Narradores 2000: Luis López Nieves, El corazón de Voltaire


  • Mario R. Cancel Sepúlveda
  • Catedrático de Historia y escritor

 

López Nieves, Luis, El corazón de Voltaire. Bogotá: Norma, 2005. 228 págs.

El corazón de Voltaire: una lectura

El corazón de Voltaire, novela de Luis López-Nieves, lleva al lector otra vez por los caminos del juego. Se trata de otra intriga laberíntica como la que el autor desarrolló con tanto éxito en Seva (1984) y en La verdadera muerte de Juan Ponce de León (2000). El elemento técnico renovador es el que todo el texto, epistolar de rabo a cabo, se sostiene sobre la estructura escritural del correo electrónico.

El lector se enfrenta a la obra como lo haría a cualquier otro texto epistolar clásico. Organizando las pistas que se ofrecen en las notas de la red de corresponsales, se reconstruye el rompecabezas de la novela sin dificultades. La inserción esporádica de algún manuscrito hallado y el juicio privado y fresco que se realiza en un medio que no se redacta para el público, redondean el texto dándole una transparencia inusitada. Este tipo de narraciones han convertido a López Nieves en el maestro de la intriga. Se trata de narraciones insidiosas que capturan al lector en las primeras páginas y lo conducen, como otro Caronte, por el camino del Leteo.

Luis López Nieves

Luis López Nieves

La clave de la novela es la duda sobre la autenticidad de una reliquia central en el imaginario francés: el corazón de Voltaire ubicado en Biblioteca Nacional de París. Voltaire es el signo de la cultura ilustrada y racional. La búsqueda de ese signo de saber consagrado se convierte en una metáfora muy valiosa sobre la situación de los valores modernos en el siglo 21. Se habla de unos valores modernos que desfallecen en la alocada postmodernidad. La pertinencia de este texto resulta, en consecuencia, evidente.

Para estos personajes autenticar la reliquia se convierte en una meta que se busca con desesperación al amparo de uno de los mecanismos más preciados que le heredó la modernidad a esta civilización: la ciencia. Tratándose de Voltaire no podía ser de otro modo. Si se tratase del corazón de Nietzsche la búsqueda hubiese tenido que hacerse de otro modo. Es como si la crisis de la Francia imaginaria que dictó pautas al mundo europeo con el dogma de la revolución de 1789 se volviese sobre sí misma en un proceso de auto inquisición.

La intriga laberíntica se construye con documentos históricos imaginarios. Los ejercicios de ruptura y la elaboración de una irrealidad están dispersos por todo el libro. La duda sobre la reliquia, la teoría de que Voltaire había cambiado en la ancianidad, la existencia de un descendiente llamado Gabriel Daumart en Puerto Rico y la aparición de la figura enigmática de Gustave de Tamerville, el doble, redondean el misterio y mantienen al lector avisado de las rutas alternas de la trama.

La parodia de la historia y el historiador que tanto he gozado en el Borges de “Funes, el memorioso”, se enrosca en El corazón de Voltaire. Borges hizo la crítica del historiador por medio de la caricatura de la memoria infinita que, incapaz de discriminar detalles, se cancelaba a sí misma hasta la muerte. Los textos de López Nieves sin embargo se concentran en el remedo del trabajo mecánico que realiza todo historiador profesional. Las intuiciones, las pasiones, el olor del papel viejo, la genealogía, la nota anónima y el manuscrito recién hallado, representan papeles importantes en su procedimiento paródico.

El subgénero negro y policíaco se ve superado en este texto. Aquí la intriga se tuerce sobre sí misma con una complejidad que recuerda el carácter circular del relato en La doble muerte del Profesor Dupont publicada por Alain Robbe-Grillet en 1953. La incapacidad de Garinati para asesinar al doctor, genera 24 horas más tarde una situación para que el doctor muera a manos del detective Wallas. En esta novela de López Nieves, la duda inicial sobre la autenticidad del corazón, conduce a la ratificación de la validez de la reliquia entre julio de 2002 y abril de 2003.

Lopez_VoltaireEl genetista Roland de Luziers y la historiadora Ysabeau de Vassy son los encargados de conducir la indagación sobre la legitimidad de la reliquia. Se trata de dos seres en los cuales la pasión y las convenciones científicas conviven de una manera meridiana. Ese hecho los carga de humanidad y autenticidad. Los historiadores y los genetistas no son máquinas racionales siempre. En efecto, Luziers fue preso de una racionalidad enfermiza, pero el callejón sin salida de la búsqueda le obliga a tomar en cuenta las posturas aparentemente sin fundamento del atrevido historiador Claude Durieu.

Durieu aseguraba que en sus últimos años Voltaire no era Voltaire. Aquella propuesta considerada irracional por su carácter anticientífico e intuitivo, se convierte en la clave para determinar la verdad y la autenticidad definitiva del corazón de Voltaire. En verdad, decía Nietzsche, la verdad (la historia) no es más que la consolidación de las metáforas (mentiras). Esto parece decirnos esta novela y su carácter devastador y lúdico no tiene precio.

Al final del camino el mito sobrevive en la medida en que el estado francés se incauta del producto de la investigación por considerarlo potencialmente lesivo a los intereses de la nación. La imagen histórica oficial de Voltaire, como la de cualquier figura canónica del pasado, es un frágil castillo de naipes. Sustraer una sola de las cartas puede conducir a que la estructura total sea cuestionada. El mito cívico es más importante que la verdad histórica. La lectura de una denuncia sobre la validez de las culturas oficiales es clara en el entramado de El Corazón de Voltaire.

Luis López Nieves deja una obra de alta calidad para la literatura puertorriqueña. El paisaje de la novela puertorriqueña se enriquece con El corazón de Voltaire. En lo personal me alegro que en sus viajes Voltaire hubiese estado circunstancialmente en Puerto Rico. A lo mejor, después de disfrutar un maví traspapeló otra historia apócrifa que en Puerto Rico heredaron los Betances, los Ruiz Belvis o los Vizcarrondo. Estos viajes del Voltaire escaldado son otra aventura que queda en el tintero. En algún momento encontrarán su escriba.

Albizu Campos en la novela: el caso de Luis Abella Blanco (I)


  • Mario R. Cancel
  • Escritor  e historiador

Uno de los aspectos más polémicos en la investigación de la historia del Nacionalismo Puertorriqueño y de la figura de Pedro Albizu Campos, ha sido la naturaleza de las relaciones de esa organización con las izquierdas  en la década del 1930, en particular con el Partido Socialista. El texto en el que ahora me ocupo, La República de Puerto Rico. Novela histórica de actualidad política,  escrita por Luis Abella Blanco, ofrece pistas de inmenso valor sobre la imagen del Nacionalismo y de Albizu Campos es un escritor Socialista Amarillo a fines del periodo aludido. Se trata de un momento muy peculiar. Después de todo, desde 1934 el Partido Nacionalista se hundió en la peor de sus crisis políticas y amenazaba con disolverse en medio de disensiones graves. La crisis fue producto tanto de la persecución política de las autoridades policíacas coloniales como federales (1934-1936); así como de los cuestionamientos al liderato de Albizu Campos resumidos en la casi ignorada “Carta a Irma” de José Monserrate Toro Nazario (1939).

