía buscan  en sus pesadillas lo populares de derecha. Pero en todo caso, desde un punto de vista histórico, se trata de un estatus correctivo provocado por el error y el ilusionismo de los nacionalistas, esclavos de la imagen del jefe impecable e impoluto capaz de parir la Libertad. Esa teoría del ELA como placebo de la Libertad es fascinante. Luis Abella Blanco ha dado en el clavo.

La lectura de este texto informa con precisión el contenido de esa imagen perdida de Pedro Albizu Campos que el Nacionalismo Político, Cultural y Académico ha emborronado en el proceso de consolidación de un culto civil al líder. Pero la apropiación de un mito de esta naturaleza tiene, me parece,  que estar informada críticamente para que fructifique. Para el que conoce las diatribas del poder de José Pérez Moris contra Ramón E. Betances ¿Qué significa la parodia cínica y el insulto de español contra el caborrojeño? Lo mismo podría preguntarse respecto a la invectiva que lanza contra Segundo Ruiz o José Paradís. Del mismo modo, para el que conoce la intimidad de la correspondencia de José Celso Barbosa ¿cuánto pierde o gana esa figura cuando se le apropia en medio de las pequeñeces y las vulgaridades de la oficina o el hogar? Yo creo que lo que estas figuras pierden en moralidad e historicidad en textos como estos, lo ganan en humanidad. Y a mí la humanidad vital me agrada más que cualquier ficción historiográfica que conduzca a un culto ciego.

Comentario en torno a Luis Abella Blanco. La República de Puerto Rico. Novela histórica de actualidad política. San Juan: Editorial Real Hermanos, 19–. 123 págs.

Albizu Campos en la novela: el caso de Luis Abella Blanco (I)


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  • Escritor  e historiador

Uno de los aspectos más polémicos en la investigación de la historia del Nacionalismo Puertorriqueño y de la figura de Pedro Albizu Campos, ha sido la naturaleza de las relaciones de esa organización con las izquierdas  en la década del 1930, en particular con el Partido Socialista. El texto en el que ahora me ocupo, La República de Puerto Rico. Novela histórica de actualidad política,  escrita por Luis Abella Blanco, ofrece pistas de inmenso valor sobre la imagen del Nacionalismo y de Albizu Campos es un escritor Socialista Amarillo a fines del periodo aludido. Se trata de un momento muy peculiar. Después de todo, desde 1934 el Partido Nacionalista se hundió en la peor de sus crisis políticas y amenazaba con disolverse en medio de disensiones graves. La crisis fue producto tanto de la persecución política de las autoridades policíacas coloniales como federales (1934-1936); así como de los cuestionamientos al liderato de Albizu Campos resumidos en la casi ignorada “Carta a Irma” de José Monserrate Toro Nazario (1939).

Abella Blanco era un líder socialista moderado que poseía, según su foto pública, el señorío de un buen burgués. Sus posturas sintetizan la opinión del movimiento encabezado por Santiago Iglesias Pantín en nombre de la clase obrera. El autor estaba muy consciente de los reparos políticos del Nacionalismo hacia el anexionismo militante del liderato socialista. Iglesias Pantín se había transformado para los Nacionalistas en un icono de la traición. Fungiendo como Comisionado Residente en Washington, como se sabe, presentó en 1934 y 1935 sendos proyectos de Estadidad para el país por lo que el Nacionalismo armado atentó contra su vida en Mayagüez en 1936.

La narración de Abella Blanco se inserta en una larga tradición de sátira política que admite su ubicación al lado de obras poco conocidas como “Los viajes de Scaldado” (c.1889) de Ramón E. Betances, la buena literatura política de Lius Bonafoux en el modelo de “El avispero” (1892), o “El cuento de Juan Petaca” (c. 1912) de Salvador Brau. La parodia va en distintas direcciones -los Compontes en la primera, una ciudad local en la segunda, la Confederación de las Antillas,en la última-. Pero el tono de cinismo y desenvoltura es el mismo, rayando en los tres casos en la insolencia y la procacidad. Abella Blanco no se oculta mucho para hacer la caricatura literaria: usa pseudónimos  paródicos muy obvios para designar las figuras públicas que protagonizaron la vida civil de la década del 1930, elemento que facilita la lectura de la novela para cualquier persona enterada en la época.

