La ensayística de René Marqués: entre Nacionalismo y Populismo


  • Mario R. Cancel Sepúlveda
  • Catedrático de Historia
Fragmento de la conferencia “René Marqués en la década del 1960: una aproximación a su ensayística y sus concepciones histórico-culturales” dictada en el Recinto Universitario de Mayagüez el 15 de octubre de 2019 durante el congreso Más allá de los universos de René Marqués. Publicado originalmente en la versión impresa de Claridad-En Rojo 24-30 de octubre de 2019: 14-15; y en la versión digital en Claridad-En Rojo 24  de octubre de 2019.

En El puertorriqueño dócil y otros ensayos 1953-1971 (1977), René Marqués participa del maniqueísmo típico de las teologías apocalípticas y finalistas que también se impuso en el lenguaje político de la Guerra Fría. Veía a Puerto Rico atrapado entre dos extremos irreconciliables a cuyos chantajes no podía responder de manera ordenada: “Ante la amenaza externa nos refugiamos en un nacionalismo estéril. Ante la asfixia nacionalista nos escapamos hacia un universalismo superficial y quimérico” (Marqués 1977 p. 31). Hay algo del estar a la deriva o al “garete” de Antonio S. Pedreira (Pedreira 1968 p. 71 ss)  o de la “ceiba en el tiesto” de Enrique Laguerre (Laguerre 1972) en su discurso que habla de la ausencia de rumbo, de la enajenación o alineación del yo nacional. Todas eran metáforas atroces que revelaban la incertidumbre, el titubeo, la ausencia de guía y rumbo, el acoso, el dejase llevar, el ahogo, la sofocación o la neurosis. Todo sugería la condición de seres incompletos que se padecía porque no nos dejaba ser “americanos”, o sea, nosotros mismos. La ambigüedad de ese concepto le permitía a Marqués utilizarla para referirse a la gente del hemisferio, es decir, Hispano / Latino América. La precariedad de la situación espiritual se materializaba en que cada afirmación identitaria desembocaba en una defensa inútil ante la agresión del otro (Marqués 1977 p. 32). Marqués veía la relación colonial en un sentido freudiano que encajaba en su concepción tradicional, señorial y patriarcal del mundo: como una emasculación o castración. El coloniaje había vuelto impotente al macho, había podado su masculinidad y virilidad dejándolo capado: lo había convertido en un “ex masculino” (Marqués 1977 p. 31-32).

El coloniaje emascula o “ex masculiniza” pero a Marqués no se le escapaba algo que daba por hecho. Me refiero a lo que designaba como la “esterilidad” del nacionalismo, su incapacidad de “dar frutos”. La “emasculación” no niega que se haya poseído la capacidad para reproducir: sólo es un acto traumático que pone término por la fuerza a esa capacidad. Pero la “esterilidad” tiene un sentido más profundo que sugiere una patología que ha impedido siempre la capacidad reproductiva. En uno u otro caso ninguna tiene remedio, pero si el “emasculado” alguna vez la tuvo, el “estéril” no. El nacionalismo no representa la “emasculación” sino la “esterilidad” y por ello es “infructuoso” a la hora de articular su proyecto: la independencia. Desde mi punto de vista, esa es la crítica política más dura que hizo del nacionalismo político al cual reconocía y admiraba pero no veneraba ni adulaba.

Al lado de aquella explicación psico-filosófico de lo que César Andreu Iglesias, desde su marxismo ortodoxo designó  como “los derrotados” (Andreu Iglesias 1956), Marqués realizó un esfuerzo por comprender un fracaso que atribuía a la “circunstancia” en la cual se movió el nacionalismo: la Segunda Guerra Mundial, la Guerra Fría y sus bipolarismos fascismo / democracia y comunismo / capitalismo. Nada más acertado historiográficamente hablando. Se trataba de un ambiente minado por fuerzas fuera del alcance de Albizu Campos y su intelligentsia y con las cuales Muñoz Marín había pactado.

Luis Muñoz Marín y René Marqués. Foto Fundación Luis Muñoz Marín.

Aparte de lo psico-filosófico, Marqués también concibió una crítica de la táctica de aquella organización que no debería pasar inadvertida. En un momento dado afirmó que  “…ni con el nacionalismo exacerbado y terrorista de Pedro Albizu Campos -que a pesar de sus métodos equivocados, o mejor dicho, de la ausencia de métodos en su trayectoria, ha sido útil para mantener despierta una conciencia colonial demasiado predispuesta al sueño”, pudo el país superar su gran problema. Si uso sus palabras, el problema del país era la “solución a su razón de ser entre los pueblos de ambas Américas” (Marqués 1977 p. 33). El nacionalismo había sido vencido en el mismo combate interpuesto por el Partido Popular Democrático, el Estado Libre Asociado, “Operación Serenidad”, el “universalismo” y el “occidentalismo”. Ninguno de aquellos artefactos había podido sosegar “la angustia de nuestra conciencia nacional” (Marqués 1977 p. 33). Para Marqués el “ser era la angustia” no por propia decisión sino por su incapacidad para dominar su “circunstancia”. Sobre esa base no podía ver la violencia nacionalista sino como la expresión de “chispazos terroristas de fanatismo desesperado” (Marqués 1977 p. 42) concepción a la cual también se adscribía con otro tono, Juan Antonio Corretjer, desde su marxismo ortodoxo (Corretjer 1973).

Marqués fue enfático en la  inutilidad de la Insurrección de Jayuya del 30 de octubre de 1950 según se deduce de su afirmación de que “(n)i siquiera el fugaz estruendo de la metralla nacionalista (1950) logra alterar tan significativo silencio” (Marqués 1977, p. 57 n. 6). El ataque a la Casa Blair del 1ro. de noviembre de aquel año y el arresto de Albizu Campos al día siguiente, sirvieron el propósito avieso de validar el Estado Libre Asociado. El indulto a Albizu Campos el 30 de septiembre de 1953 y el tiroteo al Congreso del 1ro de marzo de 1954 en protesta por la legitimación de Estado Libre Asociado por la Organización de Naciones Unidas, solo condujeron a un nuevo arresto del líder y al “consabido y siempre espectacular tiroteo” (Marqués p. 58-59). El tono de farsa que adjudica a aquellos eventos espectaculares que no servían para acallar “la angustia de nuestra conciencia nacional” (Marqués 1977 p. 33) se imponía en su juicio. Con ello en mente volvía a ironizar: “siempre que los Nacionalistas han intentado salirse de lo que se considera el patrón puertorriqueño de la docilidad, hemos escuchado el clamor unánime de aspavientosas (sic) excusas proviniendo por igual de norteamericanos y puertorriqueños: ¡Ese no es el patrón puertorriqueño! ¡Eso es una excepción!” (Marqués 1977 p.122-123). Para el ensayista un acto rebelde que ofrecía pocas posibilidades de triunfo y aun así se ejecutaba no era más que la expresión de la “psicología del suicida” (Marqués 1977 p. 162). El espíritu de guerra santa, de cruzada o de yihad que atribuía a los nacionalistas le conducía a evaluar a los Cadetes de la República, luego Ejército de Liberación, como bandas cuyos actos resultaban en “una serie de espectaculares fracasos” equivalentes a “terrorismo político” (Marqués 1977 p.162-165). A la “psicología del suicida” correspondía el “complejo de martirio” (Marqués p.165). Los comandos nacionalistas no parecían buscar “matar y, mucho menos, lograr la victoria, sino morir”, iban dispuestos a la inmolación y el martirologio,  aceptaban la muerte con alegría como los Cátaros ante las llamas de la hoguera tras ser condenados por la Santa Inquisición en 1244 (Marqués 1977 p. 163).

En cuanto a ese planteamiento que tanto irritó a sus lectores nacionalistas, no estaba solo. Con él coincidían el Buró federal de Investigaciones, Inteligencia Militar de las fuerzas armadas, la Policía Insular luego Policía de Puerto Rico y su División de Inteligencia, y Muñoz Marín. Todos eran enemigos del nacionalismo, claro está. Pero entre 1934 y 1938 una significativa muestra de nacionalismo del área oeste insistía en lo mismo: la directiva de la Junta Nacionalista de Mayagüez, José Monserrate Toro Nazario, Juan Augusto y Salvador Perea, Regino Cabassa, entre otros, son un ejemplo de ello (Toro Nazario 1939). Por otro lado, el juicio sobre la “psicología del suicida” no se ceñía a los nacionalistas. Para Marqués el afán de “autodestruirse” era un “signo de identidad” y, por lo tanto, una “mancha de plátano” imborrable compartido por nacionalistas, asimilistas, estadoístas o anexionistas. Los extremos resultaban ser “almas puertorriqueñas gemelas” con la diferencia de que el nacionalista “muere de un modo violento” y el anexionista “es un muerto en vida” o un virtual un zombi (Marqués 1977 p. 165) condenado por el hecho de que siempre será lo que no puede dejar de ser: puertorriqueño (Marqués 1977 p. 66).

Una lectura cuidadosa de sus apuntes indica que lo que le molestaba de los nacionalistas era su ineficacia, lo cual lo llevó a decir que no eran “verdaderos revolucionarios” y que su lucha, en lugar de dificultar, había allanado el camino a las llamadas reformas de 1950 y 1952 (Marqués 1977 p. 31-32 y 163, nota 19). De acuerdo con la profesora Brunilda Marqués, su hija, en conversación digital reciente, la intención de su padre era provocar lo cual, sin duda, consiguió. Su empatía por Albizu Campos y el nacionalismo era manifiesta. Un testimonio del poeta Wenceslao Serra Deliz, quien siendo universitario y militante trabajó con Marqués en la División de Educación a la Comunidad servirá para aclarar el asunto. El poeta relataba que estando en “El patio de Sam”, con Pedro Juan Soto y Emilio Díaz Valcárcel como testigos, Marqués confrontó a un funcionario del Departamento de Estado que había afirmado que la Insurrección Nacionalista del 1950 había sido un acto de venganza de Albizu Campos “por el prejuicio racial que sufrió en los Estados Unidos” en su juventud. Aclaro que aquella era la versión oficial de la rebeldía albizuista del Buró Federal de Investigaciones según obra en un informe preliminar de 1936 en los archivos de la agencia. Serra Deliz afirmaba que aquella había sido la “primera ocasión que lo vi discutir con más pasión y vehemencia” y que “literalmente barrió el piso” con el funcionario (Serra Deliz 2011 p. 257). La admiración de Marqués por Albizu Campos no contradecía el desaliento ante su incapacidad de completar el sueño liberal.

La frustración con el independentismo, sin embargo, no era un engendro de los 1950 y los 1960. Más bien parece una nota común en la historia político-cultural moderna de los siglos 19 y 20. Recuerda la “borrachera completa” de “todo un pueblo (…) celebrando las libertades que cree tener y no tiene” y acaba por parecer “una reunión de dementes, bailando sin música”, que Ramón R. Betances Alacán atribuía a los liberales en una carta a Hostos Bonilla en 1871. (Ojeda y Estrade 2013 p. 145-146). Posee un tono análogo al que Betances Alacán adoptaba cuando recordaba la derrotada Insurrección de Lares en su correspondencia con los amigos de las armas (Cancel Sepúlveda 2019). Corresponde al tono de una carta de Salvador Brau Asencio a Lola Rodríguez de Tió fechada en 1889 cuando le decía que en Puerto Rico: “no salimos del ojalaterismo que condena la conquista, sin ver que somos su producto (…) que maldice a España y ofrece la última gota para castigar a los rifleños y hace a compás de La Borinqueña… (…) No lo sé;  quisiera salir de aquí.  Me ahogo en tanta miseria” (CMAT 1ro diciembre 1889).  El concepto “ojalaterismo”  se refería a la fe inocente en el “ojalá” con que los puertorriqueños tomaban las promesas liberales de España y, en cierto modo, traducía la idea de la docilidad. La frustración de Marqués no era una novedad sino más bien una tendencia.