Abella Blanco era un líder socialista moderado que poseía, según su foto pública, el señorío de un buen burgués. Sus posturas sintetizan la opinión del movimiento encabezado por Santiago Iglesias Pantín en nombre de la clase obrera. El autor estaba muy consciente de los reparos políticos del Nacionalismo hacia el anexionismo militante del liderato socialista. Iglesias Pantín se había transformado para los Nacionalistas en un icono de la traición. Fungiendo como Comisionado Residente en Washington, como se sabe, presentó en 1934 y 1935 sendos proyectos de Estadidad para el país por lo que el Nacionalismo armado atentó contra su vida en Mayagüez en 1936.

La narración de Abella Blanco se inserta en una larga tradición de sátira política que admite su ubicación al lado de obras poco conocidas como “Los viajes de Scaldado” (c.1889) de Ramón E. Betances, la buena literatura política de Lius Bonafoux en el modelo de “El avispero” (1892), o “El cuento de Juan Petaca” (c. 1912) de Salvador Brau. La parodia va en distintas direcciones -los Compontes en la primera, una ciudad local en la segunda, la Confederación de las Antillas,en la última-. Pero el tono de cinismo y desenvoltura es el mismo, rayando en los tres casos en la insolencia y la procacidad. Abella Blanco no se oculta mucho para hacer la caricatura literaria: usa pseudónimos  paródicos muy obvios para designar las figuras públicas que protagonizaron la vida civil de la década del 1930, elemento que facilita la lectura de la novela para cualquier persona enterada en la época.

El volumen usa como lema o preámbulo el poema “Bolívar” de Luis Lloréns Torres. El mismo adquiere un tono de irreverencia cuando se contrasta el tratamiento a Bolívar que inspira al poeta de Juana Díaz, con el que se da en la novela a Pedro Albozo del Campo, Libertador de Puerto Rico y Primer Presidente de la República en 1932. Lo más curioso de esa República, desde mi punto de vista, es su evidente genealogía dieguista,  tanta como la que el Nacionalismo reclamó para sí históricamente. Puerto Rico Libre resultará en una República con el Protectorado de Estados Unidos, condición jurídica que servirá para puntualizar su incapacidad para la Independencia en Pelo. El diseño de la república se teje alrededor de lo que he denominado en otro libro, el Proyecto Plattista de José de Diego. Lo más interesante del juicio del autor sobre esa incapacidad para la Libertad, es que Abella Blanco no la  adjudica al líder. El responsable es el Pueblo, que sigue siendo “niño” e incapaz para apropiar ese valor supremo de Imaginario Liberal que es la Libertad.

La narración novelesca inicia con un curioso proceso judicial contra Puerto Rico, que permite al autor aclarar la tesis del texto.  La Nación es acusada del delito de “incapacidad para regir sus propios asuntos” (7). El interrogatorio desemboca en una curiosa síntesis apasionada del pasado histórico nacional propio de la Generación de 1930. El 1898 fue el “gran colapso moral” (11) que produjo la pérdida de la moral y de la identidad. La diferencia es que España no es Madre Reverenda porque fue capaz de entregar a Puerto Rico como “botín de guerra” (10) a los americanos. España se ha transformado en una patética figura sanchesca.

Las respuestas al interrogatorio que ofrece el acusado, Puerto Rico, legitiman la Independencia como opción última, y justifican los medios para obtenerla. El pasado histórico inmediato y remoto no deja otra opción. Los contrastes entre la imagen de España y Estados Unidos son típicos de los pensadores anteriores al 1930: el pasado hispánico se dibuja con atributos  devastadores: el pasado estadounidense se mira con más condescendencia. España no pudo dar lo que no tenía: la llave de la Modernidad. No está de más recordar que los Socialistas de principios de siglo, tuvieron en el nuevo orden impuesto tras la invasión del 1898 un aliado invaluable. El impacto de aquella relación fue crucial en su percepción del problema del estatus y en el tenor de sindicalismo que practicaron bajo la soberanía sajona. Lo cierto es que el Partido Socialista sólo representó un peligro para el Capital extranjero y nacional, durante  las primeras dos décadas del siglo 20.

Del mismo modo, el Puerto Rico acusado se defiende por medio de otra discursividad dominante: la de la época del Nuevo Trato y el naciente Populismo. La idea malthusiana de la sobrepoblación (13), la esperanza en un futuro industrial redentor (15), entre otros argumentos, se combinan para criticar la “teratología jurídica política” que es la colonia (19). El juicio, como era de esperarse, quedará irresuelto. Pero esa situación embarazosa abrirá el camino hacia la Independencia, que es el tema del resto de la breve narración.

La cultura socialista de Abella Blanco es rica. La arquitectura del texto recuerda numerosos textos clásicos del pensamiento social decimonónico. La novela posee el tono magisterial y racionalista de la “Parábola” (1819) de Henri de Saint-Simon, el teórico de la Sociedad de los Industriales y, en cierto modo, uno de los antecedentes del Socialismo de Estado o del Corporativismo. Su redacción es análoga, por otro lado, al texto titulado  “Los enemigos de la Libertad y de la felicidad del Pueblo” (1832), de Augusto Blanqui por su redacción como si se tratase de las minutas de una inquisición jurídica intensa.

La República de Puerto Rico de 1932 se consolida tras un cuartelazo encabezado por Pedro Albozo Campos, y es sostenida mediante una interesante alianza entre la República y Estados Unidos por medio del “Tratado de Palo Seco” (43 ss). Pero la secuela de toda esta ficción es que el radicalismo albizuista, exclusivista por demás en la teoría y orgulloso de la Raza y la Nación, se suprime después de triunfo militar en la medida de que lo que se consolida es una sumisa República Asociada apocada, que depende financieramente de un empréstito americano. No solo eso, Puerto Rico Libre admitirá la construcción de estaciones carboneras para la Marina de Guerra de aquel país y no podrá tomar decisiones bélicas que afecten los intereses del norte. El tratado bilateral incluso reconocerá el derecho de intervención de Estados Unidos cuando aquel país lo considerase necesario. Los términos recuerdan lo mismo la situación de la Carta Autonómica de 1897, motivo jurídico de culto del Nacionalismo Hispanófilo Albizuista, en muchos aspectos. La República de 1932  disfruta de una Libertad Fingida, a la manera de su antecesora, la  República Cubana Plattista.

Una nota clave para entender el debate entre Nacionalistas y Socialistas se encuentra en la decisión del Gobierno de la República de declarar Persona Non Grata y expulsar del país a Santiago Monasterio Patín (43). Su imagen, un tanto exagerada, como el “Lenine de las Islas del Mar Caribe” (49), ratifica el respeto que los obreristas puertorriqueños expresaban a esa figura legendaria y contradictoria del Viejo Gallego. El problema que quiero resaltar es que la tensión entre Socialistas y Nacionalistas, estaba alimentada por las diferencias de estatus, no por diferendos en términos de la percepción de la clase obrera como fenómeno social o porque se cuestionara el compromiso que se debía manifestar hacia la misma. La pregunta que me hago es si un Partido Socialista independentista hubiese sido tolerado como un aliado por el Partido Nacionalista, y viceversa. Dado el hecho de que numerosos Rojos y Comunistas colaboraron intensamente con el Partido Nacionalista, al menos hasta después del fin de la Segunda Guerra Mundial, el planteamiento no me parece inapropiado.

