La novela puertorriqueña en el momento del populismo


  • Mario  R. Cancel
  • Escritor e historiador

Las grandes transformaciones económicas y sociales que vivió Puerto Rico tras  la Segunda Guerra Mundial y la temprana Guerra Fría, estimularon la revisión del discurso nacionalista que animó a numerosos sectores asociados a la Generación de 1930. Las consecuencias de ello fueron que se afirmó la dependencia de Estados Unidos. En aquel proceso Puerto Rico desarrolló un nuevo rostro en donde las ciudades y la emigración del campo al pueblo y del pueblo a la metrópoli, erosionaron la idea del “jíbaro” convirtiéndolo en un mito propio para la empresa del turismo exótico. El populismo en el poder desde 1944, movimiento comprometido con la protección paternal del “jíbaro”, aceleró su desaparición en nombre de la modernización, la derrota del hambre y la revolución industrial.  El Estado Libre Asociado de 1952, una relación estatutaria configurada como  una forma de Libre Asociación entre dos Estados Soberanos, culminó aquel proceso en el plano político. La estabilidad política y el crecimiento material que se experimentó hasta 1960, hizo que muchos intelectuales favorecieron los cambios que estaban ocurriendo. Ese fue el caso de narradores como Ernesto Juan Fonfrías o el el historiador Arturo Morales Carrión.Otros, sin embargo, miraron con desconfianza los mismos porque pensaron que los costos sociales, políticos y culturales para Puerto Rico podían ser muy altos. Aquel segmento de la intelectualidad concluyó que la situación representaba una amenaza para la cultura puertorriqueña. José Luis González  y Emilio Díaz Valcárcel, narradores y ensayistas son quizá los modelos más ejemplares de ello. la voluntad de interpretar el cambio fue crucial en todos los casos comentados.

Lo que la crítica tradicional denominó la Generación de 1950,  compartió muchas de la ideas de los intelectuales del 1930. El dramaturgo, narrador y ensayista René Marqués (1919-1979) y la historiadora de la literatura Josefina Rivera de Álvarez (1923- ), interpretaron la literatura del  1950 como la culminación lógica de aquella. La explicación historicista es valida pero posee ciertas lagunas. Me parece que no es legítimo presumir una continuidad limpia entre la expresión literaria de os momentos tan disímiles. Una de las lagunas tiene que ver con el hecho de que uno de los referentes más cultivados por la Generación de 1950 fue el mundo hispanoamericano. El Puerto Rico hispano e hispanófilo del 1930 fue reinterpretado sobre la base de su conexión histórica y cultural con el orbe panamericano. Las coincidencias entre ese lenguaje y el de la política internacional después de la II Guerra Mundial son visible, pero no explican todo el asunto. A pesar de que todavía se reconocía la relación de sangre con la hispanidad, la hispanoamericanidad se impuso como un norte. Detrás de todo aquello había una voluntad de revisar los esquemas del 1930 y reconocerle una nueva complejidad a la identidad puertorriqueña. En ambos extremos, la relación con la cultura estadounidense resultaba contenciosa. La victimización de España en el 1898 fue sustituida por la victimización de Hispanoamérica en la era del Punto IV y la doctrina Hsrry S. Truman. Para los escritores del 1950, como para los del 1930, la conciencia identitaria que se inventaba se traducía en una expresión de resistencia a los patrones culturales estadounidenses.

En el campo de la novela,  la hispanoamericanización de la literatura tenía que ofrecerse “más allá de la novela de la tierra” según había sido modelada por la narrativa de Rómulo Gallegos (1884-1969) y Horacio Quiroga (1878-1937). El proceso de urbanización e industrialización, la Revolución Democrática y Pacífica del populismo, así lo reclamaba. Dado que Enrique Laguerre era considerado el gran “novelista de la tierra,” lo que estaba sobre la mesa era la superación de la tradición ruralista y modernista que aquel autor había impuesto. La finalidad era conseguir una expresión literaria acorde con los tiempos nuevos más allá del laguerrismo de la tierra.   La otra fuente del 1950 fue la tradición estadounidense de lo que se denominó alguna vez la Generación Perdida y la literatura preocupación social que floreció en aquel país después de la II Guerra Mundial. La Casa Letrada Nacional -la intelectualidad puertorriqueña- se estaba formando en instituciones universitarias norteamericanas que la condición de ciudadanos de Estados Unidos había abierto para ellos. La combinación del cambio social acelerado de una sociedad tradicional a una moderna, que fue la preocupación fundamental de los sociólogos que observaron el fenómeno en los años 1960, y la inserción de los escritores en la red universitaria americana, produjo un discurso literario que apropio lo urbano a la vez que  literaturizó el cambio social desde una posición crítica. Ernest Hemingway y William Faulkner hicieron acto de presencia en el lenguaje de numerosos escritores nacionales.