Un callejón sin salida visible

Marqués, como ya se ha indicado,  evaluaba la “circunstancia” de Puerto Rico en la década de 1950 como un entrampamiento o un callejón sin salida.  Las razones eran políticas y culturales: la  oposición entre norteamericanismo versus puertorriqueñismo era irreconciliable. Dado que, desde su punto de vista, la identidad no se elegía ni se cambiaba Puerto Rico no podía ser “puente” o “eslabón” entre culturas ni “fundirse armoniosamente” con el otro (Marqués 1977 p. 42) como proponía la retórica colonialista.  El triunfalismo modernizador de Muñoz Marín y el Estado Libre Asociado, eran figuras engañosas. En el “Mensaje de un puertorriqueño a los escritores y artistas de Perú” de 1955, insistía en la falsedad de la “vitrina”. El “high standard of living” de los puertorriqueños era una “falacia” contradicha por la pobreza rampante. La  industrialización por invitación que convirtió al país en un enclave industrial, mero “show-off” o alarde (Marqués 1977 p. 33). El tema de la identidad y la falsa modernización ha sido otro asunto debatible del siglo 20 en torno al cual Marqués se movía en medio de los extremos como si se tratara de un pensador de “centro” sin serlo y este caso no era la excepción.

El tema la absorción o la asimilación como peligro o como oportunidad poseyó ciertas especificidades durante el siglo 20. El hecho de que en 1898 cambiara el otro -España abrió pasó, a Estados Unidos- es fundamental para entender el dilema planteado. Marqués lo veía como cualquier nacionalista esencialista: la identidad nacional era un producto maduro cuya condición podía ser puesta bajo amenaza por fuerzas externas como las del imperialismo y el colonialismo, pero resistiría. El pensador estaba muy lejos de la idea de la nacionalidad como una construcción histórico-social y discursiva contingente que se impuso después de los debates académicos de 1960 y 1970. Su actitud no difería de la de José Coll y Cuchí en El Nacionalismo en Puerto Rico (1923) quien afirmaba que éramos un territorio pequeño pero respetable, civilizado e inasimilable a pesar del dominio “por la fuerza de las armas” de Estados Unidos (Coll 1923 p. I-II). De igual manera, Albizu Campos en su  “tesis política” de 1927, redactada cuando se disponía a viajar por el Caribe e Iberoamérica en busca de solidaridad con el caso de Puerto Rico, reconocía la imposibilidad de la estadidad sobre la base de que Puerto Rico era inasimilable (Albizu Campos 1978). Aquel fue un argumento que se repitió durante la campaña para las elecciones de 1932 y después de las mismas.

Desde la perspectiva de los estadounidenses la percepción era otra. Edward S. Wilson, funcionario colonial que veía la Ley Foraker de 1900 como una forma de “mentorado” o “supervisión” para la libertad, aceptaba que Puerto Rico era inasimilable. Sin embargo, no descartaba que hubiese un entendido o “happy medium” entre las partes. Por ello recomendaba un tipo de “asimilación benévola” que, a la larga, convergería en lo que llamaba “mutual assimilation” en la que las dos partes saldrían ganando (Wilson 1905 p. 127). En 1904  Leo Stanton Rowe en The United States and Porto Rico aceptaba que Puerto Rico era irremediablemente hispanoamericano y lo seguiría siendo por lo que descartaba cualquier posibilidad de asimilación fuese benévola o no (Rowe 1904 p. 142, 147). Los polos del debate sobre la asimilación por los observadores estadounidenses es un área de estudio que merece una revisión sistemática hace tiempo.

Marqués aceptaba que la identidad nacional era un producto terminado pero no descartaba que gozaba de cierta porosidad que invitaba a la hibridación, en especial cuando se trataba de la comunidad intelectual de la que formaba parte. Baste recordar su afirmación en el prólogo a Cuentos puertorriqueños de hoy (1959) de lo saludable que había sido el influjo de los estilos narrativos estadounidenses, en especial los de la Generación Perdida, en su promoción. Con ello tomaba distancia  de cualquier interpretación chauvinista de la literatura nacional. Su  tesis era que, dada la crisis de la narrativa española entre 1936 y 1946 en el marco del triunfo del franquismo, la nuestra tendía a desespañolizarse a la vez que sus creadores se volvían hacia América Hispana y, los “espíritus más alertas (…) se vuelven entonces hacia un campo asequible y virgen: la literatura norteamericana contemporánea” (Marqués 1977 p. 90). El hecho de que adjudicase a aquel fenómeno una parte de la responsabilidad en el nacimiento del “cuento moderno” nacional demuestra una flexibilidad ideológica única (Marqués 1977 p. 106). Discursivamente se situaba en el “centro” de los extremos a pesar de las convergencias que manifestaba con aquellos.

Bibliografía  

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René Marqués en la cultura y la política puertorriqueña del 1960: instancias de la docilidad (Parte 1)


  • Mario R. Cancel Sepúlveda

Entre la “bobería” comprendida como “candor”, “inocencia” o “irracionalidad”, y la “docilidad” hay una relación indiscutible.  El presunto rasgo identitario posee una enorme plasticidad que posibilita apropiarlo como una virtud o un halago pero también como un defecto o un insulto que es la forma en que la apropia René Marqués en su ensayo clásico del 1960. En buen lenguaje, docilidad sugiere esa apacibilidad que lleva a la obediencia y permite que el sujeto aprenda “fácilmente la enseñanza” que se le aplica. La “docilidad” no insinúa la inhabilidad de “aprender” sino la disposición para ser adiestrado, copiar y reproducir al “otro”. El problema es que un concepto de esta naturaleza, aplicado a una comunidad histórico-social compleja como la puertorriqueña, no pasa de ser una generalización ambigua.

En 2012 durante la sesión preguntas y comentarios de una conferencia informal sobre el tema de Pedro Albizu Campos una persona del público me dijo que él tendía a darle credibilidad a la idea de que los puertorriqueños colectivamente observados eran dóciles y holgazanes. Yo le comenté en broma que si él se sentía incluido o se reconocía en ambos prototipos o metáforas no había problema y que conservaba todo mi respeto. El detalle era que se trataba de un estudiante de historia que debía ser capaz de reconocer la fragilidad de este tipo de evaluaciones colectivas homogeneizadoras que reflejan más una intención que un dato demostrable.

En junio de 2019, Roberto Ramos Perea me recordó la opinión que merecía a José Luis González la afirmación de “docilidad” colectiva planteada por Marqués. Para el celebrado maestro de cuento puertorriqueño de la “generación del cuarenta”, a quien Marqués reconocía como iniciador de la narrativa urbana que brotó a trompicones en el contexto de “Operación Manos a la Obra”, “el dócil no es el puertorriqueño, el dócil es René”. González entendía aquella observación como una proyección sicológica negativa, un mecanismo de defensa por medio del cual la carencia que aquejaba al emisor se atribuía a terceros con el fin de enfrentar la ansiedad que le poseía. Hay algo de ironía en el hecho de que un pensador marxista utilizase un artefacto freudiano para minar la opinión de un adversario que apelaba al psicoanálisis para enfrentar las dudas existenciales personales y colectivas. Pero la observación tampoco sirve de mucho por razones parecidas al caso anterior. No informa al investigador sobre las articulaciones de pensamiento y acción en las que se apoyó Marqués para hacer su generalización.

 

Precuelas de la “docilidad”

Un asunto que debe tenerse en cuenta es que la tesis de la “docilidad” de puertorriqueño no la inventó Marqués. Elaborar la genealogía de esta metáfora aplicada a puertorriqueño camino a la modernidad no es uno de objetivos de esta reflexión pero bosquejarla a grandes trazos no vendría mal. Tampoco se puede pasar por alto que cualquier revisión de tema demostrará que la aplicación y recepción del referido aserto no ha sido uniforme. Tratado como virtud o como defecto, tomado como halago o como diatriba, el asunto tiene una complejidad particular.

En su memoria de 1765, Alejandro O’Reilly señalaba la “natural inocencia” de los insulares como un valor que la monarquía debía aprovechar. Su idea de la “natural inocencia” evocaba la retórica impresionista sobre la pureza edénica que Cristóbal Colón aplicaba al indio en el contexto de su, auténtica o no es indistinto, carta a Luis de Santángel en 1493. Para ambos la “inocencia” sugería que se encontraban ante seres moldeables y dúctiles que no ofrecerían resistencia al cambio. En Colón y O’Reilly el insular no era muy distinto del “buen salvaje” caracterizado por la ausencia de una identidad estable. La paradoja que surge de estos textos distantes en el tiempo es que sugieren que la ínsula, Puerto Rico, sucedía al margen de la Historia y el Progreso, por lo que indio del siglo 15 y el jíbaro del siglo 18 no diferían mucho. En 1788, cuando Iñigo Abbad y Lasierra intentaba explicar el retraso de la isla, reiteraba la imagen de la “inocencia paradisiaca” y del “jardín” feraz que todo lo suplía con prodigalidad a una comunidad taciturna y huraña con el efecto de congelarlos en el tiempo.

René Marqués

El fenómeno no se limitó a los observadores peninsulares. En 1883, Salvador Brau Asencio en tono jocoserio indicaba que, y se incluía, “somos un pueblo especial, fácil de dirigir y muy aficionado a dejar hacer, sin inquietarse mucho cuando no lo hallamos hecho, por más que nos lo hayan ofrecido”. Una afirmación similar hizo en su estudio sobre las clases jornaleras en 1882: “una de las condiciones más notables del carácter puertorriqueño es la docilidad”. Si para O’Reilly aquella era una garantía de maleabilidad aprovechable, para Brau Asencio “un pueblo dócil por naturaleza, tiene mucho adelantado en el camino de la civilización: falta solo saberle dirigir”. El historiador social reconocía que, a pesar de que el “respeto absoluto a la autoridad”, convive en el puertorriqueño común, “cierta tendencia huraña” que podría dificultar su ilustración y frenar su desarrollo.

La concepción del indio como emblema del puertorriqueño y el jíbaro como signo del todo complejo de lo que hipotéticamente “somos” y su vinculación a la cualidad de “dócil” no se disolvió tras la invasión de 1898. La forma en que Frederick A. Ober, luego de una revisión de la literatura portorriqueña, describe al indio en un libro de 1899, es un ejemplo de ello. En la sección “A Chapter of History” de Puerto Rico and Its Resources, el indio es definido como “docile and intelligent people”, víctima de las “attrocities committed by the Spaniards”.

Henry K. Carroll en su Report of Porto Rico de 1899, relacionaba la  “naturaleza pasiva” del puertorriqueño con su voluntad “acomodaticia”, su disposición a colaborar y su “fidelidad” hacia los recién llegados resultado de su respeto extremo a la ley y el orden. Todo ello convergía en que “the chief fault of the Porto Rican is the lack of will of force”, argumento que Carroll apoyaba en el testimonio del líder autonomista Manuel Fernández Juncos, hispano-puertorriqueño nacido en Tresmonte, España de ideas moderadas pero con prejuicios análogos a los de Brau Asencio ante el abajo social.

Otro observador Knowlton Mixer afirmaba en 1926, en la frontera de la Gran Depresión, algo similar en una reflexión sobre la historia del país entre 1600 y 1898 cuando aseveraba que el puertorriqueño se caracterizaba por su “loyalty to the mother country”, y porque “show no desire for emancipation”. Concluía, concordando con Abbad y Lasierra y Brau Asencio, que aquella condición derivaba del mestizaje o la hibrides porque, como aquellos, identificaba al jíbaro con el indio. El resultado del mestizaje o la hibrides, el  “indigenous” o “native” que se expresaba en el jíbaro, no superaba la condición de un “hybrid of low order”. Para Brau Asencio, de hecho, el papel del indio y el africano en la “constitución de nuestra existencia social” fue secundario ante la de aquella raza que “encerraba en su seno los poderosos gérmenes de la intelectual cultura”, es decir, los españoles. El mismo Ramón E. Betances Alacán en una carta sin fecha a Julio Henna durante los días de la invasión de 1898, se desesperaba ante la pasividad de los suyos en aquella coyuntura histórica: “¿Qué hacen los puertorriqueños?  ¿Cómo no aprovechan que la oportunidad del bloqueo para levantarse en masa?”