Pedro Albozo del Campo es construido con los rasgos de un estratega experto: Albizu Campos fue Teniente Segundo del Ejército de Estados Unidos durante la Primera Guerra Mundial y leía ávidamente manuales de táctica. El Ejército Libertador, aprovecha el día de paga en el orbe cañero -sábado 4 de febrero-para articular un exitoso grito insurreccional en 8 localidades urbanas (31-32), eventualidad que sirve para resarcir simbólicamente el fracaso del 1868. El apoyo de una guerrilla rural a un vigoroso ejército formal compuesto por 7 brigadas que suman  100,000 efectivos (35-36), permite que el 8 de febrero de 1932, se asegure la Independencia. Los paralelos de estos combates con los inventados por Luis López Nieves en su clásico Seva (1984), no deben ser pasados por alto. ¿Se trata de la nostalgia por un pasado bélico inexistente?

La Independencia, sin embargo, no produce el efecto deseado. Lo que sucede al triunfo es una borrachera de la Libertad que impide el despegue de la economía nacional, por lo que los lazos de dependencia de Estados Unidos en lugar de romperse, se estrechan. La clave de la parodia es esa paradoja trágica para el independentismo inocente e idealista que ve en la Libertad una Panacea o la Piedra Filosofal del Relato Hegeliano.

Albozo del Campo, tolerante inicialmente con la nueva versión de la República Feliz de las Tres B’s que vive el país recién liberado, un Piripao Tropical, se verá precisado a imponer la ley y el orden con mano más que dura. Al reconocer que el Pueblo no está preparado para la Libertad, en “Proclama Oficial” del 27 de marzo de 1933, establece una dictadura férrea con tal de restablecer el orden y garantizar el desembolso del préstamo de 10 millones que espera sane la economía nacional (72-75). El signo de ese autoritarismo se traduce en  la censura, prisión y fusilamiento del director del periódico “El estoque” Guillermo Atila Garcés (84). Abella Blanco ha conseguido su meta: minar el proyecto Nacionalista y ridiculizar el culto a Albizu Campos, el Mártir. Sus argumentos, como demostraré en otros artículos, no representaba una novedad. Albizu Campos fue capaz de despertar todo el amor y todo el odio de quienes lo conocieron. En ese poder de conmocionar, radica buena parte de su grandeza.

Ahora, ¿cuál fue el futuro de la República de Puerto Rico?  Eso lo discutiré en otra ocasión.

Comentario en torno a Luis Abella Blanco. La República de Puerto Rico. Novela histórica de actualidad política. San Juan: Editorial Real Hermanos, 19–. 123 págs.

Seva: historia de una (re)lectura


  • Mario R. Cancel
  • Escritor e historiador

A Víctor Cabañas, colega tan ficcional como yo

La pregunta que me hago es sencilla ¿por qué vuelvo a leer este cuento?  Hace apenas 3 días volví ese relato clásico y escandaloso y la sensación fue como, en cierto modo, parecida a  la de la primera vez. Por eso voy a tratar de contestar esta interrogante personal del modo más intempestivo y peligroso. En diciembre de 1983 cuando me enfrenté a Seva en las páginas de un semanario socialista, me asaltó la misma emoción del hallazgo que invadió a tantos ilusos. Se trataba de una sensación contradictoria entre el dolor y la furia. Por aquel entonces yo acababa de cumplir 23 años, me habían expulsado de dos recintos del sistema público universitario por mi activismo político y, prácticamente. Era testigo de cómo se disolvían mis sueños de ser un historiador profesional.

El autor y Luis López Nieves

En 1983 ser historiador profesional significaba ser un cazador de la verdad más verdadera en el oscuro panorama colonial que se vivía. La verdad se hallaba velada por el manto de la mentira heredada o bajo el poder y la impertinencia del Otro y sus aliados: la intelectualidad colonizada. Seva cumplió aquel empeño por la verdad de la manera más cruda apoyándose en la fuerza de un mito procaz y morboso.  El descubrimiento de la masacre de un pueblo de la costa este de Puerto Rico por los invasores del 1898, era el mecanismo más apropiado para combatir en aquella época en que reverdecía la Guerra Fría bajo el palio del dueto Reagan-Thatcher. Yo era uno de aquello jóvenes que, desde la izquierda radical,  veían crecer aquel rejuvenecido derechismo, a la vez que reconocía la precariedad del Socialismo Real y las ficciones seniles con que trajinaba el Nacionalismo Cultural Hispanófilo domesticado por la cultura del populismo más conservador. Ninguna coyuntura podía ser más auspiciosa para el burla burlando, como el “Soneto de repente” de Lope, que acababa de producir Luis López Nieves.

Seva salió, ahora lo reconozco desde la comodidad de mi escritorio, un 23 de diciembre, dos días antes de la Natividad en el periódico Claridad, órgano en aquel entonces del Partido Socialista Puertorriqueño. La semana del 23 al 29 de diciembre terminaba en el Día de los Santo Inocentes. López Nieves y Luis Fernando Coss, entonces Director del semanario y a quien había conocido durante la huelga universitaria de 1981, completaron el lance perfecto. El problema no radicaba, pienso ahora, en el hecho específico del engaño o de tomarle el pelo a la gente. En aquel entonces la gravedad radicó en la cuestión de a quien le tomaron el pelo: a los historiadores más adustos, a los nacionalistas más comprometidos y a un segmento visible de las vanguardias políticas consideradas conscientes. La imagen retraída del intelectual objetivo, capaz de apropiar con sobriedad y desapasionamiento la realidad y de convertir el conocimiento era un instrumento eficaz de lucha, quedó en entredicho. Su capacidad para discernir entre lo posible y lo deseado, también. La procacidad de López Nieves lo colocó en una posición peligrosa y en objeto de unos medios de comunicación masiva que todavía resultaban amenazantes para las generaciones intelectuales dominantes.

Las elites intelectuales que adoptaron la ficción o lo deseado como una posibilidad, pisaban un terreno movedizo. Parecían malsanamente ansiosas por la posesión de la memoria de aquel hipotético derramamiento de sangre. Los hechos contados en Seva eran tan patéticos que podían opacar o devaluar la sangre nacionalista derramada en Ponce en marzo de 1937. Por la fecha en que surgieron, venían a mezclarse con la de dos chicos torturados en el Cerro Maravilla apenas en julio de 1978, conspiración que apenas comenzaba a develarse en toda su crueldad por aquel entonces. En verdad en el ambiente había mucho acelerante presente: el ficticio diario de Nelson A. Miles, citado por el inexistente historiador Víctor Cabañas, suprimía la descripción de los combates de los yanquis con los valientes sevanos entre el 6 de mayo y el 6 de junio de 1898 y lo reducía todo a una mera sugerencia de la estadística de los muertos.

La sangre y la violencia que se percibía por todas partes  en tiempos del atropellante Romerato, fue responsable de que la resistencia derrotada de los inexistentes sevanos causara aquel furor acompasado a los tristes acordes del leitmotif  “Seva vive”. Ni Betances, ni Hostos, ni José Maldonado el Águila Blanca, ni los combates de la Patrullas Volantes o Macheteros, habían sido capaces de levantar el diezmo de aquellas pasiones arracionales. De una manera oblicua y cínica, los vociferantes demostraban que no se equivocaban: las luchas políticas en Puerto Rico necesitaban de la ficción para mantenerse vivas.

La eficacia de Seva demostró que el desgano con el pasado heredado era una realidad exuberante. El país podía tener el pasado heroico o trágico que quisiera. Pero estaba constreñido a la posesión insegura del pasado que se merecía y en consecuencia, como podrían concluir  los buenos Liberales Progresistas, tendría que ajustarse al futuro que se había labrado. Seva demostró que la Nación, como había sugerido Ernest Renan en 1882, dependía también de “el error histórico”. Renan decía que “los estudios históricos (son) a menudo un peligro para la nacionalidad”.  López Nieves demostraba que la Literatura Creativa también podía serlo y de un modo más radical que la misma Historiografía. Hoy pienso que, después de Seva, los años de labor de creación de un orgullo nacional colectivo respetable que habían invertido los historiadores, resultaron perdidos. A los lectores les alcanzó el gatillo de la mentira bien urdida de un cuentista que dejaba morir felizmente  a 720 de 721 sevanos a manos de los yanquis para sentirse de otro modo.