El volumen usa como lema o preámbulo el poema “Bolívar” de Luis Lloréns Torres. El mismo adquiere un tono de irreverencia cuando se contrasta el tratamiento a Bolívar que inspira al poeta de Juana Díaz, con el que se da en la novela a Pedro Albozo del Campo, Libertador de Puerto Rico y Primer Presidente de la República en 1932. Lo más curioso de esa República, desde mi punto de vista, es su evidente genealogía dieguista,  tanta como la que el Nacionalismo reclamó para sí históricamente. Puerto Rico Libre resultará en una República con el Protectorado de Estados Unidos, condición jurídica que servirá para puntualizar su incapacidad para la Independencia en Pelo. El diseño de la república se teje alrededor de lo que he denominado en otro libro, el Proyecto Plattista de José de Diego. Lo más interesante del juicio del autor sobre esa incapacidad para la Libertad, es que Abella Blanco no la  adjudica al líder. El responsable es el Pueblo, que sigue siendo “niño” e incapaz para apropiar ese valor supremo de Imaginario Liberal que es la Libertad.

La narración novelesca inicia con un curioso proceso judicial contra Puerto Rico, que permite al autor aclarar la tesis del texto.  La Nación es acusada del delito de “incapacidad para regir sus propios asuntos” (7). El interrogatorio desemboca en una curiosa síntesis apasionada del pasado histórico nacional propio de la Generación de 1930. El 1898 fue el “gran colapso moral” (11) que produjo la pérdida de la moral y de la identidad. La diferencia es que España no es Madre Reverenda porque fue capaz de entregar a Puerto Rico como “botín de guerra” (10) a los americanos. España se ha transformado en una patética figura sanchesca.

Las respuestas al interrogatorio que ofrece el acusado, Puerto Rico, legitiman la Independencia como opción última, y justifican los medios para obtenerla. El pasado histórico inmediato y remoto no deja otra opción. Los contrastes entre la imagen de España y Estados Unidos son típicos de los pensadores anteriores al 1930: el pasado hispánico se dibuja con atributos  devastadores: el pasado estadounidense se mira con más condescendencia. España no pudo dar lo que no tenía: la llave de la Modernidad. No está de más recordar que los Socialistas de principios de siglo, tuvieron en el nuevo orden impuesto tras la invasión del 1898 un aliado invaluable. El impacto de aquella relación fue crucial en su percepción del problema del estatus y en el tenor de sindicalismo que practicaron bajo la soberanía sajona. Lo cierto es que el Partido Socialista sólo representó un peligro para el Capital extranjero y nacional, durante  las primeras dos décadas del siglo 20.

Del mismo modo, el Puerto Rico acusado se defiende por medio de otra discursividad dominante: la de la época del Nuevo Trato y el naciente Populismo. La idea malthusiana de la sobrepoblación (13), la esperanza en un futuro industrial redentor (15), entre otros argumentos, se combinan para criticar la “teratología jurídica política” que es la colonia (19). El juicio, como era de esperarse, quedará irresuelto. Pero esa situación embarazosa abrirá el camino hacia la Independencia, que es el tema del resto de la breve narración.

La cultura socialista de Abella Blanco es rica. La arquitectura del texto recuerda numerosos textos clásicos del pensamiento social decimonónico. La novela posee el tono magisterial y racionalista de la “Parábola” (1819) de Henri de Saint-Simon, el teórico de la Sociedad de los Industriales y, en cierto modo, uno de los antecedentes del Socialismo de Estado o del Corporativismo. Su redacción es análoga, por otro lado, al texto titulado  “Los enemigos de la Libertad y de la felicidad del Pueblo” (1832), de Augusto Blanqui por su redacción como si se tratase de las minutas de una inquisición jurídica intensa.

La República de Puerto Rico de 1932 se consolida tras un cuartelazo encabezado por Pedro Albozo Campos, y es sostenida mediante una interesante alianza entre la República y Estados Unidos por medio del “Tratado de Palo Seco” (43 ss). Pero la secuela de toda esta ficción es que el radicalismo albizuista, exclusivista por demás en la teoría y orgulloso de la Raza y la Nación, se suprime después de triunfo militar en la medida de que lo que se consolida es una sumisa República Asociada apocada, que depende financieramente de un empréstito americano. No solo eso, Puerto Rico Libre admitirá la construcción de estaciones carboneras para la Marina de Guerra de aquel país y no podrá tomar decisiones bélicas que afecten los intereses del norte. El tratado bilateral incluso reconocerá el derecho de intervención de Estados Unidos cuando aquel país lo considerase necesario. Los términos recuerdan lo mismo la situación de la Carta Autonómica de 1897, motivo jurídico de culto del Nacionalismo Hispanófilo Albizuista, en muchos aspectos. La República de 1932  disfruta de una Libertad Fingida, a la manera de su antecesora, la  República Cubana Plattista.