Este consenso alrededor de la “inocencia” y la “docilidad” se había constituido en un topos, un lugar común que no se ponía en duda. Sus bases se hallaban en una red de lecturas e interpretaciones compartidas por numerosos observadores que miraban al abajo social y las masas puertorriqueñas desde el arriba social. En ese sentido, la intelectualidad hispana, puertorriqueña o estadounidense, que eran capaces de contradecirse en numerosos asuntos, convenían en este. Marqués no estaba inventando la rueda cuando escribió “El puertorriqueño dócil (literatura y realidad psicológica)” en 1960. Nutría una tradición en un contexto inédito en el cual el progreso, la modernización material y la cultura, en lugar de minar la “inocencia” y la “docilidad”, la estimulaban en direcciones innovadoras.

 

El “debate” de Marqués con Alfred Kazin

El 8 de marzo de 1960 publicó Marqués un artículo en The San Juan Star en respuesta de otro del profesor visitante de la Universidad de Puerto Rico Alfred Kazin (1915-1998). Según la nota aclaratoria de la edición de 1977 de los ensayos de Marqués, el texto de Kazin se titulaba “A critical view al Puerto Rico” y había sido difundido en la revista Commentary de la ciudad de Nueva York y reproducido por The San Juan Star. En los archivos digitales de Commentary, aparece bajo el título “In Puerto Rico – Commentary”. El texto de Kazin había provocado “acerbas críticas” en  especial entre algunos “bien intencionados miembros de la colonia norteamericana en San Juan.” La respuesta de Marqués, “El ruido y la furia de los críticos del Sr. Kazin” que el lector encuentra en la referida colección, no es sino una traducción, abreviada y readaptada de su reacción. No he podido ubicar la versión original pero sería excelente contrastar la una con la otra por lo que la ruta de esa reescritura será un asunto que habrá que dejar en el tintero.

Kazin era un intelectual judío, hijo de inmigrantes rusos nacido en Brooklyn, influido por el Trascendentalismo y el Vitalismo, teorías que contenían una fuerte crítica a los valores modernos en el marco del desarrollo del capitalismo. Estaba vinculado a los “New York Intellectuals”, un grupo que simpatizaba con el socialismo pero que era ostensiblemente antiestalinista. La lógica del  grupo los acercaba al trotskismo en el sentido de ambas eran una respuesta a la violenta experiencia soviética durante la era de la colectivización forzosa que desembocó en el gulag. Kazin se hizo experto en literatura estadounidense, materia que vino enseñar a la Universidad de Puerto Rico, la cual interpretaba a la luz de los indicadores sociales y políticos que los textos expresaban, tendencia dominante en la Historia Intelectual estadounidense de su tiempo. Dejó además una voluminosa obra autobiográfica valiosa a la hora de orientar al lector en el problema de la situación de inmigrante o el exiliado en el tejido de una época compleja que tanto marcó al siglo 20.

El tono de Marqués ante el texto de Kazin fue de desenfado e ironía. Lo que llamaba su atención no eran las perspicaces observaciones sobre Puerto Rico y los puertorriqueños de aquel, sino el “ruido y la furia” que habían provocado entre la “colonia estadounidense” de San Juan. Estos, con una patente actitud paternalista,  asumían “papel de nuevos Quijotes” y salían en defensa del “pobre puertorriqueño”, pero no se expresaban en torno a las opiniones del escritor judío sobre el papel de Estados Unidos en el mundo a la altura del 1960. Marqués afirmaba que no sentía “ni emoción ni agradecimiento” ante los presuntos amigos de Puerto Rico y que lamentaba su incapacidad para llegar “a la raíz del problema expuesto por Kazin”.

La razón principal para su estipulación era que Marqués compartía algunas de las polémicas posturas de Kazin. El artículo aclara que su incomodidad con la persona no debía impedir que se reconociese que “algunas de las opiniones expresadas por un norteamericano antipático pueden tener mayor validez (…) que los parloteos aduladores o caritativamente condescendientes” de los miembros de la colonia estadounidense de la capital. En lo personal la antipatía de Marqués tenía que ver con que Kazin carecía de “calor humano”, no era un “buen profesor universitario” sino un conferencista “desorganizado” y “aburrido en extremo”. En lo profesional señalaba que, no siendo “ni sociólogo ni historiador”, no ofrecía un “análisis científico” sino “meramente impresionista” de la cultura puertorriqueña y que recurría para apoyar sus argumentos a la investigación pretendidamente científica de Richard Morse “The Deceptive Transformation of Puerto Rico”, leída en una Conferencia de Ciencias Sociales celebrada en la Universidad de Michigan en 1959. Aparte de ello, Marqués veía en Kazin  un “excelente escritor y agudo crítico literario” sin pretensiones de “científico social” imagen que bien podría aplicarse a sí mismo.

La respuesta de Marqués puede ser leída como un triálogo fecundo y franco con Kazin y la comunidad estadounidense sobre la situación del país que, por su tono y contenido, acabó por incomodar a muchos de sus lectores. Una de las concomitancias entre Marqués y Kazin se relacionaba con la naturaleza de la relación de Estados Unidos y Puerto Rico en el marco de un proceso de modernización que profundizaba la dependencia y sus efectos en la personalidad puertorriqueña. Ninguno de los dos era particularmente optimista sobre el presente y el futuro del país. La otra coincidencia se relacionaba con la afirmación de Kazin, apoyada en sus observaciones y en la lectura de Morse, de que “los puertorriqueños somos dóciles” asunto que Marqués no tenía ningún problema en validar. Las instancias de la docilidad estaban sobre la mesa.

Publicado originalmente en 80 Grados-Historia el 9 de agosto de 2019.

René Marqués en la cultura y la política puertorriqueña del 1960: historia y “bobería”


  • Mario R. Cancel Sepúlveda

René Marqués produce una representación culturalista del mundo estructurada sobre fundamentos dualistas que, en ocasiones, tiende al maniqueísmo. En medio de los extremos que asume se mueve con sagacidad crítica, actitud capaz de incomodar a quienes lo observan desde ambos cabos o confines. Su ubicación no era, aclaro, la de un “centro” el cual se ocupaba para evadir las veleidades de las “derechas” o las “izquierdas”. Ese lenguaje no serviría para comprender el Puerto Rico de la década de 1960 como tampoco sería útil para apropiar el presente. Desde esa indeterminada situación Marqués evalúa el paisaje ideológico y material de su país. La colección de ensayos El puertorriqueño dócil… es una radiografía de aquella. La colección recoge reflexiones redactadas a lo largo de 18 años para diferentes fines por lo que los elementos de esa representación culturalista se encuentran dispersos por los textos.

Historia política y “bobería”

Uno de los aspectos cruciales de reflexión se encuentra en “Un personaje del folklore y un tema puertorriqueño en una farsa” (1956), prólogo a su obra Juan Bobo y la Dama de Occidente. La idea del “bobo”, el ser carente de razón y de  entendimiento, traduce una imagen que se reitera a lo largo de la literatura puertorriqueña  con diversas tonalidades. El “bobo” es el balbuciente o el tartamudo, el incapaz de dominar el logos en su doble sentido de palabra y pensamiento. En su sentido coloquial el “bobo” es lo mismo el ser  candoroso o “puro”, que el mentecato o “privado de mente”.

La idea del puertorriqueño como un ser discapacitado, excéntrico o cándido tiene un largo hitorial. Está presente en el loco de Sanjuanópolis de Alejandro Tapia y Rivera de 1880, el Escaldado de Ramón E. Betances Alacán en tiempos de los compontes, el Pancho Ibero que Rosendo Matienzo Cintrón anteponía a Tío Sam en la primera década posinvasión, el Juan Petaca que Salvador Brau Asencio usara contra la idea de la independencia y la confederación en la misma época, y el Sancho que Luis Sánchez Morales invocó para producir una imagen del  español acorde con sus posturas estadoístas, entre otros. En su conjunto esa figuración habla de un modelo, útil por su plasticidad, para numerosos fines. El mismo Juan de los Palotes que utilizó Marqués para representar al “hombre promedio” en su ensayo de 1959, “Pesimismo literario y optimismo político: su coexistencia en el Puerto Rico actual”, no está muy distante de las modulaciones del “bobo” que he establecido previamente.

René Marqués

Traducida la “bobería” al lenguaje histórico y político adopta un cariz distinto. La reducción del país a la condición de “muchedumbre” que no representa un “pueblo”, asunto cardinal para Marqués es un ejemplo de ello. La “insolvencia” para la soberanía o la independencia, considerada como uno de los valores distintivos de la modernidad, se ha utilizado para confirmar la aseveración. El registro de pretextos que he realizado no es exhaustivo pero es ilustrativo de algo: el Juan Bobo del folclor está presente con sus múltiples matices en una larga serie de reflexiones político-literarias desde el siglo 19.

De un modo u otro la condición de “bobo” como pícaro enajenado o inocente extremo ha sido traída lo mismo para justificar la resistencia a la tozudez del español y a la prepotencia del estadounidense, que para desmontar la utopía e incluso para reclamar la incorporación al mundo sajón. La manipulación de esa metáfora es un asunto que habrá que investigar de manera más pormenorizada en otro momento, pero no deja de ser un tema apasionante en el contexto del relato tragicómico y paradójico de la nación. El “bobo” es cónsono  con un proceso de infantilización que plantea la inhabilidad del puertorriqueño para ser auténtico o, si uso un lenguaje más político, encarna a la muchedumbre emasculada que nunca ha sido de transformarse en una nación moderna.

Marqués es muy cuidadoso con este asunto. La identificación que hace del “bobo” llama la atención sobre el “candor” y la “ingenuidad” que se refleja en su “entusiasmo infantil por lo extraño y lo nuevo”, es decir “su novelería”. La selección del lenguaje hace que su alusión al “bobo” sea resemantizada para que sugiera la idea de la sencillez o la transparencia que desemboca en la inconstancia en el proceder y en la proclividad a dejarse sugestionar por el otro, es decir, la vacilación propia de la inseguridad.

La concepción de Marqués entronca con una noción heredada del pasado colonial hispano. Su “bobo” tiene el  “candor del indio” sugerido por la retórica de la Carta de Cristóbal Colón a Luis de Santángel (1493) y la Relación acerca de las antigüedades de los indios del fraile Ramón Pané (1494). Pero curiosamente evade la pujanza y el vigor que le adjudicaban al natural los cronistas Gonzalo Fernández de Oviedo (1535) o Juan de Castellanos (1589) en sus relatos de la conquista cuando anotaban la resistencia a las imposiciones de los cristianos. Entre el “buen salvaje”, la metáfora presente en los textos de Indias del momento del descubrimiento, y el “bárbaro cruel”, una respuesta ante la imposición del otro presente en las crónicas de la resistencia, Marqués prefiere la primera. Esa elección le permite transformar al “bobo” en un “recipiente” abierto ideal, y a la “bobería” equiparada con el “candor” en una ventaja, una virtud y un arma útil para asegurar la supervivencia de su identidad. El proceso de transvaloración está completo: la inocencia ha sido decisiva para inmunizar al que la posee de los avances de la asimilación propuesta por el otro.

Es importante destacar que la idea del puertorriqueño como un ser discapacitado o excéntrico no fue sólo artefacto interpretativo utilizado por la intelectualidad puertorriqueña para hablar de sí mismos como si se tratara de otros. La representación que hicieron los estadounidenses sobre los invadidos también llamaba la atención sobre la irracionalidad como condición distintiva de estos.