Desde mi lectura de Seva en 1983 me cuestioné lo que significaba ser un historiador profesional. Yo era un tipo con carácter: no me gustaba que me engañaran. Algunos de mis maestros en la disciplina, pienso en Germán Delgado Pasapera, resintieron la publicación de aquella infamia ficcional de López Nieves y lamentaron su capacidad de adulterar el pasado y seducir a la recta razón. A mí me demostró que entre la Razón y la Pasión solo pende un hilo. También me aclaro que la relación del sujeto cognoscente con la realidad o la ficción, solo depende de la actitud y la decisión del sujeto. Claro que el cuento de López Nieves no tenía esas intenciones filosóficas ni nada por el estilo: el cuentista jugaba con la inocencia colonial más larvada de las clases políticas locales a la vez que configuraba su fisonomía de escritor a la manera de un Orson Welles tropical. Seva me convenció de que para ser historiador profesional, había que aceptar la idea de que ello conllevaba mucho de juego.

Posfacio en una tarde nublada

Hoy soy historiador bona fide si es que tal cosa como un historiador de buena fe sigue siendo posible. Publiqué mi primer libro de historia en 1994: una fría biografía crítica de Segundo Ruiz Belvis y su tiempo. Desde 1997, me sedujo aquel cambio de siglo tan lleno de (im)posibilidades, retractaciones y (anti)heroísmos. He publicado numerosos trabajos investigativos e interpretativos sobre el 1898. Hace apenas dos semanas, presenté mi último título al respecto en La Tertulia de Río Piedras: Porto Rico: hecho en Estados Unidos, volumen que preparé con José Anazagasty Rodríguez. Sólo para profundizar la tensión, López Nieves estuvo allí conversando con nosotros sobre los pasados conspirativos.

¡Qué sinuoso es el tiempo! Con los años me acostumbré a la fluidez y la fragilidad de las verdades históricas: dejé atrás a los pontificadores de lo cierto. También me adiestré en la  contingencia de una cultura literaria. Comprendí que, cada día, la escritura se ve impelida a reinventarse si pretende asegurarse un nicho en la hiperrealista (des)organización del mercado global desenfrenado. Hasta he llegado a aceptar con una sonrisa cínica que el pasado está determinado por el presente, y no del otro modo. También me he convencido de que la escritura literaria es un palimpsesto y que el papel ideal para imprimirla es el cadáver de los que nos antecedieron.

Me parece que esa es razón suficiente para volver a leer ese cuento.

Nota: ¡Dios mío! Acabo de darme cuenta de Víctor Cabañas se equivocó: aquel Luis M. Rivera, no fue el padre de Luis Muñoz Marín y el esposo de Amalia. Aquel individuo sabía inglés y el viejo autonomista de Barranquitas no. A la desaparición del historiador en la zona de Ceiba, debo añadir la búsqueda de la identidad de aquel traidor.

Narradores 1990: Crimen en la Calle Tetuán


  • Mario R. Cancel
  • Escritor e historiador

Cada vez que he encontrado con José Curet en el Centro de Estudios Avanzados del San Juan Antiguo hemos cruzado unas palabras. Han sido encuentros casuales, nada planeados. Varias veces me he sentido tentado a invitarlo a bajar la cuesta de la Calle del Cristo, conectar con la de La Fortaleza y caminar hasta el Callejón de Gámbaro o la Tetuán. Allí podríamos hablar de aquel crimen del 29 de septiembre de 1881. Hace un par de años hice un ejercicio  parecido con el sociólogo José Anazagasty Rodríguez y no resultó del todo mal. La intención en esa ocasión era reconstruir para el colega otro asesinato, el de Elisha F. Riggs, a manos de un comando nacionalista, ejecución que se completó poco después de que el jefe de la Policía Insular salía de la Catedral. Es curioso como los asesinatos, los de carácter político en especial, se desatan en la frontera incierta que existe entre la justicia y lo que no lo es. Los linchamientos del Cerro Maravilla en 1978, quizás sean el mejor modelo de ello.

Crimen en la Calle Tetuán

Fue por esos días que decidí debía volver a leer Crimen en la Calle Tetuán de Curet, publicada en la desaparecida, como tantas otras, serie “Aquí y ahora”. Las colecciones de palabras tienen una corta esperanza de vida al nacer en este país. No sé si deba decir que aquel esfuerzo fue creado y supervisado por José Ramón de la Torre a principios de la década de 1990. La relación de aquel personaje con el expresidente de la Universidad de Puerto Rico que dominó la prensa hace unos meses, es algo que me resisto a discutir en este momento.

La obra de Curet es una novela corta e intensa, de una complejidad palmaria difícil de desentrañar para los legos en historiografía y en las fuentes decimonónicas. El texto, a pesar de que reincidía en esa preocupación por la historia dominante de diversos modo en los creadores del 1950 y el 1970, manejaba el asunto de manera diferente. Curet, historiador profesional y especialista en el asunto de la esclavitud y su abolición, enfrentaba la historicidad en la narrativa de ficción con una pasión distinta. La apropiación de la historia por los narradores consagrados por la crítica literaria de entonces, como puede ser el caso de Ana Lydia Vega o Rosario Ferré, condensaba el pasado hasta transformarlo en memoria intervenida. En cierto modo, no les quedaba otra salida dada la situación de robo del pasado por la que se consideraba atravesaba la cultura del país. El experimentalismo neovanguardista dominó en algunos casos. Curet articuló su discurso desde otra perspectiva en la cual los métodos del historiador nunca fueron desechados.

Por otro lado, el texto tampoco respondía al tratamiento del asunto que habían impuesto los dos maestros del procedimiento de la manipulación / interpretación histórica en la narrativa: Edgardo Rodríguez Juliá y Luis López Nieves. No se debe pasar por alto que aquellos miraron hacia figuras y momentos considerados cruciales o traumáticos para la nacionalidad el siglo 18 y el 1898. Curet se fijó en un dato legendario olvidado en la  trastienda del cotilleo decimonónico: el asesinato de José Pérez Moris alias Tachuela. La decisión de mirara ese punto expresa la misma marginalidad que manifestaría la idea de escribir una novela sobre los fracasos de Luis Muñoz Rivera como esgrimista o en torno los lances amatorios de un José de Diego con priapismo.

Lo otro tiene que ver con la técnica escritural. Los autores de entonces, los del 70 en especial, jugaban con los sociolectos urbanos y mediáticos en la medida en que daban al lenguaje popular un protagonismo que a veces invisibilizaba la narrativa. El mejor modelo fue la novelística de Luis Rafael Sánchez que a veces daba la impresión de la escritura automática sin que en realidad llegase a ese extremo en ningún momento. Me consta que en su colección  Otro cuarteto (1986), Curet recurrió al recurso. En Crimen en la Calle Tetuán ya no contaba con ello: el escenario histórico no dejaba mucho margen en ese renglón.