Una nota clave para entender el debate entre Nacionalistas y Socialistas se encuentra en la decisión del Gobierno de la República de declarar Persona Non Grata y expulsar del país a Santiago Monasterio Patín (43). Su imagen, un tanto exagerada, como el “Lenine de las Islas del Mar Caribe” (49), ratifica el respeto que los obreristas puertorriqueños expresaban a esa figura legendaria y contradictoria del Viejo Gallego. El problema que quiero resaltar es que la tensión entre Socialistas y Nacionalistas, estaba alimentada por las diferencias de estatus, no por diferendos en términos de la percepción de la clase obrera como fenómeno social o porque se cuestionara el compromiso que se debía manifestar hacia la misma. La pregunta que me hago es si un Partido Socialista independentista hubiese sido tolerado como un aliado por el Partido Nacionalista, y viceversa. Dado el hecho de que numerosos Rojos y Comunistas colaboraron intensamente con el Partido Nacionalista, al menos hasta después del fin de la Segunda Guerra Mundial, el planteamiento no me parece inapropiado.

Pedro Albozo del Campo es construido con los rasgos de un estratega experto: Albizu Campos fue Teniente Segundo del Ejército de Estados Unidos durante la Primera Guerra Mundial y leía ávidamente manuales de táctica. El Ejército Libertador, aprovecha el día de paga en el orbe cañero -sábado 4 de febrero-para articular un exitoso grito insurreccional en 8 localidades urbanas (31-32), eventualidad que sirve para resarcir simbólicamente el fracaso del 1868. El apoyo de una guerrilla rural a un vigoroso ejército formal compuesto por 7 brigadas que suman  100,000 efectivos (35-36), permite que el 8 de febrero de 1932, se asegure la Independencia. Los paralelos de estos combates con los inventados por Luis López Nieves en su clásico Seva (1984), no deben ser pasados por alto. ¿Se trata de la nostalgia por un pasado bélico inexistente?

La Independencia, sin embargo, no produce el efecto deseado. Lo que sucede al triunfo es una borrachera de la Libertad que impide el despegue de la economía nacional, por lo que los lazos de dependencia de Estados Unidos en lugar de romperse, se estrechan. La clave de la parodia es esa paradoja trágica para el independentismo inocente e idealista que ve en la Libertad una Panacea o la Piedra Filosofal del Relato Hegeliano.

Albozo del Campo, tolerante inicialmente con la nueva versión de la República Feliz de las Tres B’s que vive el país recién liberado, un Piripao Tropical, se verá precisado a imponer la ley y el orden con mano más que dura. Al reconocer que el Pueblo no está preparado para la Libertad, en “Proclama Oficial” del 27 de marzo de 1933, establece una dictadura férrea con tal de restablecer el orden y garantizar el desembolso del préstamo de 10 millones que espera sane la economía nacional (72-75). El signo de ese autoritarismo se traduce en  la censura, prisión y fusilamiento del director del periódico “El estoque” Guillermo Atila Garcés (84). Abella Blanco ha conseguido su meta: minar el proyecto Nacionalista y ridiculizar el culto a Albizu Campos, el Mártir. Sus argumentos, como demostraré en otros artículos, no representaba una novedad. Albizu Campos fue capaz de despertar todo el amor y todo el odio de quienes lo conocieron. En ese poder de conmocionar, radica buena parte de su grandeza.

Ahora, ¿cuál fue el futuro de la República de Puerto Rico?  Eso lo discutiré en otra ocasión.

Comentario en torno a Luis Abella Blanco. La República de Puerto Rico. Novela histórica de actualidad política. San Juan: Editorial Real Hermanos, 19–. 123 págs.

Poesía Puertorriqueña: una reflexión (1)


Primero de una serie se seis basada en la charla “La tradición poética puertorriqueña dictada en la  Apertura cultural. Departamento de Humanidades. Universidad Interamericana de Puerto Rico. Recinto de Aguadilla, 16 de noviembre de 1995.