En 1899 Henry K. Carroll en su Report of Porto Rico definía al portorriqueño como un  ser cercano al “estado natural” o una  “tabula rasa” cuya “inocencia” o “vacío” los convertía en seres maleables, transformables y asimilables. Ese mismo año Albert Gardner Robinson, al cabo de un diálogo sobre las batallas de la invasión de 1898 con el cochero que lo conducía por la bajura de Hormigueros, catalogaba al portorriqueño como pasional, teatral, dramático, desmesurado e irracional. Según Rudolph A. Van Middledyk en un volumen de 1903, Puerto Rico era un “infant colony” que caminaba al margen del Progreso y de la Historia. En un libro de 1905 Edward S. Wilson, ex Alguacil de la corte federal de San Juan, hacía extensible aquellas observaciones a la clase política. El funcionario colonial afirmaba categóricamente que “politics had the island by the throat” y “the rage of politics was stronger than the rage of the cyclone (of 1899)”, y sobre esa base concluía que el personalismo y la irracionalidad anulaban a Puerto Rico para autogobernarse. Y en 1926 Knowlton Mixer explicaba el hecho de que Porto Rico no se hubiese independizado junto al resto de los países de Hispanoamérica  al hecho de que el “indigenous”,  identificado con el “jíbaro”, era “too illiterate and ignorant to regard with anything but suspicion”  las invitaciones a emanciparse remitidas desde Venezuela y Colombia.

En general la alusión a la “bobería” o “irracionalidad” colectiva atribuida al abajo y al arriba social por invasores e invadidos, separatistas, independentistas o estadoístas, ha servido para legitimar una enorme variedad de cosas. Infantilizar a la muchedumbre que no había sido capaz de convertirse en pueblo ha sido moneda común, tabla de salvación o acta condenatoria, desde hace mucho tiempo. Si los observadores estadounidenses y estadoístas infantilizaban para degradar, Marqués lo hacía para enaltecer y demostrar que la identidad era inexpugnable. En general, la apelación a Juan Bobo funciona como un Bálsamo de Fierabrás capaz de curar todas las dolencias de una historia que se asumía como defectuosa porque no encaja en el gran relato moderno.

Para Marqués, la historicidad del “candor del indio” se podía documentar en las tres “cuentas coloradas” de bisutería que habían agitado ante sus ojos durante el siglo 20: el “norteamericanismo” en el 1898, el “universalismo” en 1942 y el “occidentalismo” en 1956. La inocencia de Juan Bobo,  encarnación del yo colectivo, le había apto para resistir e impugnar  la validez de la tres cuentas. El referido conflicto puertorriqueñismo versus occidentalismo no pasaba de ser una trampa que ocultaba el deseo ulterior de despuertorriqueñizar al puertorriqueño alejándolo de sus raíces  cuando, al fin y a la postre, en un tono análogo al usado por Antonio S. Pedreira, ser puertorriqueño era nuestro modo peculiar de ser occidental.

La “circunstancia” como defecto y carencia

Marqués, como ya se ha indicado,  evaluaba la “circunstancia” de Puerto Rico en la década de 1950 como un entrampamiento o un callejón sin salida.  Las razones eran políticas y culturales: la  oposición entre norteamericanismo versus puertorriqueñismo era irreconciliable. Dado que, desde su punto de vista, la identidad no se elige ni se cambia Puerto Rico no podía ser “puente” o “eslabón” entre culturas ni “fundirse armoniosamente” con el otro  como proponía la retórica del régimen dominante.  El triunfalismo modernizador de Luis Muñoz Marín y el Estado Libre Asociado, eran figuras engañosas. En el “mensaje de un puertorriqueño a los escritores y artistas de Perú” de 1955 insistía en la falsedad de la “vitrina”. El “high standard of living” de los puertorriqueños era una “falacia” contradicha por la pobreza rampante. La  industrialización por invitación que convirtió al país en un enclave industria, mero “show-off” o alarde . El asunto de la identidad y la falsa modernización ha sido otro asunto debatible del siglo 20 en torno al cual Marqués se movía en medio de los extremos como si se tratara de un pensador de “centro” y este caso no es la excepción.

El tema la absorción o la asimilación como peligro o como oportunidad manifestó ciertas especificidades durante el siglo 20. El hecho de que en 1898 cambiara el otro -España abrió pasó, por la fuerza, a Estados Unidos- es clave para entender el asunto. Marqués ve el dilema como cualquier nacionalista esencialista: la identidad nacional era un producto maduro cuya condición podía ser puesta bajo amenaza por fuerzas externas como las del imperialismo y el colonialismo, pero resistiría. El pensador está muy lejos de la idea de la nacionalidad como una construcción histórico-social y discursiva contingente que se impuso después de los debates académicos de 1960 y 1970.

Su actitud no difería de la de José Coll y Cuchí (1923) quien en El Nacionalismo en Puerto Rico (1923) afirmaba que éramos un territorio pequeño pero respetable, civilizado e inasimilable a pesar del dominio “por la fuerza de las armas” de Estados Unidos. De igual manera Pedro Albizu Campos en su  “tesis política” de 1927, elaborada cuando se disponía a viajar por el Caribe e Ibero América en busca de solidaridad con el caso de Puerto Rico, reconocía la imposibilidad de la estadidad sobre la base de que Puerto Rico era inasimilable. En ese asunto insistió mucho durante la campaña para las elecciones de 1932 y después de las mismas.

Desde la perspectiva de los estadounidenses la percepción era distinta. El antes citado Wilson, quien veía la Ley Foraker de 1900 como una forma de “mentorado” o “supervisión” para la libertad, aceptaba que Puerto Rico era inasimilable. Sin embargo no perdía las esperanzas de que hubiese un entendido o “happy medium” entre las partes. Por ello recomendaba un tipo de asimilación benévola que, a la larga, convergería en lo que llamaba “mutual assimilation” de la que las dos partes saldrían ganando. En 1904  Leo Stanton Rowe en The United States and Porto Rico aceptaba que Puerto Rico era irremediablemente hispanoamericano y lo seguiría siendo por lo que descartaba cualquier posibilidad de asimilación fueses benévola o no. Los polos del debate sobre la asimilación por los observadores estadounidenses es un asunto que merece una revisión sistemática hace tiempo.

Marqués aceptaba que la identidad nacional es un producto terminado pero no descartaba que poseía cierta porosidad que invitaba a la hibridación, en especial cuando se trataba de la comunidad intelectual de la que formaba parte. Baste recordar su afirmación en el prólogo a Cuentos puertorriqueños de hoy (1959) de lo saludable que había sido el influjo de los estilos narrativos estadounidenses, en especial los de la Generación Perdida, en su promoción. Con ello tomaba distancia  de cualquier interpretación chauvinista del asunto. Su  tesis era que, dada la crisis de la narrativa española entre 1936 y 1946 en el marco del triunfo del franquismo, nuestra narrativa tendía a desespañolizarse en la medida en que sus creadores se volvían hacia América Hispana y, los “espíritus más alertas (…) se vuelven entonces hacia un campo asequible y virgen: la literatura norteamericana contemporánea”. El hecho de que adjudicase a ese fenómeno una parte de la responsabilidad en el nacimiento del “cuento moderno” nacional demuestra una flexibilidad ideológica única. Interpretativamente se situaba en el “centro” de los extremos a pesar de las convergencias que manifestaba con los extremos.

En “Un autor, un intríngulis y una obra”, publicado en 1953 en la revista Asomante que comenta la obra La muerte de Emilio S. Belaval,  establecía los parámetros del entrampamiento o el callejón sin salida de su tiempo. El breve texto, como el que gira alrededor de Juan Bobo, le sirvió para elaborar una crítica severa de su “circunstancia”. Si su promoción, la del 1945, encontró modelos en América Hispana y Estados Unidos, la de Belaval, las del 1930, lo había hecho en Europa y España. Una y otra habían respondido de modo distinto al diagnóstico de “insularismo” que tanto pesó en el debate cultural en el país hasta la década de 1980.

Belaval, a quien respeta como precursor de su promoción, significaba el fracaso del proyecto de la generación del 1930. Su opinión se apoyaba en consideraciones históricas y políticas. Su integración a la “cruzada de redención social del Partido Popular Democrático” sin ser un militante, otro de los valores que Marqués celebra, la guerra, la posguerra y la guerra fría minaron los ideales treintistas y Belaval, el escritor, “calla”. Aquella vorágine tuvo un efecto dramático en Puerto Rico, posesión colonial de una de las potencias vencedoras que más ventaja sacó de la larga “guerra civil europea” que para algunos comenzó en 1914 y concluyó en 1945.

El “intríngulis”, complicación o razón oculta en Puerto Rico se materializa en Operación Serenidad, el proyecto cultural animado por el Partido Popular Democrático desde 1947. La Universidad de Puerto Rico, el Consejo Superior de Enseñanza, el Departamento de Instrucción Pública, entre otros, fueron los instrumentos del régimen para promover un cuestionable “universalismo” o “cosmopolitismo”, luego “occidentalismo”, que sólo servía para “enmascarar el temor oficial a los sentimientos nacionales o nacionalistas”. Se trata de la tercera “cuenta colorada” a la que aludía en el prólogo a Juan Bobo y la Dama de Occidente.  Si ser puertorriqueño era nuestro modo peculiar de ser occidental, entonces aquella “política oficialesca” estaba equivocada.

Marqués percibía que tras la ruina de Europa, los valores modernos y la civilización occidental atravesaban  por una crisis que, entre otras cosas, se expresaba por la penetración de la “cultura de la coca-cola” en Europa. Europa  y América expresaban aspectos de la civilización occidental que se contradecían. Si en 1835, Alexis de Tocqueville en De la democracia en América, estuvo en condiciones de percibir en Estados Unidos una esperanza, en 1953 ya eso no era posible. La lógica del “pesimismo” de Marqués emana de la toma de consciencia de que la cultura material y espiritual en la cual se ha formado se encuentra en una frontera. Desde ese momento introduce la idea de la profesión de pesimismo inteligente de los intelectuales. Su afirmación de que en “La muerte” Belaval “no parece tener ya fe en el hombre americano” en el sentido dualista rodosiano del término, ni en “Europa” proyecta su propia angustia y desencanto.

Publicado originalmente en 80 Grados-Historia   el 7 de junio de 2019

René Marqués, cultura y política del 1960 : un panorama y un libro


A las colegas Maribel Acosta y Jacqueline Girón, por llamar mi atención sobre el asunto

 

  • Mario R. Cancel Sepúlveda

 

Debo mi reencuentro con la obra ensayística de René Marqués (1919-1979) al pedido que me hicieron dos colegas del Departamento de Estudios Hispánicos del Recinto Universitario de Mayagüez en 2017. Me solicitaban que conversara con los estudiantes del departamento académico sobre aquella figura y su proyección en la historia cultural del país de cara a la conmemoración de su centenario. De aquella petición surgió el conversatorio “El laberinto de los indóciles: René Marqués en la cultura y la política puertorriqueña del 1960”, realizado el 18 de enero de 2018. De más está decir que las colegas me pusieron en la situación de volver sobre un tema con el cual había perdido contacto desde mediados de la década de 1980, y al cual sólo había retornado a través del excelente libro del amigo Roberto Echevarría Marín, Dialogismo y polifonía en el teatro del absurdo de René Marqués publicado en 2016.

René Marqués (1914-1979) tomado de enciclopedia.org

En reencuentro con Marqués ocurrió mientras trabajaba en un libro ensayos todavía inédito titulado El laberinto de los indóciles: estudios sobre la resistencia en Puerto Rico. El hilo conductor de la colección es la meditación en torno a un grupo de “desencajes”, “dislocaciones” o “antilogías” en la historia cultural y política puertorriqueña desde fines del siglo 19 al presente con la finalidad de llamar la atención sobre la diversidad de la resistencia al orden instituido en el país. En términos teóricos, parto de la premisa de que la historia cultural puertorriqueña no es una superficie plana ni homogénea. La idea del laberinto, por la incertidumbre y los peligros que sugiere, me pareció perfecta para el caso. La investigación para el conversatorio de Mayagüez me convenció de que aquel intelectual encajaba bien en el concepto que centraba el volumen en preparación.