Ahora en el 2011 reflexiono sobre todo aquello y me reitero en algo que he referido en diversas oportunidades. El problema de cualquier canon literario es que ineludiblemente resulta en una invitación tanto a la lectura como a la no-lectura. La canonicidad, con toda su carga de sacralidad, se sostiene sobre el poder de un simbólico tribunal académico que echa mano de la seducción y el chantaje para actuar como un perpetuo par de siameses idiotas. Cuando se juntan todas las consideraciones que preceden, se entenderá por qué Crimen en la Calle Tetuán ha sido, en general, una novela pasada por alto.

Lo primero que me pregunto es de qué se trata este texto. Me parece que Curet combina en este volumen los elementos de la Novela Histórica y la Novela de Amor de una manera original. El crimen y su dilucidación, consustancial con la Novela Policíaca, se reducen a un pretexto de fondo bien esgrimido. Las teorías en torno al asesinato de Pérez Moris -la que lo acredita a las Sociedades Secretas, a las Logias Masónicas, o al artesano y hitman Federico Vellón Devarié como ejecutor de aquellas organizaciones o como brazo de las pasiones adúlteras de Ignacio Díaz Caneja, no se resuelven en ninguna dirección. Y ello sucede, me parece, porque el que escribe es un historiador. Las Teorías de la Conspiración repuntan en su simetría en este texto aún cuando el autor nunca explore ninguna de las avenidas con profundidad. Por eso la capacidad de sugerencia que tiene este libro para un lector enterado es extraordinaria. Sólo adelanto una y me reservo las demás. La conexión del 29 de septiembre del 1868, que fue lunes, y el 29 de septiembre de 1881, fue jueves es interesante. No se trata de Selene y Hera. Se trata del Día de los Arcángeles que echaron a Lucifer al Infierno. La apelación a ese mito por los rebeldes del siglo 19 es visible y comprensible.

La Novela Histórica se lee aquí en el retrato del San Juan de 1881 a 1898. En ella el autor inserta sus juicios políticos, posjuicios debería decir, sobre la Nacionalidad, y realza una narrativa de la violencia de todo tipo que dominó aquel siglo. La violencia de la represión y la de la resistencia conviven con igual pujanza. Las torturas a los insurrectos  de Lares (1868) y las de los Compontes (1887), obtienen su respuesta en la violencia teatral de José Mauleón, el travesti republicano, y en el puñal que se colocó en manos del discapacitado Vellón Devarié para atravesar el costado izquierdo del periodista del Boletín Mercantil. La Sociedad del Boicott y las Turbas, así retratadas en su desnudez, sirven para el fin de completar la decapitación de la imagen romántica del Siglo de Oro que bautizó Coll y Toste. La hermosa zona de la Marina es un tugurio  lleno de putas y mapriolos donde pulula el mal francés que al fin mina al protagonista, Jorge Alvar. Las tertulias de botica, la censura siempre presente, el deambular de Alvar por las calles y callejones de San Juan, las disputas públicas entre Manuel Fernández Juncos y José Pérez Moris, todo encaja en la cultura de un investigador que domina la ambientación de una manera notoria. Resulta patético, eso sí,  que mientras Alvar no puede regresar a las imprentas y su editor Benito Nadal tiene que desaparecer para salvar el pellejo de los Guardias Civiles, Fernández Juncos puede incluso decir en el Buscapié que “Mr. Moris can speak english like a German cow”. Claro, se trataba de la disputa entre dos asturianos en la colonia. Por mucho menos, periodistas puertorriqueños acabaron con sus huesos en la cárcel por aquel entonces.

La Novela de Amor, un imposible y estéril amor por cierto, camina de la mano de las pasiones inconclusas entre Alvar y Serena, dama lareña que ofrece su sacrificio por proteger a su hermano torturado tras la Insurrección de 1868  por pertenecer a la cuadrilla de Mathias Bruckman. No extrañe a nadie que las cicatrices en el rostro del revolucionario loco, sean confundidas con lepra. Una de las manías de Pérez Moris fue equiparar el separatismo con las peores patologías y la independencia con la enfermedad. Serena tiene su purgatorio clásico: marcada por el 1868, torturada durante los Compontes en 1887, a la larga favorece la invasión americana de 1898 con una devoción comprensible. ¿Qué sentido tenía oponerse a quienes venían a desjarretar a España? Por último en Crimen en la Calle Tetuán el investigador es un periodista frustrado que no tuvo el privilegio de ser un William Freeman Halstead protegido por un gigante empresarial como el Herald, o por el origen nacional como Fernández Juncos.

Aprecio el exceso y la complejidad porque me recuerda la vida. Crimen en la Calle Tetuán me parece un modelo de primer orden de hybris o desmesura en el buen sentido de la palabra. Eso no es un descubrimiento nuevo. La cultura y la sociedad del siglo 19, dejan ese sabor dulce y amargo, y ese tono incierto y contradictorio, desde los tiempos del Modernismo literario que lo ensalzó y emborronó. Habría que esperar a la Historiografía Social del último cuarto del siglo 20, para desmontar y demoler los prejuicios Modernistas y Treintistas respecto a aquella época. El desencaje estaba completo. Esta novela fue parte de ese proceso de desmoronamiento. Cuando vuelva a ver a José Curet, no voy a dudar en invitarlo al periplo por las calles de su novela.

Comentario sobre el libro de José Curet. Crimen en la Calle Tetuán. San Juan: EDUPR, 1996. 128 págs.

Cuento en Puerto Rico: Recorrido desde el canon hasta su paroxismo y ruptura (Parte 2)


  • Sonia Galindo
  • Estudiante Graduada
  • Pontificia Universidad Católica de Ponce

Demos paso entonces al tema de la casa, empecemos con tres cuentos representativos del canon: “Dos vueltas de llave y un arcángel” de René Marqués, “Los inocentes” de Pedro Juan Soto y “El sapo en el espejo” de Emilio Díaz Valcárcel. En el primer cuento hay una niña que es abusada por un vecino y su padre decide echarla a la calle por puerca y sucia. Una prostituta la recoge y la vende a un chulo quien la viola en varias ocasiones. La mantiene encerrada bajo llave para aplicar el control total sobre ella y alejarla del mundo que le rodea. Cuando ella pretende escapar, su dueño le corta la espalda hasta que ella lo acepta como un ángel que viene a acariciarla. En este cuento es importante ver las características de Miguel, el chulo, puesto que hace referencia a las particularidades de un anglosajón: rubio, de ojos verdes y de fuerte fisionomía; aunque ella lo asimila con San Gabriel Arcángel. En adición, en la calle se verán marinos por doquier buscando sexo. Claramente, observamos como Marqués ha presentado a la niña abusada como Puerto Rico y el que la ultraja y la vende para sacar dinero es Estados Unidos. En su condición de vivir encerrada siempre tiene nostalgia de volver a ver los árboles y los ríos. Su fijación reside en la nostalgia, en la mirada al pasado. Sugiere el cuento que por falta de una familia y un padre esta se ve obligada a prostituirse. La ausencia de la figura paterna la lleva al desorden de su existencia teniendo que sustituirlo por su opresor. El cuarto donde ella está obligada a permanecer se vuelve una extensión de la calle con sólo dos vueltas de llave que permite la entrada de los solicitantes sexuales. Al estar cerrado el cuarto ella aspira a su tierra.