 

  • Mario R. Cancel
  • Escritor

 

Elaborar una hipótesis en torno a la tradición poética puertorriqueña plantea diversos problemas al estudioso. Por una parte, se trata de dificultades historiográficas y de índole interpretativa, al estilo de dónde y cuándo comienza y madura ese fenómeno llamado con tanta petulancia “puertorriqueñidad” y la expresión literaria que lo configura.  Por otro lado, platea peligros teórico-literarios en el sentido de establecer dónde se hallan las fronteras entre lo que es poesía y lo que no lo es, dado el sentido cambiante  que manifiesta el género dentro de las preceptivas clásicas, las modernas y las postmodernas. Y por último, también se encuentran mis prejuicios en torno a qué significa el huidizo contenido de lo poético como manifestación de lo bello y de lo que no lo es.

Calíope

Primero que nada quisiera aclarar mi posición en torno a las dificultades antes comentadas. Al confrontarme con el tema de la tradición poética puertorriqueña, he adoptado un conjunto de posiciones un tanto heterodoxas. Al considerar las dificultades historiográficas he preferido observar la evolución de la expresión puertorriqueña desde una perspectiva abarcadora. No quiero sujetar el origen de la cultura nacional al mítico descubrimiento de 1493, porque sé que algunos rasgos valiosos de lo que somos, como somos y por qué somos, son el resultado de fenómenos históricos anteriores al encuentro de culturas del siglo 15 y 16 que muy poco tiene que ver con ese mito. No quiero caer en lo que Efraín Barradas atinadamente llamaba el “arqueologismo hispanista”, una manera tuerta de apropiar el pasado literario de un país como si se tratara del siamés menor de la tradición española o como un mero apósito.

Al considerar las dificultades teórico-literarias, he decidido ser flexible en la fijación de fronteras. La poesía ha caminado mucho más territorio que lo que sugieren las poéticas desde  Aristóteles hasta Boileau. Ya Mijail Bajtin hizo interesantes sugerencias sobre los orígenes populares de cierta literatura en los años treinta en medio de sus debates con aquel teórico extraño llamado Georgy Lukács. La historia de la tradición poética puertorriqueña comienza mucho antes de aquel inclemente e incidental 1493 que debería ser interpretado como un paso más dentro de la evolución de lo que somos. El folclor, la oralidad, las formas corrientes de expresar las cosas, tienen por lo tanto, mucho que decir en torno a este fenómeno que trato de liberar de los prejuicios de una academia de raigambre hispanista. Lo que me propongo es revisar ese discurso poético (más o menos) puro, como cuando Frederick Jameson lee el discurso de la postmodernidad en la arquitectura o en el cine y lo traduce a conceptos concretos y complejos.

Por último, al considerar las dificultades vinculadas a los prejuicios con que miro el hacer poético de un pueblo, me hago cargo de ellos. Es todo lo que poseo y que me faculta para saber. Eso sí, intentaré en la medida de lo posible, liberarme de ese pesado y equívoco europeísmo tradicional que ve al mundo sólo como un gesto o un reflejo de la evolución de aquella porción del Viejo Mundo. Y trataré de librarme, porque también representa un problema de juicio, de ese puertorriqueñismo soso que concluye que sólo desde fines del siglo 18 y principios del siglo 19 fuimos verdaderos puertorriqueños, y se afana en la exégesis de los elementos hispano-criollos para demostrarlo. Ya Enrique Dussel ha criticado con dureza los modelos interpretativos europeístas por su unidireccionalidad e incapacidad para orientar a nuestros pueblos sobre los contenidos de la nacionalidad y la cultura que les diferencia del resto del mundo. En ese sentido, solo me hago eco de un modelo conocido, en la medida en que he aceptado  que la nacionalidad fue, es y será un proyecto, un pensamiento o un plan inacabado como todas los discursos que se forma el género humano para enfrentar la realidad.

Después de todo, los límites del género poético sólo los puede establecer el oyente o el lector que, silencioso, solitario y rebelde, se constituye en el cómplice ideal del creador, y en el recreador de lo que oye o lee. El oyente o el lector inventan el género o la obra cuando se enfrentan al discurso con la libertad de yo soy: pienso en mi abuela vieja y mulata reinventando versos de 450 años de historia insular y más de 700 años de pasado africano, sin darse cuenta de todo lo que me estaba enseñando con una sola canción de cuna.

 

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