La ensayística del arecibeño recogida en El puertorriqueño dócil y otros ensayos 1953-1971 (1977) es una colección emblemática producida durante una de las épocas más ricas en contradicciones en la historia de nuestro país y es un laboratorio extraordinario para comprender aquellos recovecos. A partir del 1971, fecha del último de sus ensayos, el orden heredado de la segunda posguerra mundial que sirvió de escenario para la escritura de Marqués, aceleró su proceso de derrumbe. Sus textos documentan la capacidad de este peculiar pensador para “navegar contra de la corriente”, retar y contrariar la canonicidad como quien, si uso una alusión nietzscheana, “ama el peligro”.

La idea de observar la historia político-cultural de Puerto Rico y su relación con la discursividad historiográfica durante la segunda posguerra mundial a través de los textos marquesianos encuentra, por lo tanto, sus raíces en el presente. Como ha señalado David Harvey en una de sus aproximaciones a la historia actual, los años 1978 y 1980 representaron “un punto de inflexión revolucionario en la historia social y económica del mundo”. También lo fueron para Puerto Rico. Fallecido en Arecibo en marzo de 1979, Marqués no pudo ver los efectos de aquel meandro que ya había atisbado en sus textos. Cuando cierra los ojos por última vez, un orden “muere” y otro “nace”.

 

El lugar de un libro: una propuesta

Una primera edición de El puertorriqueño dócil… en 1966 incluyó diez ensayos publicados entre 1953 y 1966. El hecho de que fuese el mismo Marqués quien los seleccionase me dice que en aquel conjunto encontraba una expresión confiable de su “circunstancia”, noción con la cual, siguiendo el modelo de José Ortega y Gasset, designaba a su contexto histórico-social y espiritual. No en balde la afirmación orteguiana “yo soy yo y mi circunstancia, y si no la salvo a ella no me salvo yo” fue uno de los lemas que sirvió de columna para la arquitectura de sus reflexiones a lo largo de 13 años. En alguna medida, el autor seguía siendo un tributario del pensamiento de entreguerras y de la reflexión regeneracionista española para la cual el 1898 representaba un problema central. Hago esta afirmación a contrapelo  del hecho de que el enfriamiento  de la relación con España en el contexto del régimen franquista y la profundización de las relaciones intelectuales con la producción estadounidense es considerada por  Marqués como una de las matrices distintivas de su “promoción” o “generación”.

La sola inclusión de la cita de Ortega y Gasset me dice que Marqués, al momento de precisar el lugar de los seres humanos en el tiempo y el espacio (su historicidad), buscaba igual que su interlocutor español anclarse en un lugar más allá del racionalismo y del vitalismo. Ni la concepción de la historia como engranaje, ni la de esta como caos fluyente carente de sentido intrínseco fronteriza del nihilismo le satisfacían del todo. Las ideas formuladas por el filósofo desde el entorno hispano en El tema de nuestro tiempo en 1933 le sirvieron de sostén en el proceso de evaluación del medio puertorriqueño en 1966. Es probable que para Marqués como para Ortega, aquella vacilación actuase como un subterfugio para evadir los “extremos paradójicos” que el historiador Eric Hobsbawm señalaba al siglo 20 en un libro de 1994. La ansiedad por asegurar la convivencia entre el racionalismo y el vitalismo estaba detrás de la discusión de ambos pensadores y creadores.

Para un historiador reflexivo, ese no es un asunto de poca monta. El dístico racionalismo / vitalismo traduce uno de esos debates básicos sobre el cual todo historiador debería reflexionar. Me refiero al balance precario entre el poder de las estructuras sobre el sujeto a la luz de la dialéctica entre la determinación y la libertad en el escenario histórico. Las implicaciones políticas de ese controversia son obvias. Yo, por mi parte, he resuelto de manera tentativa ese dilema apoyándome en una afirmación del sociólogo Pierre Bourdieu en un diálogo con el historiador de las representaciones Roger Chartier contenida en el breve volumen El sociólogo y el historiador (2011): “…nacemos determinados y tenemos una pequeña oportunidad de morir libres”. Una de las metas del pensamiento marquesiano parece haber sido de responder a ese dilema y salvar, en lo posible, la agencia humana en un orden demasiado dado a presumirse estructurado desde un afuera impreciso.

El hecho de que en una segunda edición de 1972 Marqués le añadiese dos ensayos de hondura filosófica, uno sobre la obra de Luigi Pirandello y otro sobre la leyenda hebrea de Abrahán, Sara e Isaac, me indica que estaba muy consciente de que la reflexión sobre la “circunstancia” era histórica y temporal por lo cual nunca debía cerrarse. La misma impresión recojo de su revisión y ampliación de las observaciones sobre el cuento de la “promoción del cuarenta” de la cual se sentía parte. Marqués sabía apropiar la fluidez del ser como una condición inseparable de la vida.

Hay algo en el mapa temporal de estos ensayos que llama mi atención y que tiene que ver con la contradictoria década de 1960, su precuela y su secuela, en Puerto Rico. De un modo u otro, la colección de Marqués invita a ser interpretada como el testimonio de un intelectual marginal y periférico por propia voluntad, que tomó distancia de las posturas extremas que sometieron la promoción o generación a la cual se había sentido vinculado. La intelectualidad del cuarenta o la del cincuenta, como quiera designarse, fue tan multiforme e híbrida como cualquiera otra, es cierto. Pero la capacidad para reconocer esa diversidad en medio del proceso mismo y adoptar una posición que lo ponía a navegar contra la corriente no fue lo usual. Reconocer el excepcionalismo de Marqués es crucial para comprender muchos de sus planteamientos más atrevidos y desmitificadores.

El puertorriqueño dócil… fue pensado en un momento de inflexión histórico-social que sólo se hizo del todo visible al cabo del tiempo.  El 1953 fue clave para la legitimación del Estado Libre Asociado y el proyecto progresista del Partido Popular Democrático. Desde 1947, la sicosis modernizadora que confiaba en la industrialización por invitación sostenida en el principio del diferencial salarial, la supresión del nacionalismo político agresivo y el fomento, en su lugar, de un nacionalismo cultural despolitizado y aséptico, tomó posesión de una parte significativa del país. La neurosis colectiva, esa ilusión de que bajo el Estado Libre Asociado éramos “iguales” pero “diferentes” al otro al cabo de 54 años de la invasión del 1898, se impuso. La idea de que, gracias a la jurisprudencia y a un proceso constitucional, se había dejado al país en la embocadura de la libertad, disfrutó de una fugaz confiabilidad. Ese fue el sentido que le adjudicó el discurso oficial a las dos gimnasias racionalistas más ambiciosas del siglo pasado: Operación Manos a la Obra y Operación Serenidad, articuladas ambas a partir 1947.

Las circunstancias eran propicias para muchas cosas. Entre 1953 y 1980 la Guerra Fría, aquella ilusión dualista maniquea y finalista que reducía las relaciones internacionales a la antinomia aplanadora del choque entre capitalistas y socialistas, atravesaba por su peor momento. Eran tiempos de inseguridad en los que la carrera armamentista, la evasión de una confrontación directa y la preferencia por las “guerras proxy” se impuso en Washington y Moscú. El Estado Libre Asociado fue, en alguna medida, uno de los escenarios tropicales más activos de aquel conflicto en especial después de 1959.  Entre 1953 y 1965 el asunto colonial de Puerto Rico había sido silenciado en el escenario internacional por medio de una disposición de la Organización de Naciones Unidas y, desde 1955, Operación Serenidad revisó su gestión cultural ante las elites y los sectores populares en momentos en que la “serenidad” parecía no ser la virtud más común.

A la altura de 1966, cuando se publica la primera edición de El puertorriqueño dócil…la segunda fase de Operación Manos a la Obra estaba abocada al fracaso y el Partido Popular Democrático, dominante desde 1944, enfrenta una crisis en dos frentes que lo condujeron al fracaso electoral de 1968. Al interior y al exterior, la angustia corroía. El lema de Eugenio María de Hostos Bonilla que acompaña el de Ortega y Gasset en la bitácora del libro, “todas las noches, al retirarme, me acosan pensamientos temerosos”, proyecta no solo la angustia existencial del sociólogo mayagüezano que Loida Figuera Mercado convirtió en tema de su ensayo clásico “Hostos el angustiado”, sino la del pensador sensible y minado por la zozobra que era Marqués. En el caso de este, la conciencia de la angustia como en Hostos Bonilla, serviría para validar ese voluntarismo vitalista que tanto Hostos Bonilla como Marqués cultivaban como sujetos históricos que pugnaban contra los determinismos: “vida sin voluntad no es vida: vivir es querer y hacer”.

La relevancia del 1971 en el colapso del orden de posguerra y los orígenes del neoliberalismo no puede ser puesta en duda. La crisis de 1971 a 1973, fue el preámbulo de la tercera y última fase de la Guerra Fría. El calentamiento del conflicto anunciaba el fin de una querella heredada de la retórica simplista de la segunda posguerra. Entre 1980 y 1991, muchas de las premisas sobre las cuales Marqués elaboró sus interpretaciones perdieron relevancia. A su muerte Operación Manos a la Obra era parte del pasado tras su colapso en 1976. Además en 1979 la Administración para el Fomento de las Artes y la Cultura (AFAC) promovida por Carlos Romero Barceló, minaba la herencia de Operación Serenidad que sobrevivía en precario en el Puerto Rico industrial y urbano victimizado por el bipartidismo, la partidocracia y el estatucentrismo.

La representación del siglo 20 que la imaginación de Marqués produjo en El puertorriqueño dócil…es el de las grandes guerras, los totalitarismos, los nacionalismos extremos, los genocidios, las crisis económicas mundiales, el fracaso del proyecto de liberación nacional, la profundización de la deshumanización del sujeto histórico, imágenes que convergen con la reflexión pesimista de Hostos Bonilla en un breve ensayo al respecto tras su experiencia como mediador ante estados Unidos en el contexto de la invasión de 1898. La colección de Marqués fue una respuesta lúcida al problema colonial y una crítica severa a la expresión del anticolonialismo en su país. Del mismo modo, a través de sus páginas esboza un juicio penetrante sobre los efectos de la Guerra Fría y sus retóricas para la causa puertorriqueña.

 

El sentido de un centenario

Interpretar estos ensayos desde su “circunstancia”, hasta donde eso sea posible, es un modo de “comprender” las complejidad de un intelectual que, como todos, manifestaba unas contradicciones que, al fin y al cabo, lo enriquecían. En un centenario el asunto adquiere un carácter mágico que no comparto. Esto actos poseen la capacidad de estimular la reevaluación de muchas de las posturas que se han adoptado como válidas en algún momento pero que, al paso del tiempo, comienzan a mostrar su fragilidades. Yo había pasado por situaciones similares cuando colaboré en la conmemoración del bicentenario de Antonio Valero de Bernabe en 1990, del quinto centenario del encuentro de 1992, y de los centenarios de Pedro Albizu Campos en 1993, la Carta Autonómica en 1997 y la invasión de 1998, entre otros.  Los historiadores no son amigos ni enemigos de los centenarios: tal vez sólo son sus víctimas propiciatorias más usuales.