Emilio Díaz Valcárcel

“Los inocentes” de Pedro Juan Soto es también un cuento que participa de los postulados del canon sobre la identidad nacional. Aquí el padre está ausente; sin embargo, la triada se da gracias a la madre abusada por su hijo, el hijo que sufre de retardación mental y la hija mayor que trabaja en una fábrica. El cuento toma lugar en Estados Unidos, dando a entender que son emigrantes de Puerto Rico. El niño está enfermo. El narrador sugiere que es consecuencia de abandonar la patria. La descripción de la hija reside en argumentos de vanidad y frivolidad mirando su rostro y su cabello en el espejo con detenimiento. La hija decide llevar al niño a un manicomio para que le den el servicio que necesita y no maltrate a su familia. Soto expone la decadencia moral de la familia gracias a la ausencia del padre y la salida del país. Menciona en varias ocasiones el hecho de que el niño estaba mejor en Puerto Rico. Esta postura de la mujer dirigente traerá a colación una posición misógina que más adelante estudiaremos.

“El sapo en el espejo” de Valcárcel nos lleva también al aspecto de la casa y de cómo la guerra daña un hogar al provocar la amputación de las piernas del hombre. Éste siente que no puede complacer a la mujer, no puede cumplir con su papel de hombre de la casa. Su esposa cansada de discutir sale a la calle, pero allí reconoce su posición de mujer sufrida y vuelve para encontrarse a su marido croando y saltando como un sapo. Es interesante como las voces de la vecina con su amante, voces que llegan desde la pared, van determinando quien es él. Sin embargo, no es una voz de la calle, sino que puede escucharse desde el interior de su casa como un criterio de su personalidad. Esa casa y las voces que vienen de afuera demarcan quien es él; claro está, la consecuencia es su locura, la enfermedad mental viene por factores exteriores y se ha infiltrado al interior de la casa y de él. Esto cumple con los requisitos de la analogía de que Puerto Rico define quien es desde adentro, pero la voz de afuera, lo que el gobierno de EU opina y ordena sobre la participación de los puertorriqueños en la milicia, provoca el caos y la desestabilización.

Bajo este mismo tema podemos estudiar “La Galería” de José Luis González en que presenta al hijo que se ha marchado de su casa pero “no lo suficientemente lejos”. La galería es un cuarto de la casa donde se reciben las visitas de gente importante y es donde los dos padres de las dos triadas permanecen hablando. Los hijos recorren las afueras del campo con la complicidad de un encuentro pasional -esto nunca ocurre dentro de la casa cuando se trata de canon- las mujeres, madres, están en la cocina haciendo sus labores obligatorias de vivir en el patriarcado. El hijo ve la injusticia que se celebra en una familia y se calla en la otra; nunca se protesta porque la familia no debe nunca llegar a discusiones de discrimen o supremacía racial. El silencio molesta al hijo pero este permanece recordando, bajo nostalgia agresiva, la casa, el camino y el hogar. Ya en este cuento comienza a explorarse lugares intermedios que rodean la casa como el camino y los alrededores.

Sin embargo, en 1972 publica Gustavo Agrait su cuento “El pecado” en el cual el príncipe rico, de un país desconocido, deja todo para convertirse en asceta pero dentro de su corazón habitaba la nostalgia y el deseo por volver a su hogar. Al morir se sintió “el rumor de alas membranosas” y un desagradable “olor a azufre” por su viaje al infierno. Quizás por esta ruptura con la norma Agrait no entró dentro del canon. Podemos decir que esa nostalgia por la casa trae una maldición a la vida presente y futura de un ser humano. Pensar en la casa, para Agrait, implica muerte segura, nunca paz y balance. Interesante el aspecto que reinicia el uso de personajes extraños a nuestra colectividad y hemisferio como en el pasado lo hacía el modernismo.

Manuel Ramos Otero

Siguiendo esta ruptura con el tema de la casa debemos mencionar “Casa clausurada” de Manuel Ramos Otero. El simple hecho de llevar toda la narración desde la puerta de la casa, puerta que se mantiene cerrada hasta el final provoca una especie de miedo en el personaje que teme de encontrarse con su pasado, prefiere su actualidad. Notablemente, el lugar donde ocurre la trama no es dentro de la casa sino en el pórtico, en la entrada, frente a la puerta cerrada. Este lugar intermedio propone un desplazamiento de la casa hacia márgenes inexplorados. En “El telefónico” de Luis López Nieves, por ejemplo, la casa es devoradora, es la que provoca la decadencia de este individuo que se encierra permanentemente en su casa para hablar por teléfono. El teléfono es su interacción con el mundo, su salida a la calle. Su temor provoca su consumación. El miedo a la calle y el encerrarse en la casa destruye al individuo. Es claro que estos dos cuentos presentan una violación a la reverencia de la casa. Uno teme entrar para no revivir el pasado, el otro demuestra como la obsesión con la casa (la identidad y lo nacional) sin miras a abrirse al mundo enajena la vida y la posibilidad de desarrollo.

Es curioso ver como en este nuevo fluir de la literatura todavía se intentaba escribir desde la mirada del canon, el mejor ejemplo lo es “La familia de todos nosotros” de Magali García Ramis. En este texto la tía de la familia sufre de lo que el tío Geño y Lydia llamarán derrotismo. Encuentran, a través de una auscultación en el árbol genealógico, que es una nostalgia por la casa paterna y por su tierra. Toman entonces la medida de restregarle tierra en los pies para que logre mejorar de su derrotismo y depresión. En el cuento se emiten ciertas aseveraciones que nos recuerdan el eñangotamiento en Insularismo cuando el tío Geño (en este caso el representante del padre) dice:

…Nosotros somos por naturaleza derrotistas, está en todos estos documentos. A unos les da por morirse, a otros por olvidarlo todo bebiendo, otros se ponen a trabajar como animales–hacemos lo que sea con tal de no pensar en la situación, en esta vida que llevamos. Somos fuertes porque aguantamos, pero desde que nacimos, nacimos ya sintiéndonos derrotados.

A esto Lydia le contesta que también hay otros que además de enfermarse, les da por irse, refiriéndose a su tío Geño que vivía en Nueva York. Es también notable el valor que se le da a la casa cuando aseveran “no hay casa como la paterna”. Al final termina con la frase: “cumplía un siglo de ser familia y todavía no se conocía bien ni conocía bien nuestra tierra. “La familia de todos nosotros” brinda una importante posición jerárquica al padre, una valoración extrema a la casa y a la tierra. Los argumentos utilizados, claramente canónicos, exigen a su vez una reflexión de los puertorriqueños a su condición de derrota, demandan una mirada permanente a la historia, al pasado que lo conforma para entenderse y conocerse, para no repetir los mismos errores. Asimismo, el cuento es más bien un texto de enseñanza para que Puerto Rico reflexione sobre sus decisiones y no vuelva a repetirlas. En cambio, fundamenta el conocimiento para lograr amarse y conocerse como país, aumentar su orgullo pero con más definición en su identidad.

Nota: Tomado con permiso de la autora de Contra-dicciones

Crónica de una visita a San Germán


A Luis Lopez Nieves y Vibeke Betances, amigos…

  • Mario R. Cancel
  • Escritor y profesor universitario

Era la noche del 16 de noviembre de 2009. Había llovido toda la semana en San Juan y, en San Germán, apenas caían las primeras gotas de uno chubascos impertinentes que animaron las calles desiertas de la aldea fundada hace 499 años en un lugar llamado Guainía. La vieja historia de las “dos ciudades” se repetía como una letanía simbólica.