1950Los novelistas se apoderaron también de los artefactos de las vanguardias de la literatura hispanoamericana y europea. Aquel fue un momento de rebelión contra la novela tradicional. La erosión del canon moderno comenzó en firme. Sin embargo, dado que la identidad nacional continuó siendo el centro de la discursividad literaria, el proceso no condujo al rechazo del realismo social como ocurrió, por ejemplo, en cierta escritura europea. La idea de la modernidad amputada o la evolución tronchada o de que Puerto Rico no ha podido completar su destino, confirmó la validez de la psiquis realista. Lo contrario hubiese sido visto como una irresponsabilidad. Los novelistas todavía se sentían responsables de ser la voz de un pueblo y de elaborar una crítica al orden social y político en su producción cultural. Los innovadores recursos técnicos no entraron en conflicto con el compromiso cívico en la escritura. Los novelistas del 1950, como los del 1930, se fijaron en los fondos rurales. Pero la discusión  fue muy distinta: en 1950 la ruralía agonizaba. Los novelistas de la era de la industrialización y la urbanización reconocieron la amenaza que el cambio acelerado representaba para aquel viejo signo de pureza. La amenaza que veían cernirse sobre aquellos espacios estimuló una mirada nada romántica de la sociedad rural. Si Laguerre todavía manifestaba resabios del pintoresquismo criollista, ese elemento desaparece de la narrativa del 1950. El paisaje dejó de ser un personaje como en la novelística de Laguerre, o un ornato como era el caso de la narrativa de Zeno Gandía, los dos fundamentos del canon. El peligro de que le pintoresquismo y la nostalgia se interpretaran como una propuesta reaccionaria era enorme.

El mundo urbanoindustrial seguía siendo interpretado como un atentado contra la ruralía. Pero los novelistas no podían evitar que el pueblo hiciera suyo aquel espacio en donde hallaba una promesa de mejoramiento social y económico de acuerdo con el mito progresista. La preocupación por sobrevivir en la urbe hizo acto de presencia con toda su fuerza y la idea neocriollista de “volver a la montaña” dejó de ser atractiva. La ciudad como esperanza fue el mito que el populismo en el poder, con su afán civilizador, impuso. La vida del emigrante del campo a la ciudad equivalía a una rueda de la fortuna en la cual nada estaba garantizado ni negado. El cambio acelerado se interpretó como un problema fenomenológico y existencial. Aquella escuela filosófica francesa, concebía el ser como una construcción constante a la vez que aceptaba que la vida podía ser una experiencia angustiosa y amarga. Una actitud pesimista ante las cosas del mundo animó mucha de aquella escritura.

El asunto del discrimen contra la migración puertorriqueña en Estados Unidos o la diáspora en Nueva York, un discurso que iba de la mano de la crítica del American Dream en tiempos de emigración masiva, también se impuso. El papel que se le asignó a Puerto Rico en la estrategia de los Estados Unidos durante la Guerra Fría bajo la presidencia de Harry S. Truman, preocupó a los novelistas. Un tema común fue la participación de los puertorriqueños en las guerras americanas derivadas del conflicto entre capitalistas y comunistas, asunto que nunca levantó el más mínimo resquemor cuando se trató del pasado hispano. se trata de un asunto persistente hasta la década de 1970 que nunca ha desaparecido del todo de la discusión nacional.  Por último, los novelistas  iniciaron una meditación sobre el impacto de los medios masivos de comunicación en la gente. El tema del consumo conspicuo y la enajenación social, propio de las izquierdas de su tiempo, es patente en la narrativa. Aquella preocupación también se patentizó en el pensamiento del caudillo populista Luis Muñoz Marín durante la última parte de su vida. Los medios masivos terminaron siendo despreciados por la intelectualidad como un instrumento de devaluación del saber. En general, se trató de una promoción que expresó una enérgica resistencia al cambio y una gran perspicacia en torno a hacia donde conducían al pueblo los cambios acelerados que acaecían en el país desde el fin de la II Guerra Mundial.



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