No me parece justo que se haya esperado tanto para ocuparse de una personalidad de la categoría de Marqués, pero acepto que las conmemoraciones centenarias son idóneas para poner al día la imagen que poseemos de esa huella del pasado. Mas allá del culto, los centenarios favorecen la evaluación de la dialéctica entre el pasado y el presente o entre la memoria y la historia. También pueden servir para comprender de qué manera la posesión de una tradición o herencia, en este caso la marquesiana, cambia al contacto con sistemas de conocimiento y “circunstancias” distintas. Esa fluidez es la que asegura que siempre tendrá algo que decirle a su lectores futuros porque esto siempre le estarán preguntando algo distinto. Dialogar e interrogar a René Marqués siempre será una aventura impredecible.

Publicado originalmente en 80 Grados-Letras  el 17 de mayo de 2019

Luis Hernández Aquino: apuntes en torno al tema taíno en Puerto Rico


  • Mario R. Cancel Sepúlveda
  • Historiador y escritor
Comentario en torno al libro: Juan E. Hernández Cruz, editor. Luis Hernández Aquino y el estudio de las voces taínas en Puerto Rico (Lingüística boricua). San Germán: Editorial Xagüey, 2012. 429 páginas. Presentado en el Museo de la Historia de la Ciudad de Ponce

El volumen Luis Hernández Aquino y el estudio de las voces taínas en Puerto Rico, editado por Juan Hernández Cruz, recoge buena parte de las columnas producidas por Luis Hernández Aquino entre los años 1970 y 1974, bajo el título “Lingüística boricua”.  Las mismas giraban en torno a la herencia taína en el español de Puerto Rico según se hablaba en la década de 1970. Los textos fueron difundidos en forma de columnas periodísticas publicados en el diario El mundo. “Lingüística Boricua” es el testimonio de un momento de inflexión en la historia intelectual y cultural de Puerto Rico.

Francisco Matos Paoli y Luis Hernández Aquino

En la década del 1970, las luchas políticas, sociales y culturales en el país, tomaron un giro radical que polarizó la discusión pública. Una crisis internacional creó el ambiente propicio para el cuestionamiento de la hegemonía populista en el país, situación que favoreció un auge estadoísta que todavía hoy es palpable. Hernández Aquino fue un testigo privilegiado de aquel momento crucial en la historia cultural del país. Pero no se trataba de un testigo convencional.

En primer lugar, Hernández Aquino poseía vínculos concretos con algunas de las propuestas literarias más influyentes del siglo pasado: las Vanguardias que retaron la tradición y el establishment literario entre 1920 y 1950. Esto tengo que repetirlo porque todavía el fenómeno de las Vanguardias no ha sido interpretado de una manera balanceada por la historiografía literaria canónica. El autor nacido en Lares  fue una voz clave para el Atalayismo,  el Integralismo y el Trascendentalismo, tres propuestas poéticas relativamente tardías, comprometidas con el rescate, interpretación y reinvención de la Identidad Nacional, entonces considerada bajo la amenaza de una cultura extranjera agresiva: la estadounidense. La voluntad de creadores como Hernández Aquino resultaba, dadas las circunstancias, novedosa y retadora.

En segundo lugar, el hecho de que Hernández Aquino fuese, además de poeta, un excelente investigador y ensayista e historiador del Modernismo y de las Vanguardias, ratifica su situación de figura protagónica de la historia intelectual del país. Fue en medio de aquella vorágine ideológica que el autor hizo suya la preocupación por el asunto de la figuración del indio y se dedicó a la revisión del tema a través de los restos y trazas de su lenguaje. Su voluntad neo-indigenista ratificaba algo que se había aceptado como una verdad incuestionable desde el siglo 19: el pasado taíno y la cultura de los arahuacos, que había sido un componente de la insularidad y la nacionalidad, debía ser también una pieza en la invención del Yo Colectivo puertorriqueño futuro. Una de las demostraciones más claras  de ello, fue la publicación de su libro Diccionario de voces indígenas de Puerto Rico en 1970.

Las columnas que incluye “Lingüística Boricua”, representan una continuación y un complemento a la discusión que abrió el Diccionario… de 1970. El valor mayor que poseen es su capacidad para ilustrar el tipo de reflexión que condujo a la producción del lexicón de palabras taínas. Un diccionario del tipo que inventó Hernández Aquino, construido al modo del de la Real Academia Española, no era el espacio adecuado para las reflexiones presentes en las columnas periodísticas de El mundo.  En su conjunto, ambos proyectos representan una muestra de uno de los momentos más dinámicos de la historia cultural e intelectual de Puerto Rico a fines del siglo pasado. El hecho de que ambos títulos vayan a ser reeditados pronto como parte de un conjunto, me parece un acto de justicia histórica con el escritor de Lares.

Las 104 columnas que componen Lingüística boricua, fueron organizadas por el editor siguiendo los criterios que una vez utilizaron para fines similares los clásicos Juan Augusto y Salvador Perea, quienes también se ocuparon de proyectos análogos en su Glosario etimológico taíno-español, impreso en la Tipografía Mayagüez Printing en 1941.  La idea de organizar los términos en topónimos, hidrónimos, zoónimos y fitónimos, y el afán por determinar la presencia de los términos taínos en el utillaje y el lenguaje de la vida diaria, no fue una decisión de Hernández Aquino sino de editor. La obra de Hernández Aquino, parece haber sido producto de procedimientos menos estructurados. Reorganizarlo en la forma en que lo hizo Hernández Cruz, facilita el acceso a lectores que desconocen aquella tradición  en una situación cultural en la cual la cuestión taína ha dejado de ser una prioridad investigativa.

Algo muy significativo de esta colección tiene que ver con el tipo de fuentes primarias y secundarias que manejó Hernández Aquino. Del producto se puede derivar una lección de metodología de carácter invaluable. Su curiosidad investigativa lo condujo a la confrontación meticulosa y crítica de una muestra significativa de los textos de Indias, de una variedad de fuentes etnográficas de diversos orígenes y de la historiografía puertorriqueña clásica. Las Crónicas, Relaciones, Descripciones, Cartas, Memorias e Historias de la conquista y colonización, son una fuente que ha sido consultada desde el siglo 19. Volver a ellas en pleno siglo 20, fue uno de los ingredientes esenciales en la revitalización de la discusión de la Identidad en la frontera de la Hispanidad que caracterizó aquel periodo.

El  Archivo de Indias dejó en manos del investigador una serie de piezas que ofrecen pistas sobre las labores realizados por los indios encomendados y repartidos a los conquistadores y colonizadores a principio del siglo 16. Se trata de nóminas laborales que destacan el papel de los Caciques y Nitaínos, como intermediarios en la entrega de Naborias a los cristianos para que estos ejecutaran una diversidad de tareas en las minas, las estancias coloniales o en las haciendas del Rey. En los mismos se registraba el pago de la cacona a los obreros indios. La retribución se limitaba a  una camisa de presilla, una caperuza, unos carahueles o calzones, o unas alpargatas.

Un resultado neto de la búsqueda de Hernández Aquino fue que, en aquellos pliegos, se registraban los nombres propios de los taínos quienes, una vez cristianizados, veían como se desplazaba su nombre ancestral a la condición de apellido: se trataba de un simbólico desplazamiento del Yo. El sistema, dominado por los valores hispano-europeos y católicos, se imponía a los Naborías, Caciques y Nitaínos, mediante  un proceso de cristianización forzosa y abusiva en ocasiones, y aparentemente voluntaria en otras.

De este modo comienzan a aparecer Catalina, Isabelica, Leonor, Luisa, Martina, Beatriz, García, María y Alonso,  entre otros muchos. Aquellos apelativos hispano-europeos se juntaban con los patronímicos Aracibo, Jamaica, Caguama, Aramaná, Caona, Carate, Cucana, Duey, Guacabo, Macanea, para producir un efecto único. El contacto con aquellos detalles estimula al lector a inventar una imagen de carne y hueso del taíno y el naboria común. El efecto es que el taíno deja de ser una metáfora y se convierte en un hombre o una mujer que vivía una transición que le resultaba incomprensible. En ello radica la originalidad de esta obra.

Una cuestión que de inmediato se puede proponer es ¿por qué la propuesta interpretativa de Hernández Aquino fue relegada al olvido por tanto tiempo? ¿Por qué esta colección no vio la luz pública  sino hasta el 2012? La colección “Lingüística boricua” fue, por decirlo de algún modo, el último signo de una tradición. Con aquellas columnas se cerró un ciclo del tema taíno en la historia cultural puertorriqueña. Desde 1974, la discusión del tema de indio sufrió una conmoción y el revisionismo crítico se impuso hasta bien entrada la década del 1980.

Un hecho decisivo fue la renovación de los estudios de lingüística arahuaca  desde 1974. En aquel proceso cumplió un papel destacado el investigador cubano Juan José Arrom (1910-2007). Arrom fue el artífice del rescate, modernización y anotación del texto Relación acerca de las antigüedades de los indios, las cuales, con diligencia, como hombre que sabe la lengua de ellos, las ha recogido por mandato del Almirante. Su autor, Fray Ramón Pané religioso gerónimo mendicante, había producido aquella memoria, producto del interrogatorio a Behíques y Caciques taínos de La Española por orden de Cristóbal Colón. Se trataba de un documento de primera mano que había sido pensado, investigado y redactado probablemente entre 1494 y 1496.

La versión Arrom, ensayista, lingüista y crítico literario egresado de Yale y profesor Lengua y Literatura en dicha institución, fue publicada en 1974 en México y revolucionó los estudios de los naturales de las Antillas. En 1975 Arrom añadió a la bibliografía del asunto de los taínos, su  Mitología y artes prehispánicos de las Antillas, volumen en el cual vinculó la estética y la mítica taínas, sobre la base de un complejo estudio de los dialectos hablados en las islas y su relación con otras lenguas indígenas continentales.

Otro factor cultural significativo fue la publicación en 1976 de otro volumen breve, El mito taíno: raíz y proyecciones en la Amazonia continental, bajo la firma de Mercedes López Baralt. López Baralt era especialista en literatura y dominaba la lengua quechua, idioma que había estudiado en Perú y en Estados Unidos. El aspecto revolucionario de aquel ensayo estribaba en la aplicación de la antropología cultural y simbólica a la cultura taína. López Baralt fue la primera que miró el asunto de los taínos a la luz de la antropología estructural de Claude Levy-Strauss.

El otro elemento decisivo para el olvido de la obra de Hernández Aquino fue la revolución intelectual que significó el fenómeno de la “Nueva Arqueología Puertorriqueña” desde 1977. Aquel año, los arqueólogos Luis Chanlatte Baik e Ivonne Narganes Storde, adscritos al Centro de Investigaciones Arqueológicas de la Universidad de Puerto Rico, presentaron los resultados de una investigación determinante. La misma giraba alrededor de unos hallazgos en el sector La Hueca de Vieques. Como resultado de ello, identificaron lo que denominaron una nueva cultura agro-alfarera anterior a los taínos. Con posterioridad el arqueólogo Miguel Rodríguez corroboró la presencia de aquella cultura en Puerto Rico, en Punta Candelero, Humacao. Chanlatte y Narganes ampliaron sus indagaciones en Sur América y establecieron que el punto de origen de aquella cultura estaba en los Andes de la moderna Bolivia y Colombia.

Con aquel ciclo de hallazgos el lenguaje utilizado para la explicación del fenómeno de los indios cambió. Hernández Aquino quedó al margen de aquel proceso revisionista. En la década del 1980, los parámetros para la interpretación de las culturas naturales en el país habían sido revisados. Lo que ocupaba la atención de los que entonces nos formábamos en Estudios Puertorriqueños, era el debate sobre la pertinencia del esquema interpretativo de Chanlatte y Narganes ante el de Ricardo Alegría y el problema de la revisión de lo indígena en aquel momento de inflexión del discurso identitario.