Yo estaba conciente de que aquella noche ocurriría algo extraordinario, espectacular y espantoso, como en los cuentos de Edgar Allan Poe o lo de Pedro Cabiya. Se lo había dicho a mi mujer:

-Maribel, cuando se arriba al día 15 del que será tu cincuentenario, cualquier cosa puede suceder…me consta. El problema es que esas fecha solo acontecen una vez en la vida. Mi única evidencia era mi intuición y eso me parecía suficiente.

Ella me miró con sus ojos pequeños y amorosos de siempre, llenos de bondad y tiempo. Me necesitaba al otro día para cumplir con ciertas tareas que consideraba impostergables: fotografiar a ciertos amigos, llevarle un cargamento de flores frescas procedentes de una funeraria a un lugar específico de la universidad, pagar la gasolina de la guagua y descargar un programa electrónico en una procesadora conectada a una pantalla gigante que me atemorizaba.

Fue como la ocasión en que tuvimos que ir al Cuartel de Ballajá y yo estaba muy enfermo. Por esos días Nietzsche apareció por casa y nunca más se ha ido. Aquella noche remota tuve que arrestar a una terrorista enmascarada que jugaba insistentemente con las partes de un reloj gigante con intenciones de alterar la estabilidad de Cronos. Entonces yo era agente de efebeí, un oscuro hombre de negro clandestino que merodeaba entre la multitud que miraba aquello con asombro.

¿Por qué me llegaba aquella imagen del 2004 a la memoria en una noche húmeda y fría de San Germán aquel 16 de noviembre de 2009? No podía explicarlo con precisión. Solamente se me ocurrió que aquello le sucedía a quienes arribaban al día 15 del año que habría de ser su cincuentenario.

Evadí la mirada de Maribel cuando comencé a percibir su angustia agreste. A mi espalda estaba el Convento Porta Coeli y al frente y al fondo, los mancharones que dibujaban una vieja iglesia colonial abandonada. Pensé: del mismo modo que “hablar con mujer en plaza, es cosa muy descubierta”, también “pueblo que tiene dos plazas, me entristece y desconcierta”.

La plaza pública desierta era un deja vú de la otra igualmente abandonada, que habíamos dejado atrás hacía apenas una milésima de segundo. Los espacios se multiplicaban y distorsionaban ante mis ojos como si se tratara de un modelo para armar manipulado por un niño imprudente. Pero esa noche no habíamos descorchado ninguna botella de vino ni nada por el estilo

Entonces Maribel me preguntó:

-¿A qué te refieres Mario? Dímelo por piedad?-, bajé el rostro con el fin de evadir sus pómulos asintomáticos y rebeldes y le aseguré:

-A que en pueblos como este y en noches como la que acontece, puedes encontrar un Betances sentado en la base de un poste de la acera, o a un novelista tratando de huir mientras observa la paloma de un nuevo diluvio.

Galileo afirmó mi aseveración desde el extremo de un telescopio minúsculo que le permitía otear las simplezas del alma humana. “¡También Voltaire puede reír a carcajadas como a veces lo hizo Baudelaire…!”

Cuando volvía a alzar la mirada, allí estaban todos reclamándome una explicación… Maribel les hacía el coro. Entonces me desvanecí.

***

La aventura del día siguiente transcurrió sin mayores disturbios. Era el 17 de noviembre, el día 16 de mi primer cincuentenario. Me sentía mejor, había dejado de llover y el sol había salido por donde siempre acostumbraba a hacerlo, como en una novela realista-mágica envejecida y disoluta. En San Juan seguía n los aguaceros pero ya a nadie le importaba el asunto. La paloma del otro diluvio aconteció esta vez inadvertida e invisible.

Hice todo lo que Maribel me ordenó: fotografié a todos los conocidos y desconocidos que encontré en el camino, llevé un inmensa cantidad de flores frescas de la funeraria a un salón grande y alto de la universidad, y descargué un programa electrónico en una pantalla gigante que ya no me atemorizaba.

Luis López Nieves disertó sobre lo que sabe disertar: historia trocada y ficciones apabullantes que se confunden con la realidad. Luis mintió varias veces sobre las cosas que esperaba hacer en el futuro mientras pensaba en los clásico que estaba acostumbrado a leer. Víctor Cabañas, lo vi, se ocultaba entre los estudiantes para que no lo reconocieran. Ya se había retirado y no quería responder preguntas de nadie.

Galileo pasó inadvertido oculto detrás de las flores que yo había cargado y que ahora cubrían la mesa. Voltaire pululaba por los pasillos mirando de cerca e interpretando racionalmente a las muchachas. Cuando Betances llegó, nadie supo que se trata de él. Lo reconocí por el cabello largo y la mirada vieja y clandestina. Me escabullí por unos segundos y lo intercepté en el umbral y fuimos juntos hasta donde estaba Luis para que se conocieran después de tanto tiempo. Al cabo de un rato todos desaparecieron.

Me dicen que Luis se fue para Holanda pero no estoy seguro de ello. A lo mejor está buscando la pista de Pepe Díaz para inventarle una épica. Mañana, mañana que es 18 de noviembre, volveré a buscarlo en la plaza pública de San Germán, a ver si dejó una huella inscrita en las baldosas…

Historia, literatura y ensayo: problemas de un entrecruzamiento


  • Mario R. Cancel
  • Escritor y profesor universitario

 

La colección de ensayos de Miguel A. Fornerín vuelve sobre un debate que ya ha madurado bastante en el país. En vista de ello, me limitaré a bosquejar una reflexión sobre el mismo a la luz de mi experiencia como historiador y escritor, y sobre todo, como lector. El entrecruzamiento entre la historia y la literatura es un lugar común en el debate sobre la modernidad. En el Puerto Rico del siglo 20, el entrecruzamiento o la invasión, ha sido en las dos direcciones y se ha mostrado en una variedad de formas que valdría  la pena apuntar. La legitimidad del entrecruzamiento ha radicado en la concepción de que el ser, la identidad o lo que somos, solo puede organizarse en el contexto de lo que denominamos historia.  Dado el papel relevante del relato y la narración en ambos territorios, la narratología y el análisis del discurso se han convertido en instrumentos idóneos para enfrentar el asunto.

La literatura puertorriqueña ofrece interesantes pistas sobre el asunto. El papel protagónico que cumplió el ensayo en la Generación de 1930 es comparable con el de la narrativa, en especial la breve, en la Generación del 1970. El punto de convergencia más notable entre ambos ciclos discursivos, fue la preocupación por el lugar que ocupaba la idea de Puerto Rico en el tiempo-espacio. Se trataba de una cuestión políticamente polémica que había marcado el camino de la nación hacia la modernidad desde el siglo 18. La solución más común al asunto ha sido reconocer que la nación no fue lo que debía ser. La metáfora de origen hegeliano del destino inconcluso, se ha manifestado lo mismo por medio de la muchedumbre de Rosendo Matienzo Cintrón, o a través de la nave al garete de Antonio S. Pedreira. En ambos casos se enfrentó el asunto como si fuera una tragedia.

Miguel_FornerinMe parece que de allí proviene la teoría del trauma, que solo ha servido para justificar  la puesta en escena de una versión tragicómica del pasado puertorriqueño. La historia nacional se percibe como una evolución accidentada que no se ajusta a un modelo consagrado. Quienes así piensan olvidan que los modelos historiográficos son solo marcos de referencia crítica. Esa percepción explica porqué los intelectuales y literatos del 30 y del 70, cultivaron el entrecruzamiento desde sus peculiares trincheras sesgadas.