Dos libros volvieron sobre el asunto de los taínos a mediados de aquel decenio. Uno fue obra de Osvaldo García Goyco titulado Influencias mayas y aztecas en los taínos de las Antillas Mayores publicado en 1984. El mismo llamaba la atención sobre los paralelos entre los naturales insulares y las altas civilizaciones mesoamericanas. El otro fue producto de Ricardo Alegría: se trata de Apuntes en torno a la mitología de los indios taínos y sus orígenes suramericanos que salió de imprenta en 1986. En el mismo Alegría reafirmaba la tesis de que las fuentes de las culturas agro-alfareras de Puerto Rico había que buscarlas en Sur América.

El lenguaje cambió, es cierto. Pero eso no fue todo: también se alteró el foco de interés en torno al asunto de los taínos. Hasta Hernández Aquino,  había dominado la apuntación e interpretación del lenguaje y la cultura taína, producto de una mirada insistente a las fuentes históricas y a los textos de Indias. Aquellas habían sido las fuentes privilegiadas de la hispanidad y la hispanofilia. Ahora la discusión se centraba en los nuevos hallazgos arqueológicos, la antropología estructural y la lectura simbólica de las tradiciones indígenas. La mirada había sido desviada hacia  el pasado americano de los taínos y se dejaba atrás, por el momento, su explicación  a la luz del descubrimiento o el contacto de 1493.

Hernández Aquino interpretaba como un pensador del 1950: los renovadores como pensadores propios de una época de revitalización de los estudios indígenas fenómeno con el cual, me parece, Hernández Aquino no estuvo en contacto. De la nueva hornada de textos, el único que citada casualmente el Diccionario… de Hernández Aquino, era García Goyco. La obra que hoy me ocupa se había convertido en una rareza. La idea de que ambas interpretaciones coadyuvan para la apropiación de lo taíno de una manera abarcadora y plural,  es posible hoy, pero no lo era en la década del 1980, década caracterizaba como se sabe, por la reevaluación agresiva del saber tradicional que tan bien representaba Hernández Aquino.

Yo me atrevo señalarle algunas ausencias a las reflexiones de Hernández Aquino en sus columnas. Si él estuviese vivo, lo haría directamente. Lo conocí poco antes de que falleciera y desarrollamos una amistad que, si bien estaba basada en la relación maestro aprendiz, nunca le faltó una dosis de respeto mutuo. Si pudiera le preguntaría por qué no profundizó más en la discusión del uso del nombre Borinquen o Boricua por la generación separatista romántica a principios del siglo 19. El general Antonio Valero de Bernabé, planeaba en  1821 denominar Estado de Borinquen a Puerto Rico cuando lo separara de España y lo integrara como provincia de la Gran Colombia. Y el mercenario, Luis Guillermo Doucoudray Holstein, quien planeaba en 1822 invadir a Puerto Rico por Aguadilla y convertir a Mayagüez en la capital de Puerto Rico libre, aspiraba bautizarlo como República de Boricua. Le hubiera preguntado por la versión de que el nombre de San Juan Bautista había sido Baneque y no Boriquén, de acuerdo con una versión que adjudicaba el  descubrimiento de la isla a un acto de insubordinación de Martín Alonso Pinzón, capitán de la carabela “Niña” entre diciembre de 1492 o enero de 1493.

De todos modos y con esto termino, los libros son para eso: para incitar el diálogo. Si hubo que esperar desde 1974 hasta 2012, para ver esta obra, bienvenida sea. Siempre es un excelente momento para pensar y reflexionar sobre la identidad. Gracias a Juan Hernández Cruz por hacer posible este proyecto.

Una reflexión sobre la Lingüística Boricua de Luis Hernández Aquino


  • Mario R. Cancel-Sepúlveda
  • Historiador y escritor

Comentario en torno al libro: Juan E. Hernández Cruz, editor. Luis Hernández Aquino y el estudio de las voces taínas en Puerto Rico (Lingüística boricua). San Germán: Editorial Xagüey, 2012. 429 páginas. Presentado en el Museo de los Próceres de Cabo Rojo el 11 de octubre de 2012

El volumen que hoy comento, recoge buena parte de las columnas redactadas por Luis Hernández Aquino entre los años 1970 y 1974, en torno a la herencia lingüística de los taínos presentes en el Puerto Rico de su tiempo. Los textos fueron difundidos en forma de columnas periodísticas, la mayoría de las cuales fueron publicados en el diario El mundo. El mundo fue un periódico hispanófilo y políticamente moderado fundado en 1919  que marcó una época en la historia del periodismo puertorriqueño. Otras columnas se difundieron en diversos periódicos y revistas de Puerto Rico y España. Cuando “Lingüística Boricua” se publicaba en El mundo, la empresa atravesaba por una crisis financiera que la condujo a su cierre definitivo en 1987.

 

Hernández Aquino y su tiempo

“Lingüística Boricua” es el testimonio de un momento de inflexión en la historia intelectual y cultural de Puerto Rico. La genealogía del interés de Hernández Aquino por los temas indígenas tenía un origen remoto. Debo recordar que la búsqueda de los “orígenes” constituyó algo así como un vicio para los autores que produjeron su obra en las décadas posteriores a la del 1940. La asociación de los años cuarenta al desarrollo del Puerto Rico moderno, urbano e industrial, y al populismo militante, resulta inevitable. Hernández Aquino es uno de los intelectuales más emblemáticos de aquel momento. El bagaje intelectual con el cual enfrentó aquellos tiempos difíciles poseía unas características peculiares que vale la pena mencionar.

Primero, llamo la atención sobre la vinculación de este escritor a tres de las propuestas literarias más influyentes del siglo 20. Hernández Aquino fue una voz clave para el Atalayismo,  el Integralismo y el Trascendentalismo, tres vanguardias literarias tardías, comprometidas con el análisis y reinvención de la Identidad Nacional con una voluntad que, por aquel entonces, resultada novedosa y retadora. El hecho de que Hernández Aquino fuese a la vez historiador del Modernismo y de las Vanguardias, ratifica su condición de figura protagónica de la historia cultural del país.

El Atalayismo, como se sabe, apareció durante el periodo que va del 1929 al 1935. En aquel entonces la Gran Depresión, el Nacionalismo Político y el Liberalismo Independentista con Antonio Barceló a la cabeza, tenían por tema central el problema político y cultural de Puerto Rico. En aquel contexto, hizo su aparición el Nuevo Trato. El carácter moderador de la política rooseveltiana y el papel de intermediario que cumplió Luis Muñoz Marín,  favoreció la implosión de las fuerzas independentistas y estadoístas. Ambas entraron en un proceso de fragmentación que hizo posible la hegemonía del Partido Popular Democrático tras las elecciones de 1940.

El Integralismo y el Trascendentalismo tuvieron su mejor momento entre 1941 y 1948,  años dominados por el fantasma de la escasez consecuencia de la Segunda Guerra Mundial y los inicios de la Guerra Fría. En 1945, Puerto Rico parecía encaminado a un cambio político radical de la mano de un líder carismático producto de la Depresión: Muñoz Marín.

Las vanguardias en las que militó Hernández Aquino reflexionaron sobre la Nacionalidad Puertorriqueña, su pasado y su futuro, tanto como lo había hecho la generación del 1930 de la cual era un heredero. La afirmación de la  Identidad Puertorriqueña ante la cultura estadounidense, fue una de las claves de la obra de Hernández Aquino. En aquella coyuntura, el autor hizo suyo el asunto de la figuración del indio y se dedicó a la revisión de aquella  cultura. Con ello se confirmaba la relevancia del pasado indígena en la definición de un Yo Colectivo moderno. Una de las pruebas más significativas de ello, fue su libro Diccionario de voces indígenas de Puerto Rico, publicado en 1970.

Es cierto que la integración de los valores del pasado indígena a la  Identidad Puertorriqueña no representó una novedad en la década del 1970. La recuperación del indio podría trazarse hasta el Romanticismo del siglo 19 y las figuras de Alejandro Tapia y Rivera, Ramón E. Betances, Daniel de Rivera y, en cierto modo, Eugenio María de Hostos. En ese sentido, nuestro autor daba continuidad a una aspiración en la cual se había invertido mucho trabajo desde antes de 1850. Hernández Aquino fue una figura esencial  en aquel proceso de recuperación del pasado indígena durante el siglo 20 y esa es una gloria que nadie puede escamotearle.

Hernández Aquino y su papel en  la historia intelectual reciente

Las columnas que incluye “Lingüística Boricua”, pueden apropiarse como una continuación o un complemento del Diccionario… de 1970. Desde mi punto de vista, tienen el valor de que aquí se documentan los debates y los pormenores de una indagación que el lexicón, por su diseño de registro de palabras,  no le había permitido presentar. El Diccionario…. (1970)  y la Lingüística Boricua (1970 a 1974), por su naturaleza y su contenido, representan un momento interesante de la historia cultural e intelectual de Puerto Rico en el siglo 20. Pero el potencial político de este tipo de reflexiones, todavía está por esclarecerse.

El Mundo, 4 de febrero de1966. De izquierda a derecha, sentados Luis Hernández Aquino, Antonio Coll Vidal, Obdulio Bauzá, Samuel Lugo; de pie Guillermo Bauzá, Gaspar Gerena Brás, Francisco Matos Paoli.

La década del 1970 fue un polvorín ideológico fértil para el surgimiento de planteamientos provocadores de todo tipo. En ese aspecto, el 1970 sólo es  equiparable a la década de 1930. El decenio del 1960 había sido testigo de la erosión y deterioro de la confianza de la gente en el proyecto defendido por el Partido Popular Democrático para Puerto Rico. El plebiscito del 1967 y el triunfo del Partido Nuevo Progresista en 1968, son el mejor ejemplo de ello. El 1968 vio la conmemoración del Centenario de la Insurrección de Lares, evento que sirvió de base para una revisión del pasado nacional que marcó la historia intelectual del país hasta el 1990. El interés por el tema del Grito y por la figura de Betances, renació con extraordinarios bríos. Hernández Aquino, lareño e independentista, aportó a aquel proceso no solo su Diccionario… y su Lingüística Boricua: en 1986 publicó en su editorial Sarobei, el volumen Betances, poeta, obra que me remitió con una nota personal en octubre de aquel mismo año a mi casa desde Bayamón.

Las razones profundas para el polvorín cultural que fue la década del 1970 y para la explosión de creatividad de aquel momento, hay que buscarlas más allá de la literatura y la historiografía. La década estuvo marcada por una crisis económica de proporciones gigantescas, análoga a la de 1929, y a la que inició en 2007 y todavía arropa al país. La Recesión de 1971, puso en entredicho los valores del libre mercado, y promovió numerosos proyectos de cambio, algunos radicales, a nivel global.

En Puerto Rico, la situación exacerbó la crítica al pasado populista, a la vez que estimuló el crecimiento de las fuerzas que defendían el estadoísmo como una acción legítima. Desde 1972 al presente, la historia política de Puerto Rico camina por una ruta distinta, alejándose cada vez más del panorama de la segunda posguerra. Hernández Aquino y sus libros son una expresión de aquel momento de cambio.

Hernández Aquino, el tema del indio y este libro

El centenar de columnas incluidas en Lingüística boricua, según han sido organizadas, recuerdan los criterios que una vez usaron para fines similares los clásicos Cayetano Coll y Toste y Juan Augusto y Salvador Perea. La idea de organizar los términos en topónimos, hidrónimos, zoónimos y fitónimos, y el afán por determinar la presencia de los términos taínos en el utillaje y el lenguaje de la vida diaria, no fue una decisión del autor. Se trata de un recurso del editor con el propósito de facilitar acceso a un material que hoy es desconocido para muchos.

El valor de esta colección, aparte de lo que significa como traducción de un momento de la historia intelectual de Puerto Rico, se encuentra en otra parte. La mayor virtud tiene que ver con  el manejo que hizo Hernández Aquino de las fuentes primarias y secundarias. Se trata de una lección de metodología de carácter invaluable. Su curiosidad investigativa lo condujo a realizar una lectura cuidadosa de los Textos de Indias y de la Historiografía puertorriqueña clásica. Es cierto que ese recurso no representaba una novedad. Las Crónicas, Relaciones, Descripciones, Cartas, Memorias e Historias de la conquista y colonización, son una fuente que ha sido consultada desde el siglo 19.