Ni la Generación del 30 ni la del 70 enfrentaron la historia como lo hubiera hecho un historiógrafo. Ambas se apropiaron de la historia historizante, como la llamaba Federico Nietzsche, como si fuera literatura. Con la liberalidad propia de los escritores,   resemantizaron las imágenes del pasado. La relación de ambas generaciones con la historia fue diferente, sin embargo. La mirada del 30 respondía a una crisis,  pero terminó siendo la sustancia de un canon literario y sirvió para legitimar la versión oficial de la historia en la Era del populismo. Aquel canon se levantó contra el orden colonial del 1900.

La mirada del 70 respondió a otra crisis, pero cuestionaba el orden de posguerra. El revuelo internacional del 1968 fue esencial en su diseño. Su objetivo fue erosionar el canon literario y la versión oficial construida en la Era del Populismo. La implosión de aquella estructura se realizó desde un lugar de saber-poder común a ambas: la Universidad. La propuesta de la conversión de la Casa de Estudios en una Casa para el Cambio fue parte de ello.  La meta de potenciar el estreno de un nuevo pasado que sirviera de base para un nuevo futuro, también. Aunque ninguna de las aquellas metas se consiguió, la relación del 70 con el 30 siempre fue contradictoria.

La intelectualidad oficial de la Era del populismo, se atribuyó haber posibilitado la entrada en escena del pueblo. En la década del 1940, civilizar a la jibarada era un fin atractivo. Nadie pensaba que su civilización significaría su desaparición social. La noción de pueblo defendida por los populistas, me recuerda el lenguaje de los revolucionarios franceses constitucionalistas para quienes el concepto era sinónimo de Tercer Estado. La idea del pueblo de los populistas  desembocó en el concepto abierto y cómodo de clases medias moderadas, igual que en la Era Postnapoleónica europea.

La Generación del 70 apropió el concepto pueblo de un modo distinto. Es cierto que resulta exagerado entroncar su concepción de lo popular y de la historia, a las teorías socialistas o materialistas históricas. En aquellos narradores el socialismo fue un pretexto de época muchas veces mal comprendido.  A la altura del 70,  los escritores socialistas eran pocos –César Andréu Iglesias era uno de ellos- pero fueron voces marginales  invisibilizadas por el canon cultural. Afirmar que los escritores del 70 favorecían el socialismo es una aseveración comprensible solo en el contexto del discurso autoritario de la Guerra Fría dada la fertilidad del anticomunismo americano. Lo que sí mostraban aquellos escritores era un nacionalismo afirmativo esencialista.

Los escritores del 70 fueron los hijos del populismo, la Generación Carnation y representaban a un sector particular de la clase media acomodada. Aquellos sectores se radicalizaron o, como se decía en la época, evolucionaron al jacobinismo, porque se convencieron de que el proyecto desarrollista populista se había erosionado y no merecía la paciencia del independentismo. El jacobinismo de aquella promoción fue un esfuerzo por recuperar algo perdido: el populismo radical del 1938, una ideología comprometida con el pueblo y con la independencia. En los escritores del 70, aquel espíritu se tradujo en un neopopulismo tan paternalista e iluminista como del los 30 y los 40. La gran distinción fue su sabor urbano.

La mayor preocupación de aquellos autores fueron los olvidados del proceso de industrialización, los nuevos pobres y el lumpen. En entrecruzamiento de la historia y la literatura en el 70 estuvo marcado por el deseo de  implotar el canon heredado del 1930 y el 1950, en la medida en que actuaban como interlocutores de los marginados del desarrollo. Sin embargo cuando en 1968 esos sectores se expresaron, rechazaron el discurso del 70 y llevaron al  anexionismo al poder por primera vez desde 1936. El 70 compartió con el 30 y el 50 la idea de Puerto Rico como una nación tullida.  El país necesitaba una silla de ruedas que los escritores suplían en forma de textos. Pero la silla solo facilitaba su movilidad: la nación tullida seguía allí.

Los autores citados por Fornenín convirtieron la literatura en un diálogo con la historia. Pero como la escritura de la historia vacila entre el relato y el ensayo, la experiencia fue muy diversa. El diálogo de aquellos escritores se entabló con la nueva historia social, experiencia que había legitimado una serie de formas de la memoria que la tradición rechazaba.  La valorización de la oralidad, de la visión micro y de las miradas de y desde la marginalidad, hacía de los historiógrafos pensadores tan revisionistas y tan rebeldes como los escritores

EntrecruzamientoPero cualquier análisis de la historiografía del 70 demuestra que la misma fue el resultado de la integración a la historia de recursos de la antropología y la sociología. También las series estadísticas influyeron en el lenguaje de los historiadores. La economía de hacienda, las luchas de los sectores alternos, protagonizaron el drama del pasado. Para mi lo más curioso es que un proceso que estimuló el desarrollo de un lenguaje historiográfico cada vez menos literario, haya tenido tanto impacto en la inserción de los temas históricos en la narrativa ficcional. La transacción entre historia y literatura se dio en el campo de las ideas y las interpretaciones renovadoras solamente.

La impugnación del pasado en el caso de José Luis González y el  tema del 1898,  y el de Luis López Nieves y el siglo 16, no culminó en la refundación de uno nuevo. La historia trocada o alternativa se redujo al juego seductor, a la sugerencia. De manera paralela, revisitar el pasado por medio de la genealogía, y comparar a la nación con la familia, recursos con los que jugaron Magali García Ramis y Ana Lydia Vega, resultó  ineficaz en un ámbito en el cual el lector medio desconocía incluso los puntos neurálgicos de la versión canónica o liberal más insulsa del pasado de la nación. Con la excepción de Luis López Nieves y Edgardo Rodríguez Juliá, que miraron el siglo 16 y el 18 como ámbito semántico, para el resto de los autores la historia se circunscribió al momento de la modernidad historizable: el siglo 19 y la era de la industrialización dependiente fomentada por el populismo desde 1940.

A veces me da la impresión, en especial cuando releo las crónicas de Edgardo Rodríguez Juliá, de que a lo que me enfrento es al entrecruzamiento del ensayo con la narrativa. Allí está una de las claves para comprender lo que se ha denominado crónica que, como señala Fornerín, es una mirada del pasado en función del presente. Eso ha sido la crónica desde Herodoto, hasta Ramón Llull y Fernández de Oviedo. Pero ello no la hace diferente de la historia que es básicamente lo mismo. La diferencia radica en la voluntad de permanecer del saber histórico, y la conciencia de fugacidad que domina la crónica. En cuanto el historiador se da cuenta de la fugacidad del saber histórico, la diferencia queda anulada.

Desde la década del 90 los historiadores se dejaron invadir por la literatura tras el retorno de la narración y el giro lingüístico en su territorio de un modo distinto. El entrecruzamiento tomó otro cariz. Eso me demuestra que todos los procesos creativos, incluso los más fabulosos se agotan en algún momento. El tema de la nación y su destino inconcluso, la idea de la nación tullida, el pasado como genealogía y la metáfora de la nación con la familia, incluso la crónica urbana, están ausentes de la narrativa actual. Esa contingencia es sabrosísima, porque representa una nueva oportunidad para la creatividad. Este libro de Fornerín invita a la reflexión sobre el encuentro de estos los discursos del 30 y del 70, particularmente en un presente que los menosprecia a ambos.

 

Comentario en torno a Miguel A. Fornerín. Entrecruzamiento de la historia y la literatura en la Generación de 1970.  San Juan: Centro de Estudios Avanzados de Puerto Rico y El Caribe, 2009. 251 págs. Leído en la sala Manuel y Josefina Álvarez Nazario de la Biblioteca general del RUM.

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