La novedad estriba en la revisión de ciertos  manuscritos del Archivo de Indias que documentaban los trabajos de los indios encomendados y repartidos a los conquistadores y colonizadores. Se trata de nóminas laborales que destacan el papel de los Caciques y Nitaínos, como intermediarios en la entrega de Naborias a los cristianos para que estos ejecutaran una diversidad de labores en las minas y estancias coloniales o en las haciendas reales. Esos papeles documentaban el pago de la cacona a los obreros indios: una camisa de presilla, una caperuza, unos carahueles o calzones, unas alpargatas a cambio de labor eran suficientes.

La lectura de Hernández Aquino documenta también los nombres propios ancestrales de estos taínos quienes, una vez cristianizados, veían como se desplazaba su nombre ancestral a la condición de apellido: se trataba de un simbólico desplazamiento del Yo. El lector se enfrenta a los nombres de pila cristianos al uso que se imponía a los Naborías, Caciques y Nitaínos, por medio de un proceso de cristianización forzosa y abusiva en ocasiones, y aparentemente  voluntaria en otras. Así aparecen Catalina, Isabelica, Leonor, Luisa, Martina, Beatriz, García, María y Alonso,  entre otros muchos. Aquellos nombres de pila se juntaba con  Aracibo, Jamaica, Caguama, Aramaná, Caona, Carate, Cucana, Duey, Guacabo, Macanea, para producir un efecto imaginativo único: ayudar al lector a crea una imagen de carne y hueso del indio y el naboria común. El efecto es que el indio deja de ser una metáfora y se convierte en un hombre o una mujer que vivía una transición que le resultaba incomprensible. Yo los imagino reconociendo que los cristianos hispano-europeos, habían llegado a su mundo a rediseñarlo todo. La conciencia de que la comunidad, según la habían conocido, se encontraba en la frontera de su desaparición física debió ser común.

La publicación de Lingüística Boricua de Luis Hernández Aquino, su lectura cuidadosa, me ha resultado inspiradora. Tengo que confesar que me ha ofrecido un modo alternativo, menos etéreo y más material de apropiar al indio, al taíno, al arahuaco insular que habitaba este territorio antes de la llegada de los europeos. Mi reflexión va en un camino más complicado. La concepción de que la Conquista aspiró a ser un movimiento aplanador se confirma. La meta de los cristianos hispano-europeos era hacer de las tierras y las gentes descubiertas un espécimen hispano-europeo. Libros como este me demuestran las múltiples fisuras de aquella propuesta demoledora.

La Identidad se construye sobre las bases del trabajo y la palabra. Luis Hernández Aquino lo sabía. Purgando un lenguaje se encuentran múltiples trazas de lo que  fuimos o imaginamos haber sido. Recuperándolas se comienza a abocetar las posibilidades de lo que podernos ser.

Cuento en Puerto Rico: Recorrido desde el canon hasta su paroxismo y ruptura (Parte 2)


  • Sonia Galindo
  • Estudiante Graduada
  • Pontificia Universidad Católica de Ponce

Demos paso entonces al tema de la casa, empecemos con tres cuentos representativos del canon: “Dos vueltas de llave y un arcángel” de René Marqués, “Los inocentes” de Pedro Juan Soto y “El sapo en el espejo” de Emilio Díaz Valcárcel. En el primer cuento hay una niña que es abusada por un vecino y su padre decide echarla a la calle por puerca y sucia. Una prostituta la recoge y la vende a un chulo quien la viola en varias ocasiones. La mantiene encerrada bajo llave para aplicar el control total sobre ella y alejarla del mundo que le rodea. Cuando ella pretende escapar, su dueño le corta la espalda hasta que ella lo acepta como un ángel que viene a acariciarla. En este cuento es importante ver las características de Miguel, el chulo, puesto que hace referencia a las particularidades de un anglosajón: rubio, de ojos verdes y de fuerte fisionomía; aunque ella lo asimila con San Gabriel Arcángel. En adición, en la calle se verán marinos por doquier buscando sexo. Claramente, observamos como Marqués ha presentado a la niña abusada como Puerto Rico y el que la ultraja y la vende para sacar dinero es Estados Unidos. En su condición de vivir encerrada siempre tiene nostalgia de volver a ver los árboles y los ríos. Su fijación reside en la nostalgia, en la mirada al pasado. Sugiere el cuento que por falta de una familia y un padre esta se ve obligada a prostituirse. La ausencia de la figura paterna la lleva al desorden de su existencia teniendo que sustituirlo por su opresor. El cuarto donde ella está obligada a permanecer se vuelve una extensión de la calle con sólo dos vueltas de llave que permite la entrada de los solicitantes sexuales. Al estar cerrado el cuarto ella aspira a su tierra.

Emilio Díaz Valcárcel

“Los inocentes” de Pedro Juan Soto es también un cuento que participa de los postulados del canon sobre la identidad nacional. Aquí el padre está ausente; sin embargo, la triada se da gracias a la madre abusada por su hijo, el hijo que sufre de retardación mental y la hija mayor que trabaja en una fábrica. El cuento toma lugar en Estados Unidos, dando a entender que son emigrantes de Puerto Rico. El niño está enfermo. El narrador sugiere que es consecuencia de abandonar la patria. La descripción de la hija reside en argumentos de vanidad y frivolidad mirando su rostro y su cabello en el espejo con detenimiento. La hija decide llevar al niño a un manicomio para que le den el servicio que necesita y no maltrate a su familia. Soto expone la decadencia moral de la familia gracias a la ausencia del padre y la salida del país. Menciona en varias ocasiones el hecho de que el niño estaba mejor en Puerto Rico. Esta postura de la mujer dirigente traerá a colación una posición misógina que más adelante estudiaremos.

“El sapo en el espejo” de Valcárcel nos lleva también al aspecto de la casa y de cómo la guerra daña un hogar al provocar la amputación de las piernas del hombre. Éste siente que no puede complacer a la mujer, no puede cumplir con su papel de hombre de la casa. Su esposa cansada de discutir sale a la calle, pero allí reconoce su posición de mujer sufrida y vuelve para encontrarse a su marido croando y saltando como un sapo. Es interesante como las voces de la vecina con su amante, voces que llegan desde la pared, van determinando quien es él. Sin embargo, no es una voz de la calle, sino que puede escucharse desde el interior de su casa como un criterio de su personalidad. Esa casa y las voces que vienen de afuera demarcan quien es él; claro está, la consecuencia es su locura, la enfermedad mental viene por factores exteriores y se ha infiltrado al interior de la casa y de él. Esto cumple con los requisitos de la analogía de que Puerto Rico define quien es desde adentro, pero la voz de afuera, lo que el gobierno de EU opina y ordena sobre la participación de los puertorriqueños en la milicia, provoca el caos y la desestabilización.

Bajo este mismo tema podemos estudiar “La Galería” de José Luis González en que presenta al hijo que se ha marchado de su casa pero “no lo suficientemente lejos”. La galería es un cuarto de la casa donde se reciben las visitas de gente importante y es donde los dos padres de las dos triadas permanecen hablando. Los hijos recorren las afueras del campo con la complicidad de un encuentro pasional -esto nunca ocurre dentro de la casa cuando se trata de canon- las mujeres, madres, están en la cocina haciendo sus labores obligatorias de vivir en el patriarcado. El hijo ve la injusticia que se celebra en una familia y se calla en la otra; nunca se protesta porque la familia no debe nunca llegar a discusiones de discrimen o supremacía racial. El silencio molesta al hijo pero este permanece recordando, bajo nostalgia agresiva, la casa, el camino y el hogar. Ya en este cuento comienza a explorarse lugares intermedios que rodean la casa como el camino y los alrededores.

Sin embargo, en 1972 publica Gustavo Agrait su cuento “El pecado” en el cual el príncipe rico, de un país desconocido, deja todo para convertirse en asceta pero dentro de su corazón habitaba la nostalgia y el deseo por volver a su hogar. Al morir se sintió “el rumor de alas membranosas” y un desagradable “olor a azufre” por su viaje al infierno. Quizás por esta ruptura con la norma Agrait no entró dentro del canon. Podemos decir que esa nostalgia por la casa trae una maldición a la vida presente y futura de un ser humano. Pensar en la casa, para Agrait, implica muerte segura, nunca paz y balance. Interesante el aspecto que reinicia el uso de personajes extraños a nuestra colectividad y hemisferio como en el pasado lo hacía el modernismo.

Manuel Ramos Otero

Siguiendo esta ruptura con el tema de la casa debemos mencionar “Casa clausurada” de Manuel Ramos Otero. El simple hecho de llevar toda la narración desde la puerta de la casa, puerta que se mantiene cerrada hasta el final provoca una especie de miedo en el personaje que teme de encontrarse con su pasado, prefiere su actualidad. Notablemente, el lugar donde ocurre la trama no es dentro de la casa sino en el pórtico, en la entrada, frente a la puerta cerrada. Este lugar intermedio propone un desplazamiento de la casa hacia márgenes inexplorados. En “El telefónico” de Luis López Nieves, por ejemplo, la casa es devoradora, es la que provoca la decadencia de este individuo que se encierra permanentemente en su casa para hablar por teléfono. El teléfono es su interacción con el mundo, su salida a la calle. Su temor provoca su consumación. El miedo a la calle y el encerrarse en la casa destruye al individuo. Es claro que estos dos cuentos presentan una violación a la reverencia de la casa. Uno teme entrar para no revivir el pasado, el otro demuestra como la obsesión con la casa (la identidad y lo nacional) sin miras a abrirse al mundo enajena la vida y la posibilidad de desarrollo.

Es curioso ver como en este nuevo fluir de la literatura todavía se intentaba escribir desde la mirada del canon, el mejor ejemplo lo es “La familia de todos nosotros” de Magali García Ramis. En este texto la tía de la familia sufre de lo que el tío Geño y Lydia llamarán derrotismo. Encuentran, a través de una auscultación en el árbol genealógico, que es una nostalgia por la casa paterna y por su tierra. Toman entonces la medida de restregarle tierra en los pies para que logre mejorar de su derrotismo y depresión. En el cuento se emiten ciertas aseveraciones que nos recuerdan el eñangotamiento en Insularismo cuando el tío Geño (en este caso el representante del padre) dice:

…Nosotros somos por naturaleza derrotistas, está en todos estos documentos. A unos les da por morirse, a otros por olvidarlo todo bebiendo, otros se ponen a trabajar como animales–hacemos lo que sea con tal de no pensar en la situación, en esta vida que llevamos. Somos fuertes porque aguantamos, pero desde que nacimos, nacimos ya sintiéndonos derrotados.

A esto Lydia le contesta que también hay otros que además de enfermarse, les da por irse, refiriéndose a su tío Geño que vivía en Nueva York. Es también notable el valor que se le da a la casa cuando aseveran “no hay casa como la paterna”. Al final termina con la frase: “cumplía un siglo de ser familia y todavía no se conocía bien ni conocía bien nuestra tierra. “La familia de todos nosotros” brinda una importante posición jerárquica al padre, una valoración extrema a la casa y a la tierra. Los argumentos utilizados, claramente canónicos, exigen a su vez una reflexión de los puertorriqueños a su condición de derrota, demandan una mirada permanente a la historia, al pasado que lo conforma para entenderse y conocerse, para no repetir los mismos errores. Asimismo, el cuento es más bien un texto de enseñanza para que Puerto Rico reflexione sobre sus decisiones y no vuelva a repetirlas. En cambio, fundamenta el conocimiento para lograr amarse y conocerse como país, aumentar su orgullo pero con más definición en su identidad.

Nota: Tomado con permiso de la autora de Contra-dicciones

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